El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 21 de 45

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El escribano

Canto III

El novicio de los agustinos se llamaba Gilles Arasse y era jovencísimo. Apenas empezaba un fino vello a ensombrecer sus mejillas, aún no había terminado de cambiarle la voz y todavía tenía una piel muy suave. Venía acompañado por su maestro de novicios, un tal Cornelius, un fraile tan viejo como nuevo era Gilles. Con todo, el muchacho caminaba arrastrando los pies como un anciano, mientras que el monje, aunque canoso y encorvado bajo el peso de los años, rebosaba vigor en sus movimientos; incluso la mirada de sus ojillos castaños y brillantes iba de un lado a otro como la lanzadera de un telar.

Cuando el padre Amiel le pidió que esperase fuera de la celda, Cornelius protestó con vehemencia. Gilles había sido encomendado a su cuidado. El muchacho estaba enfermo y requería asistencia. ¿Con qué propósito se obligaba al muchacho a levantarse del lecho del dolor para dar testimonio, si todas las preguntas acerca del suceso que le tenía postrado podían ser contestadas por el abad o por el propio instructor del novicio?

—¡Ah!, también desearé interrogaros a vos, hermano —replicó con calma el dominico, y sus palabras me hicieron reflexionar sobre la animosidad que a veces se daba entre monjes de diferentes órdenes. Era evidente que existía un desprecio mutuo, aunque en el padre Amiel sólo podía deducirse de la languidez con la que articuló aquellas palabras, de su manera de inclinar la cabeza y de cómo entornó los párpados. Como veréis, empezaba a conocerlo bastante bien.

—¿No debería quedarme, entonces? —repuso el maestro de novicios—. Puedo responder lo que hayáis de preguntarle a Gilles. Me lo ha contado todo.

El padre Amiel, sin embargo, se mantuvo firme. Insistió en que Cornelius siguiera a los centinelas y ordenó a éstos que montaran guardia al fondo del pasillo, lejos de la celda. Al ver que ellos también remoloneaban, el padre Amiel anunció, con voz cortante como el filo de un cuchillo, que todavía tenía que informar al condestable de ciertos actos ilícitos cometidos por miembros del cuerpo de prisiones mientras estaban a su servicio.

—Aunque tal vez —añadió—, si quedo satisfecho de su conducta de ahora en adelante, me abstendré de informar de estas violaciones de la seguridad.

Nerviosos, los centinelas emprendieron una rápida retirada, llevándose a rastras a Cornelius. Dirigí una mirada al dominico y éste, al advertirla, me dedicó un gesto de frío asentimiento. Como habréis colegido de lo anterior, en el trayecto de la casa de mi madre a la prisión lo había puesto al corriente de mi temor a que alguien nos hubiera espiado durante uno o varios de los interrogatorios. Al enterarse, el padre Amiel había encajado las mandíbulas, había entrecerrado los ojos y había hablado a gritos al centinela de la puerta de la prisión, como lo haría un oficial del orden.

Si mis sospechas resultaban ciertas, era evidente que alguien saldría malparado.

—Veamos, Gilles —dijo el dominico cuando el testigo hubo prestado juramento y tomó asiento. (Depositó su trasero en la banqueta con tales remilgos y titubeos que aparté la mirada para no verlo)—. Me han dicho que hace poco recibiste la visita de un demonio, un súcubo, y que como consecuencia de ello quedasteis privado de vuestros virilia. ¿Es así?

Con su dicción enérgica, el dominico logró levantar en parte el velo de lobreguez y vergüenza que envolvía la estancia. Habló como si la citada mutilación no tuviera más de vergonzosa que un acceso de fiebre o que una discusión a gritos. Con todo, Gilles parecía incapaz de responder. Allí sentado, boqueaba como un pez fuera del agua.

—¿Es cierto —continuó el padre Amiel con un asomo de impaciencia— que te atacó un demonio lascivo y te arrancó los genitales?

—No —susurró el muchacho.

—¿Ah, no? —Juraría que esta vez la sorpresa del padre Amiel era auténtica. Sin embargo, se recuperó enseguida—. Entonces, ¿qué fue lo que sucedió?

—Yo… yo… —De nuevo, Gilles se quedó sin habla. El fraile tuvo que apremiado a responder.

—Pero fuiste mutilado, ¿no?

—Sí.

—¿Y quién cometió tan bárbaro acto?

—Yo… yo… Fui yo.

