El escribano
Canto II
A la mañana siguiente, llegó de Lazet mi viejo amigo Barthélemy.
Aunque había decidido no abandonar mi habitación hasta que Arnaud saliera de casa, me levanté de la cama para recibirle. Pensé que mi hermano, pese a todos sus defectos, evitaría descargar su mal humor sobre mí en presencia de un posible cliente y que, si aprovechaba la llegada de mi amigo para salir, no correría ningún peligro. Y acerté, pues, cuando aparecí en la cocina, Arnaud se limitó a gruñir y concentró su atención en los rizos lustrosos de su hijo. Siempre que tenía la oportunidad, mi hermano se entretenía en despiojar al niño.
—¡Maese Raymond! —exclamó Barthélemy—. ¿Qué os ha sucedido?
—¿Qué? Oh, nada, un pequeño desacuerdo con Arnaud.
—No es cierto, maese Barthélemy —mi hermano me fulminó con la mirada—. A Raymond lo atacó una pandilla de tunantes.
—¡Que Dios nos asista! —dijo el terciario, santiguándose—. ¡Qué cosa tan terrible!
—Sí, lo fue —convine—, pero ahora ya estoy bien. ¿Y qué ha sido de vos, amigo mío? Tampoco parecéis encontraros en el mejor de los momentos, diría.
Barthélemy, un hombre cuyo semblante nunca había transmitido mucha alegría, presentaba ahora un aspecto patético: demacrado, lívido y desacostumbradamente desaliñado.
—¿Qué os ha traído a Aviñón? —le pregunté—. ¿Necesitáis de nuevo mis servicios?
—Sí, maese Raymond —asintió—. Debéis ayudarme.
—Por supuesto. —Como había captado una nota de desesperación en su voz y creí ver el pánico en sus ojos, le hice pasar a la alcoba y le indiqué que se sentara. Rehusó mis ofrecimientos de comida o bebida y apenas esperó a que cerrase la puerta para poner en mis manos un documento sellado y muy manoseado.
Al estudiar el escrito, descubrí que se trataba de una citación de Pierre-Julien Fauré, inquisidor de la depravación herética de Lazet, por la que se convocaba a Barthélemy para que respondiera de ciertos actos contrarios a la fe que habría cometido.
—¡Oh! —dije con gravedad.
—¿Qué he de hacer, maese Raymond? Sois un hombre sabio. Con vuestra ayuda, a mi primo le revocaron la sentencia y ahora puede morir en su propia cama. ¿Cómo debo enfrentarme al inquisidor para salvar mi propia vida?
¿Cómo? ¡Ya me habría gustado saberlo! Con el ceño fruncido, estudié de nuevo el documento, pero no encontré ninguna indicación sobre la naturaleza del delito que Barthélemy, presuntamente, había cometido. No es que esperara encontrarla. A aquellas alturas, ya había aprendido que los inquisidores preferían ocultar a los acusados de pecado todos los datos que podían.
—¿Sabéis por qué habéis sido citado? —pregunté—. ¿Habéis hecho algo lamentable de lo que yo deba estar informado?
Barthélemy me miraba, pasmado.
—¿Yo? —preguntó—. Pero ¿cómo podéis imaginar siquiera tal cosa? ¡Soy un buen hijo de la Iglesia! ¡Soy devoto de san Francisco!
—Entonces, ¿por qué ha llegado vuestro nombre hasta ese inquisidor? —dije, señalando el documento con el dedo—. ¿Quién os habrá difamado?
—¡Nadie!
En términos confusos, Barthélemy intentó explicar que creía que había despertado la ira del padre Pierre-Julien al haber logrado que se revocara la decisión del monje acerca de Isoard Calverie. En efecto, un humilde terciario había vencido al poderoso inquisidor de Lazet.
—Eso le resulta intolerable —señaló para concluir—. Y, en consecuencia, como se ha visto obligado a exculpar a mi primo, ahora se dedica a perseguirme a mí.
—¿Estáis seguro?
—¡Lo sé!
—Entonces, os pueden acusar de cualquier cosa —murmuré pensando en voz alta. Con movimientos un tanto tensos, saqué el manual del procedimiento inquisitorial del padre Amiel. Sabía que en él se describían todos los medios de defensa al alcance de un hombre acusado de herejía, pero, oh, Señor, qué pocos había… A primera vista, supe que las perspectivas de Barthélemy no eran muy halagadoras.
