El escribano
Canto III
¡Oh, amigas, amigos, la desdicha del encarcelamiento! La crueldad de una existencia que se mide en suciedad, en oscuridad, en frío riguroso, en una dieta de pan y agua, lejos de los que amamos y entre los que desean vernos desgraciados. Conozco a un hombre que estuvo confinado durante cuarenta días y nunca se ha recuperado. Aún lleva la cárcel en el corazón, que ahora tiene plagado de sombras y de desesperación. Dice que la prisión de Aviñón es un pozo inmundo. En todas partes, dice, no hay otra cosa que inmundicia. La gente muere en los charcos de sus propios excrementos y sus gemidos resuenan arriba y abajo por los largos y hediondos corredores.
En realidad, podría decirse que, cuando uno ingresa en la cárcel de Aviñón, es como si entrara en las tripas de la ciudad. Los presos son arrojados a las fauces de la prisión, desaparecen bajo los dientes del rastrillo de la puerta y salen expelidos por el otro orificio más íntimo y pequeño en forma de manojos informes, apestosos, embadurnados de heces. Entre esas dos aberturas son aplastados —rotos los huesos, la carne cortada a lonchas, los propios intestinos licuados— hasta que se transforman en unos desechos por completo inservibles. ¡Allí iba a ejercer mi profesión esta vez, entre los aullidos de los afligidos! Verdaderamente, mi vida ha seguido un itinerario de pantanos y tierras baldías.
Pero para gran alivio mío, no hube de trabajar en una celda de la prisión. La prisión, que no fue construida con tal fin sino como elemento de las defensas de la ciudad, está dotada de un gran número de extrañas estancias de reducidas dimensiones, en ángulos y rincones de formas irregulares, que sirven como almacenes, cuartos de guardia y oficinas de ciertos oficiales (el carcelero, el condestable, el magister carceris), así como de cuarto de trabajo de las personas asignadas con carácter temporal, como el padre Amiel. A esas estancias se llega siguiendo interminables terraplenes, subiendo empinadas escaleras de caracol y recorriendo estrechos pasillos de gruesas paredes de piedra. Unas paredes, comprobé aliviado, que servían para sofocar la mayor parte de los ruidos más siniestros de la prisión, por lo que mis oídos no se vieron permanentemente asaltados por los lloros y gemidos. Pero los olores eran inextirpables y, para mí, aquellos días de inquisitio siempre quedarán ligados al vago tufo a excrementos.
La estancia que nos habían asignado tenía forma de tajada de queso… En ella había un ventanuco minúsculo (en una pared más gruesa que largo es mi brazo), una mesa y dos banquetas. Cuando el padre Amiel pidió otra banqueta, se la trajo —de mala gana y después de hacerse esperar largo rato— un sargento que estaba apostado a la puerta. El lúgubre mercenario se marchó a cumplir la petición de mi acompañante tan a regañadientes como si le hubieran ordenado traernos a su hermana para nuestro deleite.
Lo único que pude conjeturar fue que le ofendía trabajar para un monje, o que la vida se había convertido en un peso intolerable para él.
—Éstas declaraciones no son muy extensas —dijo el padre Amiel mientras pasaba los folios sueltos que teníamos delante—. Sospecho que no están completas. Maese Raymond, ¿seríais tan amable de leerme la de Lothaire Lagarrigue? Luego continuaremos con las demás.
Nos hallábamos sentados uno al lado del otro ante la mesa, que se tambaleaba ligeramente sobre el suelo irregular. Cerca, humeaban unas velas de sebo en un candelabro. No nos habían traído ni agua ni vino para nuestro solaz, y de la pared que se alzaba detrás de nuestras cabezas sobresalían unos inquietantes ganchos de hierro.
—No son transcripciones —comenté, mientras examinaba los documentos—. Son resúmenes.
—Leedlos.
—La caligrafía es terrible.