—¿Tú mismo lo hiciste?

—Sí.

Como imaginaréis, me quedé paralizado de asombro, con la pluma suspendida en el aire.

Y dado que el padre Amiel, inquisidor experimentado, continuó el interrogatorio sin apenas una pausa, enseguida me vi obligado a retomar el hilo y me puse a escribir de nuevo como un poseso.

—¿Y por qué hiciste tal cosa? —quiso saber el dominico.

—Para detenerlo.

—¿Detener a quién?

—Al demonio.

—Dime, ¿era un demonio con forma femenina?

—Sí. —Gilles exhaló la respuesta con un jadeo, como si fuera incapaz de hablar con voz más firme, de puro agotamiento. Aventuré una mirada y lo vi derrengado en la banqueta. Tenía el rostro blanco como la leche.

—Háblame de ese demonio —le instó el padre Amiel. Y cuando sus palabras no obtuvieron respuesta, añadió—: ¿Qué aspecto tenía?

—El de una mujer —gimió el declarante.

—Descríbela.

Gilles no dijo nada.

—¡Descríbela! —repitió el fraile—. ¿Era una bruja? ¿Era vieja y repulsiva? ¿Era hermosa? ¡Dime!

Inseguro, el muchacho describió lo que había visto. Una mujer hermosa. Desnuda. Con los cabellos negros. No disimularé que yo estaba impaciente por saber más de la sublime aparición, pero quedé decepcionado. El joven Gilles se quedó atascado en lo de los cabellos negros.

—¿Tenía rabo? —inquirió el padre Amiel.

—No, padre.

—¿Tenía cuernos?

—No, padre.

—¿Tenía alguna peculiaridad en cuanto a forma o color?

—No, padre.

—Entonces, ¿cómo averiguaste que no era una mujer de verdad?

Casi me reí al oír la pregunta. En cuanto al muchacho, arrugó el ceño y, con un temblor en los labios, miró al padre Amiel como si le pidiera ayuda.

—Tal vez flotaba como una nube —le sugirió el dominico con un tono casi burlón. Gilles, no obstante, respondió con gravedad. Debió de hacerlo con un gesto, pues el inquisidor le instó a que contestase en voz alta.

—Sí, padre.

—¿Y en qué momento vino a ti ese demonio?

—Cuando estaba acostado. Desperté y… y allí estaba.

—¿Duermes solo o con otros?

—Duermo en un dormitorio común.

—Pero ¿no se despertó nadie más?

—No, padre.

—Bien. Despertaste, dices. ¿Qué sucedió después?

De nuevo, se produjo una larga pausa. Con cierta curiosidad, dirigí una mirada a la figura hundida y temblorosa del muchacho y me pregunté qué habría visto un demonio en aquella piltrafa descarnada. Debo reconocer mi escepticismo. Si a mí, apenas alcanzada la edad de las poluciones nocturnas, se me hubiera acercado una mujer hermosa, desnuda y de negros cabellos, habría recordado y descrito con vehemencia cada curva, cada pestaña y cada hoyuelo.

—Me tomó por la fuerza —dijo Gilles con voz sorda.

—¿Qué?

—Me… me hizo pecar.

—¿De qué modo? ¿Por qué medios? —De nuevo, el padre Amiel habló en tono impaciente—. ¿Te amenazó? ¿Cómo impidió que gritaras, que te resistieras o que alertaras a los demás novicios?

—Fue brujería.

—¿Brujería?

—No podía hablar. Ni moverme.

—Entonces, ¿cómo pudiste pecar? —preguntó el dominico con sequedad—. Gilles, una parte de tu cuerpo tuvo que moverse, cabe pensar…

—¡Oh! Hum… Sí.

—¿Y fue en esa parte, supongo, donde ese demonio se empaló?

—Sí, padre. —El novicio estaba al borde de las lágrimas.

Las percibí en su voz.

—¿De modo que fuiste obligado a realizar el coito contra tu voluntad, por así decirlo? —inquirió el padre Amiel con más suavidad—. Qué perturbador te resultaría. ¿Y hubo algo en ese demonio que te resultara especialmente excitante, amigo mío?

Silencio.

—Vamos, no te avergüences. Dices que tu miembro viril se puso tumescente. ¿Por qué? ¿Admiraste sus pechos generosos, su piel suave, el aroma embriagador de su con?

