Cuando todo acaba
Once. Pip
ONCE
PIP
Mi madre me sirve una gran copa de vino. Niego con la cabeza.
—No puedo.
—Es medicinal.
—Pero si pasa algo…
—Entonces tu padre te llevará en coche. —Mi madre me alza la barbilla para que la mire—. Necesitas desconectar, Pip.
Me acaricia la mejilla con ternura y se me saltan las lágrimas. Estoy agotada y el cuerpo me duele como si tuviera gripe. Max está en una cena. Le ha dicho a Chester que trabajaría desde casa durante unos días, pero esta noche no ha podido librarse.
—Pero si se lo explicaras, ¿no crees que…? —he dicho, porque me costaba entender que Max pudiera pensar en nada que no fuera Dylan.
Su respuesta ha sido lacónica:
—Ya lo sabe.
«Esto no es una organización benéfica —dijo Chester en una ocasión, cuando Max le pidió viajar menos mientras Dylan estaba en la UCIP—. Te entiendo —añadió—, de veras que sí, pero todos tenemos hijos, Max. Todos tenemos obligaciones».
Así es como veía a Dylan. Como una obligación.
De modo que he venido a ver a mis padres, me he quitado los zapatos y me he dejado envolver por el cálido abrazo de mi infancia. Después de cenar, mi padre se ha retirado al salón para quedarse dormido leyendo el periódico, y mi madre y yo hemos recogido la mesa y hablado de si las glicinas florecerían este año y de si el azul cobalto sería demasiado chillón para el cuarto de invitados. He pensado en Max, en su cena de trabajo, y me he preguntado si una parte de él necesitaba la distracción del trabajo, lo mismo que yo me he sentido mejor hablando con mi madre de cosas sin importancia.
—Dime. —Mi madre acerca una silla a la mía—. ¿Qué novedades hay?
—Max ha encontrado un médico en Houston que cree que puede ayudarnos.
Miro las fotografías de Dylan colgadas en la pared de la cocina, y la trona, limpia y aguardando en un rincón. Pienso en la cuna de arriba, para los días que se queda a pasar la noche, y en la caja de mis juguetes que mi madre guarda para él en el desván.
—¡Eso es estupendo!
—El siguiente paso es preguntar a la doctora Jalili si el hospital mandará allí a Dylan para que reciba terapia de protones.
Eludo el tema de la financiación, pero noto una pesada sensación de náusea en el estómago al pensar en el dinero.
—Si tuviéramos un seguro médico —dijo Max—, ni tan siquiera tendríamos que preguntar. Simplemente, llevaríamos a Dylan al mejor médico de Estados Unidos, sin importar dónde estuviera.
No fue lo que dijo, sino lo que no dijo. No dijo que él había tenido un seguro cuando vivía en Estados Unidos. No me recordó que fui yo la que quise que se mudara aquí, la que lo convenció para que pidiera el traslado a la oficina del Reino Unido, la que se burló de los cambios en las condiciones de trabajo porque ¿qué importaba eso cuando se está enamorado? No me recordó que desdeñé sus cavilaciones sobre si debía ampliar su cobertura para incluir a su hijo recién nacido; que le dije que era inviable en la práctica.
—Significaría viajar a Estados Unidos si se pusiera enfermo —dije—. Y, además, el Reino Unido tiene el mejor sistema de salud del mundo, todos lo saben.
Y, de algún modo, se había convertido en una conversación chistosa, como hablar de por qué los británicos no saben hacer sándwiches como Dios manda o por qué los estadounidenses no utilizan hervidores eléctricos. Porque, además, ¿quién piensa que alguna vez va a necesitar un seguro médico?
La cara de mi madre está cargada de preguntas.
—¿Y ese médico cree que puede extirpar el tumor por completo? ¿Hay efectos secundarios? ¿Vendría él o tendríais que llevar a Dylan a Estados Unidos?
—Estados Unidos —digo, porque esa pregunta puedo responderla—. Pasaríamos diez semanas allí.
—Diez semanas… Dios mío. —Mi madre se recobra—. Da igual. Lo que haga falta, ¿no? Conseguir que mejore, eso es lo único que importa.
Me muerdo el labio por dentro. Miro la expresión resoluta de mi madre, el amor en sus ojos. No solo amor por su nieto, sino también por Max y por mí.
—¿Mamá?
Ella espera.
—¿Qué me gustaba hacer cuando tenía la edad de Dylan?
Vacila, reacia a complacerme porque sabe por dónde voy, por qué se lo pregunto. Suspira.
—Te gustaba dar de comer a los patos. Íbamos todos los días después de tu siesta, y tenía que agarrarte por el chubasquero para que no saltaras al agua con ellos. —Sonríe al recordarlo.
