El escribano
Canto VII
Permitidme que os explique: sabed que una vez me quedé prendado de la hija de cierto escribano con el que hice mi aprendizaje. Se trataba de un hombre viudo y su hija llevaba la casa, pues, al parecer, no albergaba deseos de casarse y convertirse en el ama del patrimonio de otro hombre. Era una mujer alta, imperiosa y capaz, diez años al menos mayor que yo, que se llamaba Dulcie Poisson. Me enamoré de su porte majestuoso y de su voz profunda y modulada. Como había recibido una educación harto más amplia que la mayor parte de sus congéneres, incluso sabía leer latín, y aquella habilidad suya también me atrajo.
Sin embargo, Dulcie no estaba interesada en un estudiante inexperto. Si bien le gustaba mantener conversaciones de altos vuelos conmigo mientras hacía las labores de la casa, desdeñaba mis discursitos y expresiones de devoción. En realidad, había rechazado a un número considerable de pretendientes y, cuando su padre murió, se recluyó en un convento, del cual, a buen seguro, fue nombrada abadesa al poco tiempo. Quizá debería yo haber previsto que algún día haría el voto de castidad porque, cuando hablaba de los hombres, apenas podía disimular su desprecio. A veces podía infligir profundas heridas con la lengua, y fue después de sufrir una de esas lesiones cuando abordé a su doncella, Bona, en busca de consuelo. Yo no sabía, a la sazón, el apellido de Bona ni intenté averiguado. Lo único que sabía era que se trataba de una muchacha predispuesta, pues una noche me siguió hasta el río, escondiéndose tras las tapias cada vez que yo volvía la mirarla.
Aunque nuestra cópula no fue de esas que dejan una huella imborrable en el corazón, habida cuenta de su breve duración y de su incomodidad, recuerdo claramente su rostro. Era ella quien siempre me abría la puerta de la casa de Dulcie, como san Pedro abre la puerta del Cielo, por lo que sus rasgos se han quedado grabados en mi recuerdo. Cuando la vi aparecer de repente entre las tinieblas de aquel cuarto carcelario, reconocí de inmediato su mentón largo y carnoso y sus ojillos redondos, más envejecidos que en nuestro último encuentro. Iba desacostumbradamente bien vestida y la acompañaba un letrado.
Me quedé mirándola unos instantes, paralizado. Luego, hundí la barbilla en el pecho y clavé la mirada en el pergamino que tenía delante, al tiempo que intentaba ocultar mi cara con la mano. Me pregunté qué había hecho yo para merecer aquel desgraciado destino. ¿Me despediría el padre Amiel si se enteraba de la verdad? Quería escapar, pero no me atrevía a alzar de nuevo los ojos. Era tal mi incomodidad que apenas fui consciente del intercambio de palabras entre el dominico y el letrado de Bona, que había sido contratado por Masseodi Vico para que defendiera a la joven. Mientras yo sudaba a mares y me inquietaba, el padre Amiel señalaba que no había nada que defender porque Bona era testigo y, por lo tanto, no tenía derecho a representación legal. Era el argumento que ya había utilizado contra Lothaire Lagarrigue y, una vez más, resultó efectivo en grado sumo.
Al cabo de muy poco tiempo, había conseguido despedir al letrado a pesar de su resistencia a marcharse. Y no sabría deciros si Bona lamentó que se fuera, porque me daba miedo mirarla; pero cuando pronunció el juramento, su voz sonó firme y recordé que era una muchacha más bien simple y de carácter alegre, y que siempre había exhibido una curiosa irreverencia en el trato con las personas de rango más elevado. En realidad, no parecía reconocer las diferencias sociales y hablaba con la misma animación y familiaridad a un caballero y a un jurista que a un buhonero o a un herrero. Yo siempre creí que era tan simple que no advertía que no eran iguales.
Y allí, en la lobreguez de la cárcel, no parecían impresionar mucho la amenazadora armadura de los centinelas ni la intimidatoria formalidad del proceso. Quizá lo único que notó fue la escasez de ventanas, el aire aburrido de los soldados y la voz suave de aquel monje menudo. O tal vez la animaba en cierto modo mi presencia allí, pues respondió a las preguntas del padre Amiel con más valentía de la que yo esperaba.