Me quedé asombrado y, al mismo tiempo, lo encontré gracioso. ¡Que un monje conociese siquiera tales palabras! A Gilles, desde luego, no le sonaba el término: continuó poniendo cara de tonto, boquiabierto y con la mirada ausente. El padre Amiel lo estudió un rato, pensativo. Luego, con una sonrisa (como si la pregunta sobre la tumescencia hubiera quedado contestada a su entera satisfacción), continuó.

—¿Hubo emisión, Gilles? —inquirió.

El testigo murmuró algo incomprensible.

—Habla un poco más alto, hijo, no te oigo.

—No, padre.

—¿No? ¿No hubo emisión?

—No la hubo, padre.

—Vaya. Una proeza que debió de requerir un buen dominio de ti mismo, si se me permite decirlo. —El padre Amiel me oyó contener una risa burlona y me dio una patada por debajo de la mesa. Tras fulminarme con una mirada ceñuda y penetrante, volvió a centrarse en el declarante—. Así pues, el demonio se lanzó sobre tu pene erecto, probó en vano a extraer la simiente de tu vara y… ¿qué hizo a continuación?

—Se marchó.

—¿Cómo?

—Se desvaneció.

—¿Como el humo?

—Sí, padre.

—¿Dejándote paralizado e incapaz de hablar?

—No, padre. —Parecía que a Gilles se le atascaban las palabras en la garganta—. El… el hechizo se deshizo.

—¿Y pudiste entonces alertar a tus compañeros? ¿Pudiste despertar a los demás novicios?

Silencio.

—¿Gilles? Respóndeme. ¿Despertaste al resto del dormitorio?

—No… —un mero susurro—. Me dio mucha vergüenza.

—¿Me estás diciendo que te sedujo una aparición diabólica, en terreno sagrado, y no se lo contaste a nadie?

—Yo… yo…

—¿Asististe a los rezos diarios con semejante mancha en tu alma? ¿Te mezclaste libremente con tus hermanos, sabiendo que estabas tan gravemente corrompido? ¡Cómo pudiste mancillar la pureza de tu casa y profanar la santidad de la Iglesia…!

—Se lo conté a mi confesor —interrumpió Gilles—. Al padre Cornelius.

—¡Ah! —El padre Amiel dejó que el silencio se prolongara hasta hacerse incómodo, pero Gilles no estaba en absoluto para sutilezas, por lo que el dominico continuó—: ¿Y qué recomendó el hermano Cornelius?

—Penitencias.

—¿De qué naturaleza?

—Ayunos. Flagelaciones. Sobre todo, flagelaciones.

—¿De forma que te azotaba para librarte del espíritu? Debía de considerarte culpable, en alguna medida.

El muchacho titubeó:

—Soy un pecador ante los ojos de Dios —murmuró finalmente.

—¿Y, por tanto, eres como una herida supurante, que atrae a las moscas? —dijo el monje—. Pero supongo que es verdad que algunas heridas deben cauterizarse. Como dice san Agustín: «En todas partes, la máxima alegría va precedida del mayor dolor». —Exhaló un profundo suspiro—. ¿Fue así en tu caso, hijo mío? ¿Los remedios de tu confesor consiguieron desterrar al demonio?

—No, padre.

—¿Regresó?

—Sí, padre.

—Cuéntame qué sucedió.

Con una voz desprovista de emoción, Gilles describió su segundo encuentro con el súcubo de cabellos negros, que en esta ocasión no tuvo más éxito que en la anterior en cuanto a extraer del novicio su líquido seminal. De hecho, los dos episodios resultaban casi imposibles de distinguir; casi hasta el último detalle, uno era idéntico al otro. De nuevo, Gilles se vio reducido a quedarse quieto en la cama como una estatua mientras el demonio lo violaba. Tampoco esta vez osó despertar a nadie ni contar nada hasta consultar con su confesor, a la mañana siguiente. Entonces, Cornelius le reprendió, le golpeó y le ordenó que pasara la noche siguiente de rodillas, en oración.

—Un momento. —El padre Amiel detuvo el testimonio con una brusca exclamación—. ¿Dices que el hermano Cornelius en persona te pegó? ¿Después de confesarte con él?

—Sí.

—¿No fue durante el capítulo de faltas? ¿No fue delante del abad, como se hace habitualmente?

—No, padre. —Tras una breve pausa, Gilles se sintió impulsado a añadir—: El padre Cornelius prefiere ahorrarnos la vergüenza pública. Sus disciplinas son más duras que las del capítulo, pero no tenemos que humillarnos ni que realizar trabajos serviles.

