Cuando todo acaba
Treinta y Nueve. Max
TREINTA Y NUEVE
MAX
2017
—¿Le apetece algo de beber, señor?
Pido un refresco y unas patatas fritas a un auxiliar de vuelo que ha tenido que preguntármelo dos veces porque lo había olvidado. Todo el mundo está nervioso. El vuelo va completo, algunos asientos estaban mal asignados y hay demasiado equipaje de mano para los portaequipajes. Cuando bajo la mesita, la mujer que va sentada a mi lado apoya el codo en el reposabrazos que compartimos; otro paso más en la muda disputa que tenemos desde que hemos despegado. El gemelo izquierdo amenaza con contracturarse y me giro en el asiento para intentar descruzar las piernas, pero con la mesa bajada no hay espacio y tengo que contentarme con doblar los tobillos.
Heathrow está congestionado y pasamos diez minutos dando vueltas por encima del aeropuerto antes de poder aterrizar. Con la mesa levantada, tengo sitio para sacar mi libro y termino las últimas páginas de un Wilbur Smith que creía que recordaba pero que me ha pillado por sorpresa. ¿Cuánto tiempo hace que no leo un libro que no sea un manual de empresas o una autobiografía de motivación? «Siente el miedo y hazlo de todas formas». «No puedes volar sin antes saltar». «Cómo ganar en la vida». Qué montón de gilipolleces.
Después del control de pasaportes, me salto la cinta de recogida de equipajes y me dirijo a la sala de llegadas. Por costumbre, miro las caras que esperan. Algunas tienen la emoción escrita en el rostro, otras están aburridas, cansadas y alteradas debido a vuelos retrasados, perdidos, desviados. Taxistas y chóferes sostienen una variopinta colección de carteles que abarca desde cartones escritos a mano hasta lujosas pantallas de iPad.
Ya casi he atravesado la multitud cuando veo una cara conocida. Está mirando su reloj y vuelve a mirarlo al momento, como si hubieran transcurrido minutos en vez de segundos. Tamborilea con los dedos en el bolso que lleva en bandolera. Vacilo. Cambio de opinión. ¿Por qué habría de acordarse de mí? Cuando me alejo, oigo su voz.
—¡Señor Adams!
Me vuelvo. Me asaltan los recuerdos y exhalo despacio.
—Es usted, ¿verdad? —Su sonrisa es vacilante—. Me lo ha parecido.
Está con un hombre en el que me había fijado a primera vista. Es alto y mayor que ella, con el pelo cano y gafas. Me sonríe con afabilidad y se retira con discreción para dejarnos hablar.
—Doctora Jalili. Me alegro de verla.
Se ha cortado el pelo justo por debajo de la barbilla, pero, por lo demás, está igual que hace cuatro años. No, igual no. La doctora Leila Jalili tenía una cara que yo no sabía interpretar. Una cara que a veces pensaba que significaba que le daba igual, que Dylan solo era otro paciente, que Pip y yo solo éramos otros padres. Esta mujer está insegura. Nerviosa.
Me tiende la mano con timidez.
Se la estrecho.
—Max.
—Leila.
Más que presentarnos, nos pedimos permiso. Los dos sabemos que las personas que éramos entonces pueden no ser exactamente las que somos ahora. Recuerdo que volvió a trabajar, no mucho después del juicio. Absuelta de un delito de falta grave.
—¿Cómo va todo? —La pregunta es cautelosa.
—Dylan nos dejó el pasado septiembre.
—Lo siento mucho. —Y añade—: Aunque han sido cinco años y medio. Es increíble.
«Y medio». Ese medio año es importante. Si les preguntan, todas las personas que han perdido a un hijo dirán exactamente cuántos meses, cuántas semanas, cuántos «días» vivió. Me impresiona, no, me admira que la doctora Jalili se acuerde. ¿Cuántos niños habrá conocido desde Dylan?
—¿Y cómo está Pip?
—Está bien. De hecho, hemos quedado ahora. Ella… ya no estamos juntos.
Hay un silencio.
—También siento mucho eso. Erais un matrimonio muy unido.
Noto un nudo en la garganta. «Éramos» un matrimonio unido. Unidísimo. Cambio de tema:
—¿Esperas a alguien?
—A mi madre. —Le brillan los ojos—. Se muda al Reino Unido. Viene a vivir conmigo.
—¿Desde Teherán? —Me sorprende saberlo. Era Pip la que tenía en la cabeza los detalles de la vida de todos; la que pensaba en preguntar por la familia y retomar el contacto después de las vacaciones.
—Tienes buena memoria. —Leila sonríe—. No se encuentra bien últimamente y yo llevo mucho tiempo preocupada. Tiene muchos amigos en Irán, pero nadie que pueda cuidarla con regularidad. —Suspira—. No ha sido fácil, pero por fin la dejan venir.
—Enhorabuena. Es afortunada de tenerte.
