El escribano
Canto III
A la mañana siguiente, me puse en camino hacia Saint-Martin-les-Bains.
El Padre Amiel se había ocupado de que me dieran por montura el animal más plácido de las cuadras del priorato, una yegua vieja de color gris llamada Segnitia. Había dispuesto que me encontrara con cierto grupo de clérigos en el puente de Saint-Benezet cuando abrieran las puertas de la ciudad y que viajase con esos hombres hasta mi destino. De hecho, el día anterior, mientras yo terminaba de copiar la declaración del padre Antonio, el domínico había urdido varios planes, inteligentes y acertados, el más astuto de los cuales fue su petición al condestable de que arrestara a Durand Rouiard el martes por la mañana, cuando las campanas llamaran a maitines.
Dicho arresto debería producirse en el propio domicilio de Durand. Cuando inquirí al padre Amiel por qué no había ordenado detenerlo en El Gallo Negro, él me preguntó cómo podría haber propiciado allí tal acto. ¿Tenía yo que haber reducido a Durand por la fuerza, mientras Beatrice alertaba a los oficiales del orden? ¿Y si hubiese escapado antes de que llegara el condestable? ¿Lo consideraba que deberíamos haber tenido preparada una escolta armada mientras se producía la entrevista?
—Recordad, por favor, sin embargo —explicó el dominico—, que no sabíamos con seguridad a qué hora llegaría Durand. Habríamos corrido el riesgo de que, camino de la taberna, topara con los oficiales, se asustara y huyera. No es fácil camuflar a los soldados, maese Raymond. No; es mejor que le hayamos permitido regresar a su cama.
—Pero ¿lo hará? —me pregunté. Caminábamos de regreso al priorato desde El Gallo Negro al término de aquella larga velada estival. Reinaba una luz mortecina y lóbrega y las sombras empezaban a adueñarse de las calles. Si no nos dábamos prisa, nos perderíamos en una oscuridad nocturna que sólo las antorchas podrían atravesar, puesto que la cálida brisa que en aquel momento comenzaba a dispersar las nubes habría apagado enseguida lámparas y candelas.
En algún lugar delante de nosotros, Durand también se escabullía entre las sombras.
—Creo que regresará a su cama —dijo el padre Amiel—. Tal vez vaya a otra parte e intente ocultarse, pero ¿dónde puede hacerlo, en Aviñón? Aquí no hallará un sitio donde librarse de extraños. No, aquí se le encontrará. Y si intenta huir de la ciudad… Aunque ahora las puertas están cerradas, cuando abran, al amanecer, toda la guarnición le estará buscando. Si tiene algo de sentido común, confiará en mi buena voluntad y regresará a su casa. —El padre Amiel hablaba entre jadeos, puesto que habíamos apresurado el paso—. Además, ya es casi de noche. En esta ciudad, si ronda por las calles a estas horas, se expone a tener un mal encuentro.
—Como nosotros, ahora.
—Sí. ¡Vamos! Quiero que estéis bien descansado para el viaje de mañana.
Por extraño que parezca y a pesar de mis muchas preocupaciones (debo confesar que la petición del canónigo Durand al padre Pierre-Julien respecto a mi salud futura me producía cierta intranquilidad), aquella noche dormí, y lo hice a pierna suelta. Me levanté de mala gana, con una extraña sensación de rigidez y flojera, como si estuviera recuperándome de un acceso de fiebre. De no ser por el padre Amiel, que me instó a ponerme en camino, sin duda habría llegado al puente de Saint-Benezet mucho después de que partiera mi escolta. Finalmente, llegué a la hora prevista y me uní al grupo que me brindaría protección.
El grupo estaba formado por diez personas, entre las que se contaban el tesorero de la catedral de Albi, que viajaba con un criado y un subdiácono, dos predicadores dominicos que se dirigían a Uzes, el párroco de una aldea remota de la Montaña Negra, un correo papal que iba a Toulouse (gracias a Dios, no se trataba de Othon) y tres canónigos regulares, naturales de la misma ciudad, cuya ineptitud a lomos del caballo era aún mayor que la mía. El padre Amiel conocía a los dos dominicos. En realidad, ambos me acompañaron desde el priorato hasta el puente y me fueron presentados como el padre Blaise y el padre Thibault.
