El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 43 de 45

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El escribano

Canto VI

El día siguiente, el padre Amiel acudió a pedir audiencia al Papa mientras yo subía a las murallas de Aviñón a tocar la viela.

En los atardeceres de verano, en épocas de paz, se suele ver a los ciudadanos de Aviñón paseando por lo alto de las defensas. En la actualidad, para poco más sirven dichas defensas: poderosas en otro tiempo, hoy empiezan a desmoronarse y ofrecen escasa protección, ni siquiera contra el viento. Algún día, tal vez la Santa Sede se decida a apuntalarlas con fondos salidos de sus arcas. Hasta entonces, sin embargo, el hombre que desee contemplar el valle del Ródano desde una atalaya elevada deberá abrirse paso con cuidado entre las piedras sueltas, los hoyos traicioneros y las pendientes cubiertas de musgo. Si consigue alcanzar uno de los escasos tramos intactos del baluarte, tendrá que soportar probablemente las miradas suspicaces y las profusas expectoraciones de los soldados de la guardia, los cuales, cuando se convenzan de que ni miradas ni esputos arredran al intruso, procederán a conversar entre ellos, a grandes voces y en términos crueles, de asuntos como el flujo menstrual, las costumbres fornicadoras de los judíos o el estado de los cadáveres colgados a secar en las murallas de poniente.

Alguien más débil tal vez se dejaría amilanar por tantos factores en contra. Yo, sin embargo, tengo un estómago fuerte. He estado muchas veces entre hombres tan borrachos que se olvidaban de bajarse los calzones antes de vaciar la vejiga. He visto colgar a criminales y ahuyentar a los leprosos de las puertas de la ciudad con tal energía que se dejaban atrás dedos y orejas en su afán por escapar. En consecuencia, no permití que me arredrasen los obstáculos que se ponían en mi camino. Hice caso omiso de ellos o los evité, o me situé a favor del viento cuando se trataba de un olor ofensivo (pues hay ciertos puntos a lo largo de los contrafuertes donde la gente suele arrojar las aguas de albañal). Como Satanás cuando le mostró a Cristo todos los reinos de este mundo y sus fastos, me encontré en un mirador que ofrecía una amplia vista del puente de Saint-Benezet, la torre de Philippe le Bel y Villeneuve-les-Avignon, y allí me senté con la viela, el arco y una hogaza de pan.

Si alguna vez visitáis Aviñón, os recomiendo que busquéis este admirable lugar. Desde allí, el río aparece azul y reluciente, y no turbio de excrementos y otros desperdicios. Desde allí, el puente parece firme y frágil y no se aprecia cómo ha desgastado el agua sus cimientos de piedra. Desde allí, todo —árboles, barcas, viñedos, tejados y montañas— conforma un conjunto armonioso, que la mañana de mi visita estaba recién lavado por la lluvia y brillando al sol.

En cuanto a la gente, eran como hormigas: apenas visibles, indistinguibles, sus actividades tenían muy poca importancia. Contemplando aquello, me pregunté si sería así como Dios veía el mundo. Tal vez el padre Amiel tenía razón en lo que decía: quizá mis problemas eran barcia al viento. Más feliz viviría uno, pensé —o, al menos, más sereno—, si pudiera aprender a contemplar su existencia (más aún, a contemplar a la humanidad entera) como se apreciaba el valle del Ródano desde las murallas de Aviñón.

Allí arriba, el aire era muy fresco y el ruido de las calles sonaba muy amortiguado. De vez en cuando, llegaba hasta mí un grito o un golpe o el chapoteo del agua, pero los sonidos carecían de fuerza, quedaban ahogados rápidamente por el silencio que se cernía desde lo alto. El cielo estaba casi limpio de nubes y tenía un azul como no se encuentra en ninguna otra parte, pues ningún mortal puede imitarlo. Los ojos de Dios, pensé, debían de tener aquel color.

Toqué unas melodías, un puñado de canciones dulces con la esperanza de elevar mi ánimo y despejarme la cabeza. Esperaba que el consejo que me había dado el padre Amiel —que subiera a la muralla, contemplara la creación divina y reflexionara sobre mi vida— me iluminase de algún modo. Sin embargo, la música me pareció carente de sentido: débil y disonante, se perdía rápidamente en el viento. «Dejad que Dios os hable en el silencio», había dicho el fraile, pero yo no oía nada que se pareciese a Dios, a menos que el propio silencio fuera su voz. Poderoso, sí resultaba. Enmudecía mi instrumento y también mi canto. Me sentí como si hubiera dejado de existir. Durante un instante, durante un brevísimo momento, contemplé el mundo como lo hacen el cielo, el viento y el sol. Lo vi todo y no vi nada. Apartado de la tierra, me vi fugazmente aislado de todas las pasiones, posesiones y asociaciones que me definían.

