El escribano
Canto XI
Sabía que el hermano Enguerrand habría hecho un informe completo y detallado de mis transgresiones para el padre Amiel. Además, era evidente que la noticia debía de haber ofendido terriblemente al dominico. Cuando finalmente recuperé el sentido, la mañana ya estaba avanzada, y comprendí que, si el padre Amiel hubiese querido dar conmigo, haría ya horas que me habría localizado.
«Te ha abandonado, Raymond —me dije—. Ésta vez te has pasado de la raya».
Me quedé un rato en la cama, mareado y dolorido e incapaz de encontrarle un lado bueno a mi desgracia. No será preciso que os diga que la cabeza me estallaba, que tenía la boca más seca que la camisa de una serpiente, que me escocían los ojos y que notaba el estómago revuelto. Fue precisamente esto último lo que hizo que me levantara por fin y corriese al piso de abajo a paso más rápido del que hubiese querido, pues estaba decidido a no vomitar hasta que llegase al muladar de Beatrice.
Una vez allí, vacié toda clase de sustancias malsanas antes de caer derrengado al suelo, como un trapo mojado. En tales ocasiones, uno deja de lado su dignidad. Me quedé tendido en el barro como un cerdo hasta que por fin recobré las fuerzas necesarias para moverme; luego, me dirigí hacia la cocina a gatas y sólo me puse en pie cuando llegué a la puerta. Apoyado en ella, conseguí mantenerme en posición vertical hasta que Beatrice me vio y me urgió a entrar.
Se portó muy bien. Me ayudó a llegar a una silla instalada junto a la lumbre, me preparó una infusión especial y me aplicó una compresa mojada en la frente. No me hizo recriminaciones y se limitó a un único comentario a modo de reproche: «Si fueras más feliz, Raymond, no te comportarías tan alocadamente». Pero incluso esto lo dijo con más pena que impaciencia.
Le pedí perdón no una vez, sino muchas. Me reconvine a mí mismo y me llamé sabandija, libertino, borrachín y patán inmundo. Al final, Beatrice se echó a reír.
—Hablas como un monje —dijo, y añadió que cualquier hombre con sangre en las venas se emborracha, de vez en cuando—. Estoy acostumbrada a tener que limpiar la suciedad que dejan los bebedores, y tú no eres de los peores, ni mucho menos. Después, comentó que le había divertido mucho cómo había echado al hermano Enguerrand de su alcoba. Recordaría muchos años la cara que había puesto el fraile.
—¡Le dijiste que, como sodomita que era, no vería nada de interés para él si se quedaba! —explicó con una nueva carcajada… y yo hundí el rostro entre las manos.
—¡Que Dios me ampare! —gemí—. ¡Que Dios me ampare! ¡No tengo redención posible!
—¡Bobadas!
—El padre Amiel se enterará. Sabrá lo que ha pasado.
—¿Y qué?
—Me despreciará.
—¡Bien! —dijo Beatrice—. Así serás como los demás, porque me parece que ese fraile desprecia a todo el mundo.
—¿Y mi empleo, Beatrice? ¿Qué voy a hacer?
—Te quedarás aquí. Encontrarás otro empleo. —Beatrice hablaba animadamente —. Te reirás con tus amigos y beberás sin vergüenza y agradecerás tener un ingenio agudo, un rostro atractivo y una mujer que desea tu compañía. No hay motivo para ser infeliz, Raymond. ¿Por qué te preocupas tanto? —Me dio unos cachetes en las mejillas—. Querido, todavía eres joven. Yo no lo soy tanto y te conozco bien. Sé qué es lo mejor para ti.
Impaciente, sacudí la cabeza en gesto de negativa.
—¿Beber hasta perder el sentido? —me lamenté—. ¿Es eso lo que debería hacer?
—No. Claro que no.
—¿Y qué otra cosa haría, si viviera aquí?
—Raymond…
—¡Oh, qué débil estoy! —Me levanté y di unos pasos tambaleándome, chocando con banquetas, fuelles y cestos de leña—. ¿Cómo voy a quedarme aquí? ¿Quién contratará a un escribano que vive en una taberna? ¿Qué debe de pensar el padre Amiel? ¡Maldita sea mi estampa! ¿Por qué no nacería muerto? Tengo que… No puedo… ¡Oh, ya debe de saberlo todo!
