El escribano
Canto VII
La espera se prolongó largo rato. Al ver que el monje no regresaba a su habitación después de las tercias, fui a buscarlo, aunque no me gustaba caminar solo por el priorato. Los otros frailes solían mirarme frunciendo el entrecejo y notaba que no era bien acogido en ciertos rincones de ciertos edificios. Finalmente, pregunté a uno de los hermanos legos y averigüé que el padre Amiel había salido del priorato tras conversar mucho rato con el prior, a puerta cerrada y en presencia de otro monje. El portero no sabía si regresaría antes de la colación. Al parecer, los movimientos del padre Amiel provocaban cierto descontento entre sus hermanos en Cristo.
Me retiré, por lo tanto, a mi celda, diciéndome que, ocurriera lo que ocurriese, nunca volvería a vivir en un priorato. (Los prioratos, como las abadías, están hechos para los monjes, no para los legos. Las piedras parece que lo miran a uno mal y cada bocanada de aire que inspiras es como una imposición). No tenía nada en qué ocuparme salvo pensar en el asunto de si debía quedarme en Aviñón, y sabía que la respuesta dependía de la decisión que tomara el padre Amiel con respecto a Munda Giraud. Así pues, me dediqué a tañer la viela, intenté calcular los honorarios que me adeudaba el dominico, me mordí las uñas y perdí el tiempo hasta que, por fin, durante el período de descanso que seguía a las sextas, el padre Amiel volvió al priorato.
Sentado en mi celda, oí sus pasos y los reconocí. Me puse en pie de un salto y abrí la puerta de par en par. Pareció sorprenderle la prontitud de mi reacción (tan fuera de lugar en una comunidad monástica), pero al verme se sonrió y en voz baja me dijo que tenía trabajo para mí.
—El Papa quiere una copia del testimonio de Durand —anunció— para que sea enviada al Inquisidor de Francia.
—¡Oh! —exclamé—. ¿Habéis ido a ver al Papa esta mañana?
—No, he ido a ver al condestable. El Santo Padre envió un mensaje. —El fraile entró en su celda y revolvió uno de los montones de documentos que se apilaban en los anaqueles—. ¿Podéis buscarme la declaración de Durand, Raymond? Creo que la he dejado ahí.
—Padre…
—Estos ojos míos son una maldición.
—Padre —dije—, ¿el Inquisidor de Francia acusará de herejía a Durand?
—Quizá.
—Y… ¿qué será de los otros?
El padre Amiel se incorporó.
—¿Qué otros? —preguntó, mirándome fijamente.
—Pues… —comencé a decir, nervioso ante la intensidad de su expresión—, los otros a los que habéis interrogado. ¿Será enviado alguno al tribunal del Santo Oficio como sospechoso de herejía?
—Es muy posible.
—¿Quién?
Hubo una pausa. El monje me miró a la cara como si esperase encontrar algo escrito en ella.
—¿Quién de ellos os preocupa, Raymond? —preguntó al cabo con astucia. Al ver que yo no respondía, añadió—: Vuestro amigo Gaillard está a salvo.
—Oh. Muy bien.
—¿O quizás es Bona Claret quien despierta vuestro interés?
Me pasé la lengua por los labios secos y dije que Bona Claret no era una hereje, ante lo cual el dominico afirmó que la mujer había consultado ciertos asuntos con una hechicera y que ésta había utilizado un espejo mágico.
—Recodaréis que la hechicera pronunció varias palabras mientras buscaba instrucciones en la superficie del espejo —dijo—. Podríamos preguntarnos a quién iban dirigidas esas palabras. Se dice, por ejemplo, que el demonio Berith, o Bolfry, responderá con la verdad a preguntas sobre el pasado, el presente y el futuro. ¿Quién sabe…? Tal vez lo invocaba.
—¡Pero si era una vieja! —exclamé al tiempo que pensaba: «Qué estúpido he sido pensando que lo habría olvidado». Desde luego que se acordaba. Se acordaba de todas y cada una de las palabras—. Padre, ya sabéis cómo son las viejas de campo y sus consejos. En absoluto pretenden invocar a ningún demonio.
—¿Cómo podéis estar tan seguro de ello?
—Padre… —Me pasé los dedos por los cabellos y observé su expresión vigilante. No fui capaz de descifrarla. No sabía cómo presentarle mi petición—. Padre, ¿querríais reconsiderar esta decisión? —le pregunté—. La hechicera, Munda, está muerta. Bona Claret es una ignorante y no tiene ningún poder. ¿Qué daño pueden hacer?