¿Y qué iluminación saqué de aquel momento de trance? Ninguna. Ninguna en absoluto. Cegado por la luz, ensordecido por el silencio, fui incapaz de reflexionar sobre el curso de mi vida porque lo sentía demasiado lejos. Sólo cuando hube vuelto a las calles, a los olores y a los gritos —sólo cuando volví a sentirme otra vez Raymond Maillot—, pude concentrar mis pensamientos en el futuro. Y tal vez lo hice entonces con la cabeza más clara; tal vez la visita a las murallas me había revitalizado hasta aquel punto, por lo menos.

Sabía que mi empleo con el padre Amiel estaba tocando a su fin. También veía que, ahora que no andaría cargado de trabajo, debería buscar de inmediato otro lugar para vivir. Con la suma que me debía el monje, por lo menos podría procurarme un techo. Y con la recomendación del dominico, tendría ocasión de encontrar más trabajo. Trabajo en serio, no esporádicas redacciones de contratos, sino un empleo permanente de alguna clase. ¿Me ofrecería un puesto el priorato? Tal vez no. Al fin y al cabo, en el priorato sobraban escribanos. Pero seguro que… seguro que no me abandonarían por completo, ¿verdad? Si había de convertirme en hermano lego, seguro que el padre Amiel seguiría favoreciéndome con sus atenciones paternales, aconsejándome y guiándome, aunque ya no viviera ni trabajara con él, ¿verdad?

Necesitaba al padre Amiel. Privado de mi familia, rechazado por mis amigos, perjudicado en mi profesión por una fama un tanto deslustrada, estaba ahora completamente fiado a la voluntad del monje. Ya veis que nunca he sido lo bastante fuerte para sostenerme solo. ¿Quién lo es? Salvo, naturalmente, los santos que habitan entre nosotros… y yo, ya lo he señalado en algún momento, no soy ningún santo. Soy un hombre como el Buen Dios me hizo, un hombre como Adán. ¿Pues no le dijo Dios a Adán: «No es bueno que el hombre esté solo»?

Ocupado en estos pensamientos, regresé al priorato. Allí me enteré de que el padre Amiel no había vuelto todavía del palacio papal. No lo vi en el refectorio ni asistió a las vísperas. Sin embargo, poco antes de la hora de completas, mientras yo recogía con aflicción plumas y cuchillas, llamó a la puerta pidiendo permiso para entrar.

—¡Vaya! —dijo en cuanto cruzó el umbral—. ¿Qué hacéis, Raymond? ¿Nos dejáis?

Me volví y le dirigí una sonrisa sesgada.

—Pronto —fue mi respuesta—. Mañana empezaré a buscar otro alojamiento. Si… Es decir, si ya no necesitáis de mis servicios, padre —añadí con una pregunta en la mirada—. La inquisitio está completada, ¿no es así?

—Sí, sí, ya está terminada. Por lo menos, en lo que a vos concierne. Pero no os apresuréis, Raymond. Tengo una propuesta que tal vez queráis tomar en consideración.

Para mi sorpresa, se sentó en mi lecho. Nunca hasta entonces había hecho algo parecido. Aunque tenía aspecto de cansancio, noté bajo aquella fatiga un vigor exultante, inmenso, que quizás estimulaba la proximidad de tanto poder apostólico.

—Como sabréis —dijo a continuación—, hoy he consultado al Santo Padre. Naturalmente, he tenido que esperar muchísimo hasta que me han conducido a su presencia. Y mientras esperaba, me he enterado de que ayer se produjo cierto acontecimiento que se esperaba desde hace mucho tiempo. Se trata de la entrega de la decisión del consistorio que nombró el Santo Padre para…

—¿… para examinar la hechicería? —terminé la frase.

—¡Eso mismo!

—¿Y cuál ha sido la decisión?

El dominico titubeó y se rascó la frente.