Finalmente, llegué a la conclusión de que tendría que enfrentarme a él. Tendría que presentarme en el priorato y esperar su juicio. Si no lo hacía, sería peor que un cobarde; además, él quizás esperaba que me presentase. Tal vez precisara de mis servicios, aunque sólo fuera hasta que pudiese conseguir los de otro. Pero dejar de comparecer ante él, muerto de vergüenza, para rogar que me perdonara, me condenaría a no ser merecedor siquiera de su desaprobación.
Me repetí esta última reflexión una y otra vez, hasta que conseguí reunir algunas dosis de un valor balbuciente y poco fiable. Entonces, tras depositar en la mano de Beatrice la única moneda que llevaba, me enjugué la cara, me peiné y salí hacia el priorato.
Sin embargo, cuando llegué, me dijeron que el padre Amiel no estaba.
Al ser informado de ello, comprendí que debía de haber contratado a otro escribano y sentí tal abatimiento que, por un instante, estuve tentado de abandonar mi empresa. Sólo el recuerdo de que ya me habían sustituido dos veces durante breves periodos (una de ellas, debido a la ignorancia, y la otra, por enfermedad) me dio fuerzas para perseverar. Aunque improbable, era posible —sólo posible— que el padre Amiel, sabiendo lo mal que me sentiría tras una noche desenfrenada, hubiera contratado a alguien por unas horas, solamente. Al fin y al cabo, había elogiado mi capacidad en numerosas ocasiones. Muchas veces había dicho pestes de los fallos de otros escribientes, comparándolos desfavorablemente conmigo. ¿Sería capaz, por el bien de la inquisitio y para que la investigación continuara avanzando a buen ritmo, de dejar a un lado su disgusto y el sentimiento de haber sido traicionado?
Sin embargo, al expulsar de El Gallo Negro a Durand Rouiard había causado un perjuicio irreparable a dicha investigación. Al recordar lo que había hecho, se me cayó el alma a los pies. El monje nunca me lo perdonaría, me dije. Nunca.
A pesar de todo, me dirigí a la prisión y pedí que me franquearan la entrada, pues me habían informado de que el padre Amiel estaba allí en aquel momento, interrogando a Masseo di Vico. Subí la escalinata de acceso con paso tambaleante y esperé humildemente en la puerta de la celda, junto a los dos carceleros que montaban guardia allí. Los dos hombres me observaron con suspicacia y se fijaron en mi aspecto agitado.
—Tenéis los ojos como uvas —comentó uno—. Como uvas negras.
—Sin duda —fue mi respuesta.
—¿Una noche de juerga?
—Sí.
—¿Queréis que llamemos y os anunciemos?
—No. —Interrumpir el interrogatorio sería un desliz imperdonable—. Esperaré aquí.
—Como gustéis.
Esperé, pues. Esperé largo rato. Aunque me dolía la cabeza y las tripas me rugían terriblemente, aguardé a que el padre Amiel termina su entrevista con Masseo di Vico. Cuando el médico salió por fin, con el rostro congestionado y bañado en lágrimas, hice un gesto a uno de los guardias, que asomó la cabeza por el hueco de la puerta y anunció:
—Está aquí Raymond Maillot, padre. ¿Queréis hablar con él?
Hubo un silencio y noté un nudo en la garganta.
—Que pase —llegó la respuesta, finalmente. Obedecí y me encontré de pie junto a Pierre-Bernard Aubert, el viejo notario sordo de los quince hijos sin madre. Su presencia tal vez me habría despertado esperanzas (pues, fueran cuales fuesen mis pecados, siempre se me debería considerar mejor opción que aquel hombre) , si la mirada inexpresiva del padre Amiel no me hubiese llenado de vergüenza y de aflicción hasta tal punto que en mi corazón no quedaba espacio para nada más.
—Padre, sólo he venido a disculparme —balbucí—. No pido nada, no tengo derecho; lo que he hecho es imperdonable…
—Maese Pierre-Bernard —me interrumpió el dominico—, muchas gracias por dedicarme vuestro tiempo. Aprecio mucho vuestros servicios, pero ya nos los necesito más. Tened —añadió y sacó de su bolsa un puñado de monedas—. Creo que esto será suficiente compensación.
Ante mi incrédula mirada, el notario Aubert recibió un generoso estipendio y fue despedido. Cuando se hubo marchado, el padre Amiel me comentó que Masseo di Vico había confirmado el testimonio de su hijo, movido sin duda por un profundo temor al Santo Oficio. El médico había confesado la comisión de varios actos de brujería, pero rechazaba haber hecho castrar a Guillaume Monier. También negó haber tenido tratos con ningún miembro de la casa del camarero, ni con el caballero Etienne de Puy.