—Son predicadores generales —me dijo el padre Amiel—. Los he puesto al corriente sobre vos. Se lo he contado todo.
—¡Oh!
—Os he recomendado a ellos. Os he puesto por las nubes, Raymond.
Solté un gruñido. Esperábamos junto a los caballos mientras mis dos compañeros de viaje y un tercero, un fraile de aire soñoliento a quien reconocí, pero cuyo nombre ignoraba, realizaban con elegancia ciertos ritos de despedida. Hubo intercambio de besos, se ofreció y se aceptó comida y el padre Amiel me dedicó una radiante sonrisa.
—No os desaniméis —dijo en voz baja—. Éste viaje no será arduo. En Saint-Martin-les-Bains recibiréis una cálida acogida. Y mañana tal vez sepáis ya quién mató a Guillaume Monier.
Hice una mueca y bostecé.
—Tal vez —repliqué con una falta evidente de entusiasmo, ante lo cual el padre Amiel me presionó la muñeca.
—Raymond —murmuró—. Debéis tener confianza. Anoche os oí y estuvisteis admirable. Vuestra habilidad fue insuperable y no mostrasteis vacilación ni debilidad alguna. Conseguisteis dominar del todo a vuestro interlocutor. Confío por completo en vuestra habilidad para sonsacar la verdad a esa viuda libidinosa. —Me soltó y me sugirió que llevara el caballo hasta el puente—. Éstas calles se recorren mejor a pie —sentenció.
—Lo sé.
—¿Tenéis el dinero?
—Sí.
—Entonces, id con Dios. Esperaré vuestro regreso dentro de dos o tres días, y tal vez para entonces yo también tenga mi propia información que contaros.
¿Su propia información? Mientras contemplaba embobado al monje que se alejaba, me pregunté qué habría querido decir con aquello. Yo sabía que aquel mismo día se le pediría al padre Antonio que confirmase su testimonio. Probablemente, Durand Rouiard, ya preso, sería interrogado de nuevo y se tomaría nota de sus respuestas. ¿Acudiría el padre Amiel al Papa durante mi ausencia, o esperaría a que regresase?
Pensé sobre el hecho de acudir al Papa. ¿Cómo acudía uno al Papa? ¿Había que entregar la petición en voz baja, en una gran sala, doblado en una reverencia ante una figura inmóvil sentada en un trono elevado? ¿Había que esperar en un pasillo y arrojarse a los pies del Santo Padre a fin de llamar la atención mientras iba de un concilio a otro, acompañado de hordas de clérigos ajetreados y balbucientes? ¿Había que llamar tímidamente a la puerta de una pequeña estancia a media luz, para ser admitido por la irritable voz de un viejo encorvado tras su escritorio, con la pluma en la mano y rodeado de montones de documentos apilados en el suelo?
Al Santo Padre no le complacerían los descubrimientos del padre Amiel. No le agradaría saber que el padre Pierre-Julien Fauré, un hombre cuya férrea defensa de la fe católica le había valido el reconocimiento de Su Santidad, era acusado ahora de tratar de conjurar a un demonio. Según el padre Amiel, el padre Pierre-Julien compartía con el papa Juan un profundo temor por la brujería; a ambos se los había visto conversar animadamente en distintas ocasiones durante la estancia del inquisidor en Aviñón. Parecía, sin embargo, que mientras el Santo Padre se enfrentaba a las artes de Satanás con consistorios, la ley canónica y las pieles mágicas de serpiente; el padre Pierre-Julien, a quien tales artes fascinaban tanto como repugnaban al Sumo Pontífice, había optado por abordar la propia fuente de la malignidad.
