El escribano
Canto XII
Una vez completado el trabajo matinal, el padre Amiel regresó al priorato para la que, según predijo, sería «una dolorosa refección». Como era incapaz de masticar, habrían de servirle un poco de sopa, un caldo o, tal vez, leche con miel. Por mi parte, yo tomé una colación de mediodía a base de pescado y nabos con mantequilla, seguida de queso y hojuelas. Ahíto, fui a mi cámara a echar una siesta con la idea, mientras cerraba los ojos, de que el padre Amiel no tardaría en llamar a la puerta requiriendo mi presencia.
Sin embargo, cuando apareció ya estaba avanzada la tarde. Yo había llegado a la conclusión de que el dolor de muelas le impedía venir y me hallaba concentrado en la redacción de los protocolos, por lo que su llegada me tomó completamente por sorpresa. Aunque se le veía enfermo, no hubo forma de disuadirlo de regresar una vez más a la prisión, donde pidió que compareciera ante él Josserand de Ponte, el último amanuense.
Josserand era un hombre de fina estampa. Alto y erguido, de hombros anchos, tenía una presencia digna pero vigorosa y un talante franco y abierto. Si no fuera por la tonsura, lo habría tomado por un caballero; resultaba sorprendente que, con tal apariencia y tal porte, no hubiera sido ordenado todavía. Sin embargo, enseguida recordé que no se permitía acceder al sacerdocio hasta haber cumplido los veinticinco años. Además, la ordenación requiere algo más que encanto y hermosura: precisa de cierto grado de instrucción y de un patrocinador influyente. Y, si es posible, de alguna clase de prebenda.
Me pregunté, por tanto, si Josserand sería tal vez un poco lento o lerdo, a pesar de la mirada despierta con la que inspeccionó la estancia. Sin embargo, su comportamiento posterior me movió a desechar todas las dudas que pudiera albergar respecto a su inteligencia. Muy tranquilo, declaró que su familia había contratado a un abogado para que lo asistiese, pero aceptó sin aspavientos el argumento del padre Amiel de que, como no estaba acusado de brujería, no tenía derecho a representación legal. Al escuchar la palabra «brujería», sin embargo, arrugó el entrecejo con expresión de sorpresa.
—¿Vuestro encargo no era descubrir al asesino del camarero de Su Eminencia? —inquirió. Cuando el padre Amiel le comunicó que éstas eran sus instrucciones, por si aquella muerte guardaba alguna relación con el uso de las Artes Negras, Josserand movió la cabeza en gesto de negativa.
—Me parece que no tiene nada que ver —declaró—. Aunque no soy culpable de la muerte el padre Guillaume, padre, creo saber quién fue. Y no se trata de ningún brujo.
—¿De veras? —murmuró el padre Amiel, inexpresivo. Observé sus manos, completamente inmóviles—. ¿Quién, pues?
—Aimery de Sorgues —respondió Josserand.
—¿Y cómo lo sabéis?
—Por el proceso de ratiocinatio. Tengo cierta instrucción en lógica y dialéctica, padre, y la he aplicado a lo sucedido. El asesino tiene que haber sido…
—Un momento —lo interrumpió el padre Amiel, y, con indiferencia y una lentitud casi exasperante, sacó su Nuevo Testamento—. Si tenéis la bondad de jurar que diréis la verdad, hijo mío, podremos proceder como es debido. ¿Juráis por Dios Todopoderoso y las Sagradas Escrituras decir la verdad y nada más que la verdad sobre vos y los demás, vivos o muertos?
—Lo juro —asintió Josserand, impaciente por continuar, pero el dominico le hizo recitar el juramento de cabo a rabo antes de proseguir. Josserand lo pronunció con vehemencia, inclinado hacia delante en el asiento, con un brillo en los ojos y el ceño fruncido. Pese a las privaciones que conllevaba estar encarcelado, conservaba la dignidad y la fuerza de voluntad hasta cierto punto.
