El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 18 de 45

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El escribano

Canto XIII

Si no me hallara entre vosotros, amigas y amigos, llegados a este punto estaríais a buen seguro temerosos y preocupados. Os estaríais preguntando: «Pero ¿lo dejaron lisiado? ¿Sobrevivió?». Como podéis ver, aquí estoy, entero del todo. Ninguna fractura de nariz ha destruido mi belleza inimitable. ¿Qué? ¿Cómo decís? Bien, quizá tengáis razón. Quizá la nariz rota habría mejorado mi aspecto. Sin embargo, el resultado final fue que salí del trance con un corte solamente (justo encima de la ceja) y contusiones de todos los tamaños y colores repartidas por costillas, brazos, espalda y cara. ¡Oh, la cara! Tenía el ojo izquierdo tumefacto, con el aspecto de una fruta excesivamente madura, y los labios, partidos y llenos de costras; apenas podía mover la mandíbula y la cabeza me dolía terriblemente, pero no me habían roto ningún hueso, y en esto, habréis de convenir, sí que fui afortunado.

Aunque recobré la conciencia antes de que me llevaran a la cama, los recuerdos que guardo de esa primera noche son confusos e incompletos. Recuerdo haber oído conversaciones y gritos, recuerdo que me aplicaron algo frío en la cara y que vomité, y recuerdo el consuelo de la voz de mi madre. El dolor me perturbó el sueño y desperté en varias ocasiones, presa de agitadas pesadillas. Al romper el alba, sin embargo, me despejé por completo y a mediodía ya comí, bebí y conversé con la familia.

Como era de esperar, al principio reaccionaron con alarma ante lo sucedido y con preocupación ante mi lamentable estado. Mi madre, en particular, estaba afectada en grado sumo. Sin embargo, enseguida me quedó claro que, a los ojos de todos ellos, yo era en cierto modo culpable de lo ocurrido. Me miraban como si el ataque lo hubiese provocado yo. Y el hecho de que tal vez fuera así, en realidad (ya que, como sabéis, mi naturaleza no me inclina a la santidad), me ayudó muy poco a reducir mi sensación de ultraje. Quizás estuviera un poco susceptible, pero en mi defensa he de decir que Arnaud no es un genio del tacto. Me abordó y me formuló preguntas, y el tono de su interrogatorio fue tal que, como sucede siempre bajo el techo de mi madre, un diálogo apacible enseguida degeneró en un furioso altercado. Intercambiamos insultos y palabras acaloradas hasta que me volví en la cama y, negándome a seguir discutiendo, hundí la cabeza, que me iba a estallar de dolor, debajo de la almohada. Me pareció que era imposible hablar con mis familiares incluso del tema más inofensivo, ya que se sentían impulsados a reprobarme por mis hábitos y maneras cada vez que se presentaba la ocasión. Ni siquiera esta vez, mientras yacía magullado en la cama, pude escapar a sus censuras: la casa hervía de desacuerdos y todos se gritaban de una habitación a otra. Me temo que siempre ha sido así, pues jamás, ni siquiera en vida de mi padre, hubo paz entre los Maillot. Los mismísimos perros andaban siempre a la greña. No es de extrañar, pues, que mi hermano Aldhemar se marchara a un monasterio, o que mi difunta hermana Mateuz se hubiera casado a la edad de quince años.

Si aquello seguía así, pensé mientras yacía atrapado entre las sábanas, tal vez yo mismo me vería obligado a enclaustrarme.

