El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 29 de 45

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El escribano

Canto V

El condestable de Aviñón era, cosa bastante curiosa, un hombre menudo con la vocecilla seca de un funcionario de la curia y una tripa que pendía de su magra figura como una bolsa cargada en exceso. Lucía unas tremendas marcas, no de heridas de guerra sino de alguna enfermedad de la piel, y tenía las facciones colgantes de un perdiguero y los ojos cautos del hombre que no se sorprende de nada. Aunque lo había visto muchas veces por la calle, no había conversado nunca con él ni había tenido ocasión de buscar su auxilio. Apenas lo conocía remotamente, y lo que había visto de él no me había impresionado.

En consecuencia, cuando el padre Amiel acudió a pedirle ayuda a nuestro regreso de la casa del cardenal, me sorprendió descubrir que Arnaud de Trian se mostraba tan dócil como cualquier criado o buhonero. Nos recibió con cortesía y escuchó sin interrumpir mientras el padre Amiel describía los recientes acontecimientos. Tras reflexionar brevemente sobre lo que contaba el fraile, accedió a ordenar la detención de Masseo y Girolamo di Vico. También dio permiso al padre Amiel para que registrara la casa del médico en busca de objetos sospechosos y ordenó al carcelero que formara una pequeña escolta de oficiales del orden que nos acompañase.

Lo llevó todo a cabo con diligencia y con tan escasas protestas o discusiones que yo no salía de mi asombro. Mi experiencia previa con los prebostes de la Iglesia era que resultaba difícil abordarlos e imposible convencerlos, y que eran reacios a actuar. Siempre había un superior, un consejo o una autoridad al que debían consultar, y cualquier decisión requería copiosas cantidades de escritos. Por no hablar del tráfico de dinero bajo mano.

Por ello me pregunté si la actitud colaboradora del condestable se debía al hecho de que no era clérigo, o si una disposición tan cordial también resultaba extraña entre los funcionarios laicos. Luego pensé si sería el propio carácter del padre Amiel, su credibilidad e inteligencia, lo que le había llevado a conseguir la respuesta adecuada por parte de Arnaud de Trian. En efecto, los dos hombres parecían mostrar un profundo, aunque algo cauteloso, respeto mutuo. Aunque solía mostrarse cortés en sus tratos, el padre Amiel no me parecía un hombre humilde. Había llegado a pensar que el fraile no tenía a nadie en alta estima. Con todo, su opinión de Arnaud de Trian debía de ser favorable, pues no habló con él con cáustica impaciencia ni con ligero desprecio, sino con una urgencia, una franqueza y un característico humor seco que me recordó las ocasiones, contadas, en las que yo mismo había logrado que me tuviera en buen concepto.

El condestable, claramente, le parecía un hombre de confianza, y yo entendía por qué. De hecho, se lo comenté en voz baja mientras nos dirigíamos a la casa de Masseo di Vico entre los chirridos y repiqueteos de metal de la escolta que nos pisaba los talones. Aquéllos hombres tenían orden de arrestar a Girolamo di Vico si lo encontraban en la casa. En cuanto a Masseo, en aquel momento lo esperaba el capitán de la guardia junto al lecho de muerte de su hermano, el cardenal.

—Maese Arnaud parece un hombre inteligente —comenté con una mirada al fraile, que enarcó una ceja.

—¿Inteligente? Tal vez. Eficiente, sin duda.

—Y servicial.

—Sí.

—Y merecedor de vuestra confianza.

—Tanto como pueda serlo un hombre de su posición, sí —respondió mi acompañante, y me pregunté si, como tantos clérigos, era reacio a depositar su fe en un lego. Pero si era así, me dije, ¿por qué me invitaba a registrar con él la casa del médico?

Entonces se me ocurrió que yo era el único del grupo capaz de leer un texto.