—Padre, el asesino tiene que haber sido un miembro de la casa del padre Guillaume —apuntó—. Las ventanas del edificio son tan estrechas que no permiten pasar a nadie capaz de matar y por la puerta no pudo entrar un alma sin que Jean Marty lo supiera, puesto que duerme junto al umbral. Y si hubiera dejado pasar a alguien, Jean sería incapaz de mantenerlo en secreto porque es demasiado simple para mentir. Por esta misma razón, no pudo ser él quien matara al padre Guillaume. Lothaire Lagarrigue, por su parte, no tenía ningún motivo para quitarle la vida, pues era primo del fallecido y éste le proporcionaba el empleo y el dinero que no encontraría en ninguna parte. (Esto lo sé porque él mismo me lo contó en cierta ocasión). Sin el padre Guillaume, Lothaire se quedaba sin amigos o influencias. En cuanto a Fulques y Renaud, dormían en mi habitación. Si aquella noche hubieran tenido un sueño agitado, me habrían despertado. Nunca consigo pegar ojo cuando murmuran en sueños, roncan o se levantan a hacer sus necesidades.
»Así pues, el culpable tuvo que ser Aimery de Sorgues. Duerme solo y pudo levantarse de la cama sin molestar a nadie. Además, tenía… Tal vez tenía… — Josserand vaciló ante la mirada atenta del padre Amiel, pero cobró ánimos y continuó, con un leve sonrojo como única señal visible de su desasosiego—: Creo que Aimery podría tener una razón para sentirse agraviado por el padre Guillaume. Una razón para cortarle los… los órganos viriles.
—¿Y cuál sería esa razón? —inquirió el padre Amiel con mucha suavidad, mientras el amanuense carraspeaba.
—Veréis, padre, una noche estaba en la cama despierto, algo indispuesto, y oí que alguien (era el camarero, estoy convencido) dejaba su alcoba y entraba en la de Aimery. Estuvo allí mucho rato, padre. —Bajo la mirada del dominico, Josserand se puso rojo como la grana—. No puedo estar seguro, pero… Habréis notado que Aimery de Sorgues tiene una… una apariencia bastante femenina —continuó—. También tiene un carácter muy sumiso y creo que es un muchacho fácil de corromper. Si así fuese, su desesperación podría ser tal que… En fin, que podría verse impulsado a cometer un acto desesperado.
En el silencio posterior, observé la expresión imperturbable del padre Amiel y temblé un poco por Josserand. Se me había ocurrido (no sabría deciros por qué) que el porte confiado del amanuense irritaba al dominico. De hecho, era indudable que la larga pausa que sucedió a la exposición de Josserand tenía el propósito de amilanarlo, de intimidarlo, casi. Aquél monje, pese a su poca presencia física, estaba dotado de una personalidad sorprendentemente imperiosa.
—Sé que parece improbable —dijo Josserand por último, para llenar el resonante vacío—, pero es la explicación más razonable, padre.
—¿Razonable? —repitió el monje—. ¿Consideráis razonable que Aimery de Sorgues se colara en la alcoba del padre Guillaume, lo matara y mutilara, escondiera los miembros cortados, se limpiara de algún modo (que no se ha aclarado, ya que nadie recuerda haber visto agua coloreada de sangre en la jofaina del difunto) y regresara a su cama, todo ello sin despertaros, a pesar de que en esa ocasión anterior oísteis al camarero abandonar la habitación y, más tarde, volver a ella?
Josserand quitó hierro al asunto:
—Padre, esa vez que oí salir al padre Guillaume, me hallaba despierto. De haber estado dormido, el ruido que hacía no me habría despertado.
—¿Y dormíais cuando lo mataron?
—Sí.
—¿Y la mañana siguiente no visteis rastros de sangre en la ropa o en las sábanas de nadie? ¿No encontrasteis ningún indicio que apuntara a quién podía haber cometido el crimen?
—No, padre.
El dominico refunfuñó y se puso a hojear los documentos que tenía delante, como si pudiera descifrar las palabras escritas en ellos.
—Según las declaraciones anteriores —dijo—, tras el descubrimiento del cadáver, vos y Lothaire Lagarrigue fuisteis a buscar al condestable. ¿Es eso cierto?
—Sí, padre.
—¿Y Lothaire no podría haber aprovechado la ocasión para desprenderse de algún objeto manchado en sangre sin que vos lo advirtierais?
—No, padre.
—¿Y, que vos sepáis, ninguno de los residentes estuvo a solas fuera de la casa, aquel día?
—Ninguno. —Josserand fue tajante—. Por lo tanto, hay que dar por hecho que Aimery arrojó por la ventana de la alcoba del padre Guillaume, durante la noche, tanto el agua ensangrentada como el… ejem… los órganos cortados. Sin duda, pensaría que cualquier perro o gato que pasara se llevaría los pudenda y que el agua se filtraría en el suelo; y así debió de suceder, padre, pues el condestable inspeccionó las inmediaciones de la casa y no encontró nada.
