El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 31 de 45

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El escribano

Canto VII

—Raymond.

La voz disipó mis sueños. Con un respingo, me incorporé en el lecho. El padre Amiel estaba de pie junto a la cama, inclinado sobre mí.

—¿Eh? —murmuré mientras él se retiraba unos pasos.

—Raymond, levantaos. Ya es media mañana.

—Hum… —Me aparté los cabellos de la cara y se me ocurrió que debía de presentar un aspecto desaseado y espantoso, puesto que el monje ya había retrocedido hasta el mismo quicio de la puerta—. ¿Padre Amiel?

—Masseo di Vico ha encontrado representante legal y me propongo interrogar directamente a su hijo. Venid a mi celda cuando os hayáis vestido y saldremos hacia la prisión. —Hizo una pausa y añadió—: ¿Raymond?

—¿Sí?

—Daos prisa, por favor.

Todavía adormilado, busqué a tientas la ropa, me levanté de la cama y me dirigí a las letrinas dando tumbos. Una vez aliviado de un apuro especialmente apremiante, me encaminé a la celda del padre Amiel, donde humedecí la lengua con unas gotas de agua. Debo deciros que me sentía algo taciturno, aunque la noche anterior no había probado el vino. El padre Amiel, por el contrario, estaba más activo que una ardilla. Antes de echarse al hombro una bolsa de objetos que denominó «pruebas materiales», me entregó unos documentos para que los llevara.

—He estado pensando en Durand Rouiard —comentó tan pronto nos pusimos en camino—. Me preguntaba cómo debería proceder contra él.

Mi respuesta fue un gruñido.

—Podría emitir una citación —continuó el fraile, ajeno, al parecer, a mi paso cansino, a mi gesto agrio y a mi semblante desconsolado—, pero se me ocurre que entre los dos podríamos tenderle una trampa y, de este modo, ponerlo en tal compromiso que se vea obligado a decir la verdad.

Animadamente, resumió su plan, que dependía de mi voluntad de participar. Quería que me reuniera con Rouiard y le dijera que había reconocido su escritura en el libro de nigromancia de Guillaume Monier. También tenía que decirle que no había informado del hecho al padre Amiel, pero que lo haría si no obedecía mis deseos.

—Debéis decirle que queréis hacer un hechizo —explicó el fraile sin alzar la voz —. Pedidle que se reúna con vos en cierto lugar, a una hora fijada, para hablar de lo que deseáis. Si Rouiard teme las consecuencias de lo que habéis averiguado, aceptará colaborar en lo que le pedís.

—Pero ¿para qué habría de querer yo un hechizo? —La cabeza todavía me funcionaba despacio—. ¿Por qué razón?

—Oh, existen muchas. Tal vez una de vuestras amigas está preñada y queréis librarla del feto…

—¡Padre, no!

—De acuerdo, tal vez no. —Al padre Amiel se le escapó una leve, levísima manifestación de sorpresa, una vibración apenas perceptible de los párpados, ante la rotundidad de mi protesta—. Raymond, no insinúo que seáis de verdad capaz de abrigar intenciones tan abominables, pero para los propósitos de la celada que prepararemos…

—¡No!

—Está bien. —Hizo un breve alto, como si reflexionara, y añadió—: Entonces, decidle que queréis hacer un conjuro contra vuestro hermano. Contadle que os ha echado de casa y que deseáis vengaros de él.

—Vengarme, ¿cómo?

El monje hizo un gesto de impaciencia.

—Hay muchos tipos de venganza —respondió—: La muerte, la enfermedad…

—¡Oh, no!

—Raymond, no os pido que formuléis de verdad una maldición a vuestro hermano —insistió él con una sonrisa, como si mi respuesta le divirtiera por algún misterioso motivo—. Sólo os sugiero que inventéis una excusa convincente.

—¡Pero yo jamás querría causar la muerte de mi propio hermano! —protesté, airado.

—Entonces, ¿qué le haríais, si tuvierais la ocasión?

—Yo… yo…

—¿Arruinarle el negocio?

—¡Oh, no! —repetí, escandalizado—. ¿Qué sería de mi madre, entonces? ¿Y de mis sobrinos?

El padre Amiel seguía sonriendo, pero su expresión tenía algo de taimada. Murmuró algo acerca de mis principios cristianos y de mi corazón tierno y comentó que, con mi reacción, le acababa de dar una lección de caridad y de humildad. «Al que te abofetea en la mejilla derecha, muéstrale también la otra», concluyó.

