El escribano
Canto VI
Durante los tres días siguientes, mientras Masseo di Vico buscaba en vano un abogado que quisiera hacerse cargo de su defensa, yo llevé una vida de reflexión y mutismo en el priorato.
Entre los dominicos, la existencia se rige por las campanas. Los monjes se levantan para maitines cuando la luna todavía está alta (por más que hundiera la cabeza bajo la almohada, me llegaba el sonido de sus pasos al pasar ante mi puerta y, cuando regresaban a la cama, por lo general se oía al celador del dormitorio, que hacía sonar las llaves para que se diesen prisa, y las toses ahogadas de unos hombres que no deberían ir de acá para allá a altas horas de la noche). Luego, al amanecer, los monjes despiertan de nuevo y se ponen las sandalias, las capuchas y los escapularios mientras tañen las campanas. A continuación, y durante un rato, reina una suerte de calma: los frailes están lejos, recitando los oficios de primas, celebrando la misa, soportando el capítulo de faltas y, finalmente, cantando las tercias, aunque algún tañido ocasional todavía turba el sueño de visitantes como yo, que prefieren no despertarse con el gallo. En verano, la colación, que se compone de dos platos bien sazonados, no se sirve hasta después de las sextas, y a ella sigue un breve período de descanso. La siguiente hora de oración es la de nonas, que, en verano, precede a otra colación, ésta más frugal. El día termina con las completas, a las que deben asistir todos los frailes. Ni siquiera un monje tan atareado como el padre Amiel puede dejar de acudir.
Debo confesaros, sin embargo, que el padre Amiel no estuvo ocupado en exceso durante los primeros días en que fui su huésped en el priorato. Aunque el viernes por la tarde volvimos a la prisión, fue sólo para que el encuadernador confirmara su testimonio, puesto que Masseo di Vico ya había sido arrestado e intentaba, frenético, que alguno de sus amigos abogados se aviniera a defenderlo. Informados de este hecho, volvimos al priorato y, al llegar a mi celda, descubrí que allí estaban mi viela, mi ropa, el baúl, libros y registros y hasta el material del escritorio. Al parecer, el padre Amiel había mandado recuperar dichos objetos de casa de mi madre.
Le di las gracias, pero estaba muy triste. De hecho, cuando se hubo marchado a las nonas, incluso lloré un poco y me sentí absolutamente abandonado. ¿Cómo podía mi madre echarme de casa? ¿Por qué se había desembarazado tan deprisa de todas las pertenencias del menor de sus hijos? Me pareció muy impropio de ella, una mujer tan implacable y resuelta… Me costaba imaginar que ni siquiera a instancias de Arnaud hubiese accedido a autorizar que se las llevaran.
Me dije, entre sollozos, que las desavenencias siempre pueden enmendarse, con un poco de tiempo y dedicación. Tal vez sería mejor que pasáramos unos días separados para que se enfriaran los ánimos. Quizás Arnaud se daría cuenta de que, por más que no fuesen gran cosa, mis contribuciones a la casa llegarían a echarse en falta. ¿Y cómo no? ¿En quién desfogaría su mal humor si yo no estaba?
Me dije que así sería y traté de creérmelo. Me tumbé en la cama e intenté distraerme abriendo la carta que, arrugada y manchada del viaje, había dejado junto a las Confesiones de san Agustín. Para mi sorpresa, descubrí que la había escrito Marguerite de Pasquières. Su marido, Bernard, había muerto. Su hijo, Bernard, era ahora el señor de Saint-Martin-les-Bains. Sin embargo, Marguerite seguía ejerciendo influencia en la casa del châtelain y estaba por tanto en condiciones de dar empleo a Bona Claret.
«Espero no ser uno de vuestros amores rechazados», se quejaba en una torpe caligrafía llena de faltas ortográficas que parecía de su puño y letra, lo cual me sorprendió e incrementó el respeto que le tenía: siempre he sentido una especial debilidad por las mujeres cultas, por imperfecta que sea su educación. A fin de cuentas, son tan poco comunes como los diamantes, ¿no creéis?
Pero estoy perdiendo el hilo…
«Raymond —escribía— siempre habéis tendido al descarrío. Mi esposo sacudía la cabeza ante vuestras aventuras amorosas. “Ése muchacho cabalga directo al infierno”, decía. Bien, ahora él ya no está, y yo soy una viuda que añora a los viejos amigos. Mi hija está felizmente casada en Arles y mi hijo es escudero de la casa del conde de Nimes. Me encantaría acogeros, si… pudierais dedicarme unos días. Siempre os ha gustado mucho la comida de aquí».