Concluido el interrogatorio de Masseo, sólo faltaba la declaración del capellán del cardenal, el padre Antonio.
—El padre Antonio se vanagloria de sus logros intelectuales y de su conocimiento de la ley canónica —explicó el padre Amiel—. Por ello, ha renunciado a consultar con un abogado y prefiere defenderse a sí mismo. Estoy seguro de que habrá despachado peticiones de ayuda a diestro y siniestro, con la ayuda de sus amigos de la casa del cardenal. Sin embargo, hasta este momento no he recibido ninguna carta de protesta que pudiera retrasar mis progresos en la investigación. —El fraile levantó la mirada (pues había estado recogiendo y ordenando los folios sueltos de la torpe trascripción del notario Aubert) y, fijándola en mí, añadió—: Tomad asiento, maese Raymond. El acusado no tardará en comparecer.
—Padre…
—Desde luego, espero que me proporcionaréis una versión en limpio del protocolo de maese Pierre-Bernard. Sólo espero que podáis entender sus contracciones.
El dominico hablaba con calma y frialdad, como si se dirigiera a un desconocido. No evitó mi mirada, pero la suya carecía de calor y de brillo. En sus facciones no se leía la menor expresión, como no fuera tal vez un leve ensimismamiento. Desconcertado, me pregunté si pretendía fingir que no había sucedido nada y, al mismo tiempo, castigarme con su indiferencia, retirándome cualquier manifestación de afecto o de interés. ¿Tendría que trabajar junto a un témpano de hielo, en adelante?
—Padre —farfullé—, os he fallado en todo y lo lamento. Estoy… estoy desesperado. Haría cualquier cosa, lo que fuera…
—Basta —replicó él, con aspereza—. De momento, podéis quedaros en el priorato. Sin embargo, os urjo a que busquéis otro alojamiento lo antes posible. No parece que estéis hecho para una existencia enclaustrada.
—Si lo deseáis, padre, me marcharé hoy mismo, esta noche…
—Haced lo que consideréis más conveniente.
—¡Padre Amiel, por favor, perdonadme! ¡Os lo suplico!
—Estáis perdonado, maese Raymond. De lo contrario, no os conservaría a mi servicio. Ahora decidme si esa trascripción es legible. Leédmela. Sospecho que, con su lentitud, maese Pierre-Bernard puede haber dejado de registrar varias observaciones decisivas.
¿Qué alternativa me quedaba? Ninguna en absoluto. Aunque dolorosamente contrito y atribulado, me veía obligado a obedecer la orden del dominico. No me parecía que me hubiera perdonado, porque, entonces, ¿a qué venía aquel trato gélido? ¿Era posible que tal perdón excluyera las sonrisas, las palabras amables e incluso las miradas amistosas?
Mi conducta no merecía simples reconvenciones amigables ni reproches paternales, desde luego, y lo único que debería haber esperado o deseado del padre Amiel era conservar el empleo. Con todo, seguía anhelando una palabra de consuelo, de paciente indulgencia, de tierna y afectuosa clemencia. Seguía buscando el beneplácito del monje.
Sin embargo, mis anhelos de recibir tan espléndido regalo del corazón fueron vanos. El padre Amiel mantuvo su actitud distante y formal hasta la llegada del padre Antonio, en cuyo momento dejó de prestar la menor atención a mi presencia, como si fuera un mueble más. El declarante, por su parte, también decidió ignorarme y no me dedicó una sola mirada. Tal vez por eso, me desagradó nada más verlo. Era un hombre alto y esbelto de aire orgulloso, cuyas facciones, suaves y refinadas, le proporcionaban una apariencia juvenil que, tras una inspección más detallada, resultaba ser falsa. Tenía la nariz larga, la boca pequeña y los ojos pálidos bajo unos párpados gruesos. Cuando habló, su voz sonó aguda y sibilante, pero firme. Pronunció su juramento como un verdadero hombre de Iglesia —es decir, melodiosamente, como si entonara una plegaria— y tomó asiento en su banqueta con garbo y confianza.
Producía, no sé deciros por qué, una impresión formidable. Recordaba una serpiente: no muy fuerte, quizá, pero peligroso. Al lado de su figura refinada e imponente, el padre Amiel parecía más pequeño e insignificante que nunca; sin embargo, también él mantuvo la compostura mientras anunciaba las acusaciones que pesaban sobre el padre Antonio.