—¿Qué daño pueden hacer? Raymond, ¿habéis olvidado que bebisteis el flujo menstrual de Bona Claret? —El padre Amiel parecía un tanto divertido—. Éste tipo de conductas no deben alentarse.
—No, por supuesto que no. Pero podríais hablar con ella, padre. Cuando queréis, sois de lo más temible, y si la amenazáis, no volverá a hacerlo. Os lo juro.
—Pero, Raymond, ¿qué me estáis pidiendo? ¿Que me convierta en un encubridor de herejes?
—¡Pero si Munda no fue hereje hasta el lunes! —Al percatarme de que mi voz estaba adquiriendo un tono frenético, respiré hondo y proseguí de una manera más tranquila y razonada—. Padre, si no fuera por el espejo, esa mujer sólo tendría que responder ante un tribunal civil o episcopal y, habiendo muerto, eso no es posible, pues el del Santo Oficio es el único tribunal que persigue asuntos como éste más allá de la tumba.
—Raymond…
—Y no hizo daño a nadie, esa vieja. Al menos, por lo que sabemos. Y si confirmáis el testimonio de Bona, porque todavía ha de confirmarse, tal vez descubráis que la palabra «espejo» fue un lapsus linguae. —¿Entendería lo que le estaba diciendo? Extendí las manos, suplicante—. Tal vez descubráis que sus recuerdos son confusos —añadí en voz baja—. Quizá contradiga sus declaraciones anteriores. ¿No es eso posible, padre?
El dominico parpadeó y luego suspiró.
—Raymond —dijo—, me complacería ayudaros, pero no puedo arriesgarme a una acción tan peligrosa.
—No es peligrosa. Nadie sabe nada de Munda a excepción de vos y de mí. Y de Bona Claret.
—Y de Dios.
—¿Dios? —Aquél era un argumento impropio del padre Amiel y lo pasé por alto —. Padre, Dios ya ha castigado a Munda. Está muerta.
—Bona Claret, sin embargo, no.
—¡Bona Claret es una ignorante! —Pese a mis buenas intenciones, cada vez me sentía más agitado—. ¡Era una niña cuando Munda la instruyó!
—Y por eso, su castigo será, sin lugar a dudas, leve —dijo el padre Amiel sonriendo con dulzura—. Raymond, sé que deseáis ahorrarle este trance a vuestra amiga. Como he dicho muchas veces, tenéis un corazón muy tierno, pero ese corazón os puede llevar por mal camino, hijo. San Agustín nos dijo: «Amad, pero cuidado con lo que amáis». Y nos preguntó: «¿Deseas saber de qué clase es el amor? Mira adónde te lleva». El amor de vuestra amiga, Raymond, os llevará a la desgracia y al peligro. Depositad, por tanto, la confianza en Dios y se hará su voluntad. Y ahora —añadió, volviendo a los documentos—, ¿dónde habré puesto esa declaración?
Me tragué el deseo de gritar «¡maldita declaración! », y empecé a revolver los montones de pergaminos hasta que encontré el documento que buscaba. Cuando me pidió que lo copiara, no me lo llevé enseguida a mi celda, sino que lo apreté contra el pecho y dije:
—Padre, Beatrice compró la taberna a Munda Giraud.
—¿Y?
—Y si Munda es condenada por hereje, todas las propiedades que le habían pertenecido serán confiscadas por el Santo Oficio, probablemente.
—¡Ah! —El dominico arqueó una ceja—. Entonces, ¿es el destino de Beatrice lo que os preocupa?
—Padre, ella os ayudó a detener a Durand. Es una buena mujer que ha trabajado toda la vida para tener esa propiedad. Si la pierde, ¿qué le quedará?
—¿Qué le quedará, decís? —El padre Amiel sonrió de nuevo—. Le quedará la salud, su hija, su Dios y vuestra amistad, Raymond. ¿Qué existencia es esta de hacer de tabernera? Es una ocupación innoble para una mujer. Seguro que os gustaría que tuviera algún otro medio de ganarse el sustento. Incluso como sirvienta, su vida sería mejor.
—Para ella, no. No lo ve de ese modo.
—Entonces, es que la ciega su propia concupiscencia.
