El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 10 de 45

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El escribano

Canto V

—¡Raymond!

—Hum…

—¡Raymond! ¡Despierta!

Reconocí la voz de Beatrice y solté una maldición. Por un segundo me pregunté qué estaría haciendo en mi cama, pero enseguida advertí que aquél no era mi lecho.

—¡El monje está aquí, Raymond! —susurró—. ¡Levántate, de prisa!

—¿El mon… monje? —tartamudeé. ¡Oh, amigos, qué momento de horror! Al alzar la cabeza, vi a Beatrice, medio arropada con un chal, sus henchidos pechos apenas ocultos y el cabello todo alborotado y enredado. A su espalda, los postigos de las ventanas estaban abiertos.

—¡Dios me asista! —exclamé—. ¡Dios me asista! ¡El sol! ¿Ya es de día?

—Pregunta por ti, Raymond. Vístete. Levántate.

—¿Dónde está?

Beatrice señaló la ventana. Tiempo después me enteré de que, al despertarse con la llamada del padre Amiel, había abierto los postigos de par en par y se había asomado a la ventana a insultarlo, sin darse cuenta de que andaba desnuda, aunque las recriminaciones se habían borrado de sus labios tan pronto como tuvo conocimiento de la identidad del recién llegado.

Lo que el padre Amiel pensó de los pechos rebeldes de Beatrice no puedo decíroslo, porque nunca tuve la valentía de preguntarle por aquel asunto.

—¡Deprisa! ¡Deprisa! —me instó ella al tiempo que me empujaba hacia la ventana. Yo todavía me estaba poniendo los calzones y cuando asomé la cabeza (el monje estaba apostado ante la puerta principal), mi aspecto debía de ser de lo más vergonzoso.

—¿Pa… padre? —murmuré.

—Ah, maese Raymond —dijo el monje con voz completamente tranquila—. Vuestro hermano me ha dicho que tal vez estabais aquí.

—Perdonadme, es que… Si queréis…

—Esperaré aquí mientras os vestís —anunció, y Beatrice me pellizcó el codo.

—Dile que entre —susurró—. Dile que puedo darle fiambre y vino caliente.

—¿Os apetecería comer algo, padre? —inquirí, aunque estaba casi seguro de que declinaría el ofrecimiento. Y acerté, pues movió la cabeza y respondió:

—No, muchas gracias. No podemos entretenemos.

—Por supuesto que no. Claro. Un momento, por favor.

Me retiré de la ventana y acabé de vestirme con una prisa frenética, dando saltos por la habitación mientras me calzaba a tirones una bota y luego la otra. Beatrice insistió en ofrecerme pan y leche.

—No tengo tiempo —dije, jadeante.

—Pero puedes comerlo por el camino.

—¿Delante de él? No, me parece que no. —Bajé las escaleras a trompicones y, con el permiso de Beatrice, oriné junto a la puerta trasera. Cuando salí al encuentro del padre Amiel, todavía me ajustaba la ropa—. Lo siento, padre. Aquí estoy.

El dominico asintió. Tras esto, se volvió y comenzó a caminar, sin reparar casi en la presencia de Beatrice, quien, en cualquier caso, hacía todo lo posible por quitarse de en medio.

Tal vez sólo exista una acción digna para un monje que se ve sorprendido con la visión de una mujer medio desnuda. Quizás el padre Amiel estaba siguiendo las instrucciones contenidas en la Regla de Santo Domingo.

Lo seguí como un perro sin dueño y volví la cabeza un instante para dedicar una sonrisa a Beatrice. Ella me saludó con la mano. Cuando por fin alcancé al padre, éste se abría camino esquivando los charcos y me habló como si hubiésemos estado conversando toda la noche sin interrupción.

—Hoy tengo previsto interrogar a Aimery de Sorgues —anunció.

—Oh.

—Es posible que esto os extrañe —prosiguió, sin advertir, al parecer, que yo no estaba en condiciones de extrañarme de nada—. Por lo general, en el proceso de inquisitio, el sospechoso es arrestado y se le comunica la acusación. Entonces, si se niega a confesar, se llama a declarar a los testigos. Sin embargo, este caso ha comenzado con un solo acusador. Es uno de esos casos que tal vez sea mejor desarrollar mediante otras formas de acción: una accusatio, tal vez, o una denunciatio, en las que no es preciso que exista más de un acusador, pero como a mí se me ha instruido para que realice la inquisitio, no puedo acusar a Masseo di Vico hasta que haya sido denunciado al menos por dos personas. —El padre Amiel me miró, como si quisiera leer en mi rostro lo que pensaba de aquella explicación. Quizá sólo vio unos ojos turbados y una barba sin afeitar (eso, si distinguía algo con su disminuida visión), pues enseguida desvió la mirada—. Sin embargo, en muchos aspectos, las circunstancias nos son favorables. Esto me permitirá reunir más testimonios antes de abordar a Masseo di Vico. Antes de interrogar a un sospechoso, me gusta tenerlo todo absolutamente preparado, pues eso aporta eficiencia al interrogatorio.

