Cuando todo acaba
Dos. Max
DOS
MAX
—¿Le apetece algo de beber, señor?
La azafata tiene la dentadura blanca y reluciente y el pelo lustroso. Apenas hemos salido de Chicago, pero estoy agotado. El cliente que he visto es nuevo, una start-up de Illinois financiada por instituciones académicas, y no solo tengo que mantener su clientela, sino duplicarla. Pasé el primer día presentándole resultados rápidos para justificar que nos eligiera; por la noche lo impresioné con una reserva en el exclusivo restaurante Schwa. Cuando por fin salimos —«¿Hacemos la última?»—, me quedé despierto hasta las tres preparándome para el día siguiente. Y vuelta a empezar.
«Parece que estamos en buenas manos», dijo el cliente cuando me marché, pero los dos sabemos que lo que cuenta son los resultados. Para saber si el postre es bueno, hay que comérselo, como dicen los británicos.
Bostezo. Terminar a las tres de la madrugada todos los días me ha pasado factura. Daría lo que fuera por dormirme ahora. Dylan ya dormía de un tirón hacia los diez meses, pero nunca dormimos igual cuando tenemos hijos, ¿verdad? Siempre estamos atentos por si oímos un ruido, casi listos para despertarnos. Yo estaba convencido de que Dylan se había perdido y me despertaba sobresaltado, y ya tenía las piernas fuera de la cama antes de que mi cerebro se pusiera en marcha y me dijera que estaba soñando. Incluso entonces tenía que cruzar el pasillo y asomarme a su puerta para comprobar que estaba realmente en la cuna.
Pero ¿en los hoteles?, ¿cuando sabía que Dylan estaba protegido en casa? Vaya que si dormía… Por supuesto, el jet lag era duro, pero no hay nada mejor que una habitación de hotel insonorizada con estores opacos, minibar y el desayuno servido en la habitación.
—¿Qué tal el viaje? —me preguntaba Pip cuando regresaba de Phoenix, Nueva York o Toronto—. El hotel ¿bien?
—Bastante bien —respondía yo—. Casi no he estado en él.
De hecho, nunca estoy: nuestros clientes pagan un dineral y se aseguran de que me gane cada centavo, pero las pocas horas que estaba… juro que jamás he dormido tan bien.
Esas noches de sueño reparador en habitaciones de hotel se terminaron cuando Dylan cayó enfermo. Empecé a tener otra vez los sueños, pero entonces Dylan no solo estaba perdido en casa o en el parque; estaba bajo el agua y, si no lo encontraba, se ahogaría. Me quedaba desvelado en la habitación a oscuras, deseando estar en el hospital, o en casa, asegurándome de que Pip estuviera bien. Veía la CNN y el sufrimiento de los demás me dejaba indiferente.
Pido un vodka con Coca-Cola y abro el ordenador portátil. Si termino el informe durante el vuelo, podré «trabajar desde casa» cuando llegue al Reino Unido, lo que significa pasar más tiempo con Pip y Dylan en el hospital. «Si» consigo terminar este informe… Miro la pantalla, tengo arenilla en los ojos y la cabeza en otra parte; a continuación, muevo el dedo por el panel táctil y abro la carpeta «Fotos».
Cuando Dylan nació, Pip creó un álbum compartido. Publicaba una fotografía nueva todos los días e invitó a la familia a unirse. Fue una manera estupenda de juntarlos a todos, pese a la distancia que los separaba. Desplazarse rápido por las fotografías es como pasar las páginas de un libro animado, solo que, en vez de un muñeco de palitos, aparece mi hijo, desde que era bebé hasta convertirse en un niño de casi tres años, con indicios del hombre que un día será.
El pelo rubio con el que nació, tan claro como el de Pip, empezó a oscurecérsele el año pasado y, cuando empezó la quimio, los mechones que quedaban en la almohada eran tan oscuros como los míos. Pero continuaba siendo el vivo retrato de Pip. Grandes ojos castaños, con largas pestañas, y las mejillas redondeadas. «Mejillas de hámster», las llama Pip; las infla y me hace reír.
