El escribano
Canto VIII
Cuando Bona se hubo retirado, el silencio se hizo terrible de veras. No tuve valor para romperlo. Como corresponde a un pecador, me quedé sentado con la cabeza gacha y la vista fija en el suelo. Finalmente, el padre Amiel carraspeó.
—¿Es cierto que habéis tenido intimidad con esa mujer? —inquirió.
Asentí.
—Entonces —continuó—, podréis hablarme de su carácter. —Al ver que yo levantaba la cara con una expresión de sorpresa, añadió—: Resulta evidente que no es un dechado de virtudes, pero vos tenéis que decirme si mentiría bajo juramento. ¿Os parece que cometería perjurio?
Me pareció un verdadero milagro que, sabiendo que trataba con un fornicador incorregible, el padre Amiel quisiera conocer mi opinión. Pronto me di cuenta de que el dominico tenía un don raro de encontrar en los frailes: el de saber distinguir entre pecado y pecador. El padre Amiel no era un hombre tan estricto en su piedad que estuviera dispuesto a condenar y rechazar por completo a un lego cuya evidente culpa en una faceta de la vida, si bien lo convertía en persona de poco fiar en ciertas circunstancias, necesariamente no lo descalificaba para desempeñarse bien en otras. Muchos monjes son incapaces de entender que uno pueda ser un fornicador sin que por ello haya de ser también ladrón, falsario, asesino y glotón, sin abominar de Dios ni pecar contra los demás mandamientos.
El padre Amiel me había empleado como escribano sabiendo que era inmoderado en ciertas cosas. Ahora, a pesar de conocer mi debilidad por las mujeres, seguía dispuesto a tener en cuenta mi opinión sobre la veracidad de una de ellas.
—No llegué a conocer bien a Bona —fue mi cautelosa respuesta—, y quizás haya cambiado desde entonces, pero me parece que no tiene en la cabeza la fantasía necesaria para mentir con tanta habilidad. No sé si me entendéis, padre.
El dominico me observaba con aquella mirada suya, curiosamente desconcertante, que tal vez fuera resultado de su vista deficiente, pero que siempre me producía la impresión de estar prestándome una atención absoluta, casi exagerada.
—¿Me estáis diciendo —comentó con gran deliberación— que la muchacha no tiene suficiente inteligencia para inventar una historia tan complicada?
—Eso es, padre. Sí. Cuando la conocí era una muchacha muy simple. Si hubiera mentido, no habría pasado de un «sí», o un «no».
—Pero tal vez el origen de la acusación fue Lothaire Lagarrigue. Quizás él le indicó lo que debía contar.
—¿Cuándo? ¿Lo ha visitado desde que lo llevaron preso?
—No. —Lo dijo con tono tan rotundo que se me ocurrió que tal vez había hecho indagaciones sobre la identidad y el número de miembros de la casa del camarero de Su Eminencia que habían visitado a Lothaire en la cárcel—. No —repitió—, la muchacha no ha aparecido por aquí. Pero si Lothaire es culpable del asesinato del padre Guillaume, tuvo que hablar con ella de la acusación antes de que lo detuvieran; antes incluso de que se cometiera el crimen. Sin duda, comprendería que semejante historia nos iba a distraer.
—Es posible. —En cualquier caso, no me convencía. Semejante plan no cuadraba con la Bona Claret que yo recordaba—. Debo confesar, sin embargo, que me ha parecido que decía la verdad, padre, a juzgar por lo que conozco de su manera de hablar. Aunque, claro, puedo estar equivocado…
Casi esperaba que me diría «lo estás, probablemente», u otra réplica igual de punzante, pero no hizo más que seguir mirándome con atención, como miraría uno un fresco maravilloso o una escritura ilegible. Por fin, mencionó el nombre de Munda Giraud y me preguntó si lo conocía.
