El escribano
Canto II
Aquélla noche, me llevé a la cama el manual del padre Amiel y no tardé en caer dormido ante sus densos capítulos en latín, que, encabezados por títulos como El método de la citación, Fórmula para el interrogatorio o Formulario de sentencia para entrega al brazo secular, trataban de éstos y otros asuntos igualmente faltos de interés para mí. Me despertó poco después la llegada de Othon, que llamó a golpes a mis postigos para pedirme disculpas. Como podéis imaginar, me apresuré a aceptarlas. También conseguí convencerlo de que se marchara antes de que despertase a Arnaud, y se retiró tambaleándose a buscar la cama después de una conversación que no se prolongó en exceso, sobre todo si se tiene en cuenta que la mantenía con un hombre que había alcanzado ese punto de la borrachera que suele acabar en llorera.
Cuando volví a despertar, lo hice a instancias del ama de cría de mi cuñada, que me informaba de que el padre Amiel me esperaba fuera.
—¿Qué, qué pasa? —murmuré. Me sorprendió que en la habitación aún reinara la penumbra—. ¿Está lloviendo?
—No.
—¿Es muy temprano, entonces?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Todavía no ha salido el sol.
—¡Uf…!
Os ahorraré detalles de mis torpes preparativos, de mi apresurada limpieza matinal y de mi aspecto desordenado cuando salí al encuentro del dominico. ¿Debo precisar que él, en cambio, iba impecable y estaba más fresco que la leche recién ordeñada? Pero, claro, los frailes están acostumbrados a iniciar la jornada muy temprano: al fin y al cabo, no tienen a nadie en la cama que los entretenga.
—¿Habéis cogido vuestro recado de escribir? —se interesó después de saludarme.
—¡Oh! Pues no. Lo he olvidado.
—No importa. Yo traigo suficiente equipo para los dos. ¿Leísteis el manual?
—Todo, no —reconocí.
—Pues ya habéis superado mis expectativas —dijo con una sonrisa—. Acabar el prólogo ya es todo un logro. ¿Sabéis cómo se llega a la iglesia de San Pedro desde este rincón?
—Sí.
—Entonces, tened la bondad de llevarme. La casa del camarero está en la misma calle.
La casa que buscaba era un edificio de una sola planta, pero, a diferencia de la vivienda de mi madre, que era toda de madera y argamasa como la choza de un pastor, ésta era de sólida piedra. Con sus ventanas pequeñas y estrechas y la puerta reforzada con clavos de hierro, parecía una fortaleza en miniatura, y me pregunté si no habría pertenecido a un acuñador antes de que la requisaran para uso de Guillaume Monier. Incluso lucía en la puerta un cerrojo, que sólo se rindió a la llave del padre Amiel después de considerables esfuerzos. De hecho, él fue incapaz de hacerla girar y tuve que encargarme yo.
—Desde la muerte del padre Guillaume, se ha permitido la entrada a muy poca gente —comentó el dominico mientras atravesábamos el umbral—. Había que recuperar ciertos documentos, bajo la más estricta supervisión. Hum… Sin duda, aquí es donde dormía el portero.
El padre señaló un jergón de paja cerca de la puerta, a la entrada de una dependencia que no era la cocina, sino una especie de antesala de ésta. Para llegar a la cocina había que pasar por allí.
Además del jergón, en la estancia había un banco y un baúl. El padre Amiel lo abrió y examinó el contenido.
—Ropa sucia —comentó.
—¿Qué buscáis? —le pregunté.
—La alcoba del camarero. ¡Oh! —Con los ojos entrecerrados, fijó la vista en algo situado por encima de mi cabeza—. Mirad allí… No, allá. ¿Podéis alcanzar eso?
Siguiendo sus indicaciones, llegué a un manojo de hierbas secas que alguien había clavado en el dintel de la puerta de la casa. Cuando lo recuperé, se deshizo entre mis dedos.
—Ajenjo —declaró, después de inspeccionar el curioso residuo.
—¿Para las moscas? —aventuré.
—Una medida preventiva. Contra la brujería.
Con una exclamación, me apresuré a santiguarme. De pronto, la lúgubre casa parecía aún más tétrica.
