El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 42 de 45

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El escribano

Canto V

¡Etienne de Puy! No me cupo duda: él era responsable del asesinato de Guillaume Monier. Odiaba al camarero a causa de la disputa sobre las tierras inundadas y conocía la existencia de aquella piedra suelta en la casa que Guillaume ocupaba. Todo quedaba explicado… salvo la mutilación de los genitales del camarero.

Además, cuando la presioné, Marguerite confirmó que el caballero era fuerte y vehemente; estaba segura de que si Guillaume de Monier lo había hecho enfurecer, Etienne habría reaccionado con una violencia excesiva. Marguerite no mostró remordimientos de conciencia por hacer aquella afirmación. Era evidente que la idea de involucrar a un antiguo amante no la perturbaba en absoluto.

Al contrario, sólo le preocupaba su propia situación.

—Yo… yo no pensaba decírtelo —sollozó—. ¡Oh! ¿Qué voy a hacer? Debes ayudarme, Raymond. Si tengo que prestar declaración, todo se descubrirá… Todo el mundo sabrá… ¡Me tacharán de adúltera!

—No necesariamente. —Me sentía cansado y lleno de compunción—. Tal vez baste mi testimonio. Si yo me callara vuestro nombre, ¿cómo lo descubrirían?

—¡A través de Etienne, por supuesto!

—Oh, por supuesto. —Me mesé los cabellos—. Entonces, debemos decir que lo entretuvisteis a instancias de vuestro marido —propuse—. Una esposa no puede desobedecer a su esposo.

Marguerite alzó los ojos y me miró:

—¿Qué? —preguntó.

—Quizá vuestro esposo tenía gustos perversos. Tal vez prefería esconderse y ver cómo fornicabais con otro hombre. A lo mejor, como era impotente, no podía encontrar otra satisfacción en el lecho conyugal y…

—¡Mi marido no era impotente! —Encendida de ira, Marguerite me miró con consternación—. ¡Qué tontería!

—Tal vez os dio este objeto y os miraba cuando lo utilizabais —proseguí, señalando el falo de madera—. Quizá, para no perder la dignidad y la reputación, hacía entrar al caballero por el agujero y luego se escondía para que el mencionado caballero pudiera copular con vos sin estorbos.

—¡Esto es obsceno, Raymond! ¡Nadie creería tal cosa!

—¿Por qué no? Hay hombres que se aparean con ovejas. ¿Es esto más vil?

—¿Pretendes que jure, sobre las Sagradas Escrituras, que he sido tan libertina? — inquirió Marguerite, llorosa—. ¡Dios me castigará!

Pensé que si Él no la había castigado ya por sus múltiples pecados, era improbable que actuase ante aquel último acto deshonroso.

—Marguerite —suspiré—, o mentís, u os hacéis monja. Si os hacéis monja, cumpliréis la penitencia adecuada. Nadie os hará correr desnuda por las calles de Aviñón.

—¡Monja! —exclamó, horrorizada—. ¡Oh, no!

—¿Preferís que os flagelen en público? Si entráis en un convento y es un convento poderoso, estaréis protegida. La orden no querrá veros denostada y protegerá vuestro nombre a cualquier precio.

Os reís, amigos. Os parece divertido que una mujer como ella pudiera plantearse hacer el voto de castidad, sobre todo por un motivo tan miserable. Tal vez sospechéis que yo bromeaba, pero os aseguro que no podía hablar más en serio ¿Qué otra cosa, si no? Preocupado por el papel que yo había desempeñado en su caída, le ofrecía un buen consejo. No se me ocurría otra manera de brindarle protección.

Como es natural, ella se mostraba reacia, pero dispuse de toda la noche para convencerla, ya que Marguerite no tenía forma de marcharse. Había planeado ocultarse en mi habitación (donde había escondido una muda de ropa) hasta que amaneciera. Entonces, a una hora adecuada, pensaba aparecer en el vestíbulo con la nueva indumentaria, diciendo que acababa de llegar al castillo desde su propia casa. Era un plan inteligente y me proporcionó el tiempo suficiente para abordar sus miedos y sus resistencias. Todavía quedaban esperanzas de que no la llamaran a declarar, declaró; ¿debía abandonar aquella esperanza dando un paso irreversible? Le respondí que las esperanzas eran insignificantes, que conocía al padre Amiel y que, aun cuando el dominico satisficiera mis deseos con respecto a Marguerite, probablemente mandaría su caso al condestable, sobre el que yo no ejercía ninguna influencia. Le dije que, si entraba en un convento, su penitencia parecería verdadera. Le dije que tal vez le convendría adoptar otro nombre, un nombre religioso, de modo que si el suyo propio quedaba manchado, nadie sabría que se trataba de ella.