—Maese Raymond —dijo de pronto el padre Amiel, como si me hubiera adivinado el pensamiento—, quiero que vos consultéis los libros de Masseo. Y respecto a los oficiales que nos acompañan —se volvió hacia ellos para que lo oyeran —, deberán buscar todos los frascos, ganchos, hoces, navajas pequeñas y agujas que haya en la casa, y todos los libros y pergaminos que no estén a la vista, y las manchas de sangre, los pelos, las garras de animales, los cueros y pieles…

El catálogo era interminable; todavía estaba enumerando cosas cuando llegamos a la residencia de Masseo di Vico. Se trataba de una buena casa situada en un mal barrio, pues en aquella calle se sucedían los puestos de carnicero, y por ello abundaban las moscas, el aire estaba cargado de vapores malsanos y los propios adoquines estaban teñidos de rojo y negro. No os entretendré con la descripción de lo que podía pisar allí un paseante incauto si no vigilaba dónde ponía el pie. Sólo os diré que por aquella estrecha travesía solían trasladarse las ovejas y los cerdos, que dejaban tras ellos grandes charcos de excrementos.

En efecto, la calle era una enorme letrina. Siempre recordaré la estampa del padre Amiel, con los faldones blancos de su hábito levantados a la altura de las rodillas y observando el charco que, compuesto de las sustancias más hediondas y pútridas que se puedan encontrar, abarcaba la calzada en toda su anchura hasta lamer las fachadas de las casas que sobresalían. La zancada del fraile era tan corta que no le permitía cruzado sin ensuciarse las sandalias y las medias.

Por un instante, me produjo una sensación de desvalimiento casi cómica. Sin embargo, mientras los guardias discutían cómo solventar el apuro, sugiriendo que dos de ellos, uno a cada lado del religioso, lo levantaran en vilo y lo trasladaran como a un niño pequeño, mientras discutían sobre la mejor táctica a emplear, el padre Amiel levantó del suelo una gran piedra, la arrojó al centro del charco y la empleó para cruzar tranquilamente el lago de podredumbre con dos zancadas, en lugar de una.

No recuerdo una sola ocasión en la que el padre Amiel se quedara, realmente, sin recursos. Creo que tal cosa no estaba en su naturaleza.

Poco después, llegamos a la residencia de Masseo di Vico. El padre Amiel hizo que uno de los escoltas llamara a la puerta con atronadores golpes del asta de su lanza y anunciara con voz estentórea que veníamos en nombre del condestable de la ciudad. Alarmados y agitados, los habitantes de la vivienda tuvieron muy poco tiempo para ocultar los objetos ilícitos que pudiera haber en ella. Yo me asomé a la cocina por una ventana y observé a varias personas que se arremolinaban consternadas, agitando las manos y tropezando con los bancos.

No fue la dueña de la casa, sino su hija, quien nos franqueó finalmente el paso. Me bastó un vistazo para apreciar que la muchacha, Emilia, era tan impulsiva y obstinada como tímida y obediente era su madre. Nos pidió explicaciones de nuestra presencia allí, mientras la madre se acurrucaba detrás de ella, y nos insultó abiertamente mientras su progenitora se echaba a llorar. Aunque en circunstancias normales habría encontrado a Emilia demasiado bulliciosa y cáustica, no pude dejar de admirarla en aquel trance. Tal vez estaba tan malcriada que había perdido el temor a los clérigos, puesto que reconvino al padre Amiel como si fuera una matrona, cuando apenas había dejado atrás la infancia. (Debo confesar, no obstante, que tenía la figura de una mujer más madura, con unos pechos generosos que atraían la mirada de todos los presentes… excepto del padre Amiel). No es preciso decir que el monje no le prestó la menor atención y dirigió todas sus preguntas a la madre, como dictaban las normas de urbanidad, para lo cual alzó la voz hasta que se hizo claramente audible, incluso por encima de los abominables chillidos de Emilia.

