El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 11 de 45

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El escribano

Canto VI

Aquél día, el padre Amiel no me invitó a comer en el priorato. Quizá me consideraba demasiado innoble para compartir plato con él, manchado de pecado como estaba tras mi orgía nocturna, o tal vez sus hermanos habían vetado mi presencia en el recinto. Fuera cual fuese el motivo, lo cierto es que no me ofreció un lugar en su mesa, aunque condescendió en acompañarme cuando emprendí el regreso a casa de mi madre. No sé por qué vino, pues apenas intercambiamos palabra durante el trayecto. Cansado de los interrogatorios de la mañana (e incómodo sin duda con el recuerdo de los pechos desnudos de Beatrice), estuvo taciturno hasta el punto de la mudez. Y el hecho de que en nuestro camino tuviéramos que pasar por delante de El Gallo Negro no contribuyó a hacer más fácil la conversación, precisamente.

En cuanto a mí, todavía estaba afectado por lo que había presenciado en la prisión. No digo que la simpatía que me inspiraba Aimery de Sorgues fuese muy profunda o que, por el contrario, sintiera hacia él la menor animadversión, pero debo reconocer que estaba bastante desconcertado. Los giros del interrogatorio del padre Amiel me habían dejado confuso y estupefacto. Su inesperada reprimenda final, sobre todo, había sido para mí como un mazazo. ¿De dónde había salido aquel estallido de desaprobación cargado de veneno? ¿Y dónde había ido a parar después? Tan pronto había terminado de pronunciarlo, el padre Amiel se había parapetado de nuevo tras su máscara habitual de desapasionada tranquilidad, Y no había hecho desde entonces el menor comentario sobre lo sucedido.

—¿Dais crédito a lo que os contó el amanuense? —le pregunté finalmente, cuando El Gallo Negro quedó atrás. Hacía un día luminoso y agradable, y el padre Amiel, pálido y cegato, parecía fuera de lugar allí, al sol. Cuando un grupo de sonrientes mujeres, cargadas con la colada, pasó rozándolo, se tambaleó como un cordero recién nacido. Sin embargo, su réplica sonó clara y tajante:

—No tengo motivo para no creerle. De momento.

—¿Interrogaréis a Fulques?

—No hablemos de estas cosas aquí, maese Raymond, os lo ruego.

Intimidado, guardé silencio. Él, también, y tal vez habríamos seguido así el resto del camino si no hubiéramos encontrado a un grupito de gente vociferante a la puerta de la casa de mi madre. Desde lejos reconocí a Gaillard, pero no a los otros dos. Uno era un muchacho de tez manchada, pobremente vestido y de aspecto hosco; el otro era un hombre canoso, corpulento y vestido con prendas ricas, pero sombrías. De facciones grandes, tenía el semblante sonrojado y perlado de sudor.

Su manera de gesticular me alarmó. Reduje el paso y vi que miraba a Gaillard buscando su confirmación. En cuanto el escudero asintió con la cabeza, y sin darme tiempo a dirigir la palabra a ninguno de ellos, me vi asaltado por aquel gordo que, rojo de cólera, se plantó delante de mí, me agarró de la pechera de la túnica y vociferó algo acerca de su hija.

—¡Tú! —gritó—. ¿Eres Raymond Maillot?

—Sí, pero…

—¡Sabandija! ¡Te casarás con mi hija o te arranco la cabeza!

—¿Vuestra hija? —balbucí mientras me preguntaba (con gran desesperación y desconcierto) cuál de mis muchas conquistas tenía que sufrir la maldición de habérselas con un padre como aquél. Debéis saber que, por lo general, pongo mucho cuidado en evitar a las hijas vírgenes de familias acomodadas, aunque suelen ser piezas guardadas con tanto celo que, de hecho, son caras de ver incluso fugazmente —. ¿Quién es vuestra hija? —pregunte, pero él continuó zarandeándome hasta que casi perdí un lente.

Por fortuna, allí estaba Gaillard para defenderme.

—¡Basta! —intervino, quitándome de encima al individuo de un empujón—. ¿Qué os sucede, por el amor de Dios?

—¡Mi hija está embarazada! —fue la tremenda respuesta—. ¡Y él es el culpable!

Oh, amigos míos, ¿imagináis cómo se me encogió el corazón al oír aquello? ¿Podéis compartir mi desolación ante una noticia tan inoportuna? Aturdido, pregunté de nuevo cómo se llamaba la muchacha.

—¿Tantas hay? —exclamó el airado padre—. Yo soy Jean Mignard y ella se llama Marie, como bien debes saber.

