El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 33 de 45

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El escribano

Canto IX

Cuando Girolamo se presentó ante el padre Amiel, no lo acompañaba el abogado. Al parecer, había tomado una decisión y estaba impaciente por llevarla a cabo sin la intromisión de Aribert. Recientemente, explicó, había experimentado unos agudos retortijones de estómago cuya causa era incapaz de determinar, a pesar de la dedicación de su médico. Desde su última conversación con el dominico, estaba muy preocupado ante la posibilidad de que tales dolores fueran manifestaciones de un acto subrepticio y malévolo.

—¿Podría ser que…? —balbució, sudando profusamente—. Es decir, si se hubiera formulado una maldición…

—Contadme vuestra historia —respondió el padre Amiel—, y yo os contaré la mía.

—Si supiera qué se ha hecho contra mí, tal vez podría combatir sus efectos. Consultando a las autoridades oportunas…

—Cierto.

—¡Soy demasiado joven para perder la salud, padre!

El pobre hombre estaba aterrorizado, y el dominico, como siempre, se apresuró a sacar provecho de ello, ordenándole que jurase sobre las Sagradas Escrituras antes de hacerle una relación completa y sincera de sus transgresiones. Girolamo, como Tibaldo, confesó que estuvo presente durante el incidente que Bona Claret había presenciado. El agua ensangrentada de la jofaina, aseguró, estaba teñida con la sangre del propio camarero y procedía de un pañuelo del cardenal con el que Guillaume Monier había contenido una copiosa hemorragia nasal. Girolamo contó que él y su padre habían consumido aquella agua mientras recitaban ciertas invocaciones para que el camarero, por aquel acto, también cayera en la consunción. Asimismo, confesó que habían ayunado y se habían afeitado y lavado antes de llevar a cabo este ritual, que se habían vestido de blanco para la ocasión y que se habían abstenido de relaciones carnales durante los nueve días anteriores.

—Pero debimos de olvidar algo —concluyó—, porque el padre Guillaume no perdió la salud. Por lo menos, no la perdió a causa de nuestro ritual.

—¿La invocación no era para castrarlo?

—¡No! Tenía que parecer un… un acto divino. Un hecho natural.

—¿Invocasteis a Satán, durante el ritual?

—¡Oh, no, padre! Pedimos la intercesión divina, no la del demonio.

—¿Estuvo presente el padre Antonio?

—No, padre.

—Pero ¿lo estaba en la ocasión en que vos tocasteis la imagen de plata que describió Tibaldo?

—Sí, estaba allí.

—Habladme de la imagen.

Según Girolamo, la estatuilla media un palmo de altura y era de plata maciza, excepto la cabeza, que estaba hueca. En la frente llevaba grabado el nombre de Guillaume Monier y no tenía más inscripciones.

—¿Y estaba bajo la custodia del padre Antonio? —inquirió el padre Amiel.

—Sí, padre. Él la llevó a casa de mi padre. La había fumigado durante nueve noches y deseaba que mi padre le proporcionara cierta hierba venenosa para rellenar con ella la cabeza. Al rato, volvió a llevársela para realizar ciertos encantamientos…

—¿Durante setenta y dos noches?

—Sí. Y, transcurrido ese plazo, se la devolvió a mi padre, quien tenía que ponerla al fuego, noche tras noche, hasta que el camarero cayese enfermo. —Cuando hubo recitado estos hechos con voz temblorosa, Girolamo exclamó de repente—: ¡Pero que muriese castrado…! ¡No era eso lo que pedíamos! ¡Algo debió de hacerse mal! Padre, ¿qué maldición me echó el camarero? ¿Voy a perder la salud?

—Tal vez. En la cárcel, suele suceder. Decidme, ¿de quién fue la idea de atacar a Monier con encantamientos? ¿De vuestro padre? ¿De vos mismo?

—¡Yo no tuve nada que ver! —gimió el acusado—. ¡Fue decisión de mi padre! ¡Ah, mi padre sabe hacerle la vida imposible a cualquiera! ¡Preguntadle a mi madre! ¿Qué podía hacer yo? ¿Desafiarle? ¡Ay, no deberíamos haber venido nunca a esta ciudad!

—¿Vuestro padre pidió consejo al padre Antonio acerca de las imágenes, después del fracaso de vuestro primer intento contra el camarero?