En cuanto a mí, fui incapaz de sostener la mirada acusadora de la muchacha. Y ella tal vez se percató de mi incomodidad, puesto que dirigió a mí sus protestas, empujándome con los pechos a la altura de las costillas mientras me acusaba de obrar injustamente. Llevaba los negros cabellos intensamente perfumados y tenía los labios gruesos y suaves, y unos ojos saltones de color castaño. A Othon, pensé, le habría parecido un bocado apetitoso.

—Maese Raymond —dijo el monje, interrumpiendo el discurso de Emilia—, parece que Masseo guarda sus libros en la habitación de arriba. ¿Me hará el favor de empezar por ahí? Yo buscaré aquí…

—¡No! —Emilia se arrojó sobre él—. ¡Ésa habitación es la mía! ¡Dejad en paz mis cosas!

Tras esto, exasperada, dirigió a su madre un atropellado torrente de frases en un idioma extranjero y deduje, por el modo en que movía las manos, que la mayor parte de su sarta de vituperios iba dirigida contra el padre Amiel.

Mis sospechas se vieron confirmadas cuando el fraile se volvió bruscamente hacia ella y, con voz cortante como el filo de una espada, le habló en su propia lengua. Su visible dominio del idioma me dejó perplejo, pues lo habló con absoluta fluidez y sin vacilaciones durante un rato considerable. Sus palabras consiguieron que Emilia se callara; a la muchacha se le llenaron los ojos de lágrimas y, con un temblor en los labios, buscó refugio en los brazos de su madre.

—¿Y bien? —De repente, el fraile se había vuelto a mirarme—. ¿A qué esperáis? Vamos, daos prisa. No podemos quedarnos mucho rato.

Con la sensación de haber recibido una reprimenda, me apresuré a hacer lo que me decía. Debo comentar aquí que la mayor parte de la casa era de una sola planta, con dormitorios que daban a la cocina, pero encima se había añadido un desván al que sólo se podía acceder por una escalera. Cuando subí por ella, me encontré en una estancia larga y de techo bajo, con una cama en un extremo. También había varios baúles, una librería, una mesa y dos sillas. Allí donde mirara había montones de objetos tirados por el suelo: piezas de vestir, ropa de cama, cacharros de loza, zapatos, hilos y agujas, libros, bolsos, cartas, peines, piezas de ajedrez, un espejo de mano y un pequeño relicario lacado. Más que volúmenes escritos, la librería contenía frascos de ungüentos, vasos de aplicar ventosas, pinzas y bisturís. Uno de los baúles parecía lleno de ropa; el otro estaba cerrado.

Pedí las llaves y al poco apareció el padre Amiel con un puñado de ellas.

—Me pregunto si Masseo tendría tanto desorden en la cabeza como el que hay en su alcoba… —comentó el fraile mientras echaba un vistazo a la estancia.

—Éste baúl está cerrado con llave, padre —le informé.

—Yo lo abriré. Vos recoged todos los libros de la estancia y decidme si hay alguno de naturaleza dudosa.

Una vez hubo abierto el cerrojo y levantado la tapa, el padre Amiel soltó una exclamación cuando se derramó a sus pies un puñado de documentos. El baúl estaba lleno a reventar de rollos y folios y fajas de pergaminos atados.

—Quizá también debáis echar una ojeada a esto —añadió.

—¿A todo esto? ¡Pero, padre, estaremos aquí todo el día!

—Si es preciso, lo haremos. Yo, de momento, empezaré por estos anaqueles.

Sin embargo, impedido como estaba por su mala visión, le resultó muy difícil llevar a cabo lo que se proponía. Se acercó a los estantes con cierto titubeo y tuvo que sostener tan lejos de sí como le permitía el brazo cada objeto que sacó de ellos. Con los ojos entrecerrados, palpaba y hacía girar una jeringa, un gancho o un hierro de cauterizar hasta que lograba identificarlo a su satisfacción. Entonces, dejaba el objeto a un lado y procedía metódicamente con el siguiente.