Fauré se había esforzado en demostrar que, mediante el uso de objetos sagrados, palabras sagradas y de un espíritu sereno, se podía conquistar y controlar a un demonio por el bien de la humanidad. Esto era, al menos, lo que le había dicho a Durand Rouiard. Después de hacerse con cierto texto, escrito en griego y del que se decía que contenía los secretos a través de los cuales se podía poner a un demonio al servicio de uno, había abordado a Durand para pedirle una traducción. El canónigo, por su parte, había quedado convencido de la sinceridad del monje y se había obsesionado con ese texto, que le había parecido muy antiguo, muy misterioso y muy poderoso. Se había reunido con el padre Pierre-Julien y con el padre Guillaume Monier mientras ambos, noche tras noche, se dedicaban a la brujería, para la que utilizaban piel de gato, sangre de perro, círculos mágicos, encantamientos y agua bendita. Habían pasado tres meses intentando invocar a un demonio.
Sin embargo, no lo habían logrado.
—Con lo cual se demuestra —había comentado el padre Amiel—, que los demonios no pueden ser controlados por el hombre. Si es que había que volver a demostrarlo, claro, porque, en mi opinión, Aquino ya lo estableció perfectamente.
Pensé en todo aquello mientras seguía al padre Blaise y al padre Thibault desde el priorato. Eran unos hombres agradables, aunque no charlatanes, y agradecí enormemente su monacal reserva porque no me apetecía hablar. Cuando llegamos al puente, fueron ellos los que intercambiaron unas palabras corteses con el sacerdote, los canónigos y el correo, y me presentaron como «maese Raymond, un escribano oficial al servicio del Santo Padre». No me vi obligado a hacer otra cosa que asentir, inclinar la cabeza y sonreír, hasta que llegó el momento en que todos montamos en nuestros corceles.
Entonces el correo papal me advirtió de que debía ajustar los estribos si no quería colgar de la silla como un saco. Yo repliqué que preferiría ir tumbado, ante lo que se echó a reír y me los arregló. Enseguida nos pusimos en camino y de inmediato me quedó claro que los tres canónigos de Toulouse eran jinetes inexpertos que montaban unos caballos muy mal domados. Además, eran muy parlanchines y se entretenían discutiendo el caso que los había llevado a Aviñón. De vez en cuando, el tesorero intervenía con un comentario excelso, que era recibido con una pausa reverente seguida de halagadoras palabras de acuerdo. Sin embargo, permaneció callado casi todo el tiempo, lo mismo que sus ayudantes. Los dominicos conversaban entre sí en voz tan baja que los demás no oíamos lo que decían. El correo, de nombre Germain, habló poco, pero cuando lo hizo, se dirigió exclusivamente a mí.
—Mirad esos viñedos —dijo—. Todos pertenecen a la abadía de Saint-André, que está allí arriba, en lo alto del monte Andaon. Una vez estuve allí. Esos monjes viven mejor que ninguno de nosotros, ¡por las barbas de San José! Me gusta marcharme de Aviñón. En la ciudad hay demasiadas tonsuras. —Igual que Othon, aquel correo papal sentía un evidente desprecio por la clerecía.
Pese a la impericia de los canónigos como jinetes, avanzamos a buen paso, ya que el camino estaba seco y era casi llano. Como no lo había transitado durante los últimos tres años, me fijé con interés en los cambios más visibles: un nuevo campo cultivado, un árbol viejo caído, un sendero que se adentraba más en una loma polvorienta… La fruta maduraba por doquier; la avena, la alubia y la cebada ya estaban recolectadas. A lo largo del camino, los campesinos se hacían a un lado para dejar paso a nuestra comitiva clerical: un viejo bajo un cesto de madera, un chico que caminaba trabajosamente conduciendo un puerco, una joven cuyo balanceo de caderas atrajo mi atención… («A las mujeres les gustan los religiosos —comentó Germain en voz baja—, porque los religiosos siempre están muy bien dotados. Y porque saben utilizar la herramienta sin hacerles niños.»). Nos detuvimos sólo una vez a vaciar la vejiga. Y comimos la colación del mediodía sin desmontar, sacándola de las alforjas.