Con creciente asombro, leí que Marguerite recordaba muy bien mi «animada conversación», mi «ingenio educado» y mi «vigor juvenil». ¿Recordaba yo que ella era mucho más joven que su difunto esposo? Y mis chanzas le habían gustado mucho más a ella que a él. Todavía estaba fuerte y sana, y sentía necesidad de diversiones ocasionales, pero la vida de una viuda era monótona y recluida. No iba a ningún sitio, no veía a nadie. ¿Me compadecería de ella y pasaría unos días en el viejo castillo que, ahora que la juventud lo había abandonado, se había convertido en un lugar lóbrego y triste?
Me quedé perplejo, amigas mías. ¿Qué os parece? En mi opinión, por la calidez que exudaba, se trataba de una misiva desconcertante. No era en absoluto impúdica, ni impropia, ni carente de delicadeza, sino cálida, desacostumbradamente cálida. Tal vez me engañé con respecto a su verdadero significado, tal vez me hice ilusiones vanas. Sin embargo, me pareció que, si bien no había en ella insinuaciones lascivas, hacía énfasis en ciertos hechos: Marguerite conservaba el vigor, la familia la había dejado sola y recordaba con «cariño» mis «dientes brillantes y perfectos».
Debo reconocer, sin embargo, que a la vez se mostraba cautelosa. En la misiva no había nada que la obligase a confesarse con un sacerdote. De hecho, yo no estaba muy seguro de si la estaba interpretando bien y, por consiguiente, mi respuesta fue casta y contenida. Le di las gracias y alabé su caridad por haber dado trabajo a Bona Claret. Afirmé recordar muy bien su compañía y acariciar esos recuerdos. ¿Cómo podía haber olvidado su risa alegre, sus ojos brillantes y su atenta hospitalidad? Pero en aquellos momentos me hallaba ocupado en un asunto de suma importancia: el asesinato de Guillaume Monier, camarero del cardenal di Vico. ¿Había oído hablar del caso? Lo habían encontrado castrado en su dormitorio y la persona para la que yo trabajaba era la encargada de descubrir la identidad del atacante. Hasta que ello ocurriera, no podría alejarme de Aviñón.
Esto fue lo que le escribí a Marguerite de Pasquières. Como podéis ver, rehusé su invitación con firmeza, aunque compensé la negativa con abundantes florituras corteses. Pero mientras concluía la misiva, me asaltaron imágenes de sus redondeadas caderas y de sus ojos rasgados. Por más que la dama no estuviera en la flor de la vida, todavía poseía una amplia gama de atractivos. Y antes de poder evitarlo, mi cetro de lascivia saludó estas evocaciones y me encontré sentado en una celda monacal con una vergonzosa protuberancia que me levantaba los faldones de la túnica.
Turbado, casi volqué el tintero. ¿Y si entraba el padre Amiel y veía la prueba de mi lujuria? Como siempre, sin embargo, el mero pensamiento del padre Amiel vació de savia mi avieso instrumento: cuando me puse en pie, ya no tenía la entrepierna inflamada y la túnica cayó lisamente sobre mis rodillas, por lo que, cuando el padre Amiel vino a buscarme, pude saludarle con toda tranquilidad. Sin embargo, me sentía incómodo e impuro. Noté que mi presencia profanaba aquella comunidad solemne y silenciosa de hombres castos. Por ello, pedí permiso al padre Amiel para salir del priorato y entregar mi carta al enviado de Marguerite. Le aseguré que regresaría enseguida.
El dominico replicó, en voz baja, que uno de los hermanos legos podía encargarse de aquel recado, ya que él me necesitaba para que le leyera varios libros. No podía negarme, por supuesto, así que nos encerramos en su celda hasta las completas y le leí en voz alta el Liber introductorius de Miguel Escoto. Por fortuna, el espeluznante contenido de esta obra fue el antídoto perfecto para mis deseos carnales, pues no encuentro ningún atractivo en la sangre y en la carne amputada. «Ofrecen sacrificios de carne de un ser humano vivo, como un pedazo de su propio cuerpo, o de un cadáver, sabedores de que la consagración de un espíritu en un anillo o en una botella sólo se logra mediante la ejecución de esos sacrificios». ¡Que Dios nos proteja! En tal catálogo de perversidades no había nada que excitara mis sentidos.
