Cuando todo acaba
Treinta y Tres. Max
TREINTA Y TRES
MAX
2016
—Vamos, vístete.
Mi madre está en la puerta del baño, con ropa que ha sacado de la maleta que yo apenas he tocado en los dos meses que llevo aquí. Unos vaqueros, una camiseta, calcetines… Todo muy bien doblado, como si me estuviera mandando a un campamento de verano. Supongo que debería sentir algo — vergüenza, quizá— por el hecho de que mi madre me elija la ropa, pero no siento nada. Estoy embotado.
—Luego. Voy a echarme un rato, aún no me encuentro bien.
Me arrebujo en el albornoz, pero ella empuja la ropa contra mí y retira las manos para obligarme a cogerla o dejarla caer. Estoy cansado, necesito dormir. Mi reloj biológico se ha vuelto loco y, aunque sé que ya no se debe al jet lag, la sensación es la misma. Por la noche me quedo despierto mientras la angustia me impregna el cuerpo como un veneno, viendo cómo el reloj marca cada hora del sueño que no cataré. Por el día, mi cuerpo solo quiere descansar y se mueve a regañadientes de la cama al sofá y viceversa, buscando el peso del edredón rosa que abriga demasiado. Tengo los ojos hundidos, estoy en baja forma y llevo las uñas largas y la barba descuidada de un vagabundo. Me miro en el espejo y veo a un hombre que no conozco.
Paso por delante de mi madre para regresar a mi habitación, pero me paro en seco. Me vuelvo y la fulmino con la mirada. El edredón rosa ha desaparecido, la cama no tiene sábanas, el colchón está al descubierto.
—Día de colada —dice en tono alegre, como si no supiera cómo me afecta esto.
—¡Hostia, mamá, estoy enfermo! —Dejo caer la ropa al suelo y doy un puñetazo en el marco de la puerta. Ella se estremece, pero se mantiene firme, y me odio por pagarlo con ella—. No consigo vencer este virus, yo…
«Eres un fracasado».
Me llevo las manos a la cara, con los dedos muy abiertos y las uñas hincadas en el cuero cabelludo. Oigo un ruido ahogado y me doy cuenta de que soy yo. Mi madre me pone una mano en el brazo.
—No estás bien, Max.
—¡Hace semanas que te lo digo!
La aparto, pero ella da un paso adelante y me abraza, estrujándome como lleva años sin hacer porque siempre soy yo quien la estruja a ella. Se está haciendo mayor, debería tomarse las cosas con calma, no estar lavándome las sábanas, eligiéndome la ropa y abrazándome para evitar que me derrumbe.
«Eres un fracasado».
Las lágrimas me brotan de muy adentro. Lágrimas calientes, avergonzadas y patéticas que me dejan enfadado y agotado. Mi madre me abraza hasta que termino. Luego se separa con suavidad y veo que también llora.
—Dime cómo puedo ayudarte, Max. No soporto verte así.
Sin embargo, el nudo de la garganta me impide hablar y, aunque pudiera hacerlo, no tengo nada que decir. No hay nada que ella pueda hacer. Nada que nadie pueda hacer. Entro en mi habitación tambaleándome como un borracho y me dejo caer en la cama, hecho un ovillo. Oigo llorar a mi madre y quiero taparme la cabeza con el edredón, pero se lo ha llevado y no sé si es a ella a quien odio o es a mí.
—Oh, Max… —Mi madre sigue llorando, entre palabra y palabra—. Yo también he perdido a mi nietecito, ¿sabes?
Quiero que vuelva a abrazarme, quiero llorar en sus brazos y decirle cuánto echo de menos a Dylan y a Pip, pero no puedo porque soy un fracasado. Un inepto. Un cero a la izquierda.
Una semana después de Acción de Gracias, mi madre vuelve a intentarlo:
—El grifo gotea, ¿puedes echarle un vistazo?
Estoy en el sofá, viendo El precio justo y, en vez del pijama, llevo un pantalón de chándal y una camiseta gris casi idénticos.
—Llama a un fontanero.
«¡Sonia Barking, acércate!» Drew Carey sonríe en la pantalla como si dijera: «¡Mira qué feliz soy comparado contigo! ¡Cómo he triunfado!».
—No encuentro a nadie. Solo es la arandela. Por favor, Max, no tardarás ni un minuto.
Tardo treinta.
—Me voy a la cama.
—Ya que has sacado la caja de herramientas, ¿podrías arreglar la moqueta que se ha levantado al final de la escalera?
—Sé lo que intentas hacer, mamá.
Enfadado, paso por su lado y subo la escalera. Ella me sigue y la culpa me atenaza cuando me doy cuenta de que carga con la caja de herramientas.
—Esta mañana casi me tropiezo. Me he dado un buen susto al pensar que podría haber rodado hasta abajo.
Arreglo la moqueta. Después aprieto los tornillos del pasamano flojo y cambio una teja suelta del tejado del porche. Bajo una cómoda vieja al sótano y lleno el baúl de mi madre de ropa que quiere dar a beneficencia. Estoy limpiando el jardín cuando oigo voces.
—Está detrás, en el jardín.
Me limpio las manos en el pantalón de chándal. Mi madre aparece en los escalones traseros acompañada de una mujer que no conozco. Es más o menos de mi edad, con una mata de oscuros tirabuzones que le rebotan a la altura de los hombros cuando mueve la cabeza.
—Hola.
—Te acuerdas de Blair, ¿verdad?