—¡Pero un convento! —sollozó—. ¿Cómo voy a vivir sin un hombre?

Dudé unos instantes.

—Incluso en los conventos ocurren cosas vergonzosas —dije al cabo y, tras aclararme la garganta, añadí—: Mi amigo Othon siempre ha querido yacer con una monja.

—¿De veras? —preguntó ella, enjugándose las lágrimas.

—Sois una mujer lista, Marguerite —me apresuré a decir—. Ya habéis demostrado que ni los centinelas ni las altas murallas pueden impedir que satisfagáis vuestros deseos. Claro que yo no os lo aconsejaría, puesto que el castigo sería terrible y, además, estaríais rompiendo los votos…

—Por supuesto —dijo con solemnidad.

—Tenéis que tomar una decisión. Yo no puedo hacerlo por vos, pero recordad esto: si mañana regreso a Aviñón, vuestra historia será conocida por el condestable, y quizá también por el Santo Padre, antes de que transcurra una semana. En estas circunstancias, deberíais pensar en procuraros una protección. Tal vez sea vuestra única oportunidad.

Con argumentos de este tipo, con gráficas descripciones de la prisión en la que había trabajado y de la infalible perspicacia del padre Amiel, la convencí. Tumbados juntos y susurrando en la oscuridad, urdimos un plan. Yo me quedaría en Saint-Martin-les-Bains un día más, alegando que todavía estaba aquejado de cierta rigidez. Marguerite, mientras tanto, acudiría al sacerdote del pueblo con una maravillosa revelación. Le diría que la Sagrada Virgen se le había aparecido en un sueño y que le había indicado que entrara en un convento. Le diría que su intención era acudir al convento de las Carmelitas Descalzas, de Aviñón, para pedir que la admitieran.

Como tenía tantas propiedades a su disposición, era muy improbable que la rechazasen.

—Podemos viajar juntos —dije—, pero escoltados, para demostrar que no escapamos. Y aunque vayan a buscaros apenas llegada al convento, las carmelitas no os abandonarán, sabiendo que pueden perder vuestra casa, vuestro ganado y todas vuestras hermosas cosas.

—¡Oh! —gimoteó Marguerite—. ¡Mi hermosa casa! ¡Mis preciosos vestidos!

—Si no podéis dejarlos, Marguerite, tendréis que someteros a la ignominia, por no hablar de un severo y prolongado castigo.

—¡Oh! ¡Oh!

Presa de la desesperación, inspiraba compasión. Convendréis en que una decisión como ésta es muy difícil de tomar. Sólo una mujer muy piadosa renunciaría a su familia, a sus bienes terrenos y a sus noches de lujuria sin protestar; pero, finalmente, mi sabio consejo prevaleció y estuvo de acuerdo en buscar la protección de la Iglesia.

Al romper el día, ya se había resignado a la perspectiva de una nueva vida. Las lágrimas se habían secado en sus mejillas y se había convencido de que era la única opción que le quedaba. Se vistió con aire sumiso y se escondió de nuevo bajo la cama. Yo, por mi parte, esperé a que los habitantes del castillo se hubieran despertado, y entonces me arrastré como un tullido escaleras abajo.

No habiendo pegado ojo en toda la noche, pude decir sin faltar a la verdad que no había descansado nada y, cuando pedí que me ofrecieran un día más de hospitalidad, nadie se opuso; antes bien, mi solicitud fue acogida con unas expresiones de satisfacción tan corteses que me sentí avergonzado. Casi me atraganté con la tarta de miel que me sirvieron, y cuando me ofrecieron otra, insistí en que se la repartieran los niños. Esto no contribuyó, sin embargo, a aliviar mi sentimiento de culpa, que se vio agravado con la repentina aparición de Marguerite, que hizo su entrada en la sala tan espléndidamente vestida como una novia el día de su boda. No obstante, su expresión parecía un tanto aturdida y, tras haber conversado con Blanche en voz baja, salió con ella para dirigirse a una estancia del piso de arriba.

