El escribano
Canto X
¿Alguna vez habéis probado a entrar en un claustro, amigos míos? Como tal vez sabréis, es tarea difícil. Los monasterios están invariablemente protegidos por altos muros de piedra. Las puertas están dotadas de cerrojos, barras y porteros, y las ventanas, de postigos y rejas. Cuando me presenté en el priorato de los dominicos, la mañana siguiente a mi discusión con Rixende, fui interrogado no por un portero, sino por dos, además de por el monje que me condujo a una pequeña celda donde había un banco corrido. Me indicó que esperase allí (como habían hecho tantos, sin duda, antes que yo) y que me abstuviera de orinar, escupir o proferir blasfemias mientras aguardaba. El padre Amiel me atendería enseguida.
Todavía era muy temprano. El tañido de las campanas, que hacía temblar el suelo, me alertó de que el padre, probablemente, se disponía a rezar los oficios. Casi me llegó el cántico. Casi me alcanzó el olor del incienso. De hecho, el propio aire de aquel lugar me acobardó, pues parecía cargado con el peso de largos ayunos, de profesiones solemnes y de penitencias a las que sólo un monje se sometería. Si ya estaba nervioso, me sumí en la desesperación. ¿Cómo había llegado a imaginar que el padre Amiel mentiría para ayudarme? Era un tonto por haber pensado siquiera en proponérselo. Mi desánimo era tal que me levanté del duro asiento, y habría abandonado el priorato de inmediato si no hubiera entrado en la estancia, en aquel mismo momento, el padre Amiel.
Faltaría a la verdad si dijera que se mostró sorprendido. Como ya he señalado, el padre no era hombre dado a expresar sus sentimientos, fuera en palabras o en la disposición de su rostro. Sin embargo, su semblante parecía más despierto de lo habitual y no dijo nada cuando hubo cerrado la puerta tras él, muy suavemente. Se limitó a esperar con las manos ocultas en las mangas del hábito.
—¡Oh, padre! —musité—. ¿Podéis…? ¿Yo…? ¿Me oiríais en confesión?
Se me había ocurrido que, en calidad de confesor, no podría dar a conocer mi iniquidad… si tal era su deseo. En pocas palabras, lo que buscaba con ello era protegerme. Sin embargo, con sus ojos oscuros fijos en mi rostro, me respondió:
—Hijo mío, yo no soy sacerdote. No me corresponde oíros en confesión.
—¡Oh!
—Claro que, si queréis aliviar vuestra conciencia, os escucharé con mucho gusto. ¿Es eso lo que deseáis?
Titubeante, estudié sus facciones con la misma minuciosidad que él lo hacía con las mías. Me tranquilicé, pues no vi el menor asomo de amenaza en la mueca de sus labios, ni de desaprobación en su mirada. Estaba esperando, simplemente, con la divina paciencia de un monje. Tal vez, incluso, sentía cierta curiosidad.
Así pues, decidí arriesgarme a incomodarlo.
—Disculpad —empecé—, disculpad que me presente aquí, pero necesito vuestra ayuda. Estoy acosado por los problemas, padre. Me he metido en un embrollo.
—Sentaos —replicó él. Acto seguido, vino a sentarse a mi lado en el banco, de forma que quedamos hombro con hombro (mejor dicho, hombro con cuello, pues el monje no era hombre de gran estatura) y pude hablarle con más comodidad, sin mirarlo a la cara. Me alegré de ello y me satisfizo su manera de escucharme. Mientras le contaba mis cuitas, permaneció inmóvil, pero no le noté tenso ni desconcertado: su respiración era tranquila; su postura, relajada, y sus manos permanecieron ocultas en todo momento, por lo que no me distrajo su garbosa aparición.
En cuanto a mí, seguí sentado con la barbilla acunada entre los dedos entrelazados y los codos apoyados en las rodillas.
—He estado fornicando con una mujer casada —fue mi primera y descarnada declaración. No sé deciros cómo respondió el padre Amiel, aparte de que no dijo una palabra, pues en aquel momento tuve buen cuidado de evitar sus ojos y de clavar la vista en el suelo—. Lo hago a veces, cuando el marido no está en casa —continué—. Ayer, envió un portero a decirme que su esposo se había marchado, ¿lo recordáis? Estábamos a las puertas de la casa de mi madre, con Gaillard, y Jean Mignard acababa de irse…
—Me acuerdo —interrumpió el fraile. Su tono de voz no era severo, sino amable.