Como podéis imaginar, sin embargo, los pasajes de este tipo complacían en grado sumo a mi compañero e incluso yo advertí que sugerían hipótesis sobre por qué podían haberle cortado los virilia a Guillaume Monier. Cada vez que llegaba a uno de tales fragmentos, el padre Amiel lo repetía dos veces en voz baja antes de indicarme que continuara. De esa manera, empleando su prodigiosa capacidad de retentiva, confió a la memoria una gran porción del libro.
El primer día leí la mitad, quizá, de este desconcertante volumen. Entonces, cuando las campanas llamaron a completas, el padre Amiel me indicó que lo dejara y me acercara con él a la iglesia a purificarme.
—Venid —dijo—. Uníos a la comunidad. No os retiréis a dormir con la suciedad de Miguel Escoto adherida a vuestra mente. Sumergíos en el amor purificante del Señor. Libraos de reflexiones pecaminosas. Si lo hacéis, mi corazón se sentirá más liviano.
Con peticiones de este tipo, cuidadosamente expresadas y pronunciadas con suavidad, me persuadió el fraile de que asistiera a las completas. Junto a una veintena más de ciudadanos de Aviñón, fui conducido a la capilla del priorato, que sólo estaba abierta a los legos al finalizar el día. Tal vez os preguntéis qué hacía Raymond Maillot en aquel lugar sagrado, entre aquellas gentes piadosas, como un zorro entre corderos. ¿Cómo se le permitió hollar un espacio tan santificado? Amigas y amigos, dejad que os asegure que me acerqué al Señor con humildad y agitación a la vez. Apenas osaba levantar la vista del suelo y tenía el corazón colmado de inquietud. En efecto, me sentía como un gusano en una manzana.
Si he de ser sincero, os diré que siempre me he sentido así en la iglesia. Cuando entro en la casa del Señor, el peso de mis pecados es la medida de mi vergüenza. Nunca me ha parecido que éste fuera mi sitio y, ciertamente, hasta que trabé amistad con el padre Amiel, nunca me había sentido bienvenido allí. Sin embargo, desde que le conocí, el fraile venía diciéndome que eso sólo era culpa mía, que si de veras quisiera que Dios me prestase atención, Él y sus sirvientes me acogerían con todo el cariño.
Según el dominico, albergo el secreto deseo de pasar inadvertido ante el Señor para poder entregarme así a mis impulsos licenciosos y concupiscentes.
Y acaso sea verdad. De lo que no cabe duda es que, durante mi primera visita a la capilla del priorato, me quedé al fondo de la nave, por detrás de toda la congregación. Delante de mí, conté un par de docenas de legos de todas las procedencias sociales. Durante casi toda la ceremonia permanecimos separados de la comunidad de frailes, cuyos cantos solemnes se elevaban detrás de la reja del coro. Pero cuando comenzaron a entonar el Salve Regina, las puertas de la reja se abrieron y los dominicos entraron en la nave en procesión, sin dejar de cantar. Su número era tal que me costó reconocer al padre Amiel: había demasiados monjes pequeños, delgados y de aspecto insignificante con el hábito blanco y negro y, de lejos, una cabeza tonsurada es exactamente igual a otra. Sin embargo, me consolé pensando que estaba presente, mientras uno de los frailes bendecía a los legos arrodillados, entonando «Eia ego advocata nostra» y rociándolos con agua bendita.
Luego, la comunidad volvió a retirarse al coro. Se recitaron las plegarias finales del oficio y tañeron las campanas. Acto seguido, todos salieron y me quedé solo en la nave. Permanecí como un estúpido en aquel amplio espacio de suelo enlosado, mirando incómodamente a la Virgen María, a mi derecha, y a santo Domingo, a mi izquierda. Estaban pintados de colores brillantes y aparecían de tamaño natural. Las sombras del anochecer empezaban a envolver la bóveda cavernosa del techo y oí los ecos de pasos de los monjes que salían por una puerta que yo no divisaba.
En aquel momento, el padre Amiel apareció desde el otro lado de la reja del coro. Se me acercó sonriendo y me preguntó si había sentido que Dios purificaba mi espíritu.