Desde aquel momento y hasta la caída de la tarde, el castillo vivió unas horas de gran agitación.

Como corresponde a un huésped poco vinculado con la familia, permanecí solo tras el alboroto que siguió a las noticias inesperadas que dio Marguerite. El sacerdote del pueblo no puso objeciones, ya que su deber lo obligaba a alentar a cualquier mujer que quisiera consagrar su vida a Dios, pero Guillemette calificó de loca a su amiga; el mayordomo estaba desconcertado, y Blanche pedía contención y más reflexión. ¿Qué dirían el hijo y la hija de Marguerite? Los niños lloraron cuando supieron que su abuela iba a dejarlos pronto.

En cuanto a ella, hizo gala (como siempre) de una gran sagacidad. Ni siquiera fingió que eran impulsos piadosos los que la movían a tomar aquella decisión, sino que gimió y lloró junto al resto de la familia. Su argumento fue éste: que la Virgen se lo había encomendado y ella, por tanto, tenía que obedecer. Se presentó como una suerte de Jonás, reacia pero obligada. ¿Qué sería de ella si se negaba a hacer lo que la Madre de Dios deseaba? Algo terrible le ocurriría, sin lugar a dudas.

Con este tipo de lógica, preparó su camino a Aviñón. Accedió a llevar consigo al vicario, una escolta de guardias y, oh, también a Raymond Maillot. A medida que avanzaba el día, hizo entrega de muchas de sus posesiones a Blanche, a sus nietos, a su doncella y a sus amigas. Todo el pueblo lamentó su decisión, y se congregó en las calles para discutir sobre ella mientras Marguerite iba de casa en casa a despedirse. Cuando le preguntaron por la Santísima Virgen, dio respuestas vagas. Una luz intensa y una voz dulce eran todo lo que recordaba de la visitación que había transformado su vida. En lo que sí se esmeró, sin embargo, fue en pasar un rato largo en la iglesia, rezando oraciones y ofreciendo presentes.

No es preciso decir que todas estas actividades le llevaron mucho tiempo. Aunque habíamos previsto salir hacia Aviñón el viernes, los preparativos del viaje no se completaron hasta el sábado por la tarde. La noche del viernes, la anterior a su partida, Marguerite durmió en la alcoba de Blanche, compartiendo cama con los tres niños de ésta. Mientras tanto, en el piso de arriba, yo dormí a pierna suelta, a pesar de la tormenta que se desencadenó en el cielo. Nada turbó mi sueño letárgico, aunque cuando desperté lo hice con una sensación de profunda infelicidad.

Tumbado en la cama, pensé que había arruinado la vida de la dama.

Luego me regañé. Era ella quien se había arruinado la vida atrayéndome a su cama con promesas peligrosas. Además, Guillaume Monier había muerto asesinado. ¿Era justo que ese crimen quedase impune? El padre Amiel pensaría que no, y él estaba mejor preparado para emitir tales juicios.

Éstos fueron los argumentos con los que intenté tranquilizar mi conciencia. No obstante, por la mañana, cuando Marguerite se despidió de los suyos, fui presa del remordimiento. Permanecí sentado, con la cabeza gacha, mudo de culpa, mientras la lluvia (porque caía una pertinaz llovizna) se me colaba por el cuello de la túnica. Ver todos aquellos rostros bañados por la lluvia y contraídos de dolor fue más de lo que podía soportar. Los gritos de los niños me destrozaban el corazón, y nuestro paso por Saint-Martin-les-Bains fue como una procesión funeraria. Ya fuera del pueblo, y mientras coronábamos la colina que pronto lo ocultaría, aún se oía un débil y lastimoso canto fúnebre.