Debajo de la fotografía hay comentarios. «¡Es una ricura!» «Os come bien, ¿no?» «¡En esta se parece un montón a ti, Pip!» «Tengo una foto de Max en la playa igual que esta». «¡Oh, por favor, compártela: nos encantaría verla!» Abuelos que solo se han visto una vez, en nuestra boda, unidos por su único nieto pese al océano que los separa.
Cada fotografía me trae un recuerdo. El primer viaje en avión de Dylan, para visitar a la abuela Adams en Chicago. El parque temático con el grupo de ayuda de quimioterapia. Fiestas de cumpleaños, Acción de Gracias, el bautizo de Dylan.
—Romperá unos cuantos corazones cuando sea mayor. —La azafata se lleva mi vaso vacío—. ¿Sabe lo que va a comer?
—Las tostaditas de salmón, por favor. Y luego la ternera.
Sonríe a la pantalla.
—Es muy guapo.
La fotografía de la pantalla se hizo el verano pasado. Dylan lleva un disfraz de pirata y un tutú rosa que se negaba a quitarse.
—Solo para dormir —probó Pip, pero nadie ha conseguido nunca negociar con un niño de dos años, y Dylan se pasó tres semanas durmiendo con un redondel de redecilla rosa alrededor del pijama de dinosaurios.
—Se parece a algunas de las mujeres de mi vuelo a Ibiza de ayer —dijo Pip.
Íbamos paseando por los jardines de Packwood House, Dylan con el tutú, que no le pegaba nada con la camiseta y el pantalón corto que llevaba debajo.
—¿Una fiesta de gallinas? —pregunté, usando la expresión inglesa para «despedida de soltera» que aún me rechina, incluso después de llevar diez años en el Reino Unido.
Mis colegas estadounidenses me dicen que parezco británico; los ingleses, que soy yanqui de los pies a la cabeza.
Pip dice que ya no se da ni cuenta.
«Yo solo oigo a Max», dice siempre.
Entramos en el jardín ornamental, donde había tejos centenarios distribuidos por el césped como gigantescas piezas de ajedrez, y Dylan echó a correr entre ellos con los brazos en cruz, como un avión.
—Sí, una despedida de soltera. Tutús y alas, y borrachas como cubas antes de que se apagaran las señales del cinturón de seguridad. Demasiado agarradas para reservar asiento con antelación, así que se pasaron todo el vuelo yendo y viniendo por el pasillo y sentándose unas en el regazo de otras.
—Un poco distinta a la que tuviste tú.
Dylan corrió a esconderse detrás de un árbol enorme y yo eché a correr en el sentido contrario, grité «¡uh!» y él chilló de alegría.
Pip y yo nos inspiramos en ambos lados del Atlántico para nuestra celebración previa a la boda y dimos una fiesta en el pub de nuestra calle; fue parte despedida de soltera, parte despedida de soltero y parte ensayo de la ceremonia de boda. Nada de regalos, habíamos dicho, pero los invitados los trajeron de todos modos, o los enviaron después de la boda a través de un interminable desfile de repartidores.
—Es por educación —dijo Pip cuando la mesa de nuestra cocina se tambaleó bajo el peso de más cajas muy bien envueltas—. A la gente le parece grosero no regalarnos nada.
—Más grosero es ignorar la petición de la feliz pareja de no hacernos regalos, ¿no?
—A lo mejor lo hacen por mí —arguyó Pip, lanzándome una pícara mirada de reojo—. Piensan que un bonito jarrón de cristal quizá pueda compensar el hecho de que me haya casado con un estadounidense horrible que intenta impedir que la gente me haga regalos y no me deja llevar la «L» de novata ni unas bonitas alas de plumas en mi despedida de soltera…
La agarré y le hice cosquillas hasta que las cosquillas dieron paso a los besos y los besos se convirtieron en otra cosa que nos obligó a apartar las cajas.