—Padre… —Vi que aquella súplica iba a resultar inútil. La falta de compasión del monje por Beatrice y su apurada situación era consecuencia de su opinión general sobre las mujeres, y sobre Beatrice en particular. Siempre se había mostrado tan frío con ella como condescendiente conmigo—. Padre, sois un buen hombre. Estáis muy cerca de Dios. ¿No podéis mostraros compasivo? Lo habéis sido conmigo, padre. Me habéis perdonado una y otra vez mis pecados, como el propio Jesucristo cuando Pedro le preguntó: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le dijo: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Habéis sido tan bueno conmigo, padre… ¿No podríais serlo también con Beatrice? Por favor. Hacedlo por mí.
—Por vos, Raymond —dijo el padre Amiel sacudiendo la cabeza—, haría muchas cosas, pero no ésta. Es demasiado difícil.
—¡No lo es!
—Sí.
—¡Pero ya habéis mentido antes! Cuando os pedí que engañarais al marido de Rixende acerca de su sirviente, lo hicisteis.
—En esa ocasión lo hice por la salvación de vuestra alma. —El tono del padre Amiel sonó más frío—. Me prometisteis que evitaríais la fornicación y mentí para que cumplierais vuestra promesa. Decir la verdad no habría beneficiado a nadie.
—¡Tampoco en este caso se beneficiará nadie!
—Nos beneficiaremos nosotros dos, Raymond. ¿Qué creéis que ocurrirá si se descubre que hemos encubierto a una hereje?
—¡No se descubrirá!
—Perdonadme, pero no puedo estar seguro de ello. Y ahora, por favor, ¿seríais tan amable de copiar la declaración? El Santo Padre la necesita lo antes posible. — Me había quedado allí plantado, ruborizado y sin saber qué decir, y él se acercó y me tocó la mano—. Vamos, no os enojéis conmigo. Me preocupa vuestra seguridad, Raymond. Tolerar y encubrir la herejía es un delito terrible.
—Entonces, ¿por qué me protegéis a mí? —inquirí—. El padre Pierre-Julien ha pedido mi comparecencia por el mismo pecado y, sin embargo, decís que con vuestra ayuda me veré libre de toda persecución. Aconsejé a un hereje, padre. ¿Es eso mejor que consultar a una hechicera?
El monje entornó los ojos y su rostro pareció tensarse.
—¿Qué os proponéis? —preguntó—. Como ya he dicho, me preocupa vuestra seguridad, Raymond.
—Padre, estoy dispuesto a correr cualquier riesgo que se pueda presentar.
—¿Lo estáis? Bien; pues yo, no. —El dominico frunció el entrecejo—. Puede que tengáis en cuenta mi situación, pero también es posible que me sacrifiquéis alegremente por el bien de vuestra amiga Bona. Es indudable que la tenéis en gran estima.
—¿Qué? Oh, no. —En un parloteo frenético, le aseguré que lo veneraba, que era su fiel sirviente, que él era mucho más importante para mí que Bona Claret—. Pero, padre, debéis ver que si hacemos esto, no correremos ningún riesgo. Si yo corrigiera su testimonio, ¿quién lo sabría? ¿Quién?
—Perdonadme, no puedo.
—Pero ¿por qué no? ¿Por qué?
—Porque mi conciencia no me lo permite.
—¡Vuestra conciencia! —Estuve a punto de echarme a llorar de frustración y desengaño—. ¡Antes habéis mentido, innumerables veces! ¡Os he oído mentir durante los interrogatorios!
—Por el bien mayor.
—Padre, por favor. ¿No he sido un buen sirviente? ¡He trabajado con mucho afán para vos! ¡He mentido por vos! ¡Me he entregado a los vicios a petición vuestra, padre!
—Y como muestra de gratitud, Raymond, es mi intención protegeros del Santo Oficio —replicó el padre Amiel—, porque sabiendo que el razonamiento del padre Pierre-Julien es erróneo, creo que el hombre que buscó vuestro consejo probablemente no era un hereje. —Dio unos golpecitos al documento que yo presionaba contra el pecho—. Y ahora, ¿seréis tan amable de completar esta tarea? El Santo Padre no es un hombre paciente.
Incapaz de moverme, solté otra frenética andanada de súplicas. No podía creer que el padre Amiel se mostrase tan impermeable a mis intentos de persuasión. ¡Había sido siempre tan amable e indulgente!
—Padre —dije, temblando de pies a cabeza—, si Beatrice va a ser desahuciada de su taberna, no podré ir con vos a Lazet. No puedo dejarla aquí y que afronte ella sola semejante destino.