—Le dijiste a Lothaire Lagarrigue que viste a Masseo di Vico hacer un hechizo —comentó el monje en la lengua vulgar y hablando muy despacio, con mucha claridad, como si le preocupase que, de otro modo, Bona no lo comprendiese—. Cuéntame cómo fue.
Ella respiró hondo y luego expelió el aire en forma de un leve suspiro, que a mi oído sonó como una expresión de asombro.
—¡Ya lo sabéis! —exclamó la mujer.
—Contesta a mi pregunta, por favor.
—Lothaire ya os lo ha contado.
—Contesta a mi pregunta, Bona, te lo ruego.
—Sí, por supuesto, pero es muy extraño. —Sin decir qué era extraño ni por qué, empezó a repetir la historia que le había contado a Lothaire Lagarrigue—. Subí las escaleras hasta la alcoba —comenzó—, porque me gusta cuidar de la ropa de mi ama, y oí al amo y a su hijo cantando en una lengua extranjera…
—¿Masseo di Vico y su hijo Girolamo?
—Sí. Y entonces miré y vi que estaban juntos al lado de una mesa. Girolamo sostenía una taza y el señor escurría agua sanguinolenta de un paño blanco.
—¿Cómo sabes que era agua sanguinolenta? —inquirió el padre Amiel—. La coloración rojiza puede deberse a muchas causas.
Se produjo un largo silencio. Sin atreverme a levantar la cabeza, sólo pude imaginar que Bona estaba sopesando, con cierto esfuerzo, la pregunta del dominico.
—Lo que había en el paño parecía sangre. Tenía que ser sangre. No era vino ni tinte.
—¿Y comprendiste el significado de aquel acto? —quiso saber el padre Amiel—. ¿Te diste cuenta de que estaban recitando un conjuro?
—¡Oh, sí!
—¿Y no dijiste nada?
—No, porque yo no tenía por qué estar allí. Ellos creían que estaba en la cocina.
—Hija mía —dijo el dominico con paciencia—, ¿por qué no informaste de lo acontecido al sacerdote de tu parroquia? Él te habría dicho que la brujería es mala.
—¡Pues claro! —Por primera vez, Bona perdió la ecuanimidad. Su voz sonó un tanto ansiosa—. Si el amo hubiese estado echando una maldición a alguien, habría acudido al padre Hugues, pero creí que estaba haciendo un conjuro de amor. Y un conjuro de amor es bueno, no es malo.
—¿Por qué dices eso?
La testigo volvió a dudar. Cuando habló de nuevo, parecía confundida.
—Porque con él nadie se hace daño —respondió—. Porque el amor es una cosa buena.
—No es una cosa buena si es objeto de nigromancia —replicó el padre Amiel con menos fuerza de la que cabía esperar. No puedo deciros si Bona lo comprendió o no, porque yo seguía intentando taparme la cara y no vi su expresión. En cualquier caso, el dominico debió de considerar que corregir los errores de una mujer ignorante no era tarea a la que tuviera que dedicar su tiempo, pues pasó a la siguiente pregunta—. ¿Por qué creíste que tu amo estaba haciendo un hechizo de amor?
—Porque Emilia está prometida.
—¿Emilia? ¿Su hija?
—Sí. Ya sabéis, cuando la chica tiene su primer flujo menstrual, debe guardarlo y, si más adelante se lo da a beber en secreto al marido, éste la amará siempre. —Bona podía haberse referido a la preparación de una sopa o de una salchicha, tal era el pragmatismo con el que hablaba—. Yo creía que el amo estaba preparando una pócima para el prometido de Emilia —explicó.
Sin lugar a dudas, llegado este punto, seguro que querréis que os describa la expresión del padre Amiel. Sin lugar a dudas os preguntáis qué cara pone un dominico cuando se entera de que a algunos hombres se les da a beber sangre menstrual sin que lo sepan. Me temo, amigos, que no podré satisfacer vuestra curiosidad porque, no queriendo mostrar mi propia cara, no tuve la osadía de examinar la suya.
Si experimentó asco o conmoción, no había en su voz ni rastro de tales sentimientos cuando volvió a dirigirse a la testigo.
—¿Quién te contó que había que guardar el primer menstruo? —le preguntó con frialdad.
—Na Munda Giraud —respondió Bona.
—¿Y quién es Munda Giraud?
—Fue mi primera ama. Los fluidos corporales me llegaron por primera vez cuando estaba a su servicio, y me dijo que guardara el paño que los había empapado.