Por fin, cuando el sol ya estaba bajo, llegamos a una encrucijada conocida. Allí me separé del grupo, que apretaría un poco el paso para llegar a Uzes, donde pernoctaría. Yo me dirigí hacia el norte, en dirección a las montañas, y al cabo de un rato divisé Saint-Martin-les-Bains, bañado en el fulgor rojizo del atardecer. Fue una visión placentera, os lo aseguro. Después de pasar casi todo el día en la silla, habría acogido con la misma alegría delirante la visión de un establo o la cabaña de un leproso.
Como podéis imaginar, estaba mucho más acostumbrado a montar mujeres que caballos.
Saint-Martin-les-Bains es un valle fértil y amplio coronado por un pequeño castillo. Los tejados de madera de sus casas se arraciman formando una serie de calles que, discurriendo colina abajo, confluyen en una única calzada. A sus pies se extienden muchos viñedos y campos de cereales, terrenos donde pacen numerosos animales, mulas, vacas y asnos, gran número de plantaciones de árboles de madera buena (aunque no tantas como yo recordaba) e incontables porquerizas y huertas de verduras. Rico y con una población abundante, posee una iglesia grande y hermosa, con todos los muros interiores pintados, una capilla en el cementerio, dos pozos, dos sacerdotes, un zapatero, un tejedor, un herrero, un enladrillador y una pequeña guarnición de soldados campesinos bien alimentados y armados con lanzas.
Cuando llegué, casi todos sus habitantes salieron de sus respectivas moradas a observarme. Aunque hubo pocas palabras, el vicario del sacerdote me brindó una elegante acogida, y un enjambre de sus fieles nos siguió montaña arriba en dirección al castillo. No os cansaré con una descripción exhaustiva de esta construcción, cuyo tamaño es relativamente modesto. Contiene una plaza y un alcázar de cuatro plantas rodeado por una muralla simple tachonada de torres semicirculares. Las defensas no son espectaculares, pero las instalaciones son cómodas, gracias, sobre todo, al trabajo del difunto marido de Marguerite. Hay letrinas construidas de piedra, bancos para los centinelas, un hogar con una chimenea y todo tipo de ornamentos lujosos labrados en los muros de la capilla y de la sala. En ésta, unos trovadores de piedra adornan las ménsulas de cul-de-lamp que sostienen los ocho nervios en abanico de las bóvedas, y la dovela esculpida representa al rey David tocando el arpa. En la capilla, unos ángeles sonríen, beatíficos, desde el techo. Hay lámparas colgadas en todas partes, vasijas vidriadas, ricas pieles, frescos en las paredes y abundancia de sebo.
Es una fortaleza de una excepcional belleza y me deleitó en gran manera verla de nuevo. Los colores del condado de Provenza flamean con orgullo sobre ella y tiene el escudo de armas cincelado en la puerta, donde fui recibido por el mayordomo del castellano. El hombre era nuevo en el puesto y no lo reconocí. Me miró de arriba abajo, pero no de manera hostil.
—Traigo un mensaje para la dama Marguerite —le dije—. De… de parte de Lambert Galand, de Aviñón.
—¿El abogado?
—Sí.
—Muy bien. —Aunque frunció el ceño, el mayordomo se mostró cordial. Sin pedir más explicaciones, me indicó que lo acompañara y cruzamos la muralla, entramos en el alcázar y subimos una escalera de caracol. Recordé el olor del lugar y la colocación de los peldaños, dispuestos aquí y allá para hacer tropezar a los invitados indeseados.
En la sala, Marguerite estaba hablando con otras dos mujeres, una de las cuales era su nuera. También estaba presente un bebé que gimoteaba y unos cuantos canes jadeantes. Los perros empezaron a ladrar cuando entré, pero fueron silenciados con diversas patadas y palabras mordaces.
Marguerite, que se hallaba en pie, alzó las manos al cielo cuando me vio.
—¡Vaya! —exclamó—. Sois Raymond Maillot, ¿verdad?
