El escribano
Canto II
Pasé el día siguiente muy ocupado. Lo primero que hice fue escribir una nota a Marguerite en la que la advertía de mi inminente llegada. La despaché a través de su emisario con órdenes de que la entregara de inmediato. (Se me ocurrió que aquel hombre debía de estar muy bien pagado: sólo la moneda del reino —o una noche de amor— habría convencido incluso al sirviente más predispuesto para que mantuviera la boca cerrada en relación con expediciones tan equívocas como las solicitadas por Marguerite). Mi segunda tarea fue la carta a Durand Rouiard, que redactó el padre Amiel. Le dio muchas vueltas a la confección de cada frase, corrigiéndose una y otra vez. Por fin, sin embargo, estuvo terminada a su satisfacción, pero me hizo escribir la versión definitiva descuidadamente, como si se hubiera hecho a toda prisa, y me indicó que incluyera varias tachaduras y errores ortográficos.
Después, me envió a El Gallo Negro con órdenes de solicitar a Beatrice su alcoba para la tarde.
Abordé esta obligación con espíritu de desfallecido acatamiento. Después de tantos días atormentado por emociones febriles, me volvía ahora hacia el futuro con ojos turbios. En mi imaginación ya no actuaban los temores: mientras esperaba (como hace uno en un priorato), no me cebé en las mortificaciones de mi vida pasada ni en las pruebas que me esperaban, sino que dejé que mi mente reposara en las aguas tranquilas de las reflexiones menores. Pensé en el calor, en las moscas y en la incomodidad de los jergones del priorato. Pensé en las muelas del padre Amiel, en el pescado salado y en un chico que conocía de niño (había muerto hacía mucho tiempo) que me había informado de que si un hombre copula con una oveja o con una cabra, como algunos son dados a hacer, el animal parirá un monstruo.
Intenté no darle vueltas a los numerosos problemas que me afligían, ni a ningún asunto relacionado con ellos. Por consiguiente, no pensé en Beatrice hasta que me encontré en las inmediaciones de la taberna. Entonces, el corazón se me aceleró y empecé a sudar. ¿Qué me diría? ¿Qué haría?
Abatido, pensé: «Sin duda, me pedirá que vuelva a vivir con ella. Ésta mujer está loca. Yo, en su lugar, cerraría la puerta a hombres como yo. ¿Qué les traemos nosotros, sino oprobio y zozobra?».
Y algún esporádico instante de placer sensual, tal vez.
Cuando llegué estaba en la puerta, de conversación con una amiga. Su actitud hacia mí fue reservada, cautelosa incluso. Le dije que esperaría y me refugié en la taberna. Allí encontré a dos hombres que bebían codo con codo; no conocía a ninguno de los dos. También vi a Sybille y decliné el refrigerio que me ofreció. Un dolor en la nuca, ligero pero persistente, me molestaba.
Por fin, entró Beatrice. Se acercó a mi mesa y cruzó los brazos.
—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó.
—Beatrice… Perdóname, necesito tu habitación otra vez.
—¿Con qué objeto?
—Pues… con el mismo. Ya sabes. —Volví la mirada a los dos desconocidos, pero estaban abstraídos en su calmosa conversación—. Ésta vez vendrá el padre Amiel — le informé, bajando la voz—. Y prometo que no volveré a comportarme tan vergonzosamente.
—¿De veras? —Me repasó de arriba abajo con una mirada penetrante y temible —. ¿Antes o después de que te marches?
No entendí a qué se refería y fruncí el ceño.
—¿Qué? —dije.
—La otra vez, antes de marcharte, me dijiste que darías señales de vida. En cambio, te esfumaste durante días. No me dijiste nada. No sabía si habías tenido un mal encuentro con unos asesinos, si habías abandonado la ciudad o si te habías arrojado al río. Estaba muy preocupada por ti, Raymond. ¡Te vi tan perturbado cuando te fuiste!
—¡Oh! —Con aire de cordero degollado, me puse a dibujar unas marcas en la mesa con la uña.