La azafata está sonriendo a la fotografía de Dylan.
—¿Cuántos años tiene?
Cumplirá tres en mayo. Esta la sacamos el verano pasado.
—Cambian rapidísimo, ¿verdad? —comenta—. Seguro que ahora está completamente distinto.
Consigo forzar una sonrisa y la azafata va a buscar mi comida. Deja un olor a flores tras de sí. Pip lo reconocería. Sabe de perfumes como algunas personas saben de coches o de música.
«¿Jo Malone, Granada Noir?», le dirá a alguien en el ascensor. Y después dicen que los estadounidenses somos demasiado directos.
Me gustó nada más verla en el avión. Yo regresaba a Chicago después de haber visto a un cliente en Londres, prácticamente lo contrario de lo que hago ahora. Tenía las pestañas más largas que había visto en mi vida, y estaba tan ocupado preguntándome cómo conseguían las mujeres que les crecieran tanto las pestañas que tardé varios segundos en coger la toallita caliente que me ofrecía pacientemente.
Después, cuando coincidimos en el mismo bar de River North y ya llevábamos tres cócteles, le dije lo bonitas que eran sus pestañas.
Pip se rio.
—Las llevo pegadas.
Fue como tener otra vez dieciséis años y darme cuenta de que las chicas se ponían relleno en el sujetador y cremas para estar morenas, solo que no tenía dieciséis años, sino veintiocho, y no era precisamente inexperto. Sabía qué eran las pestañas postizas, pero no sabía que quedaran tan… Lo cierto es que su belleza me había deslumbrado.
Pip se llevó las manos a la cabeza.
—Y además, por supuesto, está la peluca.
Movió las manos y el pelo se le desplazó hacia delante y hacia atrás, y reconozco que por un momento…
—¡Vaya cara! —Otra carcajada.
Cuando Pip se ríe, se le ilumina toda la cara. Se le forman hoyuelos en las mejillas y se le arruga la nariz, y es imposible no reírse con ella.
—Me daría igual —dije con osadía.
—¿Te daría igual que fuera calva?
Entonces la besé, allí mismo, en mitad del bar, y ella me devolvió el beso.
Ni tan siquiera tenía que ir en ese vuelo. Había reservado con American Airlines, pero el vuelo se canceló y la oficina me cambió a British Airways.
—Imagina —le dije a Pip en una ocasión, después de que nos comprometiéramos—. Si no me hubieran cancelado el vuelo, no nos habríamos conocido.
—Nos habríamos conocido —respondió de inmediato—. Si algo tiene que ser, es. Pase lo que pase.
Volvimos a vernos, la siguiente vez que ella voló a Chicago, y de nuevo cuando yo dispuse de unas horas en Londres antes de que mi avión despegara y ella acababa de terminar su jornada laboral. Empecé a echarla de menos, y ella dijo que también me echaba de menos.
—¿No podrías pedir un traslado? —me preguntó.
—¿Mudarme a Inglaterra? —dije, bromeando solo a medias.
Pero ya estaba enamorado de ella y supuse que me resultaría igual de fácil trabajar desde la oficina del Reino Unido que hacerlo desde Chicago, y el resto, como dicen, es historia.
Voy pulsando el teclado para pasar las fotografías de una en una. Dylan con un balón de fútbol, Dylan con su bicicleta sin pedales, Dylan con el pez de colores que ganamos en la feria. Cada imagen es distinta: todas ellas congelan un momento en el tiempo que nunca recuperaremos.
