Cuando todo acaba
Cincuenta. Pip
CINCUENTA
PIP
2017
El banco está en una colina desde la que se ve el parque al que Max y yo llevábamos a Dylan a jugar. Estábamos jugando en él cuando todo empezó a ir mal. Yo estaba sentada en el arenero con Dylan cuando el móvil me sonó con una llamada que aún no sabía que era urgente y me alejé unos pasos de los niños que jugaban, sin dejar de vigilar a Dylan, con un dedo en el otro oído para poder oír.
«Ya tenemos los resultados de los análisis de sangre de Dylan. Al especialista le gustaría hablar con ustedes. ¿Cuándo pueden venir? No, mañana no. Hoy, si es posible».
El banco es de madera de teca. Tiene el respaldo curvo y los brazos lisos, y una placa de plata a la que saco brillo con la manga siempre que vengo.
DYLAN ADAMS, 05/05/10-17/04/13
Esparcimos las cenizas de Dylan junto con puñados de semillas de flores silvestres. Ahora ya están muy crecidas a ambos lados del banco y todo está impregnado de su fragancia y del zumbido de las abejas. Los ranúnculos y las crestas de gallo brillan tanto como el sol.
—¡Mamá!
Grace tiene catorce meses y se encuentra en la etapa de hacer nuevos descubrimientos todos los días.
—¡Ya veo! Qué lista es mi niña.
El descubrimiento de hoy es que, si se pone de espaldas a mí y se inclina para mirar entre las piernas, me ve del revés; y que, si se echa hacia delante en esa postura, se cae y acaba sentada en el suelo. Lo hace una y otra vez, hasta que se marea.
Miro el parque infantil, donde una mujer intenta reunir a varios niños pequeños. En cuanto tiene al primero en la puerta, el segundo echa a correr hacia el balancín y el tercero hace un intento de liberarse. El cuarto se quita el abrigo que su madre acaba de ponerle. Es como ver concursar a un perro pastor especialmente torpe y no puedo evitar sonreír. Al otro lado del parque, un hombre echa a andar desde el aparcamiento. Deja atrás la zona de juegos y empieza a subir la cuesta.
—Gracie, viene papá.
Mi hija se queda a media voltereta, se estira en el suelo y se pone a cuatro patas antes de levantarse. Aún anda con pasos vacilantes, con más determinación que dirección.
—¡Papi!
Echa a correr y yo tuerzo el gesto cuando se embala por el camino, previendo el tropezón, las rodillas peladas, las lágrimas.
Pero Max piensa lo mismo y corre a su encuentro; la coge en brazos antes de que se caiga y le da un buen achuchón antes de volver a dejarla en el suelo. Se acercan, cogidos de la mano, y oigo a Grace charlar con él en su peculiar mezcla de inglés y palabras inventadas.
—Hola —me saluda Max, y me besa en la mejilla.
La logística del divorcio exige cierto esfuerzo y agradezco que Max y yo no solo nos hablemos, sino que también seamos buenos amigos. Amigos inmejorables, supongo, con la salvedad de que yo no quiero conocer los detalles de su relación con Blair e imagino que él preferiría no pensar demasiado en Lars y yo. Se han visto, por supuesto, no solo cuando Grace nació, sino varias veces desde entonces. Se tratan con amabilidad, pero es poco probable que alguna vez lleguen a irse juntos de copas, lo que me parece razonable. Max aún vive en el Reino Unido, pero cada vez pasa más tiempo en Chicago. Blair y yo somos amigas en Facebook, lo que es tremendamente moderno y civilizado, y me obliga a pasarme la vida desetiquetando las fotografías en las que voy sin maquillar y llevo un pelo que parece que pertenezca a una de las desgreñadas muñecas de Grace.
—¿Tienes hambre? —Abro la cesta que he subido hasta aquí y extiendo la manta de picnic en el suelo—. Grace, ¿me ayudas a sacar la comida?
Ella saca la barra de pan, el humus, las aceitunas, el paté y el queso que he metido esta mañana y lo toquetea todo para probarlo antes de encontrarle sitio en la manta.
Max se arrodilla al lado de Grace y abre la mochila. Saca tres vasos de plástico, media botella de champán y un tetrabrik de zumo de manzana, y pone los vasos en fila en el banco para llenarlos.
Tiene un piso, con un cuarto pintado de rosa lleno de juguetes y ropa de Grace, a una media hora de la casa que aún está a nombre de los dos. Cada quince días, cuando me toca trabajar, Max se queda en el cuarto de invitados de mi casa. Lleva a Grace a la guardería camino de la oficina del Reino Unido, gracias a que Chester por fin ha accedido a su petición bastante razonable de pasar más tiempo aquí. Es un arreglo poco corriente, pero nos va bien. De vez en cuando llego a casa y Max ha preparado la cena. Nos la comemos juntos y yo me sorprendo de lo bien que nos llevamos ahora. Nos separamos justo a tiempo, pienso a menudo, como si alguien hubiera destapado la olla antes de que el agua hirviendo rebosara.
—Salud —dice Max con dulzura, entrechocando su vaso de plástico con el mío—. Feliz cumpleaños, Dylan.
—Feliz cumpleaños, Dylan.
No puedo evitarlo, aún se me saltan las lágrimas, pero sonrío y parpadeo, y miro a nuestra increíble hija, que tiene un puñado de aceitunas en una mano y un vaso de zumo en la otra.
—¡Gracie! —Choca su zumo contra mi vaso y luego contra el de Max.
Max niega con la cabeza.
—El cumpleaños de Gracie no, el de tu hermano Dylan. Hoy cumpliría siete años. —Me mira y su tono de voz cambia—. Siete.
—Lo sé.