—Cuando se trata de perseguir actividades heréticas —le dije—, no es preciso que uno tenga mala fama en su comunidad para verse acusado. Si bien, en circunstancias normales, son necesarios dos testigos para condenar a un hombre de buena reputación, en los casos que se presentan ante el tribunal del Santo Oficio sólo se requiere uno, siempre que el informador pueda dar testimonio de dos incidentes heréticos distintos.
—¿Qué debo hacer, maese Raymond?
Al levantar los ojos (pues había estado leyendo el manual), advertí que Barthélemy sudaba profusamente, no se movía en absoluto y tenía la mirada extraviada. Pensé que no estaba en condiciones de recibir o comprender mis consejos, por lo que me acerqué a él, lo tomé de las manos y las estreché sin dejar de mirarlo a la cara.
—Tranquilizaos, amigo mío —le dije—. Habéis de escucharme con toda la atención, ¿me oís? No os puedo escribir todo esto, pues no sabéis leer; por lo tanto, prestad mucha atención y confiad mis palabras a la memoria. Debéis estar pendiente de lo que os voy a decir.
—Sí, sí, os estoy escuchando.
—Para empezar, es posible que exista un testigo que os haya difamado. Debéis poner de manifiesto que ese hombre es enemigo vuestro. De este modo, quedará en evidencia que es un falso testigo y que vos sois inocente. —Insté a Barthélemy a que recordara sus relaciones con cada amigo, conocido, pariente o persona anónima con la que hubiera tenido alguna rivalidad a lo largo de toda su vida—. No omitáis a nadie —le recomendé—. Si una vez orinasteis en la tapia de la casa de alguien, dad el nombre de esa persona. Cuanto más larga sea la lista, más posibilidades tendréis. Decidle al inquisidor que tenéis muchos enemigos. Y mencionadle a él entre ellos. No os olvidéis de eso.
—¿Estáis seguro?
—Por completo. ¿Qué podéis perder? Os escribiré esa lista, si así lo deseáis. En realidad, os aconsejaría que presentaseis los nombres antes de la audiencia, no fuera a ser que, con el miedo, os olvidarais de un par o tres. Presentad la lista al padre Pierre-Julien. Que la lea en voz alta a fin de que conste en el registro oportuno. Guardad una copia para vos, y cuando os pidan que confirméis el protocolo, haced que alguien la compare con los nombres que aparecen en vuestro testimonio.
—¿El protocolo? —El hombre parecía absolutamente perdido.
Le repetí todo el proceso inquisitorial con palabras más sencillas y le dije que pidiera que le informasen de la naturaleza exacta de la acusación por la que lo citaban: «ciertos actos heréticos» no bastaba. Si el padre Pierre-Julien no le daba detalles del presunto delito, Barthélemy podía acogerse al silencio y apelar. En cambio, si se presentaban pruebas de la infamia, Barthélemy tendría más posibilidades de combatir la acusación.
—A mucha gente la condenan por su propia ignorancia —proseguí—. El papa Bonifacio VIII, que en paz descanse, aprobó un estatuto por el que se permite a todo juez inquisitorial proceder sin demostrar la infamia de un acusado de herejía si el acusado no protesta primero. Por lo tanto, habéis de protestar al principio de todo. No debéis permitir que el inquisidor os haga adivinar por qué se os ha citado.
—Muy bien —dijo Barthélemy, tembloroso. Lo recordaré.
—Si, como sospecháis, es el propio inquisidor quien testifica contra vos, entonces debéis exigir vuestros apostoli, que son cartas que devuelven el caso a la Santa Sede, en los que argumentaréis que estáis siendo juzgado por un juez predispuesto contra vos.
—Apostoli —murmuró mi compañero——. Debo exigir apostoli.