—Padre…

—No, no. Te comprendo. Tienes que sentirte cómodo en tu papel.

Después de darle más vueltas al asunto, el dominico sugirió que me presentara como víctima de un amor no correspondido. Debía pedir a Rouiard que preparara un hechizo para conseguir los favores de una dama a la que deseaba apasionadamente. En este punto, me traicionó mi agudeza de borrachín: antes de que el padre Amiel pudiera añadir nada más, sin detenerme un instante a reflexionar, repliqué que para tales cuestiones no tenía necesidad de conjuros.

Cuando me oyó, el fraile se volvió y me traspasó con una mirada que me produjo un escalofrío de pies a cabeza.

—Lo siento, padre —musité y levanté el brazo como para protegerme de un golpe —. Lo siento.

—Disculpad si parece que denigro vuestros irresistibles encantos —dijo él con voz tan dulce que casi me causó dolor de muelas—. Sin embargo, como todo el mundo parece conocer vuestro gusto por las mujeres…

—Sí, claro. Quedaría muy apropiado. Resultaría convincente.

—En efecto. —Con cierta aspereza, el padre Amiel planteó que debía de haber en Aviñón una mujer, por lo menos, de cuyos favores no hubiera disfrutado y que pareciese fuera de mi alcance—. Contadle a Rouiard que la deseáis —añadió—. Decidle que os morís por ella.

—Pero el libro del camarero contiene muchos hechizos de amor —apunté—. ¿Por qué habría de necesitar la ayuda de Rouiard, si tengo el libro?

—Porque no lo tenéis vos, sino yo. Está bajo mi custodia y no os permito que lo veáis. Por eso necesitáis su ayuda.

El fraile procedió a describir cómo debía conseguir que Rouiard me asegurara su colaboración, así como todas las instrucciones acerca de anillos mágicos, figurillas, elixires y encantamientos que pudiera proporcionarme. En este encuentro, yo no correría ningún riesgo de salir malparado, ya que el propio padre Amiel lo estaría presenciando desde algún lugar discreto. Una vez Rouiard se hubiera implicado de pleno, el dominico aparecería y le acusaría de sus pecados.

—Le prometeré apiadarme de él si me ofrece un testimonio completo y veraz de la participación de Pierre-Julien Fauré en esta curiosa conspiración. Y, por supuesto, del papel que en ella jugaba Guillaume Monier. No tendrá motivo para callarse nada.

—Padre…

—Debemos pensar un buen lugar para el encuentro. Un rincón donde los dos podáis estar a solas y donde yo pueda esconderme.

Tras esto, el padre se sumió en sus pensamientos, mientras yo, con un vuelco del corazón, comprendía cuál iba a ser mi destino. No tenía el menor deseo de llevar a cabo aquella pantomima. No me imaginaba fingiéndome el amante desconsolado con un nudo de miedo en el estómago. Tal vez sea una exageración por mi parte decir que no sé mentir, pero juro por las Sagradas Escrituras que no me siento cómodo con los engaños. Cuando miento se me acelera el pulso y me sudan las manos, sobre todo si cualquier desliz por mi parte puede tener graves consecuencias.

Por supuesto, a mi hermano le había contado más de una falsedad, pero sólo porque no me quedaba otra salida. Me vino a la cabeza esta reflexión mientras pasábamos por la calle de la casa de mi familia, y, sin darme cuenta de que lo hacía, aflojé el paso. Me descubrí contemplando la calle embarrada y diciéndome que tal vez Arnaud habría salido de casa para atender sus asuntos. Si mi madre estaba sola, quizá me escucharía y estaría dispuesta a perdonarme como en tantas otras ocasiones…

—¡Raymond!

Con un sobresalto, advertí que me había detenido y que el padre Amiel me había sacado varios pasos de ventaja. A regañadientes, reemprendí la marcha hasta llegar a su altura.

—Pobre Raymond —comentó—. Qué fácil resulta lastimar un corazón sensible.

Respondí, con un murmullo, que me gustaría hablar con mi madre. Ella no me detestaba; todo era cosa de mi hermano.