—Pues…
Las miro sin comprender. Llevo más horas despierto y activo que cualquier otro día desde que llegué a Chicago, estoy deseando meterme en la cama y no tengo ni idea de quién es esta mujer.
Blair se ríe.
—Fue hace mucho tiempo. Para serte sincera, no creo que te reconociera si me cruzara contigo por la calle. La última vez que te vi probablemente ibas montado en tu bicicleta con una camiseta del Increíble Hulk o estabas aguantando la respiración en la piscina del centro juvenil.
Hace uno de esos noviembres locos en los que las temperaturas bajan pero el sol no termina de rendirse y la miro con los ojos entornados. ¿Quién es esta mujer que puede llevarme al año 1986 con una sola frase? Los tirabuzones me resultan familiares, pero las últimas semanas me han embotado el cerebro y me lo han llenado de algodón.
—Blair es la hija de Bob y Linda, cariño. ¿Los vecinos?
Y lo recuerdo todo de golpe. Blair Arnold a los diez años, con su pantalón corto de chico y las rodillas rasguñadas, queriendo jugar siempre con Danny y conmigo. Quitándose el gorro después de entrenar en la piscina y liberando una oscura mata de rizos. Me levanto.
—Os mudasteis.
—Mi padre encontró trabajo en Pittsburg. No salió bien, pero, cuando volvimos, compraron una casa en Lincoln Park, así que me quedé en esa parte de la ciudad.
—Preparo café, ¿sí? —dice mi madre—. Te quedarás a tomar un café, ¿verdad, Blair? Qué detalle que te hayas pasado.
Veo un atisbo de sorpresa en la cara de Blair, pero enseguida desaparece y me sonríe de oreja a oreja.
—Debe de hacer, ¿qué?, ¿treinta años?
Me encojo de hombros.
—Fácilmente.
Mi madre me pone una mano en el hombro.
—Cariño, Blair tuvo una…
—¿Preparo yo el café? ¿Quieres que lo prepare yo? ¿O puedo echarte una mano aquí, si quieres, Max?
Después de pasar tanto tiempo a solas en mi habitación, el inesperado parloteo de Blair me apabulla. Doy un paso atrás y ella se interrumpe y lanza una mirada a mi madre.
—¿Qué? —Bufo.
Se hace un incómodo silencio y mi madre se retira a la cocina.
—Iré a preparar café —dice—. Vosotros dos quedaos charlando.
«Charlando». He perdido la capacidad de charlar. No, he perdido las ganas de charlar. Hay cosas más importantes en la vida.
—¿Así que Heather te ha puesto a trabajar para ganarte el pan? —dice Blair al cabo de un rato, señalando con la cabeza el montón de hierbajos que tengo a mis pies—. Me fui a vivir con mis padres durante un tiempo después de mi divorcio y ellos hicieron lo mismo. Tardé bastante poco en buscarme un piso. —Sonríe—. Supongo que esa era la idea.
Por cómo recalca «“mi” divorcio», deduzco que sabe por qué estoy aquí. Me pregunto cuánto le ha contado mi madre. ¿Le ha hablado solo de Pip o también de Dylan? ¿Le ha dicho que estoy fatal? ¿Que soy un fracasado? Miro a esta mujer, con su pelo lustroso y su dentadura perfecta, su amplia sonrisa y su ropa limpia y planchada. La veo paseando por Disney World con dos hijos perfectos; notas perfectas, modales perfectos, salud perfecta…
—¿Tienes hijos?
Si le parezco brusco, no lo demuestra.
—Dos. La parejita.
Claro. Tan previsible. Tan perfecto.
—Mi madre te ha pedido que pasaras, ¿verdad?
Tiene la delicadeza de sonrojarse.
—Me la encontré en un acto benéfico en el Happy Village, aún tengo amigos en el barrio, y me comentó que habías vuelto. Me dijo que lo habías pasado mal.
Ladea la cabeza, con los labios torcidos hacia abajo en un gesto compasivo, y sé que no es la primera vez que representa este papel. Blair Arnold prepara pasteles a sus amigos cuando tienen hijos, deja tartas en los porches de los vecinos que han sufrido una pérdida. Se muestra compasiva, empática, ladea la cabeza y esboza esa sonrisa triste; y después regresa a casa para disfrutar de sus hijos perfectos y la sensación de bienestar del buen samaritano experto.
—Perdona. —Paso por su lado—. Tendría que ir «a ganarme el pan».
En la cocina, mi madre ha preparado una bandeja con café y seis galletas cuidadosamente dispuestas en un plato.
—Me voy a la cama.
—¡Max!
—Tranquila. —Oigo que Blair entra en la cocina justo cuando salgo yo—. Deja que se vaya.
Desde mi habitación oigo sus voces por el hueco de la escalera, interrumpidas por el tintineo de la vajilla.
—Ella lo ha dejado tirado, después de todo lo que han pasado.
—Supongo que también lo está pasando mal.
—¡Pues tendría que entenderlo más que nadie!
—Eso no quiere decir que pueda ayudarle.
Me siento en la cama, con ganas de meterme debajo del edredón, pero con necesidad de escuchar lo que dicen de mí. De Pip.
—Es como cuando dos personas tienen la gripe —dice Blair—. Saben cómo se siente la otra, pero están demasiado enfermas para cuidarse la una a la otra. Tienen que ponerse mejor antes.
Me tumbo encima del edredón y cierro los ojos. Es imposible ponerse mejor. Esto es todo: esto es lo que siento ahora, lo que sentiré siempre. Y por primera vez en la vida entiendo por qué algunas personas deciden que la vida no tiene sentido. A veces no lo tiene.