—Bien… Mi espíritu está más sucio que el de la mayoría —respondí con cautela, ante lo cual su sonrisa se ensanchó, dejando a la vista sus dientes ennegrecidos y deteriorados.
—Tonterías —dijo—. Todos somos pecadores, hijo y, sin embargo, el amor de Dios nunca nos faltará. ¿Habéis notado su presencia? Espero que sí. Espero que Él os haya podido consolar en vuestra desolación. —De repente, el padre Amiel frunció el entrecejo y alzando los ojos para mirarme, dijo suavemente—: Imagino que aquí os debéis de sentir perdido. Sé que os duele el tratamiento que habéis recibido de vuestra familia, pero tened valor, Raymond. Pronto encontraréis el camino. El Señor os guiará.
Para mi eterna vergüenza, los ojos se me inundaron de lágrimas ante sus palabras. Por fortuna, sin embargo, el monje decidió pasar por alto aquella muestra de debilidad (si es que llegó a verla); se volvió y me acompañó a la celda, donde me dejó con una bendición silenciosa, trazándome una cruz en la frente. Y así concluyó mi primer día como residente oficial del priorato. Los tres días siguientes no fueron distintos.
Pasé casi todo el tiempo bajo techo. El padre Amiel y yo no fuimos a la prisión porque Masseo di Vico seguía sin encontrar un abogado que se aviniese a defenderlo. Supuse que el cargo que había desempeñado el dominico como inquisidor de la depravación herética causaba nerviosismo entre los letrados de Aviñón. Sin lugar a dudas, no estaban seguros de si todavía ejercía como tal. En cualquier caso, uno tras otro, todos se negaron a defender a Masseo di Vico. Entretanto, en el tranquilo entorno del claustro, el padre Amiel y yo nos ocupábamos de asuntos menores. Le leí la parte del Liber introductorius de Miguel Escota que todavía no habíamos examinado; le leí el libro sin título de Masseo di Vico sobre conocimientos médicos, y las declaraciones de varios testigos, en especial la de Tibaldo Canigiano. Normalmente, aquella tarea tendría que haberla desempeñado un joven monje llamado Armand, pero el padre Amiel aseguraba que la voz de Armand era delgada, átona y débil, mientras que la mía era fuerte y briosa. Decía que mi voz era tan expresiva como la música; que pintaba vivas imágenes en su mente y que hacía que le fuera más fácil retener las palabras que pronunciaba. Con tales cumplidos, me persuadió de que le leyera hasta que quedé ronco. Me gustaba mucho que me escuchara con tanta atención.
Cuando no le leía, a menudo repasaba para mí, en silencio, las Confesiones de san Agustín. Aquélla obra bendita, aquel relato magnífico y terrible, me tenía cautivado. Leí de un joven cuya alma estaba «corrompida por la lujuria de los sentidos». Leí sus anhelos y luchas. Leí sus deseos y su desesperación. «Lo que más placer me daba era amar y ser amado —leí—. No obstante, del lodo de la atracción física y de la fuente de los instintos de la juventud se alzaron vapores brumosos que dejaron mi corazón en la oscuridad y la niebla, de modo que no podía distinguir entre el amor puro y la concupiscencia impura. Ambos sentimientos se precipitaban en mi interior en una mezcla confusa y me arrastraban, joven inmaduro, hacia un abismo de pasiones, tirando de mí hacia un torbellino de vicios».
Sentado en mi diminuta celda, leí aquellas palabras, y fue como si san Agustín me hablara directamente. Estaba claro que sabía qué se sentía cuando a uno lo gobernaba el pene, un miembro que a veces parece tener vida propia. Y, sin embargo, lo había dominado. Había encontrado la redención. Había alcanzado a distinguir entre el amor puro y el impuro, tan perfecto el primero como imperfecto era el segundo. Considerad mis sentimientos cuando, después de todas mis desventuras y tribulaciones, leí las palabras siguientes: «y no obstante eso, amo una cierta luz, una cierta armonía, una cierta fragancia, un cierto manjar y un cierto deleite cuando amo a mi Dios, que es luz, melodía, fragancia, alimento y deleite de mi espíritu. Resplandece entonces en mi alma una luz que no ocupa lugar; se percibe un sonido que no lo arrebata el tiempo; se siente una fragancia que no la esparce el aire; se recibe gusto de un manjar que no se consume comiéndose, y se posee tan estrechamente un bien tan delicioso que, por más que se goce y se sacie el deseo, nunca puede dejarse por hartazgo. Pues todo esto es lo que amo cuando amo a mi Dios».