Reconocí que sí, pero no dije que mi conocimiento era consecuencia de mi amistad con Beatrice Rascas. Beatrice había comprado El Gallo Negro a Munda. El último plazo de la deuda se había pagado poco antes de la defunción de la vieja. Beatrice me había contado que antes de la compra había pagado un alquiler por la taberna durante años y que, pese a que la anciana había intentado siempre exprimirla al máximo, había sido una casera justa, aunque un poco testaruda y porfiada. Salvo esto, nada más sabía de ella.
—Tenía propiedades —informé al padre Amiel—. No sé deciros más.
—¿No era la señora a la que cortejabais cuando Bona os conoció?
Al escucharlo, solté una carcajada de sorpresa.
—¡No! —exclamé—. ¡No, en absoluto!
Estuve a punto de decir que las viejas eran carne dura para un joven, pero recordé a tiempo que no estaba en El Gallo Negro. Me contuve y le aseguré que no había conocido nunca a Munda Giraud.
—Está bien —asintió y, frotándose los ojos, estiró los músculos de la espalda y llamó a declarar a Fulques Fuille.
¿Recordáis a Fulques? Ya he mencionado en algún momento que era el amanuense cuya admiración por el padre Guillaume lo había empujado a imitar incluso los vicios más secretos de éste. Por eso, tal vez, era de esperar que, cuando apareció, su aspecto resultara repelente. Lo miré y pensé: «Sí, éste no es trigo limpio». Calculé que le llevaba varios años de edad a Aimery de Sorgues y lo estudié con detalle. Era un hombre joven, desgarbado, hosco y huidizo, de huesos grandes y manos poderosas de herrero, pero al que las vigilias y ayunos de su vocación clerical habían dejado pálido y descarnado. Con todo, supuse que aún era bastante fuerte, físicamente; lo suficiente, al menos, para someter al pobre Aimery. A pesar de su tez áspera, tenía facciones regulares y aprecié que, como había declarado Aimery, era más atractivo que el padre Guillaume, aunque sólo fuera por su menor edad. Tenía los dientes extraordinariamente sanos y regulares.
Fulques prestó juramento y no cruzó su mirada con la del padre Amiel hasta que éste le ordenó que le mirase a la cara. Cuando el dominico le requirió que describiera las circunstancias de la muerte del padre Guillaume, el declarante explicó con brusquedad que había despertado al oír el grito de Aimery y que se había encontrado con el terrible espectáculo de la sangre derramada en las sábanas. Rechazó que algún miembro de la casa del camarero tuviera motivos de queja contra el asesinado, por lo menos que él supiera, y luego expuso, con gesto de fastidio, ciertos detalles de los demás amanuenses. Renaud Lizier, explicó, era arisco y pedante y tenía un brazo deforme. Aimery de Sorgues era endeble y Josserand de Ponte era bastante buena persona, aunque un poco presumido.
—¿Alguno de ellos podría haber matado al padre Guillaume? —preguntó el dominico.
—Claro que no.
—¿Por qué? ¿Porque era un buen amo?
Fulques emitió un bufido de impaciencia con el que parecía dar a entender que era de estúpidos esperar buen trato de alguien de posición y que la pregunta del padre Amiel era casi ridícula.
—El camarero de Su Eminencia nos alimentaba, nos vestía y siempre tenía encendido el fuego —fue su respuesta, acompañada de un gesto que era casi despectivo—. Le teníamos en bastante estima.
—¿Sabéis si el padre Guillaume tenía enemigos fuera del círculo de sus servidores?
—Pues sí —murmuró Fulques, pero no parecía dispuesto a ampliar el comentario sin que le instaran a hacerlo. Creo que oí un suspiro apagado del dominico antes de que éste le preguntara si sabía quién, en concreto.
—El médico del cardenal —explicó entonces, con toda la chabacanería de que era capaz—. El padre Guillaume y él siempre andaban a la greña.
—¿Los oísteis discutir?
—No. El doctor no visitaba nunca al padre Guillaume. Eran como gallos de pelea: no podían ocupar la misma estancia sin lanzarse el uno al cuello del otro. Pero conozco bien las cartas que se escribían: Masseo siempre andaba revocando las órdenes del padre Guillaume. Si éste especificaba velas de sebo, Masseo las pedía de cera. Entonces, el padre Guillaume insistía en que Masseo las pagara de su bolsillo y éste se negaba, y el padre Guillaume le retenía el salario y… ¡ah! —Soltó una breve carcajada melancólica—. ¡Cómo se odiaban mutuamente! ¡Como marido y mujer!