—Interesante —continuó el dominico—. Buscaba indicios de algún hechizo o maldición, tal vez una aguja o una inscripción oculta bajo una cama. Esto es de lo más inesperado.
—¿Y qué significa?
—Significa que el padre Guillaume consultaba, probablemente, textos parecidos a los que yo he estado leyendo. Obras sacrílegas como La Tabla de Salomón y Tesoro de Nigromancia. Desde luego, yo lo he hecho con el espíritu adecuado.
Con cuidado, guardó los restos de ajenjo en su bolsa. Pasamos al primer dormitorio, donde encontramos tres camas estrechas, apretadas unas con otras, y unos sacos colgados de unos ganchos en las paredes.
La siguiente habitación estaba mejor amueblada: la cama, un baúl, la mesa, una silla y un aparador con libros competían por el reducido espacio. Cuando eché un vistazo a los registros del mueble, deduje que nos encontrábamos en la alcoba del escribano.
Continuamos, pues, la búsqueda.
—Tiempo atrás, Guillaume Monier fue arcediano de Saint-Gilles —me contó el padre Amiel—. No es de sangre noble, pero sé que tiene una prebenda en algún rincón de Provenza, así que… ¡Ah, tiene que ser aquí!
La alcoba del camarero era casi del mismo tamaño que la cocina. La cama tenía un dosel de tela púrpura y junto a ella estaba el altar portátil, de oro, marfil y madera de sándalo. En torno a él había dispuestos varios baúles, una silla labrada, un escritorio, un escabel y un crucifijo.
Sin embargo, fue el lecho lo que atrajo mi mirada.
—El condestable descerrajó estos baúles para cerciorarse de que no se ocultaba nadie dentro. —El padre Amiel abrió el mayor de ellos—. Me dijo que no necesitaría llaves.
—¿Qué le ha sucedido a la cama? —inquirí mientras observaba el cordaje de ésta, que mostraba varias ominosas manchas de color pardo rojizo. Las colgaduras también estaban algo manchadas, aunque no tenía modo de saber si de vino, sangre o tinta.
—Se quemó, sin duda —dijo mi acompañante—. Y todo lo que pudiera ocultar dentro se quemaría también. Hum… Vaya cantidad de ropa parece que necesitaba el padre Guillaume.
Debo confesar que no me sentía cómodo allí. En mi propia casa, entre objetos familiares, la brujería me había parecido un fenómeno remoto y nada amenazador, como los cíclopes o los infieles. En aquella estancia, en cambio, junto a una cama en la que se había producido una carnicería, me sentía demasiado cerca de algo inmundo e impío.
—Maese Raymond, ¿me haréis el favor de mirar debajo de la cama? —solicitó el padre Amiel mientras sacaba del baúl mayor unos libros encuadernados en piel—. Comprobad que no hay nada en el suelo, ni atado a las patas.
Perplejo, eché una ojeada a la zona en sombras que se divisaba a través del cordaje.
—¿Buscáis algo en particular? —inquirí.
—Semillas. Agujas. Hierbas. Signos extraños…
—Padre, ¿qué… qué sucede si toco alguna de esas cosas?
El dominico se incorporó y me miró mientras sostenía contra su pecho uno de los grandes libros.
—Nada. ¿Por qué?
—Bueno… Deben de ser peligrosas, seguramente…
—Sólo para el padre Guillaume. ¿Tenéis miedo, hijo mío? —inquirió y, al ver que titubeaba, citó—: «Nada temerás, si tienes fe en el Señor».
¿Qué podía yo decir a aquello? No me dejaba escapatoria. Con todo, me sentía reacio a continuar y debió de percatarse de ello. Dio unos pasos hasta mí y dijo con voz serena:
—Hay mucha gente que no tiene fe en el amor de Dios. Antes de acudir a veros, consulté a otros dos escribanos y se mostraron dispuestos a ayudarme… hasta que les hablé del caso. Entonces se pusieron a temblar y las rodillas apenas los sostenían. Temían a las legiones del demonio. Yo les dije: «No temáis, porque el Señor está con vosotros», pero no tenían fe.
»Entonces hablé con vos y ni pestañeasteis. Me pareció que, en palabras de la Biblia, «el hierro estimabais por paja, y el acero, por leño podrido», y pensé: «He aquí a un soldado de Cristo, que no se desmorona ante la amenaza de la brujería». ¿Me equivocaba, hijo mío?