¿Marie Mignard? Con una inmensa sensación de alivio, constaté que nunca había oído tal nombre.

—Os equivocáis de hombre —protesté, retrocediendo unos pasos para evitar que maese Mignard me echara las manos al cuello. Por desgracia, al apartarme de él topé con el padre Amiel, quien, con su pequeño tamaño y su ligereza, fue a parar al suelo del empujón. La visión del monje caído distrajo, al parecer, a maese Mignard. Aún vacilaba cuando Gaillard lo agarró por el codo.

—¡Esperad! —exclamó el escudero—. Habéis dicho que sois de Valence, ¿no? — Gaillard se volvió hacia mí y me puso al corriente de que había intercambiado unas cuantas palabras con el desconocido antes de mi llegada—. Me ha dicho que estaba aquí por negocios —precisó—. Y me ha contado que venía de Valence.

—¿Ah, sí? ¡Pues yo nunca he estado allí! —Como tenía la atención dividida entre maese Mignard y el padre Amiel, no me defendí con toda la energía que debería haber empleado—. Disculpadme, padre. ¿Os encontráis bien?

—Perfectamente, gracias.

—¡El hecho sucedió en La Sainte Baume! —aulló Mignard—. Mi hija estaba en peregrinación, visitando la cueva de santa María Magdalena…

—¡… que yo no he visto jamás! —lo interrumpí—. Repito, maese Mignard, que os equivocáis de hombre. ¿Quién os dio mi nombre?

—¡La propia Marie!

—Pues vuestra hija está mal informada.

De pronto, se me ocurrió que sólo conocía a una persona que hubiera pasado alguna vez por La Sainte Baume: Othon. Recordé su burlona descripción de la cueva, que olía «a orina y a incienso», según él. ¿Habría cometido Othon la tropelía imperdonable de utilizar mi nombre en su incansable búsqueda de vírgenes?

—¿Dónde la tenéis? —quise saber—. Permitid que me vea y os dirá que no nos hemos conocido nunca.

—¡Mi hija está encerrada en casa, como ha de ser! —respondió el terco progenitor—. ¿Creéis que la dejaría salir otra vez, después de esto?

—Entonces, decidme cuándo estuvo en La Sainte Baume.

Me lo dijo y, por una feliz coincidencia, yo estaba empleado por esas fechas en la corte del cardenal Orsini. Informé de ello a maese Mignard y señalé que, si acudía al cardenal para corroborarlo, Su Eminencia le mostraría documentos firmados y fechados por mí que demostrarían mi inocencia.

—¿Estáis seguro de lo que decís? —inquirió el hombre, suspicaz.

—Completamente.

—¿Pretendéis que crea que alguien anda por ahí utilizando vuestro nombre?

—Así parece.

—Pero ¿por qué?

—Lo ignoro. —Aunque sospechaba de Othon, no me atrevía a acusado sin pruebas—. Pero está claro que quien lo hizo quería ocultar su verdadera identidad.

—Pero ¿por qué usaría vuestro nombre? —refunfuñó maese Mignard—. Seguro que conocéis a ese hombre. Tenéis que saber quién es.

—Pues no.

—¡Seguro que sí! —insistió. Una vez más, maese Mignard empezaba a perder la calma—. ¡Decídmelo! ¡Decidme quién es!

—No lo sé.

—¡Pero él, a vos, os conoce sin duda!

—¡Maese Mignard, a mí todo el mundo me conoce! —Esto no era del todo cierto, pero no se me ocurrió otra salida de aquel embrollo. Mis débiles músculos no resistirían otra agresión de aquel padre enfurecido—. Soy un reputado libertino, que ha conseguido más mujeres que colaciones ha hecho. ¿No es verdad lo que digo, Gaillard?

Creo que el escudero entendió lo que me proponía, pues asintió enérgicamente.

—Pues sí —respondió—. Sí, Raymond es un conquistador.

—Si yo fuera un vecino de Aviñón que quisiera llevar al pecado a una doncella y deseara cargar a otro con la culpa, el primer nombre que me vendría a la boca sería, sin duda, el de Raymond Maillot. —Mientras así hablaba, percibí la presencia del padre Amiel detrás de mí y me pregunté qué pensaría el fraile. Nada elogioso, con seguridad—. Preguntad a los clientes de El Gallo Negro y os lo dirán. Deben de haber oído cientos de historias acerca de mí.

—Cierto —dijo Gaillard, sin dejar de asentir—. ¡Muy cierto! Todas las mujeres adoran a Raymond. Es un maestro en complacerlas.