—¿Pretendes decirme que el padre Cornelius no informó a su superior de lo que sucedía?

En el silencio que se produjo, cambié la pluma de mano y miré al padre. Con la cabeza ladeada y los ojos entrecerrados, éste observaba desde su silla al testigo, que parecía haberse quedado sin palabras. Cuando el dominico continuó finalmente, por las mejillas imberbes de Gilles corrían unos gruesos lagrimones.

—¿Tal vez le pediste que no revelara tu situación, bajo secreto de confesión? — apuntó.

—No —sollozó el muchacho—. Es decir… sí. No me acuerdo. Oh, padre, yo hice lo que me mandaba…

—Entonces, tenemos que considerar que el hermano Cornelius decidió encargarse del asunto personalmente —dedujo el padre Amiel—. Se considera el guardián de tu alma y, por lo tanto, estoy seguro de que debió de disciplinarte con más severidad todavía en esta segunda ocasión. ¿Me equivoco, hijo?

No hubo respuesta.

—¿Te golpea a menudo, Gilles?

—Sí, padre —dijo el muchacho en un susurro casi inaudible.

—¿Y a los demás novicios?

—También, padre.

—¿Qué utiliza? ¿Una vara?

—Sí, padre, una vara de abedul. Y un flagelo. Y a veces un libro, u otras cosas.

—¿Qué empleó esta vez?

—Azotes, padre.

—¿No sugirió otros medios de ayudarte? ¿Un exorcismo, por ejemplo?

—No, padre.

—¿Regresó el súcubo, después de la segunda tanda de azotes?

—Sí, padre —gimoteó el muchacho—. Volvió y yo… Perdí toda esperanza y… y me amputé. Con un hacha de cocina, de un golpe, extirpé… —No terminó la frase.

—Te arrancaste el miembro que te ofendía, ¿no? —la completó el padre Amiel—. Naturalmente. ¿Y eso ha disuadido al demonio?

—Sí —susurró Gilles.

—¿No ha vuelto?

—No.

—Enséñame la espalda, hijo.

Sin entender a qué se refería, el muchacho se levantó de la banqueta y se colocó de cara a la pared.

—No, no. —El padre Amiel corrigió la indicación—. Me refiero a que te despojes del hábito, la capa y el escapulario.

—¡No, la herida no…! —Gilles se estremeció—. Por favor, padre, llevo las vendas… ¡Por favor…!

—No quiero ver la herida, hijo mío —lo tranquilizó el fraile—. No me interesan tus partes pudendas.

Gracias a Dios, pensé, y estuve a punto de santiguarme.

—Deseo ver las marcas de los azotes —continuó el dominico—. Quiero apreciar la severidad de la penitencia. Enséñame la espalda.

Obediente, Gilles se la mostró. Lentamente, con dedos torpes, el novicio se quitó la ropa y desnudó su frágil figura, que estaba casi tan llena de magulladuras como la mía. Ronchas y costras adornaban sus costillas y en sus brazos abundaban las marcas. En voz muy baja, pregunté al padre Amiel si debía relacionar las heridas para dejar constancia y me respondió, en voz igualmente queda, que sólo debía registrar la existencia de «contusiones excesivas».

Luego, con repentina energía, ordenó al muchacho que se vistiera y fuera a buscar a su maestro. También ordenó a Gilles que esperara con los centinelas mientras él hablaba con el padre Cornelius. Bajo ningún concepto debía marcharse, pues tal vez debería seguir declarando. En efecto, el interrogatorio no había concluido todavía.

Aturdido y sin habla, el testigo se retiró, arrastrando los pies y bamboleándose como si transportara una bolsa entre las piernas, y aproveché la oportunidad para frotarme la dolorida muñeca y estirar los hombros.

—¿Os encontráis bien? —preguntó el dominico, con visible preocupación.

—Sí, padre.

—¿Queréis que nos tomemos un descanso?

—No, no. Pero si pudiera mojar la garganta…

—Por supuesto —asintió, y me llenó el vaso de agua. Debo confesar que aquel acto me emocionó, pues, como sabéis, un monje rara vez se digna servir a nadie, si está en compañía de un lego. En realidad, lo pertinente habría sido que yo le sirviera a él, pero esta vez fue el dominico quien, con pulcritud y gesto grave, ofició de escanciador mientras el padre Cornelius irrumpía en la sala como un vendaval y, plantándose delante de la mesa con los brazos en jarras, dirigía la palabra al padre Amiel con osada y tempestuosa descortesía.

