Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 28 de 56

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Cuando todo acaba

Veintisiete. Max

VEINTISIETE

 

MAX

 

2016

 

Nos casamos en esta iglesia. Pip fue bautizada aquí. Pasaba por el cementerio todos los días camino de la escuela, iba a misa con sus padres todos los domingos, tiraba palitos al arroyo que corre junto a la entrada del cementerio. Y ahora estamos aquí, despidiéndonos de nuestro hijo.

El acto de hoy no es un funeral. Una «celebración de la vida», lo llamamos nosotros. «Celebra con nosotros la vida de Dylan Adams —rezaban las invitaciones—; 5 de mayo de 2010 - 1 de septiembre de 2016». Delante de los asistentes, en la pantalla comprada para proyectar las letras de los himnos y películas, una presentación de diapositivas convierte a Dylan en el foco de atención y su sonrisa de más de medio metro ilumina la iglesia. Algunas diapositivas son de Dylan antes de que cayera enfermo, chutando un balón, pero la mayoría son más recientes. Miro la pantalla justo cuando la presentación cambia de Dylan en su aula de música a Dylan en la cama elástica. Compramos una por recomendación de su fisioterapeuta y la colocamos a ras de suelo para que fuera más fácil trasladarlo desde la silla. Lo acostábamos en la cama elástica y la hacíamos rebotar con suavidad, y Dylan se reía porque para él debía de ser como volar.

Esa risa me alegraba el corazón. No era la risa de un niño de cinco años corriente, y quien no conociera a Dylan quizá ni tan siquiera la reconociera como tal; sin duda, la gente nos miraba en los centros comerciales cuando mi hijo se atrevía a ser feliz en público. Pero era una risa. El Diccionario Webster define la risa como «una muestra de emoción con un sonido vocal explosivo», y no se me ocurre mejor manera de describir la risa de Dylan. No siempre era previsible —él encontraba alegría en lugares en los que a mí jamás se me había ocurrido mirar— y tenía un volumen desproporcionado en relación con su cuerpecito. Era como si toda la energía que antes impulsaba sus extremidades ahora inmóviles se hubiera canalizado en la producción de ese único sonido.

—¿En qué piensas?

Pip lleva un vestido azul, con una chaqueta amarilla de punto que se ha comprado para hoy.

—Pensaba en la risa de Dylan. —Esboza una sonrisa forzada—. Tapones para los oídos siempre a punto.

Le sostengo la mirada. «¿Estás bien?» Ella asiente. «Nada de lágrimas», hemos acordado. «Una celebración, no un velatorio». Con vacilación, le cojo la mano y se la aprieto. Ella me devuelve el apretón, pero un momento después me suelta la mano y empieza a toquetearse el collar.

En otra época, yo nunca le cogía la mano porque ella siempre se adelantaba. Acomodábamos nuestros pasos y sus dedos se entrelazaban con los míos, y yo no me habría sentido completo sin ellos. Ahora veo a otras parejas que van de la mano y me siento no celoso, sino triste. Triste de que hayamos perdido esa intimidad. Entonces pienso en todo lo que hemos pasado y sé que es un milagro que sigamos siquiera juntos.

Una mujer que no reconozco atraviesa el cementerio con aire indeciso y un pañuelo amarillo en la mano.

—La prima Ruth —susurra Pip—. Vino a nuestra boda.

Estamos en la entrada de la iglesia, saludando a los invitados y repartiendo los programas. En la portada hay una fotografía de Dylan; en el dorso, un dibujo que hizo en la escuela por ordenador, con ayuda de su programa de seguimiento de los ojos. Es un derroche de color, pero, si se mira con atención, se distinguen tres siluetas, distintas pero interconectadas. Se titula «Mi familia», y el original está colgado en el pasillo de casa.

—¡Ruth! Me alegro de que hayas venido.

—Os acompaño en el sentimiento. —Nos enseña el pañuelo, insegura de este detalle tan poco convencional—. ¿Es esto…?

—Es perfecto —dice Pip—. Gracias.