—Eres joven, amigo mío, pero ya no tanto. —De improviso, la voz Beatrice sonó fatigada—. El mundo tolera que actúe así un joven despreocupado, pero tú eres un hombre hecho y derecho. Deberías haber tenido un pensamiento para mí. Deberías haberme hecho saber que estabas sano y salvo.
—Sí —hundí la cabeza con gesto sumiso—. Sí, debería haberte mandado noticia de mi situación.
Con un suspiro, Beatrice tomó asiento en un banco, enfrente de mí. Observé sus manos, de piel áspera y uñas rotas y llenas de roña.
—Así pues, ¿ese monje tuyo te perdonó?
—Sí, así fue.
—¿Y todavía vives en el priorato?
—Sí.
—¿Y quieres utilizar mi dormitorio otra vez?
—Si no tienes inconveniente.
—No me agrada en absoluto —replicó ella con un bufido—, pero no quiero contrariar a tu monje, Raymond. Por temor a lo que pudiera hacerme.
—El padre Amiel es un hombre bueno, Beatrice.
—Si tú lo dices…
—Es un hombre excepcional. Yo he visto la grandeza que hay en él. Está muy cerca de Dios, en mi opinión.
—¡Ja!
—¡De veras! —Empezaba a irritarme, pero intenté contener mis sentimientos—. Tú no puedes entenderlo como yo. Me ha aconsejado tan sabiamente…
—¿Aconsejado, qué? ¿Que abandones a tus amigos, que dejes a tu familia? ¡Sabios consejos, sí, señor!
—Yo no he dejado a mi familia. ¡Ha sido ella la que me ha dejado a mí! ¡Y en cuanto a mis amigos, todavía llevo las cicatrices de su amistad! —Acerqué mi rostro al suyo y me señalé la nariz—. ¿Qué me han dado esos amigos, sino noches de parranda y mañanas de agonía? El padre Amiel califica a esas amistades de trampas para pájaros. Dice que son como el ajonje que se pega a las patas y a las alas y los atrapa.
—¿Alas? ¿Qué alas? —se burló Beatrice, palidísima—. ¿Te crees un ángel, ahora? No te hagas ilusiones.
—Tal vez me las haga. —Me puse en pie—. Sin embargo, me propongo llevar una vida mejor. No la de un ángel, pero… pero sí, tal vez, la de un terciario.
—¿Qué?
—Deseo hacerme hermano lego. Y el padre Amiel cree que puedo.
Beatrice, en cambio, creía que no. Su expresión de perplejidad, con la boca abierta, así lo decía. En el otro extremo del local, los dos clientes escuchaban con avidez y me sonrojé, consciente de que mi tono debía de haber sonado casi risiblemente pomposo.
—Será difícil —continué, algo más dubitativo—, pero por lo menos mejoraré mi suerte intentándolo.
—Raymond, ¿te has vuelto loco? —preguntó ella.
—¡No!
—Querido, tú no tienes nada de terciario.
—Puede que todavía no…
—¡No lo tendrás nunca! Te conozco bien, Raymond. Ése monje no está moldeado de la misma arcilla que tú. —Beatrice se levantó y me tomó de la mano, con fuerza. Ya no se la veía rencorosa, sino profundamente preocupada—. Reconsidéralo, por favor. No estás hecho para la vida religiosa.
Ofendido, retiré la mano.
—No eres quien para decir tal cosa —solté—. El padre Amiel es fraile y asegura que sí.
—Pues se equivoca —replicó ella sin alzar la voz.
—¿Porque no sirvo más que para la bebida y la fornicación? ¡Muchas gracias! Tanta confianza resulta muy alentadora.
—Raymond, no pongas en mi boca tus propias palabras. —Beatrice estaba cada vez más sonrojada—. No quería faltarte al respeto. Pero tú eres un hombre con todas las letras. Dios te hizo así. Ríes, cantas y… y amas lo que el mundo te ofrece. ¿Por qué quieres hacerte desgraciado? El Señor no querría algo así para ti, estoy segura.