Mientras tanto, yo hurgué bajo las ropas de cama y busqué en cajas de amuletos sencillos hasta que hube reunido todos los libros de la estancia. Sumaban la espléndida cantidad de una decena, y en su mayor parte trataban de las artes médicas: la Practica oculorum, de Benvenuto de Salema; la Cirugía, de Rogerio de Salema; la Glosa sobre el arte de la Medicina de Galeno, de Cardinali, y varias obras del propio Galeno, entre ellas La nocividad del temperamento fluctuante y Simples medicinales. También había una Biblia y un pequeño códice sin título lleno de notas sueltas escritas por dos manos.

Abrí al azar este último volumen y leí que para la melancolía, la ciática y la parálisis, hay que recolectar betónica y ranúnculo el día de la Ascensión, a la hora de tercias, mientras se reza el Padrenuestro, para luego extraer el jugo de estas sustancias y mezclado con aceite o grasa de cerdo y cera a fin de elaborar un ungüento.

También leí que para aliviar la hemorragia menstrual excesiva es necesario escribir las letras a p o o n a sobre una tablilla de plomo y ceñírsela al vientre.

—Padre… —musité.

—¿Sí?

—Aquí tengo un libro raro, pero no sé si trata o no de hechicería.

El monje levantó la mirada de las jarras de loza selladas que estaba contemplando.

—Leed —me ordenó, y empecé a leer en voz alta fragmentos del texto; por ejemplo, el que describía que las mujeres de Salema comían estiércol de asno en forma de pequeños ovillas y que también se lo daban a sus maridos, para que pudieran retener mejor el semen.

Seguí citando del libro que tenía en la mano:

—«Para la curación de las fiebres escribe lo siguiente en un pergamino virgen y colócalo en el altar, debajo del cáliz, hasta que se hayan rezado tres misas sobre él: †ON LONA ONU ONI ONE ONU ONUS ONI ONE ONU. Después, ata el pergamino al cuello del paciente.

»Para saber si un paciente va a morir, escribe estas letras en una hoja de laurel y colócala a sus pies, y si el paciente habla, vivirá: G b o p o o S D.

»Un remedio para la fiebre es recoger verbena mientras se pronuncia la jaculatoria “In nomine Patris et Fillii et Spiritu Sancti Amen” y un Padrenuestro. Después, muélela y dásela a beber al enfermo en agua bendita…».

—Muy bien, ya veo —me interrumpió el padre Amiel—. Ponedlo aparte y nos lo llevaremos. —A continuación, tomó en sus manos uno de los tarros de loza y me preguntó—: ¿Qué hay escrito aquí? ¿Alcanzáis a verlo?

Estudié las letras, iluminadas, y vi que ponía amaracus.

—Mejorana —dije.

—¿Y aquí?

—Almáciga.

—¿Y aquí?

—Carne de serpiente.

El padre Amiel soltó un gruñido. Agitando este último tarro, me pregunté cómo era que la carne de serpiente que decía contener sonaba como un puñado de piedrecillas. Sin embargo, cuando lo abrí, descubrí en su interior fragmentos de plomo que parecían limaduras y salpicaduras recogidas del suelo de una herrería.

—Bien —dijo el fraile y, cuando hubo guardado la extraña colección de tarros en su morral, procedió a desenrollar una venda de tela, como si esperase encontrar algo escrito o dibujado en ella.

Por mi parte, me concentré en el baúl de documentos, que contenía principalmente viejas cartas, instrucciones para mezclar bebedizos y ungüentos, copias de contratos notariales y fragmentos de vitela o de pergamino en los que había garabateadas cuentas, citas o listas de ingredientes. Una colección de cartas llevaba el sello de Guillaume Monier, y el padre Amiel las seleccionó para estudiarlas mejor más tarde. Mientras yo examinaba textos ilegibles por las manchas de humedad, él sacudió una por una las prendas de vestir, miró en cada rincón y vació todos los frascos y jarrones de la estancia. Palpó paredes y patas de mesa, miró debajo de la cama y, con mi ayuda, volcó los cajones de los muebles. De vez en cuando chasqueaba la lengua con expresión de disgusto, hasta que tuve el impulso de preguntarle si buscaba algo en concreto.