Gruñí por lo bajo. Como todavía estaba medio dormido, sus palabras me parecieron un tanto incomprensibles y no pude intervenir en la conversación con ningún pensamiento racional. De hecho, tan sólo podía pensar en si me despediría por no haber pernoctado en casa. Sin embargo, dio la impresión de que pasaba por alto totalmente mi vergonzosa conducta, pues no hizo alusión alguna a ella, ni directa ni indirecta, ni me dedicó cortesías forzadas o miradas de reproche. No noté en su actitud más que la habitual contención.

Y me pregunté si no querría expresar su desaprobación en un ambiente más recogido.

Cuando llegamos a la prisión, sin embargo, continuó sin referirse a mis recientes fechorías. Por el contrario, inspeccionó las provisiones que se habían «requerido del condestable»: es decir, una medida de vino y una medida de agua, dispuestas en una mesa en sendas jarras de loza. También había tazas y cojines, pero nada de comer. Me explicó que aquellos pequeños lujos habían sido solicitados la tarde anterior.

—El agua es para nosotros —dijo—. El vino, no. Nuestras cabezas han de mantenerse claras.

—Entonces, ¿quién lo tomará? —quise saber.

—Nuestros testigos, si así lo desean. —Cuando se hubo sentado, después de sacar el documento de su bolsa de cuero, me pidió que le leyera el protocolo terminado que había encontrado en mi habitación—. Ésta mañana, vuestro hermano me dejó pasar —explicó mientras yo lo miraba, sorprendido—. Se me antojó muy probable que hubieseis dejado vuestro trabajo en el escritorio, así que he traído lo que he encontrado allí. ¿Es vuestro trabajo, verdad?

—Sí, padre, por supuesto. Lo lamento tanto…

—No tiene importancia.

—Mi intención era…

—No tiene importancia. —Su tono daba a entender que no iba a permitir más discusión del asunto—. Leed esto y después redactaremos las citaciones.

Hice humildemente lo que me indicó. Al menos quedaría contento de mi trabajo, pensé. Y sin embargo, el corazón me latía con fuerza mientras leía el texto del protocolo, haciendo una pausa de vez en cuando para refrescarme con un sorbo de agua.

Cuando terminé, se volvió hacia mí con una sonrisa.

—Bien hecho —dijo.

—Oh, gracias, padre.

—Tenéis una facilidad extraordinaria. Os expresáis de maravilla.

—¡Gracias!

—Ahora, redactaremos las citaciones. Quiero hablar con la doncella de Masseo di Vico esta tarde. Y luego… Mañana, no; mañana me aguardan ciertas obligaciones en el priorato. El viernes interrogaré a vuestro amigo Gaillard, pero esta mañana debemos expedir la citación. ¿Dónde vive?

Se lo dije. Le di el nombre de la calle y de la parroquia, e incluso el del sacerdote de dicha parroquia, pues sabía que la citación iría dirigida a él. Por lo general, los sacerdotes de las parroquias son los encargados de transmitir estas desagradables noticias.

El padre Amiel comentó que, como ayudante, mi valor era inestimable. Después, empezó a componer las largas y sonoras frases en latín que traerían a Gaillard y a la doncella de Masseo a ocupar la banqueta que teníamos delante. (Su dominio de la más noble de las lenguas era envidiable). Después de hacer un primer borrador de cada documento, los leí en voz alta y él sugirió varias correcciones. Sólo cuando quedó satisfecho con el texto me permitió redactar las copias terminadas, las cuales firmó, pero no selló. Por el contrario, las llevó al condestable para que las sellara y enviara, mientras yo me quedaba a solas en aquella sombría y diminuta habitación sin nada que leer, comer o hacer.