Nos comemos el picnic. Después, Grace se impacienta y la mando con Max al parque infantil. Guardo la comida, vacío el zumo de manzana que ha sobrado y, cuando todo está recogido y he comprobado que no dejamos basura, me siento en el banco de Dylan. Una mariposa revolotea por encima de una prímula.
—He bajado tu triciclo del desván para Gracie. ¿Te acuerdas de él? Tenía un asa detrás para que pudiéramos empujarlo cuando se te cansaban las piernas. A Grace le encanta. Le he dicho que era tuyo. Le hablo de ti a todas horas, ¿sabes? Ella no lo entiende, aún, pero lo hará.
Miro el parque infantil, donde Grace está subida al carrusel. Max le da vueltas despacio, sujetándola por un hombro. La imagino diciéndole: «¡Más, papá, más!».
—Ojalá… —Paso el pulgar por las hebras de la madera—. Ojalá pudiera saber con seguridad qué habría pasado. —Pienso en la doctora Leila Jalili, sentada en la cafetería próxima al hospital. «Podría haberme equivocado…» «Pero podría haber tenido razón»—. ¿Deberíamos haberte llevado a Estados Unidos? —Alzo un poco la voz—. ¿Habría surtido efecto el tratamiento? ¿Te habría comprado una bicicleta nueva para tu cumpleaños, en vez de…?
Me interrumpo. Esto no es lo que quiero que sea este lugar. Quiero que este banco sea un lugar feliz, al que Max y yo —y Grace, cuando sea mayor— podamos venir solos o juntos y pensar en los momentos felices que pasamos con nuestro precioso hijo. Quiero que la gente se siente un rato en él, para descansar las piernas después de la cuesta y disfrutar de las flores que no estarían aquí si Dylan hubiera vivido. Y si ven la placa de plata, se fijan en las fechas y se dan cuenta de que nuestro hijo era casi un bebé, espero que les recuerde que la vida es corta y que esta noche abracen a sus hijos un poco más fuerte. Porque yo daría lo que fuera por abrazar otra vez al mío.
En el parque infantil, Grace ha hecho un amigo, un niño un poco menor que ella; su madre está cerca, hablando por teléfono. Hurgan en las virutas de corteza de madera, las apilan y después corren alrededor de los montones hasta caerse. Max y yo estamos apoyados en la barandilla, mirándolos.
—Con el montón de columpios que hay y ella quiere jugar en el suelo — dice, encantado en su fuero interno. Y después, sin más preámbulos, añade—: Chester quiere que dirija la oficina de Estados Unidos. Es un ascenso, más o menos. Menos viajes, más estrategia.
Me quedo un rato callada.
—¿Qué vas a decirle?
—Que no, por supuesto. Grace está aquí.
Pero ha respondido demasiado rápido, con demasiada rotundidad, y, si no tenía dudas, ¿por qué me lo ha dicho?
—¿Qué opina Blair?
Max hurga en las virutas de corteza de madera con la puntera del zapato.
—Paso tanto tiempo como puedo con ella, pero le cuesta, no vivir siempre juntos. Es… —Busca una palabra que explique la situación sin decir más de la cuenta—. Complica nuestra relación.
—¿Quieres ese trabajo? —Veo que Max está a punto de hablar y alzo la mano—. Olvídate por un momento de dónde es, ¿es el trabajo que quieres hacer?
—Joder, sí. Es ideal. Estoy harto de viajar, Pip, harto de vivir atado a una maleta. Quiero despertarme en el mismo sitio todos los días, jugar al fútbol…
Miro a Grace. Ya habla con Max por Skype cuando él está de viaje, o en su piso. ¿Cambiaría algo si Max viviera en Chicago?
—Deberías decir que sí.
—No. No sería justo.
—Es en tu ciudad, Max. En la ciudad de tus padres. Viniste a Inglaterra porque te casaste conmigo, pero… —«Pero ya no estamos casados»—. Grace y yo podríamos ir a verte continuamente: puedo utilizar mis bonos de viaje. —Le toco el brazo y me mira—. No digas que no solo por nosotras. Tú también tienes que vivir tu vida.
—Y a ti, ¿qué tal te va? ¿Cómo está Lars?
Como de costumbre, se me hace raro oír su nombre en boca de Max.
—Está bien. De hecho, acabamos de reservar las vacaciones. Nos vamos de acampada al Distrito de los Lagos.
—Nunca llegamos a hacerlo, ¿verdad?
Hay una nota de amargura en su voz y me siento un poco malvada. No hacía falta que le dijera adónde íbamos; no hacía falta que le recordara que había prometido llevarme.
Busco algo que decir para nivelar la balanza:
—Quiere que nos casemos, pero yo no quiero.
No es exactamente así. Lars ha hablado de matrimonio, en varias ocasiones, pero nunca me ha insistido, y yo nunca le he dicho claramente que no. Supongo que solo quiero demostrar a Max que tampoco todo es perfecto en mi vida.
—¿Por qué no?
Me encojo de hombros. Si no he podido dar una razón convincente a Lars, dudo que pueda dársela a Max.
—Tú también tienes que vivir tu vida. —Me dirige una sonrisa torcida.
—Touché. —Me río—. Míranos, comportándonos como verdaderos adultos. El ejemplo modélico de divorcio amistoso.
Max no se ríe conmigo. Se vuelve y mira a Grace, que está jugando tan a gusto con su amigo nuevo, y sé que en su pensamiento no es el hijo de un desconocido quien está jugando con ella, sino nuestro hijo. Nuestro Dylan. Porque es lo que también veo yo.
—Ojalá hubiera sido todo distinto.
—Los médicos hicieron lo que creían…
Max se vuelve.
—No, Dylan no. Tú y yo. —Aparta otra vez la mirada—. Ojalá las cosas hubieran sido distintas entre nosotros.