Me quedé sobrecogidísimo con la exposición de Josserand. Me dio la impresión de que había ofrecido una explicación muy clara y razonable de los hechos que rodeaban la muerte del padre Guillaume. El padre Amiel, en cambio, no se rindió a la lógica del discurso del amanuense, y, en lugar de referirse a sus palabras, cambió de tema.
—Decís que el camarero sodomizaba a Aimery de Sorgues —comentó, y el amanuense, incómodo, se revolvió al oírlo.
—He dicho que lo sospechaba —replicó—. Pero no puedo tener la certeza.
—¿En alguna ocasión comentasteis el asunto con Aimery, con el padre Guillaume o con algún otro amanuense?
—No, padre.
—¿Por qué no?
—Porque no podía saberlo con seguridad. —De nuevo, Josserand se puso a hablar muy deprisa, como parecía hacer cada vez que algo lo incomodaba—. Yo no… no quería perder mi posición y carecía de pruebas. De todos modos, me preocupaba. Sí que me preocupaba.
—Pero ¿os conformabais con quedaros? ¿Aceptabais vivir entre personas que sospechabais que eran sodomitas?
—¿Cómo podía estar seguro, padre? No cesaba de preguntarme si no estaría dejándome llevar por unos pensamientos ruines y pecaminosos. Rezaba muchísimo.
—¿Y vuestros rezos no se vieron recompensados con ninguna prueba? — preguntó el dominico, pronunciando despacio—. ¿No os abordó nunca el padre Guillaume con insinuaciones de carácter lascivo y antinatural?
—¡Oh, no, padre! Si lo hubiera hecho, yo…
Una pausa.
—¿Qué habríais hecho vos? —inquirió el padre Amiel—. ¿Le habríais cortado su vit?
Josserand soltó una risilla apesadumbrada.
—No, padre —respondió—. Se lo habría contado al cardenal Di Vicco.
—¿Y el cardenal os habría ayudado?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué Aimery de Sorgues no acudió a él? ¿Por qué guardó silencio?
Josserand titubeó. Levanté la vista y observé sus mejillas encendidas. Trasmitía el aire irritado y un tanto preocupado de quien se ve obligado a tratar cuestiones que le desagradan pro fundamente.
—Quizás Aimery no quería ayuda —dijo con un hilo de voz.
—¿Porque le agradaban las atenciones del padre Guillaume?
—Tal vez…
—Entonces, ¿por qué matar al hombre que satisfacía sus deseos?
—Yo… yo… —Como siempre, el fraile había conseguido sorprender y humillar al testigo. Sin embargo, a diferencia de sus colegas amanuenses de la casa, Josserand se defendió.
—Quizá lo hizo por vergüenza —replicó con tono desafiante—. Tal vez Aimery callaba por vergüenza y mató al padre Guillaume por ello.
—O tal vez existe otra explicación —dijo el dominico. Su voz sonó bastante aburrida—. ¿No se os ha ocurrido, por ejemplo, que el difunto pudiera ser víctima de la brujería?
—No —confesó Josserand—. Pero ¿existe alguna prueba real de tal cosa? Parece muy improbable.
—Eso explicaría por qué el asesino no necesitó abrir puertas para entrar en la casa… ni para salir por las mismas. —Con gesto indolente, el padre Amiel tomó en sus manos el códice de nigromancia del camarero—. ¿Habéis visto alguna vez este libro? —preguntó mientras se ponía en pie con un considerable esfuerzo y se acercaba al declarante—. Estudiadlo con atención, por favor. No debéis confundiros.
Noté que retenía el volumen, dándole vueltas ante la mirada de Josserand hasta que éste, pensativo, preguntó si pertenecía al padre Guillaume. («Tal vez lo haya visto en alguna ocasión», dijo. «Ése color tan notable…»). Sólo entonces le permitió el fraile examinar su contenido. Cuando Josserand posó la vista en los folios que trataban de nigromancia, los estudió un breve instante como si no entendiera nada y, de pronto, palideció y se apresuró a devolver el volumen al fraile.
—No lo conozco —balbuceó—. Tal vez lo viera, pero no lo he leído jamás.
—¿Lo visteis en posesión del padre Guillaume?
—Vi… vi un libro muy parecido.
