Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 35 de 56

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Cuando todo acaba

Treinta y Cuatro. Pip

TREINTA Y CUATRO

 

 

PIP

 

2015

 

—Gracias por venir. No… no estaba segura de que lo hicieras.

—¿Por qué no iba a hacerlo?

Han pasado más de dos años desde que vi a la doctora Jalili fuera de la sala de justicia. Tardó un tiempo en volver a trabajar y, cuando Dylan murió, fue Cheryl la que nos dio la cajita de sus cosas, con el libro de poemas recopilados por los Amigos de la UCIP y el folleto «Cómo afrontar la pérdida de un hijo pequeño».

—Lo que te dije al día siguiente de la sentencia —empiezo, y me obligo a mirarla a los ojos— fue… —«Todo esto es culpa suya…» Me arden las mejillas cuando recuerdo cómo bufé las palabras, su manera de retroceder como si le hubiera escupido en la cara—. Fue imperdonable.

Ella niega con la cabeza.

—Todos estábamos muy nerviosos. —Se toquetea el cordón que lleva alrededor del cuello—. No puedo imaginarme cómo debió de ser para ti.

Pensaba que hoy se reuniría conmigo en el hospital. Me había preparado para ver los mismos pasillos, oler la misma extraña mezcla de limpiador industrial y comida de cafetería. Pero la doctora Jalili, Leila, como me pide que la llame, ha propuesto vernos aquí, en un café que está a la vuelta de la esquina del hospital.

—He pensado que te sería más fácil vernos en un sitio que no fuera el hospital —dice.

—Lo es. Gracias.

—Además, para serte sincera… —Se interrumpe y un leve rubor le tiñe las mejillas—. Así no es como se hace.

—¿No puedes hablar conmigo?

La conversación queda en suspenso mientras pedimos dos cafés y nos recitan una lista de pasteles que ninguna de las dos quiere.

—No es que no pueda —responde Leila cuando la camarera se ha marchado—. Hay protocolos. —Por cómo se esfuerza en no poner los ojos en blanco, sé exactamente qué opina de los protocolos—. Impresos que rellenar, un procedimiento para que los pacientes y las familias de los pacientes soliciten un informe o presenten una queja…

—No me estoy quejando.

—Aun así. Protocolos.

—¿Y los estás incumpliendo?

Me pregunto qué impacto ha tenido la suspensión de la doctora Jalili en su carrera; si, una vez más, está corriendo un riesgo por nosotros.

Leila se encoge de hombros.

—¿Por qué?

—¿Porque estoy cansada? ¿Desilusionada? ¿Porque no veo cómo pueden ayudar esos protocolos? Porque tu marido y tú pasasteis un infierno hace dos años, y si hablar contigo en un café un día después de que pidas verme significa que no tienes que esperar seis meses a que un administrativo inicie el procedimiento correcto, me parece que es lo que hay que hacer. —Se calla de golpe, como si se hubiera quedado sin fuelle.

Por primera vez caigo en la cuenta de que, cuando un paciente muere, los médicos también pierden a alguien y, aunque no puede ser igual que perder a un hijo, a una hermana o a un padre, sigue siendo una pérdida. Debe de doler.

Nos traen los cafés y las dos nos quedamos calladas; yo pongo leche al mío y ella añade azúcar al suyo y lo remueve más de lo necesario.

—Pensaba que podríamos pasar más tiempo con él —digo por fin. Clavo los ojos en mi café—. Tú nos dijiste que era posible que solo fueran unas pocas semanas, pero creí… Ya llevábamos mucho tiempo en la UCIP, y él no había mejorado, pero tampoco había empeorado, así que creí… —La miro—. Me pareció un castigo.

—¿Un castigo?

—Por no mandarlo a Estados Unidos. Por ir contra Max. Por tomar el camino fácil.

—¿Fácil? Lo que hiciste no tuvo nada de fácil, Pip.

Nos quedamos un rato calladas.

—Creo que, por mucho que Dylan hubiera vivido, tú siempre habrías querido que fuera más —dice Leila al cabo de un rato.

—No… no dejo de preguntarme si hicimos lo correcto.

