El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 26 de 45

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El escribano

Canto II

Cuando el padre Amiel pasó a buscarme después de su colación del mediodía, enseguida advertí que estaba de un humor excelente. Me dio la bienvenida casi antes de que llegara a su altura, pero no con un saludo, sino con las palabras siguientes: «¡Dios ha bendecido nuestra perseverancia, hijo!». Por fuera parecía sereno, por supuesto, pero en su forma de inclinar la cabeza había cierto vigor contenido, le brillaban los ojos y la tensión de su mandíbula denotaba triunfo.

—¿De veras? —pregunté—. Así que los interrogatorios de esta mañana…

—Me han dado exactamente lo que necesito. —Mientras nos alejábamos de la casa a buen paso, habló en voz tan baja que me vi obligado a acelerar la marcha para mantenerme a su altura, aunque la cadera aún me dolía—. Tibaldo Canigiano presenció dos actos de hechicería perpetrados por Masseo di Vico, su hijo Girolamo y el padre Antonio, capellán del cardenal —explicó—. Ahora tengo dos testigos que han acusado al doctor. Por lo tanto, puedo proceder contra él.

—¿Y este Tibaldo? ¿Es el criado que mencionasteis?

—Es el criado de Masseo, sí. Estuvo presente durante los actos descritos por Bona Claret, los cuales, dice, se llevaron a cabo con el objetivo de dañar a Guillaume Monier. Tibaldo también vio a Masseo, Girolamo y al padre Antonio con una imagen de plata que representaba al camarero. Los oyó pronunciar palabras extrañas y maldecir el nombre de Guillaume Monier.

—¿Y cómo persuadisteis a Tibaldo para que confesara? —quise saber—. ¿Se trata de un sirviente desleal? ¿Albergaba algún resentimiento? ¿O es un hombre devoto que no miente bajo juramento?

—¿Devoto? No, en absoluto. —El padre Amiel emitió un breve bufido de desdén —. Tibaldo está contagiado de toda suerte de enseñanzas perversas. Lleva un amuleto, regalo de un sarraceno, que lo protege del mal de ojo. Recita el Padrenuestro del revés cuando pasa ante la puerta de una viuda para que ésta no lo deje impotente con una atadura.

—¿Una atadura?

—Es un acto de brujería que se practica haciendo nudos en hilos o en madejas.

—Sí, sé lo que es. —Respecto a esta suerte de hechizos corrían muchas bromas, debo contaros, en las mesas de El Gallo Negro—. Pero ¿por qué iba una viuda a querer echarle tal maleficio?

—Tibaldo cree que todas las viudas son brujas —respondió el padre Amiel—. Es un hombre de inclinaciones blasfemas, empapado de una sabiduría popular errónea. ¿Por qué habría de importarle a un hombre así levantar falsos testimonios bajo juramento? No me cabe ninguna duda de que habrá escupido tres veces en una invocación escrita para protegerse de las consecuencias. —El monje sonrió de nuevo, pero en esta ocasión lo hizo con una mueca maliciosa, casi diabólica. Parecía reflexionar sobre un incidente que le había proporcionado cierto grado de satisfacción no del todo loable—. He fingido que yo mismo hacía un conjuro —admitió—. He amenazado a Tibaldo con invocar al demonio Berith si no me decía la verdad.

Me detuve en seco, pasmado, y miré a mi compañero.

—Oh, mi penitencia será muy dura —se apresuró a asegurarme—. He cometido un pecado, desde luego, y debo confesarme con mi superior, pero también ha sido una artimaña provechosa en grado sumo. —Sin dejar de sonreír, el dominico daba toda la impresión de no estar en absoluto contrito—. «Hagamos males para que vengan bienes» —murmuró—. Todos debemos sacrificamos sirviendo al Señor.

