Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 24 de 56

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Cuando todo acaba

Veintitrés. Leila

VEINTITRÉS

 

LEILA

 

Leila está delante del Palacio de Justicia. Pronto tendrá que entrar y ocupar su sitio en la vieja y silenciosa sala de vistas, donde escucharán la decisión del juez y sabrán con seguridad qué será de Dylan Adams a sus casi tres años.

Están todos fuera. Max Adams y su equipo jurídico; Pip, con su abogado. Juntos, pero separados, murmurando y asintiendo en corrillos a cada lado de las verjas del palacio. Leila debería juntarse con el equipo del hospital — después de todo, está de su parte—, pero no quiere hablar del caso. Le ha costado escuchar las declaraciones de hoy. Para su sorpresa, se ha visto influida por la convicción de los médicos de Max y la declaración del profesor Greenwood y su impresionante centro. Se atiene a su recomendación, sabe que están haciendo lo correcto para Dylan, pero no puede evitar preguntarse: «¿Y si…?».

De modo que se queda entre los dos grupos, junto a los recios bolardos que separan la acera de la calzada. Ojalá Nick estuviera con ella, piensa, y después, para castigarse, lo imagina con su familia, con sus hijos mayores y la esposa que Leila sabe que es investigadora.

Max Adams está fumando. Ha aceptado un cigarrillo que le ha ofrecido uno de sus abogados y está con los ojos cerrados, aspirando la nicotina como si fuera oxígeno. Es la primera vez que Leila lo ve fumar. Se pregunta cómo le han afectado los últimos meses. Si ha adelgazado, si duerme, si tiene pesadillas, como ella.

Llevan cuatro días aquí. Todos los días, los periódicos han inaugurado la jornada con la noticia de Dylan Adams y su lucha por vivir, sus padres enfrentados, los médicos que declaran en su favor. Todos los días, los fotógrafos han seguido a Leila, a Pip, a Max y a los equipos jurídicos del coche al palacio, y del palacio al coche. Y todas las mañanas, Leila ha visto las fotografías del día anterior publicadas por la prensa amarilla con sus correspondientes pies.

«Esforzándose por disimular la emoción, Max Adams llega para el segundo día del juicio».

«Philippa, la madre, llevaba un ajustado traje pantalón y se dejó el pelo suelto para la vista».

«La doctora Leila Jalili es iraní».

Han escuchado las declaraciones escritas de diecisiete médicos, han analizado uno a uno todos los argumentos presentados por todos los equipos jurídicos, y Leila sigue sin tener la menor idea de qué decidirá el juez Merritt.

Está a punto de volver a entrar cuando ve una figura conocida que se acerca a toda prisa por la acera. Entorna los ojos: no puede ser. Pero la vista no la engaña. Echa a andar hacia la figura.

—¡Sorpresa! —Habibeh le sonríe de oreja a oreja.

Lleva su abrigo bueno y el pañuelo que Leila sabe que reserva para las ocasiones especiales. Es morado y verde, entretejido con hilo de oro. Va del brazo de Wilma.

—No te preocupes, cariño, no hemos venido a molestarte. Tu madre quería hacer turismo y hemos pensado pasarnos para darte un poco de apoyo moral.

—Y traerte la comida —añade Habibeh. Le da a Leila una complicada estructura formada por varios recipientes cuadrados enganchados unos con otros por un asa metálica—. Fiambrera Tiffin —dice con orgullo—. Apta para el lavavajillas y el congelador, y con aislamiento para comida fría o caliente.

—Oh, Maman, esto es justo lo que necesitaba. Gracias. —No la comida (Leila sabe que no puede probar bocado), sino a su madre; con su inglés de la QVC, su envolvente abrazo y su fe absoluta en que todo lo que su hija haga estará bien.

—Primero iremos a Covent Garden —dice Wilma—, después a Habibeh le apetece montarse en la Rueda del Milenio.

Leila se pregunta si su madre se replanteará marcharse de Irán para ir a vivir con ella, ahora que ve que aquí podría tener una vida, tener amigos.

Habibeh está buscando a alguien. Inspecciona la acera detrás de Leila.

—¿Doctor Nick? —Parece decepcionada.

—Está en el hospital, Maman, él no presta declaración.

—Buen hombre —le dice a Wilma—. Médico amigo. Lástima que… — Busca la palabra, juntando las yemas de los dedos como si pudiera arrancársela al aire. Resopla, molesta por su falta de vocabulario, y saca el móvil.

—Be farsi che mishaved, Maman?

Pero Habibeh se niega a tomar el camino fácil.

—Inglés —insiste, y escribe la palabra que busca en el traductor de Google.

Leila intenta leerla al revés. Es una pena que Nick esté… ¿qué? «Casado», piensa, y vuelve a ruborizarse al pensar que su madre ha podido leerle el pensamiento con tanto tino.