—La afortunada soy yo. —Entran nuevos pasajeros en la sala de llegadas y Leila se da la vuelta, respira hondo y llama al hombre que la acompaña—. ¡Nick, ahí!
—Os voy a dejar. Encantado de verte, Leila. Me alegra que estés bien.
Me doy la vuelta cuando llego a la salida, a tiempo de ver una mujer bajita y curvilínea, con un pañuelo azul marino en la cabeza, que corre hacia Leila tan rápido como le permiten sus dos enormes maletas. Le coge la cara entre las manos, le estruja las mejillas y la besa en la frente, antes de volverse hacia el hombre de pelo cano y hacerle lo mismo.
—¿Adivina a quién acabo de ver?
Me alegra tener algo de qué hablar, para evitar la incomodidad que de otro modo podría haber surgido entre Pip y yo. He venido a recoger mis cosas. Al menos, todas las cosas que quepan en una maleta y pesen menos de veintitrés kilos.
—¿A quién?
—A la doctora Jalili.
Después de vender la casa, Pip lo trasladó todo a un trastero. Vendimos los muebles que ninguno de los dos quería y ahora solo quedan objetos personales: los libros, los discos, las fotografías. Recuerdos de una vida anterior a nuestra vida juntos, para llevárnoslos a las dos vidas que estamos construyendo aparte.
—Puedo hacer fotos de todo —sugirió Pip—. Mandarte lo que quieras quedarte.
—No estoy seguro de que lo sepa hasta que lo vea —argüí, cuando lo que en verdad quería decirle era: «Quiero volver a verte».
Pip tensa las manos al volante.
—¿La doctora Jalili estaba en el aeropuerto?
Yo habría cogido el tren, pero Pip trabajaba hoy y me pareció grosero rechazar su ofrecimiento de llevarme en coche.
—¿Qué hacía?
—Esperar a su madre. Los médicos pueden salir del hospital, ¿sabes?
Pip me mira de reojo.
—Lo sé. Pero siempre se hace raro, ¿verdad? Como ver a tus profesores en el cine o a una monja en una montaña rusa. —Se queda un rato callada y después añade—: No me gustaría verla.
—¿No?
Se muerde el labio. Pone el intermitente y cambia de carril. Recuesto la cabeza en el respaldo del asiento y miro su reflejo en el espejo retrovisor. Me encantaba verla maquillarse antes de salir, pintarse los ojos hasta tenerlos oscuros y seductores. Me miraba en el espejo y me sacaba la lengua, o fruncía los labios recién pintados. Trago saliva.
—Creo que me resultaría demasiado duro —dice, y tardo un momento en comprender que sigue hablando de Leila Jalili—. Me altero de solo pensar en ella, para serte sincera.
—Perdona…
—Tranquilo. Es solo que… si viera su cara, me traería recuerdos, ¿sabes? Como cuando… —Se calla de golpe.
—¿Como cuando me miras a mí? —digo en voz baja.
No contesta. En el espejo retrovisor veo lágrimas rebosando sus minúsculas patas de gallo.
Como era de esperar, repartirnos las pertenencias no es nada agradable, pero no discutimos. De hecho, somos extrañamente educados y ambos insistimos en que el otro se quede con un jarrón que fue un regalo de boda de alguien que ninguno de los dos recuerda. «No, quédatelo tú». «No, en serio, no podría; es tuyo».
Pip se interrumpe y me mira, con el jarrón en las manos.
—Ni siquiera te gusta, ¿verdad?
—Lo odio.
Se echa a reír; luego sopesa el jarrón con ambas manos y mira la pared del fondo del trastero.
—¿Nos jugamos algo?
—No te atreverás.
En respuesta, arroja el jarrón como un lanzador de peso ruso. Se hace añicos al instante y brillantes fragmentos de porcelana verde rebotan por todos lados.
—¿Mejor? —pregunto.
Ella asiente despacio.
—Sí, la verdad. Prueba tú.
Echamos un vistazo al montón de cosas que quedan.
—¿El juego de té?
No es un juego de té horrible, ni mucho menos. Era de los padres de Pip y no lo usamos ni una sola vez en todos los años que estuvimos casados.
—En cualquier caso, ¿quién usa un juego de té? —dice Pip.
Me lo tomo como un sí.
Arrojo las tres primeras tazas despacio, las tres siguientes como las balas de una ametralladora. Zas, zas, zas. Después los platillos, luego las bandejas y, por último, la tetera. Zas.
—Caray.
—Sienta bien, ¿verdad?
Rompemos tazas demasiado pequeñas para tomarse un té decente y vasos sueltos de juegos que desaparecieron hace ya tiempo. Rompemos un marco de fotos de arcilla decorado con una ardilla muy cursi y una licorera de whisky grabada con el monograma de otra persona, que Chester me regaló una Navidad.
—¿Por qué hemos guardado tantas porquerías? —dice Pip mientras se deshace de una huevera que daban gratis con los cupones de dieciséis cajas de cereales.
