El escribano
Canto V
El sol todavía estaba alto cuando, liberado de mis obligaciones, salí a encontrar a Bona Claret. Aunque había prometido al padre Amiel que no me expondría más a su compañía, sabía que, si no lo hacía, ella volvería a buscarme. Tal vez se presentaría en casa de mi madre, o me esperaría en las inmediaciones de la prisión. Era mejor, me dije, resolver aquel asunto cuanto antes. Me mostraría frío y distante y me aseguraría de que Bona, en adelante, se abstuviera de seguir mis pasos.
Mis intenciones eran buenas, ya veis. ¡Ojalá hubiera sido capaz de llevarlas a cabo! No obstante, debo decir en mi defensa que siempre he sido un hombre caritativo, y que la caridad, como nos dice san Pablo, es superior incluso a la fe y a la esperanza.
A quienes no conozcáis Aviñón, permitid que os explique que el hospital de San Juan de Jerusalén está anexo a la encomienda de dicha orden. Varias casas, una pequeña capilla y una suerte de galería cubierta, construida con los restos de un viejo claustro que en otro tiempo ocupaba el solar, han sido acondicionadas para uso del hospital. Con todo, el espacio resulta insuficiente y los peregrinos febriles yacen en las escaleras y obstruyen el paso en las puertas. Abundan allí los mendigos agonizantes, y los hermanos legos, que deambulan con jofainas y vendas y reparten rebanadas de pan, parecen aturdidos ante las incesantes peticiones de los pacientes. He oído que, desde el establecimiento de la Santa Sede en Aviñón, las instituciones de beneficencia como este hospital han visto multiplicarse por diez el número de personas que demandan comida, cama, dinero y asistencia médica. (Naturalmente, también han tenido diez veces más legados y donativos, pero todos sabemos que buena parte de tales donaciones parece desvanecerse en los bolsillos y los estómagos de los tonsurados).
Cuando la encontré, Bona Claret jugaba con el hijo de una enferma a la sombra de la galería. La mujer reaccionó a mi presencia con sentida alegría. Mientras nos alejábamos del hospital, me contó que la acogida que había tenido en éste podía calificarse, siendo generosa, de apenas tibia. Había hablado con una muchacha a cuyo marido habían matado unos bandidos y con un mendicante que parecía completamente trastornado, y en el dormitorio había tenido que aguantar los gemidos de una parturienta.
—No soporto la idea de volver ahí esta noche —declaró Bona—. Prefiero dormir a orillas del río. Prefiero la compañía de las barcazas y de las ratas.
—Bien, ya veremos qué encontramos.
—Antes dormiré en un muladar. Mira, Raymond. ¿No es ésa la mujer que se presentó en tu casa?
Cuando Bona efectuó esta observación, estábamos rodeando la plaza del mercado, por la que uno puede ver pasar a todo Aviñón en el curso de un solo día. Así pues, quizá no fuera muy sorprendente que Marie Mignard apareciese cerca de nosotros, en el lugar donde los puestos de fruta daban paso a los rediles de ovejas. Con toda seguridad, la muchacha y su padre estaban explorando la ciudad en busca del hombre que la había deshonrado. En cuanto me vio, Marie me señaló y alertó a su padre de mi presencia.
—Sí —respondí a Bona—. Larguémonos.
—Alguien la deshonró, ¿verdad?
—Sí.
—Pero no fuiste tú.
—No.
—Pobre chica —murmuró Bona—. Debería llevar un talismán, como yo. Es una hierba colgada de un cordón. Me lo dio Munda, y mientras lo lleve al cuello no me quedaré nunca embarazada.
La muchacha continuó su parloteo, pero yo apenas le presté atención, pues estaba concentrado en recordar las palabras con las que en cierta ocasión había tratado de influir en mi viejo amigo Lambert Galand. Éste, debo contaros, era un conocido del padre de Dulcie Poisson. Durante mi período de aprendizaje, visitaba a menudo la casa de mi maestro y habíamos conversado sobre ciertos aspectos de la ley civil e incluso de la canónica, pues Lambert era un abogado secular, rico, erudito y muy respetado. Aunque ahora se movía siempre entre gente de alto rango, cuando nos encontrábamos en la calle seguía deteniéndose a saludarme y a interesarse educadamente por mi salud y mi trabajo. Por eso, aunque no éramos compañeros constantes, tenía la esperanza de que pudiera echarme una mano. Al fin y al cabo, Lambert era el cabeza de una extensa familia. Además, mediante alguna artimaña, se había asegurado el uso y disfrute de una casa entera, donde vivía como un noble, rodeado de riquezas y comodidades.
