El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 24 de 45

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El escribano

Canto VI

—¡Othon! —exclamé—. ¡Othon, espera…! ¡No he sido yo! ¡Othon, que yo no soy el responsable!

Resoplando como un toro bravo, Othon aceleró el paso. Yo empecé a retroceder.

—¡Es posible que ella te haya visto en el mercado! —farfullé—. ¡La culpa no es mía, Othon!

Se abalanzó contra mí, pero me volví y escapé, evitándolo por los pelos. ¡Oh, amigos míos, cómo corrí! Raudo como el viento, os lo aseguro. Calle arriba, doblé una esquina y tomé un callejón, pero él no dejó ni un instante de pisarme los talones como un podenco. Tuve la suerte, sin embargo, de que resbalara en el cieno. Gracias a ello, conseguí distanciarme un poco y aproveché las retorcidas y angostas callejas del lado sur de la iglesia de San Pedro para confundirlo. A la derecha, a la izquierda, de nuevo a la derecha. La gente se ponía en pie para abrirme paso, pero choqué con más de un transeúnte como un proyectil impulsado por una catapulta. Las mujeres se apartaban asustadas.

—¡Apartaos! ¡Apartaos! —gritaba yo.

—¡Socorro! ¡Auxilio! —exclamaban ellas mientras los hombres me maldecían y me insultaban.

Me perdí durante un rato en el cementerio de San Pedro.

En él aún había muchos chamizos de madera, construidos para albergar a quienes los taxatores domorum habían desahuciado de viviendas más dignas. (El papa Juan ordenó tiempo después demoler las chabolas). Meterme entre ellas significaba poder ocultarme, y lo hice durante un tiempo, caminando con la cabeza gacha entre una y la siguiente. Si el lugar no hubiese estado habitado, tal vez habría conseguido cruzarlo y salir de él sin problemas, pero estaba lleno de niños, de mujeres en los umbrales y de canes que husmeaban en los montones de basura. Mi presencia sorprendió a todos y los perros gruñeron y los críos me hicieron preguntas. ¿Qué estaba haciendo? ¿Era idiota o estaba loco? Un pequeño canalla intentó subírseme a la espalda, otro me pegó en el hombro con un bastón y aulló cuando le pagué el golpe con una bofetada.

Entretanto, Othon me buscaba y hacía preguntas, intimidando con su corpulencia y su cuchillo a todos los que le salían al paso. Era un par de palmos más alto que los chamizos que poblaban el cementerio y nadie osó plantarle cara. Sí, decían las mujeres, un hombre ha pasado por aquí. Era un tipo joven, con una túnica verde, delgado y con abundante pelo negro. Se fue por ahí. Caminaba arrastrándose.

Othon era tan alto que yo podía divisar su avance si miraba por encima de las paredes, y descubrí que me estaba obligando a volver sobre mis pasos, lo cual me alejaba cada vez más del priorato de los dominicos. Entonces, los niños empezaron a perseguirme y Othon oyó sus burlas y gritó:

—¡No conseguirás escapar, gusano!

Al verle acelerar el paso, intenté pensar. Los ojos me escocían debido al humo. ¡Humo! ¡Por supuesto! A la puerta de uno de los chamizos ardía una fogata, reducida casi por completo a cenizas y ascuas, pero bastaba para mi propósito. Me acerqué a la mujer que la atendía, enseñé los dientes (ante lo cual no opuso ninguna resistencia), me envolví la mano en la capa y agarré uno de los troncos humeantes.

A continuación, me puse en pie de un salto.

—¡Argh! —gritó Othon. Estaba bien situado para interceptarme, pero lo esquivé y eché a correr en dirección al priorato. Y cuando alargó el brazo para agarrarme por el cuello, yo le arrojé el tronco ardiendo y, entre alaridos, cayó al suelo.

