Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 43 de 56

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Cuando todo acaba

Cuarenta y Dos. Pip

CUARENTA Y DOS

 

PIP

 

2015

 

—Lo siento, señor, no puedo hacer nada más.

—¡Pero llevo más de veinte años volando con ustedes!

—Le agradecemos su fidelidad, señor, pero el Instituto Meteorológico ha emitido una alerta por niebla y…

Mi cliente, un sesentón que lleva una llamativa camisa y una chaqueta de vestir de solapas anchas, extiende un brazo hacia las puertas exteriores.

—¿Niebla? ¿Le parece eso niebla?

—La niebla se está levantando —digo pacientemente—, pero, por desgracia, tenemos una acumulación de pasajeros…

—¿Acumulación? —El hombre parece empeñado en repetir todo lo que digo. Se vuelve hacia la cola, como un abogado que se dirige al jurado—. ¿Han oído eso? Por lo visto, somos una «acumulación». Una atención al cliente estupenda.

—Puedo ofrecerle estos vales restaurante obsequio de la casa…

—¡Vales!

Me refreno, por los pelos, de poner los ojos en blanco y, en cambio, mantengo una expresión neutra hasta que el hombre de la camisa llamativa se queda sin fuelle. Coge los vales y va a quejarse a otra parte del retraso de seis horas previsto para su vuelo aplazado.

No todos se toman la noticia tan mal.

—Más tiempo para hacer las compras de Navidad —dice un pasajero, sonriendo.

—No podemos controlar el clima —observa otro.

Facturo el equipaje de una mujer muy embarazada y su pareja y leo la carta del médico para asegurarme de que puede volar.

—La cambiaré a un asiento de pasillo —le digo—. Asegúrese de darse un paseo al menos cada treinta minutos y beba mucha agua.

—Te lo dije. —Su compañero le da un codazo.

—Piensa que no debería volar —me explica la mujer embarazada—, pero es la boda de mi hermano, y es Antigua, por el amor de Dios: estas podrían ser mis últimas vacaciones de verdad en muchos años.

Me río.

—Es muy probable. —Tecleo en el ordenador para ver los asientos que quedan en su vuelo—. Mire, en clase preferente no queda nada, pero si la pongo en Premium tendrá un poco más de sitio para mover las piernas.

—¡Gracias! —contestan sonriendo como niños a los que han dejado salir antes de la escuela y su alegría es contagiosa.

—Pásenlo muy bien. —Imprimo sus tarjetas de embarque y les devuelvo los pasaportes—. Y buena suerte con el parto.

—¡Igualmente!

La mujer embarazada hace un gesto con la cabeza para señalarme la barriga, que, a las veinte semanas, ya es inconfundible, como si confesar mi embarazo me hubiera dado permiso para hincharme como un globo.

Mi turno está a punto de acabar cuando veo a Lars cerca de los mostradores. Mira su reloj: espera a alguien. Noto que me ruborizo y lo disimulo charlando con la chica que va a relevarme, pero Lars sigue ahí cuando me bajo del asiento y cojo el bolso. Soy consciente de mi abultada barriga y siento más vergüenza que nunca por la última vez que nos vimos. «Sí, intenté besarte. Sí, estoy casada. Sí, además estoy embarazada. ¡Sorpresa!»

—¡Hola! —Lars se acerca a mí y me besa en la mejilla sin apenas rozarme —. Tu amiga Jada me dio la noticia. He pensado pasarme para darte la enhorabuena.

—¡Oh! Gracias. —Me esperaba a mí.

—¿Tienes tiempo para un café?

—Tengo cita en el hospital.

Me señalo la barriga, poniéndola como excusa para no poder quedarme y evitar así el riesgo de una conversación incómoda sobre lo que sucedió en Johannesburgo.

—Nada malo, espero.

—Solo una ecografía de rutina. Debería haberme hecho una a las doce semanas, pero… —No termino la frase—. En fin, esta tarde me hago la ecografía de las veinte semanas, así que… —Señalo la salida con gesto impreciso.