—No… no. —Profundamente avergonzado de mi cobardía, intenté explicar por qué me ponía tan nervioso aquella estancia—. Es que me disgusta estar aquí, donde mataron al clérigo. Me repugna la idea de mancharme las manos con su sangre.
—La sangre está seca.
—Sí, pero… pero…
—Veréis, maese Raymond, ando mal de la vista. Aunque me sirve bastante a distancia, soy incapaz de distinguir las formas con nitidez cuando las tengo cerca del rostro. —Para demostrar sus dificultades, el padre Amiel miró hacia el lecho entrecerrando los ojos, como si lo hiciera directamente al sol—. Me metería ahí debajo yo mismo, si viera como es debido. Claro que podría palpar con las manos, pero un buen par de ojos será mucho más eficaz.
Amigos míos, me convenció. Demorarme más me habría valido su reprobación, por pusilánime y mal cristiano. Así pues, me sacudí los malos presagios con un suspiro, consciente de que cuanto antes terminara el trabajo, antes se me permitiría retirarme.
—Quizá si rezáis un Padrenuestro mientras miráis, os sentiréis más seguro — sugirió mi acompañante al tiempo que me arrastraba bajo la cama.
El polvo que cubría el suelo me hizo estornudar. Entre las motas de polvo había restos de paja y varias plumas.
—De las almohadas, no lo dudo —apuntó el padre Amiel—. Y la paja tampoco nos interesa.
—Pues no hay nada más.
—¿Nada atado a las patas?
—No.
—Volved a mirar.
Volví a mirar. En la madera sin pulir había unas hebras sueltas. Una araña corría por el suelo. Sólo vi polvo y suciedad.
—Nada —repetí.
—Muy bien.
Con una gran sensación de alivio, salí rápidamente de aquel espacio deprimente, demasiado angosto para mi gusto. Mientras me sacudía el polvo de las rodillas y de la ropa, el padre Amiel volvió al baúl de los libros y empezó a vaciarlo con rapidez y eficacia.
—Necesito saber qué libros son ésos —dijo—. No puedo leer los títulos yo solo, de modo que deberéis ayudarme, maese Raymond. ¿Cuál es éste, por ejemplo?
Consulté la tapa.
—Los dísticos de Catón.
—Leedme un extracto, al azar.
—«Ya que la naturaleza te creó como un niño desnudo, acuérdate de soportar la pobreza con paciencia».
—Leed otro, de otra parte del libro.
—«Ama a tus padres, respeta a los magistrados, habla poco en los banquetes…».
—Suficiente. —El padre Amiel me quitó el libro de las manos, suavemente, y me entregó otro—. A ver éste…
Era una obra titulada Por qué Dios se hizo hombre, de san Anselmo de Canterbury. De nuevo, me mandó leer en voz alta varios extractos, que me resultaron absolutamente incomprensibles, pese a estar escritos en un latín elegante. Cuando terminé, me cambió aquel códice por otro más. Así repasamos media docena de volúmenes, por lo menos, dos de los cuales contenían varios libros encuadernados juntos. El primero de estos códices era una compilación de tratados de san Agustín y de san Ambrosio, escritos con distintas caligrafías en pergaminos diferentes. El segundo contenía tres libros: el Ensayo sobre el Anticristo, de Adso de Moutier-en-Der; el primer libro del Policraticus, de Juan de Salisbury, y una obra sin título, escrita sin discreción ni arte en un frágil pergamino, en un latín execrable.
—Leed —dijo el dominico cuando confesé que no encontraba el título ni el índice.
—¿Desde el principio?
—Desde donde queráis.
Posé la mirada en el texto que tenía delante de mí:
—«El Verbo hecho carne te manda. Jesús de Nazaret, que te creó, te ordena que cumplas al momento todo lo que yo te mande, y que me proporciones todo lo que desee tener o saber. Pues cuanto más te retrases en hacer lo que te mando, mayor será tu castigo con cada día que pase. Yo te exorcizo, espíritu maldito y falso, por las palabras de la Verdad y…».
—Basta. —El padre Amiel me miraba con ojos desorbitados—. Id al principio — indicó con voz seca.