Aquél día sufrí dolores muy intensos. Había perdido el apetito y mi estómago no aceptaba los exquisitos bocados que mis compasivos amigos y vecinos habían regalado a la familia. Aquélla variopinta fraternidad se apiñó en la cocina y proclamó en voz alta opiniones diversas sobre la identidad de mis atacantes. Después, entraron todos a la vez en mi alcoba como una avalancha, interrumpiendo mi descanso, desbaratando mis pertenencias e irritando todavía más mi estado de ánimo ya inflamado. Ninguno de ellos era, desde luego, un buen amigo. Y sucedió que Arnaud (como yo iba pronto a descubrir) había prohibido la entrada en casa a Othon, Gaillard, Beatrice y a muchos otros de mis compañeros de bebida, por lo que, al final de aquel día, empecé a preguntarme qué habría sido de ellos. ¿No les alarmaba mi estado? ¿Tan poca importancia tenía para ellos mi salud? Por fortuna, y antes de que la penumbra del atardecer abatiera aún más mi ánimo, el padre Amiel apareció de repente y mi melancolía se desvaneció como la niebla con la llegada de la mañana.

Allí tenía, por fin, a un verdadero amigo.

Mi madre me alertó de su llegada entrando en mi alcoba antes que él a fin de arreglar la colcha, distribuir manojos de hierbas aromáticas, despejar una silla para que la utilizase y hacerse a toda prisa con el orinal, aquel sórdido testigo de las funciones corporales. Acababa apenas de vaciar aquel vil recipiente por la ventana cuando entró el padre Amiel, con un rostro tan hinchado y amoratado que era como si llevase una ciruela en el carrillo.

—¿Qué os ha sucedido? —fue mi descortés saludo, mientras mi madre se escabullía como un ratón. Cuando el monje explicó, con sonidos confusos, que le habían arrancado una muela, no pude contener la risa. Entre mis balbuceos y sus ceceos, menuda pareja hacíamos.

—¡Oh, padre, qué aspecto más patético ha de ser el nuestro! —dije—. Pero ¿os encontráis mejor, padre?

—Hasta cierto punto. —Ensayó una mueca y dio un respingo de dolor. Estaba sonrojado, tal vez febril, y hablaba sin mover apenas los labios. Quedaba claro, no obstante, que el dolor era soportable: me lo indicó su manera de cerrar la puerta.

—¿Y vos? —preguntó—. ¿Cómo estáis, hijo?

—Vivo —respondí—, gracias a vuestra intervención. —Algo avergonzado, adopté un tono fanfarrón y animado muy poco acorde con el momento, el lugar y mi estado de salud—. Si no hubiera sido por vos, padre, ahora tal vez yacería en la tumba. Sois un ángel del Señor.

—Ni mucho menos —murmuró él—. En cualquier caso, debéis dar las gracias al oficial del orden que nos acompañaba. Fue él quien ahuyentó a vuestros agresores. — El monje se sentó y dejó un pequeño frasco de loza encima de mi escritorio—. Es un cordial que elabora el enfermero del priorato —explicó—. Yo también lo he utilizado. Mata el dolor.

—¡Oh! —exclamé. Su gesto me había conmovido—. Gracias, padre.

—¿Sabéis quiénes eran vuestros asaltantes? —preguntó, sin apartar la vista del frasco—. ¿Los reconocisteis?

—Por desgracia, no.

—¿Y sospecháis de alguien?

—Oh, padre. —Me sentía muy cansado—. Hay varias personas a las que les gustaría aplastarme la cabeza. Maridos, sobre todo.

Aún no habían salido de mi boca aquellas palabras y ya me arrepentía de haberlas pronunciado. Cualquier investigación del ataque, reflexioné, descubriría sin duda actos indecorosos de mi pasado.

El padre Amiel, sin embargo, me traspasó con una intensa mirada y dijo:

—Pues hoy mismo me ha abordado cierto marido, en concreto, y no debéis temer nada al respecto. He guardado la promesa que os hice. He negado haber visto a su criado.

Tal vez fue porque me sentía débil y sensible, pero al oír aquel acto de bondad se me llenaron los ojos de lágrimas, no sé si de vergüenza o de gratitud. Y, pese al nudo que tenía en la garganta, le di las gracias como pude.

Sin embargo, él estaba sumido en sus cavilaciones.

