El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 34 de 45

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El escribano

Canto X

Finalmente, no fui a ver a Durand Rouiard aquella tarde, sino que lo hice al día siguiente.

Debo confesar que pasé buena parte de la noche dando vueltas en la cama sin poder dormir del pánico que me daba la tarea que tenía por delante. Tal vez os preguntaréis por qué a un hombre tan hundido en la depravación, tan aferrado al vicio, le molestaba tanto tener que decir unas cuantas mentiras. En realidad, no me inquietaban tanto las mentiras en sí mismas como mi habilidad para expresarlas con un estilo creíble y convincente. Además, pensé, ¿y si Rouiard me desafiaba, me miraba a los ojos y me decía que estaba equivocado y que hiciera lo que me pareciese? ¿Qué haría yo entonces?

Por la mañana, me levanté un poco antes de lo que solía para asistir a misa. Ésta constituyó, como el padre Amiel había prometido, un espectáculo glorioso y emocionante. La iglesia estaba adornada con tapices de seda y rebosaba de grandes velas de cera encendidas, tantas y tan perfumadas que casi mareaban. El oro y la plata del altar resplandecían. La música fue para mí motivo de felicidad. Cada conductus, o himno procesionario, era interpretado con gran entusiasmo por el tambor, el salterio, la vihuela y el rabel, con el acompañamiento ocasional del tamboril. Me puse a seguir el compás con el pie mientras un nutrido grupo de monjes, con sus mangas blancas flotando como alas de paloma, se movían con rítmicos pasos de un lado al otro de la iglesia. Incluso danzaron en corro; durante unos momentos muy breves y de forma contenida, pero fue una danza circular.

Por las mejillas ruborizadas y los ojos brillantes de los que bailaban supe que aquélla era una ocasión de profunda felicidad. Pero si esta felicidad derivaba de una satisfacción espiritual o del movimiento libre de sus extremidades normalmente quietas, no sabría decirlo.

Como es natural, me abstuve de tomar la Comunión. Si me hubiesen invitado a hacerlo, habría rehusado porque no me sentía debidamente purificado. En cambio, amparado en las sombras, nadie pareció percatarse de mi presencia hasta que, terminada aquella parte de las celebraciones, el padre Amiel me abordó en el claustro.

—Estáis muy elegante —me dijo, acariciando la cinta de seda de mi túnica púrpura de los días festivos. Los monjes hablaban entre ellos animadamente. Aquél día, al parecer, la comunidad había dejado de lado su voto de silencio—. Santo Domingo debe de sentirse muy gratificado con esta exhibición de riqueza.

Sin saber muy bien qué quería decir, ya que su tono de voz me sonó un tanto seco, repliqué:

—Ha sido hermosísimo, padre.

—Sí, muy hermoso. Emociona, ¿verdad? Pero deberíais quitaros esas prendas antes de hablar con Durand Rouiard, hijo. La ropa festiva no es adecuada para un hombre que sufre de amores no correspondidos.

—Padre… —dije, dubitativo, y él levantó la cabeza para mirarme.

—¿Qué?

—Padre, ¿podría pediros un antojo? Resulta que no me siento cómodo en la tarea que me habéis encomendado y…

—Pues debéis llevarla a cabo, Raymond.

—¡Oh sí, desde luego! Ya lo sé… Pero un poco de vino me levantaría el ánimo.

—¡Ah!

—Sólo un poco, padre. Unas gotas.

—Bien. Id a la cocina y decidle al hermano Pierre que vais de mi parte. Él os dará un poco de vino.

—Gracias, muchas gracias, padre.

Mientras me alejaba, el dominico me recordó:

—¡No olvidéis quitaros esa ropa, hijo!

Me pregunté con un fugaz asomo de hilaridad qué habrían pensado los otros frailes de tal recomendación, pues tenía, debo admitirlo, cierto cariz indecente.

Armado con el nombre del padre Amiel, conseguí una jarra de vino con facilidad. El hermano lego que me la ofreció estaba distraído con los ayudantes de cocina que llegaban de todos lados y lo acosaban a preguntas acerca de los pollos, los pasteles o las hierbas. Aprovechando la lógica confusión que causaba el hecho de que pronto dos obispos, un cardenal y cuatro caballeros se sentarían a la mesa en el refectorio del priorato, sustraje un puñado de almendras con miel de un plato y las escondí enseguida en la tripa.