—Sí.

—¿El padre Antonio empleó alguna vez agua bendita, hostias consagradas o cualquier otro objeto santificado, cuando realizaba sus ritos diabólicos?

—No. Es decir, no sé… Padre, ¿qué maldición me han echado? Por favor, tengo que saberlo…

El tono de voz del padre Amiel cambió. Tras una breve pausa, apoyó el mentón en sus manos, entrecerró los párpados y dijo:

—Hijo mío, sólo sé una cosa: que Guillaume Monier, al maldeciros, os quería ver en prisión. Y parece que su sortilegio ha dado resultado, ¿verdad?

¡El muy zorro, qué desvergonzado!, pensé al oír aquello. Girolamo se quedó sentado con la boca abierta, como si acabara de recibir un mazazo. Cuando vinieron los guardias a llevárselo, salió de la estancia tambaleándose como un borracho.

—¡Oh…! ¿Girolamo? —lo llamó el padre Amiel en el último momento; y el joven Di Vico se detuvo en el umbral y se volvió—. ¿No conoceréis a un caballero de Saint-Gilles que se llama Etienne de Puy? ¿Un hombre que tuvo una disputa legal con Guillaume Monier?

Tras una breve reflexión vacilante, el acusado dijo que no con la cabeza. La respuesta pareció satisfacer al padre Amiel, quien ordenó a los carceleros que trajeran a nuestra presencia a Masseo di Vico. Tras esto, los despidió con un gesto.

Mientras llegaba el abogado del médico, me hizo redactar una citación para el capellán del cardenal, el padre Antonio de Lazzari.

—Quiero que sea arrestado esta noche —dijo como si pensara en voz alta—, aunque ya está haciéndose tarde y dudo de que pueda interrogarlo antes de mañana… No; mañana, no. Es la festividad de santo Domingo y no podré ocuparme de ello. Pasado mañana, quizás. En cualquier caso, un día en prisión tal vez le afloje la lengua. —Se volvió hacia mí y continuó—: Cuando haya hablado con Masseo di Vico, tengo que acudir al rezo de completas, pero no es preciso que me acompañéis. Si tenéis tiempo, deberíais poneros en contacto con Durand Rouiard y concertar una cita con él. A menos que tengáis alguna objeción, claro…

El corazón me dio un vuelco, pero fui incapaz de formular una excusa convincente.

—Ninguna, padre —murmuré.

—Bien. Y si no hay tiempo hoy, podéis abordarlo mañana temprano. Supongo que no pasaréis todo el día en oración, como yo.

—No, padre.

—No, ya me parecía. Aunque debéis honramos con vuestra presencia en la Santa Misa, hijo, pues será una ceremonia muy gozosa y hermosa. Llena de color y de música.

—¿Con danzas sagradas?

—Danzas sagradas, procesiones. Una gran celebración. Vendrán muchos visitantes ilustres. No quedaréis decepcionado, os lo aseguro.

Intenté imaginar al padre Amiel dando unos pasos, aunque fuesen solemnes, pero no lo logre.

—¿Vos bailaréis, padre? —inquirí.

—¡No! —respondió, moviendo la cabeza—. Eso queda para nuestros hermanos más jóvenes. Pero vamos; dejémonos de charlas ociosas: «En las muchas palabras no falta pecado». Terminemos de redactar esta requisitoria de comparecencia antes de que se presente Masseo di Vico.

El médico no tardó en llegar, acompañado de su voluminoso abogado, Aribert de Saint-Felix. Aunque no muy alto, Masseo era un hombre robusto. Recio y con las piernas torcidas, tenía unos hombros anchos y una mandíbula enérgica que se difuminaba poco a poco en una papada de viejo. Aunque lucía una calva en la coronilla, el resto de su cuerpo era tan hirsuto como podáis imaginar; incluso era más velludo que yo. Estaba claro por qué su mujer y su hijo le tenían miedo. Nunca he conocido a nadie tan manifiestamente inadecuado para la profesión de curar.

Antes de que el padre Amiel dijera una palabra, Di Vico bramó en un provenzal con mucho acento:

—¡Sois estúpido si creéis que encerrándome quebraréis mi espíritu! Tengo amigos importantes que me suministran cuanto necesito. Acabarán con vos, padre.