—Sí —suspiré—, claro que os acordáis. Pero ¿querréis venir en mi rescate, padre, y olvidarlo?
A continuación, con voz apagada por la vergüenza, describí todo aquel sórdido lance y terminé con una petición que casi me sofocó y la promesa de que nunca volvería a pecar con Rixende Levieux. Mi penitencia, dije al padre Amiel, estaba en sus manos. Naturalmente, que se supiera todo sería mi justo castigo —y merecía ser abochornado, envilecido y castrado—, pero Rixende sufriría grandemente por un pecado que era más mío que suyo y su marido quedaría en ridículo por algo que, con la colaboración del padre Amiel, se convertiría apenas en una mancha secreta en el corazón de Rixende, una lacra que sin duda podría compensar, con donaciones caritativas tal vez, puesto que su marido era un hombre rico…
Me di cuenta de que empezaba a desvariar y, con un titubeo, me detuve. De inmediato, ruborizado y con el corazón desbocado, me volví al dominico. Sin embargo, no me miraba. Yo, que temía más su expresión que una lluvia de golpes, respiré aliviado al observar que ninguna mueca ceñuda turbaba su rostro, aunque parecía un tanto retraído. Pensé si su aire preocupado sería mal presagio, pero, cuando por fin levantó la mirada y la volvió hacia mí, no vi reproche en ella. Tenía los párpados entrecerrados, pero no trasmitía disgusto, sino una pregunta.
—¿Por qué lo hacéis? —dijo.
—¿Hacer… qué? —respondí, confundido.
—Sois diestro, inteligente y educado. ¿Por qué os ponéis al borde del desastre manchando vuestro nombre en la cama de tantas mujeres?
Como daba la impresión de que su interés era auténtico, tuve arrestos para hacer caso omiso de las palabras que había escogido y le respondí sin cólera ni desaliento.
—Gozo con ello —confesé.
—¿Gozáis mintiendo?
—No.
—Porque debéis mentir, Raymond. Debéis mentir a las mujeres acerca de otras mujeres, ¿no? Y debéis mentir a sus maridos, a sus familias. —El padre hablaba con suavidad—. ¿Os produce eso alguna satisfacción?
—No, ninguna en absoluto.
—¿No os sentís culpable cuando mentís?
—Claro que sí.
—Entonces, ¿entendéis que tales mentiras son malas?
Empezaba a sentirme incómodo. Incómodo e impaciente a la vez.
—Padre, no soy ningún niño…
—Pero disfrutáis obrando mal.
—Yo disfruto del acto. —Francamente, me pregunté si él lo habría experimentado alguna vez—. ¿Qué puedo deciros? Mi pene gobierna mi vida. Soy esclavo de sus impulsos. Soy débil, padre. Tal vez si Dios hubiera hecho menos placentero el acto, nos iría mucho mejor a todos.
De repente, él sonrió.
—El acto —dijo—. ¿Echáis la culpa al acto?
—Sí, ¿cómo no? Padre, si Dios hubiera dispuesto que perdiéramos la punta de nuestra estaca cada vez que la hincamos en alguna parte… bueno, todos los hombres del mundo serían monjes.
El padre Amiel enarcó una ceja.
—¿Quiere decir eso que no podéis conteneros debido al placer que os produce eso que llamáis «hincar la estaca»?
—Me temo que sí.
—Entonces, debéis de haber pecado con toda clase de criaturas, hijo mío. Con hombres, con niños, con animales. Como no podéis conteneros…
Lo miré, alarmado. ¿De veras creía tal cosa?
—¡Oh, no! —respondí—. No, sólo con mujeres. De lo otro sé refrenarme. Todo lo otro… todo lo otro me parece repugnante.
—¿Más que la mujer de otro hombre?
—Escuchad… —Pese a mis más nobles intenciones, en lugar de someterme a la reprimenda del padre Amiel, me encontré defendiendo mi propia conducta—. No tengo por costumbre perseguir mujeres casadas, padre. Rix…, quiero decir, la dama es una amiga de antiguo. Su marido no sabe satisfacerla.