Como podéis imaginar, mientras esperaba miré varias veces la jarra de vino con ojos anhelantes. Pensé que nadie echaría en falta un par de tragos de aquel brebaje divino, pero entonces me pregunté si no la habrían dejado allí para poner a prueba mi fuerza de voluntad y, resueltamente, orienté mis pensamientos a otras cuestiones. ¿Me perdonaría algún día Gaillard? ¿Podría comer algo antes de mediodía? ¿Qué ocurriría si sobornaba a uno de los centinelas para que me proporcionara un trozo de pan o una pieza de fruta? Ésta última pregunta quedó sin respuesta porque me vino a la mente en el preciso momento en que volvió el padre Amiel, seguido de Aimery de Sorgues y su escolta.

Si alguna vez habéis visto un polluelo o los primeros brotes verdes de un castaño en primavera, sabréis lo tierno que era aquel joven infeliz. Su piel, tersa como los pétalos de rosa, se estropeaba de la misma manera que éstos; tenía unos ojos grandes y acuosos, unos labios trémulos y un cuello blanco y largo que a uno lo hacían pensar en los cisnes, las hachas y las tajaderas. Ciertamente, su expresión era la de un cordero camino de la inmolación mientras, sumiso y lánguido, ponía una mano temblorosa sobre los Evangelios del padre Amiel. Pronunció el juramento con una vocecilla insegura, atropellándose en las palabras, y no pidió la presencia de un representante legal. Que estaba aterrorizado lo habría visto hasta un ciego. Cuando se le indicó que tomara asiento, pareció no comprender, por lo que el monje se vio obligado a repetírselo. Era obvio que un pánico descomunal le había disipado las entendederas al pobre muchacho.

Tal vez por ello, el padre Amiel adoptó un tono suave y compasivo para dirigirse a él. Nada de provecho habría conseguido con una actitud ruidosa o intimidatoria; antes bien, eso habría dejado a Aimery mudo o, en el mejor de los casos, sus palabras habrían sido incoherentes. Pero mientras el padre Amiel preguntaba al testigo por sus años en Notre Dame des Doms, donde había tomado las órdenes menores, el joven empezó a recuperar el dominio de sus facultades. Tartamudeó menos y las frases se volvieron más largas. Con amabilidad, el padre Amiel le explicó que, por haber jurado sobre las Sagradas Escrituras, quedaba obligado por las leyes de Dios a decir la verdad. Si mentía, cometería un grave pecado. ¿Comprendía lo que aquello significaba?

—Oh, sí —respondió Aimery.

—Porque no hay secretos ante Dios, hijo —señaló el padre Amiel—. Dios lo ve todo. Si me mentís a mí, no escaparéis a su castigo.

—Sí, padre, lo sé.

—Así pues, ¿me diréis la precisa verdad, sin omisiones, como si os confesarais delante de Dios Nuestro Señor sentado en Su Trono del Juicio?

—Sí, padre.

—Bien. —El dominico se aclaró la garganta—. Decidme, entonces: ¿habéis permitido alguna vez a un hombre poner sus virilia entre vuestros muslos?

Llegado este punto, yo habría podido, sin lugar a dudas, alzar la cabeza y ser testigo de la consternación de Aimery, pues su silencio inicial me había dado tiempo suficiente para hacerlo. Pero no me atreví: la palidez de su rostro, sus ojos llorosos y la expresión conmocionada deberían ser imaginados antes que descritos. Habría preferido asistir a la agonía de la muerte de un cachorro o a la desesperación de un niño abandonado. Sólo diré que escapó de sus labios una exclamación contenida y una suerte de sollozo.

Y luego oí una vocecilla que decía, «sí», y anoté esta confesión fingiendo toda la indiferencia del mundo, recordándome firmemente que la sodomía, al fin y al cabo, es un pecado.

—Decidme quién os hizo tal cosa —dijo el padre Amiel. Tras un breve silencio (durante el cual Aimery hubo de esforzarse para recuperar la compostura), el dominico fue informado de que habían sido tres, o, mejor dicho, dos hombres y un muchacho. El joven, de nombre Benedict, había sido diácono de Notre Dame des Doms. El primero había sido Guillaume Monier, y el segundo, Fulques Fuille, un compañero amanuense de la casa de Guillaume.

—¿Y nunca le hablasteis a nadie de estos incidentes? —inquirió el padre Amiel.

—Sólo a mi confesor —respondió Aimery.

—¿Y qué os dijo?