¡Pobre Marguerite! Se pasó todo el día llorando debajo de un manto con capucha mientras los guardias se quejaban del tiempo y el vicario del sacerdote me hablaba sin parar de los impuestos papales. Como podéis imaginar, fue un viaje terriblemente triste. Los caminos enfangados y los aguaceros ocasionales todavía nos descorazonaron más. El polvo estival se había convertido en una sopa; si hubiéramos esperado un día más, nuestra ruta habría quedado intransitable. Era como si la propia naturaleza estuviera abatida de tristeza ante la perspectiva de la inminente reclusión de Marguerite.

Sin embargo, es una feliz constatación de la vida el que ni siquiera el más desdichado de los viajes dura para siempre y, en el momento en que empezaba a pensar que deberíamos acampar debajo de un árbol hasta el amanecer, llegamos a Villeneuve-les-Avignon, donde buscamos refugio en la abadía de Saint-André. Allí pasamos la noche, justo al otro lado del río de nuestro destino final. Fuimos (como el correo papal, Germain, había prometido) muy bien acogidos: los monjes de la abadía nos prestaron ropa seca con la que dormir mientras la que llevábamos se libraba de la lluvia ante las llamas de la chimenea de su cocina. Nos sirvieron una buena cena regada con un vino excelente y quedaron encantados cuando Marguerite les contó su visión. Como es natural, no hablaron directamente con ella: le dieron una habitación en la hospedería y llamaron a una mujer del pueblo —un pueblo casi del tamaño de una ciudad— para que la atendiera. Pero mientras acompañaba amablemente a los miembros masculinos de nuestro grupo al dormitorio que íbamos a compartir, el fraile nos preguntó por el motivo de nuestro viaje y recibió nuestra respuesta con numerosas exclamaciones de júbilo y de asombro.

Aquél benedictino parecía un hombre sencillo. No se asemejaba en nada a los dominicos. Debo confesar que me avergonzó su calidez y su fervor. Mentir a un hombre como él se me antojó de lo más censurable. De hecho, la propia mentira era prácticamente una blasfemia y, de inmediato, me di cuenta de que al padre Amiel debería decirle la verdad. Fueran cuales fuesen las consecuencias, nunca podría mirarle a los ojos y mentirle sobre algo relacionado con la Virgen María. Era imposible.

Pasé la noche en vela, dando vueltas en la cama y pensando en el padre Amiel. No es necesario que diga que a mi tormento contribuyeron mis músculos doloridos y los ronquidos de mis compañeros. Por la mañana, volvía a estar rígido como una vara. Por ser domingo, sin embargo, me vi exonerado de la tarea de montar a caballo. El día del Señor no se viaja, si uno se ha acogido a la hospitalidad de una fundación monástica. En cambio, acudimos a la iglesia, hablamos sobre la elaboración de quesos, matamos cucarachas y oímos caer la lluvia sobre el tejado. Fue un día monótono e improductivo.

En una ocasión, entre dos aguaceros, bajé con Marguerite y el vicario al pie de la colina, desde donde contemplamos las murallas y las agujas de Aviñón que se alzaban al otro lado del río. «Yo me ordené en esa ciudad», explicó el vicario. «Cuantísimas barcazas», comentó Marguerite. Yo no dije nada. La ropa se me pegaba a la piel y mis rodillas no se comportaban como tales. A nuestro alrededor, los árboles, los tejados y los baupreses de las barcazas goteaban. Me entraba agua en las botas.

A la mañana siguiente, monté a caballo con una mueca de dolor y me acomodé en la silla con un gemido. Marguerite sufría las mismas molestias. El vicario, que viajaba a menudo a una aldea que se hallaba a cierta distancia de Saint-Martin-les-Bains, aún se sentía razonablemente bien y trató de animamos con exhortaciones acerca de las pruebas soportadas por los santos y benditos mártires de la Iglesia católica. Durante su perorata, Marguerite y yo intercambiamos una expresiva mirada de profundo sufrimiento. Fue la única comunicación sincera que hubo entre nosotros a lo largo del viaje.

Por fortuna para la salud del vicario, Aviñón se encontraba ya cerca. Poco después de dejar la abadía, pasamos ante la torre de Philippe le Bel y cruzamos el puente de Saint-Benezet mientras las campanas de Aviñón llamaban a tercias. Ya no llovía, el cielo se había despejado y un sol desteñido doraba las murallas de la ciudad. La pobre Marguerite miraba aquellas recias paredes con aprensión. Tenía la tez arrugada y pálida, descolorida por las copiosas lágrimas que había derramado. Aunque la compadecía, también me alegraba de su transformación. Con su expresión triste, los ojos cansados y las mejillas tirantes y desencajadas, parecía presa de un gran sufrimiento espiritual.