Recobrada la confianza, Ruth se lo anuda al cuello y pasa por nuestro lado para entrar en la iglesia.

«Nada de negro —dijo Pip cuando planeamos el día de hoy—. No es apropiado. Para un niño, para Dylan». Por consiguiente, los oscuros bancos están salpicados de alegres corbatas, bufandas, sombreros y vestidos amarillos. Hay incluso una chaqueta mostaza de pana que Frank, el tío de Pip, ha desenterrado de su armario. Darcy, que ya tiene tres años, luce una camiseta de Little Miss Sunshine y sus padres llevan pañuelos amarillos en el bolsillo de la chaqueta.

Ha venido muchísima gente. Parientes que no veíamos desde hacía años; amigos que nos han acompañado en los momentos más duros y otros que lo han hecho solo a veces. Alison y Rupert, Phoebe y Craig, Fiona y Will. Incluso Emma y Jamie, el joven matrimonio cuya campaña recaudó tanto dinero para el viaje de Dylan a Estados Unidos.

También hay amigos nuevos. Padres de los amigos que Dylan hizo en la escuela, profesores suyos, su terapeuta ocupacional, su logopeda, su fisioterapeuta. Hay sillas de ruedas, patinetes eléctricos, cochecitos. Y nosotros, contemplando todo esto y dándonos cuenta de lo mucho que querían a Dylan.

Mi idea era quedarme en Estados Unidos —por eso de volver a empezar—, pero esa posibilidad jamás estuvo sobre el tapete. «No podría vivir tan lejos de mis padres», dijo Pip cuando le apunté la idea de mudarnos a Chicago. Podría haberle recordado que yo llevaba haciendo precisamente eso desde hacía diez años, que mi madre me veía tres veces al año, como mucho.

No lo hice. Por todo lo que no nos dijimos cuando nos montamos en el avión a Houston y seguimos sin decirnos desde entonces. Pip no solo quería decir que Chicago estaba demasiado lejos de sus padres; quería decir: «Tú te saliste con la tuya en el juicio: no te toca decidir qué pasa luego». Me dio igual. Continuábamos siendo una familia, eso era lo único que importaba.

—Creo que estamos listos para empezar, si lo estáis vosotros —dijo el vicario, un hombre joven. En vez de la sobrepelliz, lleva vaqueros y una camisa amarilla, con el alzacuello visible asomando por debajo.

—Estamos listos —decimos juntos.

Hay gente que llora, por supuesto —hemos sido optimistas pensando que nadie lo haría—, pero lo que más abunda es una tristeza dulce de que la vida de nuestro precioso y valiente hijo haya llegado a su fin.

—Hemos sido afortunados de pasar cinco años y medio con Dylan. — Hablo despacio, sin despegar los ojos de una columna del fondo de la iglesia, por temor a que, de lo contrario, se posen en alguien cuyo dolor pueda avivar el mío—. En muchos sentidos, hemos tenido más suerte que otros padres. Sabíamos que nuestro tiempo con Dylan era limitado. Lo sabíamos desde que tenía dos años y medio, cuando nos hablaron por primera vez del cáncer que ha acabado llevándoselo. Fue devastador. Pero, cuando sabes que la vida de alguien es limitada, haces que cada día cuente.

Pip no ha querido hablar. Dijo que no se veía capaz. Cuando la miro, veo que tiene la cabeza gacha y me pregunto si, pese a carecer de fe, está rezando.

—Estamos agradecidos por los años de regalo con Dylan. Por los amigos que hicimos en Houston, quienes se mostraron fuertes por nosotros cuando tuvimos problemas, a pesar de las enfermedades con las que batallaban sus propios hijos. Algunos de los niños que conocimos en Texas no tuvieron tanta suerte como Dylan, pero otros muchos se están recuperando y llevan vidas plenas y activas. Y eso es lo que deberíamos hacer todos: sacarle todo el jugo a la vida. Viajar, visitar a la familia, hacer amigos, comer, beber, reír. Había muchas cosas que Dylan no podía hacer, pero también otras, montones, que sí podía.