—Sí, lo soy —respondí al tiempo que le hacía una reverencia.
—¿Y venís de Aviñón?
—Sí, con una carta de Lambert Calando.
—¡Oh! Entonces debo leerla. Pero primero debéis sentaros, beber algo de vino y hablarnos un poco de vos mismo. Blanche, ¿te acuerdas de maese Raymond? Solía venir por aquí cuando vivía en casa de Lambert Calando Blanche, la nuera de Marguerite, asintió. Era una joven magra y avejentada, aunque inteligente, y yo recordaba vagamente su cara. La otra mujer era una viuda del pueblo que había ido «a buscar un poco de vinagre». Menuda, arrugada e inconteniblemente jovial, no se sentía intimidada por la presencia de un hombre educado, sino que bromeó acerca de mi extraño porte cuando, con una mueca de dolor, conseguí sentarme.
—No estoy acostumbrado a montar —fue mi explicación.
—Claro que no —dijo Marguerite de forma compasiva, pero descubrí un brillo divertido en sus ojos. Aunque había engordado un poco, seguía siendo una mujer atractiva. Tenía el abundante cabello de una tonalidad rojiza, y se adivinaba rebelde incluso cuando lo llevaba confinado bajo una redecilla de seda. Su piel se conservaba tersa, tenía las manos suaves y sus ojos rasgados brindaban cierta belleza erótica a la nariz más bien grande que surgía entre ellos.
Desvié la mirada, incómodo, pues temía traicionarme a mí mismo.
—Blanche ha dado a luz dos veces, desde la última vez que estuvisteis aquí — dijo, animada, sirviéndome el vino con sus propias manos—. Éste hombrecito es su tercer hijo, y todos están vivos.
—Demos gracias a Dios —murmuró Blanche.
—Sí, y gracias también a un grano de olíbano —dijo la vieja—. El olíbano siempre cura enfermedades de la cabeza, mezclado con otras hierbas.
—Guillemette es una experta en el uso de las hierbas —explicó Marguerite—. Ha salvado a los niños de la muerte en diversas ocasiones.
—Con la ayuda de Dios —dijo Guillemette—. Sólo con la ayuda de Dios.
—Por supuesto.
La conversación, plácida y doméstica en su tono, prosiguió durante un tiempo mientras Blanche acunaba a su hijo, Marguerite atizaba el fuego y Guillemette me aconsejaba acerca de los mejores tratamientos para las llagas de la silla. La situación se me antojó de lo más relajada y, de no haber sido por las molestias que me daban mis cuartos traseros, me habría adormilado. Entonces aparecieron el mayordomo, su mujer y los hijos de ambos, los hijos de Blanche y la nodriza de ésta, por lo que la paz se desvaneció y reinó el desorden. Entraron varios sirvientes con vino, pan y un mantel, que se dispuso en mi honor, y se sirvió una modesta cena a base de pescado, compuesta de un solo plato. La conversación durante la velada derivó hacia la caza, los molinos de grano, los derechos de pesca, las disputas por la tierra y otros asuntos serios de interés puramente local. Me pidieron que les contara las últimas novedades de Aviñón, pero, considerando que la historia de los genitales mutilados ensombrecería el tono de la velada, no encontré mucho que explicar.
Marguerite, que se hallaba sentada a mi lado, me habló sólo una vez y fue para decirme que Bona Claret servía para la familia más rica del pueblo, la cual parecía muy satisfecha con ella. Mientras estuviera en Saint-Martin-les-Bains tal vez podría ir a visitarla.
—Tal vez —respondí, aunque no me apetecía en absoluto encontrarme con Bona.
—Si lo hacéis —prosiguió la dama con frivolidad—, debéis deteneros en mi casa. Está junto a las puertas del castillo. Habéis pasado por delante al venir.
—¡Oh! —exclamé—. Entonces, ¿ya no vivís en el castillo?
—No. Ahora, Blanche es aquí la señora y así es como debe ser. Soy viuda y prefiero tener mi propia casa, lejos del ruido y del bullicio.