—¡Maldito seas! —bramó. A mí no me quedaba aliento para hablar y, aprovechando la ventaja de seis o siete pasos que le había sacado, intenté aumentar la distancia que nos separaba, saltando por encima de la tapia del cementerio. Fui a parar a un callejón tan estrecho que pensé que el mismísimo Dios lo había puesto allí para mí. Othon, con sus anchas espaldas, se veía obligado a avanzar de costado entre los agobiantes muros. Mi constitución más delgada me permitió ganar terreno sin demasiadas dificultades y, al doblar una esquina, desaparecí de su vista. Y ya me diréis qué os parece lo que hice después, porque a mí se me antoja muy astuto.

Había una casa baja con un tejado plano de ripias y una ventana que se abría bajo el alero. Utilizando el alféizar como estribo, me encaramé al tejado y, tendido entre las gavillas de trigo que se guardaban sobre las planchas de madera, recuperé el resuello. Recé para que nadie me oyera en el interior de la casa. Recé para que Othon pasara sin darse cuenta. Recé a todos los santos del cielo sin atreverme a levantar la cabeza.

Y mis plegarias fueron escuchadas. Nadie advirtió mi presencia. Sólo las moscas notaron que estaba allí y se arremolinaron en torno a mi cuerpo sudoroso, tumbado al sol, hasta que temí que aquella aglomeración de insectos delatara mi presencia, pero en aquel tejado estaba seguro. En mi nido de trigo seco, me sentía protegido como el huevo de un gorrión, fuera de la vista y fuera del alcance de todos.

Esperé mucho tiempo. Aguardé hasta que las sombras se volvieron alargadas y entonces, por fin, deseoso de volver a la calle antes de que cayera la noche y me impidiese ver por dónde bajar del tejado, pasé las dos piernas con cuidado sobre el borde de éste y me dejé caer. Aterricé en un charco de lodo.

No me recibió ninguna voz airada. Ningún puño del tamaño de un jamón me golpeó la cara. La calle estaba tranquila. Era esa hora de la tarde en la que, en el campo, los labriegos se detienen en el umbral a disfrutar de los postreros rayos rojos del sol. Las calles de Aviñón son demasiado estrechas y las casas, demasiado altas para tales placeres, regalo de Dios, por lo que muchas puertas ante las que pasé se hallaban envueltas en una densa penumbra que presagiaba el anochecer. No obstante, las torres y las almenas estaban bañadas en oro. Los pájaros llamaban a su progenie a los nidos y la gente de la calle caminaba despacio, sabedora de que el trabajo de la jornada ya estaba hecho.

Yo también me movía despacio, pero mi razón era otra. Tenía que mirar antes de doblar las esquinas y deslizarme de un umbral al siguiente. Tenía que caminar en silencio y estudiar con atención todas las figuras que se acercaban. Cuando me saludaban (porque yo no era una persona desconocida), salía huyendo como un ratón asustado, con el corazón desbocado. De esta manera avancé paso a paso en dirección al priorato, preguntándome por el camino qué haría si se negaban a acogerme.

«Asilo —pensé—. Debo pedir asilo. Tienen el deber sagrado de dármelo».

Debo comentaros que es muy difícil orientarse dentro de las murallas de Aviñón. No existen las vistas panorámicas, sólo desde las propias murallas. No hay espacios abiertos de ningún tipo y uno casi se da de bruces con los edificios antes de verlos, y fue de ese modo cómo, al doblar una esquina, descubrí que había llegado a mi destino. Es probable que, conforme me acercaba a la seguridad del claustro, me hubiese confiado un poco. Tal vez se me antojó imposible que Othon me buscara en aquel lugar concreto. Sea cual fuere la razón, cuando corrí hacia las puertas del priorato sin, como tendría que haber hecho, husmear el aire primero, sufrí las consecuencias inevitables de mi falta de cautela.

Othon me estaba esperando.