—Entonces, ¿es por el bien de esa mujer por lo que os deshonráis?
—Pues… sí. —Hasta yo advertí la ironía de la pregunta—. Supongo que sí. En cierto modo.
—¿Porque la amáis?
Si la amaba o no era una pregunta que a veces me hacía yo mismo, en momentos de introspección. Sin embargo, desafiante, repliqué que sí.
—Pero sabéis que la estáis condenando a pecar. ¿Cómo podéis hacer tal cosa a quien amáis? —Estudió mi rostro como si esperara encontrar en él una solución a todos los males del mundo—. O tal vez… tal vez no la amáis de verdad.
El comentario resultaba muy perspicaz. Era un dardo dirigido a mi corazón y abrió un agujero por el que manaron toda clase de desasosiegos y de preocupaciones, cuya existencia solía esforzarme por ignorar.
Aturdido, me quedé mirándolo.
—Raymond, ¿amáis a alguna de esas mujeres? —me preguntó—. Les mentís, las traicionáis, mancilláis su honor y las condenáis a pecar. Eso no es amor. Es desdén. Es vanidad y egoísmo. Es la conducta de una bestia.
—Pero… ¡pero ellas disfrutan también! —protesté—. ¡Me acogen en su lecho con agrado!
—¿Sabiendo que venís de otra conquista?
El padre Amiel empleó un tono seco y noté que volvían a arderme las mejillas. Tenía razón, por supuesto. Ninguna de mis amantes me habría acogido con tanto gusto si le hubiera hablado con franqueza de las otras camas que frecuentaba.
Pero, por otro lado, me dije, ¿qué mujer sería tan tonta de esperar fidelidad de un hombre sin compromiso?
—Me causó sorpresa, una gran sorpresa —dijo el monje—, enterarme de vuestras costumbres licenciosas. Parece tan… tan impropio de vos. Como he dicho, sois diestro, inteligente y educado, pero también me habéis impresionado como hombre poseído de un espíritu generoso. Un hombre caritativo, de corazón desprendido; descuidado, tal vez, pero no cruel. —Recitó estas características sin gran emoción, como si describiera las virtudes de un buen caballo, y concluyó—: Pero tal vez me equivoco. O quizá seáis finalmente como tantos hombres, que menosprecian a las mujeres. Conozco a un centenar de hombres buenos, piadosos y honorables que, sin embargo, están ciegos a este respecto. Tal vez los ciega su propia lujuria y consideran a las mujeres simples muebles carentes de alma. —Levantó una mano en un gesto admonitorio, sacudiendo la manga del hábito para que quedara a la vista—. Pero por baja, corrupta, ignorante y falsa, por lasciva que sea la mujer, aunque no sea merecedora de respeto y sus actos resulten oprobiosamente pecaminosos, sigue poseyendo un alma, y esta alma está al cuidado de Dios.
—¡Ya lo sé! ¡Yo aprecio a las mujeres, padre!
—Las apreciáis como ocasiones de pecado, ¿me equivoco? Como objetos libidinosos. Como meros adornos.
—Yo… yo… —Tal vez tenía razón. Me revolví el pelo y miré a mi alrededor buscando apoyo—. Yo tengo amigas, buenas amigas, a las que no he tocado nunca.
—Pero querríais hacerlo, ¿no?
Pensé en la hija de Beatrice. Pensé en ciertas madres de familia. Pensé en la muchacha de la tahona.
—Sí —confesé, abrumado—. Pero vos, padre… Vos tenéis que entenderlo. Cuando veis sonreír a una chica, ¿cómo os sentís?
—Bien, lo que no se me ocurre es hacerle la corte, desde luego. —Aunque serio, el tono de voz del padre Amiel era relajado y afable a la vez—. Yo pienso en el alma, no en el cuerpo. Y, en éste, venero la creación divina.
—¡Pero vos sois un monje! —protesté—. ¡Para vos, aquí encerrado, debe de ser fácil! Si tuvierais que ver y tratar con muchachas todo el día…
—Tal vez sucumbiría, es posible —declaró el dominico—. Y si fuera joven como vos, Raymond, tendría fuego en la entrepierna. Y si fuese igual de atractivo, se me presentaría toda clase de estímulos lascivos, igual que os sucede a vos. Pero yo no he dicho que vuestro camino fuera sencillo; sólo he comentado que os creía más fuerte.