—¿Habéis examinado la herida del pobre muchacho? —exigió saber.

El padre Amiel lo miró fijamente, pero no dijo nada.

—¡Le he visto anudándose el cordón! —protestó el benedictino—. ¡Estaba al borde del desmayo! ¿Le habéis forzado a enseñar sus vergüenzas para vuestra satisfacción?

El dominico se volvió hacia mí, arqueó una ceja y puso una cara de pena que decía: «¡Qué lamentable, insinuar siquiera que yo sea capaz de tal cosa! ». A continuación, con voz gélida, pidió al padre Cornelius que hiciera juramento, por Dios Todopoderoso y por sus Sagradas Escrituras, de decir toda la verdad y nada más que la verdad en relación a sí mismo, como testigo principal, y a otros, vivos o muertos.

Para mi gran sorpresa, el anciano monje accedió a la sugerencia sin reparos. (Tal vez era de esos hombres que, antes de lanzarse a cualquier clase de conversación, tienen que pavonearse un poco para producir en sus oponentes la impresión de que están ante un valioso contrincante).

—Yo no miento —añadió ostentosamente, una vez efectuado el juramento—. Tanto si doy mi palabra como si no, yo siempre digo la verdad. Por eso no teníais necesidad de estudiar la aflicción del infortunado muchacho. Yo he podido ver la herida y puedo aseguraros que ahora es un eunuco. ¿Por qué torturar, pues, su alma atormentada?

Si el padre Cornelius esperaba una respuesta, quedó decepcionado. El padre Amiel se limitó a decir:

—¿Cuándo os habló Gilles por primera vez de la existencia del súcubo? ¿Fue antes o después de castrarse?

—Después —respondió el benedictino.

—Pero él dice que os lo contó antes. Dice que se emasculó por desesperación, para repeler al espíritu maligno, después de que fracasaran las penitencias que le impusisteis.

La respiración del padre Cornelius se hizo más pesada.

—¡Es una falsedad! —protestó con voz ronca—. Yo no le impuse penitencias en relación con el súcubo. No supe nada del asunto hasta que ese acto sanguinario se hubo consumado.

—Pero sois su confesor, ¿no?

—Lo soy.

—¿Y nunca os confió sus cuitas?

—Respecto al súcubo, no.

—Porque, si el muchacho os reveló su existencia bajo el secreto de confesión, estaría justificado que no dierais aviso al abad. Bajo el secreto de confesión, os veríais en la obligación de afrontar el problema vos mismo, sin ayuda. Y vuestras penitencias habrían sido el remedio para él.

—Yo no le impuse penitencias —repitió el benedictino con impaciencia, casi con irritación—. Ya os he dicho que no supe nada del súcubo hasta que Gilles me explicó la causa de su mutilación.

—Pues él dice que le pegáis.

—Le pego, sí. Lo hago con todos los novicios. Soy su maestro. —La banqueta en la que estaba sentado crujió bajo su peso—. ¿Es que los dominicos no reciben castigo por sus pecados?

—Tenedlo por seguro —replicó el padre Amiel—. Pero a nosotros sólo se nos disciplina delante de la comunidad. En el capítulo de faltas.

El padre Cornelius pareció reflexionar unos momentos.

—Así debería ser —respondió al fin, ásperamente—. Pero me siento un padre para con mis novicios y quizá los trato con demasiada ternura. Todos ellos prefieren, sin duda, no verse humillados ante el abad y condenados por sus hermanos. Por eso son castigados en privado, salvo cuando su pecado es demasiado atroz.

El silencio que se produjo a continuación estuvo muy calculado. Aunque se prolongó lo suficiente como para que el padre Cornelius notara que el dominico lo estaba acusando, éste le sorprendió con otra pregunta sin darle tiempo a expresar su cólera.

—¿Cuántas veces habéis pegado a Gilles Arasse?

—¿Pegarle? ¡Muchas!

—¿Cuántas?

El benedictino emitió un ruido, una especie de bufido, que expresaba su absoluta incapacidad para recordar un detalle tan nimio.

—¿Quién sabe? —soltó—. Todos los jóvenes son profanos y disolutos por naturaleza.