Mientras caminábamos hacia la prisión, me pregunté hasta qué punto la artimaña del padre Amiel había resultado «provechosa en grado sumo». Se me ocurrió pensar que estaba bien informado acerca de los procedimientos requeridos para invocar a un espíritu diabólico. ¿Había utilizado los cantos y los signos correctos? ¿Hasta dónde había llegado en aquel camino terrible? Se me antojó que lo que había llevado a cabo era muy impropio y peligroso.

—Nuestro primer trabajo consistirá en escribir las citaciones para que comparezcan Masseo di Vico y su familia —declaró el padre Amiel cuando llegamos a la cavernosa entrada de la prisión—. Se les comunicará que han de comparecer ante mí mañana por la mañana. Ésta tarde interrogaré al encuadernador de libros. Su nombre es Sanché Cervel.

—¿El encuadernador? —repetí un tanto perplejo y todavía absorto en mis especulaciones sobre los métodos de interrogatorio del dominico.

—El encuadernador de Marsella. ¿No recordáis haber transcripto su citación? Fue él quien encuadernó el códice que contenía el libro de nigromancia de Guillaume Monier.

—¡Oh, sí, desde luego! —recordé al fin—. ¿El encuadernador está aquí, ahora?

—Ha llegado esta mañana.

—Qué rápido.

—Sí, encomiablemente veloz. —El padre Amiel se detuvo, a la espera de que se abriera una de las puertas interiores—. Quizá, por esa razón, debería mostrarme misericordioso. «¿Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que de ti el Señor reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios?».

Supuse que no formulaba aquella pregunta con la esperanza de que yo la respondiera, por lo que permanecí callado y lo seguí escaleras arriba hacia el cuarto que nos habían asignado. Una vez allí, empecé a copiar las citaciones. Masseo y Girolamo di Vico eran acusados de brujería, mientras que Emilia y Costanza di Vico (esta última, la mujer de Masseo) eran citadas como testigos. Luego, el padre Amiel llevó aquellos documentos al alguacil para que los entregara y, al cabo de un rato, regresó con Sanché Cervel, el encuadernador, escoltado por los centinelas.

Saché Cervel era un individuo pequeño y de movimientos ágiles, con los ojillos negros y brillantes como los de un roedor. Tenía las manos manchadas y con pecas, y hablaba el provenzal con un marcado acento. Estaba infectado de sarna y parecía cargar a la espalda la mitad de sus pertenencias. Cuando se le pidió que jurara sobre las Sagradas Escrituras, dejó el bulto en el suelo y sonó un tintineo de cacharros de hierro. Por su manera de estudiar la habitación y sus contenidos, saltando con la mirada de un objeto a otro como una pulga, advertí que se trataba de un hombre de discernimiento y criterio. Aunque no parecía tener gran instrucción, tampoco se le veía desesperado de miedo, y admiré el semblante impertérrito con que se rascó mientras esperaba que le dieran alguna explicación con respecto a su presencia en Aviñón.

Todavía llevaba el polvo del camino pegado al cuerpo.

—Sanché Cervel —dijo el dominico, una vez completadas todas las formalidades —. ¿Reconocéis este códice y sabéis quién lo ha encuadernado?

Como debéis suponer, el códice que le mostraba el padre Amiel era el que contenía el libro de nigromancia de Guillaume Monier. Al ver cómo el encuadernador se lo arrancaba de las manos de un tirón, me vino a la cabeza la imagen de una gallina picoteando grano. Los movimientos de Saché eran bruscos y rápidos. Examinó el códice con gran atención, echando hacia atrás las tapas y tirando de las páginas de una manera que debía de causar un profundo dolor en su interrogador. Era evidente que el individuo no prestaba ninguna atención al contenido del volumen y llegué a la conclusión de que era analfabeto.

—Sí —dijo al cabo, sopesando el códice, casi descuidadamente, con una mano—. Sí, conozco este trabajo. Es mío.

—¿Fuisteis vos quien encuadernó este volumen?

—Sí.

—¿Os acordáis?

—Sí, me acuerdo muy bien, porque me pusieron sobre aviso respecto a su contenido.