—¡Entonces, habría que castrarlo! —declaró maese Mignard—. ¡Y si ha tenido relaciones con mi hija…!

—¡Que no, os lo juro! Preguntad al cardenal…

—¡Lo haré! —clamó el hombre—. Lo haré y, si habéis mentido, que Dios os ampare… porque no os lo perdonaré.

Tras esto, creí que se marchaba, pues dio media vuelta y avanzó un par de pasos, lo que me dio ocasión de observar brevemente al resto de los presentes. Sin embargo, Mignard debió de darse cuenta de que desconocía el paradero del cardenal Orsini y, volviéndose otra vez, me preguntó en un murmullo dónde podía encontrado. Le respondí con cortesía, pues no estaba especialmente irritado con él. Era contra Othon, naturalmente, contra quien iba dirigida mi cólera.

Al fin y al cabo, en un padre está justificado que busque venganza del hombre que ha deshonrado a su hija… siempre que acuse de ello al verdadero culpable.

—Pobre hombre —comenté mientras lo veía alejarse—. Pero si la chica tiene una buena dote, no ha de costarle encontrar marido.

No hubo respuesta, pues mis acompañantes se habían quedado sin habla: el pasmo, el disgusto o tal vez, simplemente, la necesidad de un momento de reflexión habían sellado sus labios. Cuando recorrí el grupo con la mirada, vi que Gaillard se observaba las botas, que el padre Amiel estudiaba a mi amigo y que el chico de las manchas en la cara me miraba fijamente.

—¿Y bien? ¿Qué quieres? —le pregunté—. ¿Te conozco?

El joven dijo que no con la cabeza.

—Me envía Rixende Levieux —dijo.

—¿Y?

—Me manda que os diga que su marido está fuera de la ciudad y que esta noche no lo encontraréis.

—Ah.

—Éste era el mensaje —añadió el chico y, habiendo cumplido el recado, cerró la boca, cruzó los brazos y esperó.

Bien, tal vez debería explicaros que yo no tenía tratos con el marido de Rixende. En cambio, era íntimo de la mujer, que se había criado cerca de la casa de mi madre y había crecido en belleza con cada año que pasaba. Aunque apenas tenía dote, se había casado con un rico armero, un hombre que tenía tres talleres, un par de viñedos, una granja, un molino y cuatro hijos ya adultos de un matrimonio anterior. El hombre era piadoso, temperado, frugal, adusto, áspero y amante de las conversaciones sobre religión. También era un absoluto fracaso en la cama. Según su esposa, «aunque lo escurrieses en una prensa, no le sacarías una gota de jugo». ¿Es de extrañar, entonces, que la pobre mujer, joven y sana, deseara mis servicios de vez en cuando?

—Gracias —le dije al criado (para entonces, había decidido que eso debía de ser el muchacho)—. Informa a tu señora de que he recibido el mensaje y… y de que lo he entendido perfectamente.

El joven me lanzó una mirada de reojo, agachó la cabeza y se retiró. No hicieron lo mismo Gaillard, ni el padre Amiel. El escudero, observé, miraba ahora al monje con cierta agitación, pero el padre Amiel no parecía darse cuenta de que era la causa de la incomodidad de mi amigo. Después de saludar por el nombre a Gaillard con toda placidez, me informó de que, cuando se hubiera refrescado un poco, volvería allí, a casa de mi madre, y nos dirigiríamos juntos a la prisión. No hizo la menor mención a maese Mignard ni al criado de Rixende. Incluso sonreía cuando le dije adiós con una reverencia. Ya a cierta distancia, levantó la mano en un gesto de despedida.

Gaillard y yo seguimos con la vista al fraile un buen rato, sin decir nada.

—¡Dios nos ampare! —murmuró Gaillard finalmente, con voz lúgubre—. ¿Cómo puedes soportarlo?

—¿El qué?

—¡Esos monjes! No son hombres normales, Raymond, son otra cosa.

—Tal vez —asentí—. ¿Llevas mucho rato esperando?

—No mucho. He pensado que quizá vendrías a casa a comer. —Tras esto, con un suspiro, sacó de la túnica una hoja de pergamino doblada—. He venido a preguntarte por esta carta —añadió—. Pero si hubiera sabido que ése se presentaría, ni me habría acercado.

—¿Eso que traes es la orden de comparecencia?

—Sí.

—Entra. Mi madre te pondrá algo de comer.

Ése día tuve suerte, pues, de toda mi familia, sólo ella había sido testigo del reciente revuelo ante su puerta. Arnaud no estaba y Alazais, sus hijos y la nodriza habían ido a casa de Jeanne. Así pues, tuve que soportar pocos reproches, al menos en aquel momento.