—Esto… Maese Masseo…

El abogado cuchicheó unas palabras al oído de su cliente (previniéndolo, sin duda, de la inconveniencia de tales explosiones de genio) y el compareciente frunció el entrecejo con una expresión terrible. Tenía un aspecto tan amenazador que casi temí por el padre Amiel. Sin embargo, el monje conservó una apariencia tranquila mientras enumeraba los delitos de los que se acusaba a Masseo. No había terminado de hacerlo cuando el médico ya farfullaba sus protestas.

—¡Falso! —exclamaba—. ¡Todo eso son falsedades!

—Por favor, dejad que hable por vos —intervino Aribert.

—Pero…

—¡Maese Masseo! Me habéis contratado para este trabajo. ¿Queréis malgastar vuestro dinero?

Convencido con tal argumento, el médico se tranquilizó y el padre Amiel pudo reanudar su discurso donde se había interrumpido. Sin embargo, cuando mencionó las alegaciones de Girolamo, Masseo y Aribert prorrumpieron al unísono en exclamaciones de incredulidad.

—¡Mentís! —protestó el abogado.

—No, señor —dijo el padre Amiel.

—¡Girolamo no ha declarado nada de eso!

—Claro que sí. Pero vos no estabais presente cuando lo hizo.

—¿Lo habéis interrogado sin mí?

—Fue deseo suyo.

—¡Imposible!

Sin pronunciar palabra, el dominico tomó de la mesa mi trascripción de la declaración de Girolamo y se la entregó. Mientras Masseo, congestionado, farfullaba protestas ahogadas, el abogado examino el documento por encima y lo volvió a dejar en la mesa con gesto despectivo.

—Esto no significa nada —dijo.

—Al contrario.

—Girolamo no lo ha firmado.

—Pero lo hará.

—No, no lo hará. Porque yo hablaré con él, primero.

—¡Y yo también! —rugió Masseo—. ¡Ésa pequeña víbora…!

—Antes de hacerlo, tal vez debáis tener en cuenta una cosa, maese Masseo. Aun sin el testimonio de Girolamo, tengo suficientes pruebas contra vos para llevar adelante el proceso. Y sé que, cuando lo haga, vuestro representante legal llamará en vuestra defensa a muchos testigos. Tal vez incluso me acuse a mí. Será un procedimiento muy largo. Pero conforme pasen los días, deberéis recordar que, en estos momentos, un consistorio nombrado por el propio Santo Padre está deliberando sobre si los casos de brujería, en su totalidad, deberían pasar a la jurisdicción de la. Inquisición de la Depravación Herética.

—¿Qué? —exclamó Masseo, ceñudo, con cierta impaciencia—. ¿De qué estáis hablando?

—Os está amenazando —intervino Aribert—. No le hagáis caso.

—¿Amenazándome a mí?

—En este momento —continuó el padre Amiel, con una serenidad que me llenó de admiración—, estáis siendo encausado según el ardo iuris común. Ello se debe a que en las acusaciones contra vos no hay indicios de manifiesta herejía: no parece que consultarais demonios, que ofrecierais sacrificios, que adorarais a ídolos o que emplearais el cuerpo o la sangre de Cristo en rituales inicuos. Si hubierais cometido alguno de tales actos, ahora estaríais sometido a investigación por parte de un inquisidor de la depravación herética.

El dominico prosiguió su parlamento señalando que, de momento, Masseo disfrutaba del derecho a representación legal. Tenía derecho a conocer el nombre de los testigos y acusadores. Y, si bien el castigo por sus actos podía ser severo, si bien podía significar la muerte, el encarcelamiento o la confiscación de las propiedades (lo cual no era seguro en absoluto, subrayó el padre Amiel), la esposa y la hija de Masseo no sufrirían menoscabo. El linaje Di Vico no quedaría manchado.

—En cambio, pensad qué sucedería si el Santo Padre decide que todos los hechiceros han de ser juzgados como herejes —continuó—. Dejaréis de tener derecho a abogado. Además, vuestros hijos y nietos serán acosados por el Santo Oficio. Y si morís en prisión sin haber llegado a completar la sentencia a la que os han condenado, vuestros descendientes serán multados y sus propiedades, confiscadas para dar por extinguida la pena.