—¿Os pusieron sobre aviso?

—Me dijeron que no lo leyera, que era un libro peligroso —el testigo se echó a reír—; pero como no sé leer, no corrí ningún peligro.

—¿Quién os dijo tal cosa? —inquirió el padre Amiel. Noté que el cuerpo del dominico se tensaba a mi lado—. ¿La persona que os encargó que lo encuadernarais?

—Sí —respondió Sanché—. Le pregunté por qué no lo quemaba, si era tan nefasto, y me dijo que solamente lo era para la gente ignorante que no advertía su peligro y que podía utilizado de manera incorrecta.

—¿Recordáis el nombre de ese hombre?

—Desde luego. ¿Cómo no voy a recordado? Era bien conocido en Marsella. Importante y muy respetado. Como vos, padre.

—¿Era un monje?

—Un inquisidor de la depravación herética. El padre Pierre-Julien Fauré.

Casi me desplomé al suelo, os lo juro. Y creo que el padre Amiel también se sorprendió mucho, porque, cuando lo miré, boquiabierto, me pareció una estatua de piedra.

—El padre Pierre-Julien Fauré —repitió el religioso con voz átona.

—Sí, padre. Así se llamaba.

—Comprendo.

Con un carraspeo, el dominico se puso a estudiar los documentos que tenía delante y los ordenó en tres pilas. Estoy convencido de que aquella acción carecía de propósito, como no fuera el de ocultar su asombro y perplejidad. Después de una breve pausa, dijo:

—¿Cuándo encuadernasteis el códice para el padre Pierre-Julien Fauré?

—Oh… —El testigo se quedó pensativo—. Hace mucho. Antes de que dejara Marsella; y eso fue, dejadme pensar, eso fue…, ¿hace dos veranos? Lo encuaderné hace mucho tiempo, sí.

—¿Habéis encuadernado otros libros para él?

—Sí, muchos, pero los otros están todos fileteados. En este no quiso fileteado ni dorados.

—¿Os previno acerca de algún otro libro?

—No, padre. Sólo de éste.

—Muy bien. —El dominico respiró hondo—. Sanché Carvel, habéis cometido un grave pecado por haber puesto las manos sobre este códice. No obstante, estoy dispuesto a creer que lo hicisteis por ignorancia. Estoy dispuesto a creer que obedecisteis al padre Pierre-Julien de buena fe, confiando en su sabiduría y en su piedad.

—En efecto, padre.

—Pero si mentís, hijo, sufriréis un castigo terrible. Dios os encontrará, y también lo hará el Papa. Me propongo comprobar mediante una sutil y tenaz investigación si es verdad lo que me habéis dicho, por lo que si no fue el padre Pierre-Julien quien os dio este libro…

—Fue él, os lo juro.

—Y si no fue él, seréis juzgado por levantar falso testimonio.

Y, con esto, concluyó el interrogatorio. El padre Amiel despidió al encuadernador, ordenándole que se quedara en Aviñón hasta nuevo aviso. Cuando Sanché puso objeciones, le dijo que era necesario transcribir su testimonio y confirmar que era cierto. Entonces se le permitiría abandonar la ciudad. Por el momento, lo que podía abandonar era la habitación.

Cuando así lo hizo, el padre Amiel se volvió hacia mí y me dijo:

—Es de suma importancia, maese Raymond, que no comentéis con nadie lo que se ha dicho en esta entrevista. Con nadie.

Sorprendido, señalé que nunca había hablado de mi trabajo en la prisión, que ya me había pedido que no lo hiciera.

—Por supuesto —asintió—, pero debéis comprender que, respecto al padre Pierre-Julien Fauré, todas las precauciones son pocas.

—¡Ah! —Al observado, vi que tenía el entrecejo algo fruncido—. ¿Porque es un inquisidor de la depravación herética?