Me aguardaba en la boca de un callejón, a poca distancia de la puerta del recinto. No puedo deciros qué rayos de iluminación lo habían llevado hasta aquel lugar. Quizás, a su torpe manera, había deducido que yo sería lo bastante listo para evitar la casa de mi madre y El Gallo Negro. Quizás había pensado en el priorato, o en el padre Amiel.

En cualquier caso, salió del callejón aullando como un perro rabioso. Yo ya había llegado a la puerta y el susto casi me tumbó. De puro desespero, empecé a aporrear las puertas que se elevaban ante mí como un farallón. Grité pidiendo ayuda, supliqué que me dejaran entrar. Entonces, Othon me agarró por la capa y me tiró con todas sus fuerzas contra los duros cantos rodados que empedraban la calle.

—¡Traidor! —rugió.

Intenté escabullirme a rastras, pero me lo impidió. Volvió a agarrarme y me dio puñetazos en la oreja, en la cara y en el cuello. Me pateó el estómago y me golpeó la cabeza contra la piedra. El impacto fue tan fuerte que apenas sentí dolor. Recuerdo que intenté que se me ocurriera algo, unas simples palabras con las que suplicarle que se detuviera. Recuerdo que la mente se me emborronó. Entonces, me pisó la mano y aquello sí que me dolió. Grité, a buen seguro, aunque no recuerdo el sonido de mi voz. Experimentaba una extraña sensación: todo me daba vueltas como si hubiera quedado atrapado en la rueda de un molino.

Quizá quería matarme, como había dicho Beatrice, y, si no hubiese intervenido el portero del priorato, tal vez lo habría hecho. De repente, la paliza cesó y oí voces, débiles gritos que atravesaban el zumbido de mis oídos. Y luego, el silencio.

Alguien me tocó el hombro con suavidad. Alguien preguntó si podía ponerme en pie.

—El padre Amiel —gruñí—. El padre Amiel de Semur.

—¿Qué?

—Por favor. Él me conoce. Dejadme entrar.

El portero era un tipo prudente y sabía que no podía dejarme en la calle, porque, si bien mi asaltante se había marchado corriendo, era indudable que acechaba en las proximidades con la esperanza de que no me admitieran en el priorato. Gracias a la misericordia de Dios, sin embargo, me franquearon la entrada. Doblado por la cintura y arrastrando una pierna, crucé la puerta apoyado en el brazo de mi nuevo amigo, que se tambaleó un poco bajo mi peso. Cuando oí el retumbar de las puertas al cerrarse, supe que en ningún otro lugar de la ciudad de Aviñón estaría más seguro que allí. Sabía que había llegado a mi asilo.

Como la ocasión anterior, me llevaron a una pequeña celda de piedra con un banco corrido. Ésta vez, sin embargo, no me advirtieron de que no orinase, escupiera o blasfemase. Por el contrario, me instaron a tumbarme en el banco y me dijeron que no tendría que esperar mucho rato, ya que enseguida llamarían al padre Amiel.

—¿Vuestro nombre? —preguntó el portero antes de retirarse—. ¿Cómo os llamáis?

—Raymond Maillot.

—Bienvenido seáis, Raymond Maillot. Voy a transmitir vuestro mensaje. Poneos cómodo.

Pero ¡ah, la comodidad! ¡Era imposible encontrarla! Me dolía todo el cuerpo, temblaba y me sangraba la nariz. Intenté sentarme, pero me mareé y tuve que tumbarme de nuevo. Entonces cerré los ojos y me invadió un sopor extraño. Se me movía un diente y notaba un sabor metálico en la garganta. Mi mente divagó y divagó…

—¡Raymond!

Era la voz de padre Amiel. Con cierto esfuerzo, abrí los párpados de nuevo, pero no podía volver la cabeza.

—¿Padre? —pregunté en un susurro.

Su túnica blanca parecía flotar ante mis ojos. Entonces, se agachó y le vi la cara. Recorrió mi cuerpo con la mirada y me examinó las heridas.