—¿Masseo di Vico amenazó alguna vez al camarero?
—Amenazó con prescindir de sus servicios.
—Pero ¿no con matarlo?
—No, que yo recuerde.
—¿Cuánto tiempo habéis estado al servicio del padre Guillaume, hijo mío?
Siguió a esto un resumen bastante fragmentario de la vida de Fulques Fuille, del que se alcanzaba a deducir que era subdiácono, que sólo destacaba como copista y que había servido al padre Guillaume durante cinco años, mucho más que cualquiera de los demás amanuenses o que el propio escribano, Lothaire Lagarrigue. El padre Amiel, al conocer la duración de su servicio, le comentó que, por consiguiente, estaba en buena posición para hablarle de otros enemigos que pudiera haberse hecho el difunto a lo largo de aquellos cinco años. Fulques, sin embargo, se mostró muy poco colaborador.
—No —dijo, y yo me pregunté si era descortés a propósito o si tenía por costumbre mostrarse tan seco.
—¿No queréis decírmelo o no sabéis de nadie? —preguntó el monje con un comedimiento encomiable.
—No hubo ninguno.
—¿Estáis seguro?
—Por completo. Esperad… Excepto un litigio con cierto caballero. Pero eso fue antes de mi llegada.
Yo empezaba a familiarizarme con el lenguaje gestual del padre Amiel, y escuché un roce y noté una tensión en el cuerpo que tenía a mi lado que me indicaron que el litigio que acababa de mencionarse despertaba vivamente su curiosidad. Por lo demás, nada en él dejaba translucir tal interés. Su rostro, desde luego, permaneció del todo inexpresivo.
—¿Qué caballero es ése? —preguntó al testigo.
—Nadie que yo conozca —replicó Fulques.
—¿Recordáis su nombre?
—Nunca lo he sabido.
—Pero ¿sabéis dónde vive?
—No.
—¿Quién os habló de él?
—El padre Guillaume. Estaba vanagloriándose de las derrotas que había causado a sus enemigos. Él siempre se impuso a sus enemigos.
—¿Tenía muchos?
—Cuando mencionó al caballero, hablaba del doctor.
—Entiendo. —Una pausa—. ¿Y vos, hijo mío? ¿Tenéis muchos enemigos?
—¿Yo? —El testigo se sobresaltó—. No.
—¿No hay nadie que os desee mal?
—¿Por qué? —Sin esperar una respuesta (que no habría sido cordial, en cualquier caso), Fulques continuó, con cautela—: ¿Es que alguien me ha estado difamando? ¿Se trata de eso?
—Responded a la pregunta, os lo ruego.
—¡Yo no maté al padre Guillaume!
—Pero sodomizasteis a su amanuense personal.
Fulques exhaló un jadeo y boqueó en busca de aire. Lo sé porque levanté la vista un instante y lo vi hacer esfuerzos por respirar.
—¡Yo… yo no fui! —exclamó.
—Aquí tenemos testimonios de lo contrario —apuntó el padre Amiel.
—¡Pues miente!
—¿Quién?
—¡Aimery de Sorgues!
—¿He dicho yo que el testimonio lo diera Aimery? —Cuando el declarante volvió a boquear como un pez fuera del agua, el padre Amiel fingió consultar las páginas que tenía delante. Oí cómo las pasaba y las volvía a pasar. Finalmente, hizo un comentario—: Aquí se habla del anterior amanuense personal del camarero, un tal Simon…
—¿Simon está aquí?
—Tenemos muchos testimonios. —Reconozco que no pude sino admirar cómo maniobraba el padre Amiel para crear una determinada impresión sin llegar a mentir abiertamente. Lo hacía con una astucia increíble. En cuanto a si era una conducta apropiada en un monje, eso no os lo sabría decir—. ¿Sabía el difunto que sodomizabais a sus amanuenses? —continuó el dominico con toda tranquilidad, como si hablara de un hábito corriente, como escupir o rascarse.
