Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 42 de 56

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Cuando todo acaba

Cuarenta y Uno. Max

CUARENTA Y UNO

 

MAX

 

2017

 

Cuando Darcy abre la puerta a sus cuatro años, lleva tan solo una camiseta con un unicornio. Hace más de un año que no la veo —desde que me fui a vivir a Chicago— y me mira con recelo. Tom aparece en el pasillo. Coge a su hija en brazos.

—Me gusta cómo os vestís en esta casa —le digo.

—Cariño, no debes abrir la puerta hasta que llegue papá. —Me mira y sonríe—. En esta casa, los pantalones no son obligatorios.

—Ah, me acuerdo de esa clase de fiestas… —Alistair está en la puerta de la cocina, con cara de falsa nostalgia—. Antes de que las relevaran las ludotecas y los pastelitos de Frozen.

—Te encanta. —Le estrecho la mano.

—¿Cómo estás?

Miro a uno y a otro, sus caras son un espejo de su preocupación. Muevo la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro. «Así, así».

—Vi a Pip anoche.

—Ah.

—Fue… bien. —Me corrijo—: Triste, pero bien.

—¿Como el gusto de Tom con la ropa?

—¡Pipí! —anuncia Darcy.

Tom se pone en movimiento de inmediato: echa a correr y entra en el baño de la planta baja. Sigo a Alistair a la cocina.

—¿Le estáis enseñando a ir al baño?

—Hemos pensado en volver a probarlo. El especialista dice que un día todo se colocará en su sitio: ir al baño, la coordinación, hablar… —Se encoge de hombros.

Me fijo en su expresión.

—¿Te preocupa?

Se queda un momento callado antes de responder, sosteniéndome la mirada.

—Está aquí. Es lo único que importa.

—Falsa alarma —dice Tom cuando regresa a un paso bastante más calmado—. Creo que solo le gusta decir «pipí».

—¡Pipí! —proclama Darcy justo después.

—¿Veis? —dice Tom cogiendo una taza de café medio llena de la encimera.

—Esto… ¿Tom?

Me mira, con expresión interrogante, una fracción de segundo antes de que el calorcillo que se le extiende por la cintura le dé la respuesta.

—Maldita sea, Darce.

—Tienes buen aspecto —dice Alistair cuando dejamos de reírnos.

Sonrío con aire autocrítico.

—El trabajo honrado, supongo.

Pasarme el día encaramándome a escaleras me ha quitado kilos; trabajar al aire libre me ha bronceado. Mis manos, antes suaves y cuidadas, están agrietadas y con callos, pero fuertes.

—Bueno, te favorece, sea lo que sea.

Cuando Tom y Darcy reaparecen, Tom lleva un pantalón limpio y Darcy va completamente vestida. Nos sentamos en el sofá bañado de sol del invernadero contiguo a la cocina y miramos cómo Darcy se bambolea por su tienda de mentira.

—Así que… —Cojo la naranja de plástico que ella me ofrece y finjo que me la como—. Pip ha conocido a alguien. —Hay un elocuente silencio y alzo la vista de golpe—. Ya lo sabíais.

—Lars. —Tom parece incómodo.

—¿Lo conocéis?

He tenido menos de veinticuatro horas para hacerme a la idea de que Pip está con otro y ahora resulta que queda con nuestros amigos. A lo mejor debería irme.

Dejo la taza.

Pero no puedo contenerme.

—¿Cómo es?

—Holandés —responde Tom.

Alistair pone los ojos en blanco.

—Muy útil.

—Alto, rubio, ojos azules —añade Tom—. Piloto. Me lo tiraría.

Alistair le arroja un cojín.

—¡Tu hija está aquí!

—¡Hipotéticamente, por supuesto!

Ven mi cara y se callan de golpe.

—Perdona —dice Tom.

—Es que me cuesta asimilarlo… Apenas ha pasado un año. Yo… —Me restriego la cara con vigor, me paso los dedos por el pelo—. Supongo que es duro para mí darme cuenta de que significaba tan poco para ella.

«Es doloroso estar separados», dijo Pip. Claramente, no tanto.

—¡Din don! —Tom toca un timbre imaginario con el dedo índice—. Hola, vengo a regodearme en mis miserias, ¿es aquí?

—Que te follen. —Entonces me acuerdo de Darcy, demasiado tarde—. Lo siento, tíos.

—Tranquilo —dice Alistair sin inmutarse—. El logopeda está anotando todas sus frases de tres palabras y «que te follen» es tan buena como cualquier otra.

Tom suspira, de nuevo con expresión seria.

—Siempre significarás algo para Pip, Max.

—¿Incluso ahora que tiene al Holandés Errante?

Hay un silencio, antes de que Tom y Alistair se echen a reír.

—Oh, Dios —dice Tom—. Ahora ya no podré llamarlo de otra manera.

Miro cómo Darcy pasa las verduras de plástico del armario de su cocina a una bolsa de arpillera.

—Estoy diciendo tonterías, ¿verdad?

—Sí.

Alistair es más conciliador, pero solo lo justo.

—Está pasando página, Max, eso es todo. Puede que tú necesites hacer lo mismo.

 

La maleta de objetos personales que me llevo del trastero se queda sin abrir en el recibidor del número 912 de North Wolcott Avenue. Libros, ropa, un montón de discos que llevo años sin escuchar. No es mucho para toda una vida.

