Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 44 de 56

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Cuando todo acaba

Cuarenta y Tres. Max

CUARENTA Y TRES

 

MAX

 

2017

 

En los pocos días entre Navidad y Año Nuevo, por fin encuentro piso.

—Sabes que podrías haberte quedado todo el tiempo que quisieras —dice mi madre mientras me ayuda a recoger mis cosas.

Ahora que ya no me paso la vida ovillado bajo el edredón rosa, creo que le gusta bastante tenerme en casa.

—Vendré a verte continuamente.

Antes de que mis padres se compraran esta casa en East Village, el barrio ni siquiera se llamaba así. Era una serie de calles entre Ukrainian Village y Noble Square; una zona en la que el polaco se hablaba más que el inglés y era más fácil comprar kielbasa que perritos calientes. El año que yo nací, el índice de incendios provocados generó una unidad especial propia. Mis padres se quedaron porque era donde la familia de mi padre vivía desde la lejana época en la que su apellido era Adamczyk en vez de Adams. Vi un par de pisos cerca, pero me decidí por un estudio situado en el número 555 de Arlington Place, en Lincoln Park. Es minúsculo, pero no está lejos del lago y tiene plaza de aparcamiento. Firmo un contrato de alquiler de doce meses.

—Más te vale.

Cuando regresé a Chicago, me pareció que el mundo de mi madre era pequeño, y su vida social, limitada. Ahora sale todos los días y está ocupada con reuniones y tertulias, y me doy cuenta de que se quedaba en casa por mí. De que había dejado su vida en suspenso mientras su hijo adulto sufría una crisis nerviosa.

Hago lo que puedo para agradecérselo. Cocino casi todas las noches, aunque nunca tan bien como ella, y busco películas que creo que le gustarán. La llevo en mi furgoneta nueva a la clase de tai chi con su grupo sénior de fitness.

Pienso en Leila Jalili y en lo contenta que estaba de que su madre se fuera a vivir con ella. «La afortunada soy yo», me dijo. Yo también he sido afortunado. Afortunado de tener otra oportunidad para pasar tiempo con mi madre, para vivir juntos como adultos, no como madre e hijo.

Blair me ayuda a instalarme.

—¿Dónde quieres poner estos libros?

Paseo la mirada por el minúsculo espacio, más pequeño que el salón de la casa que Pip y yo hemos vendido no hace mucho.

—Ahí. Tendré que montar la librería.

El estudio no está amueblado, pero como apenas hay espacio para nada aparte de una cama, un sofá pequeño y una librería, mi viaje a Ikea no me ha dejado en números rojos. Comeré en el sofá y, bueno, si alguna vez surge una cena para dos, será hombro con hombro en la barra de la cocina americana.

Es una sensación extraña eso de volver a empezar. Es extraño tener solo dos unidades de cada cosa en los armarios: dos tazas, dos platos, dos tazones, cuando durante años he tenido platos y cubiertos de más para Acción de Gracias. También es extraño tomar decisiones sin preguntar a nadie. Meter las sartenes, una grande y otra pequeña, en el armario que me apetezca. La tristeza empieza a invadirme, pero no permito que se apodere de mí. En cambio, pienso en la flamante caligrafía de mi furgoneta, en el logo que ha diseñado Blair, con su alegre brocha como un signo de exclamación después de mis iniciales. Pienso en el lugar en el que estoy ahora mismo, y en qué distinto es del lugar en el que me encontraba el año pasado. Y me siento agradecido.

Cuando terminamos, nos hundimos en el sofá y contemplamos nuestra obra.

—Muy cómodo —concluyo.

Apoyo la cabeza en el edredón rosa que me he llevado de casa de mi madre.

—Tengo uno gris en algún sitio, creo —me dijo ella cuando le pregunté si me lo podía quedar.

—Querría este, si no te importa.

Ella me sostuvo la mirada y creo que lo entendió, porque sonrió y no me preguntó por qué; se limitó a sacarlo de la cama y dármelo.

—¡Ah, tengo algo para ti! —Blair coge las llaves y desaparece. Está de vuelta al cabo de dos minutos, con una gran bolsa que contiene una planta y un puñado de objetos que no distingo—. Bueno, esto es un poco cursi, pero… —Se sonroja y, en vez de mirar cómo saca los objetos de la bolsa, me descubro fijándome en el rubor de sus mejillas, en la expresión de sus ojos, entre entusiasmada y nerviosa—. Que tu nuevo hogar esté lleno de vida.

Saca la planta, un helecho cuyas livianas frondas verdes se mecen con la brisa que entra por la ventana abierta, y me la da.

—Gracias, es preciosa.

—Hay más. —Otro sonrojo, esta vez oculto en parte por su pelo, cuando se inclina para mirar dentro de la bolsa—. Bien. Que vivas con luz y felicidad.

Se sienta sobre los talones y me da el siguiente regalo, un farolillo de estilo marroquí con medias lunas recortadas que permiten ver la vela del interior.