—Tendréis que ir a la enfermería —dijo.

Yo no respondí.

—¿Podéis moveros? ¿Podéis caminar?

—Sí —susurré.

—¿Me conocéis? ¿Sabéis mi nombre?

—Sí.

—¡Hermano Nicolás! —dijo levantando la voz de repente—. Venid a ayudarme.

No puedo deciros qué camino tomamos para llegar a la enfermería. Estaba tan preocupado por mis pies, por dónde los ponía, que me pasaron inadvertidos los maravillosos frescos de las paredes y las magníficas columnas talladas. Poco a poco, sin embargo, la cabeza se me fue despejando y el dolor se hizo menos difuso, concentrándose en ciertas zonas del cuerpo (la mano izquierda, la nariz, la articulación de la cadera derecha), mientras que otras zonas funcionaban con normalidad. Cuando entramos en el amplio recinto de la enfermería, una construcción de techo bajo, ya casi estaba en condiciones de hablar.

—Mi nariz —murmuré—. ¿Me ha roto la nariz?

—Quizá —respondió el padre Amiel.

—Que Dios nos asista. Conozco a un hombre que murió debido a una rotura de nariz. Le provocó una fiebre.

—Chitón. Callad ahora. No habléis.

La enfermería olía a hierbas y a humo. Había esterillas de junco en el suelo y unas telas tensadas en las ventanas para impedir que entrara la lluvia. Sólo estaban ocupadas unas cuantas camas. Me llevaron a una de ellas y el padre Amiel mantuvo un diálogo con otro monje, mucho más alto que él y de aspecto fatigado. Hablaron con las manos en vez de hacerlo con la lengua, dibujando señas en el aire. Las manos del padre Amiel, en concreto, parecían peces que comieran.

Por último, asintió y se volvió hacia mí.

—Éste es el hermano Gabriel —dijo—. El hermano Gabriel os curará las heridas y a vuestra familia se le comunicará que hoy pernoctaréis aquí.

—¡Esperad! —Lo agarré por el hábito porque ya comenzaba a marcharse—. ¿Os marcháis?

—Volveré, Raymond, pero ahora tengo que hablar de vos con el prior.

—¿Y luego regresaréis?

—Y luego regresaré. Tened paciencia.

De modo que lo solté y se marchó. Se marchó y no volvió en mucho rato. Durante su ausencia, el hermano Gabriel me restañó la hemorragia y me examinó de la cabeza a los pies: no parecía haber ningún hueso roto, aseguró. Tal vez me resultase doloroso mover la mano, dijo, pero el solo hecho de que pudiera moverla ya era para congratularse. Después de haberme untado con un ungüento de olor muy peculiar («extraerá el veneno de las contusiones»), me dio una suerte de poción y me aconsejó que descansara. Yo era joven y fuerte, indicó. Mis heridas, si bien dolorosas, eran superficiales. Enseguida sanarían, y debía dar gracias al Señor por haber salido bien parado del incidente.

Expresó sus opiniones de modo cansino y monótono, con lo cual transmitía perfectamente su falta de interés por mí. (Tal vez estoy siendo injusto y el fraile sólo estaba cansado, pues las bolsas que tenía bajo los ojos eran grandes como alforjas, pero estoy seguro de que, si en aquel momento yo hubiera muerto a sus pies, habría pasado por encima de mi cadáver). Entonces, sin ofrecerme ni una sola palabra de aliento, volvió a la cabecera de la cama de un hermano que sufría unas fiebres y cuyos delirios y movimientos eran una fuente de incomodidad que se sumaba a mi malestar.

Me dejaron solo. Abandonado, si queréis. ¿Os sorprende, pues, que el trance me afectara en gran manera? Asustado y exhausto, cedí a la debilidad enterrada en lo más profundo de mi corazón y empecé a derramar unas lágrimas cálidas y agónicas. Sollocé. Me atraganté. Me senté con la cabeza apoyada en una mano (la buena), mientras la otra colgaba, amoratada y dolorida, entre las rodillas. ¿Por qué me habían abandonado? ¿Qué había hecho yo para merecer tal desprecio?