—¿Estás preocupada, quizá? —Lars me mira fijamente—. ¿Después de perder a tu hijo? Debe de ser… agridulce: ¿es esa la palabra?

Agridulce. Es justo la palabra.

—Sí, esa es la palabra.

—¿A lo mejor podemos hablar mientras caminamos?

Habla un inglés muy correcto, casi anticuado, que me hace sonreír. Acomodamos nuestros pasos y de vez en cuando nos separamos para sortear una maleta huérfana o un aluvión de pasajeros.

—Bueno… ¿qué has hecho últimamente?

Me apresuro a darle conversación, lo que sea para evitar hablar de Johannesburgo…

—De hecho, he estado aprendiendo a cocinar.

Me detengo y lo miro.

—¿En serio?

—Como tú dijiste, puede que un día nunca llegue. Son dos horas una vez a la semana, y falto continuamente por trabajo, así que puedo explicarte cómo preparar masa de pasteles, pero no qué hacer con ella; o cómo preparar salsa de carne, pero no cómo asar un pollo para acompañarla.

Me río.

—¿Quién más hace el curso?

—Somos seis. Cuatro hombres y dos mujeres. Una de las mujeres se cree una chef de primera y siempre está diciéndole al profesor cómo cocina las cosas ella.

—Seguro que estáis encantados.

Hemos llegado a la salida y me detengo. Lars se vuelve para mirarme.

—La última vez que nos vimos…

«Oh, Dios mío, la última vez».

—… hablamos de los países a los que habíamos ido, de cuánto nos gustaba ver mundo. Cuando Jada me dijo que estabas en tierra, pensé que debías de echar de menos viajar.

Se saca algo del bolsillo y me lo da.

Es una postal. Una puesta de sol, como la que vimos desde el restaurante del hotel de Johannesburgo, pero reflejada en aguas abiertas en vez de en el estanque de un jardín ornamental. Tonalidades rojas y anaranjadas rielan en una laguna donde hay amarrada una barcaza con un alto mástil.

—¿Tailandia?

—Camboya.

—Es bonita. —Me vuelvo para mirarlo—. Gracias. Por esto y —vacilo— por pensar en mí. —Llegamos a la salida y nos detenemos, de nuevo incómodos—. Las cosas están un poco… complicadas ahora mismo.

Espero que no me pida que le explique más. No lo hace. En cambio, vuelve a meterse la mano en el bolsillo de la chaqueta y saca una tarjeta de visita.

—Mi número. Si te apetece un café, o dar un paseo, o… —Se encoge de hombros—. A veces es más fácil hablar con una persona que apenas conoces, ¿no?

Lo veo alejarse por donde hemos venido y sus largas piernas no tardan en recorrer la distancia. Estar en el trabajo a menudo es más sencillo que estar en casa, pienso, y cómo puede resultar mucho más fácil hacer confidencias a peluqueros, dentistas y taxistas que a nuestros seres queridos. Pienso en Max viéndose con Blair después de pasar toda una vida en países distintos, después de que los años los hayan convertido en desconocidos, y en lo fácil que debió de ser entablar una amistad que enseguida pasó a ser algo más.

Pienso en todas esas cosas mientras me dirijo al aparcamiento, y solo cuando busco las llaves me doy cuenta de que hay algo escrito en el dorso de la postal. Con trazo grueso y seguro, Lars ha anotado:

Camboya, diciembre del 2015

Ojalá estuvieras aquí.

 

Quedo con Max en el aparcamiento del hospital.

«Será más fácil», dije, aunque los dos sabíamos que esa no era la verdadera razón. La maternidad está al lado del hospital infantil: ni siquiera estaba segura de poder llegar a la puerta.

—Estás estupenda. —Max me besa en la mejilla. Me sostiene la mirada un momento y, de repente, me siento muy triste por no haber conseguido que lo nuestro funcione y, a la vez, completamente segura de que ha terminado—. ¿Cómo te encuentras?