»Reflexionad sobre ello, maese Masseo —concluyó el monje—. Meditadlo bien, antes de tomar más decisiones. Os ruego que dediquéis un pensamiento a vuestra familia. Os insto a que seáis razonable.

Observé al doctor y advertí que las palabras del padre Amiel lo habían conmovido. Ceñudo, pestañeaba aceleradamente con expresión perpleja e inquieta. Aribert intentó tranquilizarle.

—Sois inocente —dijo el abogado—. Por eso no sufriréis ningún castigo.

—Cada día se cuelga en la horca a más de un inocente —replicó Masseo. Dando la espalda a Aribert, el médico preguntó al padre Amiel cuál era el castigo por actos de brujería.

—Depende —respondió el dominico—. Hace dos años, el fraile Bernard Délicieux, del Languedoc, fue sentenciado a prisión de por vida por posesión de libros de magia. Hace tres, el obispo Hugues Geraud fue acusado de intentar asesinar al Santo Padre con ciertas pócimas e imágenes de cera, y condenado. Lo desnudaron, lo ataron por los talones a la cola de un caballo y lo condujeron a rastras por las calles de Aviñón hasta el lugar donde lo ejecutarían. Y, una vez allí, fue desollado y quemado. Tal vez recordéis el incidente…

Masseo tragó saliva; el ruido fue perfectamente audible.

—Por otra parte —concluyó el padre Amiel—, los dos hombres que acabo de mencionar eran gente importante que tenía enemigos importantes de reputación intachable. El padre Guillaume Monier, en cambio, era un hombre de carácter poco claro. Tengo en mi posesión un libro de nigromancia que le perteneció. Tengo pruebas de que practicaba la brujería y la sodomía. Creo que podría demostrarse que vos, maese Masseo, sólo os estabais defendiendo de su magia… con la ayuda del padre Antonio, quien tal vez era vuestra autoridad y vuestro guía en todo esto. Y debo hacerme esta pregunta: si os ayudaba a llevar a cabo los encantamientos un sacerdote, ¿por qué, como hijo obediente de la Iglesia, teníais que poner en duda sus decisiones?

Tras estos comentarios se produjo un silencio pensativo. Masseo se tiraba del labio inferior y Aribert se rascaba el inmenso vientre.

—No podéis saber a ciencia cierta cuál será la recomendación de ese consistorio —dijo el abogado, finalmente.

—Es verdad —asintió el padre Amiel—, no puedo.

—Es posible que no encomiende la persecución de la brujería a la Inquisición de la Depravación Herética.

—Cierto. —El padre Amiel inclinó la cabeza—. Pero estoy seguro de que se presta una especial atención al uso de imágenes, pues, al parecer, el Santo Padre considera que las imágenes son, en sí mismas, una prueba de actividad diabólica y herética.

—¡No soy ningún hereje! —exclamó el médico—. ¡Soy un buen católico!

—Eso lo decidirá el consistorio —dijo el dominico.

—¡Pero vos mismo habéis dicho que en nada de cuanto hice hay indicios de manifiesta herejía! ¡Vos mismo acabáis de decirlo!

—Esto… Con lo cual, naturalmente, mi cliente Aribert fulminó con una mirada al médico —se refiere a que nada de cuanto se le acusa de haber hecho presenta tales indicios. Ahora, padre, si deseáis escuchar a mis testigos, habría que citarlos cuanto antes.

El abogado procedió a leer una relación de dichos testigos, compuesta en su mayor parte por amigos y vecinos del acusado, todos los cuales atestiguarían que Bona Claret había mostrado animosidad contra Masseo di Vico durante su estancia en la casa, Otro testigo era un poeta y doctor en ley canónica, natural de la Romagna, que examinaría el registro del testimonio de Tibaldo para observar si el criado de confianza del médico había malinterpretado en algún extremo las preguntas del padre Amiel.

Finalmente, Aribert se proponía llamar a otros médicos, uno de los cuales era un maestro de renombre, quienes explicarían por qué la medicina, a ojos de los ignorantes y legos en la materia, puede confundirse con la hechicería.