Luego, me cambié de ropa y fui al encuentro de Durand Rouiard.

Como albergaba la esperanza de que Rouiard hubiese santificado la festividad de santo Domingo, me decepcionó encontrármelo en su despacho de la Oficina de Preces. Creo recordar que os he descripto en algún otro momento al escribano como un hombre meticuloso, peculiar e inofensivo. En concordancia con estas características, su aspecto resultaba casi tan pulcro y tan normal como el del padre Amiel, aunque era más alto y corpulento, con unas facciones más duras, los ojos más pequeños y el color de la tez aceitunado, en vez de pálido. Tenía las manos muy grandes y los hombros caídos. Como era previsible, dominaba por completo ese gesto, que denota un tedio abrumador y un absoluto desinterés, que todo funcionario papal exhibe cuando trata con los peticionarios legos. Y, como yo no era otra cosa, no dudó en dedicármelo cuando hube esperado en silencio cerca de él el tiempo suficiente como para irritarlo.

—¿Sí? —dijo.

—¿Sois el padre Durand Rouiard?

—Sí.

—Padre, tengo un problema que debéis resolver.

Un suspiro de cansancio, una ceja enarcada.

—Si habéis venido a buscar una petición —dijo con la voz átona de quien recita un consejo gastado de tanto repetirlo—, debéis mirar primero en el Liber de vacantibus…

—No, padre, no se trata de una petición. Se trata de un libro… un libro muy peligroso que obró en poder del padre Guillaume Monier.

Rouiard frunció el entrecejo. Luego palideció y murmuró:

—¿Qué estáis diciendo?

Incliné la cabeza para hablarle al oído y le expliqué en voz baja que el libro estaba ahora en manos del padre Amiel. Le conté que el dominico (que había ejercido de inquisidor de la depravación herética) se dedicaba a descubrir la identidad de los responsables de ciertas glosas que había en el texto. Él aún no había reconocido la caligrafía de Durand, dije, pero yo sí. Y a menos que él, Durand, me ayudara, pondría lo que sabía en conocimiento del padre Amiel.

Mientras hablaba, temí que oyera los latidos desenfrenados de mi corazón y viera el sudor que empezaba a empaparme la raíz de los cabellos.

—Vos… vos… —tartamudeó.

Era evidente que el asombro le impedía expresarse con coherencia. Aprovechándome de este hecho, le pedí que se reuniera conmigo aquella noche en El Gallo Negro. Entonces, antes de que recobrara el aplomo —y antes de que mi credibilidad se viera comprometida por alguna palabra que delatara mi falsedad—, me despedí de él. A decir verdad, huí de la habitación, del edificio y del barrio en el que se hallaba ubicado. Me metí en un callejón y me confundí con los transeúntes. Hasta que estuve muy lejos de su alcance, no se me ocurrió pensar en qué sucedería si aquella noche el padre Amiel no podía acudir a la cita.

Perplejo, me detuve en seco. No sabía si la celebración de la fiesta de santo Domingo se prolongaría hasta las completas y más allá. ¿Las obligaciones religiosas impedirían al padre Amiel esconderse bajo la cama de Beatrice? Me recriminé por mi estupidez, mi atolondramiento y mi incapacidad para prever aquella posibilidad antes de abrir la boca. Me habría dado de bofetadas. De hecho, me di palmadas en la sien, para consternación de los transeúntes. Durante un instante, acaricié la idea de volver en busca de Durand Rouiard y retrasar la fecha de mi invitación, pero enseguida la descarté. Hacerla significaría darle la oportunidad de protestar, de desafiarme, de hacerme más preguntas. No podía arriesgarme a hablar de nuevo con él sin antes haberle pedido permiso al padre Amiel, cuando menos. No podía arriesgarme a otro fracaso miserable.

No. Tendría que regresar al priorato con el rabo entre las piernas. Tendría que presentarme ante el padre Amiel con el relato completo de mi incompetencia y esperar su decisión.

Os aseguro que habría matado por una jarra de vino. Mi mismísima alma anhelaba una visita a El Gallo Negro, pero resistí la tentación de esconderme bajo las faldas de Beatrice, pues una acción así habría corroborado que era un estúpido y un cobarde. En cambio (y ésta sí que fue una acción valerosa, no os llevéis a engaño), regresé al priorato, donde puede hablar con el padre Amiel mientras esperábamos para lavarnos las manos antes de la gran colación.