—Ojalá. —Malhumorado, me miré las piernas como palillos bajo los bastos calzones de lana. ¿Atractivo? Yo me veía como un antojo en el rostro de la humanidad—. Más feliz me sentiría si lo fuera, pues estaría a salvo de embrollos sórdidos y desesperados como el que ahora me acosa.
—Entonces, tal vez pueda ayudaros.
Os sonará extraño, pero, cuando dijo esto último, el padre Amiel parecía ligeramente divertido. Levanté la mirada y vi que esbozaba una media sonrisa que me hizo sentir muy joven. Tal vez por eso, con tono arisco, le recriminé que se riera de mí.
—Los monjes no se ríen, Raymond, ya os lo he dicho —replicó—. Ahora, decidme vos una cosa: si yo mintiera por vos, si negara haber visto a ese portero malvado cuyas amenazas os han descompuesto, ¿me juraríais absteneros de la cópula mientras trabajéis para mí? ¿Seríais capaz de eso, Raymond?
Creo que me quedé boquiabierto. Desde luego, parpadeé, lo miré con perplejidad, tragué saliva y me froté las sienes.
—¿Abstenerme de copular? —repetí—. ¿Queréis decir… una abstinencia completa?
—Sí, completa.
—¿Incluso si… en fin, quiero decir… incluso sin nadie más?
—Per se ípsum fornicaverit —murmuró el monje con aire ausente—. Hijo mío, me sentiría muy complacido si desistierais también del pecado de Onán, pero no podemos pedir milagros…
—Entonces…
—¿Es una empresa demasiado ardua la que os pido? ¿Os falta la fuerza necesaria para intentarlo?
—¡No! —repliqué, sintiéndome desafiado—. Pero ¿qué seguridad tendréis de que mantengo mi promesa? Salvo que os propongáis dormir conmigo.
—Lo que me propongo es confiar en vos. —El padre Amiel me dedicó otra sonrisa taimada—. Si juráis por el Santo Nombre de Nuestro Señor que no quebrantaréis vuestra promesa, me fiaré de ello.
Así pues, di mi palabra. ¿Qué podía hacer, si no? Además, a decir verdad, me sentía profundamente arrepentido. En el fondo de mis confusos pensamientos, deseaba limpiar mi nombre ante él y ganarme su consideración. Sólo cuando hube abandonado el priorato, después de agradecer humildemente al padre Amiel su benevolente solicitud, se me ocurrió que había caído en una trampa. No porque me resistiera a pagar un precio por su silencio respecto a Rixende Levieux, pues renunciar a la coyunda me parecía un trato bastante justo. Pero el hecho de que hubiera renunciado a mi libertad con tanta tranquilidad, casi de buena gana, en un exceso de contrición… esto me desconcertaba y me reconcomía. Pues, al fin y al cabo, ¿qué había de malo en tener apetito carnal de mujeres? ¿Por qué, si no, las había creado Dios diferentes de los hombres? Aquél hábil dominico se las había ingeniado para inducirme a aceptar una penitencia incompatible con mis inclinaciones naturales.
Cuando salí al sol y al aire libre, me pregunté cómo lo había conseguido. El remordimiento ya empezaba a difuminarse, aunque mi determinación de permanecer célibe continuaba tan firme como lo estaba un rato antes, en la minúscula y húmeda celda. No quebrantaría mi promesa. Si lo hacía, el padre Amiel lo descubriría de algún modo. Estuve seguro de ello porque le había visto en acción. Además, en mi caso, quería demostrarme a mí mismo que era capaz de mantener una promesa. Lo hacía por mi propia satisfacción, me dije, por mi propia tranquilidad. ¿No sería más fácil mi existencia, sin duda, si permanecía casto? ¿El breve gozo de liberar mi semilla compensaba realmente la indignidad que envolvía tal acto?