Seguramente, pensé, un hombre como él necesitaría de una nueva sirvienta. O, en último caso, sabría de alguien, entre los ricos propietarios que conocía, que buscara criada.
Así se lo expuse a Bona, advirtiéndole que mantuviera la boca cerrada.
—Los hombres distinguidos se impacientan con las mujeres charlatanas —le dije —. Están demasiado ocupados para perder el tiempo en la cháchara ociosa de una mujer. Así pues, contén la lengua y déjame hablar a mí.
—Sí, Raymond.
—Y haz el favor de llamarme maese Raymond. No soy tu hermano.
—Sí, maese Raymond.
—Le contaré la verdad. No puedo hacer otra cosa. Si no le cuento lo que sucede, estaré faltando a nuestra amistad.
Naturalmente, se me había pasado por la cabeza que tal vez no encontraríamos a Lambert en su casa, que quizá se habría marchado a alguna parte a defender un caso delante de algún tribunal civil. Sin embargo, la fortuna me favoreció: cuando le di mi nombre, la hija de Lambert me anunció que en aquel momento su padre se encontraba en su scriptorium con un cliente y que no tardaría en salir. Mientras tanto, podía esperar en la cocina, que (según aprecié al primer vistazo) sólo era frecuentada por criados, peticionarios y parientes lejanos. Era evidente que el clan Galand estaba tan dotado de dinero e influencias como para disponer de otras estancias más agradables en las que reunirse. Lambert tal vez poseía incluso su propio salón reservado, como el châtelain de un castillo. Y las mujeres debían de pasar el tiempo en alcobas espaciosas y aireadas, cascando almendras y haciendo bordados de fina seda.
Desde luego, no fue su hija, sino una criada de aspecto rústico, quien me sirvió vino y ofreció queso a Bona. Lo hizo con una suerte de cortesía ausente, al tiempo que iniciaba una larga y apasionada discusión con un hombre, dos jóvenes y una chica jovencísima. La discusión parecía versar en torno a una capa que había desaparecido y sobre una persona que, evidentemente, no se hallaba allí y que atendía por el nombre de Ricaud. Éste había ofendido de una manera u otra a la mitad de los presentes, quienes hicieron repaso, criticaron y condenaron lo que el tal Ricaud había hecho durante la semana anterior. Advertí que uno de los jóvenes, un hombre bastante pomposo, había adoptado el modo de hablar de Lambert, un tanto circunspecto, y soltaba algún latinajo aquí y allá si quería impresionar a sus interlocutores.
Cuando Lambert abandonó por fin el despacho, fue este joven estirado quien me presentó, de modo que debo considerar que el empleo del latín denotaba alguna superioridad de rango.
—¡Raymond Maillot! —exclamó Lambert tras despachar educadamente a su anterior visitante—. ¿Qué os trae por aquí, amigo mío? Esto… ¿Ésta mujer viene con vos?
—Sí. Se llama Bona y vengo en su nombre.
—Bien, venid por aquí. Éste es mi despacho…
—Vuestro scriptorium.
—¡Mi sancta sanctorum, sí! Es todo lo que un hombre puede desear. Y la culminación de mi vida, os lo aseguro. Una visión del paraíso.
Era, verdaderamente, una estancia maravillosa. Las estanterías llenas de libros cubrían las paredes. En las sillas de madera labrada había cojines de terciopelo púrpura y todo el mobiliario estaba lacado y brillaba como las piedras preciosas.
—Digno de un papa —declaré, asombrado.
—Produce una sensación de confianza, ¿verdad? Si uno quiere trabajar para grandes hombres, debe ofrecer un aire de prosperidad. —Con una sonrisa, Lambert me invitó a sentarme; incluso ofreció un asiento a Bona, que dio la impresión de resistirse a ensuciar el cojín púrpura con la marca de sus posaderas—. ¿Qué os ha ocurrido en la cara, muchacho? —continuó el abogado—. ¿O debería abstenerme de preguntar?
—Me atacaron.
—¿De veras?
—Si hubo un motivo, todavía he de descubrirlo. Tal vez fui víctima de un robo frustrado, quién sabe…
Lambert sacudió la cabeza y exhaló un suspiro. Debo comentaros que todos sus movimientos estaban investidos de una especie de grandilocuencia que nada tenía que ver con su corpulencia y con sus flácidas mejillas. Sencillamente, era un hombre de gran autoridad cuyo porte magistral estaba destinado a hacerse más imperioso con el paso del tiempo. Su manera de hablar algo condescendiente, aunque no forzada, empezaba ya a sonar un poco tediosa.