—Todas estas imputaciones son falsas —declaró el acusado cuando el dominico hubo concluido—. Masseo di Vico y su hijo me han acusado por resentimiento. Los dos tienen una especial ojeriza a todos los clérigos que ejercían alguna influencia sobre el cardenal, antes de su lamentable muerte. Me detestan tanto como aborrecían a Guillaume Monier, y encontraréis entre los miembros de la casa del cardenal más de un testigo que confirmará lo que digo.
—¿De veras? —El padre Amiel se mostró impertérrito—. Entonces, ¿insistís en que sois inocente?
—Sí, lo mantengo.
—¿A pesar de que Tibaldo Canigiano, el criado del médico, os identificó también como participante en un acto de brujería?
—Si investigáis la historia de dicho criado, hermano, descubriréis que su familia ha servido tradicionalmente en tierras de una familia rival de la mía. —Con un sutil matiz en su entonación, el padre Antonio parecía insinuar que, al fin y al cabo, no cabía esperar un conocimiento profundo de la política de la Romagna por parte de un humilde fraile francés—. Si lo deseáis, puedo hacer que mi tío os explique el asunto. Me temo que la enemistad viene de antiguo y que su causa es trivial. Y, aunque yo, personalmente, no la he fomentado nunca, en ambos bandos son muchos los que todavía la mantienen viva.
El padre Amiel frunció el entrecejo y se sumió en reflexiones. Después, pidió al declarante un relato completo y detallado del citado conflicto ancestral. También requirió una lista de nombres, fechas y lugares. Sin embargo, una vez satisfechas sus demandas, restó importancia a la información con la misma actitud indiferente que había mostrado el padre Antonio.
—Si fuese una mera cuestión de testimonio —comentó—, tal vez me convenceríais, hermano. Pero tengo pruebas, evidencias materiales, de que sois un nigromante.
—¡Oh! —El padre Antonio enarcó una ceja y, con voz serena, preguntó—: ¿Y qué pruebas podrían ser ésas?
—Las que contiene un libro. Un texto de brujería que fue encontrado en vuestro poder. —El padre Amiel sacó de su bolsa un códice que me resultaba conocido—. Es éste, hermano. ¿Lo reconocéis?
El padre Antonio extendió la mano.
—Si no me lo dejáis ver de cerca, no. Lleva las cubiertas características de los libros del cardenal; pero, aunque me correspondía a mí la responsabilidad de encuadernarlos, no estoy familiarizado con todos sus volúmenes. —Después de estudiar el libro detenidamente, asintió y se lo devolvió al padre Amiel—. ¡Ah, sí! Creo que recuerdo esta obra. La mandé encuadernar poco antes de la muerte del cardenal y aún no se la había devuelto.
—¿Estáis diciendo que el libro era del cardenal?
—Sí, eso digo.
—¿Aunque se encontrara en vuestras estanterías?
—Observad el timbre, hermano. Observad la inscripción de la página de respeto. Éste libro es, o era, propiedad del cardenal Di Vico, como muchos otros de los que tengo en mis anaqueles. Suelo guardarlos allí provisionalmente, cuando van o vuelven del taller del encuadernador.
En la pausa que siguió, no pude resistirme a dirigir una mirada al padre Amiel. Su expresión era pétrea. Cuando se volvió y me pidió que examinara el libro en cuestión, vi que su mirada era tan dura como negros sus ojos. Podéis imaginar qué poco me gustó confirmarle que el padre Antonio decía la verdad.
El libro llevaba estampado el timbre personal del cardenal y en la página de respeto había otra prueba de quién era su dueño. (¿Me echaría la culpa el padre Amiel por no habérselo indicado antes?).
—Así pues, declaráis que el libro no os pertenece… —murmuró el dominico por último, dirigiéndose al acusado en tono seco y cortante.
—No es mío —corroboró el padre Antonio.
—¿Tenéis alguna prueba de que perteneciera al cardenal?
—Hermano, ya os he señalado que lleva el timbre…
—Eso no significa nada. Vos mismo habéis dicho que os encargabais de llevar sus libros a encuadernar. Podríais haber incluido alguno vuestro entre ellos. ¿Quién se enteraría? El cardenal, desde luego, no.
—¿Por qué habría de hacer tal cosa?