—¿Reconocéis alguna de estas caligrafías, hijo mío? Fijaos bien.
Josserand reconoció enseguida la letra del padre Guillaume y así lo declaró con voz apagada. Las demás glosas estaban escritas por manos que no le resultaban familiares.
—¿Sabíais que el camarero se interesaba por la brujería? —preguntó el padre Amiel.
—No. Yo… no.
—¿Estabais al corriente de que Aimery y Fulques le ayudaban en sus empeños y han testificado al respecto?
—No —respondió Josserand con voz ronca.
—¿Conocíais que Fulques Fuelle sodomizaba con frecuencia a Aimery de Sorgues y conversaba abiertamente de su obscena lujuria con el padre Guillaume, y que los dos obtenían placer concupiscente de estas conversaciones?
Mudo de estupor, Josserand lo negó con la cabeza. Al ver el gesto, lo anoté como un «no» y me di cuenta de que el amanuense había perdido casi por completo su porte confiado del principio. Estaba sentado con los hombros algo caídos y la mirada fija en el suelo, con el padre Amiel de pie delante de él.
—¿Conocéis a Masseo di Vicco, hijo mío? —inquirió el monje.
—No.
—¿No lo habéis visto nunca?
—No, nunca.
—¿Sabéis quién es?
—Es el médico de Su Eminencia, el cardenal.
—¿Estáis al corriente de que las relaciones entre éste y el camarero eran tan malas que el padre Guillaume se sentía obligado a protegerse de la hechicería del médico con manojos de hierbas, sangre de perro y otros medios impíos?
—No —murmuró el declarante.
—Pero vos sois inteligente —apuntó el padre Amiel en tono de befa—. Sin duda sospecharíais…
—No.
—Josserand, me habéis expuesto que tenéis un sueño ligero, que habéis recibido una buena educación y que habéis evaluado a vuestros colegas de oficio en la casa y que los encontráis deficientes. ¿Ahora queréis convencerme de que, viviendo en tal antro de iniquidad, estabais ciego a las abominaciones que os rodeaban?
Se produjo un largo silencio. Cuando Josserand respondió por fin, lo hizo con un hilillo de voz.
—No sé nada de tales cosas —dijo.
—¿Cómo es posible? Un hombre listo como vos, instruido en lógica y en dialéctica, tiene que haber observado las pruebas. Tiene que haber sacado conclusiones…
—¡De ser así —lo interrumpió el amanuense—, habría informado al cardenal!
—Siempre que vos mismo no estuvierais involucrado. —Bruscamente, el padre Amiel volvió a su asiento. Su rostro mostraba una palidez mortal, pero sus movimientos fueron firmes y confiados—. Veréis, hijo mío, se me ocurre que vos podríais ser responsable de la muerte del camarero —anunció.
—¿Qué? ¡Oh, no…!
—Habéis descrito con todo detalle cómo podría el asesino haberse desembarazado de los órganos extirpados y del agua ensangrentada. Habéis indicado que nadie más abandonó esa noche la habitación en la que dormíais. Sois un joven fuerte y corpulento, mucho más que Aimery de Sorgues, quien, según vos, debió de inmovilizar al camarero y asfixiado con su propia almohada. Además, sois más inteligente que Aimery: poseéis el ingenio y el valor necesarios para llevar a cabo una acción tan arriesgada.
—Pero…
—Preguntaos, además, quién está dotado de superior belleza. Vuestro rostro es como el sol, frente a la luna de Aimery, pero queréis que crea que el padre Guillaume no os abordó nunca con insinuaciones carnales. ¿Me tomáis por estúpido?
—Padre, yo…
—Vos lo matasteis, Josserand. Por indignación, por celos, por impiedad o por accidente en alguna caricia libidinosa…
—¡No! —exclamó el amanuense—. ¡Soy inocente!
—Demostradlo, pues. ¡Demostrádmelo! —El padre Amiel empleó una voz grave, pero áspera—. Estáis versado en el proceso de la ratiocinatio. Exponedme pues, con argumentos lógicos, por qué sois inocente. Convencedme, Josserand. Dejadme oír vuestra retórica.
¿Os cuento qué me vino a la mente, en aquel instante? Aprovechando que disponía de un momento para reflexionar, pues el testigo se refugió en otro largo silencio, pensé que, de encontrarme en su lugar, habría puesto en duda la legitimidad del procedimiento. Habría señalado que, como se me había negado la representación legal por cuanto no estaba acusado, no podía esperarse que respondiera a ninguna acusación.