—¡Que Dios nos proteja a todos! —exclamó—. Vivimos tiempos agitados, me temo.
—Desde luego. Si no lo fueran, no viviríais tan bien, maese Lambert.
El abogado se rió de mi ocurrencia.
—Sí, yo vivo de las disensiones —reconoció—. Es mi cruz. Pero ¿cómo os va el trabajo, amigo mío? He oído comentar que os han dado empleo los dominicos.
—Así es. Por lo menos, uno de ellos. El padre Amiel de Semur.
—¿Qué? —El abogado se mostró sorprendido—. ¡Pero si el padre Amiel ha recibido el encargo de investigar la muerte de Guillaume Monier!
—Bien… Así es, en cierto modo.
—¿Y vos le ayudáis?
—Sí.
—Os felicito, entonces. —Debo decir en favor de Lambert que parecía alegrarse de verdad—. Ésta clase de trabajo os servirá de recomendación ante un sinfín de dignatarios de buena posición. Curiosamente, yo también iba a… Esto… —Dirigió una mirada a Bona, volvió a fijarla en mí y dio la impresión de reformular el comentario mentalmente, antes de seguir hablando—: ¿Puedo preguntaros qué deseáis de mí, maese Raymond? Porque tengo cierta información que tal vez querríais llevar a vuestro empleador.
Así, invitado a explicar las penalidades de Bona, procedí a hacerlo. Lambert me escuchó en silencio. Cuando terminé, se volvió hacia Bona, abrió las manos y contestó:
—Ojalá pudiera ayudarte, Bona Claret, pero ya tengo muchas personas a mi cargo y no hay espacio para más. Lo siento.
—¿Y no sabéis de nadie que pudiera necesitar una criada doméstica? —inquirí. Antes de responder, el abogado se acarició el mentón.
—Perdonad que sea tan brusco, amigo mío, pero os aseguro que nadie la tomará a su servicio por recomendación vuestra —declaró.
—¡Oh!
—Tal vez si Masseo di Vico librara un documento en el que declarase que es una mujer honrada y leal…
—No hará tal cosa. No se lo puede permitir.
—¿Y la persona a la que sirvió anteriormente?
—Ha muerto.
—¡Ah!
No había nada que hacer: una mirada al rostro de Lambert me bastó para saberlo. Así pues, pedí a Bona que saliera del despacho y, cuando se hubo marchado, pregunté cuál era la información que Lambert tenía tanto interés en trasmitir al padre Amiel. El abogado respondió que estaba cargado de años y, por tanto, conocía ciertas disputas y rivalidades que el resto del mundo ignoraba o había olvidado. Mencionó el nombre de un caballero, Etienne de Puy, y preguntó si me resultaba conocido. Le respondí que no.
—Hace bastantes años, Etienne de Puy y Guillaume Monier tuvieron un litigio — me informó Lambert—. Dicho litigio guardaba relación con un estanque situado en unas tierras que formaban parte de una prebenda bastante sustancial de Guillaume Monier. Naturalmente, sabréis que Monier fue durante un tiempo arcediano de Saint-Gilles…
—Sí.
—Pues bien, parece que construyó un molino nuevo en su terreno y, para el servicio del molino, elevó tanto la orilla del estanque que éste inundó las tierras próximas de Etienne de Puy. Pastizales y huertas, tierras buenas. El asunto terminó en los tribunales, por supuesto, pero allí no dieron satisfacción al caballero.
—¿No? ¿Cómo es eso? Ciertamente, parece que la responsabilidad era de Guillaume, ¿no? —comenté.
—Pues no, porque a Etienne le había vendido las tierras el anterior titular de la prebenda de Guillaume. Pero ese titular había sido nombrado por una autoridad local, un obispo o conde, no recuerdo, de forma ilícita. Tradicionalmente, le correspondía a esta autoridad conceder la prebenda a quien eligiese. Sin embargo, el titular que precedió al precursor de Guillaume murió mientras se dirigía a Roma. Y, en este caso, la vacante debería haberse cubierto según el deseo de la Santa Sede.
—¿De veras? ¿Es así por ley?
—Sí, desde hace unos años.
—Entonces, el predecesor de Guillaume…
—No tenía derecho a vender la tierra, aunque lo hiciera por consejo del obispo.
En consecuencia, el título de Etienne de Puy estaba en disputa. Perdió el caso, perdió la tierra y también perdió a su hijo.
—¿A su hijo?
Lambert explicó que el hijo menor del caballero se había ahogado en un salto de agua que descendía del estanque de Guillaume. Fue esta circunstancia la que endureció la determinación de Etienne de derrotar —de destruir, mejor— a Guillaume Monier.