—Si los asaltantes no os robaron —prosiguió, siempre metido en su papel de inquisidor—, fue quizá porque se vieron interrumpidos antes de tener la oportunidad de hacerlo, pero no creo que se trate de ladrones comunes. Un ladrón puede dejaros lisiado, pero nada más que para robaros, y sólo le interesaría patearos hasta la muerte después de haberse hecho con la bolsa.

—Padre, como ya he dicho, puede haber sido cualquiera, incluso aquel hombre de Valence, ¿os acordáis? Tal vez decidió que yo necesitaba una buena tunda. Mucha gente lo piensa. —Con un suspiro, levanté una mano dolorida y me toqué el labio inferior—. Y, en mi opinión, incluso pudo ser Arnaud. Ésta tarde casi hemos llegado a las manos…

Mirándome por encima del bulto de su hinchado carrillo, el padre Amiel entornó los ojos.

—¿Y no deseáis que esos individuos sean arrestados, hijo? —murmuró—. Os noto…, ¿cómo decirlo? Os noto indiferente.

—A decir verdad, padre, ya me había ocurrido una vez.

—Comprendo. —Su mirada me incomodó—. ¿Y quién fue el culpable, en esa ocasión?

—Oh, el hermano de alguien, supongo, pero resultó imposible probarlo. —Intenté quitarle importancia al asunto riéndome un poco y sufrí las consecuencias de ello—. No os preocupéis, padre. Soy un truhán irremediable, ya lo sabéis. Es lógico que, de vez en cuando, me caiga una somanta.

—Pero también sois mi escribano —protestó el dominico—. No puedo permitir que os apaleen como a un perro. ¿Y si vuelve a suceder?

—Bien, sí, desde luego. Procuraré no rondar por la calle de noche —fue mi respuesta, un tanto impertinente. Entonces, se me ocurrió pensar que tal vez dudaba de mi capacidad para trabajar y le pregunté, con voz insegura, si preferiría prescindir de mis servicios.

—No —respondió—, en absoluto. ¿Por qué? ¿Creéis que os veréis obligado a guardar cama muchos días más?

—Supongo que no. Espero que no, vaya, pero no puedo decíroslo. Todavía me duele mucho la cabeza, ¿sabéis?

—Mañana es domingo. Si el martes aún no estáis en condiciones de trabajar, deberé contratar a otro hasta que os restablezcáis. —El padre Amiel hizo una pausa y sus ojos vagaron por la habitación. Era evidente que la fatiga y el malestar le impedían hablar mucho rato seguido. De repente, me pregunté cuántos años tendría. ¿Cuarenta, quizás? A veces parecía bastante joven, a veces muy viejo. En aquel momento, podría haber tenido sesenta años—. El lunes quiero enviar más citaciones —prosiguió—, pero puedo hacer que las redacte un escribano del priorato, bajo mi dirección. Opino que ha llegado la hora de interrogar a los sirvientes de Masseo di Vico.

—¡Ah! —dije.

—De momento, no existe ninguna indicación de que él o su hijo conspirasen con algún miembro de la casa del camarero, pero no puedo descartar tal teoría hasta que interrogue a los sirvientes del médico. —Hablaba distraídamente, con la mirada clavada en la pared de enfrente. Luego, parpadeó, frunció el entrecejo y se volvió hacia mí—. Creo que el portero del camarero es inocente —dijo—. Jean Marty no estuvo involucrado en ese pérfido acto. Estoy casi seguro de que no dejó entrar a nadie en la casa esa noche y de que no participó en la conspiración.

—Entonces, ¿de quién sospecháis? —inquirí—. Si el asesino es alguno de los que estaban al servicio del camarero…

—No necesariamente. —El dominico se restregó los ojos con la mano y suspiró —. Tal vez intervinieron fuerzas extrañas. Tal vez la casa fue invadida mediante la brujería.