—Aseguraos de que dos personas imparciales presencien el interrogatorio. Si no hubiera tales testigos, tenéis argumento para apelar. Aseguraos de que se os da la oportunidad de revisar vuestras palabras, ya que alguien os ha de leer vuestro testimonio un día a más tardar después de haberlo ofrecido. Y si podéis, Barthélemy, buscad a unos cuantos hombres honorables, cuantos más mejor, que atestigüen vuestra fe, vuestra devoción y vuestro honor. A los hombres que desempeñan esa función se les llama «compurgadores». Pueden servir para convencer al tribunal de vuestra inocencia, siempre y cuando pidáis que sean oídos…
—Pero maese Raymond, ¿quién va a apoyarme delante del padre Pierre-Julien? —me interrumpió Barthélemy—. ¡No hay nadie! ¡Nadie tendrá el coraje de hacerlo!
—¡Oh! —exclamé. El tono de desesperación de su voz resultaba desconcertante —. Bien, haced lo que podáis. Y acordaos de llamarlos «compurgadores». Compurgadores. Es muy importante que impresionéis al padre Pierre-Julien con vuestros conocimientos y experiencia, y que sepa que sois un adversario formidable. Si os manifestáis confiado y elocuente y demostráis dominio del procedimiento, tal vez le resulte más difícil condenaros tan despreocupadamente como lo haría a un campesino iletrado. De este modo, no le será tan sencillo pasar por alto vuestros derechos.
Así arengué al pobre terciario, martilleándole ciertas palabras en la cabeza, y le pedí que repitiera mis instrucciones hasta que quedé convencido de que las comprendía. Para terminar, le rogué que no mencionara mi nombre cuando apareciera ante el inquisidor de Lazet, pues si llegaba a saberse que me había pedido ayuda, yo también correría el peligro de que me acusaran de hereje.
—Por ley, a los abogados y a los escribanos no nos está permitido ayudar a los acusados de herética —expliqué—. En mi situación actual, desde luego, es muy improbable que me acusen —pensaba en mi amistad con el padre Amiel cuando hice tal declaración—; pero, aun así, preferiría que mi participación en este asunto fuese un secreto.
Barthélemy me prometió calurosamente que nunca lamentaría haberle ayudado. Alabó con vehemencia mi inteligencia, mi amabilidad y mi noble corazón, y llegó a posar sus labios en mi mano. Cuando le dije, después de desasirme, que no me debía nada por el consejo, estalló en sollozos.
—¡Oh! ¡Dios os ha puesto en mi camino! —gimió—. ¡Sois mi ángel de la guarda, mi único amigo!
—Barthélemy, por favor…
—¿Qué habría hecho sin vos? ¡Vos andáis en los caminos del Señor!
—Y vos, amigo mío, debéis de estar cansado —dije con firmeza, tragándome el nudo que tenía en la garganta—. Sin duda, el viaje os habrá fatigado. Venid, bebed algo de vino y comed un trozo de pan. Podéis incluso descansar aquí, si lo deseáis, porque yo ya no tengo que guardar cama. Quedaos aquí, esta noche, y regresad mañana.
Sin embargo, el terciario insistió en marcharse enseguida. Al cabo de pocos días tenía que comparecer ante el padre Pierre-Julien. Apenas le quedaba tiempo para regresar a Lazet, por no hablar de los compurgadores que debía buscar para su defensa. A menos que partiera de inmediato, la suya era una causa perdida.
No logré retenerle con ningún argumento.
—¿Y vuestra lista de enemigos? —pregunté, mientras lo acompañaba a la puerta —. ¿Queréis que os escriba los nombres?
—No puedo esperar —respondió, balbuciente—. Tengo que pensar, intentar recordar… No puedo perder tiempo. —Haciendo una pausa en el umbral de la puerta de la casa de mi madre, me echó los brazos al cuello y me besó con tanta fuerza en la amoratada mejilla que di un respingo de dolor—. Que el señor os bendiga y proteja —gimió, con la voz amortiguada por la carne de mi hombro—. Estoy a vuestra disposición, maese Raymond. Mi vida queda a vuestro servicio.
—Tonterías —dije, temeroso de que Arnaud pensara mal de aquella demostración —. Ojalá pudiese hacer más por vos, Barthélemy… —Llegado este punto, titubeé. No sabía cómo formular mi siguiente consejo sin incurrir en la desaprobación de mi hermano—. Hay que decir que vuestras posibilidades no son buenas —informé al terciario en voz baja—. Yo, en vuestro lugar, amigo mío, buscaría otro hogar donde refugiarme, en otra parte, y haría caso omiso de esta… invitación. Aunque, por supuesto, no es fácil que a uno lo acojan calurosamente lejos de casa.