Con cierta dificultad, sin embargo… fui capaz de descifrarla. Leí que Lothaire Lagarrigue, de Carpentras, se había declarado inocente del asesinato de Guillaume Monier. La noche del asesinato, dormía a pierna suelta cuando lo habían despertado los gritos de un tal Aimery de Sorgues, que había descubierto el cadáver mutilado. Lothaire Lagarrigue no sospechaba quién podía ser el culpable, pero sabía que Masseo di Vico había hecho brujería contra el camarero. Lo sabía porque la doncella de Masseo había visto a éste y a su hijo. Girolamo hacer un conjuro que consistía en escurrir sangre de un trapo en una taza. Lothaire había informado al camarero de aquel acto terrible, pero no había sabido nada más al respecto.
—Una doncella —dijo el padre Amiel en tono meditativo cuando terminé de leer —. Tendremos que llamarla a testificar. ¿Consta su nombre?
—No.
—Qué ineficiencia —murmuró con un bufido de impaciencia.
—¿Queréis que os lea la siguiente, padre?
—Sí, por favor.
Aimery de Sorgues, joven acólito y escribano personal de Guillaume Monier, había dormido toda la noche de la muerte de su patrono. No había visto ni oído nada sospechoso. Cuando lo despertaron las campanas llamando a primas, se había levantado y había recitado las plegarias pertinentes. Luego, como era su costumbre, había salido de la alcoba (dormía solo) y había ido a despertar al camarero. Pero el camarero, se leía en el resumen, estaba muerto. El cadáver tenía el rostro hinchado y descolorido y le habían cortado los virilia de raíz. Aimery no conocía a nadie que pudiera haber cometido un pecado tan atroz.
Los tres amanuenses habían ofrecido unos testimonios casi idénticos, que sólo se diferenciaban en el hecho de que ellos, como Lothaire Lagarrigue, se habían despertado con los gritos retumbantes de Aimery.
—Muy breves —comenté—. Y la declaración del portero lo es aún más.
—¿Qué dijo?
—«Preguntado si había matado a Guillaume Monier, Marty dijo que no. Preguntado si sabía quién podía haberlo hecho, negó saberlo. Preguntado si había oído o visto algo inusual, el susodicho Marty replicó que había dormido toda la noche. Preguntado si aquella noche o el día anterior había dejado entrar a algún desconocido, negó haberlo hecho. A la pregunta de quién podía haber cometido tal atrocidad, respondió que el diablo…».
Dejé de leer.
—¿Y no hay nada más? —inquirió el padre Amiel.
—Nada más.
—Hum. En absoluto esclarecedor.
Empezó a tamborilear en la mesa con los dedos, despacio, y yo me pregunté si consideraría un acto irrespetuoso que me arrancara las cutículas. Entonces me pidió que le volviera a leer el testimonio de Lagarrigue, y ya iba por la mitad cuando se abrió la puerta y entró nuestro desgarbado ayudante.
—La banqueta —murmuró.
—Oh, gracias —dijo el padre Amiel—. Y ahora, ¿podríais decirle al carcelero que quiero interrogar a Lothaire Lagarrigue?
Con un prolongado suspiro de sufrimiento, el sargento salió con indolencia a realizar otra odiosa tarea. Lo observamos marchar en silencio. Cuando hubo desaparecido, comenté que para el próximo encargo deberíamos pedirle que se apoyara en la pared, a fin de evitar que se le cayera encima.
El dominico sonrió.
—Desearía interrogar a vuestro amigo Gaillard —dijo súbita y, para mí, inesperadamente—. Creo que su testimonio puede ser importante.
Gruñí por lo bajo. Sabía que a Gaillard no le gustaría.