Si se hubiese presentado con su rostro habitual, risueño y alegre, a la abadesa de las carmelitas descalzas, habría suscitado dudas sobre la veracidad de su deseo de hacerse monja.

—Ahora —dije una vez hubimos entrado por la Porte du Rocher—, ¿sabéis cómo llegar al convento, señora? De ser así, os dejaré, ya que debo presentarme en el priorato.

—Oh, pero… pero… —Su consternación parecía excesiva, y tal vez habría despertado las sospechas del vicario si éste no la hubiese malinterpretado.

—No temáis —le dijo con una sonrisa—. Fui ordenado en esta ciudad y sé dónde se encuentra el convento de la orden.

—Bien, entonces nos separaremos aquí —dije lo más animadamente que pude—. Adiós, padre. Señora, espero que encontréis lo que buscáis. Y si alguna vez necesitáis ayuda, recordad que soy vuestro leal servidor.

—Sí, sí, lo haré —farfulló ella—. Pero ¿dónde estaréis? ¿Dónde podré encontraros?

—Preguntad en el priorato. Los frailes lo sabrán.

En mi afán de acallar cualquier sospecha que pudiese existir sobre mi relación con la viuda, tal vez me excedí en mi brusquedad, porque, mientras me despedía de ella con una reverencia, sus ojos se llenaron de lágrimas. Tras saludar con la cabeza a los dos guardias del castillo, sonreí, me volví y dirigí el caballo hacia una calle lateral, deseoso de perder de vista la cara de desespero y abandono de Marguerite. Me temblaban las extremidades y tenía ganas de vomitar. La fatiga del viaje, la vergüenza que me producía mi conducta en Saint-Martin-les-Bains y el sentimiento de culpa que experimentaba por dejar a Marguerite se fundieron, provocándome una terrible sensación de desesperanza. De hecho, cuando por fin llegué al priorato, no fui a preguntar por el paradero del padre Amiel, sino que me dirigí directamente a mi celda y me dejé caer en la cama.

Allí me encontró él más tarde, después de haber terminado con sus obligaciones religiosas.

—Raymond —dijo al entrar—, bienvenido de nuevo a casa. Empezaba a preocuparme por vos.

Resulta difícil de explicar, pero, durante unos breves instantes, me sorprendió su diminuta estatura. Mi recuerdo de él debía de haberse distorsionado un poco durante mi ausencia del priorato, y su figura, probablemente, había llegado a ocupar más espacio en mi mente del que ocupaba en carne y hueso. Pero enseguida esta emoción se vio avasallada por otra, por una sensación compuesta de enojo y alivio.

—Nunca más —dije con brusquedad.

El dominico parpadeó.

—Fue una tarea terrible —proseguí—. Fue una acción vergonzosa. Nunca, nunca más volveré a hacer algo así. No teníais que habérmelo pedido.

El padre Amiel me miró con intensidad durante unos instantes.

—¿Qué ha ocurrido? —quiso saber al cabo.

—¡Oh, no temáis! ¡He conseguido lo que queríais! ¡He averiguado la verdad! El hombre que buscáis es Etienne de Puy. En el dormitorio de Guillaume Monier hay una piedra suelta en la pared, p ero ¿qué precio hay que pagar por una información así? Me he comportado como una ramera, padre. Y yo no soy una ramera. ¡No lo soy!

—Contadme qué ha ocurrido —insistió en voz baja.

Y lo hice. Le conté que Marguerite había estado casada con un ciudadano de Aviñón, que había vivido en la casa del camarero y que allí había recibido a su amante. Le dije que ese amante era Etienne de Puy. También le dije que Marguerite se había librado a la compasión de las carmelitas descalzas, que se había arrepentido y que su intención era hacerse monja.

—Así pues —proseguí—, si queréis interrogarla, o el condestable desea hacerlo, deberéis hablar primero con la abadesa.