—Porque es probable que necesitase este libro para su trabajo. Pero ¿cómo obró con tanto descuido y permitió que cayera en manos de otro? Eso sí que no lo comprendo. —El padre Amiel empezó a hojear el volumen con gesto impaciente—. Acaso una de estas caligrafías sea la suya…

Al ver a mi compañero sumido en sus pensamientos, empecé a reflexionar yo también en aquella extraordinaria coincidencia. Qué maravilloso sería que el padre Pierre-Julien Fauré fuese acusado de brujería… De este modo, mi amigo Barthélemy quedaría a salvo de persecución y mi participación en su defensa no sería ya motivo de peligro. Pero ¿tendría el padre Amiel la fortaleza de investigar a otro dominico, a uno tan importante y respetado? Quizá sus superiores se lo impedirían.

—¿Hijo? —Su voz interrumpió mis cavilaciones.

—¿Sí, padre?

—Sonaos la nariz, por favor —dijo el monje con irritación contenida—. El ruido que hacéis me distrae.

Sorprendido, le obedecí, limpiándome después los dedos en la manga. Pensé que mis laceradas fosas nasales venían emitiendo una cantidad considerable de mucosidades sanguinolentas desde mi encuentro con Othon. Sin lugar a dudas, llevaba toda la tarde sorbiéndome los mocos.

—Lo siento, padre.

—¿No tenéis un pañuelo?

—No, padre.

—Tomad. —Sacó su pañuelo de la faja y me lo tendió—. No soporto pisar un esputo o cualquier otra sustancia mucilaginosa.

—Lo siento —volví a decir.

A partir de aquel momento, me limpié la nariz cada vez que me la notaba llena de mocos y me esforcé por no aspirarlos. Debo señalar que no me encontraba demasiado bien. Había comenzado a dolerme la cabeza y, debido al malestar que me causaban ciertos golpes, me veía obligado a revolverme a menudo en el asiento, como un hombre infestado de pulgas. Además, no podía utilizar la mano izquierda, aunque, por fortuna, aquella tarde no la necesité: cuando el padre Amiel llamó a todos los miembros de la casa del camarero a comparecer de nuevo ante él, no fue más que para confirmar la veracidad de sus declaraciones previas, a fin de que esos documentos pudieran utilizarse legalmente para emitir una condena, y para preguntarles si reconocían el nombre del caballero Etienne de Puy. ¿Lo había mencionado alguien, en su presencia? Durante los días que precedieron a la muerte de Guillaume Monier, ¿algún miembro de la casa se había entrevistado con alguna persona de la región de Saint-Gilles o con algún hombre con aires de caballero?

La respuesta fue negativa en todos los casos. A pesar de todos los esfuerzos del padre Amiel, nada indujo a Aimery de Sorgues, Lothaire Lagarrigue, Josserand de Ponte, Fulques Fuille, Renaud Lizier o Jean Marty a involucrarse o a involucrar a los demás. Ninguno de ellos recordaba haber oído nunca el nombre de Etienne de Puy. Ni tan siquiera Fulques Fuille, que en su interrogatorio nos había hablado de «un litigio con un caballero», pudo identificar al susodicho caballero por su nombre.

No obstante, estaban todos dispuestos a estampar sus nombres en sus respectivas declaraciones. Tras leer cada uno de ellos por completo el testimonio reflejado en mis notas —excepto en el caso del portero, a quien se lo leí yo en voz alta—, no presentaron objeciones a su contenido. Se me ocurrió pensar que, si hubiesen deseado crear dificultades, podrían haber intentado poner reparos al procedimiento, ya que sus interrogatorios no habían contado con la presencia de un testigo imparcial. En teoría, dicho testigo no era necesario en este caso, porque no se hallaban ante un tribunal secreto como los que procesaban casos de herejía; sin embargo, no se me escapaba que tal vez el padre Amiel estaba forzando un poco las reglas para ajustarlas a sus objetivos. Y es que no había nada que distase más de una audiencia pública que aquella serie de interrogatorios casi secretos, llevados a cabo, como lo habían sido, ante dos personas en un pequeño cuarto de algún rincón recóndito de las entrañas de la prisión curial.