—Bastante bien. Bien. —Me detengo—. Nerviosa.

—¿Por la ecografía?

—Por… —Señalo el hospital con un movimiento del brazo.

Max me coge la mano.

—Yo también. Vamos.

Echamos juntos a andar, mirando al frente, y no nos detenemos hasta que las puertas correderas se abren y estamos en la entrada de la Unidad de Maternidad. Respiro. Ha sido más fácil de lo que pensaba.

No tiene nada que ver con la UCIP. Hay filas de mujeres que se están acariciando las enormes barrigas y, en su mayor parte, parecen encantadas de hacerlo. Una chica con el embarazo muy avanzado persigue a un niño pequeño que corre sin rumbo, lo alcanza cerca de la zona de juegos y le hace cosquillas hasta que él chilla de risa. Adorará a su hermanita, pienso. Y entonces ella empezará a gatear y a querer los juguetes de su hermano mayor y… Siento una opresión en el pecho.

—¿Bien? —Max observa mi cara buscando preocupación.

—Bien. —«Deja de hacer eso, Pip. Es como hurgar en la llaga o tirarle piedras a un oso. Sabes lo que va a pasar, cómo vas a sentirte». Dejo de torturarme. Al final de la sala, una enfermera con una carpeta dice un nombre —. Sentémonos ahí. —Cojo una revista y la hojeo distraídamente.

Max apoya los codos en las rodillas y se toquetea las uñas, preparándose para decir algo que no me sorprende cuando lo escucho.

—Te echo de menos.

¿Qué puedo decir? ¿Qué debería decir? Yo también lo echo de menos, pero eso no cambia nada.

—No puedes tenernos a las dos —digo en voz baja.

Si hay dos caminos, dos alternativas, hay que elegir una. Nosotros, más que nadie, lo sabemos.

—¿Philippa Adams?

—Salvado por la campana —dice Max con una sonrisa irónica.

Me tiende la mano y yo se la cojo y se la aprieto mientras seguimos a la mujer de la carpeta.

—¿Primer hijo? —pregunta la ecografista. Vuelve a dolerme el pecho y miro a Max, pero, antes de que ninguno de los dos pueda hablar, ella termina de leer nuestro historial médico. Alza la vista—. No, veo que no. Lamento su pérdida. —Hace una brevísima pausa y yo me pregunto si seré capaz de afrontar esto, pero ella coge un bolígrafo y me pregunta—: ¿Alguna complicación en el primer embarazo? Con… —vuelve a consultar el historial —, ¿Dylan?

—Ninguna. —Es agradable oír su nombre. Confirmar que salió de mí, que existió—. Fue un embarazo de libro. —Me pongo una mano en la barriga—. Y tampoco hay problemas con este.

—Estupendo. —Me dirige una sonrisa radiante, como si yo hubiera aprobado un examen—. Pues súbase a la camilla.

Debería estar preocupada. ¿Y si no se oyen latidos? Intento recordar la última vez que he notado movimiento. ¿Y si algo va mal? Por fin doy forma al miedo que me acosa desde que me quedé embarazada, desde la primera vez que Max y yo hablamos de tener más hijos. ¿Y si este niño ya está enfermo? ¿Y si tiene discapacidades incompatibles con la vida?

«¿Y si este es mi castigo?»

Cierro los ojos cuando la ecografista me unta la barriga de frío gel y solo cuando el tooc, tooc, tooc de los latidos resuena en la sala vuelvo la cabeza y miro a nuestro hijo.

—¿Quieren saber el sexo?

—Sí —respondemos Max y yo a la vez. Ya estamos hartos de incógnitas.

Noto su mano en la mía cuando la ecografista desliza el transductor por mi barriga y el bebé con curiosa forma de judía se enfoca y desenfoca en la pantalla.

—Enhorabuena —dice por fin, antes de pulsar una tecla para imprimir una copia de la ecografía—. Van a tener una niña, y está sanísima.