En aquel instante, alguien pronunció mi nombre y reconocí la voz del padre Amiel antes de levantar la cabeza.

—Ha sido Othon —farfullé, anticipándome a sus preguntas—. Ha sido Othon quien me ha hecho esto.

—¿Por qué?

—Porque cree que lo he traicionado, pero no ha sido así. Siempre he sido un buen amigo, un amigo leal. He callado su nombre ante esa chica y mirad cómo me paga, el muy truhán. ¡Es un animal!

—Callad.

—¡No me escuchó, me atacó sin dejarme hablar! ¡Como si yo no fuera nadie! Y los demás, son todos iguales… Gaillard es igual. ¡Siempre piensa lo peor de mí! Soy el mejor amigo que tienen, siempre a su servicio, ¿y para qué? ¿Para qué? ¡Palizas! ¡Insultos! ¡Miradas perversas! —Entendí la injusticia de la situación y fui presa del llanto. Lloré como un niño. (Pero debéis recordar que estaba herido)—. ¡Todos somos mortales! ¡Todos cometemos errores! Los míos carecen de malicia, no hay malicia en mí. ¿Por qué me torturan así? ¿Por qué?

Las palabras fluían de mi boca como un torrente, pero el padre Amiel detuvo su curso. Me puso una mano en la frente y su tacto me hizo entrar en calor como si se tratara de una infusión. Me sentí confortado. Me tranquilicé. Se me cerraron los párpados y mis quejas delirantes dieron paso a unas palabras confusas antes de detenerse por completo.

Permanecimos en silencio unos minutos. Cuando por fin habló, lo hizo con una voz que no le había oído nunca, consoladora en grado sumo.

—Hijo, sólo el amor de Dios es perfecto —dijo—. No debéis buscar el amor perfecto entre vuestros amigos.

—¡Amigos! —farfullé—. ¡Miradme! ¡Sí, miradme! ¿Un amigo os haría eso?

—No, un verdadero amigo, no.

—¡No son mis amigos!

—¡Chist!

—¡Todo el mundo me pega! ¡Mi hermano me pega! ¡Mi padre me odiaba! ¡Todo el mundo me detesta y me rechaza!

—No.

—¿Es por mis pecados? ¿Estoy siendo castigado, padre? ¿Es eso lo que sucede?

—Quizá —se limitó a decir.

—Entonces, incluso Dios es enemigo mío. —Suspirando, me cubrí el rostro con la mano una vez más. Estaba absolutamente exhausto y ya no podía ni llorar—. Me siento desamparado —murmuré—. No es de extrañar que me lluevan golpes de todos lados.

—No todo el que se muestra condescendiente es un amigo, como tampoco es un enemigo todo el que castiga —citó el padre Amiel—. San Agustín nos dice que es mejor amar con severidad que engañar con dulzura, Raymond. Dios no es vuestro enemigo. Es vuestro único amigo verdadero.

—Vos, padre, sois mi único amigo verdadero —repliqué, y en aquel momento lo sentía así, aunque, desde luego, no pensaba con demasiada claridad. Lo dije, sin embargo. Me salió de dentro y el monje se sentó a mi lado y me retiró la mano de la frente.

—Estáis afligido, os duele todo el cuerpo y tenéis miedo —señaló con voz apacible—. Vuestra capacidad de raciocinio está disminuida. Soy vuestro amigo, sí, Raymond, un amigo verdadero, pero no puedo amaros como os ama Dios.

Sollocé y me enjugué las lágrimas.