—Beatrice —respondí, y en esta ocasión hablé con más calma, pues veía que la movían una preocupación y un interés genuinos—, no me digas lo que quiere Dios, ni me aconsejes sobre mi estado de ánimo. ¿Cómo puede hacer nadie tal cosa? Si soy desdichado, es sólo porque busco a Dios y todavía no lo he encontrado. Todos deberíamos buscarlo. Cuanto mayor pecador es uno, mayor es su necesidad de Dios. Yo le necesito. Preciso entrar en la alegría del Señor. ¿Me negarías que lo hiciera?
Mis palabras apelaban a su sentido de la compasión, pero lo que desperté fue su repugnancia. En su rostro se dibujó el horror.
—¡Hablas como el monje! —soltó—. ¡Dices las mismas cosas que él!
—Pues, magnífico. ¿Por qué no?
—¡Pero no todos estamos hechos para ser monjes, Raymond! ¡Existen otras maneras de venerar a Dios!
—No deseo ser monje —la corregí—. ¿He dicho yo tal cosa? Ahora, tengo que volver al priorato. Espérame aquí antes de que se ponga el sol… a menos que te hayas echado atrás en tu decisión de ayudarme. ¿Es así, Beatrice?
Ella dijo que no con la cabeza.
—Entonces, despidámonos en buenos términos. No deseo pelearme contigo. Perdóname, vamos; siempre lo has hecho, hasta ahora. —Intenté besarla en la mejilla, pero ella se apartó con una expresión sombría y los ojos al borde de las lágrimas. Debo confesar que verla así me dolió mucho. Yo había depositado mi fe, digamos, en su permanente afecto—. Lamento decepcionarte —añadí—. Se ve que lo tengo por costumbre, esto de decepcionar a la gente. Y respecto a vosotros… —Me volví en redondo a nuestro indeseado público, y los dos parroquianos se pusieron de inmediato a estudiar con gran interés las jarras vacías que tenían ante ellos—, no os privéis de comentar cuanto queráis acerca de todo lo que escuchabais con tanta atención. Lamentaría mucho que las normas de la cortesía os privaran de hacerlo.
Decir que me fui dando un portazo sería exagerar, pero es verdad que me despedí con prisas. Me sentía acongojado y despejado una vez más de aquel estado de apatía en el que había caído. Deseaba gritar, blasfemar y romper algo. Sin embargo, en lugar de ello, tenía que presentarme ante el padre Amiel y ponerlo al corriente, sumisamente, de que los planes se desarrollaban según lo previsto.
El monje me lo agradeció con muchas sonrisas cálidas y estimulantes. Después me urgió a completar la copia en limpio de la declaración del padre Antonio, para que éste la confirmara lo antes posible. Me puse a trabajar al momento, claro, y aunque conseguí terminar aquel mismo día, ya no quedaba tiempo para presentársela al prisionero, puesto que el padre Amiel deseaba llegar a El Gallo Negro mucho antes de la hora en que me citaría con Durand Rouiard. De hecho, insistió en entrar en la taberna sin que lo viera nadie, no fuese a ser que Durand, suspicaz, interrogara a los parroquianos antes de continuar escaleras arriba.
Le comenté que un fraile difícilmente pasaría inadvertido en el local.
—La taberna está frecuentada todo el día y al dormitorio sólo puede accederse a través de ella. Si queréis evitar que reparen en vos, deberéis llegar cuando esté lleno a rebosar y la algazara sea máxima.
—¿Cuando el sol se ponga, entonces?
—Más o menos. O quizás antes, en esta época del año.
—No —dijo él—. Debemos llegar antes que Rouiard.
—Estoy de acuerdo.
—Quizá llamaría menos la atención si entrara por la puerta trasera.
—Tal vez.
—Y esta indumentaria es un disfraz adecuado —añadió, observando su figura enclenque—. Debo cultivar un aire sumiso, embrutecido e ignorante. ¿Quién se fijaría en mí con semejante atuendo? Acerté al escogerlo, creo.