—¿Qué más?
—Los libros. Te sentabas en mi regazo y pasabas las páginas más rápido de lo que yo podía leerte el cuento. —La voz se le quiebra al decir la última palabra.
—¿Qué más? —digo con vehemencia, aunque nos hace daño a las dos.
—Bailar —responde en voz baja, con lágrimas en los ojos—. Te encantaba bailar.
Trago saliva. Me imagino con tres años, haciendo piruetas con mis bailarinas rosas, arrojando pan con mi chubasquero amarillo, pasando las páginas de un libro tras otro, señalando las ilustraciones, riéndome de las voces que a mi madre se le daban tan bien. Imagino a Dylan como era antes, como es ahora, como podría ser… si vive.
Mi madre me conoce demasiado bien.
—Es una clase de vida distinta —susurra, y luego me abraza—. Pero aún es vida, Pip. Su vida.
Y yo sollozo en sus brazos, deseando seguir siendo aquella niña de tres años que hacía piruetas, y que mi madre siguiera agarrándome por el chubasquero para impedir que me cayese.
El verdadero nombre de B es Bridget. Su madre, la mujer responsable de tantas horas de Educar a B, es Eileen Pearce, y ambas viven en una casita adosada a las afueras de Bath. Eileen respondió a mi correo electrónico con su número de teléfono y, cuando la llamé, su voz me resultó tan afectuosa, y tan familiar, que fue como hablar con una amiga.
—Si te es más fácil hablar mientras nos tomamos un café —dijo—, vivimos a las afueras de Bath, no lejos de… —Se interrumpió—. Aunque a lo mejor no puedes dejar el hospital, lo entiendo.
He ido al hospital todos los días sin falta. He llevado a Dylan a todas sus visitas médicas, a todos sus análisis de sangre, sesiones de quimioterapia y controles. Cuando lo trasladaron a la UCIP, después de que dejáramos el piso para padres y nos desplazáramos en coche todos los días, entré en una nueva rutina. De pie a las cinco y media; en el coche a las seis menos diez; con Dylan desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche. Max iba conmigo, si trabajaba desde casa, o pasaba por el hospital después del trabajo, si estaba en la oficina del Reino Unido. Regresábamos cada uno en su coche y Max insistía en que yo fuera delante, como si pudiera protegerme por el mero hecho de no perderme de vista. En el semáforo del centro comercial, yo miraba por el espejo retrovisor y él estaba ahí, mandándome un beso o poniendo caras para hacerme reír.
—Me encantaría conocerte —le dije a Eileen.
Max me ha prometido que estaría en el hospital a las siete en punto y mi madre me ha dicho que se quedaría por la tarde, para que Max pudiera dejarse ver por la oficina. Después he conducido dos horas hasta la tranquila calle en la que Eileen y su familia viven en una casa adosada con un jardín empedrado en la parte delantera, resistiendo el impulso de dar media vuelta y regresar con mi hijo.
De manera objetiva, me fijo en la rampa de hormigón que sustituye los escalones de la entrada y en la furgoneta gris plata con la pegatina detrás: «¡Deje sitio para mi silla de ruedas, por favor!». Me digo lo que le he dicho a Max: que estoy en misión de reconocimiento.
—He pensado que nos vendría bien tener una idea del equipamiento que necesitaremos cuando Dylan vuelva a casa.
—Buena idea. A lo mejor puede darte información de proveedores, esa clase de cosas.
Es la primera vez que miento a Max.
—Debes de ser Pip. —Eileen es alta y fuerte, y tiene el pelo entrecano recogido en una larga trenza que le cae sobre la espalda. Lleva vaqueros y una camiseta de rugby arremangada—. Phil se ha ido a trabajar y las gemelas están en la escuela, pero Bridget está en casa. Pasa.
La casa está desordenada, con un montón de zapatos junto a la entrada y chándales de gimnasia prendidos en colgadores que sobresalen de la pared. Sigo a Eileen y veo una puerta abierta que conduce a lo que debe de ser la habitación de B.
Eileen se detiene.
—Antes era el salón. Ahora es la habitación de Bridget, y su baño es la antigua cocina, y nuestra cocina es el comedor, y nuestro salón está arriba. — Ríe—. Era más barato que mudarnos, pero, Dios mío, ¡vaya año!
La habitación está dominada por una cama de hospital y una grúa. Hay una bombona de oxígeno y un botiquín metálico en la pared.
—Cerrado con llave —dice Eileen, siguiendo mi mirada—. Con otras dos niñas en casa, fundamental.