Si Barthélemy me comprendió o no, no puedo saberlo. Lo que sí os diré es que no hizo comentario alguno. Se limitó a estrecharme de nuevo en sus brazos y, cuando me soltó, se marchó calle abajo con pasos pesados. Las suelas de las sandalias, que le iban algo grandes, arrancaban un repiqueteo al golpear las plantas de sus pies. Suspiré y me pregunté si volvería a verle alguna vez. Era una posibilidad muy remota, pensé, y cuando ya volvía a casa con el corazón encogido de pena, me fijé en un joven delgado de cabello rubio que se cruzaba con el terciario momentos antes de que éste desapareciera de mi vista.
¡Dios mío, era Gaillard!
Como podéis imaginar, estuve encantado de ver a mi joven amigo, pero sabía que Arnaud se pondría furioso si el escudero aparecía por la casa de mi madre, ya que, en su opinión, Gaillard era una mala compañía. Así pues, volví a salir con el sigilo de un zorro que anda de cacería y me apresuré a interceptar a Gaillard antes de que me alcanzara en el umbral.
—¡Bienvenido! —exclamé, aunque no demasiado fuerte, sonriendo como un perro—. ¡Qué feliz me siento de encontrarte de nuevo! ¿Venías a visitarme?
—Sí —respondió el escudero, y la sonrisa se esfumó de mis labios porque era evidente que no se alegraba de verme: su semblante era sombrío y tenía los labios prietos y el ceño fruncido. Agarrándome de la túnica, tiró de mí y me llevó hacia el fondo de un callejón—. ¡Eres un canalla! —dijo con los ojos brillantes, lloroso de furia—. ¡Un truhán!
—¿Qué? ¿Qué he…?
—¡Miserable! ¡Ojalá te hubieran matado, gusano mentiroso!
—Pero, Gaillard, ¿qué he hecho?
¡Oh, de la gente tramposa y depravada líbrame, Señor! Al parecer, alguien, en alguna parte, había estado contando mentiras de Gaillard. Corrían habladurías por la ciudad según las cuales había sucumbido a ciertos encantamientos urdidos por el camarero, quien habría doblegado su voluntad y conseguido de él toda suerte de caricias lascivas. Al anillo que llevaba Gaillard (un presente, como yo bien sabía, de su padre) se le atribuían propiedades mágicas. Se rumoreaba que se lo había regalado el padre Guillaume y que, con la fuerza de una cadena, le servía para mantener atado al escudero, que no podía, así, rechazar sus peticiones.
—¡Y tienes que haberlo contado tú! —rugió Gaillard—. Porque, ¿quién más sabe de hechiceros y anillos mágicos?
—Gaillard, te juro que…
—¡Deja de mentir! ¡Sé que lo has contado tú! ¿O pretendes decirme que ha sido el monje quien ha ido divulgando todos esos bulos?
—No —dije, intentando soltarme de la mano que me agarraba por el cuello—. No, pero estaban aquellos centinelas…
—¿Qué centinelas?
Distraído, aflojó la presión a la que me sometía y conseguí quitármelo de encima con un empujón.
—Fuera, apostados a la puerta —dije, entre toses—. Tal vez oyeron el interrogatorio.
—¡Ah!
—Gaillard, ¿cómo iba yo a divulgar una historia así? —le pregunté, intentando que razonara—. Desde que compareciste ante el padre Amiel, he estado guardando cama con la cara hinchada como la de un ahogado. Apenas podía hablar hasta esta mañana, y Arnaud me ha velado. Saldrá ahora mismo, espera. Los únicos visitantes a los que permite entrar en mi alcoba son monjes y matronas piadosas. Así que, dime, ¿a quién podría yo haber contado esas patrañas, si hubiesen salido de mis labios? ¿Quién iba a preguntarme por el díscolo instrumento de Guillaume Monier en presencia de mi hermano? ¿Quién? ¡Dime quién!
—Yo… yo…
—Nadie —proseguí, airado y avergonzado a un tiempo porque sabía que, al llamar la atención del padre Amiel acerca de Gaillard, había condenado al infeliz muchacho al tormento del deshonor—. Y ahora será mejor que te marches antes de que Arnaud nos encuentre. Si ha oído esas historias sobre ti y ve que me estás empujando contra una pared…
—¡Oh! —Me abofeteó el rostro.