—¡Divorcio! —exclama Habibeh con aire triunfal, su desaprobación atemperada por lo satisfecha que está de sus hazañas lingüísticas.

—Ah. —Wilma se muestra tolerante—. Aunque, a veces, es lo mejor. El matrimonio de mi hija se rompió y fue terrible durante un tiempo, pero ahora es más feliz que nunca.

Leila no está escuchando la historia de la hija de Wilma. ¿Divorciado?

—¿Doroste? —pregunta—. «¿Estás segura?»

—Aw talaq gurefth. —«Se está divorciando», confirma Habibeh. «Lo dijo en Norooz, mientras tú preparabas el té. Es una lástima».

Como muchas iraníes de su generación, Habibeh es contraria al divorcio. Y, no obstante, su manera de mirar a Leila, el mero hecho de que haya mencionado a Nick, hace que su hija se pregunte si su instinto era acertado; en efecto, su madre le había leído el pensamiento.

No puede pararse a pensar en eso. Es hora de despedirse. Besa a su madre, da las gracias a Wilma por cuidarla y las ve poner rumbo a Covent Garden, la Rueda del Milenio y una tarde entera de atracciones turísticas. Después vuelve a entrar en el Palacio de Justicia.

 

—Hoy es la última vista de una solicitud presentada por el Hospital Infantil Saint Elizabeth de parte del Hospital público Saint Elizabeth de conformidad con la competencia propia del Tribunal Superior en relación con Dylan Adams, que nació el 5 de mayo del 2010 y ahora tiene casi tres años.

Leila mira al juez. Intenta interpretar su expresión, hallar alguna advertencia de lo que va a ocurrir, pero tiene muy bien ensayada su cara de póquer.

—Cuando, como en este caso grave y complejo, surge un desacuerdo entre los padres y los médicos sobre el tratamiento adecuado para un niño enfermo de gravedad, puede requerirse la intervención del tribunal. —Hace una pausa y recorre la sala con la mirada—. En su solicitud con fecha de 7 de marzo del 2013, los solicitantes piden al tribunal que emita las siguientes órdenes. Una, que Dylan, en virtud de su minoría de edad, carece de capacidad para tomar decisiones relativas a su tratamiento médico. Dos, que es legítimo y lo mejor para Dylan que los médicos que lo tratan solo le administren cuidados paliativos. Y tres, que es legítimo y lo mejor para Dylan no someterlo a la terapia de protones.

Leila recorre la sala de justicia con la mirada. Solo el puñado de periodistas con autorización para asistir está moviéndose, esbozando rápidos trazos en taquigrafía con sus bolígrafos, dejando constancia de cada palabra que dice el juez. El resto de los asistentes están muy quietos, observando, esperando, y Leila tiene la extraña sensación de estar congelada en el tiempo, de que todos podrían despertarse, dentro de un año, y seguirían sentados en esta sala de justicia, esperando el fallo que va a cambiar tantas vidas.

—Se ha especulado mucho sobre este caso —continúa el juez— y pediría que los que no han oído, como hemos hecho nosotros, las declaraciones médicas concernientes a Dylan Adams no juzguen las decisiones tomadas en esta sala.

Hay un largo silencio antes de que vuelva a hablar, y, cuando lo hace, mira directamente a Pip y a Max.

—Muchas personas piensan que los tribunales no deberían desempeñar ningún papel en este proceso, que los padres deberían poder decidir lo que más conviene a sus hijos. No obstante, cuando no se puede llegar a un acuerdo, sea entre el hospital y los padres o, de hecho, entre los propios padres, el tribunal debe intervenir.

Leila traga saliva. Si es tan duro para ella, ¿cuánto más insufrible debe de ser para Pip y Max escuchar las palabras del juez? ¿Saber que en unos momentos conocerán la suerte de su hijo?

Antes del descanso, Max y Pip Adams estaban sentados cada uno en un extremo del largo banco situado detrás de sus respectivos equipos jurídicos. Siguen sentados en el banco, pero la distancia entre ellos se ha acortado y ahora están tan cerca que pueden tocarse.

De hecho, mientras Leila los observa, y conforme el juez va acercándose al momento de dictar sentencia, ella ve movimiento. No sabría decir si Max se ha movido primero o si lo ha hecho Pip. Ni tan siquiera está segura de que sepan que lo están haciendo. Pero, bajo su atenta mirada, dos manos se aventuran despacio por la tierra de nadie que los separa y se encuentran.

Los padres de Dylan se cogen de la mano.

El juez habla.

Y una sala de justicia contiene la respiración.

Doble senda en el bosque áureo se abría

y, al ser solo un viajero, con tristeza

de no poder viajar por doble vía,

miré una mucho hasta que se perdía.

ROBERT FROST