—Padre —le dije, situándome a su lado.

—¡Raymond! —exclamó, volviéndose hacia mí con una sonrisa. A nuestro alrededor, el claustro era una efervescencia de comentarios en voz baja porque un obispo de elegantes ropajes— el sobrino del papa Juan, obispo de Aviñón —entraba con paso majestuoso en el refectorio.

—¿Cómo ha ido?

—Esto… Bien, bastante bien.

—Excelente.

—Salvo que…

—¿Qué?

—Es que… —Tuve que tragar saliva antes de terminar—. Es que le he pedido a Rouiard que nos encontremos esta noche.

—¿Ésta noche? —repitió.

—¿Hay algún inconveniente?

El monje apartó la mirada, respiró hondo y se mordió el labio superior. Luego, con una voz que casi se quebraba de rabia e incredulidad contenidas, declaró:

—Tal vez os haya pasado por alto, Raymond, que hoy es la festividad de santo Domingo.

—Pero esta noche…

—Ésta noche habrá ciertas plegarias, unas vigilias.

—Perdonadme, padre.

—Callad. Dejadme pensar.

—Si volviera y…

—Chitón.

Se llevó la mano a la frente, pensativo. Yo, muerto de vergüenza, clavé la vista en el suelo. Nadie más me habló ni me miró; estaba convencido de que a los frailes les habían ordenado que no conversaran conmigo, o que sólo me hablaran en respuesta a una pregunta o si se lo pedía un superior.

—No puedo marcharme del priorato —anunció por fin el padre Amiel—. No puedo: sería inaceptable. —Para mi asombro, dio un fuerte pisotón en el suelo, expresando su frustración de una manera muy infantil y vulgar, para tratarse de un monje dominico—. Pero tenemos que hacerlo de todos modos —añadió—. Los hermanos legos no están obligados a asistir a las completas, por lo que puedo enviar a uno de ellos en mi lugar, para que presencie lo que ocurra en la taberna; luego, lo haré testificar y, con su testimonio y el vuestro, podré obligar a Durand Rouiard a confesar. —El monje me miró de nuevo a los ojos y habló con un tono de voz en el que no había ni un ápice de calidez—. Esperad mis instrucciones. Deberéis salir de aquí temprano, no fuera a suceder que Rouiard os sorprendiera antes de que vuestro acompañante estuviese adecuadamente escondido. Si os quedáis en la celda, sabré que os puedo encontrar allí. ¿Habéis comprendido?

—Sí, padre.

—Muy bien.

—Padre…

Pero él ya se había alejado y entraba en el refectorio detrás de los monjes de su congregación. Lo seguí, terriblemente mortificado, con un pequeño grupo de invitados más humildes: varios escuderos, un sacerdote, otro escribano y un comerciante local muy estimado por sus generosas donaciones a las arcas del priorato.

Aunque nos sentamos muy lejos de los obispos y de los caballeros, la etiqueta dictaba que nos sirvieran inmediatamente después que a ellos y estoy convencido de que ninguno se sintió desairado. ¿Por qué iban a molestarse? La comida fue digna de un rey. Normalmente, en el refectorio se comía en silencio mientras un monje leía las Sagradas Escrituras u otro texto piadoso. Aquél día, sin embargo, sonaban melodías interpretadas al arpa y los invitados más ilustres intercambiaban plácidos comentarios con el prior, el subprior y otros miembros distinguidos de la congregación, incluido el padre Amiel.

Y, en lo referente a la comida, fue un banquete espléndido: perdices, patos y pichones asados, arenques salados y un pescado de carne muy roja, ganso relleno de castañas, salchichas de ajo, alubias blancas, col en salsa de mantequilla, fresas, quesos tiernos, tarta de puerros, tartas de especias, pan, nueces y vino suficiente para anegar todo Aviñón. Y, sin embargo, yo no podía tragar nada que no fuera el vino. Me sentía terriblemente desgraciado. Con mi zarrapastroso sayo marrón, rodeado de hermosas sedas, mi aspecto debía de ser de lo más patético, pues en varias ocasiones el escudero que estaba sentado delante de mí, un alegre joven de cabellos castaños, me ofreció con muchas sonrisas y movimientos de cabeza algunos platos suculentos (el ganso, por ejemplo) que en circunstancias normales habrían hecho sonreír de placer a cualquier hombre.