—¡Ay!
—Tú no eres amigo mío.
—Hablaré con el padre Amiel, Gaillard. Los centinelas serán castigados.
—¡No, no digas nada! ¡Ya has hablado bastante!
—Pero…
—¡Déjame en paz, traidor!
Aquello me partió el corazón, porque lo vi tan joven… Era, en realidad, como un niño angustiado. Al fin y al cabo, eso era, un niño, todavía no un adulto hecho y derecho. Lo agarré por el brazo.
—Gaillard, perdóname, todo es culpa mía, pero yo no te he calumniado. Lo juro.
Si me creyó, no dio muestras de ello. Se desasió y, dando media vuelta, se lanzó de nuevo hacia la calle con un rumbo un tanto errático. Vi que se restregaba los ojos y me embargó un terrible sentimiento de culpa; pero la pestilencia del mugriento callejón era todavía más abrumadora y Arnaud, sabía yo, ya debía de estar venteando el aire con ánimo belicoso. Por ello, regresé a casa y fui recibido con una andanada de preguntas suspicaces.
Debo confesaros que no fui del todo sincero. Le conté que Barthélemy me había entretenido en la calle. Sí, el pobre hombre estaba de lo más angustiado. No, ni un solo sueldo había cambiado de manos, ojalá… Arnaud murmuró algo desagradable sobre el precio de los ungüentos del boticario, pero no tuve que buscar refugio de sus reprobaciones, porque lo llamaron del almacén para que supervisara un envío y a partir de ese momento reinó una frágil paz, al menos durante un tiempo.
Así, pude reflexionar sin interrupciones sobre las vicisitudes de mis amigos. Respecto a Barthélemy, para empezar, no podía decirse que fuera mucho más que un conocido. En realidad, sólo era un cliente. Sin embargo, su situación apurada me inquietaba y me pregunté, con un ligero estremecimiento, si no llegaría a empañar mi buen nombre. ¡Y Gaillard! Aquél sí que era un buen nombre tristemente manchado. ¿Qué debía hacer yo? ¿Cómo podía ayudarlo? ¿Había perdido su confianza y aprecio para siempre? Se me ocurrió pensar que si el ambiente se emponzoñaba con el resentimiento de Gaillard, El Gallo Negro dejaría de ser un agradable refugio. Mi joven amigo tal vez no se atrevería a presentarse allí nunca más. Quizá no le apetecería soportar que Othon lo pusiera en ridículo.
Precisamente, estaba pensando en Othon y en lo mordaces que podían ser sus bromas, cuando se presentó en casa, aporreando la puerta y llamándome.
—¡Raymond! —gritó—. ¿Dónde estás? ¡Sal ahora mismo, rata cobarde! ¡Sé que ya puedes andar, me lo ha dicho la viuda!
Mi madre parecía asustada. Mi cuñada, muy enojada. Los perros empezaron a ladrar ruidosamente y a mí me ordenaron que no me levantara de mi asiento.
—Tu hermano no quiere ver a ese hombre en casa —declaró Alazais—. No le dejes entrar, Raymond.
—¡Eso! —intervino mi madre con la voz a punto de quebrársele—. ¡Arnaud ha dicho que no!
—¡Eres un desgraciado, Raymond! ¡Entraré a buscarte y te sacaré a rastras!
—¡Siéntate, Raymond! —gritó mi cuñada, en un tono absolutamente inadecuado a las circunstancias. A fin de cuentas, era una mujer y todavía no era la dueña de la casa.
Por lo tanto, hice caso omiso de las órdenes y salí a saludar a Othon.
—¡Si tu hermano estuviese aquí, te lo impediría! —exclamó Alazais mientras yo abría la puerta—. ¡Traes la vergüenza a esta familia!
—¡Oh, calla esa boca ponzoñosa! —le dije, harto hasta lo indecible de sus sermones—. Si mi hermano estuviera aquí, Othon bailaría una estampida encima de su cabeza.
—¡Claro que lo haría! —dijo Othon, que había oído el final del diálogo—. Y también tocaría El ruiseñor con su cuerno. ¡Vaya, Raymond! ¿A esto llamas tú recibir una paliza, pétalo de rosa? Yo quedé mucho peor después de pasar la noche con una virgen.
