Cuando todo acaba

Clare Mackintosh · Capítulo 29 de 56

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Cuando todo acaba

Veintiocho. Pip

VEINTIOCHO

 

PIP

 

2013

 

Max volvió a casa hace tres meses. Dos meses, tres semanas y cinco días, para ser exactos. Después del funeral se marchó del hotel, dejó las bolsas en el recibidor y se quedó un momento ahí, como si no supiera qué decir, qué hacer. Cómo «ser».

—¿Café? —dije.

Porque todo lo que deberíamos habernos dicho en realidad era demasiado duro.

—Claro.

Y eso fue todo. Max había vuelto a casa, como si nada hubiera sucedido, como si todo fuera exactamente igual que un mes atrás, antes de que Dylan muriera.

—No tenemos que hacerlo ahora. —Max me escruta la cara por si tengo dudas. Estamos en el rellano, yo con la mano en el picaporte de la habitación de Dylan—. Ni tan siquiera tenemos que hacerlo.

—¿Te refieres a dejarla tal como está? ¿Como una especie de santuario?

Hay veces que me despierto y ya es miércoles; otras que miro el reloj y no me puedo creer que solo hayan pasado unos minutos.

—La gente lo hace.

¿Ah, sí? ¿Vaciar la habitación de Dylan significa que lo quiero menos?

—No, deberíamos hacerlo ahora.

Pero sigo sin moverme: la resolución de mi voz no me llega a los dedos.

Max asiente.

—De acuerdo.

Pone la mano sobre la mía y abrimos la puerta juntos.

Es posible mirar sin ver. Actuar sin sentir. Solo hay que cerrar el corazón durante un rato. Me arrodillo en el suelo y empiezo a separar la ropa de Dylan en montones; cojo jerséis y los doblo sin permitirme pensar en lo que hago.

—La Cruz Roja se llevará todos estos —digo en tono enérgico—. O se los puedo pasar a Alison para los gemelos: son pequeños para su edad, pero podría guardarlos hasta que les vayan bien.

—No quiero que nadie lleve su ropa. —Las palabras son secas; el tono de Max, áspero. Ha cogido un xilófono y, cuando lo mete en la caja de los juguetes, las teclas emiten un sordo tintineo—. Los juguetes sí. Su ropa no.

—No podemos tirarla. —Imagino a los gemelos de Alison, idénticos pero ya tan distintos, con las camisetas de Dylan, las alegres excavadoras y dinosaurios que le encantaban—. Creo que le gustaría tener algo de Dylan.

—No.

Max se acerca a la ventana. El verano ha llegado sin que me diera cuenta y el jardín está descuidado y cubierto de malas hierbas. El césped ha crecido alrededor de la portería de fútbol de Dylan, tan querida durante tan pocas semanas. Quizá deberíamos convertirlo en un huerto. Poner mesas de cultivo. Pavimentarlo. Lo que sea para que yo no mire por la ventana y oiga a mi hijo de dos años y medio gritar «¡Go!». Me fijo en la espalda de Max, tensa y rígida, mientras mira el jardín. Me sobresalto al darme cuenta de que no sé lo que piensa y, aún peor, de que no se lo quiero preguntar. En cambio, continúo organizando la ropa, separando de forma metódica lo que puede aprovecharse de lo que ya está demasiado gastado.

—La llevaré a otra ciudad —dice Max, aún de espaldas a mí—. O a una organización benéfica que la mandará al extranjero. Pero si viera a otro niño con la ropa de Dylan…

—Hacen millones de camisetas idénticas…

—… me hundiría.

Despliego la camiseta que he cogido. Es blanca con rayas rojas y un tiburón de tela que salta de unas olas cosidas con hilo azul. Me traslado mentalmente a la casa de Alison, imagino a Isaac corriendo a la puerta vestido de rojo y blanco y luciendo un tiburón. Me resulta agradable. Me resulta reconfortante imaginar este retazo de algodón tan lleno otra vez de vida.

—De acuerdo —digo, porque así es como son las cosas, ahora.

Si Max no quiere que otro niño lleve la ropa de Dylan, nadie la llevará. Dejar que se salga con la suya es poca compensación por todo lo que siente que ha perdido.

Trabajamos en silencio, metiendo los libros en cajas para Oxfam, doblando los peleles y la ropa de cama para la subasta benéfica del National Childbirth Trust. Max encuentra una llave Allen para desenroscar los tornillos de la cuna y yo se la sujeto mientras la desmonta, igual que hice hace tres años, con tanta barriga que tuve que colocarme de lado.