—No hay tal principio —respondí—. Es decir, ha desaparecido. El libro arranca en mitad de un párrafo, en la primera línea de una página…
—Entonces, leed desde ahí.
—Pero es que no se entiende… Las palabras no tienen sentido.
—¿Cómo que no? ¿A qué os referís?
—Pues… a que están escritas en el alfabeto latino, pero no es latín. —Para demostrarlo, empecé a recitarlas—: Berith, Focalar, Glasya Labolas —recité—. Loraí, Malfaga, Pursón, Shax, Sítrí…
—Basta. —De pronto, me arrancó el volumen de las manos—. Esto no es para vuestros ojos. Es maléfico.
La brusquedad del padre Amiel me sobresaltó.
—¿Maléfico?
—Es un libro de hechicería. Inadecuado para vos. Haré que lo lea uno de mis hermanos.
De nuevo, me persigné.
—Ya lo veis, oculto entre obras respetables para disimular su verdadera naturaleza… —continuó. Entrecerrando los ojos, colocó el libro todo lo lejos que le permitían los brazos, pero el esfuerzo fue claramente inútil. Era incapaz de distinguir las palabras o los caracteres. Así pues, lo cerró y examinó la encuadernación, deslizando los dedos con delicadeza por la tapa—. No lleva sello —apuntó—, aunque el color es inusual. Me gustaría saber quién confeccionó este libro, pues fue un acto impío. Tal vez algún encuadernador o iluminador de la ciudad pueda ayudamos a averiguarlo.
—En los márgenes había algunas anotaciones —le informé.
—¿Sí? ¿Dónde?
Para enseñárselo, me vi obligado a coger el libro otra vez, cosa que hice de mala gana. No lo habría tocado con más asco si las tapas hubieran sido de piel de serpiente y hubiese estado escrito con sangre. Y cuando, al pasar las páginas, apareció entre ellas una hoja suelta de vitela… En fin, os aseguro que di un respingo como si me hubiera picado una abeja.
—¡Oh! ¿Qué es esto? —dijo el padre Amiel, alarmado.
—Padre, tened cuidado…
—¡A fe que…! —murmuró—. ¿Puede ser un círculo mágico? Maese Raymond, decidme, ¿qué hay escrito ahí?
—Padre, tal vez no debamos leerlo en voz alta…
—Dejad que yo lo decida, hijo mío.
—Pero…
—Haced el favor de leer lo que pone.
Lo dijo sin alzar la voz, pero con un tono muy firme, que no me dejaba alternativa. Así pues, empecé a recitar despacio el texto que aparecía escrito por dentro y por fuera de una línea que trazaba una suerte de círculo o rueda.
—Adonaí —balbucí—. Ely, Sother, Eloy Sabaoth. Y en el centro, Tetragrammaton. Y… y luego AGLA…
—… que significa «Ata Giblor Leolam Adonai» —intervino el dominico, casi en susurros—. En hebreo quiere decir: «Poderoso eres por siempre, oh, Señor». «Tetragrammaton» es una referencia al nombre inefable de Dios y «Adonai» es otra manera de llamar a Cristo…
—Entonces, ¿éste es un círculo sagrado?
—En absoluto. —Me lo arrebató de las manos—. Es otro documento malsano que se emplea en conjuros y en toda clase de artes impías. Bien, habladme de esas glosas al margen. ¿Las han escrito diferentes manos?
Así era, en efecto. Había cuatro anotaciones en total, escritas en tres páginas distintas. Junto a una fórmula para invocar a los demonios, aparecía dibujado un símbolo raro y una flecha que apuntaba a la palabra «Saturno». Al término de un capítulo, la misma mano había escrito una larga lista de términos como aeromancia, electromancia, antropomancia y oniromancia. Todos ellos se referían, según el padre Amiel, a diversos tipos de artes adivinatorias. Junto a instrucciones sobre cómo dejar impotente a un hombre haciendo un nudo en un hilo, alguien había anotado que «rociar una pared con sangre de perro la limpia de hechizos; la bilis de un perro negro previene de que los demonios causen daño».