Ante la gran oposición de sus hermanos en Cristo, el padre Amiel había decidido renunciar a su hábito por unas horas y lo había cambiado por una selección de prendas del ropero de los pobres: una túnica corta y una capa larga, ambas pardas, y un sombrero marrón informe. Sus piernas como palillos tenían un aspecto innoble, casi cómico, bajo las medias de lana grises. Su palidez, que ya era notable cuando llevaba su hábito blanco de fraile, resultaba decididamente espectral bajo los tonos lúgubres de su indumentaria de aquel día.
—Parecéis enfermo —comenté, estudiándolo—. Ésas ropas os dan aspecto de tísico.
—¿Pero no de monje?
—Tal vez. Sólo un poco…
—¿Debo calarme más el sombrero? ¿Para que destaquen las orejas?
—¡Oh! —No pude por menos que reírme—. ¡Padre, parecéis el tonto del pueblo!
—¿Llamo demasiado la atención?
—Sin duda.
—¡Maldición! —Se colocó el sombrero de nuevo como era debido y añadió—: Quiero que mi aspecto sea insignificante. Que pase inadvertido.
—Padre, siempre ha sido así.
Fue la curiosa transformación que había obrado en él aquel cambio de indumentaria lo que me envalentonó para decir tal cosa. Despojado de su hábito de costumbre, parecía también desposeído de su dignidad. Al contemplar aquellas patéticas espinillas, me fue imposible seguir sintiendo el temor reverencial que me inspiraba; en su lugar, brotó en mí una especie de afectuosa conmiseración. Pensé si se habría hecho fraile para esconder aquellas piernas.
—No se nos ha puesto en este mundo para decorar sus paisajes, maese Raymond, como descubriréis cuando se desvanezca vuestra belleza. Así pues, creéis improbable que despierte el interés de nadie, ¿no es eso? Excelente. Me parece excelente. Ésa era mi intención.
—Si bajáis la vista, escondéis las manos y arrastráis los pies, iréis bien disfrazado —declaré con confianza—. Quizá deberíais mascar algo. Nueces, tal vez. Los monjes no mastican nunca mientras van de un lugar a otro.
Así, con las nueces en el bolsillo, el padre Amiel partió hacia El Gallo Negro. Había considerado conveniente que llegáramos por separado para no despertar sospechas, si alguien vigilaba la entrada de la taberna (algo improbable, apuntó, pero no imposible). Más tarde supe que Beatrice no le había reconocido, al principio. El sombrero, las nueces, el semblante hosco y desgarbado y el hecho de que carraspeara y escupiera ruidosamente antes de cruzar la puerta del local llevaron a la posadera a tomarlo por un cliente cualquiera, de estampa más que corriente. El fraile sólo había revelado quién era realmente cuando, alzando los ojos, le había confiado su petición en un murmullo.
De inmediato, ella lo condujo a su alcoba y le enseñó la cama. Cruzaron muy pocos comentarios. Más adelante, Beatrice me confió que la presencia silenciosa del dominico la había puesto sumamente nerviosa, aunque al principio se mofaba de aquellas piernas ridículas. «Tiene ojos de pájaro o de lagarto», me dijo. «Te observan, pero nunca te dicen nada». Y añadió que, cuando el fraile se coló bajo la cama, sus movimientos le recordaron a los de una serpiente. «Una vez vi una», explicó Beatrice. «Sonreía sin sonreír, igual que tu monje». Por último, me señaló que éste la había felicitado por lo limpio que estaba el suelo, como si le sorprendiera encontrarlo así.
No mucho después, cuando llegué a El Gallo Negro, me encaminé directamente al dormitorio. Aunque Othon no estaba, tuve miedo de verme empujado a beber vino en exceso si me quedaba abajo. «Ésta vez, Ourand debe convencerse de que habláis en serio», había dicho el padre Amiel. «Os será más fácil producir esta impresión si no os encuentra de juerga con vuestros amigos».
Así pues, me reuní con el fraile en la alcoba de Beatrice y tomé asiento en aquel colchón, que llevaba estampado el sello de tantas noches felices. Me sentía, permitid que os lo diga, muy inquieto. ¿Podéis imaginaros mi nerviosismo, sentado en aquella cama mientras el dominico acechaba debajo de ella? Por un lado, me turbaban unos recuerdos vagos y libidinosos, como vaharadas de perfume; por otro, me preocupaba que, si mi miembro más díscolo se excitaba con aquellas imágenes voluptuosas, el padre Amiel se percatara de ello, de algún modo. Como si me leyera el pensamiento, el fraile comentó de pronto, en voz muy baja:
—Qué curiosa conjunción, ¿no os parece?