—Comprendo.
—Y funcionó —concluyó Bona—, porque en una ocasión puse el trapo en el vino de él y después me besó y su carne se mezcló con la mía.
¡Malditos sean los fornicadores! Al fin, mis peores temores se convertían en realidad. No tuve que ver el gesto de Bona para saber que al decir «de él» me estaba señalando a mí. El padre Amiel, sin embargo, parecía desconcertado. Cuando dejé caer la pluma y me tapé los ojos con las dos manos, le pidió que aclarase su respuesta.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó—. ¿Te refieres a este hombre aquí sentado?
—Sí.
—¿A Raymond Maillot?
—Sí.
—¿Le diste vino mezclado con tu primer menstruo?
—Sí.
Por unos instantes creí que iba a vomitar y me llevé las manos de los ojos a la boca mientras el dominico me miraba, presa de una intensa emoción inidentificable.
—Estaba enamorado de mi ama —prosiguió Bona—, pero yo lo deseaba y por eso utilicé el paño. —Tras una pausa en la que pareció reflexionar, añadió—: Tal vez tendría que haberlo dejado en su vino más tiempo, porque sólo estuvo conmigo una vez y después apenas volvió a hablarme.
¡Oh, amigos míos, qué vergüenza! ¡Qué mortificación! Si hubiese podido esfumarme, lo habría hecho, y os aseguro que habría acogido la muerte como una liberación, pero me complace informaros de que mi liberación, cuando llegó, no requirió de un trance tan espantoso.
Aconteció así: durante unos instantes, el padre Amiel hizo tamborilear los dedos, muy despacio, sobre la mesa. Acto seguido, carraspeó, me ordenó que agarrara la pluma y, dirigiéndose de nuevo a la testigo, le preguntó, para mi alivio, si Munda había hablado de algo relacionado con la brujería.
Antes de que os cuente la respuesta de Bona debo decir que, en aquel momento, creí que la joven estaba llena de malas intenciones. Pensé que había sacado a relucir el asunto de nuestra unión para castigarme por haberla abandonado. Ahora sé que me equivocaba. Su naturaleza era tal que aceptaba los golpes del destino sin sucumbir al remordimiento, el dolor o el enojo. Vivía siempre en el presente y dedicaba poco pensamiento al pasado.
Por ello, no se entretuvo en mi iniquidad, sino que procedió a recitar una lista de las enseñanzas perversas de Munda. No os haré un relato pormenorizado de ellas porque no son de gran interés: baste decir que en una ocasión, antes de visitar a una amiga enferma, le dijo a Bona que levantara una piedra cerca de la casa en cuya cama yacía la amiga. Si encontraba un gusano, una hormiga o cualquier cosa que se moviera, la amiga mejoraría, pero si debajo de la piedra no había nada, la amiga moriría.
En otra ocasión le ordenó que hiciera un hueco entre las brasas del hogar de la cocina y que pusiera granos de cebada en su interior. Como los granos no saltaron, Munda declaró que la casa se hallaba a salvo de un incendio devastador que estaba quemando varias propiedades vecinas.
El padre Amiel me hizo anotar con todo lujo de detalles cada uno de estos episodios. Debo confesar que me sorprendió, porque unas prácticas como las empleadas por Munda Giraud a duras penas son merecedoras de que se las clasifique de «brujería». Son cosas propias de las cocinas campesinas, junto con la camada de la marrana y los manojos de hierbas secas. Es tan difícil encontrar a una vieja que no tenga su colección de trucos y encantamientos como lo es encontrar una sin dolores en las articulaciones o a la que no le falten dientes.
No obstante, el padre Amiel insistió en pormenorizar una a una todas las cuerdas anudadas, todas las piedras escondidas y todos los espejos mánticos. Después, una vez hubo sonsacado aquellos tediosos testimonios, de repente y sin explicar por qué, decidió dejar a un lado aquel asunto para concentrarse en otras cuestiones de mayor importancia. Preguntó a Bona si alguna vez había presenciado otros actos de brujería realizados por Masseo di Vico. Cuando ella respondió que no, le preguntó por qué había hablado a Lothaire de los pecados secretos de su amo.
—A él se lo cuento todo —respondió.
—¿Porque es tu amante?
—Sí.
—¿Y cómo ha llegado a serlo?