Al leer estas palabras, me pregunté si sería ése el amor del que el padre Amiel disfrutaba. ¿Era aquél el cimiento sobre el que construía su confianza, su sabiduría y su tranquilidad? ¿Extraía la fuerza de un amor que, perfecto como era, nunca le faltaba?
Temeroso, consideré las frágiles ataduras que me unían a mi familia, a mis amigos, a mis numerosas amantes. Las había tensas y a punto de romperse; otras estaban tan enmarañadas que se me enredaban en los pies y me hacían caer. Parecía que el padre Amiel había cortado aquella clase de ataduras y, por lo tanto, había podido elevarse hacia Dios.
Pero entonces pensé: «Él está hecho de una sustancia mucho más noble que la que me conforma a mí. Su mente es aguda, clara y precisa. Sus manos están exquisitamente labradas. Habla muchas lenguas, nunca farfulla, nunca tropieza con las palabras, ni expele ventosidades, y tiene el coraje de un hombre tres veces mayor. Él pertenece a este lugar, pero yo no. Yo nunca podré aspirar a las alturas a las que él ha llegado. Nunca conoceré el amor de Dios como él lo conoce».
Eso fue lo que pensé a la sazón. Y llegué a pensado a causa de un incidente que ocurrió el sábado, mientras yo leía para el padre Amiel. Por lo general, cuando leía, no se me escapaba la impresión que le producía lo que oía. En cambio, en la ocasión de la que os hablo, tuve la gradual sensación de que leía al vacío. Ningún gruñido o susurro interrumpió mi lectura, ningún punto brillante u oscuro se movió en las esquinas de mi percepción visual. Al levantar los ojos, vi que se había vuelto de espaldas a mí y que se apretaba la mandíbula con la mano, el rostro contraído en una mueca de dolor.
—¿Os molestan de nuevo las muelas? —inquirí.
El dominico asintió, cerrando los ojos unos instantes.
—Tal vez deberíais ir a que os viera el hermano enfermero —sugerí, pero él sacudió la cabeza.
—No.
—Uno de esos elixires…
—No.
Esperé mientras el fraile batallaba con el dolor. Era casi tan penoso verlo como debía de ser sufrido. Doblado por la cintura, con la cabeza encima de las rodillas, el padre Amiel presentaba un aspecto lamentable, aunque permanecía callado como una tumba.
Al final se incorporó, con la cara, de un tono grisáceo, empapada de sudor y la respiración jadeante. Comenté, en tono compasivo, que era un mártir de sus muelas. Dios, dije, lo había castigado cruelmente.
—No —replicó—. No digáis esas cosas. No he de considerar este dolor un castigo, sino una bendición.
—¿Una bendición?
—Una bendición que puedo utilizar, una herramienta a través de la cual puedo entrar en el gozo del Señor. San Agustín nos dice que es necesario que purguemos la mente a fin de ver inefablemente lo que es inefable. Los Padres de la Iglesia nos dicen que estar presente en Dios es no ser nada en uno mismo, abandonarse uno mismo, rechazar todo lo que es temporal y mutable. —El padre Amiel hablaba muy despacio y con toda claridad, como si, con manos temblorosas, dispusiera cada palabra en el espacio que quedaba entre los dos en la cama—. El dolor es como un fuego purificador —prosiguió—. El dolor intenso nos desposee de toda memoria, de toda identidad, de todos los deseos salvo uno. Nos quema la coraza externa y revela el núcleo. Nuestros pensamientos no pueden vagar; nuestros deseos carnales no pueden gobernamos. El dolor es puro. Nos dirige hacia un objetivo, hacia uno solo: el alivio de ese dolor.