Cuando me miró, me acobardé, porque no sabía qué esperar. ¿Insultos? ¿Reproches? Sin embargo, en su expresión había un asomo de melancolía. Agachó la cabeza y murmuró:
—Como queráis… —Me miró de nuevo y añadió—: Os echaré de menos.
Contuve una exclamación y volví a enmudecer, sin saber qué decir.
—Tenéis que encontrar vuestro camino en la vida —prosiguió—. No soy vuestro padre para deciros lo que debéis hacer. Sin embargo, Raymond, tenéis un futuro muy prometedor. Vuestros dones refulgen como la plata al sol. No permitáis que se deslustren. No echéis vuestras perlas a los cerdos. Buscad una existencia más provechosa. Depositad vuestra confianza en Dios. —De repente, alzó la mano y me dio unas palmaditas en la mejilla como si fuera un niño—. Rezaré por vos —dijo con dulzura—. Pensaré en vos a menudo. No temáis al Santo Oficio… Me aseguraré de que no os hostigue. —Dejó caer la mano y sus dedos se cerraron en torno a la declaración de Durand—. Si deseáis, encontraré a otra persona que haga esta copia. Acaso… Bueno, acaso prefiráis no trabajar más para mí.
Carbones al rojo vivo, amigas y amigos, carbones al rojo vivo. Cada palabra era una gota de plomo hirviendo que caía en mi corazón. A pesar de mis intentos de amenazarlo, él no me guardaba ningún rencor, o eso parecía; antes bien, me halagaba y me brindaba protección. Antes bien, me hacía una promesa de buena voluntad duradera. ¡Y, sin embargo, me despedía de tan buen grado, sin la menor protesta…!
Si en aquel momento hubiese podido retractarme de mi declaración, me habría comido la lengua para conseguirlo.
—Claro que trabajaré para vos —repliqué, farfullando, sin saber bien lo que decía —, pero quizá prefiráis los servicios de un monje… de otro escribano…
—En absoluto.
—Tal vez os alegréis de que me marche.
—En absoluto —dijo en voz baja—. Como ya he dicho, me gustaría reteneros.
—Entonces, ¿por qué no hacéis un esfuerzo para lograrlo? ¿Por qué no me concedéis este deseo? Sois vos, padre, el que me impulsa a marchar. A mí me complacería quedarme, pero ¿cómo voy a hacerlo?
—Oh, Raymond. —Arrancándome la declaración de las manos, la depositó encima de la cama y no sé cómo, sin ejercer ninguna fuerza, me obligó a sentarme en el lecho. Entonces tomó mis manos entre las suyas y se agachó un poco para mirarme a los ojos—. Escuchad: quiero ayudaros, de veras, pero éste es un asunto que se escapa a mi control. El Santo Padre ha tomado una decisión y yo he hecho un voto de obediencia. Bona Claret ha declarado sobre ciertos hechos y vos, Raymond, ¿no sois un hijo de la Iglesia? ¿No buscáis activamente el amor de Dios? Pensad, pensad un poco. Reflexionad sobre lo que me estáis pidiendo. Al hacerme una petición de este tipo, existen muchas posibilidades de que no sólo estéis poniendo en peligro la vida de los dos, sino también vuestra alma —me apretó los dedos—. No quiero perderos, Raymond, y mucho menos que seáis arrastrado al pecado, la destrucción y la ignominia. Reconsiderad vuestra decisión, por favor. Si no lo hacéis por vos, hacedla por mí. No puedo deciros el dolor que me produciría que volvierais al lodazal del que os rescaté y desaparecierais en él. Sois mi tizón arrebatado del incendio, mi oveja que se había extraviado, mi hijo pródigo. ¡Cómo me he glorificado en vos, Raymond! ¿Y ahora queréis marcharos? ¿Queréis herirme hiriéndoos vos mismo? Preferiría arder que presenciar algo semejante. Sería una gran pérdida. Una grandísima pérdida.
¡Qué elocuencia! ¡Qué súplica más conmovedora! No es preciso que os diga que me doblé como una espiga al viento ante esta retórica, que me debilitó las fuerzas y me ablandó el temple. Con lágrimas en los ojos, le aseguré al padre Amiel que no lo decepcionaría, que anhelaba de veras encontrar a Dios, que haría lo que él me pidiera, por supuesto, y que nunca pensaría en herirlo.
—Entonces, ¿copiaréis la declaración?
—Sí, padre.
—¿Y vendréis conmigo a Lazet?
—Sí, padre.