Hay alegres cortinas en las ventanas y sonrío al ver los CD sobre la cama y los arcoíris que dibujan en las paredes.
—Fue un episodio precioso —digo, señalando el móvil.
—Las gemelas harían lo que fuera por ella. —Eileen sonríe—. Por desgracia, a Bridget le falla la vista desde hace tiempo, así que no sé durante cuánto tiempo más podrá verlo. Vamos, pondré agua a hervir y te la presento.
Bridget tiene catorce años. Sus extremidades son tan delgadas que yo podría abarcarlas con los dedos índice y pulgar, y están sujetas a la silla con recias correas negras. Un reposacabezas de espuma le ciñe la cabeza.
—Parece una salvajada —se apresura a decir Eileen—, pero Bridget se encuentra mucho más cómoda si está en la postura correcta. Estás de suerte: hoy tiene un buen día, ¿verdad, Bridget?
Besa a su hija en la cabeza.
Busco una reacción en Bridget, un gesto, un atisbo de reconocimiento en su cara, pero no veo nada.
—Hola, Bridget, soy Pip. —Sonrío a la chica. Es extraño conocer a una persona de la que sé tanto. Pienso en las anécdotas divertidas que Eileen cuenta en su podcast, en los lugares a los que su marido y ella han llevado a B con el paso de los años—. ¿Hoy no hay escuela?
Sé que Bridget es sorda y no sabe leer los labios, pero sería grosero hablar con Eileen como si ella no estuviera.
—Ah —dice Eileen, poniendo los ojos en blanco—. Ahora te cuento. —Me ofrece una taza de té—. Perdona, ni tan siquiera te he preguntado si querías leche. ¿Está bien así?
—Perfecto, gracias.
—La escuela de Bridget cerró la semana pasada. Recibimos una carta el lunes y cerraron el viernes.
Eileen se sienta a la mesa de la cocina, que está llena de libros, bolígrafos y los restos del desayuno. Yo también me siento.
—¿Pueden hacer eso?
—Al parecer, sí. Nos han ofrecido plaza en una escuela que está a dos horas de aquí, o internarla en un centro de Sussex. Gracias, pero no, gracias.
—¿Qué vas a hacer?
Por primera vez desde que he llegado, el tono pragmático de Eileen vacila. Se encoge de hombros.
—Para serte sincera, no lo sé. Trabajo a jornada parcial en horario escolar. Sin eso no nos llega para pagar los gastos. Y, aunque Bridget tiene cuidadores, no pueden estar en casa sin uno de nosotros. —Sonríe—. Nos apañaremos. Siempre lo hacemos.
Cuando nos acabamos el té, Eileen va a acostar a Bridget para que descanse y yo insisto en lavar los platos. Luego respiro hondo y le hago la pregunta que sé que ha estado esperando:
—¿Ya sabíais que Bridget tenía una discapacidad?
—Sabíamos por la ecografía de las veinte semanas que tenía espina bífida. —Eileen sonríe con ironía—. Lo demás fue una sorpresa.
—Y…
Eileen me dijo que podía preguntarle lo que fuera. Pero no puedo. No puedo.
—¿Aun así la tuvimos?
Asiento, avergonzada de lo que insinúa mi pregunta.
—No digo que yo…
—Tranquila. Es importante hablar de esto. —Se inclina hacia delante, junta las manos en la mesa y se mira los dedos pulgares—. No nos planteamos interrumpir el embarazo en ningún momento. Fue un golpe durísimo, pero le habíamos puesto nombre, estábamos entusiasmados con ella. Ya la queríamos. Movería cielo y tierra por esa chica, y algunos días parece que lo haga.
—Entonces ¿nunca te has arrepentido?
Eileen alza la vista.
—Yo no he dicho eso. —Mira hacia la habitación de Bridget por la puerta abierta y baja la voz, como si nunca hubiera dicho las palabras en voz alta—. La gente dice que somos abnegados, anteponiendo las necesidades de Bridget a las nuestras; dándole una vida, aunque a veces eso dificulta que los demás la tengan. Pero es al revés. Tuve a mi hija porque quería ser madre.
Se queda callada y yo contengo la respiración, alentándola mentalmente a continuar; necesito entender mejor lo que piensa.
—Bridget ha enriquecido mi vida, y la vida de todos los que la conocen, de un millón de maneras distintas —continúa—. Pero, de haber sabido lo difícil que sería su vida, de haber sabido que los momentos placenteros serían tan pocos y tan breves, entre la medicación, las convulsiones y las operaciones… —Eileen pone la espalda recta y vuelve a enfocar la mirada en la cocina—. Bueno —añade en voz aún más baja—, no sé si habría sido tan egoísta.