—¿Qué…? No os entiendo —balbucí.
—Que tengamos que emplear esta cama, precisamente. —Su voz tenía un deje divertido—. En el futuro, si alguna vez os sentís tentado de acostaros en otra parecida, tal vez debáis imaginarme a mí debajo. Eso os disuadirá, estoy seguro, de dar cumplimiento a vuestros deseos lujuriosos.
La perspectiva, si bien era espantosa, me hizo reír, aunque la mía fue una risilla nerviosa.
—Los hermanos legos no guardan el celibato, padre —respondí.
—Cierto. Se casan, es verdad. ¿Tenéis vos intención de hacerlo?
—Todavía no.
—Entonces tal vez debáis tener en cuenta mi consejo —sentenció. Luego, carraspeó y cambió de tema—: Deberíais apostaros en la ventana. Si Durand se acerca y nos sorprende hablando, adiós a nuestro plan.
—¿Padre?
—¿Sí?
—¿Y si se os escapa una tos, un estornudo? ¿Sí…?
—No sucederá —respondió él con rotundidad—. Un monje aprende a controlarse. No temáis: si algo he aprendido en todos mis años de votos solemnes, ha sido a contener una tos y a silenciar un estornudo.
Y con esta seguridad tuve que darme por satisfecho. Debo reconocer que ya empezaba a invadirme el temor; el corazón me latía con fuerza y tenía la frente sudorosa. Me levanté y me asomé a la ventana. Hacía una noche de bochorno estival y el cielo estaba encapotado de nubes bajas. En la quietud, se oía cada palabra que se pronunciaba en el local de abajo.
—Deberíamos guardar silencio hasta que crezca el alboroto en la taberna —dije.
—No habléis desde la ventana —replicó el padre Amiel—. Podría haber alguien vigilando.
Callamos, pues, y esperamos. Esperamos largo rato. Gaillard llegó a la taberna e interpretó una canción; también llegó Berenguer y, después de vomitar la primera jarra de vino que tomó, fue obligado a marcharse al poco.
Mientras lo veía alejarse calle abajo, tambaleándose, advertí que se cruzaba con una figura vestida con hábitos canónicos y me retiré de la ventana.
—Ya está aquí —susurré.
—¿Estáis seguro?
—No —confesé—. Del todo, no.
—Entonces, sentaos y esperad.
Me senté pero ¡ay!, qué asustado estaba… Me mordí los nudillos y mi respiración debió de hacerse entrecortada, o jadeante, porque el dominico sacó una mano de debajo de la cama y me agarró del tobillo.
Salté como una liebre.
—¡Chist! —siseó—. ¡Calma! Raymond, estáis preparado para salir con bien de ésta. Sois fuerte, listo y animoso. Que Dios os ilumine, hijo. Tengo plena confianza en vos.
Por desgracia, yo no tenía tanta. Los peldaños de la escalera crujieron y contuve el aliento. Cuando Beatrice asomó la cabeza, compuse las manos y enseguida las coloqué de otra manera, sin saber qué hacer con ellas.
—Aquí está vuestro amigo, maese Raymond —dijo Beatrice con tono neutro, tras lo cual apareció Durand Rouiard, y todos mis temores se desvanecieron.
Y es que, si uno ha de actuar y afrontar los retos del momento, se olvida de tener miedo.
—¿Qué significa esto? —dijo Durand cuando Beatrice se retiró. Agitaba en la mano mi carta y venía desmelenado. Me miraba fijamente, le temblaban los labios y sus manos grandes y fuertes gesticulaban débilmente—. ¿Por qué me atormentáis así?
—Ya os dije por qué. Y haced el favor de bajar la voz, padre. No querréis que la gente nos oiga, ¿verdad?