—Bien. —El dominico me soltó y dejó caer la declaración en mi regazo antes de recordarme que el Santo Padre no podía esperar—. Copiadla lo más deprisa que podáis, hijo, y traédmela tan pronto como terminéis. Quiero que transcribáis una carta introductoria.
Asentí con un gesto de cabeza, pues no me atrevía a hablar. Salí de la habitación tambaleándome porque me sentía embargado por la emoción. La naturaleza afectuosa de su petición actuó sobre mí como si de vino se tratara. Si bien me consoló el corazón, me confundió los pensamientos y no fue hasta después de volver a mi celda, de haber preparado los instrumentos de escritura y de desenrollar un pliego nuevo de pergamino cuando empezó a disiparse la calidez embotadora de sus lisonjas y volví a sumirme en un estado de inquietud y ansiedad.
El padre Amiel era, sin lugar a dudas, mi guía benevolente y bondadoso. Y, por supuesto, tenía razón al preocuparse por nuestra seguridad, por los deseos del Papa y por su propia conciencia, pero Beatrice era una amiga tan leal como él. Si perdía su taberna, nunca me perdonaría a mí mismo. Nunca.
Mientras escudriñaba la desmañada caligrafía del escribano al que se le había confiado la trascripción de la declaración de Durand Rouiard (tenía todas las muestras de incompetencia características del trabajo de Pierre-Bernard Aubert), me distraje con ensoñaciones que de vez en cuando hacían que me detuviera, dejara la pluma en la mesa y apartara la vista del documento. Pensé en Bona. Pensé en Beatrice. Pensé en la afortunada circunstancia de que todavía no hubiera confirmado su testimonio.
De repente, después de copiar unas tres páginas de la declaración de Durand, contemplé una posibilidad que me hizo contener una exclamación. Dudé unos instantes y, acto seguido, me puse en pie de un salto, dejando mi trabajo sobre la mesa, y corrí por el pasillo hasta la celda del padre Amiel.
El dominico respondió enseguida a mi llamada, pero de forma bastante áspera.
—¿Sí? —dijo tras percatarse, con una rápida mirada, de que no llevaba conmigo el pergamino.
—Padre, si pudiera haceros una sugerencia…
—¿Con respecto a vuestro trabajo? —Su tono de voz era malhumorado.
—No —respondí—. Con respecto a Bona Claret. —Como no quería hablar del asunto en un lugar público, utilicé mi mayor estatura y corpulencia para imponer mi voluntad y, en cierto modo, obligar al padre Amiel a retroceder mientras yo entraba en su habitación—. Padre —murmuré—, el testimonio de Bona todavía no está firmado. Si ella negase haber utilizado la palabra «espejo», entonces no tendríais que referir su nombre al Santo Oficio. En realidad, no cometeríais ningún desliz…
—Raymond…
—Como es natural, no podéis hacer nada al respecto hasta que se corrobore el testimonio, y para llevar a cabo este trámite tendréis que citar a Bona para que comparezca en Aviñón. ¿Por qué no me enviáis a entregar la citación? ¿Qué mal puede haber en ello? Y si ella retirase entonces la palabra «espejo», quedaríais libre de toda culpa…
—No.
—Pero…
—No. —Aunque su rostro permaneció inexpresivo, su voz sonó cortante—. Es inútil que sigáis insistiendo, Raymond. Y os he pedido que terminéis un encargo urgente.
—Padre…
—Terminad el trabajo. Por favor. Escucharé vuestra propuesta cuando hayáis hecho la copia, pero no antes. ¿Queda claro?
Como siempre, cual si de una espada desenvainada se tratase, la amenaza de su desaprobación sirvió para amedrentarme.
Y, sin embargo, yo estaba de lo más enojado. Al regresar a mi tarea, pensé en las palabras con las que me había despedido, tan distintas de las que había utilizado antes para lisonjearme. Si me tenía en tanta estima, ¿por qué no me escuchaba? Sin lugar a dudas, el Papa podía esperar un poco más. Era el padre Amiel quien parecía incapaz de hacerlo.
Deseoso de demostrarle mis habilidades y mi perfeccionismo, me apliqué con gran esmero en realizar una copia de la declaración de Durand que mejorase el original. Mi disposición del texto fue infinitamente superior; corregí errores, enmendé construcciones gramaticales torpes y utilicé tintas de distintos colores para resaltar ciertos nombres. Cuando terminé, me dolían los dedos, los ojos me escocían y el padre Amiel estaba en la iglesia, recitando las completas.