Josserand, sin embargo, parecía tan turbado que era incapaz de responder. Por fin, con la voz quebrada, reconoció que no podía argumentar su inocencia. Que, sencillamente, sólo podía dar su palabra.
—He jurado por Dios que diría la verdad y es lo que hago —farfulló—. Sólo puedo depositar mi confianza en Dios. Él sabe que soy inocente. Dios es bueno y velará por mí en su infinita justicia.
No era una capitulación, en absoluto. Me pregunté si sería, en efecto, inocente y dirigí una mirada al padre Amiel, esperando una respuesta incisiva y humillante por parte de éste. Sin embargo, lo que vi me asustó, pues no era el rostro tranquilo al que me había acostumbrado; en su lugar, descubrí el látigo de la enfermedad. Pocas veces, os lo juro, he visto a un hombre con tal cara de enfermo. El dominico tenía los párpados cerrados y mostraba unas marcadas ojeras grisáceas, los labios se veían resecos y anémicos y la carne parecía haberse disuelto. De repente, emitió un jadeo y bajó la cabeza, apoyándola en las manos.
—¿Padre? —dije, sobresaltado—. ¿Son… son las muelas?
—El interrogatorio ha terminado —dijo él. Apenas podía articular las palabras—.
Lo reanudaremos más adelante, cuando considere conveniente. Que se vaya el declarante.
Mientras yo llamaba a la guardia y veía cómo se llevaban escoltado de la estancia a un perplejo Josserand, mi desdichado compañero apoyó la frente en la mesa. Era evidente que ardían en su mandíbula todos los fuegos del infierno. Estaba casi desmayado de dolor.
—Pasará —siseó, cuando intenté prestarle ayuda—. Esperad, esperad un poco, por favor.
Esperé, pues. Ya había anochecido y la ventana enmarcaba las estrellas. Me dolía la mano y me la froté sin reparar en que lo hacía. La respiración jadeante del padre Amiel se hizo más regular, más tranquila, y por fin, con cautela, levantó la cabeza de la mesa. Observé que tenía los ojos llorosos.
—Escucha, mi Dios, la voz de mi lamento, pues a ti suplico —dijo con un suspiro.
—¿Son las muelas? —pregunté de nuevo, y asintió—. Entonces, deberíais ir a que os las quiten —le aconsejé—. Las que os molestan. Deberíais libraros de ellas.
—Sí, debería.
—¿Podéis sosteneros en pie? Es tarde, padre. Os llevaré al priorato.
—No. Debe escoltarnos la guardia.
—Pero…
—Es tarde, como decís. Bastará con un oficial del orden. Cuando vuelva a pasar la ronda, hacedla entrar.
Así lo hice y a continuación se produjo una discusión un tanto acalorada con los guardias. Con todo, la cuestión se zanjó a nuestro favor: incluso en su delicado estado, el padre Amiel seguía conservando la firmeza necesaria para imponer su voluntad a unos hombres rudos e ignorantes. Así pues, se convino que en nuestro trayecto a casa nos acompañaría un mercenario, de rostro huraño, cuyo armamento y coraza le hacían tintinear como una bolsa de monedas a cada paso que daba. En la oscuridad de la calle, su cota de malla brillaba a la luz de la antorcha que portaba. Era un hombretón alto y corpulento, con un mentón afilado como un hacha, pero la protección que nos prestó no fue mucha. Como la mayoría de los oficiales del orden, parecía tomarse a mal un deber que lo apartaba del vino, los chismorreos y las partidas de dados (que son lo que ocupa la mayor parte del tiempo de los inquilinos de un cuerpo de guardia) y demostró su insatisfacción avanzándose a nosotros con impaciencia, como si quisiera permanecer ajeno al penoso espectáculo que ofrecían un monje enfermo escoltado por un funcionario manchado de tinta. ¡Pobre padre Amiel! Realmente, ofrecía un aspecto lamentable. Caminaba arrastrando los pies como un anciano enfermo, asaltado de vez en cuando por unos dolores lacerantes que le obligaban a detenerse y agarrarse las rodillas. Sin embargo, cuando le ofrecí mi brazo para que se apoyara, se negó a aceptarlo. También rechazó de plano la propuesta de sentarse a descansar un momento. Y cuando llegamos a la encrucijada en la que nuestros caminos se separaban, insistió en que el guardia y él me acompañarían hasta la puerta de la casa de mi madre.