—Pero ¿y qué hay de los sodomitas, padre? Creía que… Bueno, por la forma en que hablasteis con Josserand… y el mal genio de Renaud…

—Tal vez todos sean culpables —dijo, quitando importancia a la cuestión con un gesto de la mano—. No existe ninguna prueba en firme que demuestre lo contrario, pero tampoco hay ninguna por la que pueda condenarlos. Quién sabe. En cualquier caso, tendré que repasar otra vez las declaraciones para cerciorarme de que constituyen un relato lógico y unificado. Si encuentro alguna discrepancia, a partir de ella podré construir mi acusación.

El dominico cayó en un largo y reflexivo silencio. La alcoba ya estaba a oscuras y, de haberme hallado solo, habría llamado a la criada para que encendiera una vela. Sin embargo, en vista de la situación, me quedé tumbado en la penumbra hasta que mi compañero salió por fin de su ensueño.

—Debe de ser tarde —dijo el monje, al tiempo que se ponía en pie—. He de marcharme y dejar que durmáis. Y debo rezar por vos, por supuesto. En realidad, Raymond, vos también deberíais elevar vuestras plegarias, porque Dios ha acudido en vuestro auxilio en este trance.

—Lo sé.

—Vuestro hermano dice que esos golpes son un castigo justo por vuestros pecados —prosiguió el monje con una débil sonrisa—, pero yo no sacaría tal conclusión. De hecho… —La sonrisa se convirtió en una mueca de inquietud—. Se me ha ocurrido pensar si no habrá sido Masseo di Vico quien ha enviado a los asaltantes. ¿Puede haber ordenado él este ataque, a modo de advertencia? —Se quedó pensativo de nuevo, acariciándose el mentón con un dedo—. Pero, si así fuera, ¿por qué no me atacaron a mí? ¿Por qué fuisteis vos el objetivo de tal violencia? No, no. La solución no puede ser ésa. Ha de haber otra.

—Tal vez —dije—. Pero, por favor, no os angustiéis por ello. Tal como están las cosas, ya tenéis mucho por hacer.

—Cierto.

—Y ahora debéis marcharos, antes de que oscurezca. Si las calles son peligrosas, si esos hombres rondan por ahí a la caza de otra víctima… conmigo lo tendrían fácil. Tenéis razón, debo irme. —Avanzó hacia la puerta, pero, al llegar a ella, se detuvo y se volvió hacia mí para dedicarme otra torcida sonrisa—. ¿Os ha pasado por la cabeza, hijo mío, que, si un hermano o un marido fueran los responsables de este acto de barbarie, habéis tenido mucha suerte de escapar con los genitales enteros? La castración —añadió— siempre ha sido el castigo más común para los delitos carnales, ¿sabéis?

Se despidió con un gesto de la mano y salió a encarar el bullicio y el gentío de la cocina. Le oí defenderse de mi familia mientras se encaminaba a la seguridad de la calle, y voces que lo perseguían cuando pasó por delante de la ventana de mi alcoba. ¡Pobre ánima! La aspiración máxima de la vida de mi madre era persuadirle de que aceptara compartir mesa con ella. ¡Con cuánto orgullo habría alardeado delante de todas las piadosas matronas que conocía! ¡Con qué solemnidad habría lavado los platos a continuación! Porque un dominico cautivo, como seguro que sabréis, es una presa muy rara.

Más tarde, al recoger el cordial del monje, recordé su broma acerca de mis partes masculinas y me estremecí. ¿Y si hubiese perdido el instrumento de mis pasiones viriles? ¿Y si hubiera sufrido el mismo destino que Pierre Abélard? ¡Oh, amigos míos!, ¿habría merecido la pena seguir viviendo?

Si permites que el caballo vague sin rumbo fijo, Raymond, lo perderás, me dije. Ten cuidado y cumple la promesa que le hiciste al padre Amiel. San Pablo dijo que el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor; si te dejas guiar por su sabiduría, al menos durante este tiempo, tal vez descubras que tu carne pecadora permanece intacta.

Y así fue, mis damas, como llevé una vida de castidad durante mi vigesimosexto año de vida.