—A juzgar por las marcas que lleva en el cuerpo, hermano, el joven Gilles debe de ser un pecador empedernido.

El padre Cornelius puso cara de desconcierto. Miró al interrogador con perplejidad manifiesta, juntando sus pobladas cejas.

Después se cuadró de hombros, llenó los pulmones y anunció, con tono paciente y tedioso, que era maestro de novicios desde hacía veinte años y que sabía perfectamente cuándo era necesario actuar con mano firme para guiar a un muchacho durante su época de noviciado.

—¿Y en el caso de Gilles era necesaria esa mano firme? —quiso saber el padre Amiel.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque tenía pensamientos impuros —replicó el padre Cornelius, sin concretar —. Sueños y visiones concupiscentes.

—¿De qué naturaleza?

—Eso no os lo puedo decir —el benedictino adoptó un tono altivo—. Se me reveló bajo el secreto de confesión.

—Pero Gilles nos lo ha contado —protestó el padre Amiel, mintiendo fría y descaradamente. El otro fraile, sin embargo, no cayó en la trampa.

—Gilles puede difundirlo, si quiere. Yo lo tengo prohibido.

—¿Así pues, esperabais quitarle la lujuria a golpes al muchacho?

—Esperaba demostrar que la carne es débil. Que el cuerpo es un simple receptáculo, que no está hecho para la fornicación, sino para el Señor, como nos dice san Pablo.

—¿Creéis firmemente en ello?

—Con toda firmeza.

—Entonces, ¿qué haríais, por ejemplo, si uno de vuestros novicios cayera en… en dar satisfacción a sus deseos carnales con ayuda de sus propias manos?

—Castigaría esas manos —declaró sin vacilar el padre Cornelius—. Haría que las pusiera sobre una mesa y las disciplinaría con la vara.

—¿Le hicisteis esto a Gilles? He observado que tenía los nudillos hinchados.

—Padre, lamento decir que he tenido que hacérselo a muchos novicios, en numerosas ocasiones. —De nuevo, el viejo fraile empleó un tono condescendiente, como si se dirigiera a alguien inexperto y algo corto de entendederas—. Todos llevamos dentro a Satán, y un muchacho no es más que un foco infeccioso de concupiscencia. Su cuerpo lo domina: es glotón y perezoso y fornicador impúdico. He corregido a muchos jóvenes con severidad, los he castigado con la vara hasta que se me ha cansado la mano… y ¿con qué resultados? Al cabo de pocos días, ya andan otra vez en pos de la ramera de Babilonia, mancillando su propia pureza y revolcándose en la putrefacción de los pecaminosos humores de la carne…

—Entonces, tal vez deberíais probar otro método para llevarlos al buen camino — le interrumpió el padre Amiel—. Gracias, hermano. De momento, esto será todo.

—¿Qué?

—Haced el favor de informar a Gilles Arasse de que deseo hablar con él otra vez. Y, por favor, quedaos con los centinelas hasta que os dé permiso para marcharos.

Sorprendido, el padre Cornelius se levantó con gesto ceñudo.

—¿Por qué queréis volver a interrogar a Gilles? —inquirió.

—Porque ha mentido bajo juramento —respondió el padre Amiel, con una franqueza inaudita en él—. Quiero dar a vuestro pupilo la oportunidad de retractarse de sus falsedades antes de que le causen más perjuicios. Podéis informarle de esta decisión, si lo deseáis. Sin duda, vuestras instrucciones tendrán más peso en él que las mías.

A mi modo de ver, con tal argumentación, el padre Amiel hizo gala de una suprema astucia, pues convenció al padre Cornelius de que se marchara sin más protestas. Cuando hubo salido, el padre Amiel se inclinó hacia mí y, en otro sorprendente acceso de sinceridad, murmuró:

—Voy a acabar con ese hombre.

—¿Qué?

—Es un bruto estúpido. No debería ser monje, y mucho menos maestro de novicios. Cuando termine con él, andará lavando pies.

Asombrado, le habría pedido que se explicara mejor si la entrada de Gilles no hubiera cortado en seco nuestro coloquio. El pobre muchacho parecía el santo Job, hecho pedazos y absolutamente abatido. Después de pedirle que cerrara la puerta, el padre Amiel le explicó que, en su calidad de testigo, seguía obligado por el juramento y que no debía considerar aquello como un nuevo interrogatorio, sino como una continuación del anterior. Acto seguido, lo acusó de haber mentido y le advirtió que aún tenía la oportunidad de salvar su alma respondiendo sinceramente o, de lo contrario, quedaría condenado al fuego eterno del infierno.