Y al lado de un hechizo de amor, otra mano había garabateado: «Como el ciervo ansía la fuente, así Gaillard anhele mi amor; y como el cuervo ambiciona cadáveres, así me desee él; y como esta vela se derrite ante el fuego, así desee mi amor».
Cuando hube recitado esta última invocación, tan curiosa, levanté la vista.
—¡Gaillard! —exclamé—. ¿Es posible que esto lo escribiera el padre Guillaume?
—Sin duda. —El padre Amiel ya recorría la habitación con la mirada—. El escritorio. Puede que ahí encontremos algo escrito de su puño y letra…
—Sí, alguna carta, o unas cuentas —asentí—. A menos que los amanuenses se ocuparan de todo.
—Espero que no.
Afortunadamente, no quedamos decepcionados. Como preveía el padre Amiel, el borrador de una carta que encontramos sobre la mesa estaba escrito con la misma caligrafía que la empleada para registrar aquel peculiar añadido al hechizo de amor. La letra era desmañada, llena de adornos vulgares y de contracciones ilógicas. Entendí muy bien por qué el camarero hacía que un amanuense puliera sus borradores finales.
—Sí —dije después de comparar las dos muestras—. Son muy parecidas.
—Pero ¿las ha escrito el mismo hombre?
—Yo diría que sí.
—¿Y el hechizo de amor? ¿Querréis leérmelo, maese Raymond?
Llegados a aquel punto, una especie de fascinación morbosa había sustituido mi anterior repugnancia a estudiar o tocar siquiera el libro. Así pues, me apresuré a poner al corriente de su contenido al padre Amiel. Leyendo, descubrimos que, para que el amado o amada obedezca todos nuestros deseos, es necesario hacer un anillo de plomo en el día y hora en que Venus está dominante. Después, se debe ayunar todo el día y salir por la noche a ofrecer un sacrificio de sangre de paloma. Con la sangre, hay que escribir en la piel de una liebre el nombre y el signo del ángel Abamixtra. Cumplidos estos actos, cuando nos acerquemos al ser querido, conseguiremos nuestro propósito.
—Hum… —murmuró el padre Amiel.
—A ver si me acuerdo de todo… —comenté yo. De inmediato, él levantó el rostro y me traspasó con una de sus miradas diamantinas—. Hablo en broma, padre —me apresuré a añadir.
—No es asunto para tomárselo a la ligera.
—Ya lo sé.
—Si os dejáis tentar por las legiones del demonio, hijo mío, os arrepentiréis eternamente.
—Ya lo sé, sí. Ha sido una estupidez por mi parte.
—No, no. El único estúpido soy yo. Vos teníais razón: no debería haber permitido que leyerais esas páginas. Es peligroso. —Tomó el libro y lo guardó en su bolsa—. Mis ansias de saber me han llevado una vez más por mal camino. Pero habrá más de esto, maese Raymond; más ritos demoníacos y más encantamientos. ¿Podéis asegurarme que no os contagiaréis de tan ponzoñosa impiedad?
—Padre —repliqué, tras humedecerme los labios—, tenéis ante vos a un hombre sencillo. Dadme un fuego, una cama y una copa de vino, y estaré en paz. Cuanto menos tenga que ver con la brujería, mejor. No sabéis cuánto me asusta.
Con un gesto de la cabeza, pareció que aceptaba mi declaración… y debo reconocer que me sentí halagado. Siempre complace que lo tomen a uno por un honrado vendimiador, pues eran demasiados los que me consideraban una fuente de impureza por el simple hecho de mi notoria debilidad por el vino, las mujeres y las canciones. (A las mujeres, al menos, he renunciado hace ya mucho. ¡No, no, os lo aseguro!).
—Entonces, volvamos a la prisión y leamos las declaraciones que ha tomado el condestable. Aquí no queda nada más de interés para mí.
«Ni para mí», pensé. Cuando nos marchábamos, al cerrar la recia puerta de la casa, seguí hablando conmigo mismo: «He aquí una casa de Aviñón —me dije— que no sería objeto de apasionadas disputas. ¿Quién querría habitar allí nunca más? ¿Quién sería tan estúpido de instalarse en un cubil de brujería manchado de sangre?».
A mí, desde luego, nada lograría convencerme de vivir allí. Pues si había un lugar olvidado de Dios, era sin duda aquél.