El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 19 de 45

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El escribano

Tercera Parte

Canción del súcubo

Canto I

¿Cuántos sabios han escrito sobre el amor? ¿Cuántas formas ha tomado éste en las páginas de incontables tomos venerados o en las canciones de innumerables trovadores? Al amor se le ha llamado dueño y señor, valiente y decidido caballero, un gran negocio, un tormento, un siervo de Dios, una maldición diabólica, una llama, una rosa, una tentación, un poder, un cumplimiento de la Ley. Se le ha llamado caridad y concupiscencia, sagrado y profano. Pero cuando Andreas Capellanus, en su obra incomparable, dice que el amor es sufrimiento, declara una verdad mayor que cualquiera de aquellas a las que dan testimonio los Padres de la Iglesia. Porque os aseguro que, si bien mi hermano Arnaud me quería —y me quiere todavía—, su amor era una cadena y una corona de espinas. Me ataba y me torturaba y pesaba sobre mí como una gran nube negra. Las altas expectativas le hacían riguroso y la decepción lo contaminaba. Estaba, en efecto, casi disfrazado de odio y disimulado con tal habilidad que me tenía completamente engañado.

Hay hombres que, cuando temen algo, se encolerizan. Arnaud es uno de ellos. Ahora sé que temía por mí. Entonces, mientras me recuperaba de mis magulladuras, pensé que deseaba mi muerte, pues no hacía sino recriminarme mis amistades y mi temperamento, mi moral, mi talento, mis costumbres y mi ingenio natural. Obligado por la celebración del día del Señor a abstenerse de trabajar y recluido en el recinto doméstico por la vigorosa piedad de su mujer, dedicó casi todo el domingo a reconvenirme mis pecados y faltas. Nos peleamos como fieras. Me dijo que no había dejado pasar de la puerta a mis amigos y, cuando lo acusé de ser injusto, replicó que me estaban destruyendo. La causa de mis males físicos era, según él, las malas compañías. Le llamé sabandija y él, a mí, gusano. Le arrojé un cuenco a la cabeza y él me tiró del pelo. Moisés nos dijo que conmemorásemos el día del Señor, pero me temo que, en aquella ocasión, Arnaud y yo descuidamos el precepto de santificar las fiestas.

El lunes resultó más pacífico, debido a la ausencia de Arnaud. Ya pude levantarme y leer. Tomé la sopa en la mesa de la cocina y, después de la colación de mediodía, incluso me quedé solo en casa, pues mi madre estaba satisfecha de mis progresos, y aproveché la ocasión para estudiar mi rostro ante el espejo. ¡Pobre de mí, qué visión! Magullado y amoratado como una manzana podrida, mi mera presencia habría cortado la leche. Una capa de estiércol no habría sino mejorado mi aspecto. Como el profeta Jeremías, yo era un hombre que había visto la aflicción por la vara de Su ira. De mal talante, ya me preguntaba si quedaría permanentemente inválido, cuando se presentó el padre Amiel. Su llegada me levantó el ánimo.

—Bien —comentó mientras estudiaba mis arruinadas facciones—, parece que os habéis recuperado mucho.

—Sí, padre. Mucho.

—¿Creéis que mañana estaréis en condiciones de trabajar?

—Tal vez. Creo que sí. Ruego a Dios que lo esté.

—Yo también pediré por ello.

El fraile se sentó a la mesa, rechazó con su habitual murmullo condescendiente el vino que le ofrecía y sonrió cuando le felicité por su aspecto, pues ya no tenía hinchada la mejilla y volvía a presentar buen color.

—Me encuentro bien —asintió—. Muy bien. Dios en su bondad me ha concedido su gracia.

—¿Ya no os molestan las muelas?

—Apenas.

—La poción que me disteis era fortísima, padre, muchas gracias. Nada me habría sentado mejor.

Él inclinó la cabeza y reflexioné para mí: «Henos aquí, hablando de nuestros dolores y achaques como un par de viejas». Lo mismo debió de pensar él, pues, de repente, cambió de tema y pasó a hablar de su inquisitio con voz firme y enérgica.

—Ésta mañana —declaró—, me ha abordado un monje al que conocí poco después de que me encomendaran esta investigación. Es un tal hermano Guibert de Fontfroide, uno de los fratres de bulla, cuya tarea consiste en poner el sello a las bulas papales.