Sin embargo, no había, ¡ay de mí!, nada que me alegrase, ni siquiera el ganso. Llevaba días turbado por una vaga sensación de desaliento que finalmente se había convertido en un nubarrón denso y negro. Probé un bocado de salchicha, desmenucé el ganso sin comerlo y, al terminar, después de que el cardenal y los dos obispos hubiesen dado gracias a Dios por aquella opípara comida corrí a mi celda entre una multitud de frailes con la cara manchada de grasa y allí esperé al padre Amiel.

Éste apareció después de las vísperas, acompañado de un hermano lego llamado Enguerrand. Cuando llamó, yo me había dormido y, al despertarme de repente, me caí de la cama. Cuando ambos entraron en la celda, yo me agarraba una dolorida rodilla. El hermano Enguerrand debió pensar que yo era un individuo de lo más raro, con la ropa desarreglada, los ojos turbios, los gruñidos de dolor y las contorsiones faciales, aunque el padre Amiel quizá ya lo había puesto al corriente de mis peculiaridades. Fuera lo que fuese, me contempló como un búho. Se trataba de un viejo huesudo, seco y arrugado, con la cara picada de viruelas, la piel muy oscura y las manos encallecidas. De mediana estatura, vestía un hábito demasiado grande y una capa que, forrada de seda y de un color escarlata intenso, no era en absoluto apropiada para aquella estación del año. De repente, comprendí que aquellas prendas de vestir debían de ser un disfraz, puesto que los hermanos legos llevan normalmente unas túnicas sencillas de corte vagamente monástico. Era evidente que se había vestido con la primera ropa vieja que habían encontrado en la limosnería.

—El padre Enguerrand tiene una memoria excelente —declaró el padre Amiel—. Os acompañará a la taberna, maese Raymond, y se esconderá en la habitación donde os entrevistaréis con Durand Rouiard. No alertéis a Rouiard de su presencia; limitaos a exponerle vuestras cuitas, pedidle que describa los ritos que él haría para ayudaros y, a continuación, dejad que se marche. Cuando llegue el momento oportuno, yo lo interrogaré.

—Sí, padre.

—Será mejor que os vayáis. Mañana por la mañana hablaremos. Recordad, por favor, que tenéis que presionar a Rouiard para que exponga los detalles del sortilegio que pretende llevar a cabo. Cuantos más detalles aporte, más satisfecho quedaré. — Tras esto, volviéndose al hermano Enguerrand, añadió—: Gracias hermano, os estoy de lo más agradecido.

—Padre… —empecé a decir.

—¿Qué?

El monje me petrificó con una mirada carente de emoción.

No tuve el valor de continuar.

—Nada —musité, y él se volvió y salió de la habitación. No podría describir lo abrumado que me sentía. Ni hundiendo el rostro en el cieno y lamiendo el polvo como una serpiente habría podido expresar la sensación de inutilidad que me atenazaba. Quería lanzarme a los pies del padre Amiel, presentarle mis tartamudeantes excusas y arrancarle una sonrisa de afecto.

Sin embargo, con el hermano Enguerrand allí mirándome, fui incapaz de hacer ninguna de aquellas cosas. A lo único que acerté fue a arreglarme la ropa, pasarme la mano por el cabello y dirigirme a buen paso hacia El Gallo Negro, como si la compañía de Enguerrand, su presencia muda y sombría, no me desazonara lo más mínimo.

Y lo que viene a continuación es el desgraciado relato de mi incompresible ignominia.

¡Oh, amigas, amigos! No soy un hombre, soy un gusano. Sacudiré la cabeza y os alejaréis. Me consideraréis, y con toda la razón, un majadero, un borracho, un débil de espíritu y un libertino, ¿y cómo voy a defenderme? Fui todas esas cosas, porque fijaos en lo que hice cuando llegué a El Gallo Negro.

El local estaba abarrotado de borrachines felices que llenaban la sala principal de un alboroto ensordecedor, y entre ellos se contaba Othon…, ya bien encurtido en su vinagre favorito. Al verme, me saludó con un grito de alegría y, tambaleante, se puso en pie.

Beatrice, sin embargo, me alcanzó primero.