Cuando vi que me obedecía, me invadió un repentino e impetuoso placer, pues sabía que, al imponer mi voluntad en aquel punto, me había hecho con la iniciativa en aquel encuentra.
—Os habéis equivocado de hombre —murmuró él—. No sé nada de brujería ni de libros de magia.
—Entonces, deberíais haberme denunciado al padre Amiel de Semur.
—¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo, decidme, cuando existe una anotación, según decís…? Una anotación que no hice yo, os lo aseguro, pero que parece mía, explicáis.
—Sí, claro —lo interrumpí con cierto sarcasmo. Me irritaban profundamente sus intentos de convencerme de su inocencia. ¿Me tomaba por tonto?—. Aunque tuvierais una estrecha relación con Guillaume Monier, no podríais haber escrito en su libro, no. Pero ¿pensáis que el padre Amiel os creerá? Tanto si lo hicisteis como si no, os hará confesar. Ha sido inquisidor de la depravación herética, ¿recordáis? Y yo lo he visto… actuar.
—¡Que Dios me ayude! —gimió el canónigo.
—No tendréis ninguna ayuda de Dios —susurré—. Sólo de mí. —De repente, me sentí muy poderoso; era como si el espíritu del padre Amiel hablara por mi boca—. Haced lo que pido. Ayudadme a matar al padre Pierre-Julien Fauré. Maldecidlo con un hechizo; hacedlo morir. Vos debéis de saber cómo hacerlo.
—No…
—¡Claro que sabéis! ¡Vos escribisteis: «Rociar una pared con sangre de perro la limpia de hechizos; la bilis de un perro negro previene de que los demonios hagan el mal»! Vos sabéis de estas cosas. ¡Sacasteis información de un texto y la trascribisteis a otro!
—No fui yo quien lo hizo. No sé nada de hechicerías.
—¡Pues será mejor que os instruyáis en sus secretos —le susurré—, porque de lo contrario el padre Amiel os destruirá!
Con las manos juntas, apretadas sobre su boca, Durand pareció reflexionar. Su mirada fue de un lado a otro, nerviosa.
—Si no me dais satisfacción —le advertí—, os ajustaré las cuentas.
El canónigo titubeó todavía.
—No seáis estúpido —insistí—. ¿Qué tengo que perder? —Me acerqué a la escalera e hice ademán de bajar—. Si fuerais inocente de verdad, habríais acudido al padre Amiel con mi carta, estoy seguro. Completamente seguro. ¿Y en qué podría perjudicarme a mí contarle al padre Amiel vuestro pequeño secreto?
Mi interlocutor guardó silencio. Sin embargo, cuando puse el pie en el primer peldaño, extendió la mano.
—Esperad —dijo—. Esperad.
—¿Qué queréis?
—Yo no… no puedo ayudaros. ¡Esperad! ¡Quedaos y escuchadme! No tengo los libros.
Poco a poco, retiré el pie y me aparté de la escalera.
—¿A qué os referís? —le pregunté.
—A eso: a que no tengo los libros. Sin ellos, no puedo ayudaros. No puedo ayudarme a mí mismo. —Emitió una breve carcajada melancólica, entre cruzó las manos detrás de la coronilla e hizo unas muecas agónicas—. No soy hechicero — continuó con voz quebrada y apagada—. Hace años, una vez, me dejé encandilar… Conozco bien el griego, ¿sabéis? Es una habilidad poco frecuente…
—¿Y?
—Y los otros no lo dominaban. Vinieron a verme, me halagaron, me pidieron ayuda y todo aquello me… —Extendió las manos—. Todo aquello despertó mi interés. Mi interés, nada más. No he hecho jamás un conjuro, ni he adquirido ningún libro sobre el tema, y lo que cuento sucedió hace tanto tiempo que apenas me acuerdo…
—Entonces, ¿quién se acuerda? —inquirí—. ¿Quién puede ayudarme, si vos no? ¿Quiénes son esos «otros»? ¡Abordadlos! ¡Pedidles esos libros! ¿Por qué os reís?