—He oído hablar de él —fue mi respuesta. Recordaréis que mi amigo Berenguer era escudero de la oficina de los bullatores; pues bien, siempre andaba quejándose de aquel hermano Guibert, quien, por lo visto, era un hombre exigente, entrometido y criticón.

—Parece que el hermano Guibert ha sabido, por algún medio, que Guillaume Monier era sodomita —reveló el padre Amiel, y me pregunté si el informador habría sido Berenguer—. Con este conocimiento —continuó—, ha elaborado la teoría de que el camarero fue asesinado por alguien de las huestes de Satanás. Es decir, por un demonio de los que se conocen como incubus en los textos que versan del tema.

—¿Un íncubo? —repetí, y debí de hacerlo con tono de desconcierto, pues el dominico sonrió.

—Yo —reconoció— tampoco estaba suficientemente informado acerca de tales manifestaciones diabólicas, pero después de hablar con el hermano Guibert, he consultado diversos textos y me he documentado más. Sabemos que san Antonio de Egipto fue atormentado por unos demonios que adoptaron la forma de hermosas mujeres. Además, san Agustín nos informa de que son frecuentes los casos de mujeres mancilladas por demonios, que las desean y obran carnalmente con ellas. Por lo tanto, parece evidente que estas legiones satánicas pueden presentarse en forma de varón o de mujer. En el libro segundo de su Sententiarium, san Buenaventura lo corrobora y apunta que demonios en forma de mujer, conocidos como súcubos, se entregan al varón y reciben su semilla viril. Luego, con astuta destreza, preservan la potencia de esa simiente para, más adelante, convertirse en íncubos y depositarla en el útero femenino.

Mi rostro, en aquel punto, debía de ofrecer una expresión bastante perpleja o aturdida, incluso escéptica, pues el fraile hizo una pausa y añadió:

—Os aseguro, Raymond, que estas cópulas impías están documentadas por varias autoridades. El propio Doctor Angélico, santo Tomás de Aquino, dice que el demonio puede robar las emisiones nocturnas de un joven inocente para dejar preñada a una mujer, que puede entonces tener descendencia.

Yo me había quedado sin habla. ¿Cópulas impías? ¿La semilla del diablo? Todo aquello quedaba fuera de mi comprensión.

—El hermano Guibert está bien informado acerca de las actividades de tales demonios —continuó diciendo el padre Amiel—. Tiene la teoría de que el camarero de Su Eminencia, siendo sodomita, puede haber fornicado con un íncubo, y que éste, al no haber tenido la oportunidad de recoger la semilla en sus entrañas, puede haberla obtenido por otra vía.

—¿Cortándole los genitales? —inquirí, a lo que el dominico asintió. De nuevo, mi expresión debía de reflejar las dudas que me inspiraba tal explicación.

—¿Os parece improbable? —quiso saber, pero no esperó a que respondiera y se apresuró a añadir—: El hermano Guibert señaló que se produjo un incidente parecido, no hace mucho, en el monasterio de los Agustinos Descalzos. Un novicio fue atacado por un demonio que le cortó el pene. Según el hermano, ese joven podría ayudarme en la inquisitio.

—¿Un novicio? —murmuré, al tiempo que un vago recuerdo se agitaba en mi cabeza—. Creo que me contaron algo del incidente. Sí. Sucedió hace un mes, semana más o menos, ¿verdad?

—En efecto —asintió el padre Amiel—. Y he citado al joven para que comparezca ante mí mañana por la tarde. Seguro que no tendrá gran cosa que decirnos, pero el hermano Guibert me ha contado muchas historias de agresiones diabólicas y sería negligente por mi parte no investigar el asunto.

En aquel momento, nos interrumpió el ruido de unos nudillos que llamaban a la puerta y me levanté a abrir. Esperaba encontrar a algún miembro de mi familia —a mi madre, para ser preciso— y os podéis imaginar mi asombro cuando me vi saludando a Beatrice Rascas. Traía una cesta tapada con un paño, y su rostro, que por un instante había mostrado una expresión ceñuda y testaruda, se iluminó como el cielo del amanecer cuando me vio.

—¡Raymond! —exclamó—. ¡Te has levantado!

—Sí.