Podía haberlo esperado en mi celda, desde luego, o en la suya, pero me sentía incapaz de quedarme quieto. Así pues, me dirigí al claustro y empecé a dar vueltas a él hasta que los frailes salieron del culto. No bien terminaron los cánticos, me acerqué a la puerta de la iglesia y me aposté allí, abrazado a la declaración de Durand. Allí me encontró el padre Amiel cuando, por fin, salió a la luz cada vez más tenue del atardecer.
Se sorprendió, creo, porque se detuvo de repente, lo cual causó no pocos inconvenientes a los monjes que lo seguían. Como siempre, sin embargo, se recuperó enseguida. Sus manos blancas aletearon unos instantes como mariposas nocturnas, tal vez disculpándose por su torpeza o para ofrecer una explicación a sus hermanos en Cristo. Luego, se separó de la hilera de monjes que avanzaba, ninguno de los cuales redujo el paso ni nos dedicó una mirada mientras seguían camino de la cama.
Sabedor de que el lenguaje hablado los ofendería, señalé el documento que llevaba bajo el brazo. El padre Amiel asintió y alargó la mano para que se lo entregara. Yo, sin embargo, retrocedí mientras sacudía la cabeza y, con un gesto de la mano, le indiqué que deseaba conversar con él. Bajo la luz mortecina, todavía me resultó más difícil descifrar su expresión: sus ojos se veían negros y su boca se perdía en las sombras. Pareció quedarse pensativo unos instantes. Luego, asintió otra vez y me llevó al scriptorium, donde todavía ardían diversas lámparas.
En el scriptorium, una gran estancia contigua a la sala capitular, encontraréis la envidiable colección de libros del priorato, contenidos en anaqueles, arquetas y prensas. Las ventanas son amplias y acristaladas y el aire está impregnado del olor a manuscritos viejos y deteriorados. Las lámparas están siempre llenas de aceite, y en los escritorios no faltan nunca las plumas, los tinteros, las reglas, la cera, el carbón, la cuchilla y la piedra pómez. Durante las inclemencias del tiempo, suele encontrarse allí al lector del priorato, llamado hermano Aldhemar, discutiendo con una decena de estudiantes de teología o aleccionándolos. Por la noche, según el padre Amiel, el scriptorium es frecuentado por esos mismos estudiantes o por otros frailes (quizá los que redactan sermones, cartas o discursos), dispuestos a prescindir del sueño a fin de poder estudiar ciertos textos.
En el momento del que os hablo, sin embargo, la sala estaba vacía. Incluso el bibliotecario la había abandonado. Por lo tanto, entramos sin que nadie nos preguntase nada. El padre Amiel, en quien nunca había visto unos movimientos tan enérgicos, se detuvo ante uno de los escritorios y puso las manos sobre aquella superficie manchada de tinta.
—Esto nos bastará —dijo—. Si transcribís aquí mi carta de introducción, Raymond, no molestaremos a los otros hermanos. N o será más que una breve misiva.
—Padre…
—Después, entregaré los dos documentos al portero y él los hará enviar con las primeras luces.
—Padre, ¿me escucharéis, ahora?
Estaba observando los tinteros, algunos de los cuales parecían secos.
—Si queréis hablar de vuestra sugerencia —respondió—, debo deciros que lo he pensado y la respuesta es no. Que vayáis a entregar la citación de Bona, hijo, podría despertar suspicacias más tarde.
—Pero si dijera que he ido a Saint-Martin-les-Bains por un asunto relacionado con Marguerite de Pasquières…
—No.
—Entonces, cuando Bona regrese a Aviñón —me apresuré a comentar—, podríais llevarla escoltada a una estancia de la prisión donde yo esperaría su llegada y…
—No.
—Padre, ¿quién lo descubriría?
Tomó en la mano un tintero, lo sopesó, lo ladeó y volvió a dejarlo en la mesa con un gruñido.
—Raymond —dijo—, ¿mentiríais bajo juramento?
—Yo… yo…
—Si lo hicierais, pondríais en peligro vuestra alma. Si no lo hicierais, entonces alguien lo descubriría. En este tintero queda tinta. Sentaos. Os procuraré pergamino.
Mientras se alejaba luché contra el deseo —que con tanta frecuencia me asalta cuando un niño tozudo o un crío pequeño me sacan de quicio— de levantarlo en vilo, darle una sacudida y obligarlo a capitular. La gente menuda y frágil, cuando está dotada de una obstinación desproporcionada, siempre me afecta de la misma manera. Por eso entiendo que Othon ande pegando a la gente cuando está irascible. Al ser tan grandullón, todos los habitantes de Aviñón deben de parecerle niños tozudos.