—En ese caso, si vuestra madre le permite que la indisponga de esta manera contra vos, debe de sentir predilección por él. —Al ver que me dejaba cortado con esta observación, que se fundamentaba en una creencia que yo siempre había compartido, el padre Amiel añadió—: Raymond, yo tuve una bendición en mi familia. A mi padre le ofendía el mero hecho de que yo existiera, pues era un niño débil y enfermizo, lleno de miedos. Me hacía dormir con los perros y me daba tales palizas que me rompió más de un hueso. Mis hermanos también se burlaban de mí y mi madrastra me despreciaba. Tuve una hermana que me quería, pero fue a reunirse con Dios cuando era muy joven. Pues bien, de todo esto doy gracias.

—¿Dais gracias? —me sentía entre la conmiseración y la cólera—. ¿Cómo podéis sentiros agradecido?

—Porque al privarme del amor de mis parientes, Dios me mostró dónde estaba mi verdadera familia. Encontré incontables hermanos en la orden de Predicadores. Encontré un padre en Dios; un padre que me ama más de lo que podría hacerlo ningún progenitor mortal. Y como mi corazón no estaba atado por vínculos de amor a los de mi propia sangre, pude entrar libremente en el amor de Dios. Pues Jesús dice: «Quien ame más a su padre y a su madre que a mí, no es digno de mí».

—¡Hum…!

Decaído y malhumorado como me sentía, quise gritarle que, como él era perfecto, no podía imaginar lo que representaba la vida para quienes estábamos maldecidos con un alma humana corriente. Sin embargo, logré contenerme y me limité a comentar, con encomiable moderación, que como no me proponía hacerme monje, no encontraba un gran consuelo en el rechazo de mi familia.

—Todos necesitamos amor —concluí.

—Y Dios nos ama a todos —replicó el padre.

—¡Oh! —me impacienté—. ¡A vos, padre, seguro que sí! ¿Cómo no iba a hacerlo? Pero mi caso es muy distinto. ¡Yo no soy una oveja, sino una cabra!

—Tal vez seáis un hijo pródigo.

—¡Bobadas!

—Una oveja descarriada, no una oveja negra.

—Padre, he llevado una vida licenciosa, una existencia libidinosa… ¡No soy como vos!

—No, pero tal vez seáis como san Agustín.

Al oír aquello, no pude reprimir una carcajada. ¡San Agustín! La comparación era ridícula.

—Padre —respondí—, ¿intentáis hacer de mí un monje?

Lo dije en broma, pero el dominico me lanzó una mirada penetrante y, con tono pausado pero solemne, comentó que quizás estaba más cerca de Dios de lo que pensaba.

—¿Yo? ¡Qué va!

—Sí. Tenéis un corazón afectuoso, Raymond, y las Escrituras nos dicen: «Quien no ama, no conoce a Dios, pues Dios es amor». Habéis estado leyendo las Confesiones de san Agustín, ¿verdad? ¿Sabéis qué dice san Agustín del amor? Dice: «El amor al prójimo purifica los ojos del hombre para la visión de Dios».

—Pero…

—Sin duda, ha de haber una razón para que Dios os haya dado un corazón tan tierno y bondadoso. Reflexionad sobre ello, hijo mío. Reflexionad. No diré más.

Y, cumpliendo su palabra, no volvió a hablar; por lo menos, durante un buen rato. El resto del recorrido transcurrió en silencio: mientras yo me debatía entre emociones contradictorias, el padre Amiel, con expresión ceñuda, parecía reconcentrado en sus pensamientos. Cuando llegamos a la prisión, pidió que compareciera, ante él Girolamo di Vico, y siguió a su solicitud una larga espera mientras se iba a buscar al abogado del declarante. Durante este retraso, el padre Amiel me preguntó por El Gallo Negro. Creía recordar que había una estancia en el piso de arriba. ¿Era una alcoba privada? ¿Contenía alguna cama grande, con patas?

—Sí —respondí.

—¿Y podría esconderse debajo de ella un hombre de talla menuda, como yo?

—¡Oh, padre! —La idea me llenó de zozobra—. ¡El Gallo Negro, no! Padre, no puedo reunirme con Durand Rouiard en la alcoba de Beatrice.

—¿Por qué no?

—Porque… ¡Porque debería pedirle permiso!

—¿Y ella os lo daría?

—Tal vez. Pero quizá querría algo a cambio.