—Para ocultar el hecho de que os dedicabais a la brujería.
—Tonterías.
—En absoluto. ¿Por qué había de querer el cardenal un ejemplar del Liber introductorius de Miguel Escota?.
—¿Por qué había de quererlo yo?
—Porque sois un hechicero.
—Demostradlo.
Los dos frailes se miraron fijamente. Por último, el padre Amiel cruzó los brazos y comentó:
—He visto el Decretum, de Graciano, entre vuestra colección. Es evidente que habéis estudiado en profundidad el derecho canónico.
—Así es.
—¿Conocéis, pues, la Causa vigésimo sexta de Graciano?
—Naturalmente.
—¿En la cual, en la conclusión del duodécimo capitulum de la quinta quaestio, establece que «quienes participan en el culto a los ídolos deben ser apartados de la comunión de los fieles»?
—Recuerdo esa Causa.
—¿Estáis de acuerdo con sus conclusiones?
El padre Antonio titubeó.
—No las recuerdo bien —dijo por fin.
—Se refieren a un sacerdote excomulgado por su obispo por ser un mago y adivino contumaz. Se cita a san Pablo: «Si un hermano tiene fama de fornicador, avaro o idólatra, no comáis con él». Graciano equipara a los magos, es decir, a los adoradores de ídolos, con los fornicadores. ¿Estaríais de acuerdo con eso?
De nuevo, el padre Antonio hizo ademán de reflexionar antes de responder.
—Deberéis precisar más vuestra pregunta —dijo al cabo—. Los idólatras son herejes, según la definición de san Isidoro, puesto que haeresis deriva del término que significa preferencia, y un hereje se aparta por su propia voluntad de la Iglesia para adorar a los ídolos, cuando las Sagradas Escrituras prohíben hacerlo. No obstante, en la actualidad se debate si toda magia o hechicería puede clasificarse de herética. El papa Alejandro IV, en su decreto Quod super nonullis…
—Conozco ese documento del papa Alejandro —intervino el padre Amiel en tono, me pareció, muy cortante. El capellán carraspeó.
—Entonces, debéis reconocer que la cuestión de si todos los magos son idólatras resulta espinosa —apuntó.
—¿Y cuál es vuestra opinión?
—Mi opinión es la que acuerden las autoridades de la Santa Madre Iglesia.
—Pero ¿qué autoridades? —El padre Amiel se inclinó hacia delante; percibí su movimiento por el rabillo del ojo—. Como decís, el papa Alejandro distinguió entre ciertos casos de adivinación o de encantamiento que saben claramente a manifiesta herejía, y otros que no. En cambio, Juan de Salisbury, en su Policraticus, enumeró doce tipos de mago y los catalogó a todos, incluso a los intérpretes de sueños, como reos de infidelidad a la verdadera fe, según las leyes de Moisés, quien dijo: «y tampoco haréis uso de encantamientos».
—Es incuestionable que muchos actos de hechicería, como los que incluyen invocaciones a demonios, son manifiestamente heréticos —replicó el padre Antonio —. Pero cuando los poderes naturales se emplean para el bien y sin recurrir a la adoración de los ídolos, y se llevan a cabo con espíritu humilde y confiado en Dios, cabe dudar de que tales actos sean contrarios a la fe.
—¿Poderes naturales? —En la pregunta del padre Amiel había cierto tonillo burlón—. ¿Qué poderes naturales? Santo Tomás de Aquino ha establecido que la efectividad de los magos no procede de los cuerpos celestes, ni de palabras o actos significativos, ni de sus propias capacidades, sino de una sustancia intelectual que, según la lógica o la razón, no es buena ni loable.
—Cierto —asintió el padre Antonio—. San Agustín, en cambio, apuntó que existen ciertos poderes naturales, ciertas «semillas» que se dan en el mundo natural, las cuales, empleadas por demonios o no, producen la transformación de cierta materia. Por ejemplo, la transformación de algunas cosas en serpientes o en ranas, que puede producirse mediante la putrefacción. Aunque exceden al poder y a la experiencia humanos, transformaciones de esta suerte pueden ser realizadas por el hombre sin la colaboración de demonios.