Las fotografías diarias cesaron en octubre. Pip continuó publicándolas, durante un tiempo, después de que Dylan cayera enfermo. En las imágenes aparece más delgado, cada vez con menos pelo, con los pulgares de ambas manos levantados en la puerta del pabellón de Oncología. Aparece dando una mano en la emisora de la radio hospitalaria y jugando con sus amigos en la sala del final del pasillo. Pero luego contrajo una neumonía y lo trasladaron a la UCIP, y, cuando los días empezaron a confundirse unos con otros, las fotografías ya no reflejaban ninguna mejoría, sino que nos recordaban a todos lo poco que había avanzado.
Miro, en cambio, el mensaje de WhatsApp que Pip me mandó anoche: ¡Nuestro hijo es un luchador!
Mi historial de mensajes es un reflejo de nuestras vidas, en textos e imágenes. Tiempos de vuelo, fotografías en aeropuertos, selfis con cara de cansado y regalitos. Y otras fotografías que los abuelos no ven. Imágenes que hablan por nosotros, cuando nos faltan las palabras. Una copa de vino, una almohada vacía, la radio del coche en la que suena «nuestra» canción. Los resultados de los análisis de sangre de Dylan, su sonda de alimentación, las etiquetas de los fármacos nuevos. Cuando no puedo dormir, abro Google y los investigo, busco sus índices de éxito.
A la hora de cenar, con nostalgia y jet lag en el bar de un hotel nada memorable, releo nuestras conversaciones hasta que me mareo; entonces llego al verano pasado, antes de que supiéramos que Dylan estaba enfermo. Leo nuestros mensajes y es como escuchar una conversación entre dos personas que conocía pero que no veo desde hace mucho tiempo.
Llego hacia las 8. ¿Comida para llevar, botella de vino y un revolcón después de que D
se duerma?
Tío, no si lo llamas revolcón.
Sonrío, sigo pasando conversaciones. ¡El dichoso perro lleva una hora ladrando!
¿De verdad nos importaba el perro de los vecinos? ¿Una molestia que duraba más o menos una hora de nuestra vida, por lo demás perfecta? Los últimos seis meses, tan dolorosos, nos han dado una perspectiva muy distinta sobre la vida.
—Su aperitivo, señor.
Guardo el móvil y dejo el ordenador en el asiento vacío de al lado. La azafata espera a que despeje la mesita.
—Perdón.
—No hay problema. ¿Le apetece vino con la comida?
—Tinto, gracias.
Si no hubiéramos tenido a Dylan, Pip seguiría trabajando en viajes transatlánticos. Es curioso imaginarla aquí, sirviendo vino a ejecutivos cansados y retocándose el maquillaje a mitad de vuelo. Cuando lo dejó, lo echó de menos —los aviones grandes, los destinos importantes—, pero jamás se quejó.
«Los vuelos de corta distancia se compaginan mucho mejor con Dylan», decía siempre que le preguntaba. Ahora es como si nunca hubiera trabajado, como si siempre hubiera pasado los días en un pabellón de hospital.
Envidio a Pip el tiempo que pasa con Dylan, pero, a la vez, no sé si yo sería capaz. El tiempo que estoy fuera del hospital me da fuerzas para cuando regreso. Comer bien me da energías para cuando no como nada en absoluto. Ver a personas sanas y felices a mi alrededor me recuerda que esa era la vida que una vez tuvimos. La vida que volveremos a tener.
—¿Cómo está la familia? —me preguntó el mes pasado mi cliente de Nueva York al estrecharme la mano en recepción.
—¡Estupendamente! —respondí, no solo para no incomodarlo, sino porque, durante un momento, pude fingir que así era.
Miro a la azafata cuando se aleja por el pasillo y se detiene para rellenar la copa a un pasajero. En la cocina del final, se apoya en la encimera y saca un pie del zapato para masajearse el talón. Está hablando con alguien que no alcanzo a ver y se ríe de algo que ha dicho. Me invade la nostalgia y, por un instante, echo tanto de menos a Pip que me duele físicamente.