Le hablo del vuelo a Dubái y del niño que andaba con tanta dificultad pero, aun así, ponía un pie delante del otro. El niño que los médicos decían que no andaría nunca. Le hablo de los artículos que leo sobre niños con daño cerebral que evolucionan favorablemente contra todo pronóstico. Intento expresar en palabras lo que quiero decir, sin ser grosera, sin acusarla…

—¿Y si estabas equivocada? —No hay otra manera de expresarlo.

Leila asiente despacio. Sopla en su café y toma un sorbo; vuelve a dejar la taza en el platillo y la acuna entre las manos.

—Podría haberme equivocado.

El aire que inspiro me empuja contra el respaldo de la silla. Todos los ruidos se agudizan: el tintineo de los cuchillos en los platos, el silbido de la cafetera, el roce del bolígrafo de la camarera en su libreta. Imagino al niño del avión, solo que ahora es Dylan —la oscura mata de pelo sustituida por los rizos castaños de mi hijo—, y no está alejándose por el pasillo, sino andando hacia mí, hacia Max…

—Pero podría haber tenido razón.

Las palabras me devuelven a la realidad. A esta cafetería próxima al hospital, donde estoy con la doctora que pensaba que no querría volver a ver nunca más.

Leila suspira y se inclina hacia delante, con los antebrazos apoyados a los lados de su café y las manos juntas.

—Estamos acostumbrados a que la ciencia nos proporcione respuestas. Curas, avances y descubrimientos. Pero sigue habiendo más preguntas que respuestas. —Cierra los ojos un instante más de lo que se tarda en parpadear y, por un momento, veo a la mujer, no a la médica—. Ninguno de nosotros tiene una bola de cristal —continúa—. Ninguno de nosotros, ni tú, ni yo ni el tribunal, podía decir con certeza cómo sería el futuro de Dylan. Lo único que podíamos hacer era tomar la mejor decisión posible, basada en la información de la que disponíamos.

La mujer ya no está; vuelve a hablar como médica. La frustración me insta a insistir:

—Pero ¿crees que fue la decisión correcta?

—Todas las pruebas apuntaban a…

—¡No! —La pareja de la mesa contigua alza la vista—. ¿Qué crees tú? ¿Tenía razón Max? ¿Deberíamos haberle dado a Dylan la posibilidad de seguir viviendo? —Leila está mirando su café y, de repente, me enfurece la falta de contacto visual, la falta de compasión. Levanto la voz sin que me importe que los otros clientes estén escuchando—. Puede que Dylan sí hubiera andado. Puede que hubiera sabido quiénes éramos. Que hubiera disfrutado de la música, los cuentos o… —Me interrumpo; el corazón va a estallarme de amor, culpa y pena, y estoy pensando en Max y en que casi lo pierdo también, todo porque hizo lo que consideraba correcto—. ¿Tenía razón Max? —concluyo en voz baja.

Leila alza la vista y me horroriza ver que está llorando. Le ruedan lágrimas por las mejillas y se las enjuga con gesto airado.

—No lo sé. Sencillamente, no lo sé. —No lo dice la médica, sino una mujer atormentada por una decisión que no tuvo más remedio que tomar—. Y Pip, te lo prometo, no paso un día sin pensar en tu hijo.

 

Nos quedamos en el café mucho después de tener las tazas vacías, hablando de la vida después de Dylan. Leila me habla de su madre, que vive en Teherán y se niega a considerar la posibilidad de mudarse al Reino Unido para vivir con ella, aunque su salud ha empeorado, y yo le hablo de que me da demasiado miedo tener otro hijo. En vez de intentar resolver nuestros respectivos problemas, nos escuchamos, nos comprendemos y nos decimos: «Será lo que tenga que ser». Porque el futuro no siempre está en nuestras manos.

—Será mejor que me vaya —dice Leila cuando el teléfono móvil le vibra por tercera vez en unos pocos minutos.

—¿Trabajo?

Imagino la ajetreada UCIP, un niño en estado crítico, padres preocupados.

—Un amigo. —Vacila—. Novio, supongo. —Se ruboriza y, de repente, le entra la timidez—. De hecho, curiosamente, estamos juntos por Dylan. — Niega con la cabeza al ver mi confusión y sonríe—. Es largo de contar.

Nos levantamos y por un momento no sabemos qué hacer; entonces nos movemos las dos a la vez para darnos una especie de abrazo que lo dice todo y no dice nada.