—Ahora sí que estás peor —repliqué, cerrando la puerta a mi espalda, pese a las sonoras protestas de Alazais—. Si te hubiesen llevado a rastras por un campo de tiestos rotos, nadie notaría la diferencia.
—¡Ja! —Me dio un puñetazo en las costillas y me doblé de dolor. A continuación, me llevó a empujones al mismo callejón infecto que Gaillard había elegido para atacarme. Me pregunté por qué una calleja tan hedionda ejercía aquel irresistible atractivo. ¿Mis amigos se sentían más a gusto en un muladar?
—Dime quiénes te atacaron —preguntó Othon con cierta jovialidad—. ¡Dame sus nombres y los mataré a golpes, desechos miserables! Tu hermano no ha querido decírmelos. ¡No me ha dejado entrar en la casa!
—Eso me han contado —repliqué, y he de confesar que sus palabras me conmovieron—. Pero Arnaud no podía dártelos, Othon, porque no reconocí a ninguno de los agresores.
—¿A ninguno?
—No.
—¡Qué pena! —dijo alegremente—. Pero si alguna vez lo descubres, Raymond, no te olvides de tu amigo. Ya sabes que partir cabezas es uno de mis pasatiempos favoritos.
—¿De veras? Yo creía que tu pasatiempo favorito era fornicar.
—¡Oh! —Excitado, al parecer, por el hecho de que sacara a relucir el tema, me agarró el brazo con tanta fuerza que tuve que pedirle que me soltara. Nos hallábamos en un rincón escondido, cerca del muro contra el que Gaillard me había inmovilizado. El barro nos llegaba a los tobillos y el ambiente era húmedo a pesar del ardiente sol.
El hedor me mareó.
—¡Sí, fornicar! —dijo con una sonrisa—. Raymond, estoy loco de lascivia. Hay una muchacha… ¡Oh, menuda muchacha! Nunca has visto un bocado tan sabroso. Es la fruta más dulce, y además es doncella, con unas tetas hasta aquí… ¡Y la han encerrado en un convento, Raymond!
—¿Quiénes?
—¡Esos banqueros florentinos! ¡Los Frescobaldi! ¡Te juro que habría que destriparlos! Les preocupa más su honor que la pobre Isabella. La han encerrado porque la pobre muchacha anhela el amor… Iría con cualquiera que se lo pidiese. ¡Pero si se le nota en los ojos! Apenas ha dejado los pañales y ya tiene ojos de cortesana. No hay hombre que pueda satisfacerla, se nota. Y por eso la han encerrado en un convento, donde sus jugos se agriarán y…
—Othon, no vayas a allanar otro convento —aunque las rodillas me temblaban, estaba decidido a resistirme—. No, otra vez no. Con una, ya basta.
—¡Oh, amigo mío! ¿Crees que iba a pedirte algo así?
—Sí, ya lo has hecho.
—Pero no lo repetiré, en vista de lo que ocurrió la otra vez. No, tengo otra idea, una idea mucho mejor.
Y Othon explicó que, si yo podía falsificar una bula —una orden papal por la que se requiriera la presencia de sor Isabella, ella sola, en un determinado jardín, una noche concreta—, pediría a Berenguer que falsificara el sello y lo estampara en el documento. ¿Quién se atrevería a desafiar dicha orden? Estaba seguro de que después la muchacha no revelaría su vergüenza. Era probable incluso que volviera por más, una vez despertado su apetito. Y como era una desenfrenada capaz de acomodar a más de un hombre a la vez, si yo quería sacar agua del pozo…
—No —dije.
—¿Qué?
—Que no. —Me molestó que fuera tan idiota como para proponerme una cosa así —. ¿Estás loco? ¿Sabes cuál sería el castigo por; una imbecilidad como ésa?
—¿Y quién lo iba a descubrir, Raymond?
—¡Todo el mundo! ¡Los bullatores, la abadesa, el Papa, el condestable, todo el mundo! ¿Quién entregaría la bula? ¿Lo harías tú, en persona? ¿A la portera del convento? ¡Esto es un sueño de borrachín y deberías olvidarlo!