Cuando Dylan cayó enfermo, el trabajo empezó a traerme sin cuidado. Mi bandeja de entrada estaba llena, el móvil me parpadeaba, saturado de mensajes de voz que no oía. Pasábamos día y noche en el hospital, no comíamos, no dormíamos. Y entonces la especialista, la doctora Jalili, nos llevó aparte.
—Váyanse a casa. Coman. Descansen un poco.
—Pero Dylan…
La doctora se mostró firme:
—No pueden ayudarle si se ponen enfermos.
Fue un consejo que oiríamos a menudo en las semanas siguientes; un consejo que enseguida empezamos a dar nosotros mismos a los padres que llegaban a la unidad. «Descansad un poco». «Tenéis que ser fuertes para vuestro hijo, para vuestra hija, el uno para el otro». «Es una maratón, no una carrera de velocidad».
Ninguno de los dos había ido a trabajar en varias semanas. La jefa de Pip no podría haber sido más comprensiva. Le concedió un permiso indefinido por razones familiares; le pagó las primeras seis semanas y le dejó la puerta abierta para cuando se viera con fuerzas para regresar. «Son unas circunstancias excepcionales. Todos lo sentimos mucho. Si hay algo que podamos hacer, solo tienes que pedirlo».
Mi compañía, Kucher Consulting, celebra días en familia dos veces al año y, en ellos, los gerentes de nivel medio se fotografían repartiendo caramelos y jugando a baloncesto con adolescentes vestidos de punta en blanco que tienen instrucciones de fingir que están divirtiéndose. El año pasado, la revista Forbes nos incluyó entre las primeras veinticinco compañías estadounidenses que mejor compaginan vida y trabajo.
Cuando le dije a Chester que mi hijo tenía un tumor cerebral, me dio tres días. Me gasté todas las vacaciones, me tomé una semana por una gripe ficticia y después, sencillamente, desaparecí. Cuando por fin oí los mensajes de voz, eran todos de Chester, cada uno más seco que el anterior. «¿Qué se supone que debo decirles a los clientes, Max?» «Schulman está amenazando con irse a Accenture». «¿Dónde coño estás, Max?»
Quería dejar el trabajo, pero Pip me lo impidió.
—¿De qué vamos a vivir?
—Encontraré otro empleo.
Sin embargo, antes de acabar la frase ya sabía que no podía irme. Era bueno en mi trabajo. Me respetaban, hasta cierto punto. Disponía de cierta flexibilidad en cuanto a horarios, dentro de lo razonable. Tenía un buen sueldo.
Volví a trabajar.
Ninguno de nosotros sabe qué necesitará Dylan cuando regrese a casa. Quizá le haga falta una silla de ruedas. Equipamiento especial. Una enfermera residente. No lo sabemos, y ese interrogante podría ser caro. En resumidas cuentas, necesito este trabajo. Y, para ser sincero, no podría hacer como Pip. No podría estar en el hospital, día tras día. No sé cómo lo hace.
La azafata se lleva las tostaditas de salmón y me trae la ternera asada, acompañada de verduras tiernas y una jarrita de reluciente salsa. No tengo hambre, pero aun así me lo como todo; entre bocado y bocado, vuelvo la cabeza hacia mi ordenador para recordarme qué he escrito hasta ahora. La azafata se lleva la bandeja; me ofrece queso, postre, café, más vino. Elijo café. Alrededor de mí, los pasajeros están acabando de comer y abatiendo los asientos. Los auxiliares de vuelo reparten más almohadas, despliegan mantas, preparan tentempiés. Las luces se atenúan.
Combato el cansancio. «Termina este informe —me recuerdo— y podrás ver a tu hijo». El niño que, si Dios quiere, hoy va a respirar por sí mismo.
Miro mi reloj. Ya es mañana en el Reino Unido. Enderezo la espalda, me concentro más. Hoy. Hoy es el día que retiran el respirador a Dylan.