Mientras servía una sopa de col, nabos, puerros y tocino, mi madre me recriminó por causar la vergüenza de la familia con mis andanzas, pero estaba demasiado distraída con la torpeza de la criada (que se quemó al agarrar una cazuela y derramó todas las alubias por el suelo) para poner demasiado empeño en sus reproches. Así pues, Gaillard y yo pudimos tomar el potaje y el pan mientras charlábamos sin intromisiones, y empezamos por el asunto de maese Mignard y su hija.

—Tiene que haber sido Othon —asintió Gaillard—. ¿Quién, sino?

—¡Pero usar mi nombre…! ¡Mi nombre!

—Le parecería una buena broma. Tal vez use el mío, también. Y el de Berenguer.

—Pondré las cosas en claro con él.

—¿Por qué no se lo cuentas al padre de la chica? Quizá te ahorre el trabajo y se ocupe él de Othon.

—No. —Ya había tomado una decisión respecto al hombre de Valence—. ¿Quién sabe si el niño es de Othon, en realidad? Puede que su madre se aficionara al vit fort. Aun así, tendré unas palabras con ese apestoso montón de estiércol. No volverá a jugarme otra pasada como ésta, te lo aseguro.

Repetí la amenaza en una amplia variedad de frases escogidas, sin dejar de preguntarme qué efecto tendrían en un hombre de la corpulencia de Othon. Gaillard, sin embargo, empezaba a perder interés. De lo que deseaba hablar era de su citación, así que lo llevé a mi habitación, donde nadie nos oyera, y allí le aseguré que se inquietaba en vano. Era un asunto sin importancia: el padre Amiel sólo quería de él una declaración firmada de todo cuanto sabía de Guillaume Monier.

—Pero ¿por qué he de ser yo? —se lamentó—. ¿Y los demás escuderos?

—¿Guillaume pidió a alguno más que le complaciera?

—Probablemente. —Gaillard se sonrojó—. Pero nunca lo he comentado con ellos.

—Si crees que sí, debes decírselo al padre Amiel. Puede que los cite a declarar, también.

—¿Qué más debo contarle, Raymond? —Gaillard se inclinó hacia delante y me miró fijamente, con el susto en los ojos—. ¿Qué pensará de mí? Ayúdame. Dime qué debo decirle.

—Debes contarle la verdad. Limítate a eso.

—¡Pero yo amenacé a Guillaume Monier con contarle el pene! —exclamó, quejumbroso—. ¿Cómo quieres que se lo cuente? ¡Creerá que soy el asesino!

Reflexioné y me di cuenta de que sus temores no eran infundados. Era posible, aunque no probable, que aquello hiciera recaer en él las sospechas. Por un instante, no supe si aconsejarle que omitiera en su testimonio cualquier referencia al miembro de Guillaume Monier. Sin embargo, recordé cómo conducía el padre Amiel sus interrogatorios, cómo obtenía confesiones de la gente a base de marear, presionar, engatusar, confundir, sobresaltar y engañar, y tuve la certeza casi absoluta de que si Gaillard intentaba esconder algo, el dominico lo descubriría.

—Amigo mío —declaré—, debes decir la verdad. Toda la verdad. Si no lo haces, sólo empeorarás tu situación.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

—Si me llevan a la cárcel, Raymond, tú tendrás la culpa.

—No te llevarán a ninguna parte.

Como yo mismo no estaba muy seguro de esto último, no conseguí convencerle. Sin embargo, aunque le habría gustado seguir dándome la tabarra, no se quedó mucho tiempo, no fuera a encontrarse otra vez con el fraile. Así pues, se marchó apresuradamente y me dejó a solas con mis reflexiones. Pero éstas no giraban en torno al embrollo en que había metido a mi amigo sino —con un sentimiento de culpabilidad— sobre mi propia posición respecto a Rixende Levieux.

Aquélla mujer, debo decirlo, no era todo miel y plumón. A veces resultaba tonta y petulante, pueril y egoísta, vanidosa e irrazonable. Pero, ay, amigos míos, era una rosa, blanca como la leche nueva, fragante como una lila, rolliza como una paloma, con ojos como estrellas y labios de fresa. El disfrute de su cuerpo era un festín de nata y azúcar, olía a especias y se amoldaba a mí como un lienzo de seda hilada. Además, era una dádiva rara, pues el marido no solía alejarse de la casa. ¿Cómo podría un hombre resistirse a tales atractivos? Un santo, tal vez, habría sabido volverle la espalda, pero yo no soy ningún santo, ni quiero serlo.