Debo asimismo señalar que ninguno de los testigos encarcelados tenía buen aspecto. El de Josserand, en particular, se había deteriorado de manera considerable, mientras que era evidente que Renaud Lizier estaba enfermo. No podía caminar sin ayuda y estaba pálido como la muerte. Advertí, con desazón, que quizá falleciera antes de que la inquisitio llegara a su fin, y así se lo dije al padre Amiel no bien hubimos completado el trabajo del día.

—Si es culpable —comentó el monje—, el castigo de Dios será justo. Si es inocente, nosotros contamos ya con su testimonio. No tiene ninguna importancia.

—Pero si la prisión lo mata y es inocente… —dije, dubitativo—. Eso estaría mal, ¿no, padre?

—«Hay un tiempo para todo y un momento para cada cosa bajo el Cielo» — replicó—. «Un tiempo para nacer y un tiempo para morir». Se hará la voluntad de Dios, maese Raymond. —Bajábamos un tramo de escaleras y, como él iba delante, no vi su rostro, pero su tono de voz sonaba un tanto indiferente—. A saber qué pecados ha cometido Renaud Lizier… Sin lugar a dudas, son legión.

—Pero…

—Además, mañana interrogaré al médico del cardenal. Tal vez, cuando acabe el día, haya encontrado la solución a este gran misterio. Y tan pronto lo haga, los inocentes serán puestos en libertad.

«Si todavía están vivos», pensé, pero no llegué a reprobar al dominico en mi fuero interno, pues había llegado a respetar sus opiniones. Cada vez que parecía demasiado desapasionado, me decía a mí mismo que era juicioso. Cada vez que se mostraba frío, me recordaba que yo era impetuoso, susceptible y que me dejaba llevar en exceso por las emociones. Además, me dije, Renaud Lizier no era ningún santo. Quizá merecía sufrir. Al fin y al cabo, tal vez era culpable.

Me estaba preguntando si su incapacidad de distinguir con claridad el rostro de los interrogados podía ser la causa de la actitud distante del padre Amiel hacia ellos (porque, a fin de cuentas, ¿cómo iba a considerarlos seres humanos completos si para él no eran más que compilaciones indistintas de luz y sombra?) cuando llegamos a la calle y nos topamos con la corpulenta figura de Othon.

—¡Raymond! —exclamó mi amigo al verme, ante lo cual el padre Amiel se interpuso entre los dos. No puedo recordar aquel acto de valentía sin experimentar una sensación de profundísima gratitud. Fue un acto de valor extremo, ya que Othon era una montaña humana, mientras que el dominico era pequeño y frágil. En aquel momento, sin embargo, mi miedo era tal que no comprendí del todo el arrojo del que hacía gala mi compañero.

—Marchaos —dijo el padre Amiel con voz firme—. Dejadnos en paz.

—No os haré daño, padre —farfulló Othon. Parecía muy aplacado—. He venido a pedirle perdón, os lo juro por mi honor.

—Lárgate ahora mismo.

—Me equivoqué, Raymond. Tú no me traicionaste. ¡No sabes cuánto lo siento! No tendría que haber bebido tanto.

El padre Amiel se volvió hacia mí con una mirada inquisitiva. Yo no tenía muy claro qué responder. Sabía que el monje me reconvendría si hablaba con Othon, pero no me apetecía alejarme de mi viejo amigo sin pronunciar una palabra de perdón. Su arrepentimiento era auténtico, de eso no me cupo la menor duda; no se trataba de una treta con la que engañarme y llevarme a un callejón oscuro. Además, era evidente que me tenía en gran estima, dado que estaba dispuesto a tragarse el orgullo y acudir a mí, suplicante, aunque tuviera la fuerza de diez hombres.

Recordando la recomendación de Cristo a san Pedro, le dije:

—Mira qué nariz tengo, Othon.