—¿Raymond? —dijo—. ¿Quién es éste?

—Es Enguerrand. El hermano Enguerrand —añadí bajando la voz.

—¡Oh! —Su expresión cambió al tiempo que miraba al hermano lego, que la observaba a su vez con un semblante pétreo.

—La cita es esta noche —murmuré—. El hermano Enguerrand necesitará vuestra cama.

—¡Ah, sí! Sí, venid. —Nos condujo escaleras arriba y nos hizo pasar a su alcoba, que estaba llena de cubas de vino y sacos de harina. Le indiqué al hermano Enguerrand que se metiera debajo de la cama, y he de reconocer que, cuando desapareció de mi vista su frente oscura como el cuero y siempre arrugada, sentí un gran alivio. Entonces, Beatrice preguntó si me quedaría en la alcoba o bajaría al establecimiento, y yo dudé.

En realidad, no deseaba imponer mi compañía a personas que la consideraban ofensiva; pero, por otro lado, quedarme en aquel silencioso dormitorio, soportando la presencia ominosa del hermano Enguerrand por más invisible que ésta fuera, tampoco era una perspectiva demasiado apetecible.

—Tal vez —farfullé—, tal vez sería mejor que bajase a la taberna por si a mi visitante le asusta todo ese ruido.

—Sí —dijo Beatrice—. Baja y siéntate en la cocina.

—La cocina. Sí, por supuesto. Puedo esperar en la cocina.

—Ven.

Como podéis ver, mis intenciones eran buenas, pero, cuando llegué al pie de la escalera, Othon se lanzó sobre mí e insistió en que bebiera con él, recordándome que todo lo que tomase corría de su cuenta. Comentó que mi nariz se veía casi curada y que los amigos me echaban de menos. No sé a qué amigos se refería (como no estuviera hablando sólo de él), pero en mi lamentable y apesadumbrado estado, sus palabras fueron un bálsamo para mi alma. Lo miré sin saber qué hacer.

—Ven —gritó—. Ésta pelea ha emponzoñado el aire demasiado tiempo. ¡Gaillard, Raymond! ¡Daos el beso de la paz!

Llegado este punto, un desafortunado espectador hizo una broma de mal gusto sobre los besos de Gaillard, ante lo que Othon se lanzó sobre él, de modo que me quedé solo frente a mi amigo. Esbocé una incómoda sonrisa y él me la devolvió. A continuación, con una hostilidad tan contenida que casi resultaba indetectable, me preguntó dónde vivía.

—Me han contado que tu hermano ya ha alquilado tu habitación —añadió antes de que yo pudiera responder—. ¿Es eso cierto, Raymond?

—¿Qué? —pregunté como un estúpido—. ¿Qué quieres decir?

—Sí, yo también lo he oído —terció Bernard—. Me han dicho que salió y encontró a un estudiante, un estudiante de medicina…

—¿Y lo han alojado en mi cuarto?

—Eso dicen.

—Pero… pero…

—Olvídate de tu hermano, vamos. —Tras haber dado una buena tunda al hombre cuya boca lo había ofendido, Othon se volvió hacia mí, revigorizado y jovial—. No es más que un olor pestilente. Olvida a tu hermano. Y olvida a ese monje; tu lugar es éste y nosotros somos tu gente. Siéntate, Raymond, y disfruta. ¿Por qué preocuparse? Al final, la muerte nos llegará a todos.

Aturullado y conmovido, miré a mi alrededor. La taberna era un mar de caras boquiabiertas y empapadas de sudor. El olor del vino era irresistible y el local estaba cargado de humo.

—¿Ya te has hecho monje? —preguntó entonces Gaillard, y todos rieron ruidosamente, me dieron palmadas y sacudidas y me hicieron sitio en su banco. Alguien me puso una jarra de vino en las manos. Othon comenzó a señalar todas las cicatrices que me había dejado en la cara, asegurando que me daban un aire «más fuerte y valiente», y al escuchar el relato pormenorizado de mis heridas, Gaillard susurró que él también había sufrido. Pero añadió que, como yo seguía siendo leal a Othon después de cuanto había soportado, él también se adheriría a la fraternidad de las jarras y continuaría siendo fiel a nuestra amistad.

—¡Bebe, Raymond! ¡Apura hasta el fondo! —dijo Othon. Obediente, vacié la jarra de un solo trago, me sequé la boca y en medio de los gritos jocosos de mis compañeros, pedí otra.