—¡Te encuentras mejor!

—Bastante mejor, sí.

—Pero tu cara, ¡ay! —se lamentó—. ¡Tu pobre cara!

—Beatrice… —empecé a decir, turbado ante su presencia y pensando en el padre Amiel, que lo oía todo desde el interior. La viuda, sin embargo, no callaba.

—Raymond, tu hermano no me dejaba entrar. No quiso aceptar lo que traía ni escuchó lo que le decía. Me cerró la puerta en las narices, Raymond.

—Sí, lo sé, pero…

—¿Está aquí? ¿No? Entonces, deja que te dé mi sopa. Es un caldo de hierbas, querido. Te ayudará a restablecerte. —Mientras hablaba, pasó ante mí rozándome y entró en la casa apresuradamente, con aire casi furtivo—. Me enseñó a preparado Munda, que era una mujer muy sabia. Yo se lo doy siempre a mi hija cuando tiene los dolores menstruales…

De repente, Beatrice reparó en el padre Amiel y se interrumpió. El dominico era un hombre tan menudo y estaba tan quieto en su asiento que, de momento, ella no se había dado cuenta de su presencia: como muchos monjes, el padre Amiel tenía la capacidad de permanecer inmóvil durante larguísimos ratos. De hecho, su figura exudaba todo el color y la vitalidad de un monumento de piedra, sobre todo si uno comparaba sus facciones en blanco y negro con los vivaces ojos verdes de Beatrice, sus cabellos despeinados y su ropa de colores chillones.

Recuperándose rápidamente, ella fue la primera en romper el silencio.

—Bien —dijo con cierta jactancia—, supongo que sois el padre Amiel…

El dominico inclinó la cabeza.

—Esto… ¿Beatrice? —Con un balbuceo, procedí a cortar en seco aquella conjunción desfavorable, que no debía de ser del agrado de ninguna de las partes—. Quizá sea mejor que dejes aquí la sopa. Más tarde, cuando vuelva, mi madre la calentará. Me alegro mucho de verte, desde luego, pero el padre Amiel y yo estamos tratando unos asuntos de gran importancia y…

—… y el padre quiere hablar contigo a solas —terminó la frase Beatrice. Observé en sus ojos una mirada peligrosa que ya había visto en otras ocasiones, durante algún altercado en El Gallo Negro, y temblé sólo de verla—. De la salvación de tu alma, supongo. Y de la elección de los amigos. ¡Qué bien protegido estás, Raymond! Primero, tu hermano; ahora, el cura.

—No soy sacerdote —puntualizó el padre Amiel, tras lo cual Beatrice se volvió y lo miró cara a cara.

—Pero sois el buen pastor de Raymond, ¿no? —le espetó—. Tenéis su alma a vuestro cuidado. Le habéis obligado a que hiciera voto de castidad.

—Yo no le he obligado a nada —replicó el monje, sin resentimiento—. Raymond ha tomado una decisión y ahora debe cumplir lo que considera correcto. Si tiene la fuerza necesaria, mantendrá ese voto. —Me dirigió una mirada y, con sus pensamientos absolutamente inescrutables tras la expresión serena y medida, añadió un comentario—: Naturalmente, le resultará más fácil si evita la tentación.

Beatrice entre cerró los ojos, cruzó los brazos y ladeó la cabeza.

—¿Estáis pidiendo que me vaya, padre? —preguntó.

—Beatrice…

—La casa no es mía —fue la respuesta del dominico—. No puedo pedíroslo.

—Pero pensáis que debería marcharme, ¿verdad?

El padre Amiel esbozó una leve sonrisa mientras yo, sofocado, los miraba alternativamente y agitaba las manos.

—Pienso —respondió— que vuestra presencia no es conveniente para la tranquilidad de Raymond.

—Pero yo soy su amiga, padre. No he venido a seducirlo. Vengo como una buena amiga.

—En el espíritu de la castidad. Por supuesto. —Era la primera vez que detectaba en el tono del padre Amiel esa untuosidad especial, cargada de falsa benevolencia, que caracteriza a tantos clérigos seculares de rango elevado—. Pues si sois tan buena amiga —añadió, casi en una salmodia—, debéis entender que servís mejor a sus intereses si vuestra visita es breve. Como dijo Cristo a san Pedro: «Velad y orad para que no caigáis en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».