»Por lo tanto, intento utilizar el dolor como puente, como baño purificador. Despojado de todos los deseos excepto uno, ¿cómo no voy a superarlo y trascenderlo? ¿Cómo no voy a entrar en el reino de la luz eterna, donde no hay conciencia de nada que no sea Dios? —Entrelazó las manos y, con voz ronca, añadió —: Y si no alcanza a ser nada más, mi dolor es mi corona. Ofrezco mi sufrimiento al Señor, porque, ¿qué otro regalo podría hacerle? El apóstol dice: «¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios?». Porque en los demás dones de Dios no podemos glorificamos, ya que no son nuestros, sino de Él. Pero en la cruz de la tribulación y la aflicción sí que podemos hacerlo; en nuestra capacidad de superamos, de aceptar de buen grado, por el amor de Cristo, todo el sufrimiento, las heridas y el malestar que nos hayan embargado, en eso sí que podemos glorificarnos. «No me quiero glorificar sino en la cruz de Cristo». Por lo tanto, le doy gracias a Dios por mi dolor. Honro mi dolor y me someto a él, porque sin sufrimiento no puede haber redención.
Lo miré atónito. Lo que había dicho me parecía sublime, virtuoso, sobrenatural.
—Entonces, ¿acogéis el dolor de muelas de buen grado? —pregunté, ante lo cual su rostro se torció en una extraña sonrisa.
—Ya me gustaría —confesó—. Lo intento, pero soy débil, soy un hombre débil.
—¡No, padre! —exclamé—. ¡Sois muy fuerte! ¡Fuerte y santo!
—No.
—Sí.
—Raymond, perdonad que os lo diga, pero tal vez no tengáis; la preparación necesaria para juzgarme —dijo. Luego, se secó la frente con la manga y me pidió que continuara leyendo. Y partir de aquel momento, mi opinión sobre él cambió. Por siempre más miré al padre Amiel, entre la duda y el asombro, preguntándome si estaría muy cerca de Dios, si estaría más cerca de Él que sus compañeros de congregación. ¿Era un elemento poco común y bendito, como un santo?
En la prisión se mostraba como un hombre corriente, pero en el priorato era distinto. Si hasta entonces lo había respetado y admirado, a partir de aquel momento lo veneré. Me descubrí retrocediendo cuando se acercaba, perdiendo el coraje de hablar en su presencia. Tal vez el ambiente del priorato me estuviera afectando, porque sus ocupantes apenas hablaban. Se movían despacio y apaciblemente, nunca corrían, ni reían, ni haraganeaban. En ocasiones, los oía suspirar, roncar o eructar. En ocasiones, los veía rascarse, tropezar o hacer muecas en las letrinas. A veces oía lloros y gritos ahogados en la noche. Y una vez vi manchas de sangre en el hábito de un monje al que, si no me equivoco, habían azotado con una vara o un bastón. Pese a todo, por lo general, pasaba los días entre voces acalladas, pasos renqueantes y miradas gachas.
Tal vez por eso mi voz se fue silenciando gradualmente y quizá también por eso, cuando al final salí a la calle, el ruido, el movimiento y los colores brillantes me aturdieron y confundieron un buen rato.
Ocurrió el lunes, después de haber pasado dos días completos (sábado y domingo) y tres noches bajo el techo del priorato. El domingo apenas había visto al padre Amiel, que pasó todo el día ocupado en sus obligaciones religiosas. El lunes por la mañana me pidió que comparara las notas del libro de hechizos de Guillaume Monier con los distintos ejemplos de caligrafía que había recogido entre sus hermanos de congregación. En total, se había procurado muestras de escritura de los cincuenta y dos monjes del priorato, ninguno de los cuales parecía haber hecho anotación alguna en el libro de Guillaume Monier. Varios de ellos, sin embargo, habían conocido bastante bien a Pierre-Julien Fauré durante la estancia de este último en Aviñón y le habían proporcionado una breve lista de las personas con las que el inquisidor se había relacionado en esa época.
El nombre de Guillaume Monier se hallaba en la mencionada lista.
—Así, podemos suponer que el padre Pierre-Julien le dio el libro de nigromancia al padre Guillaume —dije, cuando el padre Amiel me reveló aquella información—. Como vos sospechabais.
—Sí.
—Tal vez, cuando descubrió que Masseo di Vico le estaba echando maldiciones, el padre Guillaume acudió al padre Pierre-Julien para que le ayudase.
—Tal vez. —El monje entornó los ojos—. Pero ¿qué clase de ayuda es ese libro de brujería? A menos que uno crea que es la solución más eficaz… —Se dio unos golpecitos en la barbilla con un dedo y añadió—: Sería una triste ironía que a Guillaume Monier lo hubiesen matado sus propias aficiones ocultas. ¿Quién puede decir que, después de haber invocado a un espíritu diabólico para que le protegiese, no fue ese mismo demonio quien lo mató?