—Llevó la disputa legal con Guillaume hasta los tribunales más altos —prosiguió Lambert—. Lo amenazó en presencia de un abogado al que conozco. Lo que os digo, amigo mío, es que Guillaume Monier tenía un enemigo acérrimo, por lo menos. Un enemigo que lo habría matado sin escrúpulos.
—Ya veo. —La confidencia que acababa de hacerme Lambert resultaba, en verdad, muy reveladora. Sin duda, el padre Amiel se alegraría de conocerla—. Pero ¿cómo pudo entrar en la habitación del camarero? ¿Y por qué hubo de extirparle las… las partes viriles?
Pero el abogado no podía ilustrarme más. Lo que me había contado era sólo una sugerencia, declaró. El padre Amiel podía disponer de ella como creyera conveniente.
—Y ahora, si me perdonáis —continuó Lambert—, me esperan en otra parte. Un asunto de suma importancia…
—¡Oh! —Me puse en pie de inmediato—. Sí, claro. Ahora mismo…
—Ojalá pudiera haberos ayudado… en lo de esa mujer, me refiero. Parece bastante inocente.
—Vos habéis sido muy amable al escucharme —fue mi respuesta. Y ésta, aparte de unas cuantas galanterías corteses, fue la sustancia de nuestra conversación. No hubo en ella nada más de importancia. Lambert Galand me acompañó en persona hasta la puerta y tuvo la amabilidad de desearle suerte a Bona en su búsqueda de colocación.
Cuando nos marchábamos, oí una fuerte discusión procedente de la cocina y me pregunté si habría regresado el infame Ricaud.
—Vaya —comenté—, la entrevista ha sido una pérdida de tiempo, lamentablemente.
—¿Y ahora, qué, Raymond? —la voz de Bona estaba cargada de llanto contenido —. No me abandones.
—No, no. Pero debo pensar…
Por desgracia, mi círculo de conocidos era tristemente menguado en cuanto a matronas respetables y cabezas de familia con posibles. Además, los pocos que conocía rechazarían con desdén la propuesta de contratar a una amiga mía, ya que, como sabéis, gozaba yo de una reputación que dejaba bastante que desear. Así pues, mientras deambulábamos sin rumbo por la rue Saint-Michel, le di vueltas y vueltas al asunto hasta que, de pronto, se me ocurrió un nombre: ¡Othon!
¿Por qué no? Othon tenía una casa (la mitad de ella, por lo menos, pues la compartía con otro correo). Tenía esposa y familia. Y, además, estaba en deuda conmigo. Nuestro último encuentro no había sido muy cordial, precisamente, pero nuestra amistad ya había capeado desacuerdos como aquél en otras ocasiones: Othon no era, debo reconocerlo, un hombre rencoroso. En cuanto a su esposa, haría lo que él dijera. Aunque, cuando pensé en ella, aflojé el paso. Demasiado bien recordaba nuestro último encuentro. La perspectiva de acercarme otra vez a la casa me resultaba tan aborrecible como sin duda lo sería también para ella.
—Debemos volver a El Gallo Negro —anuncié—. Quizá pueda ayudamos un amigo mío que suele parar allí a beber.
—Pero la dueña de la taberna…
—No se quejará de tu presencia, Bona, te lo aseguro.
Lo dije con más confianza de la que sentía, pues, por el tono de voz de mi acompañante, me daba la impresión de que Beatrice no había aceptado de buen grado la existencia de Bona. Sin duda, la consideraba una especie de afrenta, aunque debo decir que hacía mucho tiempo que Bona había dejado de inspirarme el menor sentimiento libidinoso; antes bien, sus andares descoyuntados casi me causaban repulsión, igual que su gruesa piel, que imaginaba (de forma totalmente irracional, ya lo sé) impregnada del olor del flujo menstrual.
Sin embargo, Beatrice no tenía modo de asegurarse de que mi cambio de opinión respecto a la criada fuese auténtico, y por ello, cuando entré en El Gallo Negro, adopté una actitud suplicante y hablé en tono de disculpa a mi anfitriona, que estaba de espaldas a la puerta.
—¿Beatrice? —murmuré, y ella se volvió—. Perdona, pero vengo a pedirte que extiendas tu hospitalidad, una vez más…
—¡Raymond! —No me dejó continuar el parlamento, que había preparado con tanto cuidado—. ¿Qué haces aquí?
Parecía más asustada que irritada, pero no se me escapó la hostilidad que se respiraba en el aire. Nadie me saludó, ni hubo comentarios sobre mi prolongada ausencia. Nadie requirió una canción, y el propio Gaillard, allí presente, me dio la espalda mientras se hacía el silencio en el local.