Beatrice frunció el ceño y pareció reflexionar unos instantes. A continuación, sin que la invitaran a hacerlo, tomó asiento a la mesa, se inclinó hacia el dominico y, con toda franqueza y cortesía, como si deseara embarcarse en una seria conversación, preguntó:

—¿Creéis imposible que Raymond me vea sólo como una amiga, padre?

Solté un gemido para mis adentros. Beatrice tenía una manera de razonar con borrachos revoltosos y con pendencieros que se había demostrado muy efectiva en El Gallo Negro. Discutía como una madre y hacía brotar las lágrimas en hombres armados. Sin embargo, si se proponía imponerse al dominico por tales medios, yo sabía que sus esperanzas eran en vano.

—¿Que si creo imposible que Raymond os vea como una amiga, nada más? — murmuró el padre Amiel, cambiando apenas la pregunta e invistiendo cada palabra de una especie de sutil jocosidad, más propia de un trovador que de un monje de santo Domingo. A continuación, con una nueva sonrisa, extendió sus elocuentes manos—: Es que sois tan hermosa, hija mía —añadió—. ¿Cómo podría ningún hombre veros como una amiga, solamente?

La viuda pestañeó y, por un instante, pareció desconcertada; después, se dibujó en sus facciones una expresión de fastidio. Me apresuré a posar una mano sobre su hombro.

—En cualquier caso, debes irte sin tardanza —le dije—. Mi familia volverá enseguida y ya sabes qué harán si te ven aquí. ¿Me escuchas, Beatrice? —Lo pregunté porque se había quedado absolutamente inmóvil, con la mirada clavada en el padre Amiel—. Si Arnaud descubre que te he dejado entrar, se hará una faja con mis tripas. Me colgará como un jamón, Beatrice. ¿Me oyes?

Bruscamente, ella se levantó de la mesa.

—Te oigo —asintió con un hilillo de voz y recogió la cesta—. ¿Me llevo la sopa, pues? No vaya a averiguar tu hermano quién la ha preparado.

—¡Oh, Beatrice, perdóname, pero ya sabes cómo son…!

—No sé nada, Raymond. ¿Cómo quieres que sepa, si nunca has permitido que conociera a tu familia? —Con la cesta bajo el brazo y la capa ceñida en torno al cuerpo, Beatrice dirigió una mirada furiosa al padre Amiel—. De modo que me considera hermosa, ¿eh? —le reclamó.

Hubo una pausa.

—No creo que nadie pueda decir otra cosa de vos —respondió él por fin, con prudencia.

—¿Y qué me dice de Raymond, padre? —dijo ella—. ¿A él también lo encuentra guapo?

—Lo veo desfigurado —replicó el monje, sin darme tiempo a protestar.

—Beatrice —exclame.

—No está en su mejor momento, es cierto —concedió ella, al tiempo que se sacudía de encima mi mano—, pero en condiciones normales es muy guapo, ¿verdad? Mucho más que yo.

—¡Beatrice!

—Si así opináis —asintió el padre Amiel, complaciente—, me inclino ante vuestro superior entendimiento en tales cuestiones.

—¡Vaya si entiendo, padre! Soy una auténtica experta, os lo aseguro. En lo que hace a cuestiones del corazón, no me equivoco nunca.

Y acto seguido, después de acusar prácticamente al dominico de abrigar deseos antinaturales (o así me lo parecía), Beatrice se volvió en redondo y abandonó la estancia sin concederle la cortesía de una reverencia, de una inclinación de cabeza o tan siquiera de una breve despedida.

Naturalmente, corrí en pos de ella. Cuando la alcancé, ya en la calle, la agarré por el codo.

—Pero ¿qué haces? —le susurré—. ¿Estás loca? ¿Quieres llevamos a la ruina a los dos?

—¡Ah, esos monjes! —exclamó ella—. ¡Son estacas sin savia! ¡Cuánto me irritan, a veces!

—¿Y por eso has de injuriar a mi invitado e insultar mi inteligencia? —¡Qué furioso estaba! Furioso y perturbadísimo—. ¿Le estabas llamando bardaja, mujer?

Beatrice tuvo la discreción de mostrarse avergonzada, aunque sus emociones más laudables sucumbieron enseguida a la fuerza de sus peores sentimientos.