—¡Oh, Raymond! ¿Qué puedo hacer para resarcirte? Dímelo.

—No has de pegarme nunca más.

—¡Nunca! ¡No volveré a hacerlo nunca! Y desde hoy hasta la fiesta de Todos los Santos, cada gota de vino que bebas en El Gallo Negro la pagaré yo. Cada gota, Raymond. Te lo juro.

El padre Amiel guardó silencio. No era necesario que dijese nada. Supe lo que debía de estar pensando, aunque su rostro fuera completamente inexpresivo.

—Bien… esto… Yo… Muchas gracias —dije.

—Vayamos, pues. Vayamos a celebrar nuestra amistad a El Gallo Negro —me suplicó Othon—, y así me dirás qué puedo hacer con esa maldita mujer. Necesito tu ayuda, amigo mío. Su padre no me castigará si pago cierta suma y le encuentro un marido a la hija. No quiere que su deshonra se haga pública, ¿sabes? Tendrás que ayudarme a encontrarle un marido, Raymond. Debes hacerlo.

—No… no —respondí, mirando, incómodo, al padre Amiel.

—¡No te ocurrirá nada, te lo juro! —exclamó Othon—. ¡Dios de los cielos, Raymond, estaba borracho! Cometí una estupidez, pero ahora estoy sobrio.

—Y yo me siento indispuesto —fue mi réplica—. No tengo la cabeza para beber.

Intenté seguir caminando y dejado atrás, pero me agarró por la muñeca. Mi mala fortuna quiso que fuera la izquierda, y aullé de dolor.

—¡Soltadlo! —intervino el dominico, gritando—. ¡O llamaré a los oficiales del orden! —Apenas había terminado de decirlo y Othon ya me había liberado.

—Lo siento —murmuró—. Lo siento.

—Déjame en paz, Othon. Me duele todo.

—Pero el vino te aliviará el dolor.

—No.

—Y Beatrice quiere hablar contigo, Raymond. Eso me ha dicho.

—Dile que estoy recuperándome. Dile que no corro ningún peligro y dale las gracias. —Reemprendí la marcha y el padre Amiel me siguió, situándose entre Othon y yo—. Dile que no debe preocuparse —concluí—. Como ves, estoy todo lo bien que se puede esperar.

—¡Pero ella te necesita, Raymond! ¡Precisa que le leas una carta! ¡Una carta de unos monjes o algo así!

Me detuve en seco. ¡La carta! ¿Cuántos días habían pasado desde que Beatrice recibió esa carta de la abadía de Saint-Ruf? ¿Cuántos días hacía que le había prometido leérsela?

No podía dejarla en la estacada, tratándose como se trataba de un asunto relacionado con la propiedad de la taberna.

—Esto… Padre —le dije al dominico con voz vacilante—. Padre, esa mujer necesita mi ayuda en un cuestión relacionada con su negocio. Me comprometí a leer una carta antes de que me atacaran, antes de que esos salteadores me pegaran la paliza…

El padre Amiel inclinó la cabeza y, con el corazón en un puño, observé su semblante impasible.

—Es cliente mía —añadí, desesperado—. De veras, padre. Terminaré enseguida. No caeré en la tentación de quedarme más tiempo del indispensable.

—Sois libre, hijo —replicó él sin el menor asomo de censura—. Sois vos quien debéis gobernar vuestra conducta. Id con Dios. Ya os mandaré llamar mañana por la mañana.

¡Qué terrible era el padre Amiel, en su condena! Y sin embargo, de sus labios no salió una sola palabra de reprobación. Su actitud era serena; su expresión, tranquila. Y cuando se alejó, lo hizo con paso apacible.

Sin embargo, las piernas apenas me sostenían y las rodillas chocaban una contra la otra.

—¡Puaj! —exclamó Othon—. ¡Menudo gusano venenoso! Venga, amigo mío, vayamos a mojar el gaznate para quitarnos el sabor a incienso. Esos monjes, siempre con la cara tan larga, lo amargan todo.