Cuando todo acaba
Veintidós. Max
VEINTIDÓS
MAX
Pip lleva una camisa blanca con finas rayas amarillas. La tiene metida por dentro de una ajustada falda azul marino y, cuando se dirige al estrado, de golpe la imagino trabajando, andando por el pasillo del avión. Pienso en la primera vez que la vi, en sus pestañas increíblemente largas; pienso en esa noche, unas horas después, en un animado bar. «Quiero casarme con esa mujer», pensé, antes de que ella siquiera hubiera relacionado al hombre a quien había servido en el avión con ese idiota que le sonreía con cara de bobo desde el otro extremo del bar. Lo supe. Se sabe.
Lleva la cremallera trasera de la falda torcida y la cinturilla le queda más ancha que hace un año. Pienso que, en otra vida, me acercaría a ella y se la pondría recta, sin que ninguno de los dos lo comentara, porque eso es lo que hacen dos personas que llevan juntas tanto tiempo como nosotros. Me embarga un dolor parecido a la nostalgia, pero no es mi país lo que echo de menos. Es a Pip. Es lo nuestro.
Me he marchado del hotel próximo al hospital y me he registrado en uno más barato situado a unas manzanas del Palacio de Justicia. Pip viene desde casa todos los días —la he oído hablar con su abogado cuando han llegado—, pero yo necesito estar cerca de los tribunales para centrarme. Anoche me lo leí todo de cabo a rabo y llamé a Laura media docena de veces para comentarle ideas que se me iban ocurriendo. «Todo está bajo control —dijo al fin—. Duerme un poco». Pero no he podido dormir y, por su aspecto, Pip tampoco. Su maquillaje es impecable y lleva el pelo muy bien recogido, pero tiene ojeras y las mejillas chupadas.
Cuando Dylan tenía unos dieciocho meses, pasó por una etapa en la que pegaba a otros niños cuando tenían algo que él quería. ¿Ese camión que sujetas en la mano? ¡Zas! ¿Tu galleta? ¡Zas!
—Mira que eres malo —le dije una vez.
Pip negó con la cabeza.
—Hay que separar al niño del acto. —Por cómo lo dijo, supe que lo había leído en algún sitio web para padres—. De lo contrario, estás reforzando una imagen negativa de sí mismo. —Se agachó mucho para mirar a Dylan a los ojos—. Dylan, te quiero mucho, pero no me gusta lo que acabas de hacer. No quiero verte pegar a nadie, ¿de acuerdo?
Dylan le dio una bofetada.
—¡Ay!
—No me estoy riendo —dije, riéndome.
Miro a Pip. Repaso todo lo que ha dicho y hecho en los últimos tres meses y sé que aún la quiero. Siempre la querré. Y una vez que estemos en Texas y Dylan empiece a mejorar, hablaremos. Recuperaremos lo que teníamos.
—Señora Adams. —El abogado de Pip se pone en pie—. Sé que esto es durísimo para usted. ¿Podría decirnos, en sus propias palabras, por qué apoya la recomendación del hospital de que el tratamiento de Dylan debería ser solo paliativo?
Pip mueve la cabeza, un gesto brusco y minúsculo que parece un temblor más que un asentimiento. Los labios le tiemblan al abrir la boca y, cuando habla, lo hace en voz tan baja que se oye un rumor colectivo en la sala cuando todos se inclinan hacia delante para escucharla mejor.
—Quiero a mi hijo. Lo que todos dicen en los periódicos, en la televisión, no es cierto. No soy un monstruo. Daría lo que fuera por que desapareciera esta pesadilla y tener a Dylan de nuevo en casa, donde debe estar.
No dice nada más durante un buen rato; ha cerrado los ojos y tiene la cara crispada por el esfuerzo de no llorar. Me siento como me sentí en la sala de descanso cuando Pip se puso a llorar: como si aquí hubiera dos Max, no uno. Uno que está enfrentado a Pip y al hospital, y otro que quiere abrazarla y decirle: «Lo estás haciendo muy bien».