Pese a que anuncié aquel hecho en un tono de cierto desafío, no me atreví a mirarlo a la cara y permanecí sentado, con los brazos doblados y la vista clavada en el baúl que contenía mi ropa.

—¿Y lo ha hecho a sugerencia vuestra? —preguntó el dominico tras una pausa.

—¿El qué?

—Ingresar en un convento.

—¿Y qué, si así fuera? —En esta ocasión, levanté la mirada, aunque todo yo temblaba. Debo confesar que, pese a mi enojo, también buscaba consuelo, ayuda, alguien que me descargara del peso de la culpa. Y, como siempre, temía la desaprobación del dominico.

Sin embargo, lo que vi en su rostro no fue una expresión censuradora.

—Si fue a sugerencia vuestra —replicó en voz baja—, me siento impresionado en grado sumo por vuestra sagacidad, Raymond. Con la protección de las carmelitas descalzas, es muy improbable que tenga que sufrir un severo castigo por su conducta adúltera. —El dominico ladeó la cabeza—. ¿Fue por eso, en realidad, por lo que se avino a confesar? —inquirió.

Yo me ruboricé.

—Se avino a confesar —repetí, casi atragantándome con las palabras—, ¡porque soy una ramera! He sido un mentiroso, un malvado y un ruin.

—No creo.

—¡Sí! Padre, ¿tenéis reparos en mancharos los oídos con mi confesión? ¡Mis actos fueron… fueron despreciables! ¡Fueron obscenos! —No pude soportar su mirada mucho rato y aparté los ojos—. Yo no poseo vuestros recursos, padre. Tengo que rebajarme mucho para lograr el éxito en esta suerte de tareas. Y ahora debo hacer penitencia por mis pecados. Es muy… —se me quebró la voz—. Es muy difícil — concluí con tristeza. Se produjo un largo silencio y oí el sonido de la respiración del padre Amiel.

—Perdonadme —dijo al fin. Sobresaltado, alcé de nuevo la mirada.

—Perdonadme —repitió con el ceño fruncido y la expresión melancólica—. ¿Tengo que entender que os visteis obligado a mantener relaciones carnales con Marguerite de Pasquières?

—Unas relaciones carnales muy… muy desdorosas. —El rostro me ardía de nuevo.

—Entonces, me equivoqué. —El padre Amiel sonaba sincero y contrito—. Me equivoqué al enviaros a esa misión. Me equivoqué al creer que, mediante el ejercicio de vuestra considerable inteligencia, podríais reunir la información suficiente sin poner en peligro vuestra alma. Perdonadme, ha sido un error mío. Un pecado mío.

Con el corazón encogido de dolor, comprendí lo que estaba diciendo. Decía, efectivamente, que sus grandes expectativas habían quedado decepcionadas.

—Bien… Parece que soy de veras indigno —dije estremeciéndome, al tiempo que me secaba la nariz—. La próxima vez deberíais enviar a un monje.

—Raymond…

—O deberíais ir vos mismo, quizá.

—¡Oh, Raymond! —Se acercó, me puso la mano izquierda en la cabeza y se inclinó para hablarme—. No deseo culparte. Como acabáis de decir, no sois un monje. El mismísimo san Antonio lo hubiera tenido muy difícil para no pecar, de haberse encontrado en vuestra situación. La culpa es mía. Esperaba más de vos de lo que habría esperado de la mitad de la clerecía de Aviñón, porque os tengo en muy alta estima. No sois indigno, hijo. —Se llevó la mano derecha al corazón—. Soy yo quien se avergüenza. He traicionado vuestra confianza. He permitido que mi oveja se descarriara en compañía de los lobos. No lo haré nunca más.

Éstas palabras me resultaron tan tranquilizadoras como la música sacra. Fue como si el padre Amiel hubiera levantado una gran losa de mi espalda y la hubiera cargado sobre la suya. Sin embargo, yo seguía turbado por una duda vaga y esquiva.

—Margarita no es un lobo —fue mi débil protesta.

—¿No? Entonces tal vez sea un leopardo. O una cabra. —Yo sabía que esos dos animales son símbolos de lujuria—. Raymond, el pecado de la mujer es mucho más grave que el vuestro. Ella es una adúltera, una libertina. Ha pecado libremente, mientras que vos lo hicisteis a desgana y por respeto a mí. ¿No es así?