No dije nada. Antes, quizá me habría burlado de una posibilidad como ésa, pero mi corazón ya no podía dudar de un hombre al que veneraba. Además, en el priorato, las visitaciones diabólicas ya no se me antojaban improbables. Tal vez debido a lo cerca de nosotros que sentía a Dios, era posible que también se sintiese la presencia del diablo. Lo único que puedo suponer es que, siendo como era un receptáculo de virtud, el priorato padecía continuos ataques de las fuerzas infernales, pues día y noche los monjes se enfrentaban a los emisarios de Satanás. Mientras yacía en la cama, oía los gritos de los torturados hombres de Dios. Los veía postrarse en el suelo de la iglesia y beber sólo agua en las mesas del refectorio, como penitencia. A veces aceptaba que se libraban grandes batallas entre las fuerzas del bien y del mal en lugares ocultos, sin que los ojos lo vieran y sin que los oídos lo escuchasen.
—Ha surgido otro nombre en relación con Pierre-Julien Fauré —prosiguió el padre Amiel—, el de un funcionario de la Oficina de las Preces. Un tal Durand Rouiard. ¿Lo conocéis?
—¡Pues sí! —Asombrado, me erguí en el asiento—. Lo conozco. Como he llevado asuntos de peticiones, lo he visto alguna vez.
—¿Y no tendríais por casualidad entre vuestros registros alguna muestra de su escritura?
Reflexioné unos instantes. Parecía improbable.
—Cuando se concede una petición, el vicecanciller o el Santo Padre añaden una nota al documento original para dejar constancia —expliqué—. Luego, después de que el datarius adjunte la fecha del consentimiento del Papa, la petición llega a las manos de Durand Rouiard, que registra cierta información sobre el documento en un libro llamado Liber de vacantibus. Cuando uno va a recoger una petición, ha de consultar el mencionado libro para averiguar si la petición ha llegado y se ha registrado. Si es así, un empleado de la oficina la buscará y se la presentará al interesado. Si no es así, hay que ir a hablar con Durand y preguntarle si aún la tiene en su escritorio. —Extendí las manos—. Durand no marca los documentos él mismo. Lo único que hace es registrarlos en el Liber de vacantibus.
—Comprendo —con el ceño fruncido, el dominico sopesó lo que acababa de contarle—. Entonces, para ver su caligrafía, basta con consultar ese libro —dijo al fin.
—Sí.
—¿Y podríais hacer tal cosa sin llamar la atención? ¿El libro está guardado bajo llave o muy vigilado?
—A veces. No siempre.
—Entonces, quiero que vayáis. Id ahora. —El padre Amiel se puso en pie—. Llevaos el libro de nigromancia de Guillaume Monier y comparad sus glosas con el texto del Liber de vacantibus. Luego me diréis si la caligrafía es similar.
—Pero…
—¿Seguro que nadie os podrá impedimentos? ¿Nadie se cuestionará vuestra presencia?
—No, padre.
—Id, entonces. Quiero saber si Durand Rouiard escribió en el libro de Guillaume. Quiero saber si también está involucrado en la hechicería.
Así fue como salí del priorato y, como ya os he comentado en alguna ocasión, las calles me afectaron en grado sumo. Me encontré chocando con la gente, puesto que había perdido la habilidad de apretar o reducir el paso. Como los dominicos no corren de un lado para otro, ni cruzan los umbrales a toda prisa, ni tienen que abrirse paso a codazos, no necesitan aprender a esquivar ni a sortear, destrezas que sí son necesarias en la calle. Además, los dominicos no gritan, no silban, no dan portazos, no gruñen ni rebuznan como mulas, de modo que el hombre que vive entre ellos se desacostumbra a los ruidos fuertes y repentinos. Cuando me puse en camino hacia la Oficina de las Preces, hasta la luz del ocaso me pareció extraordinariamente brillante. Era como un pollo recién salido del cascarón o como alguien que acabase de emerger de una celda carcelaria. Me sentía un forastero en mi propia ciudad.