—¿Ha mencionado Gaillard alguna vez que Guillaume Monier llevase un anillo de plomo en su presencia? —prosiguió el padre Amiel, y yo sacudí la cabeza. Hubo una breve pausa, pero la cabeza del dominico seguía dándole vueltas a una amplia gama de cuestiones, pues, de repente, añadió—: Ésta tarde examinaré el libro que hemos encontrado por la mañana. Lo haré en el priorato, con uno de mis hermanos, y será mejor que vos ocupéis vuestro tiempo con la trascripción del testimonio de Lothaire Lagarrigue. En su redactado final, la declaración ha de imitar el modelo que aparece en el manual que os he dado. ¿Habéis estudiado dicho modelo?
Sacudí la cabeza de nuevo.
—Entonces, debéis dedicaros a ello cuanto antes. El autor de ese manual era un experimentado inquisidor cuya eficiencia no tenía parangón. —El dominico se agachó y sacó de su bolsa de piel un pequeño códice que no reconocí. Me explicó que era un ejemplar del Nuevo Testamento y que lo utilizaría para que los testimonios jurasen sobre él.
—No es que dude de vuestras habilidades a la hora de redactar documentos legales —prosiguió, volviendo a la cuestión de las declaraciones—, pero a menudo las normas rígidas impiden que se cometan errores. Una caligrafía demasiado densa, por ejemplo, puede ser leída incorrectamente. Según el manual, es mejor emplear los códigos que rigen los estatutos de la ciudad de Marsella, en los que no hay más de veinte líneas por página con márgenes de buena anchura (para que las notas se lean bien), y se utiliza pergamino que no sea excesivamente grasoso y una tinta que sea razonablemente negra…
—No tendréis ningún motivo para no quedar satisfecho, padre —lo interrumpí, algo molesto. Parecía dar a entender que yo me pondría a escribir con un trozo de carbón en un camino polvoriento.
Mi expresión debió de delatar mis sentimientos, porque, después de una rápida mirada a mi rostro y con semblante contrito, el dominico dijo:
—Perdonadme, maese Raymond. Por supuesto que sabréis hacerlo.
Sus disculpas me sorprendieron porque me las presentaba un monje, y todos sabemos que los monjes son a menudo reacios a reconocer sus errores. En realidad, me quedé mudo; de mis labios no salió ningún comentario cortés. Por fortuna, enseguida llamó alguien a la puerta e interrumpió nuestro incómodo silencio. Sin esperar el permiso para entrar, aparecieron dos oficiales del orden que escoltaban a Lothaire Lagarrigue.
Era un hombre corpulento de piel aceitunada, con más vello en las manos y en el cuello que en la coronilla. Aunque era muy probable que lo hubiese visto alguna vez, no había en su apariencia nada lo bastante peculiar como para que mi memoria lo hubiese registrado. Sin embargo, noté que dos semanas de detención habían socavado la seguridad en sí mismo. Sus hermosos ropajes se veían desaliñados, abría y cerraba sus puños anchos y fuertes y llevaba la barba terriblemente descuidada.
—¿Quién sois? —espetó antes de que el padre Amiel tuviese tiempo de hablar—. ¿Dónde está el condestable?
—Soy el padre Amiel de Semur. Sentaos, por favor.
—¿Por qué? ¿Qué queréis?
—Sentaos —dijo uno de los oficiales, golpeando al prisionero en la cabeza, ante lo cual el padre Amiel frunció el ceño.
—Podéis retiraros, oficial —indicó.
—Lo siento, padre. Tenemos órdenes de quedamos en la habitación.
—Eso no será posible. Voy a realizar un interrogatorio.
—Son las órdenes, padre. Lo siento.
—Órdenes, ¿de quién?
—Del carcelero.
El padre Amiel observó a los dos centinelas, que le sostuvieron la mirada, sonriendo con presunción. Sin lugar a dudas, al ver que el dominico se concentraba en su bolsa y sacaba de ella la bula de su nombramiento, creyeron que habían ganado la partida.
—¿Queréis leer esto? —pidió, tendiendo el documento a Lothaire Lagarrigue—. Probablemente, estos dos hombres que os escoltan no pueden hacerlo.