—El padre Cornelius dice que no le hablaste de ese demonio hasta después de mutilarte —declaró el dominico—. ¿Por qué, entonces, has declarado otra cosa?

El muchacho se derrumbó y rompió en sollozos.

—Tu maestro afirma que sólo le hablaste de tus sueños lujuriosos y censurables, de tus abominables apetencias y de tus actos pecaminosos…

—¡No! —exclamó el novicio, frenético—. ¡Me prometió no contar eso! ¡Me lo prometió!

—Hijo mío, ¿cómo puedes deshonrarte con tamaña obscenidad? Pecados como el tuyo no tienen perdón. ¡Pero si Dios mismo te volvería la espalda! —El padre Amiel hablaba con tono apesadumbrado, como si estuviera plenamente al corriente de las fechorías del novicio, hasta el último detalle—. Deberías haber abandonado la senda del vicio. Deberías haberte apartado de la iniquidad.

—¡Pero si lo intenté! —sollozó Gilles—. ¡Lo intenté con todas mis fuerzas!

—Pero ¿el ayuno no surtió efecto? ¿Las oraciones no sirvieron?

—¡No!

—¿Tampoco los golpes?

—No. Sucedía una y otra vez. —El novicio lloraba como un niño—. Todos los días… Me dolía tanto que no podía dormir, ni sentarme apenas, pero seguía teniendo esos sueños… y manchando las sábanas…

—De manera que te cortaste los virilia —concluyó el padre Amiel con calma.

Gilles, entre hipidos, permaneció en silencio.

—No existía ningún súcubo, ¿verdad? —El dominico hablaba ahora con tono comprensivo—. Lo inventaste para disimular la vergüenza que sentías, porque es menos vergonzoso ser la víctima inocente de una visitación diabólica que ser un muchacho a quien sus deseos obscenos conducen a la desesperación.

El declarante continuó callado.

—¿Cómo ibas a llegar a monje, atormentado incesantemente por tales deseos ardientes? —continuó el padre Amiel—. ¿Y cómo ibas a dormir un minuto, si el padre Cornelius continuaba sometiéndote a un trato tan cruel por tus pecados? ¡La solución era terrible, pero tus padecimientos lo eran aún más!

Creedme si os digo que incluso a mí se me saltaron las lágrimas mientras oía sollozar al pobre novicio. Gilles lloraba de pura desesperación, como si ya se considerase condenado al fuego eterno, mientras desnudaba su alma ante la bondad del padre Amiel. Con disimulo, intenté enjugar mi propio llanto, restregándome los ojos, antes de aplicarme de nuevo a la trascripción. Sin embargo, el padre Amiel debió de captar el gesto, puesto que se volvió y me miró, arqueando una ceja.

Puede que me equivoque, pero vi en su rostro una ligera, ligerísima expresión de divertida sorpresa.

—Perdonad —gimió Gilles—. Perdonadme, os he mentido. Fue como decís.

—¿No hubo demonio?

—No lo hubo.

—¿Mentiste al padre Cornelius?

—Le mentí.

—Entonces, hijo, me interesa saber el origen de esa idea del súcubo —dijo el dominico—. ¿Cómo se te ocurrió semejante invención?

Gilles no habría respondido de manera más estupefacta si acabara de recuperar el sentido después de un poderoso golpe de hacha. Su mirada continuó perdida en el vacío durante un rato hasta que, finalmente, se posó en el rostro del padre Amiel. Mientras se mecía en un ligero vaivén, acompañado de un agitado pestañeo, dio la impresión de examinar la pregunta como un borracho examinaría una zanja antes de decidirse a cruzada.

—San Hipólito —murmuró—. En una ocasión, a san Hipólito lo visitó una mujer desnuda, y cuándo él le arrojó una casulla por encima, la mujer se convirtió en un cadáver.

—¡Ah, sí!

—El padre Cornelius solía contamos esa historia —concluyó el novicio con voz cansada—. Nos decía que toda la carne es corrupta y que los deseos carnales son los perros de la muerte. Nos insistía en que debíamos evitar la concupiscencia, al precio que fuese.

¿Al precio que fuese?

Mirando al novicio, me dije que el de perder el miembro viril era un precio muy superior al que yo estaría dispuesto a pagar.