—Podrías pintar el sótano —dice mi madre—. Poner un sofá, sacar tus cosas.

Tiene buena intención, lo sé, pero es la gota que colma el vaso. No tengo diecisiete años. No quiero acondicionar el sótano para montar fiestas con mis amigos. No puedo quedarme aquí.

—¿Y qué piensas hacer? —Blair remueve su café. Abre TripAdvisor en el móvil y encuentra el restaurante en el que estamos—. ¿Un cuatro?

—Buscar trabajo, supongo. Démosle un cinco: me gusta la música que ponen.

Cada dos sábados, cuando los hijos de Blair están con su padre, vamos a algún establecimiento que ha tenido una pésima crítica en el Tribune y le hacemos la nuestra. Nunca pretendimos convertirlo en una costumbre. Una amiga de Blair tuvo una crítica demoledora y ella me preguntó si estaba libre para comer en su local.

—Imagino que le vendrá bien tener clientes —dijo.

Leí la crítica: «El filete reseco fue un grato alivio después del aguado entrante de marisco».

—No me lo estás vendiendo nada bien.

Pero Blair insistió, y yo no tenía nada que hacer —maldita sea, ¿cuándo tengo yo algo que hacer últimamente?—, así que quedé con ella allí. Comimos estupendamente y convinimos que el crítico tenía algún motivo oculto y que quizá deberíamos dar un empujoncito a algunos de sus otros objetivos.

«No te emociones, mamá —dije cuando le conté que había quedado a comer con Blair otra vez—. Somos amigos, nada más».

—Ya tienes trabajo —comenta Blair—. Escribe nuestra crítica.

—Pinto pisos.

—Y te gusta.

—Sí, pero…

Blair enarca una ceja.

—¿Qué se me está escapando?

—Fui uno de los asesores empresariales más solicitados del país. —Hablo como un cretino, pero no parezco capaz de parar—. He favorecido la introducción de cambios estratégicos en cientos de empresas que se habrían hundido sin mi asesoramiento. Gané el premio MCA al proyecto del año en el 2011 y el 2012. Me… —No sigo. Es como si estuviera recitando el currículo de otra persona—. Era un buen trabajo —concluyo, sin convicción.

—Pero ya no lo tienes —señala Blair, con más dulzura de la que sospecho que merezco, después de mi actualización oral de LinkedIn—. Así que necesitas otro. Y ahora mismo pintar pisos parece una alternativa bastante buena. —Abro la boca para interrumpirla, pero ella no me lo permite—. Max, lo entiendo: ¡echas de menos tu antiguo trabajo!

—No, yo… —Iba a decir que ya no me siento asesor empresarial. Que quizá sea hora de probar otra cosa. Pintar pisos podría ser un trabajo tan bueno como cualquier otro.

Me rasco la barba que ya siento que forma parte de mí.

—Antes de tener hijos era diseñadora gráfica. Trabajaba en campañas para Adidas, Coca-Cola, IBM… —Blair clava en mí una mirada que me recuerda a mi profesora de matemáticas de segundo de Secundaria—. Ahora archivo documentos y preparo café para dos abogados, y echo una mano en el club de natación una vez a la semana, porque eso es lo que nos va bien a mis hijos y a mí en este momento. La vida cambia. Es lo que hay. Supéralo.

No hablo de inmediato, un poco anonadado por su sermón. Su mención del club de natación, así como mi patética excusa para no echar una mano, hacen que me sienta más cretino aún.

Blair sonríe.

—Lo sé, soy como tu madre, ¿verdad?

—Oh, no. Eres muchísimo peor. —Guardo silencio—. Entonces… supongo que soy pintor.

De repente me noto un poco nervioso. Pintar los pisos de los amigos de Nancy era una ocupación para llenar el tiempo, una manera de ayudar a mi madre con los gastos. No tenía que depender de ello como fuente de ingresos fijos.

—Supongo.

Hasta ahora.

—No puedo depender eternamente de la impresionante lista de amigos de Nancy.

—Necesitas un plan.

—Sí.

—Ojalá conocieras a alguien con experiencia en cambios estratégicos. — Blair suspira—. Alguien, pongamos, que ganó el proyecto del año en el 2011 y el 2012…

—Touché.

—¿Pedimos la cuenta? Parece que tienes trabajo que hacer.

 

Es cien veces más fácil elaborar un plan para la empresa de otra persona que para la propia. Borro una docena de intentos, hago las cuentas otra docena más. Requiere tres semanas, otra comida con Blair, un sinfín de palabrotas encadenadas y el retorno de mi viejo enemigo, Miedo al Fracaso, pero entro en el banco con cifras previstas, un análisis FODA y pruebas de la demanda de pintores, y salgo con un préstamo que me permite pagar una furgoneta, una campaña de marketing y un juego de brochas nuevas. Max Adams Decorating Services está en marcha. También salgo del banco con algo que llevaba mucho tiempo sin tener. Orgullo.

Mando flores a Blair. Me parece que es lo menos que puedo hacer, después de que me diera la patada en el culo que necesitaba. Adjunto una tarjeta. «Favor con favor se paga. Cuenta conmigo los jueves por la noche para el club de natación».