—Esto es increíble. —La miro—. Tú eres increíble.

El siguiente regalo es un salero. Enarco una ceja.

—Para que tu vida no sea nunca sosa —dice Blair, sonriendo.

—Genial.

Me regala una barra de pan con la esperanza de que mi nuevo hogar jamás conozca el hambre; un tarro de miel para que las horas que pase en él sean dulces. El azoramiento de Blair desaparece y sus mejillas recuperan el color normal.

—Por último, pero no por ello menos importante —dice, sacando el último regalo—. Que no pases nunca sed.

Nos bebemos el champán en vasos de tubo —añado copas de vino a la lista de cosas que aún necesito— y brindamos por «los nuevos comienzos».

—Por la amistad —añade Blair, alzando su vaso.

Nos sostenemos la mirada un momento y ahora soy yo el que se ruboriza, porque la sensación que ha surgido dentro de mí al oír su brindis ha sido muy parecida a la decepción.

—Por la amistad —repito. Es lo único que quiero. Amo a Pip y eso no va a cambiar—. Oye, ya tengo mi certificado de antecedentes penales —añado como si acabara de acordarme.

—¡Oh, estupendo!

—Así que esta semana puedo echar una mano en el club de natación, si aún queréis que lo haga.

—Claro que queremos.

 

Sigo las indicaciones que Blair me ha dado para ir al club deportivo de Sheffield y doy mi nombre a la recepcionista, quien me informa de que el Challenge Swim Club está en la piscina más pequeña de las dos. «Niveles de aptitudes distintos», me dijo Blair. Me pregunto cuánto recordaré de mi propio entrenamiento y si tendré facilidad para transmitir mis conocimientos a otros.

En el vestuario me dejo la camiseta puesta, pero me quito los vaqueros y me pongo el bañador. Dejo los zapatos en una taquilla y me dirijo a la piscina.

Un ruido me insta a pararme en seco, incluso antes de ver el agua. Un grito agudo que podría parecer de angustia, pero que me deja sin aire en los pulmones y me obliga a apoyarme en la pared. Oigo otro grito agudo, solo que no es un grito, sino una carcajada. Otra, y otra.

«Dylan».

El pensamiento está en mi cabeza antes de que la lógica pueda intervenir. Doy unos cuantos pasos más y entro en la piscina, y entonces mis pies se niegan a seguir moviéndose. Esperaba ver una fila de niños con bañadores iguales, preparados al borde de la piscina, esperando su turno. Pensaba que vería giros bajo el agua y estilo libre, mariposa y espalda. Cronómetros y carreras.

No esto.

Hay unos doce niños en la piscina y al menos la misma cantidad de adultos. Los niños están sentados o tumbados en colchones flotantes, con la cabeza bien alejada del agua. Algunos están quietos y su único movimiento son las olas que levanta el agua; otros agitan las extremidades como locos, salpicando a todos los que están en su órbita. Al lado de la piscina hay una grúa hidráulica, para ayudar a los críos a entrar y salir.

Blair está dentro de la piscina. Me ve y habla con otro voluntario, antes de nadar hacia la escalerilla. Lleva una camiseta azul del Challenge Swim Club encima del bañador.

—Tendrías que habérmelo comentado —le digo en cuanto la tengo delante.

Un estremecimiento recorre mi cuerpo.

—No pensaba que vendrías.

—No lo habría hecho. —Me parece que el corazón va a parárseme, o a estallarme, o… «Dylan, Dylan, Dylan»—. No puedo hacer esto. Lo siento. — Tomo el camino del vestuario.

—Este era el club de mi hija.

Me detengo. Me doy la vuelta.

—Mi hija mayor, Alexis. Nació con parálisis cerebral y un montón de problemas más. —Me sonríe con dulzura y me sostiene la mirada, lo que me impide irme—. Murió el año que nació Brianna. Tenía cuatro años.

Se oye un grito de alegría en la piscina. Dos voluntarios están haciendo girar en el agua a un adolescente que lleva un chaleco salvavidas.

—No me lo habías contado.

—No quería que pareciera que te daba lecciones. Con el duelo, he descubierto que cada uno tiene que hacer su propio viaje.

Me pregunto si mi madre lo sabe y Blair le pidió que no dijera nada.

—A Alexis le encantaba el agua, era feliz en ella. Empecé a echar una mano cuando les faltaban voluntarios, y me quedé.

—¿No te…? —me interrumpo.

—¿Parece duro? —Blair piensa un momento en ello y niega con la cabeza —. No en ese sentido. —Echa un vistazo a la piscina y luego a mí—. Una cosa no quita la otra, Max.

—Miro a estos niños y… —Trago saliva—. Veo a Dylan.

La mirada de Blair se dulcifica, pero, cuando vuelve a hablar, lo hace con firmeza:

—Entonces no estás mirando con la suficiente atención.