—Busco a Othon —contesté a su pregunta, a continuación de la cual alguien soltó un bufido y Beatrice contuvo el aliento.
—¡Y él te busca a ti! —exclamó—. ¡Si te encuentra, te matará, Raymond!
—¿Por qué? ¿A qué viene eso?
Beatrice descubrió en aquel momento la presencia de Bona y torció el gesto. Dejó en el mostrador la jarra de vino que llevaba en la mano, me agarró del brazo y me condujo a la trastienda. Cuando llegamos a la puerta de atrás del local, en voz baja, me puso al corriente de los hechos.
Al parecer, cuando había llegado a su casa para la colación de mediodía, Othon había encontrado a su esposa de conversación con Jean Mignard, Marie Mignard y el párroco de Othon. A continuación, se había desencadenado una pelea terrible, con intercambio de golpes. La mujer de Othon había huido a casa de su padre y mi amigo, borracho y belicoso, andaba buscándome ahora.
—Dice que lo has traicionado —murmuró Beatrice—. Que has revelado su nombre a la muchacha embarazada.
—¡Qué ridiculez! —repliqué, perplejo—. ¿Le dijo ella tal cosa? ¡Es absolutamente falso!
—Pero es lo que cree tu amigo, Raymond, y está muy enfadado. Debes marcharte de aquí antes de que vuelva. ¡Nunca he visto a nadie en un estado tan alterado, querido!
—Pero ¿adónde iré? En casa de mi madre, me buscará.
—Sí, desde luego. Pero aquí, también.
—Y está Bona… —Señalé a la muchacha con un gesto. A cierta distancia de nosotros, esperaba de pie con un aire de absoluto desamparo—. Todavía no le he encontrado colocación. Esperaba que Othon pudiera echarme una mano…
—Déjala aquí —propuso la tabernera. No estaba muy contenta, era evidente, pero la preocupación que sentía por mí superaba su incomodidad—. Puede quedarse esta noche. Mañana decidiremos qué hacemos con ella. O qué hago yo, por lo menos. En cuanto a ti, deberías marcharte de la ciudad.
—¿Qué? Oh, no.
—¡Pero Othon te matará!
—Si está sobrio, no lo hará.
—¿Y lo estará alguna vez?
—Cuando sea convocado a Palacio. —De repente, se me ocurrió que en el priorato tal vez me ofrecerían un lecho—. El padre Amiel me echará una mano. No me dejará en la estacada.
—Entonces, ve a su encuentro. Acude a él ahora mismo, Raymond. Deprisa.
—Pero…
—¡Deprisa!
Tanto temor por su parte me paralizó, socavó el arrojo del que normalmente hacía gala y me empujó a abandonar la taberna. De repente, me encontré de nuevo en el exterior, avanzando cautelosamente por la orilla de la calle y lanzando miradas furtivas a un lado y a otro. La luz del día ya menguaba y las madres empezaban a llamar a las criaturas para que entraran en casa. Decidí dar un rodeo para llegar al priorato y me desvié hacia el río en un intento de evitar el barrio de la casa de mi madre. También era mejor mantenerse a distancia de la casa de Othon, por lo que, al final, me vi obligado a utilizar la calle más frecuentada por las mujeres de vida alegre de Aviñón y pasé apuros para desembrollarme de una serie de breves diálogos con ellas.
Debo reconocer que en esa calle yo era muy conocido… y lo mismo cabía decir de Othon.
—¡Vaya, pues podéis esconderos aquí! —apuntó una de las mujeres, particularmente amistosa, cuando hube explicado mis apuros—. ¡Toda la noche, si queréis!
—Pero por un precio —apuntó otra, y se echó a reír.
—¡Oh, no! Si se queda aquí, no escapará de su perseguidor —razonó una tercera, conocida como «la Abadesa», con la frialdad de un abogado—. ¿Dónde creéis que irá Othon, si busca consuelo? No, no, maese Raymond, debéis encontrar otro escondite.
—Eso haré —fue mi respuesta, pues tenía muy presente el voto que había hecho ante el padre Amiel, y aquella calle, sin duda, era una manifiesta ocasión de pecar—. Si veis a Othon, decidle que iba hacia el río. Que me proponía tomar una barca en dirección a la costa.
—¡Que Dios os proteja, maese Raymond! Me temo que tendréis que decírselo vos en persona —musitó la Abadesa. Y, entre una terrible algarabía de gritos, las mujeres se dispersaron.
Por la calzada, avanzando con pesadas zancadas, venía Othon.