«No es necesario que me digas por qué», pensé, mientras ella me traspasaba con una mirada de soslayo. Me pregunté cuántos hombres habrían accedido a aquella casita suya.
—Os habría ofrecido una cama bajo mi propio techo —prosiguió, con una risa alegre—, pero dicha hospitalidad resultaría impropia, siendo una viuda.
—Por supuesto.
—Por más casta que fuera nuestra amistad, la gente nos calumniaría.
—Desde luego.
—Por lo tanto, Blanche os ofrece amablemente la habitación del conde. Ya habéis dormido allí alguna vez, ¿verdad?
Sí, lo había hecho. La habitación del conde era la estancia en la que el conde de Provenza, en sus viajes, había dormido un par de veces. Se hallaba en el piso superior del alcázar, junto a la capilla. Contenía una cama adoselada, un arcón profusamente pintado y un crucifijo tallado, junto con otros objetos (rollos de telas, cristales estropeados, cunas vacías, botas que precisaban un arreglo) que hubiera que almacenar por breve tiempo. Los huéspedes más honorables del castillo solían alojarse en aquella habitación.
—Os estoy muy agradecido —fue mi respuesta.
—¿Os acordáis del camino para llegar a ella? —inquirió Marguerite—. ¿Y para ir a las letrinas, a la cocina, a los establos?
—Sí, sí.
—Bien; entonces, allí os sentiréis cómodo.
—No lo creo. —La miré por primera vez a los ojos y añadí—: No me sentiré cómodo. Me duelen terriblemente los cuartos traseros. Ésta noche me torturarán los músculos fatigados y las ampollas en la piel. El dolor y el cansancio se apoderarán de mi cuerpo. Mañana, tal vez sirva para algo, pero esta noche seré una calamidad. Siempre ha sido así.
Marguerite asintió. ¿Me había comprendido? ¿Le había dejado claro que no tenía ninguna intención de arrastrarme aquella noche hasta su cama?
—Pobre maese Raymond —dijo—. Todo este sufrimiento sólo para hacerme el favor de traerme una carta. Por cierto, ¿dónde está esa carta, si puedo preguntarlo? ¿En vuestro equipaje?
—Esto… sí.
—Entonces iré a buscarla. No, no, quedaos aquí. Terminad la comida. Laurent, ¿está el equipaje de maese Raymond en la habitación del conde? ¿Sí? En ese caso, iré a recogerla. —Marguerite se puso en pie y se despidió de los reunidos. Besó a unos cuantos niños, cumplimentó al mayordomo, pateó a un perro y me instó a dormir bien aquella noche—. Quedaos unos días —me recomendó—. Sé que siempre habéis necesitado un tiempo para recuperaros después de un largo viaje a caballo, maese Raymond. En cualquier caso, mañana debéis visitar mi casa. Quiero enseñaros el corral, el henal y la era.
«El henal —pensé—. Quiere hacerlo en el henal».
¿A mediodía, tal vez?
—Laurent, ¿traerás mañana a mi casa a maese Raymond? Será mejor que alguien lo acompañe o se perderá. Naturalmente, tendrás una jarra de vino por la molestia.
«No —decidí—. No quiere hacerlo en el henal. ¿Dónde, entonces? ¿Y cuándo?».
—Buenas noches. Buenas noches, Blanche. Buenas noches, Laurent. — Marguerite revoloteó alrededor de la mesa, besando mejillas y dando palmaditas en las cabezas—. ¡Buenas noches, maese Raymond! ¡Buenas noches!
Cuando se marchó, me quedé sentado, un tanto confuso. ¿Había tratado de decirme algo? ¿Pondría una droga en el vino del mayordomo para que se durmiera mientras nosotros fornicábamos? ¿O intentaba demostrar que no sentía ningún interés por mi cuerpo a los que tal vez sospechaban algo?
Sólo lo comprendí después de retirarme a mi habitación, pues allí, escondido en mi alforja, había un mensaje escrito con carbón en un trozo roto de pergamino.
«Espérame mañana por la noche», rezaba.