—¡Yo, no! —exclamó Fulques a gritos.
—También descargasteis vuestra emisión en ellos inter femora, es decir, entre sus muslos, y les hicisteis satisfacer vuestros deseos con los labios. —Aparentando que leía los folios, el dominico citó de memoria a Aimery de Sorgues—: Según un testigo, una vez le preguntasteis «si el padre Guillaume le penetraba alguna vez el ano con el dedo, como vos».
—¡No es verdad! ¡Todo son mentiras! ¡Todo lo que decís es falso!
—¿Todo?
—¡Todo!
—Entonces, ¿no creéis que el padre Guillaume sodomizaba a Aimery de Sorgues?
Se produjo un breve silencio. Fulques, observé, estaba despeinado y congestionado, y el sudor hacía que su piel brillara. El padre Amiel parecía esculpido en piedra.
—No —respondió, por último—. No lo creo.
—Pues escuchad este testimonio. Es muy rotundo.
El dominico se incorporó y empezó a deambular por la estancia, dando vueltas en torno a Fulques como un perro alrededor de un venado herido. Llevaba consigo un pliego de folios y aparentaba leerlos de forma tan convincente que yo mismo me lo hubiera tragado de no haber sabido que no veía.
—Fijaos en esto —apuntó—. ¿Cómo va a ser mentira? Aimery nos dice que «el padre Guillaume me empujó la cara contra la cama. Después me levantó el faldón y me desató los calzones. Posando una mano en cada una de mis nalgas, las separó y…».
Pero no ofenderé vuestros oídos con la repetición de cuanto dijo el padre Amiel a continuación. Sólo os confiaré que describió con el más brutal y prolongado detalle —y con una expresividad casi indecente— cada gemido, cada caricia, cada emisión y cada postura de un episodio de fornicación que incluso yo consideré un encuentro épico. Os preguntaréis cómo aquel hombre de Dios era capaz de imaginar tales actos. En aquellos momentos, yo me hice la misma pregunta y pensé, el Señor me perdone, si estaría hablando la voz de la experiencia. Pero luego se me ocurrió que era un fraile avezado que debía de haber escuchado muchas confesiones, y que los frailes son propensos a pecar contra natura, aunque sólo sea porque tienen prohibido hacerlo de la manera más habitual.
Yo iba tomando nota apresuradamente de toda la inmundicia que salía de su boca (preocupado, mientras lo hacía, de si no debería dejar de escribir, tal vez, o cambiar sus expresiones por otras más apropiadas), cuando me sobresaltó un alarido y, al levantar la cabeza, vi que el padre Amiel se había lanzado sobre Fulques Fuille y lo agarraba de la entrepierna.
—¡Ajá! —exclamó el monje—. ¡Lo imaginaba!
—¡Soltad! —La voz del testigo era un chillido—. Pero ¿qué hacéis?
—¡Tenéis una erección! ¡Todas estas perversidades os excitan!
—Yo… yo…
—¡No lo neguéis! ¡Tengo la prueba aquí, en mi mano!
Amigos míos, ¿no os habéis quedado mudos de asombro? ¿No os mueve a admiración este frailecillo y su brillante plan? Yo, queridos, me quedé paralizado de pasmo… aunque también tuve ganas de echarme a reír a carcajadas. Sin embargo, contuve el impulso de darme palmadas en las rodillas y se me pasaron rápidamente los deseos de lanzar bravos y vítores al padre Amiel, cuando éste añadió:
—¡Venid, Raymond! ¡Venid y tocad esto! ¡Habéis de ser mi testigo!
—¡Está bien! —bramó Fulques y, dando un salto, empujó al fraile para apartarlo —. ¡Está bien, sí! ¡Lo hice! Soy sodomita y vos, padre, deberíais saberlo… ¡porque también lo sois!