—Porque uno de ellos ha muerto, ¡y el otro es vuestro enemigo! —graznó el canónigo. El timbre alocado y desesperado de la carcajada que siguió era, sospeché, una manifestación del miedo que lo embargaba—. ¿Queréis que acuda al inquisidor de Lazet para pedirle su colaboración? ¿Creéis que colaboraría en su propia destrucción?
Parpadeé, como si esta referencia al padre Pierre-Julien me sorprendiera.
—¡Oh! —dije, y deambulé por la estancia como si reflexionara. En efecto, intentaba fingir cierta confusión, y os aseguro que fue más difícil de lo que podáis suponer—. Pero aunque el padre Amiel supiera lo del inquisidor —dije por fin—, eso no me daría a mí más garantías. No; es mejor que el inquisidor muera. Mejor para todos. —Volví junto al canónigo y añadí—: No tenéis por qué decirle que el hechizo se hará precisamente contra él. Mentidle. Pedidle consejo. Decidle… ¡Sí!, decidle que queréis matarme a mí. Decidle que amenazo con descubriros… ¿Qué os sucede? — Durand se reía entre dientes, exánime y con los ojos en blanco—. ¿Qué malos aqueja? ¿Os habéis vuelto loco?
—Esto es… —agitó las manos y, tembloroso, continuó—: Esto es una locura. Es imposible.
—¿El qué?
—Esto. ¡Esto! —Alzó los brazos al cielo y dejó de lado todo disimulo—. ¡Sí, maese Raymond, ya lo he hecho! ¡He hecho lo que acabáis de pedirme!
—¿Qué?
—¡He escrito al inquisidor! ¡Le he pedido consejo! Le he contado que vos me amenazabais y que quería mataros con un hechizo. ¡Pero si incluso le he amenazado! ¡Porque si quedan expuestos mis pecados, lo mismo sucederá con los suyos, sin duda!
Fruncí el entrecejo.
—¿A qué os referís? ¿Cuándo lo hicisteis?
—¡La primera vez que me abordasteis! ¡Me aterrorizasteis, loco de vos! Todavía no me ha respondido, es cierto, pero lo hará. ¡Claro que lo hará! Me aleccionará sobre cuanto necesito saber. —Con una nueva carcajada, el padre Durand levantó el índice extendido a la altura de mi rostro y me apuntó con él—. ¡Quizás incluso obre el hechizo él mismo! ¡Quizá seáis vos el condenado a morir, amigo mío! ¿No habéis pensado en ello? ¿Hum? ¡Tal vez os quedan apenas unos días! Porque recibirá mi carta muy pronto. Mañana. O el miércoles. ¿Qué haréis entonces?
Me cuesta trasmitir hasta qué punto me sobresaltó la temeridad de cuanto contaba. Sus palabras me impulsaron a apartarme de él. Me hicieron titubear y, con ello, perder mi posición de ventaja. Me quedé callado cuando debería haber hablado; retrocedí cuando debería haber atacado. Con todo, mi falta de coraje no fue todo lo dañina que habría podido resultar, porque Durand ya se había condenado suficientemente a sí mismo.
En cualquier caso, así se lo pareció al padre Amiel, que salió de pronto de debajo de la cama, arrancando al hacerlo una exclamación aterrorizada del canónigo.
—¿Hermano Durand Rouiard? Soy Amiel de Semur y maese Raymond está a mi servicio. Como veréis —el dominico se despojó del sombrero—, soy en realidad un fraile.
Durand lo contempló, boquiabierto y con los ojos a punto de salírsele de las órbitas.
—También soy un hombre piadoso —continuó el padre Amiel sin alzar el tono y acercándose a él—. Parece que habéis estado coqueteando con la nigromancia. Dos testigos os han oído aseverar tal cosa. Todavía se ha de decidir si éste es asunto para los tribunales eclesiásticos o para el Santo Oficio y… ¡ay!