—Dijo que probablemente había sido yo quien había buscado la ocasión de pecar. —Sería una tarea ardua y tediosa reconstruir la manera en que Aimery contó su historia, porque se calló algunas palabras y confundió otras, y sollozó, se sorbió los mocos, murmuró y farfulló, y a menudo el monje tuvo que alentarlo a seguir. Sin embargo, despojándola de todas las florituras superfluas, su historia resultó comprensible, por más desconcertante que fuese—. Mi confesor me dijo que yo era un pecador —prosiguió— y tuve que ayunar dos días.

—¿Ésa fue la penitencia que os impuso?

—Sí.

—Pues se me antoja muy ligera.

La voz de Aimery perdió fuerza y empezó a temblar y a quebrarse.

—¡Mi confesor dijo que bastaba! —gritó—. ¡Yo hice lo que me ordenó, padre! Me dijo que había pecados mucho más graves, como el adulterio, el incesto y la violación de vírgenes. Me dijo que, para un acólito, era peor fornicar con una mujer que darse al onanismo o que ciertas otras cosas.

Noté que el padre Amiel se movía en su asiento y que su respiración se detenía un instante. Después, preguntó:

—¿Quién es vuestro confesor?

—Era el padre Guillaume.

—¿Guillaume Monier?

—Sí, padre.

Miré al dominico, vi que daba un respingo y volví a clavar los ojos en el pergamino. No me cupo ninguna duda de que se nos había cruzado por la cabeza el mismo pensamiento.

—¿Así que fuisteis a confesaros con Guillaume Monier para pedirle la absolución de los pecados que habíais cometido con Benedict? —le preguntó el padre Amiel al testigo.

—Sí, padre.

—¿Eso fue antes o después de que Guillaume Monier cometiese el mismo pecado con vos?

—Antes.

Aimery prosiguió su relato explicando el consejo que Guillaume Monier le había dado. Según el camarero del cardenal, el hombre estaba sujeto a innumerables pasiones pecadoras, a las que sólo un santo podía resistirse de forma permanente. Era inevitable que algunas veces la carne sucumbiera a la tentación.

Para un joven como Aimery, que apenas había recibido las órdenes menores, fornicar con una mujer sería un pecado mucho más grave que caer en la masturbación; pero, incluso en este último caso, el peso del pecado sería suyo. ¿Por qué no encontrar a alguien con quien compartir la carga? «Venid a mí cada vez que tengáis pensamientos impuros —le había dicho el camarero— y os curaré de ellos y cargaré yo con el pecado, porque yo soy más fuerte, más sabio y más virtuoso».

Aliviado en grado sumo, Aimery había accedido a hacer lo que su confesor le había dicho. La vez siguiente que «se inflamo», acudió al confesor, que frotó amablemente las partes pudendas de Aimery hasta que el joven llegó a la culminación.

La lujuria de Aimery fue curada de este modo en dos o tres ocasiones más antes de que Guillaume le pidiera servicios a cambio. Al fin y al cabo, él había asumido una pesada carga con el pecado de Aimery. ¿No iba su amanuense a brindarle la misma cortesía?

—Así, ¿el padre Guillaume identificaba el pecado con la emisión? —preguntó el padre Amiel con cierta sequedad. Pero Aimery debía de estar confuso, pues no respondió nada y el monje se vio obligado a plantear la pregunta con otras palabras —: ¿El padre Guillaume os dijo que el portador del pecado, en esos casos, era el hombre que recibía la emisión de otro, ya fuera en las manos, en la boca o in tergo?

—Sí… Yo… Sí, supongo que sí.

—¿Os dais cuenta, hijo, de que ésta es una falsa doctrina? ¿De que es una depravación y una maldad? ¿De que es una herejía?

—¡Oh, padre! —exclamó Aimery—. En aquel momento, yo… Pero ahora ya lo sé… Sé que estuvo mal —dijo a trompicones.

—Pero, en aquel momento, ¿creísteis al padre Guillaume?

—¡Sí!

—Entonces, cuando recibíais sus emisiones, pensaríais que pecabais. ¿Cumplisteis penitencia por este pecado?

—Sí, padre.

Y resultó que la penitencia por satisfacer los deseos del padre Guillaume consistía en la realización de otros actos depravados que a Aimery no le resultasen placenteros y que no requerían que «recibiera la emisión». Para no profanaros los oídos con demasiados detalles malsanos, sólo diré que el desdichado amanuense era receptáculo de cierta variante de sodomía (que incluía todo tipo de objetos) y que, en una ocasión, se le pidió que aplicara la lengua a ciertas partes del cuerpo del padre Guillaume que será mejor dejar sin catalogar.