Así lo dije, pero no lo pensaba, pues estaba seguro de que Beatrice no me exigiría pago alguno a cambio de su hospitalidad. Sable todo, me frenaba la vergüenza que sabía que pasaría al hacerle tal petición. Sería aprovecharme del afecto que me tenía.

—Entonces, se lo pediré yo —anunció el fraile.

—¡Oh, no!

—¿Porqué no?

¿Que por qué no? Porque se me encogía el alma sólo de pensarlo.

—Bien… Beatrice no hará lo que sea por vos, padre. No os tiene mucho aprecio, me temo.

Si esperaba desanimar al padre Amiel con aquella información, andaba errado. La valoró fríamente durante unos instantes y la desechó.

—Le ofreceré dinero —dijo.

—¡No! Padre…

—¿Qué? —Me miró y frunció el entrecejo—. ¿Qué objeciones tenéis, maese Raymond? ¿Ésa taberna es terreno sagrado para vos porque habéis derramado vuestra semilla en ella?

—No… no… —balbucí, sonrojándome.

—Entonces, ¿qué os sucede?

—Nada —capitulé—. Yo hablaré con ella. Se lo pediré.

—Como mucho, cabe que se niegue.

—Sí.

—Y podría salir beneficiada de su buena obra.

Así lo esperaba. Por lo menos, esperaba que si Beatrice accedía a nuestra propuesta, el padre Amiel la mirase en adelante con más consideración. Pero era un monje, pensé, y los monjes recelan tanto de las mujeres…

Sumido en estos pensamientos, estaba afilando las plumas cuando llegó por fin Girolamo, acompañado de un abogado eclesiástico que era pura grasa. Jamás he visto un hombre tan orondo, os lo aseguro. Su cintura era asombrosa; el padre Amiel y yo volvimos la mirada a la vez hacia las banquetas que nos habían proporcionado los carceleros, preguntándonos si dos de ellas, juntas, bastarían para sostener su peso.

Aunque grueso, el hombre no era en absoluto lento. Tras presentarse como Aribert de Saint-Fénix, exigió de inmediato conocer las acusaciones que se hacían a su cliente. Cuando el padre Amiel le informó de ellas, pidió el nombre de los acusadores de Girolamo. Al conocerlos, dijo que Bona Claret no era una testigo fiable porque había sido despedida de su trabajo y, por tanto, tenía motivos para perjudicar a Masseo di Vico y a su familia.

—¡Ah! —le interrumpió el fraile—, pero la mujer presentó estas acusaciones contra vuestro cliente antes de que la despidieran.

—¿Quién lo dice?

—Lo dijo yo. Aquí tengo las transcripciones.

—Aun así, era hostil a la familia.

—Tendréis que demostrar eso, hermano.

—Lo haré, lo haré. Y también demostraré que Tibaldo Canigiano no os entendía cuando lo interrogabais. Ése hombre, padre, no comprende el provenzal, ni el latín. Sólo habla la lengua de la Romagna.

—Yo también la conozco —replicó el padre Amiel sin alzar la voz—. Lo interrogué en su idioma.

—Pero ¿habláis bien su dialecto? —quiso saber Aribert—. Argüiré que Tibaldo os entendió mal, padre, y que vos lo malinterpretasteis a él.

El padre Amiel miró con ira al abogado.

—Mi escribano, ese día, era un natural de Roma —replicó en un tono tan melifluo que me causó escalofríos—. Si tenéis alguna duda sobre mi dominio de la lengua romana, deberíais preguntarle a él.

—Lo haré. Le llamaré para que deponga como testigo. También llamaré a los demás sirvientes de Masseo di Vico, que testificarán que Bona Claret estaba dispuesta a destruir a su amo.

—Como deseéis. —Desde su asiento, el padre Amiel exudaba un aire manso y complaciente capaz de engañar a cualquiera que no le conociese bien—. Pero antes de que lo hagáis —continuó—, tengo aquí varios objetos que he traído de la casa de vuestro diente y que éste debería examinar, quizás, antes de que llaméis a ningún testigo, puesto que constituyen pruebas materiales contra él y contra su padre.

De evidente mala gana, el abogado asintió. Desearía, creo, familiarizarse con todas las pruebas reunidas por el padre Amiel, para poder refutarlas mejor. Así pues, bajo la desconfiada mirada de Aribert, el dominico procedió a vaciar la bolsa de las pruebas lentamente, objeto a objeto.