Me derrumbo con un calcetín.

Un minúsculo calcetín blanco, separado de su pareja y caído entre el pie de la cuna y la pared. La planta está sucia, la tela aún conserva la forma de un pie, y cuando lo cojo casi espero notarlo caliente, como si Dylan se lo acabara de quitar en este preciso momento. Me lo acerco a la cara y respiro el olor de mi hijo: una agresión física a mis sentidos que me obliga a apoyarme en la pared para no caerme.

—Oh, cariño.

Max se acerca para abrazarme, pero yo niego con la cabeza.

—Estoy bien.

Si lloro ahora, aunque solo sea un momento, estoy perdida. Me lo ha enseñado la experiencia de estos últimos tres meses. Llorar no es tan simple como derramar una lágrima, coger un pañuelo de papel y seguir con lo que estaba haciendo. Llorar es pasarme una hora o más hipando agazapada en un rincón, con un doloroso nudo en la garganta y la nariz tan tapada que cada palabra que digo se transforma en una serie de vocales. Llorar es pasarme el primer día, y también el segundo, con los ojos hinchados y la sensación de que todo me pesa y me cuesta un gran esfuerzo, como si me despertara después de haberme tomado un Valium. Llorar ya no es algo que pueda tomarme a la ligera.

—¿Seguro?

—Sí. —Me meto el calcetín en el bolsillo—. Pero paremos. Un rato.

Un rato es una semana, y después dos, y luego cuatro. Paso unos días con mis padres en otoño y a mi regreso Max me coge las manos y me dice que ha vaciado la habitación de Dylan.

—He subido la cuna al desván —añade.

Siempre habíamos hablado de ser familia numerosa. Los dos somos hijos únicos. Los dos suspiramos por tener hermanos cuando éramos pequeños y aún los deseamos más cuando nos hicimos adultos, con los padres mayores y con preocupaciones serias demasiado íntimas para contárselas a los amigos. Entonces Dylan cayó enfermo y ahora… ahora parece que esté mal. No es como comprar un coche para sustituir el viejo. Los brazos vacíos siguen vacíos, aunque vuelvan a llenarse.

—Solo por si acaso —dice Max, y aparta la mirada.

Me enseña los libros que ha conservado y el elefante con una sola oreja que Dylan utilizaba como almohada. Luego me lleva a la primera planta de la mano y yo vacilo, porque no sé si soy capaz de ver la habitación vacía.

Solo que no está vacía.

Max ha sustituido la persiana por cortinas de gasa que arrastran por el suelo y ha pintado las paredes de color gris claro.

—¿Lo has hecho tú?

Max asiente.

—¡Pero si tú odias pintar!

—Esta vez ha sido distinto —dice—. Catártico, casi.

Hay un escritorio apoyado contra una pared, con fotografías nuestras y casilleros que ya están llenos de tarjetitas y sobres. El tazón con la huella de la mano de Dylan cuando tenía un año contiene un puñado de bolígrafos. La esquina opuesta está ocupada por un sillón, orientado hacia la ventana. Junto a él hay un flexo encendido y un montón de libros por leer. Mi bolsa de labores está en el suelo, llena de cuadrados de punto que no he tocado desde que nos marchamos del hospital.

—He pensado que podría ser tuyo —dice Max mientras giro sobre mí misma despacio, asimilando todos los cambios—. Un sitio para coser, o leer, o solo para…

—Solo para estar —termino—. Para pensar. —Y decido que no lloraré en esta habitación, que no se convertirá en un lugar triste, en otra sala de descanso. Me abrazo al cuello de Max y lo siento respirar, aliviado de no haberse equivocado—. Gracias. Es perfecta.

 

No coso en mi cuarto. Pero sí leo. Leo como no había leído desde que estaba embarazada y devoraba libros enteros de una sentada. Cuando Max está de viaje, paso las tardes aquí y, cuando alzo la vista, me doy cuenta de que fuera ya es noche cerrada y estoy agarrotada de no moverme.

—¿Cuántos esta semana? —pregunta Max cuando llega a casa. Mete la ropa sucia en la lavadora, pero deja la maleta en el recibidor—. Washington DC el lunes —dice.

—Seis. —Descorcho una botella de vino—. Ahora estoy con P. D. James.