—¿Y, como esos actos no os daban placer, el camarero los consideraba penitencias? —inquirió el padre Amiel.

—Sí, padre.

—Lo cual parece implicar que sí disfrutabais con los otros actos que él realizaba en vos.

—Yo… yo…

—¿Y por ello os entregasteis a las atenciones de otro amanuense, de ese Fulques Fuille? ¿Porque os daban placer?

De repente, el testigo rompió a llorar.

—¡Soy un pecador! —gimió, atragantándose y tosiendo, mientras se balanceaba adelante y atrás sujetándose la tripa como si le doliera. En un arranque, alcé la cabeza y vi que el padre Amiel observaba al prisionero desapasionadamente.

—¿Por qué lloráis? —preguntó el dominico en su tono de voz más seco—. ¿Por vergüenza?

—¡Sí, sí! ¡Perdonadme!

—¿Matasteis al padre Guillaume?

—¡No!

—¿Sabéis quién lo hizo?

—¡No, no!

—Pero erais su sodomita. Os habéis revolcado en el fango del pecado. ¿Cómo voy a creeros?

El pobre Aimery se hallaba en un estado lamentable. Habló de forma incoherente durante un buen rato, gruñendo y moqueando, hasta que el padre Amiel se levantó, sirvió vino y se lo ofreció. Tal vez fue el efecto de este brebaje, o quizás el porte del dominico apostado a su lado, tranquilo y paciente, con las manos cruzadas sobre el pecho. Por el motivo que fuera, el muchacho se tranquilizó. Bebió, hipó y se limpió la nariz. Sorbió los mocos, bebió otra vez y, al devolverle la jarra vacía al monje, levantó los ojos y le dirigió una mirada lastimera.

Cuando por fin continuó hablando, sus palabras fueron tan confusas que resultaron casi ininteligibles.

—¿Qué? —dijo el padre Amiel, inclinándose hacia él—. ¿Qué habéis dicho?

—Fulques me lo hizo —susurró el chico.

—¿Qué te hizo?

—¡Dijo que se lo contaría a los demás!

Resultó que a Fulques Fuille, el amanuense compañero de Aimery, le gustaban las mismas perversiones que al padre Guillaume. Estaba al corriente de los vicios del camarero del cardenal y había amenazado con revelar a todos la conducta escandalosa de Aimery. Para evitar que eso ocurriera, Aimery había sucumbido a las demandas de su colega, que eran casi idénticas a las del padre Guillaume. Pero Fulques era más joven y más amable que el padre Guillaume y tenía un físico más atractivo.

—Entonces, disfrutabais —dijo el padre Amiel a modo de conclusión.

—A veces —confesó el testigo.

—Y desarrollasteis una pasión antinatural el uno por el otro. Y vuestro compañero os quería sólo para él.

—¡Oh, no!

—Y conspirasteis con él para matar al padre Guillaume.

—¡No! ¡No!

—Habláis bajo juramento, hijo.

—¡No, no lo hice! ¡Debéis creerme, por favor! ¡Debéis creerme! —Se arrodilló ante el monje y se agarró a él, llorando a lágrima viva. El padre Amiel frunció el ceño y se desasió. Hay que mencionar aquí que al dominico le desagradaba en grado sumo que lo tocasen y que rara vez tocaba a nadie. Sin lugar a dudas, el abrazo húmedo del amanuense debió de resultarle aborrecible.

—¿Por qué he de creeros? —preguntó, retrocediendo hasta detenerse detrás de la mesa—. Sois un sodomita.

—¡Pero no un asesino!

—Vuestra vida ha estado llena de engaño. Las mentiras son fruto de vuestra boca. Vuestra imagen fundida es la falsedad.

—Yo… Yo… —frenético, el muchacho buscaba palabras convincentes en su cabeza—. ¡No fui el primero! —exclamó al fin, todavía acurrucado en el suelo—. Hubo uno antes que yo, uno que fue el favorito del padre Guillaume, y Fulques lo conoció como me conoció a mí.

—¿Carnalmente, queréis decir? —inquirió el dominico.

—Sí. Se llamaba Simon.

—¿Y cómo sabéis esto?

—¡Porque Fulques me lo contó!

Al parecer, Fulques llevaba tiempo disfrutando de las migajas de la mesa del camarero. Según Aimery, el otro amanuense le había hablado del padre Guillaume con gran admiración, presentándolo como un hombre cuyo gusto exquisito por la carne joven había servido para alimentar la lujuria del propio Fulques, y cuya vida de indulgencia había avivado las ambiciones de éste. Fulques quería ser exactamente como el clérigo. Él también quería una gran casa y elegantes ropajes y muchos jóvenes hermosos, así que siguió el ejemplo del camarero en todo. Incluso preguntó a Aimery por la conducta del padre Guillaume en el lecho.