Creedme, amigos míos, si os digo que entonces intentó agarrar los virilia del monje. Mi asombro fue tal que me levanté demasiado tarde para impedírselo, pero al no encontrar nada tumescente entre los muslos del padre Amiel, retiró la mano (casi como si se quemara) y se apartó.
—¡Oh! —exclamó—. Pero…
—¡Puerco lujurioso! —Me sentía dividido entre la cólera y la diversión—. ¡Aparta esa mano del monje!
Fulques, sin embargo, no me prestó atención.
—¡Pero tenéis que serlo! —continuó, balbuciente, dirigiéndose al padre Amiel—. Del modo que estabais leyendo…
—Sodomizasteis a Aimery de Sorgues —lo interrumpió el dominico.
—Sí, pero…
—Sabíais que el padre Guillaume también lo hacía. Conspirasteis para matarlo porque estabais celoso.
—¿Celoso? —farfulló el declarante—. ¿Celoso? —De repente, desapareció su confusión y empezó a gritar y a agitar los brazos—. ¡Guillaume se me acercó y me dijo: «Tenéis que probar al neófito»! ¡Él quería que me acostara con ese tonto! ¡Insistía en que lo hiciera!
—¿Por qué?
—¡Porque estaba orgulloso de lo que tenía! ¡Le gustaba oír cómo alababa sus gustos! Y le gustaba que le contara lo que hacíamos juntos, Aimery y yo.
Sospecho que esta confesión quizá desconcertó un poco al padre Amiel. En cualquier caso, no replicó y volvió a su asiento bastante despacio. El testigo también se sentó. Yo afiné rápidamente la pluma y la cambié de mano mientras Fulques, hundido de hombros, me miraba con ojos inyectados en sangre.
—¿El padre Guillaume os sodomizó alguna vez a vos? —fue la siguiente pregunta del dominico, que tuvo por respuesta un bufido endeble y un breve «no».
—Entonces —continuó el padre Amiel—, ¿cómo os conocía tan bien que os «ofreció» al «neófito»?
—Porque éramos amigos. Cuando supo lo que andaba haciendo con Simon, empezó a hablar conmigo. Hablábamos de muchas cosas.
En la voz apagada de Fulques había una nota inconfundible de orgullo.
—De cosas pecaminosas.
—¡Todos somos pecadores! —ladró de pronto el amanuense—. ¡Vos, padre, tanto como yo!
—Tal vez. —El padre Amiel le concedió aquel punto—. ¿Decís, pues, que el padre Guillaume confiaba en vos?
—Sí.
—¿Como compañero pecador?
—Sí.
—Pero vos no erais su igual en el pecado, amigo mío —puntualizó el monje con un leve, levísimo, desprecio—. No le igualabais en nada. ¿Por qué había de teneros tanta confianza?
Fulques emitió un bufido de disgusto.
—¡Bah! —exclamó, visiblemente más perturbado—. ¿Qué vais a saber vos, en cualquier caso?
—Muchas cosas. Muchísimas cosas del padre Guillaume de las que no tenéis idea.
—Bobadas.
—Éste códice, por ejemplo. ¿Lo conocéis, hijo mío?
No tuve que levantar la cabeza para saber de cuál hablaba: era el que contenía el libro de conjuros del difunto camarero.
—¡Claro! —dijo Fulques, desafiante.
—Entonces, decidme qué es esto.
—El Ensayo sobre el Anticristo, de Adso de Moutier en Der; el Policraticus, de Juan de Salisbury, y… y… —titubeó.
—Y otro libro.
—Sí.
—Que estaba prohibido para vos.
—¡En absoluto! —replicó Fulques, chasqueado—. ¡He visto el libro! ¡Sé lo que contiene!
—¿Escribisteis algo en él?
—No.
—¿Os contó el padre Guillaume quién lo hizo?
—No, no. —El amanuense lo dijo como si lo distrajeran mil preocupaciones—. Pero creo que tal vez… Supongo que él mismo pudo anotar algo.
—Lo hizo —corroboró el padre Amiel—. Escribió una fórmula junto a un conjuro amoroso. ¿Ése hechizo era para él, hijo mío, o para vos?
—Para él.