—Pensad en los dones que Él os ha otorgado —prosiguió el padre Amiel—. Os ha concedido inteligencia, hermosura, una buena educación. Os ha dado una lengua rápida y una buena mano. Os ha dado salud y vigor, oído para la música y una voz poderosa, y también os ha concedido una dentadura perfecta, Raymond.

No pude por menos que sonreír.

—Debe de amaros mucho —continuó el monje—. Y si reflexionarais un poco, tal vez lo comprenderíais. Veríais que, comparadas con el amor de Dios, todas vuestras tribulaciones, las desavenencias, los sentimientos heridos, los golpes y las traiciones no significan nada. Nada. Es paja al viento.

—¿Paja al viento? —exclamé—. Padre, ¿la paja al viento me haría esto? ¿No veis cómo estoy?

—Sí, sí, lo sé. Cuesta perdonar, Raymond, pero… —Levantó los ojos al techo como si buscara inspiración entre las vigas—. San Pablo escribió: «Dios eligió lo necio del mundo para confundir a los sabios» —dijo al cabo, mirándome de nuevo a los ojos—. San Agustín escribió: «Porque el alma, cuando está atada al amor de las cosas terrenas, es como si tuviera ajonje en las alas y no pudiera volar». Raymond, vuestra alma está atada a la tierra. Está empantanada en el ajonje del desenfreno, la ebriedad, el conflicto y la envidia. Y el conflicto engendra conflicto y en ello no hay final. Es una semilla amarga que produce un fruto emponzoñado. Y es la muerte, el exilio. —Su forma de hablar era un bálsamo: flotaba en el aire con infinita suavidad; acunaba como el zumbido de las abejas en un día de verano—. No es mi intención sermonearos, maese Raymond, porque yo también soy un pecador, pero me entristece veros tan perdido, cuando lo único que debéis hacer es sacudiros ese ajonje de las alas. Sí, lo único que necesitáis hacer es levantar la cabeza por encima del ruido y de las multitudes y de todas las distracciones de la vida carnal, y buscar la paz en el amor de Dios. Es un amor tan infinito que todos esos problemas que os acosan ya no os desgarrarán el corazón. Se os desprenderán de los hombros como si fueran una prenda de vestir hecha jirones.

Aturdido, reflexioné sobre sus palabras. Pintaban una imagen sumamente atractiva. Paz, amor, Dios… Pero ¿podían obtenerse esas cosas en la casa de un fabricante de guantes aviñonés llena de miembros de la familia Maillot siempre a la greña?

—Hijo mío, cada día voy a la prisión —concluyó el padre Amiel—. Me veo expuesto al pecado y a la desgracia, al dolor y a la desesperación. Tengo que habérmelas con mentirosos y mis oídos se manchan con relatos de concupiscencia, maldad y engaño. ¿Creéis que eso no me afecta? Ojalá… Y, sin embargo, vuelvo a este lugar, me postro ante Dios y él me limpia y me purifica. Me llena como si yo fuera una vasija hasta que no queda espacio para nada más. En cambio, ¿qué hacéis vos con la misma carga? ¿Cómo purificáis vuestro corazón? Pienso en ello a menudo, creedme, y me pregunto: «¿Lleva encima Raymond toda esa inmundicia de forma que se suma al peso de los pecados que ya ha de cargar?».

—Padre, yo… yo… —No sabía qué decir. El dominico tenía razón, desde luego, pero él vivía en un monasterio—. Padre, ¿cómo puedo levantar la cabeza si estoy metido en el ajonje hasta las orejas? —fue la réplica que le formulé—. ¡Pero si apenas puedo moverme!

—Raymond, la cruz que lleváis os la habéis hecho vos mismo.

—¡No! ¡No es verdad!

—Pensad en vuestros amigos. Habláis de palizas, de insultos, de malas miradas, pero fuisteis vos quien intimó con ellos, quien los acogió en vuestra vida. Sois por tanto vos quien tiene que renunciar a su compañía.

Lo miré atónito, ante lo cual el dominico sonrió.