Sin embargo, yo sabía que no bastaban una sacudida o un par de golpes en la cabeza para coaccionar al padre Amiel y por ello, respirando con dificultad, apreté los puños e intenté sopesar mis opciones.
—Aquí tenéis —dijo él, volviendo a mi lado, no con pergamino sino con un rollo de vitela—. Ya está reglado. Mañana le explicaré nuestras dificultades al bibliotecario; no se ofenderá.
—Esperad, padre. Antes de que hagamos esto…
—¿Qué? —espetó—. ¿Qué sucede, ahora?
—Padre, antes habéis dicho que mentisteis por mí a fin de que evitara la fornicación.
—Sí, y no me apetece volver a discutir sobre ello.
—Pero…
—Raymond, es muy tarde. Quiero tener esta carta escrita antes de que nos retiremos. ¡Antes de que las campanas llamen a maitines!
—Sí, por supuesto —la voz me temblaba de miedo, ira y congoja—. Pero antes, dejad que os pregunte una cosa.
—No. Éste asunto está concluido, Raymond. No hay nada más que decir.
—Sí.
—Por mi parte, no.
—Padre, habéis dicho que me escucharíais cuando acabase de copiar la declaración…
—Y lo he hecho.
—¡No, no lo habéis hecho! ¡Os negáis a escuchar!
—Porque vos, amigo mío, estáis obsesionado con esas mujeres vuestras. ¡Pensáis con los virilia, Raymond! Pensad con la cabeza y veréis que me estáis pidiendo algo imposible.
Si esas palabras las hubiese pronunciado otra persona, tamaño insulto me habría hecho perder el control y replicarle de la forma más grosera y miserable, pero como se trataba de él sentí que la sangre se me agolpaba en las mejillas y respondí lo primero que me vino a la cabeza.
—¡Estáis cegado por los prejuicios! —grité—. Detestáis a Beatrice y por eso sois tan injusto con ella.
—¿Terminaréis esta carta, Raymond?
—¡No! ¡No lo haré hasta que me escuchéis!
El monje me traspasó con una mirada dura y vehemente. Tenía los labios apretados y la cara pálida como el pedernal.
—Entonces, tendré que pedir ayuda a otra persona —dijo.
—Esperad. —Lo agarré por el brazo para impedir que saliera del scriptorium.
—Soltadme.
—Padre, no pienso con mis genitales, os lo juro.
—Soltadme. —La orden me dolió como el chasquido de un látigo; me quemó como el hielo. El dominico sacudió el brazo, pero no tuvo fuerza suficiente para soltarse. Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de que debía de estar enojadísimo. Un hombre tan menudo y débil siempre se tomará muy a mal que lo inmovilicen por la fuerza. Sin lugar a dudas, al padre Amiel lo habían humillado innumerables veces de esta manera. Tenía que haberlo sabido cuando noté que tensaba el brazo, cuando vi que encajaba los músculos de la mandíbula y que el color regresaba a sus pálidas mejillas, pero como el dominico no solía perder los estribos en mi presencia, fui incapaz de reconocer la intensidad de su furia.
Por el contrario, continué suplicándole al hombre cuyos favores yo estaba acostumbrado a solicitar: al hombre tranquilo, reservado, listo, ingenioso, imperturbable, a veces malévolo, a menudo heroico, casi siempre condescendiente y del todo digno de estima que (a la sazón yo aún no lo comprendía) había asumido el control total de mi vida. No sabría decir si este hombre existió alguna vez o no, realmente; sin embargo, convencido de que todavía estaba presente detrás de la rencorosa fachada con la que se enfrentaba a mí, le supliqué con unas palabras que, si bien pronuncié con cierta inseguridad, estaban pensadas para persuadir, no para obligar.
—Padre —dije—, una vez mentisteis por mí a cambio de un voto de castidad. ¿Qué puedo ofreceros ahora que os mueva a mentir de nuevo?
—¿Qué podéis darme? —espetó el padre Amiel. Y entonces en un arrebato de excepcional aspereza, sacudiendo el brazo que yo agarraba y con una expresión de profundo desdén en el rostro, dijo—: ¡No podéis darme nada que no haya tomado ya!