Al cabo de poco, estaba borracho como una cuba y me había sumado ruidosamente al bullicio general.

Había que decir en mi defensa que llevaba todo el día empinando el codo. Primero, la jarra de vino de la cocina del priorato; después, las abundantes cantidades de vino fuerte durante el almuerzo de celebración, en el que, como recordaréis, apenas había probado bocado. Así que, cuando volví a mojar el gaznate con aquella bendita bebida en la taberna de Beatrice, el efecto fue potente e inmediato. Empecé a sentirme feliz. Empecé a sentirme amado. Bebí más vino y canté unas canciones y recité varios poemas lascivos sobre frailes y monjas y la Lanza Sagrada, que mis compañeros recibieron con grandes risotadas. Luego, Othon nos obsequió con un relato de sus intentos de encontrarle un marido respetable a Marie Mignard y que también provocó incontenibles carcajadas. Incluso Beatrice se sumó a la juerga. (Ahora, cuando lo pienso, creo que estaba de lo más contenta al verme desempeñando mi viejo papel). Nos regañó con severidad maternal y después hizo un truco de magia con una alubia. La velada se animaba por momentos. Dos hombres se bajaron los pantalones y se entregaron a una obscena «pelea de espadas». Y en aquel momento, mientras yo entretenía al grupo con una canción de lo más vulgar en la que, jugando

con la palabra «conveniente»[1]: —es decir, transformando «covinen» en «con vit nen», uno provoca grititos de protesta entre las damas, Durand Rouiard entró en la taberna.

—Bien adentro, bien adentro —canté—, un marido es lo conveniente… —Al descubrir al canónico, que llevaba una gruesa capa con capucha, me enfurecí: no me apetecía nada interrumpir la canción—. ¡Largo! —grité—. ¡Beatriz, dile que se marche!

—¿Estás seguro?

—¡Sí, sí!

—Pero…

—Que se vaya. ¡No quiero nada con ninguno de ellos!

¡Oh, cómo se revolcó mi alma en el lodo! ¿Podéis creer tal cosa? Sin un pensamiento, sin una vacilación, sin el menor asomo de duda, despedí a la mismísima razón de mi presencia en El Gallo Negro. Y, fijaos bien, aún seguí agravando mi pecado cuando, después de despachar a Rouiard, pasé a esa esfera de la ebriedad en la que reina la oscuridad y el tiempo no cuenta.

En efecto, de aquella noche no recuerdo nada más.

Me han contado que critiqué a los monjes, de los que dije que eran una raza de eunucos sin savia. Me han contado que me volví de lo más afectuoso en mi trato con Beatrice, la cual, llegado cierto punto, me recordó que el representante del priorato todavía estaba oculto debajo de la cama. En mi estado de confusión, decidí representar el papel del amante ultrajado y tambaleándome por las escaleras, saqué a rastras de su escondite al hermano Enguerrand. En mi ebriedad, lo acusé de haber intentado mancillar el honor de una dama. ¿Qué? ¿Tenía la intención de atacar a Beatrice con su marchito miembro mientras ella dormía indefensa? Eso no era propio de hombres.

Cuando lo hube pateado escaleras abajo, me volví hacia Beatrice, que estaba a mi lado. Me lancé encima de ella y caímos en su cama. Pero recordad, por favor, las consecuencias inevitables de un exceso de vino. Recordad que cada hombre tiene dos cabezas y que la que en ocasiones asoma del pantalón es tan sensible a los efectos aletargantes del vino como la que lleva el sombrero.

Por decirlo con contundencia: no alcancé la satisfacción. En realidad, me dormí enseguida y se me permitió amablemente quedarme en la cama hasta la mañana siguiente. Mi único consuelo es que no manché de vómitos la ropa de cama de mi anfitriona, aunque de la reflexión sobre mi control a ese respecto no extraigo placer alguno.

Fui una carga y un borracho. Ronqué toda la noche y, no me cabe la menor duda, emití muchos estallidos tormentosos de aire pestilente. Sudé a discreción. Babeé y gemí y, mucho después: de que Beatrice se levantara para dar comienzo a su jornada de trabajo, me desperté sabiendo que, con una sola orgía, había destruido mi vida completa y efectivamente.