Comemos en nuestras bandejas delante del televisor, viendo a medias un culebrón que ninguno de los dos se ha molestado en quitar. La cámara enfoca a un niño en un hospital, con una maraña de cables por encima de la manta. Alargo la mano para coger el mando a distancia, pero Max se me adelanta. Pulsa un botón, uno cualquiera, y terminamos de comer con un documental sobre la cría de ovejas como telón de fondo.

—¿Meet me in Mississippi? —digo cuando hemos terminado de comer y estoy zapeando—. Sale Bill Strachan. Muy buenas críticas.

Max hace una mueca.

—La he visto en el avión. Lo siento. Pero no me importa volver a verla, es muy buena.

Decidimos ver una comedia que deja de ser graciosa al cabo de veinte minutos y, cuando lo miro, Max se ha quedado dormido, con la cabeza echada hacia atrás y la boca un poco abierta. Me escurro de debajo de su brazo y no se despierta. Arriba me espera mi libro, la página marcada con mi tarjeta de la biblioteca. Me envuelvo en una manta y leo hasta que también me quedo dormida.

 

No hubo Navidad: no me puedo imaginar que alguna vez vuelva a haberla. Deseé poder pasarla durmiendo. Apenas me consoló pensar que debía de haber otras como yo —otras madres que ya no lo eran—, acostadas en la cama con los ojos cerrados, pensando: «Que pase ya»; otras que, como yo, hacían la compra a medianoche en supermercados de veinticuatro horas casi vacíos, donde no había niños excitados tirando de la falda de sus madres y preguntando: «¿Cuándo vendrá?, ¿cuándo vendrá Papá Noel?».

No obstante, me quedé levantada para presenciar el cambio de año y sentí despertar mi optimismo con el inicio del 2014. Me he apuntado a un club de lectura online y paso incluso más tiempo en mi cuarto de lectura inmersa en mis mundos ficticios, que solo dejo a regañadientes para ocuparme de la casa y servir la cena en la mesa.

Estoy limpiando la casa cuando me llaman al móvil. Es un hecho insólito en estos tiempos y, cuando corro abajo, ha dejado de sonar y veo «Alison - Isaac & Toby» en mi registro de llamadas. Casi todas las mujeres que conocí cuando Dylan era bebé van seguidas del nombre de sus hijos en mis contactos. Cuando llamo a Alison, me pregunto si mi nombre aparece como «Pip - Dylan» y si se sobresalta al verlo.

—¡Hola!

—Perdona que no haya llegado. Estaba limpiando el baño.

—Creía que teníais asistenta.

—La teníamos. Pero me pareció una tontería seguir con ella cuando me paso el día en casa, y así tengo algo que hacer.

Hay un breve silencio, lo bastante largo para darme cuenta de lo patética que sueno.

—¿Cómo te va?

La oigo escribir al teclado y sé que me llama desde la agencia de viajes en la que trabaja. La imagino con el móvil sujeto entre el hombro y la oreja mientras rellena la reserva de algún cliente.

—Estupendamente. —Alison tendrá una lista de cosas que hacer sobre la mesa. «Mejorar la oferta de los señores Runcliffe, descargar el paquete de aprendizaje electrónico, ver cómo está Pip»—. ¡Una menos!

—¿Perdona?

—Nada. ¿Cómo estás?

—Un poco alicaída, la verdad. Cenamos en casa de Phoebe y Craig y ya sabes cómo beben. Fiona estaba enfadada antes de los entrantes y… —Se interrumpe.

Han seguido sin nosotros. Como si no hubiéramos existido.

—Fue una cosa de última hora —se excusa Alison—. Pensamos que no…

—Está bien. Estoy bien.

Me despido de forma brusca y cuelgo. Pongo el móvil en silencio y veo cómo «Alison - Isaac & Toby» aparece una docena de veces antes de parar. Era un club, me digo, cuyos carnets de socio se expedían junto con los bebés. Y ahora han borrado nuestros nombres de la lista. Tres años de socios anulados por ocho meses sin mi hijo.

Miro mi impecable cocina, el montón de libros que tengo que devolver a la biblioteca. Pienso en todas mis ocupaciones —limpiar, cocinar, los diez mil pasos que puedo dar antes de la hora de comer— y en qué vacía sigue pareciéndome la semana. En cómo mato simplemente el tiempo hasta que Max llega a casa. Y comprendo que es hora de volver a trabajar.