—Esto —declaró— es un juego de pequeños cuchillos que estaban en la alcoba de Masseo. Los cuchillos pequeños, anzuelos y copas son utensilios de magia.

—También son instrumentos quirúrgicos —protestó Girolamo. Hasta aquel momento, el joven Di Vico había permanecido casi oculto tras la sombra de Aribert; cuando lo observé más detenidamente, me fijé en su parecido con Emilia. Los dos eran morenos y de baja estatura, con los labios carnosos y grandes ojos castaños, y tenían una manera de hablar muy expresiva. Calculé que tenía mi edad; tal vez era un poco más joven.

—¿Afirmáis, pues, que se trata de instrumental médico? —inquirió el padre Amiel.

—¡Claro que sí! ¡Preguntad a cualquiera!

—¿Y esto? Esto es plomo. Muchos hechiceros emplean plomo para confeccionar anillos mágicos.

—Y muchos médicos lo usan para hacer tablillas —replicó Girolamo—. Amuletos para la curación de enfermedades. ¿Es que no sabéis nada?

—Entonces, ¿también tiene finalidades médicas?

—¡Por supuesto!

El padre Amiel asintió. Sacó entonces unas hierbas y preguntó por el uso que se les daba y un fragmento de papel con la leyenda †ON LONA ONU ONI ONE ONU ONUS ONI ONE ONU. Girolamo explicó que las hierbas eran eficaces para el tratamiento de dolencias de los ojos e informó al padre Amiel de que la extraña inscripción se utilizaba con frecuencia para curar fiebres. El tono del joven Di Vico iba haciéndose cada vez más desenvuelto y condescendiente; percibí que su confianza iba creciendo conforme destruía una por una las deficientes pruebas materiales del dominico.

Pero cuando, finalmente, el padre Amiel le mostró una pequeña imagen de plata con forma humana, Girolamo palideció y perdió su aire presuntuoso.

—Esto fue encontrado en la casa de vuestro padre —le informó el monje. Lo que decía era una falsedad, como yo bien sabía. Una vez más, lo veía mentir con descaro. Bajé la mirada y me contemplé las manos para que mi expresión no revelara nada.

—No he visto nunca esa figurilla —declaró Girolamo con una displicencia nada convincente.

—¿Estáis seguro?

—Por completo.

—Tibaldo os vio sostener algo muy parecido.

—Os repito que no la había visto hasta hoy.

—Observadla con más detenimiento. —El padre Amiel hizo girar la figurilla ante los ojos del joven Di Vico—. Tomadla. Examinadla.

—No.

—Ved lo que hay escrito en su frente. Os sorprenderéis.

Una exclamación ahogada me hizo levantar la cabeza. Girolamo miraba fijamente la imagen que sostenía el padre. De repente, dio un salto y se la arrebató de las manos, diciendo:

—¡Ésta no es…!

—No es, ¿qué? —dijo el padre Amiel—. ¿No es la figurilla que fabricó vuestro padre?

—¡Mi padre no ha fabricado jamás algo parecido!

—Os creo.

Todos miramos con sorpresa al dominico. Éste continuó:

—Mirad la inscripción. Leedla. La figurilla lleva el nombre de vuestro padre.

—¿Qué? —Girolamo se quedó de piedra, paralizado, y miró al fraile con consternación. Así pues, fue Aribert, después de levantarse de su asiento con cierto esfuerzo, quien tomó la figurilla de los dedos crispados de su cliente y estudió el rostro toscamente modelado en el metal.

—MAS D. VICO —leyó—. AMAYMON.

—Amaymon es el nombre de un demonio —apuntó el padre Amiel—. EI signo del pecho es el símbolo de Saturno. Maese Girolamo, me parece que alguien intentaba matar a vuestro padre.

El joven, boquiabierto ante lo que oía, asistió a la protesta de su ceñudo abogado:

—¿Con esto? ¿Cómo?

—Es un artilugio de brujería. De magia infernal.

—¿Cómo podéis conocer tal cosa?

—Porque he descubierto ciertos libros que describen procedimientos en los que se emplean imágenes y encantamientos. —El padre Amiel sacó de su bolsa el códice de Guillaume Monier—. Éste tomo pertenecía al difunto camarero del cardenal Di Vico —continuó—. Es un libro de nigromancia. Como podéis ver, Monier escribió en él.