—Si alguna vez quieres volver a hablar de esto —dice—, tienes mi teléfono.

—Y tú el mío. Gracias.

Nos despedimos fuera y cuando me dirijo al coche la veo cruzar la calle para ir al encuentro de un hombre mayor apoyado en una farola. A él se le ilumina la cara cuando la ve. Se abrazan y se alejan, cogidos del brazo. Esta noche ella le explicará que ha quedado conmigo y le hablará de lo que nos hemos dicho. Le contará que he llorado, que lo hemos hecho las dos, y quizá vuelva a llorar. Y él la abrazará y le dirá todo lo que ella me ha dicho a mí. Que no hay respuestas correctas, ni bolas de cristal. Solo instinto, y esperanza, y hacer lo que creemos correcto.

Envidio su intimidad, la perfección con la que se acoplan, como nos acoplábamos Max y yo: ¿de qué manera pudo Dylan contribuir a reunirlos? Pienso en cómo Max no tendría que haber ido en el vuelo en el que yo trabajaba, el día que nos conocimos, en cómo coincidimos en el mismo bar horas después. Casualidad, lo llamó Max. Destino, lo llamé yo. Hay cosas que, sencillamente, están predestinadas.

 

—Alistair y Tom nos han invitado a comer el domingo.

Enseño el mensaje de texto a Max. Por encima de él, en una sucesión de mensajes que continuaron mucho después de que Alison, Phoebe o Fiona dejaran de intentarlo, hay dos años de invitaciones rechazadas. ¿Cena el próximo fin de semana? Trabajamos, lo siento. ¿Un paseo por el río? Lo siento, estamos ocupados. A veces, en momentos especialmente duros, no hay respuesta por mi parte, pero Tom sigue insistiendo con delicadeza: ¿Un café?, ¿Comemos?, y mostrándonos su apoyo: Hola. Pienso en vosotros. Espero que todo vaya bien.

—¿Quieres ir?

Max me mira para que yo decida. Él no ha eludido las invitaciones como he hecho yo, aunque, por otra parte, la agenda social recayó automáticamente en mí una vez que los cócteles y las cenas dieron paso a ludotecas y picnics. Me doy cuenta de que no sé cómo se siente cuando ve familias con hijos, si cambia de canal para protegerse él o protegerme a mí. Sin saber cómo, en los últimos dos años hemos dejado de hablar: hemos eludido los temas importantes con la única persona que los comprende.

—Creo que deberíamos ir. No hemos salido con nadie desde entonces.

La frase está completa: nuestra forma abreviada de referirnos a la vida después de Dylan.

Max me sonríe con ironía.

—Tampoco hemos salido los dos solos.

Aparto la mirada. No está bien que quedar con Tom y Alistair parezca más fácil que salir a cenar con el hombre al que amo. No está bien que comamos en bandejas delante del televisor todas las noches que estamos juntos, ni que hablemos más a través de mensajes, separados por varias zonas horarias, que cuando estamos cara a cara. Max y yo éramos una pareja mucho antes de ser padres; podemos recuperar eso ahora que no lo somos, ¿no?

—Dijiste que comprarías rábano picante.

—Dije que necesitamos rábano picante.

—¡Dijiste que lo comprarías!

—¡No es verdad!

Miro a Max y nos reímos.

—Me alegra ver que no somos solo nosotros —dice Max.

Tom y Alistair dejan de discutir y sonríen con cordialidad. Alistair pone los ojos en blanco.

—Si fuera por Tom, los armarios estarían vacíos y esta —besa los rizos de Darcy— se moriría de hambre.

—Si fuera por Alistair, pediríamos comida para llevar todas las noches y esta parecería Buda. —Tom mira a Alistair con las cejas enarcadas, pero es incapaz de seguir serio y los dos desisten, riéndose—. ¡Bien, a comer! —Tom se sienta al final de la mesa y mueve la mano con gesto expansivo—. Ternera, patatas, chirivías, guisantes, zanahorias y un mejunje con sabor a queso que he comprado en Marks & Spencer y quiero haceros creer que he preparado yo.

—Tiene una pinta espectacular.