—In nomine…
—Perdonad. Un momento, maese Lothaire. Si pudierais traducirlo a la lengua vulgar, os estaría sumamente agradecido.
Algo perplejo, el escribano obedeció. Mientras hablaba, su rostro empezó a adquirir una expresión de respeto y terror a la vez. Los oficiales intercambiaron miradas nerviosas.
—Por este documento —comentó el padre Amiel al concluir la lectura—, habréis deducido que estoy aquí en nombre de la más alta autoridad. La más alta. Si tuviera que informar de cualquier tipo de obstrucción o desacato…
—Pero, padre, ¿qué podemos hacer? —se lamentó el más locuaz de los centinelas —. ¡Tenemos que cumplir nuestras órdenes!
—Vuestras órdenes son asistirme. Si el carcelero quiere discutir este punto, que venga cuando quiera y hablaremos. Y ahora… si os apostaseis fuera, al otro lado de la puerta, dudo mucho de que el prisionero pudiera escapar. ¿Ha quedado claro? ¿Sí? Gracias.
Al ver a los humillados mercenarios que se retiraban, estuve a punto de ponerme de pie y aplaudir. ¡Aquéllos dos hombres corpulentos habían sido expulsados por un diminuto dominico desarmado! No me sorprendió, pues, en absoluto, que desbaratara con facilidad la resistencia desafiante que había presentado Lothaire al entrar en la estancia: el escribano era, en todos los aspectos, un oponente inferior.
—¿Pertenecéis al Santo Oficio? —preguntó al padre Amiel con el rostro perlado de sudor.
—No —respondió éste—. Si hubierais leído la bula con más atención…
—¡Quiero un abogado ahora mismo! ¡Exijo la presencia de un letrado!
—¿A qué viene eso? —la voz del dominico era suave y calmada—. No estáis acusado. Comparecéis en calidad de testigo.
—¡Pero me encuentro bajo sospecha! ¡De haber asesinado a Guillaume Monier!
—Tal vez, pero eso no me preocupa. Sólo estoy autorizado a investigar la acusación de brujería. En este caso concreto, maese Lothaire, sois un testigo, y a los testigos no se les concede el derecho a nombrar un representante legal.
El escribano se quedó pasmado y yo, confundido. Separar el caso del asesinato de Guillaume Monier de la acusación de brujería contra Masseo di Vico era un razonamiento excelente, si bien tortuoso, pero Lothaire Lagarrigue aceptó el argumento, pues se sentó en la banqueta que habían dispuesto para él. La resignación le había minado las fuerzas.
—Y ahora —dijo el padre Amiel— si queréis jurar sobre las Sagradas Escrituras que es vuestra intención decir la verdad completa y precisa, podremos proceder.
—¿Las Sagradas Escrituras? —preguntó Lothaire, aturdido.
—Aquí las tenéis. —El padre Amiel le acercó el Nuevo Testamento por encima de la mesa—. Poned la mano sobre el libro y…
—¡No! —Movido por un espíritu de desesperado desafío, el escribano sacudió la cabeza, de la que cayeron gotas de sudor—. No juraré nada. Nada. No quiero hablar con vos. Quiero hablar con el condestable.
En los días que siguieron, me acostumbré a la actitud del padre Amiel durante aquellas entrevistas. Cuando hablaba, y no es que se prodigase, su lenguaje resultaba calmado y preciso, pero no era el uso de las palabras lo que lo hacía tan imponente. Era la utilización de los silencios. Poco a poco advertí que las largas pausas intercaladas entre sus preguntas estaban medidas con todo cuidado, que no significaban incertidumbre o cansancio o que tuviera la mente ausente, sino que estaban pensadas para resultar obsesivas, de modo que su interlocutor se sintiera a menudo obligado a romperlas con algo, lo que fuera, que provocara una respuesta en el monje, una reacción en su rostro de piedra. En ocasiones, el silencio parecía indicar incredulidad; en otras, simplemente transmitía cierto grado de compasión y aliento, y aun en otras estaba cargado de amenaza, como la calma que precede a la tormenta.