—La decisión resulta… interesante —reconoció por fin—. Según lo entiendo yo, el consejo que da el Papa, después de mucho conversar con él, no contradice en absoluto el precepto del papa Alejandro. Simplemente, amplía las definiciones que se encuentran en él.

—¿Cómo? —pregunté.

—Bien, he estado tratando la cuestión con uno de los maestros de teología que aconsejaron al papa Juan. Tal como preveía, un tema de gran importancia ha sido el de las imágenes y su uso: el bautismo de imágenes, su confección, la manera en que vinculan a un hechicero o a una bruja (se empleó repetidas veces la palabra striga) con un demonio. Ahora, las imágenes de cera o de cualquier otro material parecen estar investidas de una gran carga ominosa. El papa Alejandro no se refirió nunca a imágenes, sino a la adoración de ídolos.

—Entonces, Masseo di Vico…

—Fue afortunado. Si la decisión del consistorio hubiera llegado antes, yo habría trasladado su caso al Santo Oficio tan pronto hubiese tenido noticia de la existencia de esa imagen de plata. —Hizo una breve pausa y, con una sonrisa, añadió suavemente—: El hermano Pierre-Julien Fauré no tendrá tanta suerte.

—¿Ah? —Me senté en la cama—. ¿Cómo es eso?

—Hoy ha llegado su carta.

—¡Su carta!

—Naturalmente, el padre Durand no estaba en su casa para recibida. Así pues, siguiendo mis instrucciones, me ha sido entregada a mí.

—¿Y qué dice?

La sonrisa del padre Amiel se hizo decididamente feroz.

—Oh, estaba llena de buenos consejos. Sobre todo, acerca del uso de las imágenes. El inquisidor, debo deciros, estaba muy asustado. Mucho. No de vos, amigo mío, sino de mí. Le aterrorizaba que descubriera algo que ya había averiguado: que fue él quien entregó el libro de brujería a Guillaume Monier. Proponía que Durand nos matara a los dos, utilizando un hechizo. Y es una verdadera suerte que éste requiriera fragmentos de nuestras uñas y pelos de nuestro cuerpo, pues dudo de que, de otro modo, mi querido hermano en Cristo se arriesgara a poner sus pensamientos en pergamino. Habría llevado a cabo sus invocaciones en Lazet, sin necesidad de la colaboración de Durand. —Con un suspiro de satisfacción, el monje cruzó las manos como quien da por terminado un trabajo—. Cuando le he mostrado la carta al Papa, se ha quedado mudo de espanto. Y el testimonio de Durand ha borrado cualquier duda.

—¿Entonces…?

—Se notificará al Inquisidor de Francia. Y la Santa Sede ejercerá su influencia. Y no me sorprendería que el hermano Pierre-Julien Fauré fuera pronto relevado de su cargo. Desde luego, el Papa está impaciente por ver cómo tal cosa se produce. — Clavando sus oscuros ojos en mí, entre cerró los párpados y ladeó la cabeza—. De hecho —añadió—, el Santo Padre propone que yo mismo reemplace al hermano Pierre-Julien, aunque esta decisión no descansa únicamente en Su Santidad Apostólica. Debe consultarse a otros, primero.

—Así pues, ¿iréis vos a Lazet? —pregunté con una sensación de creciente trepidación.

—En efecto, deberé establecer residencia allí —respondió el monje—. Yo argüí que mi salud es, digamos, incierta, y el Papa declaró que, en el caso de enfermar, sería libre de abandonar el cargo al momento. Insistió mucho en que aceptara.

—¿E iréis? —inquirí estúpidamente.

—Sería difícil negarse. Si declinara sus deseos, la desaprobación del Santo Padre podría condenarme a una existencia de trabajos aún más indeseables. —Me tomó por la muñeca y añadió—: En el caso de que vaya, Raymond, ¿vendréis conmigo?

—¿Yo?

—No tenéis necesidad de hacerlo y ésta es vuestra ciudad, pero creo que trabajamos muy bien juntos y hay pocas cosas que os retengan aquí.

Desconcertado, me limité a mirarlo fijamente.