Apartando al dominico de un empujón, Durand trató de ganar la escalera en un intento de fuga, pero no llevaba una buena indumentaria para semejante actividad. Casi sin pensar, lo atrapé antes de que pudiera escapar; lo agarré de la capa y tiré de ella con tal fuerza que tuvo que dar unos pasos tambaleándose y tropezó con el padre Amiel, que había quedado sentado en el suelo. El pobre dominico recibió de pleno el impacto con la mole de Durand y quedó tendido, mientras el canónigo pasaba sobre él trastabillando y rodaba también por el suelo.
Antes de que pudiera ponerse a gatas, sin embargo, le salté a la espalda.
Aunque no sé luchar, por entonces era joven y vigoroso. Durand, que no era ninguna de las dos cosas, se hundió debajo de mí con un sollozo y un gemido.
Le dije que cerrara el pico.
—Como decía —continuó el padre Amiel entre jadeos mientras se incorporaba—, sois un brujo confeso, hermano Durand, pero creo que os habéis dejado embaucar; en concreto, por un hombre al que me avergüenza llamar mi hermano en Cristo. Quizá, si estáis lo bastante contrito, yo pueda manipular los hechos para beneficiaros. Podría dejar constancia de que vos acudisteis a mí por propia iniciativa, buscando el perdón de antiguos pecados, y que me ofrecisteis el nombre de quienes también han practicado vicios secretos. Tal vez le cuente al Santo Padre que escribisteis la carta al padre Pierre-Julien con mi conocimiento y siguiendo mis instrucciones.
El padre Durand se quedó muy quieto debajo de mí, mientras que yo parpadeé y miré al padre Amiel, boquiabierto. ¿Mentirle al Santo Padre?
—Tal vez —terminó el dominico—, cuando tenga en mis manos la respuesta del padre Pierre-Julien, recomiende que el Papa os conceda clemencia y os permita cumplir vuestra penitencia fuera de la prisión, en algún claustro tranquilo, lejos de Aviñón. Quizás haga todas estas cosas, si vos me lo agradecéis.
Durand levantó la cabeza cuanto pudo.
—¿Cómo? —jadeó.
—Diciéndome la verdad y haciendo lo que os diga. ¿De acuerdo?
Durand, entre pesados jadeos, no se dignó responder.
—¿De acuerdo? —repitió el fraile y, dándome un toque en el hombro, me indicó sin palabras que debía liberar a mi cautivo. Así lo hice y permití al canónigo sentarse, frotarse el hombro y hacer una mueca.
—Hermano, vuestras alternativas están claras —dijo el padre Amiel con suavidad, empleando su tono de voz más convincente y razonable—. Si os resistís, pediré una escolta a la guarnición, os encerraré en la prisión y le diré al Papa que sois un hechicero impenitente. Si colaboráis, podréis volver a vuestro propio lecho y esperar allí hasta que el Santo Padre decida vuestro destino. ¿Qué será, pues?
El padre Durand pestañeó.
—¿Me permitiréis salir de aquí? —dijo con voz incrédula—. ¿Lo haréis si accedo a ayudaros?
—Sí, lo haré —replicó el monje con frialdad—. Pero no alberguéis ilusiones de escapar. Tengo varios medios, con la colaboración del condestable, de impedir que llevéis a cabo tales planes. Y si os atrevierais a intentado, haré caer sobre vos toda la fuerza de mi desaprobación.
A pesar de sus piernas enclenques, a pesar de sus andrajos y de su palidez enfermiza, el monje resultaba absolutamente convincente. Rezumaba amenaza. Durand tragó saliva.
—¿Qué… qué queréis que haga? —preguntó.
—Decidme la verdad.
—¿Acerca de qué?
—Acerca de vos. Acerca de Pierre-Julien Fauré. Acerca de Guillaume Monier. A acerca de vuestro mutuo interés en la brujería. —Al ver que Durand titubeaba, el padre Amiel se apresuró a añadir—: Vamos, no temáis. No estamos en un interrogatorio formal. Aquí no queda registrado nada. Si queréis, podréis negar que este encuentro se haya producido nunca. Aunque no os recomiendo que hagáis tal cosa.
Durand se mordió el labio. Me lanzó una mirada, se puso en pie, se sacudió el polvo del hábito y carraspeó.
A continuación, con voz temblorosa y apagada, habló.