A aquello siguió un relato largo y un tanto elíptico que el dominico escuchó con atención, aunque nada de lo que oí parecía justificar tal concentración. Cada encuentro, cada mirada, cada palabra, cada beso… Todo lo explicó Bona. Había sido una historia de lo más clandestina.
—¿Y tu amo no sabía nada al respecto? —preguntó el padre Amiel cuando Bona terminó.
—Oh, no —respondió—. Me habría despedido. Una criada de la casa fue despedida por mantener una relación con un mozo de las cuadras.
—Entonces, corrías un gran riesgo para estar con tu amante…
—Supongo que sí. —Bona pareció reflexionar sobre cuánta verdad había en las palabras del padre Amiel—. Pero una mujer ha de amar —afirmó—. Vivir sin amor es como no tener comida.
El dominico gruñó. No puedo sino imaginar qué opinaba de aquel comentario, ya que no expresó el menor desacuerdo y se limitó a decir:
—Declaraste que los mensajes que entregaba Lothaire eran siempre por escrito y que te los daba cuando le abrías la puerta de la casa. ¿Es eso cierto?
—Sí.
—Entonces, ¿nunca tuvo la oportunidad de consultar con Masseo o con ningún otro miembro de la familia?
Bona debió de responder con un gesto, porque el monje la instó a hablar, a aclarar si su respuesta era afirmativa o negativa.
—Nunca lo oí hablar con nadie más —dijo la muchacha—. Pero pudo haberlo hecho.
—¿Te pidió alguna vez que espiaras a tus amos?
—Oh, no.
—¿Te pidió alguna vez que recogieras un pelo de tu amo, un trozo de uña o un esputo, o que robaras pertenencias suyas?
—No. —Bona estaba perpleja—. ¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Te pidió alguna vez que pusieras algo en la casa de tu señor? —prosiguió el padre Amiel haciendo caso omiso de su pregunta—. ¿O en el umbral de la puerta o fuera, en el patio?
—No.
—Las cartas que te entregaba, ¿iban siempre metidas en un sobre o en una bolsa?
—No. Estaban dobladas y selladas.
—Entonces, si entre los folios hubiese habido algún objeto escondido, ¿habría caído al suelo?
—¿Qué queréis decir? —Bona estaba confundida—. ¿Objetos? ¿Qué objetos?
Tampoco esta vez prestó atención el monje a sus preguntas. De hecho, permaneció un rato callado. Levanté la vista y observé que el silencio no inquietaba a la testigo; cuando éste se prolongó, dejó de prestar atención y empezó a alisarse la falda, arreglando los pliegues de grueso lino con manos amorosas. De repente, me pregunté si aquellos hermosos ropajes no serían un regalo reciente que le había hecho Masseo di Vico para sobornarla y asegurarse de que no denunciaría a su familia. El padre Amiel quizá pensaba lo mismo, porque, de pronto, preguntó a Bona si su amo la trataba bien.
—Muy bien —respondió ella—. No me pega nunca.
—¿Te ha dado él este traje?
—¡Pues claro! —Bona se echó a reír—. ¿Cómo, si no, iba yo a comprármelo?
—¿Te lo dio en pago de un servicio especial?
—No. —La muchacha seguía alisándose la falda, con su forro de color escarlata —. Me lo dio porque… porque yo iba a repretensar…. Quiero decir reperse…
—¿Representar?
—Sí, representar a su familia.
—¿Ante este tribunal?
—Ante vos, padre. ¿Qué es un tribunal?
El dominico no respondió. Levanté la mirada y vi que el monje observaba a Bona con unos ojos colmados de emociones indescifrables. Al cabo, preguntó por los allegados de Masseo, y advertí que intentaba averiguar los sentimientos de la joven hacia ellos. Son muchos los sirvientes que, resentidos con sus amos, se alegrarían de poder acusarlos del delito de nigromancia. Sin embargo, Bona no parecía albergar odio contra el clan de los Di Vico, ya que habló de ellos sin malicia y con un obvio respeto hacia la esposa de Masseo, aunque sólo fuera por su bien provisto guardarropa.
—¿Y si pregunto al resto de los sirvientes de tu amo, me dirán lo mismo? —quiso saber el padre Amiel—. ¿Me dirán que eres feliz en tu trabajo, hija mía? Piénsalo bien, porque tengo intención de interrogarlos.
—¿Lo haréis? —replicó Bona—. Si es así, puede que el amo les reparta ropa nueva a todos.