—La imagen de plata —respondió—. La que Tibaldo vio en manos de Masseo.

—¡Ah!

—Según Tibaldo —el fraile introdujo el dedo en un tarro de hierbas secas—, el médico habló de quemar hierbas bajo la figura durante nueve noches, después de lo cual debían efectuarse ciertos encantamientos durante setenta y dos noches. Con esto, la salud de Guillaume Monier se debilitaría irremediablemente.

—Entiendo.

—Debían de guardarla en otra parte —comentó el monje con visible frustración —. En algún sitio de fácil acceso, pero que pase prácticamente inadvertido…

—¿En el muladar, tal vez? —apunté, evocando mi inolvidable paso por el de las Carmelitas Descalzas. Y, aunque había hecho el comentario con ánimo burlón, el padre Amiel levantó la mirada de lo que estaba haciendo y, con un brillo en los ojos, exclamó—: ¡Pues claro! ¿Dónde, sino? El escondite perfecto.

Le correspondió, pues, a nuestra infortunada escolta la tarea de buscar en el estercolero de Masseo di Viro. Yo, por tener la fortuna de saber leer, me vi liberado de tal destino y seguí con los libros y documentos mientras llegaban a mis oídos las exclamaciones de disgusto procedentes del patio. Estoy seguro de que Emilia debía de asistir con profunda satisfacción a la visión de sus perseguidores chapoteando en los excrementos. Y más complacida aún debió de sentirse cuando, a pesar de nuestro empeño, nos dimos por vencidos sin encontrar nada de valor. No apareció figura alguna en el muladar, ni en la cocina, en las alcobas o en la bodega. Tampoco descubrimos círculos ni signos mágicos en hornacinas ni cajones.

Cuando concluyó el registro, el único botín de relevancia del padre Amiel se reducía a las cartas del camarero, una selección de instrumentos médicos y un libro de contenido un tanto equívoco.

Podía apreciarse su decepción en el tono monocorde de su voz cuando preguntó por Girolamo di Vico. Le informaron de que Girolamo estaba estudiando con su lector. Según parecía, el hijo de Masseo quería seguir los pasos de su padre y aspiraba a titularse como médico en uno de los centros de enseñanza de las artes médicas más renombrados. Así pues, nuestra escolta fue enviada allí para apresarlo mientras el padre y yo trasladábamos al priorato nuestro botín de artículos confiscados. Una vez allí, fui conducido directamente a la celda del fraile, donde éste me invitó a depositar mi carga.

—Si esperáis aquí —me indicó el padre Amiel—, iré a buscar dónde alojaros. Sé que hay varias celdas vacías; tal vez el prior os permita ocupar una de ellas.

—¿Celdas vacías? ¿Cómo la vuestra?

—Exactamente iguales, salvo que no están tan desordenadas. —Abarcó la estancia con un gesto e hizo una mueca de desagrado—. Aunque, después de haber visto vuestra habitación, no voy a pediros que disculpéis el desbarajuste que reina aquí: «No juzguéis y no seréis juzgados». Si me apresuro, tal vez lleguemos a tiempo de la colación.

Y, con estas palabras, se marchó y me dejó solo y en la duda de si atreverme a tomar asiento en su lecho. La cama era estrecha y corta, como correspondía al lugar de descanso de un monje dominico, y junto a ella había un sencillo escritorio y un baúl o arcón maltrecho, lleno de marcas y manchas de numerosos viajes. Sobre el arcón se disponía una colección de frascos de cristal que contenían medicamentos, junto con un montón de pergaminos sueltos, en cada uno de los cuales podían verse cuatro o cinco muestras de escritura. Cuando me percaté de que las numerosas caligrafías repetían las mismas dos líneas de texto, llegué a la conclusión de que el padre Amiel había recogido muestras caligráficas de otras fuentes, aparte de los testigos que habían declarado en mi presencia.