—¿Pero cómo podría ser cierta tal cosa? ¿Cómo se realizará tal transformación a requerimiento del mago, si no es mediante el uso de fórmulas habladas? Para que se produzca un efecto sobrenatural, debe llevarse a cabo un hechizo y, como declara el doctor Angélico, las palabras no tienen más poder que el procedente del intelecto que las pronuncia, o del intelecto al que van dirigidas. Y si existen hombres dotados del poder de transformar la materia mediante palabras que expresan sus pensamientos, no se trata de seres humanos, sino que pertenecen a otra especie.
—Algunos hechizos se realizan sin palabras —protestó el padre Antonio.
—Sí —replicó el dominico—. Los hay que se llevan a cabo por signos, que son otra forma de palabra y van dirigidos a otro intelecto, o mediante actos, que equivalen a signos. ¿No habéis consultado al doctor Angélico, amigo mío?
—Por supuesto —respondió el padre Antonio con aire ofendido—. Pero cabe argumentar que su tesis contra la «sustancia intelectual» es incompleta. Puede que, como él dice, toda la magia esté dirigida a un intelecto. Tal vez, incluso cuando emplea poderes naturales, el mago debe apelar a una sustancia intelectual superior para llevar a efecto la transformación que desea. Sin embargo, ¿debe ser maligna tal sustancia, necesariamente? Si quien realiza la magia no es un hombre de vida malvada, si no está movido por la malicia, si no comete crímenes (como el sacrificio de niños), si no fomenta la fornicación lujuriosa; si, por el contrario, se propone combatir la iniquidad y promover el bien, ¿cómo podemos decir que la sustancia intelectual que lo ayuda no es un ángel de luz?
Al padre Amiel se le escapó un leve suspiro de incredulidad, no sé decir si fingido o genuino. Cuando habló, su voz estaba cargada de conmiseración y de condescendencia.
—Hermano —dijo—, san Agustín nos dice que «cuando los magos obran como los hombres santos, lo hacen con diferente fin y mediante un derecho distinto».
—¿Y si el mago y el hombre santo son uno y el mismo?
—Tal cosa es imposible.
—¿Por qué? ¿En qué es diferente un acto mágico de un milagro?
—El milagro lo realiza Dios.
—Exacto. Lo realiza una sustancia intelectual que está bien dispuesta a la virtud.
—Hermano, ¿creéis tal vez que un hombre puede gobernar las acciones de Dios? —El manifiesto asombro del padre Amiel resultó un poco excesivo, a mi modo de ver —. ¡Tal creencia es una herejía!
—¡Lo es, sin duda! —replicó enfáticamente su interlocutor—. ¡No me refería a nada parecido! La voluntad de Dios es todopoderosa: ni hombre ni espíritu alguno pueden gobernarla. Así pues, si un mago intenta obrar el bien, lo hará mediante la voluntad de Dios, movido por Él para corregir el mal mediante el empleo, tal vez, de encantamientos que no gobiernan la Voluntad Divina, sino que son como una plegaria o una súplica que atestiguan su fe en el poder de Dios.
Se produjo un largo silencio, durante el cual pude relajar un poco la mano. A decir verdad, estaba sin aliento: el diálogo había sido demasiado profundo para mi entendimiento, lleno de palabras difíciles y de conceptos complejos.
Finalmente, el padre Amiel sacudió la cabeza y comentó que los razonamientos del acusado eran tortuosos, poco convincentes y, en definitiva, deficientes.
—Una plegaria es una plegaria y no un encantamiento —declaró—. No se pronuncia para producir un efecto mágico.
—Pero la gente reza para pedir milagros —repuso el padre Antonio—. Y Dios a veces escucha sus súplicas, ¿no es así?
—Hermano, estáis pisando un terreno resbaladizo y peligroso…
—Estoy presentando a debate una proposición, simplemente.
—Pues tal vez deberíais dejar tales proposiciones a quienes son más competentes para debatirlas.
—¿Como los obispos nombrados para el consistorio del Santo Padre? —replicó el padre Antonio. La opinión que le merecían dichos obispos quedaba clara en el tono de su voz—. Como estudioso que soy, me creo en el mismo derecho que ellos a debatir.
—¿Sí? ¿Según qué autoridad?
—Según la autoridad de Graciano, el cual, en la vigésima distinctio, declara: «Es evidente que si los comentaristas de las Divinas Escrituras sobrepasan en conocimiento a los obispos, han de preceder a éstos en las exposiciones de las Escrituras».
—¡Pero Graciano se refería a comentaristas como Jerónimo o como Agustín!