Dentro de mi cabeza empezaron a agolparse unas evocaciones que me atenazaron las vísceras y me crisparon los dedos. Me vi suplicando favores al padre Amiel; me vi arrastrándome ante Bona Claret, escondiéndome de unas monjas en un muladar, dando saltos frenéticos medio desnudo en la alcoba de Beatrice y tocando el instrumento en un almacén. Todos aquellos actos, todas aquellas tristes situaciones, eran fruto de la lascivia. Si seguía dejando que me guiaran mis pasiones carnales, vería mi existencia salpicada de recriminaciones, y ridículos remordimientos.
¡Ah, Dios del cielo! Tal vez, pensé, debería cortarme aquel condenado instrumento y acabar de una vez.
Cuando llegué a casa de mi madre, me sentía por completo mortificado y dispuesto a dedicarme a mi trabajo y a renunciar a la búsqueda del placer. Durante el resto del día, me apliqué enérgicamente a la redacción definitiva de las declaraciones que me había encargado el padre Amiel. No hablé con nadie ni comí otra cosa que un poco de pan y hierbas en salmuera. Sin embargo, al caer la tarde, cuando hube terminado la tarea que tenía encomendada, me encontré sin saber qué hacer. En la cocina me esperaba compañía poco grata, no había que echar una mano en nada, ni tenía cartas que leer o que escribir. Me pregunté si sería buena idea hacer una visita a El Gallo Negro o si acudir allí a beber unas jarras me conduciría inevitablemente a cometer alguno de aquellos actos impuros a los que acababa de prometer que renunciaba.
Me hallaba contemplando el manual del inquisidor cuando la llegada del padre Amiel puso a toda mi familia en un estado de gran agitación.
Mi madre asomó la cabeza por la puerta de mi habitación.
—¡Raymond, deprisa! Ha llegado tu monje, Raymond.
—Ya lo sé. Acabo de oírlo.
—¡Y tu orinal lleno, Virgen Santa! ¡Dámelo, deprisa! Yo lo vaciaré. ¡Y péinate! ¡Lávate la cara!
—Es un monje, madre, no un obispo.
—¡Y yo, sin nada de comer en casa, sólo un poco de queso de cabra!
Sin embargo, como siempre, el padre Amiel rehusó todos los ofrecimientos de comida y bebida. También exhibió una visible resistencia a bendecir a la familia, pero estuvo un poco menos taciturno de lo habitual; incluso felicitó a mi cuñada por sus «hijos guapos y sanos» (que, en aquel momento, atormentaban a uno de los perros) e hizo una bromita acerca de los ajos colgados de las vigas. Deduje de todo ello que estaba satisfecho por algo… y pronto se vio que acertaba, pues, cuando por fin se instaló en mi habitación y hubo cerrado la puerta y los postigos de la ventana, sacó el libro de hechizos del camarero de entre los voluminosos pliegues de su hábito y me confió:
—He hecho indagaciones acerca del códice.
—¿Y?
—Se empastó en Marsella, aunque el libro en sí, el libro de nigromancia, es muy anterior a su encuadernación. Nuestro bibliotecario dice que el pergamino se fabricó en Catalonia, o tal vez más al oeste, pero lo que me interesa es la encuadernación. — El fraile tenía un semblante casi gallardo cuando me ofreció el libro para que lo inspeccionara—. Comenté que el color era poco corriente, ¿verdad? Por lo general, se emplea cuero de becerro pardo, o a veces piel de gamo rosa, y siempre estirado sobre tapas de madera. En cambio, estas cubiertas son de vitela sobre tapa de cuero de vaca. Un trabajo muy inhabitual.
—Y…
—Y nuestro hermano bibliotecario me ha dado un nombre. Y quiero que redactéis una citación, ahora mismo; deseo entrevistarme con el encuadernador. Quiero preguntarle si fue el padre Guillaume quien mandó empastarlo, o si intervino en ello otro hombre.
—¿Otro hombre que escribió en el libro, tal vez?
—Precisamente.
Halagado de que el padre Amiel hubiese considerado que podía confiar en mí hasta tal punto, preparé el oportuno pergamino con mano dispuesta. A continuación, transcribí la convocatoria al dictado, un poco nervioso de verle deambular por la estancia. Mi pluma titubeaba si lo hacían sus pasos y, cuando levantaba la vista, le encontraba examinando alguno de mis libros o tocando con delicadeza mi viela. Los libros, en particular, despertaban su interés.
—¿Qué es esto? —me preguntó en un momento dado—. ¿Un texto escolar?