No bien hubo pronunciado la frase, el dominico debió de darse cuenta de que había cometido un error. Me miró con los ojos desorbitados, se quedó inmóvil unos instantes e incluso contuvo el aliento. Casi de inmediato, renunció a más apelaciones a mi lealtad y a mi estima. Emitió un bufido, se encogió de hombros, entornó los ojos y en sus labios se dibujó una media sonrisa, torcida y melancólica. Su mirada de soslayo parecía decir: «Es una lástima, pero no importa. He cometido un desliz y lo único que debo hacer es limitar los daños».
En cuanto a mí, me quedé estupefacto, no tanto por sus palabras como por la expresión de desdén con que las acompañó. En ellas no encontré el menor asomo de respeto o cariño, ninguna señal de que me considerase un amigo, ni siquiera un oponente digno. Era la clase de mirada que yo había dedicado a menudo a una mosca en la sopa o a los excrementos de animales que encontraba en mi camino. Era una mirada carente de cualquier sentimiento de compañerismo.
—¿Qué… qué queréis decir? —pregunté tartamudeando, al tiempo que le soltaba el brazo.
—Oh, esto es inútil —dijo y aprovechando que me había relajado, me arrebató la declaración de las manos bruscamente—. Ya habéis tomado una decisión.
—¿Qué habéis hecho? —inquirí, presa del horror. «No podéis darme nada que no haya tomado ya». De repente, me iluminó la luz de la verdad. Me di cuenta de que me había visto privado de amigos, amantes, familia, una casa, de la confianza incluso en mis propias creencias y pasatiempos, de mi propio yo y que si tal cosa había ocurrido, no era porque el padre Amiel se preocupara de mi alma, sino porque lo motivaba un extraño, perverso e injustificable deseo de verme vacío. Perdido. Aislado.
Debo reconocer, sin embargo, que en aquel momento de revelación no comprendí todo esto perfectamente. Confundido, capté malicia o, al menos, ausencia de buena voluntad. Detecté irritabilidad, impaciencia, y un leve asomo de escarnio. El dominico todavía estaba enojado, eso también lo notaba. Sin embargo, también mi furia se había encendido y se apoderó de mí con la fuerza y la velocidad de un alud.
—¿Qué estáis diciendo? —inquirí.
—Que ya habéis tomado una decisión. Haced lo que os venga en gana.
—Venid aquí.
—Si intentáis agarrarme de nuevo —dijo, volviéndose—, haré que os flagelen.
—Explicaos.
—Oh, ¿por qué tengo que daros una explicación? ¿Por qué tengo que perder el tiempo con vos? Sois irredimible. Intratable. Aunque he prodigado con vos mis cuidados inestimables, seguís siendo como un can jadeante tras una perra en celo. Nunca alcanzaréis la sensatez. —Movió la mano, que ya no parecía hermosa ni elegante, sino quebradiza y semejante a una garra—. Marchaos. Abandonad mi presencia. Id con vuestra tabernera, pero recordad esto, maese Raymond: por más que creáis que vais a regresar a vuestra antigua vida y que destacaréis como un rey entre vuestros vulgares compañeros exhibiendo con orgullo vuestro ingenio, vuestra belleza y vuestras habilidades musicales mientras os complacéis en sus adulaciones, tales tiempos se han terminado, amigo. Todos vuestros dones proceden de Dios; no son vuestros para que dispongáis de ellos como os venga en gana. Si os negáis a dedicados a su servicio, sufriréis. Yo me encargaré de que así sea.
Éstas fueron las últimas palabras que me dirigió. Incapaz de replicar, lo vi desaparecer por el umbral de la puerta. Debió de marcharse muy deprisa (o acaso mis movimientos eran muy lentos debido a la conmoción), pues apenas había llegado yo a mi cuarto cuando apareció el portero con dos hermanos legos corpulentos. Juntos, me echaron del priorato, haciendo caso omiso de mis protestas, al tiempo que me prometían que todas mis pertenencias estarían «a mi disposición» cuando pasara a recogerlas.
Me enorgullece decir, sin embargo, que fui muchísimo más rápido que ellos en un aspecto. Aunque el padre Amiel había actuado raudo como una centella, no lo había hecho lo bastante deprisa como para impedir que escondiera debajo de la túnica una página de la declaración de Bona Claret, que me estaba esperando en el escritorio.
Cuando llegué a El Gallo Negro, lo primero que hice, una vez cruzado el umbral, fue quemar la página. Luego, con un atizador, batí las cenizas hasta que todas las palabras escritas en ella quedaron ilegibles.