—¿Tienes hambre, angelito? —Alistair acerca la trona de Darcy a la mesa y ella se pone a golpear su bandeja con una cuchara de plástico mientras su padre le llena el plato y le corta la comida en trocitos—. ¿Crees que ya tendrían que haberle salido las muelas? No debe de ser fácil masticar carne de ternera con las encías.

—Tal como tú la cocinas no, desde luego. —Tom le manda un beso desde su extremo de la mesa y Alistair finge no haberlo oído.

—A Dylan tardaron en salirle —dice Max.

Me sobresalto, no porque yo no hable de él, sino porque los demás no lo hacen. Decir su nombre en voz alta suscita incomodidad y silencio; sonrojos azorados y cambios de tema. La gente se retrae como si perder a un hijo fuera contagioso, como si hablar del tema quebrantara una regla no escrita.

—Eso me consuela. ¿Lo oyes, angelito?

Algo me roza la pierna. El pie de Max acariciando el mío. Cuando alzo la vista, lo veo mirándome. «¿Bien?», me pregunta en silencio. «Bien», respondo. Me doy cuenta de que aún puedo leerle el pensamiento y de que él aún puede leérmelo a mí. Es solo que no nos hemos estado escuchando.

Con casi tres años, Darcy Bradford tiene a sus padres en la palma de su manita perfecta. Tardó en andar y parece que ha adoptado una actitud parecida con el habla.

—Le han hecho un montón de pruebas —dice Tom— y, desde un punto de vista neurológico, no le pasa nada. No quiere hablar, eso es todo.

—Seguramente le cuesta meter baza. —Alistair se inclina sobre la mesa y vuelve a servirme vino.

—Todos lo hacen a su propio ritmo —intervengo—. Dylan dijo su primera palabra muy pronto, pero pasaron siglos antes de que dijera nada más. —Miro a Max—. ¿Te acuerdas? Entonces dijo «papá».

Max sonríe.

—A todos los hombres que veíamos, desde el cartero hasta el cajero del supermercado. Me acomplejó bastante, os lo aseguro.

Todos nos reímos y noto la pierna de Max pegada a la mía. Le sostengo la mirada y siento que me relajo por dentro, como si hubiera estado conteniendo la respiración. Llevamos dos años sin Dylan, pero tuvimos más tiempo con él. Tuvimos vacaciones, fiestas de cumpleaños y abrazos, muchos abrazos. Hemos sido afortunados, más afortunados que muchos matrimonios.

—Esto es muy agradable. —Miro a Tom y luego a Alistair—. Gracias por invitarnos.

—Estábamos a punto de mandar un pelotón de búsqueda y leeros la cartilla.

Me ruborizo.

—Ha sido duro.

Alistair pone una mano sobre la mía. Cuando habla, el tono guasón ha desaparecido:

—Sencillamente, no nos lo podemos imaginar.

Los dos miran a Darcy, que se está untando la cara del queso de los puerros con rotundo placer.

—Podríamos haber sido nosotros con la misma facilidad —dice Tom, y en otra época yo podría haber pensado: «¿Por qué no fue así? ¿Por qué fuimos nosotros y no ellos?». Pero no lo pienso. Podrían haber sido ellos. Podrían haber sido los Slater en la cama contigua a la de Dylan. Podría haber sido —«lo son»— muchas familias de todo el mundo. En este preciso momento, otros padres están sentados en una sala de descanso, cogidos de la mano y escuchando las palabras que pondrán fin a su mundo.

Sostengo la mirada a Max y alzo mi copa.

—Por los niños.

—¡Por los niños! —repiten los demás.

—¿Creéis que tendréis más?

Alistair lanza una mirada a Tom.

—¡Tom!

Niego con la cabeza.

—No puedo pasar otra vez por eso.

Veo que Max endurece las facciones.

—Es totalmente comprensible —dice Tom—. Nosotros no tendremos más. Aunque hay una pelirroja nueva en el trabajo que tiene un pelo precioso. Imaginaos ese pelo, con mis pómulos y… —Se interrumpe cuando Alistair le lanza una servilleta por encima de la mesa que cae en su plato.

—Thomas Bradford, no tienes remedio.

Tom baja la cabeza.

—Y eso, Alistair Bradford, es precisamente por lo que te casaste conmigo.

Muevo el pie para tocar el de Max, pero lo ha retirado y, cuando lo miro para continuar nuestra conversación muda, me rehúye la mirada.