—Sí, padre. El Ars Minor, de Donato.
—¿Y éste?
—La Historia Scholastica.
—¡Ah! Pierre Comester. Yo también poseo un ejemplar de este libro… o, mejor dicho, lo tengo a mano. Como todos los dominicos. Pero éste tiene un excelente repujado. Un volumen muy hermoso. La piel rosácea de gamo que os decía… ¡e iluminado, además! ¿Y cuál es éste?
Me sonrojé, pues tenía en la mano El arte del amor cortés, de Andreas Capellanus. Cuando le hube contado que el auténtico título era Libro del arte de amar con nobleza y de la reprobación del amor deshonroso, me apresuré a añadir que todos aquellos volúmenes eran regalos: mi padre me había proporcionado los de escuela, la Historia Scholastica me la había regalado el escribano con el que había hecho mi aprendizaje, la Biblia había sido de mi abuelo materno…
—¿Y éste? Presente de una dama, sin duda. —El monje parecía más divertido que censurador—. No estoy familiarizado con esta obra —añadió—, aunque me han dicho que está llena de una peculiar sabiduría. Sois afortunado, hijo mío, en el número de volúmenes que poseéis. Para muchos escolares pobres, vuestros libros representan una riqueza incalculable.
—Lo sé.
—¿Sí? Entonces, tal vez deberíais tratados con más cuidado —dijo con un atisbo de reprobación en la voz, al tiempo que levantaba un volumen del suelo y le quitaba el polvo con la manga, delicadamente. Por el modo en que sus dedos seguían los repujados, pasaban con cuidado las páginas y acariciaban el lomo, supe que profesaba un gran amor por los libros. De hecho, sus bellas manos no me habían parecido nunca tan hermosas como cuando se posaban en un códice.
Qué lástima, pensé, que ya no pudiera leer con claridad los libros que tanto admiraba.
—Tenéis un baúl, ¿verdad? —continuó—. Pues deberíais guardar vuestros libros en él, junto con ciertas hierbas que ayudan a repeler gusanos y polillas. Debéis envolverlos en tela y conservarlos lejos de la humedad del suelo.
Abrí la boca para señalar que el baúl contenía toda mi ropa, que también había que preservar de la humedad, pero el sonido de unos nudillos que llamaban a los postigos me interrumpió. Extrañado, fui a abrirlos y, más sorprendido aún, encontré a Beatrice Rascas al otro lado de la ventana, en la calle.
—¡Oh! —musité.
—Hola —respondió ella—. Me dijiste que…
—Sí, sí, la carta. —Volví la mirada al padre Amiel, que me observaba inexpresivo con las Sagradas Escrituras de mi abuelo todavía entre las manos. Era como si viese mi propia conciencia—. Padre, podríais… En fin, debo hablar un momento con Beatrice. Se trata de un asunto de derechos y títulos. ¿Me excusáis un instante?
El monje asintió. No vi reproche en su ademán, pero me noté muy sonrojado mientras atravesaba la cocina (rehuyendo las ansiosas preguntas de mi hermano) y salí a la calle. Allí me esperaba Beatrice, envuelta en una larga capa azul y cubierta con un respetabilísimo y señorial tocado de velos, redecillas y rellenos que ocultaba casi por completo su rostro. Debo reconocer que nunca me ha entusiasmado esta clase de peinado, con el que parece talmente que las mujeres lleven encima una silla de montar o una barcaza.
—¿Vas camino de la iglesia? —inquirí en un tono burlón que no conseguía enmascarar mi inquietud.
—No —replicó ella—. Esto es cuestión de negocios, Raymond. He venido a verte como propietaria, no como amiga. ¿Quién está contigo ahí dentro? ¿El monje?
—Sí, el padre Amiel. Beatrice, ahora no puedo hablar contigo. Mañana, ¿te parece bien? En la taberna. Disculpa, pero en este momento estoy muy ocupado.
—¿Lo estarás toda la noche? —preguntó ella, ladeando la cabeza, pero era tal mi preocupación por la figura invisible del padre Amiel (que debía de estar inspeccionando los objetos de mi escritorio), que tuvo que repetirlo empleando un lenguaje más claro—: Puedes venir más tarde, cuando hayas terminado la jornada — musitó en voz baja.