Ésta vez, confundí su silencio con debilidad. Me pareció verlo ofuscado ante la obstinación de Lothaire. Sin embargo, tendría que haber llegado a otras conclusiones tras observar sus manos, una de las cuales reposaba apaciblemente en su regazo. La otra permanecía encima del Nuevo Testamento, por completo inmóvil y relajada: era una extremidad que no estaba imbuida de tensiones ocultas o malestar.
—Maese Lothaire —dijo al cabo, con toda premeditación—, es cierto que antaño fui inquisidor de la depravación herética…
—¡Yo no soy ningún hereje!
—Entonces, ¿por qué os negáis a jurar?
—¡Porque no tengo nada que ver con todo esto! ¡Soy un lego! ¡Quiero hablar con el condestable!
—¿Sabéis que la herejía cátara prohíbe los juramentos? —preguntó el padre Amiel—. ¿Sabéis que negarse a jurar es señal segura e indiscutible de herejía?
Lothaire farfulló algo y me miró como para pedirme ayuda, por lo que bajé la vista y mojé la pluma en el tintero.
Al ver que le negaba mi apoyo, el escribano abandonó toda esperanza de resistencia.
—¡Esto es una locura! —exclamé—. ¡Yo no soy un hereje! ¡Soy inocente de todo crimen! ¡Dadme, dadme las Sagradas Escrituras! ¡Juraré y os lo contaré todo, y entonces me dejaréis marchar! ¡Se me ha detenido por equivocación y se me ha tratado de una manera vergonzosa!
—¿Juráis, por Dios Todopoderoso y las Sagradas Escrituras, decir la pura, simple y completa verdad sobre vos mismo como testigo principal y sobre otros, vivos y muertos?
—¡Sí, sí lo juro!
—¿Lo juráis por Dios Todopoderoso…?
—… por Dios Todopoderoso y las Sagradas Escrituras, decir la pura, simple y completa verdad sobre mí mismo y sobre otros, vivos y muertos.
Escribí diligentemente todo aquello sin atreverme a alzar la mirada. Luego anoté el hosco relato que hizo Lothaire de los actos de brujería de Masseo di Vico. El padre Amiel lo interrogó a conciencia sobre el asunto, sin sacarle una palabra que contradijera lo declarado al condestable. Lothaire nos contó que la doncella del médico se había presentado ante él con el cuento de que había visto a Masseo y a su hijo hacer un conjuro en una alcoba del piso de arriba. Según la doncella, habían cantado palabras extrañas y habían escurrido un pañuelo manchado de sangre en una copa de plata. No se habían dado cuenta de su presencia porque los había espiado desde un lugar en el que no podían verla.
—Espiado —repitió el padre Amiel como si la palabra tuviera una multitud de significados a cual más siniestro—. Hum… ¿Y cómo se llama la criada?
—Bona Claret —respondió el escribano.
—¿Y vos la creéis?
—Desde luego.
—¿Por qué?
—Porque no hay motivo para no hacerlo. ¿Por qué iba a mentirme?
—Por razones de todo tipo —señaló el padre Amiel—. No obstante, por el momento, digamos que la mujer decía la verdad. Habéis declarado al condestable que contasteis todo esto al difunto camarero. ¿Cómo reaccionó éste?
Lothaire pareció quedarse pensativo unos instantes.
—Pues mirad —dijo al cabo—, cuando se lo dije no se alteró en absoluto. Fue como si ya lo sospechara.
—¿Y qué comentó?
—Poca cosa. Quiso que yo mantuviera la boca cerrada.
—¿Tomó alguna precaución?
El escribano parecía perplejo. Lo sé porque, en aquel preciso instante, levanté la cabeza descaradamente para ver su reacción.
—¿Qué queréis decir? —inquirió.