—Es posible hacerlo —comentó—. Es incluso aconsejable que lo hagáis. ¿Por qué recurrís a vuestros amigos en busca de ayuda si lo único que hacen es perjudicaros? O, al menos, así lo veo yo. Pero la decisión es vuestra, desde luego.

Permaneció callado, mirándose las manos, que tenía abiertas en el regazo, con las palmas vueltas hacia arriba. Yo también se las miré, del mismo modo que estudié su perfil. No me revelaron nada.

—¿Así que consideráis que mis amigos son ajonje? —murmuré de una manera torpe y estúpida; pero el monje sonrió de nuevo.

—Tal vez no sea una metáfora afortunada —admitió—. Sin embargo, os encadenan, ¿no es cierto? Os atan y os confunden. Os torturan y os distraen.

—¿Y si es así? —creo que repliqué malhumorado—. ¿Qué puedo hacer yo para impedirlo?

—Prescindir de ellos. —El monje extendió las manos—. Rehuirlos. Evitarlos durante un par o tres de semanas. Abandonad esos antros del pecado y subid a las murallas. Respirad aire puro, contemplad la creación de Dios, meditad sobre vuestra vida y dejad que Dios os hable en el silencio. —Hizo una pausa y luego añadió—: ¿Tocáis la viela a menudo, hijo?

Por extraño que os parezca, yo había estado pensando en mi viela, porque si Dios me había hablado alguna vez, lo había hecho a través del instrumento.

—Desde que vos me contratasteis, no mucho —respondí.

—Entonces, id a buscarla tan pronto podáis —dijo el monje—. La música siempre ayuda a la meditación.

¡Qué bien parecía comprender! Cuando se puso en pie, lo miré con admiración, asombrado de su agudeza mental. Todos mis dolores quedaron olvidados unos instantes. Todos mis amigos me parecieron criaturas informes, espectros hambrientos que me perseguían como cuervos. ¿Debía, tal vez, seguir su consejo? ¿Debía abandonar a mis compañeros de pecado?

Entonces advertí que el dominico se marchaba.

—Deberíais dormir aquí esta noche —dijo—. Descansad y recuperaos. Tiempo habrá mañana para hacer planes y pensar.

—¿Que duerma aquí? ¿En esta cama?

—A menos que prefiráis dormir en los aposentos para las visitas. Sin embargo, quizá sería mejor que os quedaseis aquí, al cuidado del hermano Gabriel. Tal vez necesitéis medicamentos.

—¡No! ¡No! —dije, poniéndome en pie—. No necesito pociones, sólo una noche tranquila. Padre, ese monje de ahí hace unos ruidos terribles —añadí entre susurros —. Como el mismísimo Maligno. Nadie podría dormir con sus gritos y gruñidos.

El padre miró al objeto de mis quejas y arqueó las cejas. Luego asintió y, con un gesto, me indicó que lo siguiera.

—Muy bien —dijo—. Os buscaré una habitación y algo para que repongáis las fuerzas, pero estaréis solo, hijo. Si durante la noche os sentís enfermo, sólo Dios oirá vuestra voz.

—¿De veras? Pues eso os complacerá, ¿verdad, padre? —comenté—. Acabáis de decirme que necesito estar solo con Dios.

El dominico se sonrió de nuevo. En esta ocasión, sin embargo, mostró los dientes.

—Bromearíais incluso en vuestro lecho de muerte —observó—. Venid, apoyaos en mí.

Y así fue como escapé de la enfermería, sosteniéndome en el menudo hombro huesudo del padre Amiel, que cargaba conmigo como sin duda habría cargado una cruz: con paciencia, con resignación y en silencio. Puedo imaginarme lo que le costó. Sé que, con toda probabilidad, habría preferido el peso de una cruz de madera al de un hombre herido.

Porque, como ya he mencionado en algún otro momento, no soportaba el contacto físico.