La Oficina de las Preces está en el mismo edificio que alberga la oficina del abreviador, la del calígrafo, la del corrector y el registro. El lugar parece una colmena, pero produce documentos en vez de miel. Lo conozco muy bien, demasiado, por lo que caminé sin preguntar hacia mi destino, una sofocante habitación en la que uno encuentra pliegos doblados de pergamino que cuelgan de cuerdas atadas en el techo, pergaminos que responden a la presencia del visitante moviéndose y aleteando en el aire como alas de paloma. Esos documentos suspendidos son las preces, clasificadas de una manera que todavía hoy sigue siendo para mí un misterio: el funcionario agarrará una u otra del gancho que las mantiene colgadas y se la presentará a quien haya ido a recogerla, no sin antes registrar la entrega en el Liber distributionum.
Al otro lado de la estancia, Durand Rouiard se afanaba en el Liber de vacantibus. Casi todo el tiempo que pasaba allí lo dedicaba a leer y a escribir, pero en la ocasión de la que os hablo le encontré conversando con un hombre que al parecer no había hallado ni rastro de su petición en el libro de Durand. Éste, por tanto, buscaba entre los documentos de su escritorio para ver si le había llegado, y, al verlo tan ocupado, aproveché para consultar el Liber de vacantibus sin que él reparara en mis actividades.
Abrí despacio el gran registro y, sosteniendo el libro de brujería; de Guillaume Monier debajo de la superficie del escritorio, comparé sus glosas con la caligrafía pulcra, clara y apretada que llenaba, página tras página, el volumen. Para mi honda satisfacción, vi que Durand era el responsable de una de ellas. Sin lugar a dudas, era su mano la que había trascrito en el códice de Guillaume Monier las palabras siguientes: «Rociar una pared con sangre de perro la limpia de hechizos; la bilis de un perro negro previene de que los demonios causen daño».
¡Un triunfo, amigos! Me sentí muy satisfecho de mí mismo, pero no me entretuve, puesto que no deseaba llamar la atención de Durand. Sin levantar la mirada, cerré los dos volúmenes, me metí el más pequeño debajo del brazo y salí de la sala a toda prisa.
Qué extraño, pensé, cuando emergí de nuevo a la luz del sol. Qué extraño que un clérigo como Durand Rouiard, que hablaba con tanta propiedad, que era tan cuidadoso y peculiar en sus costumbres, tan inofensivo en apariencia, siguiera a Satán como un hereje. ¿Qué podía impulsar a un hombre a hacer algo así? ¿Tan abandonado por Dios se sentía que recurría a la nigromancia?
No hallé respuesta a esas preguntas, pero, en cualquier caso, tampoco me preocupó demasiado. Tal vez el padre Amiel podría explicármelo, si se lo pedía. Como hombre de Dios, tal vez conocía los vericuetos por los que se adentraban las almas de la clerecía cuando sus ambiciones se veían frustradas, sus deseos quedaban insatisfechos y sus esperanzas, malogradas. Pero decidí no pedírselo porque mi interés por los problemas de la clerecía no pasaba de tibio. Me preocupaban más mis propias dificultades. Como san Agustín, comenzaba a sentirme terriblemente cansado de la vida. Caminaba arrastrando los pies, con la cabeza gacha y la mirada clavada en el suelo. El pensamiento de una comida suculenta, de una música dulce o de mujeres hermosas no tenía ningún aliciente para mí. Me sentía extrañamente ligero y vacío, como un cesto de mimbre.
No es necesario que diga que, cuando al final llegué al priorato, el padre Amiel recibió mis noticias con cariñosas palabras de alabanza y satisfacción. Me llamó «perla preciada». Dijo que mi valor era incalculable y sonrió y me hizo sentir de maravilla en todos los sentidos, como un sirviente bueno y leal.
Y tanto fue así que, cuando me dejó para acudir a vísperas y me encontré de nuevo solo en mi diminuta y oscura celda, me consolé recordando su beneplácito. En realidad, era el único consuelo en el que pensar, porque, si bien mi vida parecía un embrollo, una indumentaria hecha harapos que se me caía del cuerpo, las atenciones del padre Amiel, como un buen cinturón de cuero, eran el elemento de fuerza y constancia que mantenía unidas todas las piezas.
Me gustaría que recordaseis esto mientras prosigo con mi relato. Me gustaría que recordaseis que yo no estaba como ahora, rodeado de toda suerte de amigos afectuosos. A la sazón, me sentía abandonado, rechazado y por completo desgraciado.
No es de extrañar, pues, que me volviera hacia la Iglesia en busca de comprensión.