—No —respondí.
—Raymond…
—¡Que no! —Debíamos de estar a cien pasos de la casa, apenas—. Estáis sin fuerzas, padre, y deberíais volver al priorato sin perder un minuto.
—Pero con esta oscuridad…
—Hay suficiente claridad para ver por dónde voy. Y conozco tan bien el camino que podría orientarme incluso a ciegas.
Por una vez, impuse mi voluntad. El padre Amiel estaba demasiado débil para ejercer su mando y autoridad con la energía habitual. Sin más protestas, me permitió llamar al guardia, a quien insté a aflojar el paso. Después, cuando le pedí instrucciones sobre el programa del día siguiente, el fraile murmuró que debía esperado en casa. Si se sentía con ánimos suficientes para trabajar, se reuniría conmigo allí por la mañana.
—Y, entretanto, pasaré a limpio las declaraciones —fue mi respuesta.
—Si sois tan amable…
—¿Deseáis que resuma el testimonio de Josserand, padre, o lo dejo de momento? Comentasteis algo respecto a hacer un resumen del interrogatorio…
—Encargaos de ello —asintió él débilmente.
—Está bien. Y vos, cuando lleguéis al priorato, deberíais probar a poneros una cataplasma. Algo por dentro del carrillo. ¿No podría tratarse de un absceso? Si fuera así, alguien podría abríroslo con una lanceta.
El dominico dio un respingo de dolor. Después, con un gesto de asentimiento, sonrió y me deseó buenas noches en un susurro. Me separé de él casi a regañadientes, pero también aliviado, pues, aunque me preocupaba su bienestar, el espectáculo de su agónico dolor me había producido una gran incomodidad, de la cual me alegraba de escapar. De hecho, me alejé como un gamo, como una liebre: con alas en los pies. Y fue una suerte que así lo hiciera, pues mi rápido avance, junto con el paso lento del padre Amiel, hicieron que su acompañante y él no anduvieran muy lejos cuando topé con mi destino al doblar una esquina especialmente oscura y poco transitada.
No recuerdo nada de cuanto sucedió a continuación. Sólo sé que fui atacado, y de manera feroz: debí de perder el conocimiento al segundo o tercer golpe. Mis asaltantes eran dos, quizá tres, y probablemente iban armados con algo más que los puños, pero no emplearon armas blancas de ningún tipo, de lo cual doy gracias. Diría que me golpearon con un garrote o con alguna herramienta. En definitiva, con algo lo bastante contundente como para derribarme, pero no como para romperme el cráneo. Después, se dedicaron a intentar partirme los huesos a base de patadas bien dirigidas y con la ayuda, tal vez, de la misma tranca, o lo que fuese. Por fortuna, no tuvieron tiempo de terminar su trabajo. Como no me habían dejado inconsciente al primer golpe, tuve tiempo de lanzar un grito y el padre Amiel, al oído, se apresuró a acudir en mi ayuda.
Por supuesto, fue el oficial del orden quien me salvó. El retumbar de sus pisadas, el chirriar de la armadura y el rugido poderoso y amenazador de su voz bastaron para hacer escapar a mis atacantes (quienes, bien pensado, debían de ser poco duchos en el arte del derramamiento de sangre). Ante su presencia, se dispersaron y se desvanecieron en la noche. El guardia, con el impedimento del peso del equipo y con el conocimiento de que estaba solo, no los persiguió. Por lo general, un soldado profesional no se arriesga a menos que se le ordene y, desde luego, no lo hace sin el apoyo de sus camaradas. Un soldado profesional, por naturaleza, o es prudente o está muerto.
Así pues, una vez despejada la calle, mi noble salvador empezó a llamar a las puertas en busca de ayuda. En cuanto al padre Amiel, llegó por fin a mi lado e hincó la rodilla en el barro como un penitente.
Sin embargo, yo no llegué a enterarme de todo aquello. No vi escapar a mis agresores, no oí al dominico pronunciar mi nombre ni invocar la piedad y el socorro divinos, ni noté cómo sus dedos trazaban una cruz en mi frente mientras los vecinos, horrorizados, se congregaban a nuestro alrededor.
Yacía en el suelo, como muerto, y mi sangre empapaba la tierra debajo de mí.