Es increíble, absurda y asombrosamente terapéutico.
Cojo nuestro plato de la boda. Regalo de una de las antiguas compañeras de trabajo de Pip, lo trajo a nuestra boda con una caja de bolígrafos de colores y después se lo llevó —repleto de los bienintencionados mensajes de nuestros invitados— para esmaltarlo y vidriarlo. «Que vuestro matrimonio no os traiga nada más que cielos azules», reza uno.
—No. —Nuestros dedos se rozan cuando Pip me lo quita de las manos—. Esto no.
—Solo queda esto —digo en voz baja. Cojo un dibujo enmarcado—. No podemos partirlo por la mitad.
Es el dibujo que Dylan hizo en la escuela. «Mi familia». No es el único: lo hizo por ordenador y nos mandaron una copia por correo electrónico, pero este se imprimió en la escuela. En la esquina inferior derecha está la huella dactilar que Dylan puso ahí con la ayuda de su terapeuta de dibujo.
—Quédatelo tú —dice Pip.
Lo deseo tanto… Lo sostengo con ambas manos e imagino a mi hijo coloreando la página hasta que aparecieron tres formas, una más pequeña que las otras dos. Quizá sea irreal imaginar que sabía lo que hacía, pero quiero creer que así fue.
—Tú eres su madre. Llévatelo tú.
Los ojos le brillan mientras mira el dibujo; me lo devuelve.
—Llévatelo a casa, Max. Llévatelo a Chicago.
Quiero decirle que la amo, que es la única a la que he amado, a la que podría amar.
—Gracias —digo en cambio.
Cenamos en un restaurante que queda muy cerca del trastero. Está completamente vacío, con una aburrida camarera sentada en un taburete de la barra.
—¿Hay alguna posibilidad de que nos hagan un hueco? —pregunta Pip con cara de póquer—. Me temo que no hemos reservado.
Contengo una carcajada, pero la camarera está mirando el restaurante vacío.
—Esto… sí, creo que no habrá problema.
Nos lleva a una mesa situada en un rincón, donde estamos sentados en ángulo recto. Nos comemos con esfuerzo el terrible menú, bebemos un vino blanco que nos obliga a hacer muecas y nos acordamos del horrible restaurante al que fuimos en nuestra luna de miel, donde el camarero no podía despegar los ojos del escote de Pip y el filete venía con gusano incorporado.
—¡Y aun así nos pidieron que dejáramos una crítica en TripAdvisor!
Pip se ríe; entonces me mira, de pronto seria. Se me cae el alma a los pies. Hemos estado actuando, esta noche. Recordando cómo era todo. Esto no es real.
—He conocido a alguien —dice.
Hago girar el vino avinagrado en la copa y lo miro atentamente antes de tomar un sorbo.
—Es pronto, no es nada serio, pero quería que lo supieras.
—Enhorabuena.
¿Soy sincero? Una parte de mí lo es, creo. Una parte pequeña. Una parte muy pequeña. La quiero. Quiero que sea feliz.
—Se llama Lars. Es piloto de la aerolínea. No sé si llegaremos a algo, pero… —No termina la frase.
Comemos en silencio durante un rato.
—Si yo no hubiera… —Casi no puedo decirlo, pero, como si fuera una especie de masoquista, tengo que saberlo—. Si no hubiéramos ido a juicio, ¿crees que seguiríamos juntos?
No me doy cuenta de que tengo la mano en mitad de la mesa hasta que noto sus dedos entre los míos. Nos miramos a los ojos y entrelazamos los dedos, y me duele tanto el corazón que daría lo que fuera por atrasar el reloj, porque ella está asintiendo despacio, a regañadientes. «Sí».
—Pero el veredicto no fue lo único que nos destrozó, Max. Fue todo. El tratamiento de Dylan, el juicio, el mero hecho de tener que decidir si nuestro hijo vivía o moría. Nos destrozó.
—Después… deberíamos habernos esforzado más. Deberíamos haber hecho que lo nuestro funcionara.
—Después, todo cambió. —Pip se ha puesto a llorar y yo le aprieto las manos y desearía poder llevarme todo su dolor—. Éramos cuidadores, no padres; compañeros de trabajo, no marido y mujer.
Niego con la cabeza, pero tiene razón: todo lo que dice es cierto. Ojalá no lo fuera, pero lo es.
—Estar separados es doloroso —continúa Pip—, pero aún lo es más estar juntos.
Me alegro de que hayamos elegido este restaurante de mala muerte y de que nadie más haya querido cenar aquí, porque ahora también estoy llorando yo.
—Lo siento mucho, Pip. Nunca creí que nuestro matrimonio fracasaría.
—¿Fracasar? —Niega vehementemente con la cabeza—. No, Max. Nuestro matrimonio ha terminado, pero no ha fracasado.
Se inclina hacia mí y pega su mejilla a la mía. Y nos quedamos así durante muchísimo tiempo.