—¿Para conseguir los favores de Gaillard, el escudero del cardenal? Fulques puso cara de perplejidad. Durante la pausa que siguió, pude levantar la vista del texto para observar cómo miraba al padre Amiel. Por primera vez, en su rostro había una sombra de miedo.
—¿Cómo sabéis eso? —inquirió.
Pero el dominico, como ya os he dicho antes, no solía contestar a las preguntas. —¿Alguna vez visteis al padre Guillaume hacer un anillo de plomo?— inquirió en respuesta. —¿Os pidió alguna vez que le ayudarais a llevar a cabo sus actos de nigromancia?
El amanuense permaneció callado unos instantes. Recorrió la estancia con la mirada y se pasó la mano por la boca con gesto nervioso. Tal vez empezaba a lamentar su testimonio anterior, pues al fin, con voz trémula, declaró:
—No soy hechicero.
—Decid mejor que no os habéis iniciado en la brujería, amigo mío.
—Sólo hice lo que me mandaba. A veces, el padre Guillaume me decía que hiciera algo: despellejar una liebre, comprar plomo… Yo cumplía lo que me ordenaba.
—Pero conocíais el propósito de esos encargos. Habéis dicho que el camarero confiaba en vos.
—Yo… Él… Yo estaba a su servicio, ¿entendéis? Lo respetaba, y me dijo que ciertas personas podían hacer ciertas cosas. ¡Era un clérigo, padre! —De pronto, inesperadamente, Fulques empezó a darse furiosos golpes en los muslos, con el puño cerrado—. ¡Oh, Dios, Dios! —clamó—. ¿Qué he hecho? ¡Dios se apiade de mí!
—Dios os ayudará si contáis la verdad —le aconsejó el padre Amiel con voz más suave que el plumón—. Decidme todo lo que sabéis sobre las prácticas de hechicería del padre Guillaume. Decidme qué pecados os impulsó a cometer.
—¡Maldición! ¡Ah, maldición!
—Contad.
Y allí mismo, para mi infinita sorpresa, Fulques se lo contó. Confundido por la maraña de engaños en la que estaba atrapado, el amanuense quizá no vio otra manera de liberarse de ella que hacer una confesión completa y sincera. Tal vez pensó que diciendo la verdad convencería al padre Amiel de su inocencia en el asunto de la muerte del camarero del cardenal. Fuera cual fuese el motivo, resumió con voz entre cortada su complicidad en la realización del hechizo de amor y en la muerte del perro cuya sangre se empleó para proteger de todo mal la casa del padre Guillaume.
Me pareció que Fulques había jugado un papel muy pequeño y servil en el encantamiento, pues en ningún momento se le había pedido que entonara cánticos, que leyera fórmulas rituales o que hiciera nada que no fuera limpiar y recoger lo que quedaba en desorden y proveer lo necesario. Con todo, era tal su sentimiento de culpabilidad que le daba motivos para tener miedo y, como no era del todo tonto, su actitud desafiante del principio había dado paso a una inquietud que lo tenía tembloroso. Abatido bajo el peso de sus pecados, se puso cada vez más nervioso mientras explicaba que él había seguido el ejemplo del camarero, pues era un hombre débil y fácil de convencer, y que sólo necesitaba la guía y el consejo de un confesor puro y virtuoso.
—No lo dudo —asintió el dominico en tono cansino—. ¿Estáis seguro de que el padre Guillaume no confiaba en los demás amanuenses de la casa?
—Salvo en Aimery, creo que no. Pero, padre…
—¿Y ninguno de esos otros amanuenses compartía vuestras perversiones libidinosas, que vos sepáis?
—No, padre. Yo…
—Gracias, hijo mío. Ya hemos terminado.
—Pero…
—Podéis iros.
Cuando el declarante se retiró, lo hizo tambaleándose, como si acabara de recibir un golpe en la cabeza y aún estuviera aturdido. Con un bostezo, el padre Amiel empezó a recoger los papeles. Fulques todavía no había salido de la estancia y el dominico ya parecía haber olvidado la propia existencia del desventurado amanuense.