Tengo más cosas anotadas, pero de repente descubro que no me sale la voz y me tiemblan las piernas. El vicario, que debe de estar acostumbrado a cambios bruscos de ritmo como este, hace un gesto con la cabeza al organista y este se pone a tocar «Amazing Grace» mientras regreso a mi asiento dando traspiés. Pip me rodea con el brazo y, cuando todos se ponen de pie para cantar a nuestro alrededor, nos agarramos el uno al otro como si nos estuviéramos ahogando.

Después, todos cogen un puñado de pétalos amarillos de la cesta que sostiene la madre de Pip. Enfilamos el camino empedrado, cruzamos la puerta del cementerio y, cuando llegamos al arroyo y seguimos su sinuoso recorrido hacia el lugar donde tenemos aparcados los coches, arrojamos los pétalos al agua y el sol fluye río abajo.

 

En casa sigue habiendo demasiado silencio. Dylan murió hace un mes, aquí, en casa, en la habitación que antes era el comedor. Hemos devuelto la cama eléctrica de alquiler —pasaron a recogerla dos respetuosos empleados que llevaban polos con el logo de la empresa—, junto con la grúa, la camilla de bipedestación y la estructura que mantenía a Dylan erguido para que pudiera mirar por la ventana. En una esquina hay un montón de material al que tendremos que buscar casa. Un inodoro portátil y una cuña. Paquetes de empapadores. Baberos. Soportes para las piernas. Arneses. Sábanas deslizantes. Cuñas terapéuticas para que Dylan estuviera cómodo en el suelo. Miles de libras en equipamiento especializado.

El sofá cama próximo a la ventana sigue desplegado. Cuando Dylan vino a casa del hospital, enseguida nos quedó claro que no lo oiríamos desde nuestra habitación de la primera planta. Intentamos utilizar un intercomunicador para bebés, pero los segundos que tardábamos en despertarnos y bajar eran demasiado angustiosos para Dylan cuando se despertaba en plena noche con miedo y malestar. Colocamos el sofá cama en su habitación y Pip empezó a dormir con él entre semana. Los viernes la relevaba yo y ella regresaba al dormitorio.

Llega un momento en el que la falta de sueño se convierte en nuestra nueva rutina. En el que la sensación de que nos pesan las piernas y estamos con la cabeza en las nubes se convierte en nuestro estilo de vida, y ya no recordamos la época en la que saltábamos de la cama con más energía que la noche anterior. En cambio, nos levantamos con esfuerzo, demasiado cansados para bostezar siquiera, y bebemos café y comemos tostadas con mantequilla de cacahuete hasta que volvemos a ser personas.

—Hay una organización benéfica en Birmingham que se quedará con todo —dice Pip, mirando el montón de material.

Se sienta en el sofá cama.

—Estupendo.

Hace un mes que Dylan murió y Pip sigue durmiendo aquí.

«Me consuela», explicó. Así pues, aunque nadie interrumpe ya nuestras noches, Pip se queda abajo y yo duermo arriba, en una cama que lleva mucho tiempo estando medio vacía.

—Me pregunto —digo ahora, pensando en voz alta— si deberíamos vender la casa.

Me imagino un nuevo comienzo, otra ciudad, incluso. No sé si Pip se opondrá, si querrá aferrarse a los recuerdos que ha engendrado esta casa, y veo que tiene los ojos brillantes. Pero me parece percibir lucidez en su cara, o resignación, cuando asiente.

—Sí.

Pienso en un piso. Algo completamente distinto, un moderno loft acristalado. Una gran ciudad, quizá. No demasiado lejos, para que los padres de Pip nos visiten.

—Volver a empezar —digo.

—Sí.

—Una lágrima se le acumula despacio en las pestañas inferiores. La veo rebosar por el borde y rodarle por la mejilla.

—Una casa nueva.

Hay un silencio. Después dice:

—Dos casas nuevas.

Me cuesta un rato entenderla. ¿Dos casas? ¿Para qué necesitamos…?

—Hemos terminado, Max.