—Pero eso no es posible. —Ahora habla más alto y tiene los nudillos blancos en la barandilla del estrado—. He estado todos los días junto a mi hijo desde que ingresó en el hospital el otoño pasado. He estado presente cuando ha sufrido convulsiones tan fuertes que han tenido que sedarlo, cuando le han dado morfina para el dolor. He aprendido a aspirarle la saliva, a darle masajes en la espalda para desprender las secreciones, a manipularle los brazos y las piernas para que no se le atrofien. Es continuo, agotador, y, si Dylan volviera a casa, me consumiría la vida, nos la consumiría a los dos. —Me embarga la ira, pero Pip no ha terminado—. Y yo haría todo eso y más si creyera que, entre los fármacos, las visitas, la fisioterapia y la aspiración, Dylan pudiera tener una vida que mereciera la pena. —El silencio se cierne sobre la sala de justicia. Pip mira al juez—. Pero no creo que pudiera tenerla.
Me restriego la nuca. Bajo la cabeza y arrugo la cara como si con ello fuera a acallar el ruido de mi cabeza, las imágenes que Pip ha puesto en ella. Yo también estaba presente, ¿no? También he visto esas cosas, he ayudado con la fisioterapia y… «Cuando no estás trabajando», dice una vocecilla interior. Pip y yo hemos tomado nuestras decisiones basándonos en experiencias distintas, en realidades distintas. Darme cuenta de ello me desconcierta.
—Señora Adams, ¿entiende que, si se concede esta orden judicial, su hijo morirá?
Una sola palabra, ahogada y dolorosa.
—Sí.
El abogado se dispone a sentarse, pero Pip vuelve a hablar:
—Quiero dejar muy claro que no quiero que Dylan muera. Pero tampoco quiero que siga viviendo con la calidad de vida que tendrá si sobrevive. Hay… —Vacila y sus últimas palabras apenas se oyen, como si de golpe estuviera agotada—. Hay una diferencia.
Pienso en mi discurso, preparado y listo para esta tarde, cuando Laura me dé la entrada preguntándome: «Por favor, explique al tribunal por qué se opone a la solicitud». Pienso en la gran cantidad de pruebas que hemos reunido, todas centradas en mantener a Dylan con vida. Pienso en las imágenes que Pip ha evocado ante el tribunal. Y vacilo.
—Todas las declaraciones han sido en apoyo del solicitante —dice Laura cuando el tribunal hace un breve receso. Toma un sorbo del café comprado en el comedor y hace una mueca—. Es normal que te cuestiones; de eso se trata. Te sentirás mejor cuando nuestros testigos hayan prestado declaración.
Así es. Nuestro primer testigo, el doctor Hans Schulz, con el pelo castaño oscuro y grandes gafas redondas, va tan erguido que cuando vino al hospital casi esperé que juntara los talones. Fue el segundo médico independiente que encontró Laura. «Lo siento —dijo el primero, un pediatra francés con un traje de Paul Smith—. No puedo declarar en su favor». Su informe fue breve, tan parecido al de la doctora Jalili que podrían haberlos escrito a la vez. «No hay ninguna posibilidad realista de una vida plena» fue su escalofriante conclusión.
—Pasé bastante tiempo con el paciente —dice ahora el doctor Schulz, en un inglés impecable—. Observé que sus pupilas eran reactivas a la luz y que, cuando le hablaba, volvía la cabeza hacia mí.
El abogado del hospital está tomando notas, inclinándose para susurrarle algo a su ayudante. La sala dispone de aire acondicionado, pero yo estoy ardiendo; me aflojo la corbata y me desabrocho el primer botón. Estoy aquí, pero en realidad no lo estoy; escuchando a todas estas personas hablar de una pesadilla que no puede ser nuestra vida, ¿verdad? No despego los ojos de Pip, pero ella se está mirando las manos, que tiene juntas en el regazo como si rezara.