Beatrice, por supuesto, no sabía nada de mis infrecuentes visitas a la casa de la rosa blanca, lo cual me producía algún remordimiento de conciencia cuando pensaba en ello, pero en aquella época era un redomado fornicador y me decía: «No es mi mujer. No he hecho ningún juramento a Beatrice. Además, a veces su alcoba está cerrada para mí. ¿Adónde voy a ir, entonces?». Aplacada de este modo mi conciencia, dirigí otra vez mis pensamientos a Rixende, a sus pechos firmes y redondos, como dos manzanas. En cuanto al ratón de su entrepierna, su pelaje era suave como la lana y chupaba como un recién nacido.

Los recuerdos de ese rinconcito cálido, húmedo y oscuro me tuvieron entretenido un buen rato. De hecho, fueron las notas de esta canción las que hicieron que mi «tercera pierna», como tan generosamente la había calificado Beatrice, se encabritara como un semental, dispuesta a bailar una vigorosa estampida. ¡Imaginaos, pues, mi consternación cuando oí la voz del padre Amiel, que me llamaba! Ya había empezado a marcar el ritmo con mi instrumento y tenía toda la ropa en desorden, así que me vi obligado a luchar con cordones y botones en mi intento de cubrir algo que, una vez tapado, parecía el poste de una tienda de campaña.

—¡Ya voy! —exclamé, mientras intentaba pisar la cabeza de la serpiente de la lujuria. A decir verdad, incluso pensé en apagar su fuego con agua fría. Sin embargo, la perspectiva de ser objeto de escrutinio bajo la gélida mirada del padre Amiel bastó para que mi lirio se marchitara. Así pues, cuando salí a la calle ya lo tenía fláccido como una babosa y guardado discretamente bajo los calzones.

El padre Amiel no dio la impresión de advertir nada extraño y me saludó con cordialidad. De hecho, parecía más animado de lo que estaba cuando nos habíamos separado y, camino de la prisión, me obsequió con un discurso sobre famosos banquetes celebrados en el priorato, como el que se preparó para el papa Juan XXII en ocasión de su llegada a Aviñón. Fue una conferencia interesante y entretenida, pero no conseguí disfrutarla enteramente, pues me distrajo una circunstancia de lo más desafortunada. Quizá fue la col, o tal vez el sobresalto de ser despertado por un monje de mis libidinosas ensoñaciones, pero desde aquel momento me acometió un ataque de gases.

En la mayoría de las casas, una ventosidad es objeto de chanzas, protestas o incluso felicitaciones (si es especialmente rotunda), o de alguna observación que no viene al caso acerca de los intestinos del ganado. Uno no ha de sentirse muy avergonzado de haber soltado una andanada de aire fétido. Sin embargo, en un monasterio la vida debe de ser distinta… o tal vez el padre Amiel era, simplemente, un hombre al que no afectaban los malos olores. (Desde luego, ni una sola vez había yo oído u olido nada que insinuara que él había soltado alguna). Y resulta que, cuando él andaba cerca, yo era muy consciente del funcionamiento de mi vientre. Me descubría silenciando eructos y sonrojándome cuando me sonaban las tripas. Curioso, ¿no?

Él jamás hizo el menor comentario al respecto, ni delató en una sola mirada que se sintiera ofendido, pero yo a su lado me notaba torpe, sonoro y maloliente. Aunque, claro está, el dominico era un hombrecillo tan parco, cuidado y fino de palabra que, sin duda, cualquiera se habría sentido así.

Ya en la prisión, mientras trompeteaba y silbaba tras mi escritorio, mi estado de ánimo podía compararse con el de un hombre que se ha ensuciado los calzones en público. Sentía una desazón que no obedecía a la lógica, y la terquedad del padre Amiel en negarse a reconocer que estaba apestando el aire no hacía más que incrementar mi congoja. Creedme cuando os digo que habría preferido un carraspeo jocoso, un fruncir la nariz o incluso una muestra de interés por el estado de mis intestinos. Por lo menos, me habría tranquilizado saber que mi conducta no era tan terrible como para merecer tal disimulo.

Con todo, mi consternación ante tal giro de los acontecimientos duró muy poco. Pronto me vi enfrentado a una fuente de vergüenza que eclipsó por completo el acto de emitir un efluvio apestoso y sonoro, pues sucedió que la siguiente testigo que compareció ante nosotros fue Bona Claret, la doncella de Masseo di Vico.

Y, nada más verla, reconocí en ella a una mujer que, varios años antes, me había abierto una vez su flor junto a la tapia de un almacén, cerca del puente de Saint Benezet.