La velada amenaza del monje no la había inquietado, por lo que éste la atacó desde un ángulo algo distinto.
—¿Te das cuenta de que, si lo que dices es cierto, tu amo será castigado por ello y tú perderás el empleo? —le señaló—. ¿Te das cuenta?
Se produjo un largo silencio.
—Supongo que sí —respondió Bona por fin. Su inseguridad era manifiesta: sin lugar a dudas, no se le habían pasado por la cabeza las posibles consecuencias de su testimonio. Ante la pregunta del dominico de si no le preocupaba ser la causante de la caída en desgracia de su amo, se rascó la cabeza, frunció el ceño y murmuró:
—Supongo que sí.
—¿Ha querido saber tu amo por qué te he hecho comparecer ante mí? — prosiguió el padre Amiel—. ¿Te ha preguntado si has divulgado habladurías sobre él?
—No, pero me ha dicho que si a su familia le ocurre algo malo, que si alguno de ellos tiene que marcharse de Aviñón, es encarcelado o algo así, yo perderé mi empleo.
—Y tú, ¿qué has dicho?
—Le he dicho que me apenaría tener que dejarlo.
—¿Sabes, Bona, por qué he querido que comparezcas?
—Bueno, supongo que por Lothaire. —Bona había creído que había sido citada porque era la amante de Lothaire y éste había sido arrestado, pero sabía que Lothaire no había matado al padre Guillaume. Nunca haría algo semejante, y por eso no la había preocupado demasiado la cuestión—. No recordé el asunto de la poción de mi amo hasta que vos lo mencionasteis —explicó—. ¿Por qué es tan importante?
Me maravilló su tenacidad. Seguía formulando preguntas cuando había quedado claro que el padre Amiel no tenía ninguna intención de contestarlas.
—¿Mentirías por tu amante? —replicó el monje.
—¡Por supuesto! —respondió Bona, alegremente.
—Entonces, ¿cómo puedo saber que estás diciendo la verdad?
—¡Porque lo he jurado sobre las Sagradas Escrituras! —De repente, su tono de voz se volvió solemne—. Si os mintiera, Dios me castigaría, padre.
—Sí, lo haría —convino el monje—. Y el castigo por levantar falsos testimonios es terrible. Te azotarían o te encarcelarían. ¿Es eso lo que quieres?
—No, padre.
—Porque si me has mentido, ése será tu sino. Tus pecados te delatarán, ¿comprendes?
—Sí, padre.
—¿Sabes quién mató al camarero del cardenal?
—No, padre.
—¿Ocultas algo acerca de Lothaire Lagarrigue?
—No, padre.
—Y ahora, mírame. —La voz del dominico era serena y, sin embargo, absolutamente imperiosa—. ¿Bona? Mírame.
Alcé la vista para ver si lo hacía. La muchacha tenía los ojos clavados en los del monje.
—Dime la verdad —decía éste—. Quiero la verdad, te lo ruego. Sé cuál es y deseo oírla.
Tal vez en otras circunstancias, con otro testigo, se habría producido una capitulación. Las palabras del padre Amiel me afectaron, desde luego. Carcomido como estaba por el sentimiento de culpa, me embargó un profundo deseo de confesar toda suerte de pecados sórdidos, pero Bona estaba hecha de materiales más fuertes o más inocentes.
—Ya os he dicho la verdad —se quejó con una actitud algo exasperada—. ¿Qué más queréis saber, padre? Lothaire es un buen hombre. Un hombre cariñoso, si no fuera porque le gusta morderme los pezones… ¿Queréis saber lo que hacemos cuando nos desnudamos? Lo mismo que todo el mundo, padre.
—Gracias, con esto basta. —El padre Amiel bajó la mirada y empezó a hojear los folios que tenía en la mesa—. Ya puedes irte.
—¿Puedo irme?
—Sí.
—¿Ahora?
—Sí.
—¡Oh!
Como podéis imaginar, llegado este punto, a mí me habría gustado esconderme debajo de la banqueta, pero alcé los ojos con valentía y vi que Bona, vacilante, se había puesto en pie y me dedicaba una plácida sonrisa.
—Adiós, Raymond —dijo.
—Adiós.
—Ha sido un placer verte de nuevo.
Soy un hombre cortés, Dios lo sabe, pero, por más que lo intenté, fui incapaz de devolverle el cumplido.