—Nada de eso. Hablaba en términos generales; no sólo de los obispos de su época, sino de todos los demás. Por lo tanto, no se refería tampoco a los estudiosos y comentaristas del pasado, únicamente…
Amigos míos, me falla la memoria cuando intento reproducir al pie de la letra el desarrollo de este diálogo. Tan extenso fue, y trató de tantos temas, que no puedo hacer otra cosa que resumirlo. Los dos religiosos discutieron sobre obediencia eclesiástica, citando fuentes tan diversas como san Bernardo de Clairvaux, Gil de Roma y los decretos del concilio Lateranense IV. De esto, pasaron sin solución de continuidad al tema de la herejía, representada por ciertos franciscanos a los que denominaron «minoristas»; también debatieron sobre qué se entendía por santa pobreza (respecto a lo cual manifestaron un total acuerdo) y sobre los poderes del Papa, punto en el que parecieron discrepar ligeramente, aunque cada uno se apoyó en distintas autoridades reconocidas: san Mateo, san Lucas, san Pedro y muchos otros nombres más modernos, tanto de eruditos como de prelados. El padre Amiel comentó que el padre Antonio parecía un tanto altivo, con el espinazo más tieso que el de una hiena; debía tener cuidado, le reprendió, pues san Pablo nos instaba a que «nadie que hable de lo que no ha visto e hinchado de vanidad por su propia mente carnal os prive de vuestro premio haciendo alarde de falsa humildad». El padre Antonio replicó que todos los hombres están llenos de pecado y que, en su calidad de dominico, el padre Amiel debía de estar familiarizado con el pecado de la vanidad intelectual. Discutieron luego sobre la virtud de la obediencia y sobre si ésta abundaba más, en general, entre los frailes que entre los sacerdotes. El padre Amiel acusó al capellán de regirse únicamente por sus propios deseos y prejuicios, y el padre Antonio acusó al monje de dar pábulo a conjeturas falsas. El dominico apuntó que, si tan sincera y absoluta obediencia prestaba a su superior, sin duda habría seguido las indicaciones del cardenal cuando éste realizaba un acto de brujería. ¿Había sido así, en efecto? ¿Era la voluntad del cardenal (quien, una vez fallecido, ya no tenía ningún poder ni podía ser llevado a declarar) lo que había dictado los actos del capellán? Si era así, el padre Antonio merecía clemencia por su obediencia.
Sin embargo, el capellán no era hombre al que pudiera arrancársele una confesión con semejante añagaza.
—Jamás he cometido un acto de brujería, bajo ningún concepto —replicó—. Con o sin el conocimiento del cardenal Di Vico.
—Tal vez el cardenal temía a Guillaume Monier. Tal vez había descubierto que el camarero se entregaba a la nigromancia y, temeroso de enfrentarse a él abiertamente y movido por el miedo, decidió derrotarlo por medios subrepticios e impíos.
—Tal vez —contestó el padre Antonio—. Pero, de ser así, yo no estaba al corriente.
—¿No sabíais que Guillaume Monier practicaba la brujería?
—No.
—De haberlo sabido, ¿qué habríais hecho?
El capellán sonrió:
—Lo habría confiado a mi superior —dijo y, socarrón, añadió—: y habría esperado sus instrucciones.
Se produjo una pausa. Creo que el padre Amiel estaba replanteándose su ataque; desde luego, no estaba abrumado de cansancio, pues, cuando aproveché el silencio para señalar que el día ya estaba muy avanzado, que me dolía la mano y que estaba desmayado de hambre, él torció el gesto con impaciencia.
—No he terminado —dijo.
—Pero, padre, apenas puedo seguir escribiendo…
—Descansad un rato, entonces. Pediré que traigan algo de comer y daremos cuenta de ello aquí.
—¿Aquí? —Mi mirada se cruzó con la del acusado y la aparté enseguida—. ¿En esta habitación, queréis decir?
—¿Tenéis algún reparo? —inquirió el monje fríamente.
—No, no.
—Esperad, pues. Volveré en un instante. —El padre Amiel se puso en pie y se encaminó a la puerta. Antes de llegar, no obstante, se detuvo y se volvió—. No converséis con el detenido —me ordenó—. Si lo hacéis, os oiré.
El padre Antonio sonrió mientras yo asentía humildemente, y allí quedamos los dos, en completo silencio, enfrentados y con un verdadero océano de aversión entre los dos, como dos jugadores de ajedrez con el tablero de por medio.
Era el principio de una larga, una interminable tribulación para ambos.