—Esto… Tal vez.

Aunque yo estaba sentado, no tuvo que inclinarse mucho para mirarme a los ojos; no sé qué distinguiría en ellos. Incluso desde un punto de observación tan cercano, debía de verme absolutamente borroso. Sus ojos, en cambio, parecían muy vivos, brillantes y penetrantes.

—Os encontraré un sacerdote —dijo con suavidad—. Podréis descargaros del peso del pecado y pedir la absolución. Si pudiera concedérosla yo mismo, os aseguro que lo haría. Si pudiera aliviaros el sufrimiento, lo haría. Pero no desesperéis, hijo. Todo se solucionará, os lo prometo. —Retiró la mano de mi cabeza y me dio una palmada en el brazo—. ¿Me perdonaréis? —dijo con una voz lo más desconsolada y engatusadora posible—. ¿Volveréis a depositar vuestra confianza en mí?

Amigos, amigas, ¿cómo iba a negarme? La súplica no sólo me halagó la vanidad, sino que también me conmovió el corazón. Me alegró lo indecible ser acogido de aquella manera, como si fuera el hijo pródigo. Además, el padre Amiel se culpaba más a sí mismo de lo que me culpaba a mí. Sentí que, si él se consideraba el principal responsable de mi conducta, Dios quizá se mostraría generoso conmigo. Porque debéis comprender que, en mi mente, Dios y el padre Amiel habían empezado a adquirir un parecido muy marcado.

—Por supuesto —murmuré—. Por supuesto. No… no tengo nada que perdonaros.

—¡Ojalá fuese cierto! Pero, venid. Habéis tenido un viaje muy duro. ¿Queréis comer? ¿Beber vino? ¿Descansar? ¿Os gustaría lavaros?

—¿Con agua caliente?

—Sí, creo que podremos procurarnos agua caliente. Venid a las cocinas. Allí encontraremos comida, vino, agua caliente y cuanto podáis necesitar. ¡Venid!

Y así fue cómo se ocupó de mi bienestar, de una manera tranquila pero insistente, haciéndome salir de la cama y, tras cruzar el jardín del claustro, ayudándome a encontrar agua caliente y un paño con el que secarme. Luego, me llevó a la enfermería, donde consiguió del padre Gabriel una cataplasma para mis doloridos cuartos traseros. Y, mientras hacía esas cosas, me distrajo con comentarios sobre sus reflexiones acerca de nuestra situación en aquel momento. El testimonio de Durand Rouiard había sido confirmado. La carta que esperaba de Pierre-Julien Fauré todavía no había llegado. Lothaire Lagarrigue debía ser puesto en libertad. Jean Marty y Josserand de Ponte también tenían que ser liberados. Aimery de Sorgues y Fulques Fuille eran culpables de sodomía, y eso no era de la incumbencia del padre Amiel. La persecución de Etienne de Puy era, sin lugar a dudas, incumbencia del condestable, pero antes de notificar a éste la necesidad de llevarla a cabo, el padre Amiel tendría que comunicar sus descubrimientos al Papa.

—¿Y dónde está Bona Claret? —inquirió—. Es como si se hubiera esfumado.

—Esto… Bona Claret está en Saint-Martin-les-Bains —respondí—. Le encontré trabajo allí. Podemos localizada fácilmente, padre, cuando la necesitéis otra vez.

—Por supuesto —sonrió el dominico—. Hijo, sois como el buen samaritano. ¡Tenéis un corazón tan caritativo!

Y así fue como, entre alabanzas como ésas, inferencias, especulaciones, habladurías y una atareada búsqueda de mi bienestar personal, transcurrió el resto de mi jornada. Sólo después de haberme retirado a la cama esa noche, cuando me encontré a solas, yaciendo en la oscuridad y dolorido todavía desde la rodilla hasta el ombligo, se me ocurrió pensar: ¿y Marguerite de Pasquières? ¿Qué ocurría con su sufrimiento?

Con una leve sensación de intranquilidad, descubrí que, en las valoraciones del padre Amiel, el sufrimiento de Marguerite Pasquières no contaba para nada.