—¡El camarero! —la voz de Girolamo era un chillido estridente—. ¿Monier lanzó una maldición sobre mi padre?

—Eso es —respondió el dominico con un descarado desprecio por la verdad—. Incluso adquirió un veneno letal, zuccum de mapelo, creo que lo llaman, pero la muerte le alcanzó antes de que pudiera administrarlo. Para gran fortuna de vuestro padre —entrelazando las manos bajo el mentón, el monje dedicó una mirada compasiva al joven aunque no para vos.

—¿A qué os referís?

—¿No os habéis sentido enfermo, Girolamo? ¿O incapacitado en algún aspecto?

—¿A qué os referís?

Pero Aribert ya había recuperado la compostura.

—Esto ya ha llegado demasiado lejos —declaró repentinamente—. Todo esto es contrario al adecuado ordo iuris…

—¿El camarero hizo un hechizo contra mí? —preguntó Girolamo al dominico, haciendo caso omiso de su abogado—. ¿Una maldición? ¿De qué clase? ¿Qué hizo?

—Eso, hijo mío, no estoy obligado a revelarlo.

—¡Decídmelo!

El padre Amiel le dedicó una mirada desapasionada.

—Os lo diré —respondió al fin— si, en correspondencia, vos me contáis la verdad de vuestros actos pecaminosos.

—¡Girolamo! —El abogado agarró del brazo a su cliente—. ¡No digáis nada!

—Pero…

—No tenéis que hablar. Éstas acusaciones son infundadas. Puedo llamar a los testigos. Refutaré las acusaciones y saldréis libre. —A tirones, Aribert empezó a sacar a Girolamo de la estancia—. Vamos. Aquí no podemos conseguir nada más. Vámonos.

—Pero…

—¡Vámonos, Girolamo!

Observé al padre Amiel, cuya expresión era inescrutable.

—¡Os aconsejo que hagáis las paces con Dios, Di Vico! —exclamó mientras, al otro lado de la puerta, los carceleros arrancaban al desdichado joven de las manos del obeso letrado y se lo llevaban a una mazmorra húmeda y maloliente. Aribert levantó la voz en una protesta, pero el sonido se hizo más y más débil hasta que, por último, quedó engullido por la distancia.

Sólo cuando se hubo hecho un completo silencio se permitió el dominico una amplia y maliciosa sonrisa.

—Si no fuera fraile —me confió—, apostaría cincuenta libras tornesas a que volveremos a hablar con Girolamo antes de que termine el día. —Se puso en pie y empezó a recoger sus «pruebas materiales», devolviéndolas a la consabida bolsa—. Sin embargo, mi condición me impone que evite tentaros al pecado del juego, maese Raymond. Así pues, no es preciso que deseéis que me equivoque.

—No temáis por ello, padre —respondí.

—¡Ah! Entonces, ¿os merece confianza mi predicción?

—Claro, padre. Pero lo más importante es que no tendría con qué igualar vuestra apuesta.

El dominico soltó un bufido. Con el ánimo casi exaltado, se echó la bolsa al hombro y me indicó que dejara todos mis documentos donde estaban. Después de la colación, volveríamos allí para escuchar el testimonio de Girolamo.

De esto, no le cabía la más mínima duda.

—Padre, ¿dónde encontrasteis esa figurilla? —le pregunté—. ¿La encargasteis hacer vos?

—En efecto.

—¿Cuándo?

—El sábado.

—¿Con el propósito para el que ha servido hoy?

—¡Pues claro! —se quedó mirándome—. ¿Para qué, si no, iba a encargar hacerla, maese Raymond?

Estaba burlándose de mí. De un modo un tanto remilgado y monástico, pera lo estaba haciendo. Me desafiaba a reconocer que sospechaba que él mismo era un hechicero. En otro momento tal vez habría respondido de manera distinta, pero el respeto que me producía el menudo fraile me impidió tomar aquella pequeña melodía suya e improvisar sobre ella una serie de adornos fantásticos. Me impidió especular jovialmente sobre la identidad del hombre cuya vida deseaba ver truncada el dominico. En lugar de contestar, me limité a sonreír y a colgar los pulgares de mi cinto.

Ni siquiera puse en duda la moralidad de arrancar confesiones a base de pruebas falsas, pues ya había perdido la costumbre de dudar del padre Amiel en ningún aspecto.