—¡Oh! —Por fin, entendí a qué se refería; pero no podía complacerla—. Ésta noche, no —respondí, y ella me lanzó una mirada dubitativa con sus claros ojos verdes, que eran el único rasgo realmente hermoso que agradaba sus facciones.
—Si es que tienes otro lugar al que ir, Raymond —comentó sin alzar la voz—, deberías decírmelo y dejaré de ponerte en apuros con mis invitaciones.
—¿Qué? ¡Oh, no, no es eso…! —Moví la cabeza enérgicamente—. No hay nadie más.
Sin embargo, mi declaración no debió de resultar demasiado convincente, pues Beatrice torció el, gesto y entrecerró los ojos.
—¡De verdad! —insistí—. ¡Por mi vida! Verás, Beatrice, sucede que he hecho una promesa. He jurado no… no hacer uso de mi virilidad durante un tiempo. En concreto, mientras esté al servicio del, padre Amiel. ¿Entiendes lo que te digo? Ahora estoy… en fin, estaré célibe.
Beatrice me miró con los ojos como platos. Acto seguido, se echó a reír, aunque enseguida se cubrió la boca con la mano para no llamar la atención.
—¿Tú? —exclamó, con un brillo de burla en sus ojos.
—¡Chist!
—Pero, Raymond, ¿cómo…? ¿Quién…? —farfulló ella. Parecía no encontrar las palabras—. ¿El monje te ha obligado a esto? —dijo por último.
—Me lo ha pedido —repliqué, con firmeza—. Y yo he accedido.
—¿Por qué? ¿Por haber pasado una noche en El Gallo Negro?
—Por razones de todo tipo —dije y, esforzándome en no parecer pomposo pero fracasando lastimosamente en el intento, añadí—: ¿Sabes?, a veces me gustaría haber llevado una vida más honorable.
—Sí, claro. A todo el mundo le gustaría —fue su respuesta—. Pero se precisa de un predicador muy bueno para que alguien cambie de costumbres. —Cruzó los brazos y me lanzó otra sonrisa burlona—. Ha de ser muy listo, ese monje…
—Sí que lo es —comenté con expresión lúgubre.
—Mi pobre flor.
—La abstinencia no es tan mala, Beatrice. A mí me hará bien.
—Pero a mí, no.
—Se lo hará a tu alma.
Su ligero temblor de labios parecía anunciar que iba a reírse otra vez, pero contuvo las ganas de hacerlo y se limitó a posar la mano en mi antebrazo con ademán comprensivo. —No temas— murmuró, —no te acosaré. Tienes que atenerte a tu promesa, por supuesto, pero no me dejes de lado por completo, Raymond. Sigo siendo amiga tuya.
—Sí, ya lo sé.
Con el ánimo de recuperar cierto grado de dignidad, me apresuré a comentar que, de no ser así, le cobraría por mis servicios. Tan pronto lo dije, los dos nos echamos a reír (un poco incómodos) y no tardamos en despedirnos. Leería su carta, le prometí, al día siguiente.
Así terminó nuestra conversación. Beatrice se marchó y yo volví a mi habitación, donde encontré al padre Amiel sentado en la cama apaciblemente. Tenía las manos vacías, pero mis libros estaban esparcidos a su alrededor.
—He decidido —anunció sin preámbulos— que estas comparecencias debería enviarlas el obispo de Marsella. Sin su ayuda, será difícil citar a ningún lego de su ciudad. Imposible, no; pero sí difícil. Las autoridades locales pueden poner muchas trabas. Así pues, cuando terminéis de escribirlas, os dictaré una carta al obispo y mañana por la mañana podemos mandar todos los documentos bajo el mismo sello.
No hizo la menor mención a la aparición de Beatrice Rascas. En aquel momento, pensé que el dominico demostraba una peculiar cortesía, pero más tarde se me ocurrió que tal vez era reacio a reconocer la mera existencia de alguien que le merecía tan poca consideración. Fuera cual fuese la razón, hizo caso omiso de ella… y yo me vi aliviado de la carga de tener que dar explicaciones.
—Bien —dijo él—, ¿dónde estábamos? Ah, sí. Supponitur quod intendimus…
Obediente, volví a ocupar mi asiento y tomé la pluma.