Me pregunté si corresponderían a otros monjes y si el padre sospechaba de alguno. Era posible que Pierre-Julien Fauré hubiera pasado una temporada en Aviñón. ¿Tal vez había trabado alguna amistad en el priorato durante su estancia? Decidí preguntárselo al padre Amiel en cuanto encontrara el valor para hacerlo.

Entre otros documentos dispuestos en montones por toda la celda había declaraciones escritas de mi propio puño y cartas que llevaban sellos de gran esplendor. El escritorio estaba provisto de tinta, plumas, navajas, tierra de batán, piedra pómez, pergamino virgen y una regla: en resumen, todo lo necesario para escribir. Sobre la mesa, protegidos de la humedad del suelo, había también varios libros, y otros más en una banqueta. Entre ellos vi una obra titulada Summa de Catharis et Pauperis de Lugduno, de un tal Rainerius Sacconi; la Historia Scholastica, de Pierre Comester; una Biblia; un Salterio; las Sentencias, de Pierre Lombard; algo llamado Summa iuris canonici in haeresi, de Raimundo de Peñafort, y las Confesiones de san Agustín.

Tomé este último volumen, lo abrí al azar y leí el siguiente fragmento: «A ninguno nos atraía especialmente lo que da su belleza al matrimonio, que es la tarea de formar un hogar y criar hijos. La principal preocupación era que estaba acostumbrado a satisfacer mi insaciable apetito sexual, que me tenía cautivo y me atormentaba violentamente».

Como podéis imaginar, seguía leyendo cuando el padre Amiel reapareció un rato después.

—¿Qué libro es ése? —inquirió, y tan absorto estaba en la lectura que, al oírlo, di un respingo como si me hubiera alcanzado un dardo.

—Son las Confesiones —respondí.

—¡Ah!, san Agustín —asintió él—. Una noble obra.

—Disculpad, padre, sólo estaba… Se me han ido los ojos…

—¡No, no! Leedla. Quedáosla. Os hará bien, estoy seguro. —Me entregó una carta sellada, llena de manchas y arrugada, y añadió—: Esto ha llegado al priorato esta mañana. El mensajero, un tal Thibault, tuvo a bien informarme de que reside en la posada que está frente a la Porte du Rocher. Según parece, os buscó en vano en casa de vuestra madre, en la prisión y en el priorato. Sin duda, espera una respuesta. —El monje se apartó de la puerta y me hizo un gesto de invitación para que saliera—. Nuestro prior ha tenido la generosidad de concederos permiso para que ocupéis una de las celdas vacías —concluyó—. Si me acompañáis, os enseñaré dónde está.

Debo comentar, llegado este punto, que no todos los monjes dormían en celdas. La mayoría se retiraba en un dormitorio común, y sólo a quienes ostentaban cargos importantes, como el lector o el bibliotecario, les estaba permitido dormir solos. Por lo tanto, varias de las pequeñas y austeras habitaciones estaban desocupadas, y me alegró comprobar que la mía se hallaba a escasa distancia de la del padre Amiel. No diré que el espacio que se me había adjudicado fuera muy acogedor: lo impregnaba un extraño olor y sólo contenía un estrecho jergón. Sin embargo, el fraile me informó de que mandaría llevar allí mis pertenencias y de que él mismo se encargaría de conseguirme un escritorio para que pudiese trabajar.

—Os enseñaré dónde están las letrinas, el refectorio y la biblioteca —se ofreció —. Y, naturalmente, siempre seréis bien recibido en la iglesia para las completas. ¿Queréis visitar las letrinas antes de la colación?

—Hum… No, gracias.

—Entonces, vamos. Antes, debemos lavarnos las manos. Y, por favor, conteneos de hablar a menos que os dirijan la palabra.

—Sí, padre.

Dejé la carta y las Confesiones sobre la cama y lo seguí al pasillo.