—Veneraba al padre Guillaume —insistió Aimery—. Todos lo hacíamos.

—¿Después de lo que el camarero os había hecho? —dijo el padre Amiel con una incredulidad que se me antojó absolutamente fingida.

—Era… era muy amable conmigo. Me daba dulces… Me dedicaba palabras cariñosas.

—Y un vit fort —concluyó el padre Amiel rudamente. Había estado interrogando al testigo en latín y creo que con aquel paso repentino a la lengua vulgar pretendía que su comentario resultase aún más chocante. Y tengo que reconocer que me dejó asombrado: aunque se me había ocurrido que tal vez Aimery anhelase un cuerno más fuerte, por así decirlo, nunca hubiera esperado oírselo decir a un monje como el padre Amiel.

El testigo se puso como la grana y farfulló algo incomprensible.

—Así, me estáis diciendo que no habríais matado al padre Guillaume porque, con todo, sus atenciones os daban placer —sentenció el padre Amiel—. ¿Es eso cierto?

Aimery estaba aturdido y movía las manos incontroladamente. Abría y cerraba la boca, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Por fin, asintió, y yo registré ese asentimiento como un «sí».

—Y Fulques no habría matado al padre Guillaume porque lo admiraba mucho — prosiguió el dominico—. ¿Es éste vuestro testimonio?

El amanuense asintió de nuevo, ante lo cual el padre Amiel le indicó que se expresara claramente para que sus respuestas pudieran ser transcritas.

—Sí —dijo Aimery, sin convicción.

—¿Y qué sucede con los otros miembros de la casa? —El padre Amiel era implacable—. ¿Sospecháis de alguien que pudiera albergar alguna hostilidad especial hacia el padre Guillaume?

—No.

—¿Habéis visto a alguien comportarse de una manera sospechosa, antes o después de la muerte del camarero?

—No.

—¿Habéis visto este libro alguna vez, hijo?

El volumen en cuestión era, por supuesto, el libro de conjuros del padre Guillaume.

Al verlo, Aimery afirmó, un tanto aturdido, que no conocía el códice. No obstante, identificó uno de los escritos como del padre Guillaume y a continuación, cuando se le pidió que aportara una muestra de su propia escritura, empezó a temblarle la mano con tanta violencia que fue incapaz de ofrecer algo que resultase legible. Sin embargo, reveló que en una ocasión el padre Guillaume le pidió que saliera a buscar un perro que, confiado al cuidado del padre Guillaume, había desaparecido misteriosamente.

Aimery no sabía qué uso podía haberle dado al can. Negó cualquier complicidad en los ritos nefarios del camarero y yo le creí, porque, como dice el refrán, «en el vino está la verdad». Llegado este punto, quedaba claro que el muchacho estaba un poco intoxicado. Su postura vacilante, su expresión vacía y su dificultad para hablar me bastaban para diagnosticarle una ebrietas.

En un momento dado, se lanzó de repente a declamar acerca de sus «pecados de la carne», prometiendo solemnemente flagelarse todos los días hasta que muriera, como penitencia por deshonrar su propio cuerpo, ante lo cual el padre Amiel le preguntó cuál era la penitencia adecuada para alguien que mataba.

—¡No! —El joven sacudió la cabeza con tanta fuerza que perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer—. ¡No, no, no! ¡Yo no podría hacer tal cosa! ¡Yo lo encontré! ¡Fue terrible! ¡Me mareé y caí al suelo!

—¿Queréis decir que no tenéis estómago para hacer una cosa de ese tipo?

—¡No!

—Os creo. —El dominico habló con tanto desdén, con una repulsión tan fría, que hasta yo me estremecí—. No sois un hombre, sois un gusano. Sois una cosa débil y sin nervio, un receptáculo de la perversión de los demás. Nunca tendríais la valentía ni la fuerza necesarias para realizar cualquier acción, por más ruin que fuese. Estáis muerto en el pecado, profanado y maldito delante de Dios. Sois un instrumento del mal. Alejaos de mí. Contamináis el aire. No deseo poner los ojos nunca más sobre vuestra carne pestilente.

Y con esto, ordenó a los centinelas que se llevaran de allí a Aimery de Sorgues como si fuera un saco de comida.