—¿Y por qué no? —profirió con cólera—. Muchos de ellos lo son.

—No puedes decirlo en serio… No puedes ser tan estúpida para… —La agitación me volvía incoherente—. ¿Pretendes ponerme difíciles las cosas, con esa bocaza?

Beatrice chasqueó la lengua. Ya empezaba a pasársele la furia. La viuda me había tratado siempre con un afecto tal vez inmerecido y no soportaba mucho rato percibir la menor señal de zozobra en mí sin intentar consolarme.

—¡Oh, Raymond! —murmuró—. Debes tener cuidado. Ése monje es igual que tu hermano.

—¿Cómo, ahora llamas bardaja a mi hermano?

Ella soltó una risilla, de puro sonrojo.

—No, no. Sólo era un insulto —confesó—. Aunque a veces estos monjes dan que pensar. Del modo que hablan de las bodas, o del hecho de yacer…

—¡El padre es un siervo de Dios, Beatrice!

—Ya lo sé, ya lo sé —asintió en tono conciliador—. Pero tú, no. Puede que los monjes deban evitar a las mujeres, querido, pero tú eres libre de actuar como desees.

—¡No, cuando mis amigas insultan a mi patrón! —musité, sin dejarme aplacar—. ¡Ahora tengo que volver ahí dentro y pedir disculpas! ¡Y fingir que no has dicho nunca lo que has dicho! ¡Si consigo conservar el empleo, será un milagro!

—Bobadas.

—¡Un milagro!

—Raymond, ese patrón que tienes te ha arrancado de mi cama, te ha salvado de los golpes de tus asaltantes y te visita en tu lecho de enfermo. ¿Cómo te va a despedir ahora? —De nuevo, frunció el ceño, pensativa—. Le gustas, está muy claro. Tal vez no como me gustas a mí, flor mía, pero te quiere para algo.

—Para que le haga de escribano —apunté. De pronto, me sentía muy cansado—. Quiere un escribano que no rehúya siempre los problemas y que cumpla los mandamientos del Señor. Vete a casa, Beatrice. Agradezco tus cuidados, pero no estoy para discusiones como ésta. Vete a casa ahora mismo. Por favor.

Avergonzada, Beatrice se disculpó y me besó en el que debía de ser el único rincón sin marcas de mi rostro. Acto seguido, se marchó, y yo contemplé cómo se alejaba sin moverme de donde estaba, pues, la verdad sea dicha, me daba miedo volver sobre mis pasos. ¿Qué le diría al monje? ¿«¡Qué celosas son las mujeres, padre!»? ¿«Sé que esas acusaciones son falsas, padre»? ¿«Olvidémonos de que Beatrice ha estado aquí, padre»? Ninguno de tales comentarios me parecía en absoluto adecuado.

Sin embargo, al final no tuve ocasión de formular una observación más oportuna, ya que, cuando volvía a entrar en casa de mi madre, encontré al padre Amiel absolutamente compungido.

—Perdonad —me dijo—. He estado fuera de tono.

—¿Qué? —respondí, al borde de la descortesía de puro perplejo.

—Estoy en vuestra casa y no soy vuestro maestro de noviciado —expuso con un suspiro—. Aquí tienen prioridad vuestros deseos. Permitidme decir en mi defensa, solamente, que los monjes no estamos acostumbrados a la presencia de mujeres. A veces, cuando se nos obliga a estar en su compañía, caemos en el error de cometer actos estúpidos y extremos. En ocasiones, nos mostramos descorteses y arrogantes.

—Padre…

—Vos mismo debéis escoger vuestras amistades. Es vuestra prerrogativa, como hombre de mundo. Dios os ha proporcionado tal libertad para que la utilicéis con sabiduría. —Sin darme ocasión a responder, dio el asunto por terminado y pasó a interesarse por mi salud. ¿Estaría en condiciones de ayudarle, al día siguiente? ¿Me habría recuperado hasta el punto de poder llevar a cabo mis tareas habituales?—. Mañana por la mañana libraré una petición de comparecencia de ese desdichado novicio de los Agustinos Descalzos —declaró—. Solicitaré que el mencionado joven se presente ante mí mañana por la tarde. De momento, he contratado a otro escribano para que redacte las citaciones, pues en el priorato nadie puede dedicar mucho tiempo a atender mis necesidades. Pero si lo deseáis, Raymond, podéis transcribir el testimonio del declarante. Siempre, claro está, que os sintáis en condiciones de llevar a cabo el trabajo.