El doctor Schulz presta declaración durante dos horas. Responde preguntas del juez, del abogado del hospital, de Laura, del abogado de Dylan. Lo ha hecho bien, creo, y la declaración que el doctor Gregory Sanders prestará esta tarde por videoconferencia no puede sino hacer mella en la seguridad manifestada por el Saint Elizabeth.
Laura está contenta. Cree que el juez se dejará influir por el doctor Schulz, por un niño que reacciona a la luz y a la voz.
—El público sacará partido de esto en concreto: ya verás. —Estamos sentados en Pret a Manger y se limpia la mayonesa de la comisura de la boca con una servilleta de papel—. A los periódicos les encantará.
Compro los periódicos a diario. Todos los que hay. Los despliego en la cama del hotel y recorto las páginas que luchan por la vida de mi hijo. Resalto las citas de partidarios, celebridades, políticos que nos han prestado su apoyo, y las guardo en una carpeta.
«Dylan sufre, pero su padre también sufre —reza el mensaje de un prominente obispo, publicado hasta la saciedad, citado en todos los periódicos, en todas las páginas de noticias—. Rezo para que le permitan ejercer su derecho como padre y tratar el sufrimiento de Dylan en su país de origen».
Cuando Dylan tenga edad suficiente, le daré el montón de recortes que demuestran que el mundo entero quería que viviera.
Por la tarde hay problemas con la videoconferencia. El doctor Gregory Sanders se desconecta dos veces, una imagen congelada que parece una gárgola con las fauces abiertas. Hay frustración por parte del juez y estoy seguro de que el abogado del hospital pone los ojos en blanco a propósito mientras suspira de forma audible y mira su reloj, pero al final el sistema funciona.
El doctor Sanders lo hace bien: es obvio que no se trata de su primera vez. Demasiado obvio, quizá. Su confianza raya en la arrogancia y tiende a empezar a hablar un momento antes de que los abogados hayan acabado, lo que insta al juez Merritt a decirle: «Por favor, preste atención a la pregunta». Pero su declaración está bien fundamentada.
—La terapia de protones reducirá el tumor y alargará la vida de Dylan — concluye.
Ningún juez en la Tierra podría fallar contra eso.
—Un buen resultado —dice Laura.
Hemos salido del Palacio de Justicia. Lleva tacones de varios centímetros, pero anda más rápido que yo, como si tuviera prisa, aunque ya hemos terminado por hoy. Nos detenemos delante de mi hotel. Pertenece a una cadena bastante económica, con colores vivos y mochileros por doquier. Laura se aloja en el Four Seasons y me pasa la factura a mí.
—Tengo que trabajar en otro caso —añade enérgicamente—, pero podría salir a cenar tarde si tú no tienes nada que hacer. O —hay un sutil cambio en su tono— ¿quizá pasar directamente a la última copa?
No se echa el pelo hacia atrás, no me hace ojitos, solo enarca una ceja mientras propone sin rodeos una noche de sexo sin ataduras. Me mira, sin pestañear, esperando.
—Creo que me iré temprano a la cama —consigo decir.
Esboza una sonrisa ante mi insinuación involuntaria y se encoge de hombros.
—Lo que tú digas. Nos vemos en el juicio.
La veo alejarse, cimbreándose como Marilyn Monroe con sus zapatos de tacón. Pienso en Pip andando por el pasillo de un avión, subiendo al estrado para explicar a un juez por qué quiere que su hijo muera. Recuerdo cómo quería consolarla con todo mi cuerpo, pese a tener la cabeza bulléndome de ira por sus palabras. Pienso en que es la única persona de mi vida con la que siempre he podido hablar.
Cuando esto termine, me digo, volveremos a ser una familia.
Pip, Dylan y yo. Igual que antes.