—Si colgó alguna cosa en la puerta delantera —explicó el padre Amiel—. ¿Roció las paredes con algo?
Os juro que nunca he visto una expresión tan desconcertada como la que tenía Lothaire Lagarrigue en aquel momento. Casi me reí en voz alta y tuve que hundir de nuevo el rostro en el pergamino para evitar convertirme en el objeto de la desaprobación de mi patrono.
—¿Qué… qué queréis decir? —tartamudeó el escribano—. ¿Qué tipo de cosas?
—Sangre. Hierbas.
—¿Sangre? ¡Por supuesto que no! ¿Por qué iba a hacerlo?
Por toda respuesta, el padre Amiel sacó de su bolsa de piel el libro de brujería de Guillaume Monier, se puso en pie y se lo tendió a Lothaire, diciendo:
—¿Habíais visto antes este libro?
Lothaire examinó el volumen, estoy seguro. Aunque no lo vi, pues estaba tan ocupado en transcribir la pregunta del padre Amiel que no pude alzar la vista, oí el susurro de las hojas al pasar y un hondo suspiro. Al cabo de un tiempo, el escribano, con voz apagada, comentó que era la primera vez que lo veía en su vida.
El padre Amiel, que estaba de pie junto a él, señaló una página.
—¿Reconocéis la escritura? —quiso saber.
—Parece la del camarero —respondió Lothaire, dubitativo.
—¿Y esta otra? ¿Conocéis esta caligrafía?
—No.
—¿Y ésta?
—No.
—Excusadme… ¿Maese Raymond?
Me llevé tal sorpresa que salté como un conejo. La pluma se me resbaló sobre la página.
—Maese Raymond, tened la bondad de alcanzarme una de vuestras plumas y un pergamino —me pidió el dominico—. Maese Lothaire, por favor, tomad nota de la siguiente provisión…
Enseguida comprendí lo que el padre Amiel trataba de hacer. Deseaba confirmar que el escribano no había escrito en el libro de Guillaume Monier. Movido por una suerte de admiración y nerviosismo, le tendí lo que me había solicitado y me concentré en transcribir el pasaje que iba a dictarle a Lothaire Lagarrigue. Cuando terminó, recogió el pergamino y volvió a su banqueta.
—Maese Lothaire —dijo entonces—, ¿creéis que a Guillaume Monier lo mató la brujería?
—Tal vez.
—¿Y cómo? ¿Tenéis alguna idea al respecto?
—¿Por qué me lo preguntáis? —El escribano soltó una especie de bufido—. Yo no soy un hechicero —espetó.
—Pero aquella noche estabais en la casa.
—No vi nada, ni oí nada.
—¿Pudo alguno de los residentes de la casa haber conspirado con Masseo di Vico?
—Escuchad. —La banqueta de Lothaire crujió. Levanté los ojos y vi que se había inclinado hacia delante—. Soy primo de Guillaume Monier —dijo—. Guillaume me contrató. Me pagaba bien. Me trataba bien. Yo no tenía ningún motivo para matarlo.
—¿Y había alguien que lo tuviera?
—Eso no puedo respondéroslo.
—Pero razonad, maese Lothaire, considerad los hechos. —Por el rabillo del ojo vi que el padre Amiel golpeaba la mesa con el índice de la mano izquierda al tiempo que, uno a uno, exponía los detalles del caso—. El camarero fue asesinado por agentes diabólicos o humanos. Si se trató de los segundos, al menos uno de ellos debía de estar esa noche en la casa. Si fue así, sus motivos podían ser la codicia o el resentimiento. Así pues, ¿quién estaba resentido con el camarero, en esa casa?
—Nadie —respondió el escribano.
—¿El camarero trataba bien a todo el mundo?
—Sí, muy bien.
—¿El camarero no cometió ningún delito contra ninguno de los que estaban a su servicio?
—No, ninguno.
—Así, para vos, ¿la sodomía no es un delito?