Othon se ruborizó y frunció el ceño. Aunque fuera idiota, no lo era tanto como para lisiar a un hombre cuya ayuda necesitaba tan desesperadamente. Así pues, con un enorme esfuerzo, se contuvo de partirme en dos y dijo:
—Aunque me pescaran a mí, Raymond, nadie sabría que tú habías colaborado en esto.
—¿De veras? ¿Nadie reconocería mi escritura? ¿Nadie recordaría que, de todos tus amigos, soy el único que no es analfabeto? —Para demostrarle con qué rotundidad desaprobaba su plan (y para volver a la relativa seguridad de una calle bien transitada), empecé a alejarme de él—. Othon, he presenciado los procedimientos de un tribunal y sé cómo piensan los juristas. Ésta idea tuya está condenada al fracaso, amigo mío, y terminarás dándome las gracias por haberte disuadido de ella.
—¡Pero otras veces me has ayudado! —protestó, agarrándome la muñeca—. ¿Por qué ahora no?
—Porque ahora no estoy borracho.
—Entonces, ven conmigo a El Gallo Negro. Si lo que buscas es coraje, un trago de vino te pondrá un poco de hierro en las entrañas.
—No.
—Raymond…
—No.
—Pero ¿qué te ocurre, Dios bendito? —Casi me desencajó el brazo del hombro —. Ése monje debe de estar chupándote la sangre. ¡Cualquiera diría que tú también te has hecho fraile!
—Suéltame.
—¿Por qué no lo dejas, Raymond? ¿Por qué no olvidas todas estas tonterías? — En su afán por ser convincente, Othon sonaba más peligroso que nunca—. Gaillard dice que has contado sus secretos a esa asquerosa rata de sacristía. Te juro que si alguna noche sorprendo a ese fraile mientras va de regreso al priorato, le daré algo por lo que rezar.
—¡No!
—Le diré que deje de molestarte con todas esas estupideces sagradas o…
—Si te atreves… —lo interrumpí, casi atragantándome de la rabia—, si te atreves, te haré despedazar. —No las tenía todas conmigo, creedme, porque cuando Othon iba bebido, era capaz de cualquier acto blasfemo, por vil e ilógico que fuera—. ¡Te lo digo en serio, Othon! Si lo tocas, si tan siquiera te acercas a él…
—O tal vez deba contarle cómo te colaste en el convento de monjas —prosiguió mi amigo, provocándome—. Si se entera de lo que hiciste, quizá no querrá que trabajes más para él.
—¿Y si se entera de lo que has hecho tú? ¿Y si le cuento lo que hiciste con aquella mujer en el camino de Pamiers? Tus pecados son mayores que los míos, Othon. ¡No lo olvides!
Tal vez fue una suerte que me hubiera abordado en un lugar oscuro y apartado. De otro modo, todo el mundo se habría enterado de nuestros vergonzosos secretos, porque, con los ánimos encendidos, nos olvidamos de hablar bajo. Aunque, por otro lado, si hubiéramos estado hablando en la calle, a la vista de nuestros conciudadanos, tal vez no se habría sentido lo bastante confiado para pegarme un puñetazo en el vientre.
Pero allí, en el callejón, no había nada que lo contuviera. Me pegó y fue un golpe como el de un ariete, que me administró después de cierta reflexión. De hecho, permaneció quieto unos instantes, mirándome, con el rostro ruborizado y la respiración jadeante, antes de decidir que era inútil seguir discutiendo. ¿Por qué malgastar palabras? Un puñetazo era más efectivo que cualquier insulto, y con él me dijo lo que pensaba y me dejó incapacitado para replicar.
Cuando se alejó, yo seguía de rodillas, tratando de recuperar el aliento. El dolor me llegó transcurridos unos instantes, cuando la conmoción disminuyó un poco. Advertí que estaba agachado en un charco de porquería y se me ocurrió que Alazais consideraría las manchas como una prueba más de mi iniquidad. Había desafiado las órdenes de mi hermano, ¿y a cambio de qué? A cambio de un golpe en la tripa que a punto estuvo de dejarme incontinente. Tenía los calzones empapados de mugre, las manos sucias y la muñeca dolorida, y podía pronosticar, como si ya hubiese acontecido, lo que diría Arnaud cuando se enterara de la visita de Othon.
¿Es de extrañar, pues, que mientras me retorcía como un perro hambriento, pensase en el silencio y el orden de la prisión con algo similar a la añoranza?