—Con frecuencia —declaró Aribert—, a quien no tiene conocimientos del tema le cuesta distinguir entre un embrujo y un acto legítimo de medicina. ¿Cómo catalogar, por ejemplo, la costumbre de las mujeres de Salerno de colgarse ciertas piedras porosas al cuello para prevenir el aborto? Unos podrían llamarlo hechicería, pero en realidad es una medida médica, como demostrarán mis testigos. —Hizo una pausa para respirar hondo y continuo—. Mediante estos testimonios, demostraré que los actos de mi cliente han sido malinterpretados, como suele suceder cuando unos procedimientos eruditos y complicados son observados por unos ojos simples e ignorantes.

Debe reconocerse que Aribert era valiente, elocuente y lógico. Además, su gran envergadura contribuía a dar empaque a sus palabras. Mientras las pronunciaba, plantado ante el padre Amiel, me produjo la impresión de estar en presencia de un abogado combativo y convincente.

El fraile lo escuchó con la mirada gacha, inmóvil. Cuando Aribert terminó, se limitó a decir:

—¿Cuántos testigos os proponéis llamar?

—Nueve, en total.

—Muy bien, nueve. Y tal vez sea necesario llamar a otros para impugnar ciertas pruebas… —El dominico alzó por fin la mirada y la fijó en Masseo—. Mañana es la festividad de santo Domingo y, por tanto, no podré ocuparme del caso hasta el jueves. Con casi una docena de testigos pendiente de declarar y con el domingo por medio, la toma de declaraciones se prolongará sin duda hasta avanzada la semana que viene. — El fraile ladeó la cabeza y añadió—: Por supuesto, si entretanto el consistorio hace pública su decisión, maese Masseo, puede que seáis entregado de inmediato al Santo Oficio. Y ya os he comentado qué significaría tal cosa.

El médico frunció el ceño.

—¡Soy inocente de todo! —proclamó—. ¿Me pedís que confiese algo que no he hecho, con tal de escapar del Santo Oficio?

—Os pido que toméis en consideración a vuestra hija —expuso el padre Amiel—. Que no tenga la menor esperanza de conservar su dote, si interviene el Santo Oficio, porque éste es voraz, como seguramente sabréis. Y, en cualquier caso, ¿quién querría casarse con la hija de un hereje? La herejía no sólo es un delito terrible; también tiene la característica única de que contagia a toda la descendencia. Es una mancha que se hereda. Los hijos de vuestros hijos, si los tuvieran, no podrían desempeñar nunca cargos públicos. —El fraile se incorporó bruscamente—. Os pido que reflexionéis sobre el futuro de vuestros hijos y nietos y que, al hacerlo, recordéis que considero que, en cierto modo, habéis sido inducido a actuar inadecuadamente. Esto es algo que debo tomar en cuenta, a la hora de juzgar el caso.

—Cuando hayáis escuchado todos los testimonios —lo interrumpió Aribert, desafiante—, le consideraréis inocente, y no engañado.

—Si es inocente, como decís, así lo juzgaré —replicó el padre Amiel y, dirigiéndose a la puerta, la abrió y llamó a los guardias—. Debo acudir enseguida a las completas —añadió, volviéndose a Aribert—, de modo que reanudaremos la sesión el martes por la mañana… si el consistorio no ha tomado una decisión para entonces. Tened preparados a vuestros testigos, maese Aribert.

—Así lo haré. Y hablaré con maese Girolamo, con vuestro permiso.

—Desde luego. —El dominico inclinó la cabeza—. Os asiste ese derecho.

La inmensa mole de grasa que era Aribert se alejó bamboleándose por el pasadizo, en el que casi no cabía, pero no lo hizo sin antes detenerse frente al padre Amiel con una pregunta:

—¿Quiénes, quiénes constituyen ese consistorio?

El padre Amiel citó el nombre de cinco obispos, dos generales de órdenes monásticas y tres doctores en filosofía. Al escucharlas, Masseo di Vico se sobresaltó y abandonó la estancia arrastrando los pies y mordiéndose la uña del dedo pulgar.

—¿Padre? —dije al monje cuando la puerta se cerró de nuevo.

—¿Sí?

—¿Cuándo se espera que el consistorio tome su decisión?

El monje soltó uno de sus bostezos, cortos y gatunos.

—Cualquier día de éstos —respondió—. Si Masseo es sensato, se entregará a mi compasión… porque el Santo Oficio no tiene ninguna y, por lo que sabemos, mañana al despertar podría encontrarse bajo su custodia. Os aseguro que nada sería más probable.

Así pues, en aquello, al menos, no mentía.