Debo confesar que me sentía dividido. Por una parte, no me apetecía escuchar, de labios de la desdichada víctima, el relato de un hecho tan doloroso y tan obsceno que se me encogía el corazón con sólo pensarlo. Por otra, me halagaba que el padre Amiel hubiera sido tan sincero en su deseo de que me reincorporase a mi puesto.

Así pues, fruncí el entrecejo, apreté los dientes y por fin, cautamente, pregunté:

—¿Quién es mi sustituto? ¿Es que no puede él transcribir ese testimonio?

—Se llama Pierre-Bernard Aubert.

—¡Ah! —Conocía a Pierre-Bernard. Cargado de años, fastidioso y sin talento, era un viudo maldecido con quince hijos, algo sordo de un oído e incapaz de distinguir nada a más de dos pasos de su nariz. En otras palabras, era exactamente la clase de escribano que uno se veía obligado a emplear en Aviñón, por un breve período, cuando no se disponía de tiempo para buscar otro mejor. Pese a todo, no se me ocurrió criticado—. Un tipo honrado y bastante agradable. —Fueron mis únicas observaciones.

La astuta sonrisa del dominico fue más elocuente que un salmo.

—Sí, bastante —dijo—, pero no muy habilidoso. Y cuando lee en voz alta, resulta insoportable. Vuestro talento como cantor, hijo mío, os proporciona un peculiar dominio del arte del recitado.

¿Os sorprende que me sintiera un poco pagado de mí mismo? Quizá suene jactancioso, pero satisface mucho recibir elogios de un hombre docto. Pavoneándome como un gallo, sucumbí a mi debilidad por los halagos y aseguré al padre Amiel que me dedicaría con todas mis fuerzas a servirle al día siguiente. Si me había recuperado lo suficiente, lo acompañaría de nuevo a la prisión cuando hubiera terminado su colación del mediodía. Si no estaba en condiciones, le mandaría un aviso por la mañana.

—Pero me encontraré bastante bien —insistí—. No estoy tan mal como parece. Mañana por la mañana estaré más activo que una pulga en temporada.

—No os exijáis demasiado —me recomendó el dominico—. Ya sabéis lo fatigoso que es el trabajo. No me gustaría que nos viéramos obligados a abandonar un interrogatorio debido a una indisposición vuestra.

—No os fallaré, padre.

—Tal vez un día más de descanso…

—Padre, en esta casa es imposible descansar. —Al percatarme de su mirada penetrante, me reconvine para mis adentros por haber tocado el tema de mis tribulaciones domésticas y me apresuré a tranquilizarle—. Ya he estado leyendo, padre, y lo he soportado bien. No tengo dañadas las manos, ¿lo veis? Y la cabeza, la tengo más despejada que un cielo de verano.

—Muy bien, me habéis convencido. —Levantándose ceremoniosamente, el padre Amiel se sacudió el hábito, al que, para vergüenza de quienes allí vivíamos, se habían adherido numerosas migajas (resto de pasadas comidas a la mesa)—. Saludad de mi parte a vuestra familia. No me quedaré hasta que regresen.

—No, claro —repliqué con cierto tonillo irónico—. Lo comprendo.

Una vez más, me miró fijamente, casi traspasándome, con los ojos entornados como para protegerse de la luz. Sin embargo, se limitó a musitar «el Señor quede con vos», y a levantar la mano en una bendición cuando salía.

Casi deseé que se hubiera quedado, pues estaba seguro de que, si mi madre lo hubiera encontrado todavía en la cocina, no habría vuelto a hablar de mis «deshonrosas amistades» durante el resto de la velada. Incluso Arnaud habría tenido que reconocer que andaba en buenas compañías, pues, ¿puede haber alguna mejor que la de un fraile dominico de noble linaje?

Pero no sucedió así y tuve que pasar el resto del día en disputas. Ésa noche, cuando me retiré por fin bajo las sábanas, me dije a mí mismo: «¿Realmente, una copa con un amigo merece tanto sufrimiento?».