—El trabajo del Santo Oficio difiere muy poco, en lo esencial, del que habéis desempeñado conmigo —continuó el fraile—, aunque tendríais que aprender más del ordenamiento y archivo de los registros. Muchos de los delitos serán los mismos pues, como he dicho, la definición de herejía se ha ampliado en cierto grado. En adelante, veremos más hechiceros marcados con la cruz amarilla. El teólogo al que consulté condenó rotundamente «las imágenes y demás objetos que vinculan al hechicero con el demonio». Esto significa que anillos, espejos y frascos se convertirán en objeto de sospecha, pues son utilizados a menudo para «encerrar» diablos. En muchos aspectos, toda esta cuestión está abierta a interpretación.

—Padre, yo… —No sabía qué responder. ¿Dejar Aviñón? ¿Abandonar mi ciudad natal?— Me honráis —murmuré por fin—. Pero no se me había pasado por la cabeza… Está tan lejos.

—¿Lejos? Tonterías. Lejos está Roma, amigo mío; lejos está Londres —sonrió y se levantó—. Pero comprendo vuestros reparos. La decisión os corresponde por completo a vos, desde luego. Quizá deberíais pensarlo un poco. Dejad que os diga solamente que me alegraría contar con vuestra colaboración… y, debo confesarlo, con vuestra compañía. Me temo que no soy un buen fraile, en este sentido. —Su sonrisa se ensanchó—. Contra todas las recomendaciones, parece que prefiero la compañía de ciertos legos a la de mis hermanos en Cristo. Mea culpa. ¿Asistiréis al rezo de completas, Raymond?

—¿Qué? ¡Oh! Sí, padre.

—Vamos, pues. Pongámonos en marcha.

El padre Amiel estaba sumamente animado. En cuanto a mí, me sentía más bien como si me hubieran dado un mazazo: estaba aturdido y tardé en recuperar, poco a poco, mi capacidad de razonar. Al principio, mis pensamientos eran deshilachados e inconexos y no formaban ningún patrón coherente. Después, lentamente, esos retazos sueltos de reflexiones empezaron a hilvanarse. Cuando me retiré a la cama, ya estaba enfrascado en reflexiones, tratando de valorar las ventajas y desventajas de la propuesta del padre Amiel. ¿Debía ir con él? ¿Debía quedarme? Si me marchaba, por un lado abandonaría casi todo lo que apreciaba y conocía; por el otro, conseguiría contar con la guía constante del monje, por no hablar de un empleo lucrativo. Por desgracia, el cansancio me venció antes de que tomara una decisión y, extrañamente, no tuve que lidiar con el dilema en mis sueños. En ellos, en cambio, aparecía Bona Claret.

Cuando desperté, al amanecer, escuché su voz, recitando en mi cabeza con claridad ciertas frases: «Na Munda descubrió un espejo —le oí decir—, y murmuró tres palabras y lo miró. Me dijo que el peine me lo habían robado y que estaba en una bolsa no lejos de su casa». Os juro que fue como si Bona estuviera en la celda, a mi lado, y repitiera aquellas palabras, que habían formado parte de su declaración sobre las prácticas mágicas de Munda. Recordé cada sílaba, cada pausa y cada entonación. Eran como un estribillo que no podía quitarme de la cabeza y debo confesar que aquella tonada, en concreto, me llenó de una vaga inquietud.

Apartando las mantas, fui a consultar el montón de declaraciones que se apilaban en mi escritorio. Sin embargo, no había suficiente luz para leer; si quería confirmar que mi recuerdo de la declaración de Bona se ajustaba a la realidad, necesitaría una lámpara. Así pues, me vestí y fui a las cocinas, donde me hice con un tizón del fuego, así como con un pedazo de queso y una jarrita de leche de cabra. Del queso y la leche di cuenta inmediatamente. El tizón lo llevé de nuevo a la celda, protegiéndolo con cuidado de las corrientes de aire, y lo utilicé para avivar la lámpara. Después, cuando hube apagado el tizón sumergiéndolo en el contenido de mi bacinilla, me puse manos a la obra y repasé las páginas escritas con prisas del primer protocolo de Bona Claret, hasta llegar a su testimonio en relación con Munda Giraud.

Como esperaba, las palabras que buscaba estaban detalladas allí. «Na Munda desenvolvió un espejo, murmuró tres palabras y lo miró». Un espejo. Un espejo mágico. Reflexioné sobre las repercusiones de aquella declaración. El padre Amiel había citado los espejos, con los anillos y los frascos, como objetos utilizados para «encerrar» demonios. Munda no había encerrado ningún demonio, de eso estaba seguro; tenía la certeza de que, como el resto de sus trucos, el espejo había sido utilizado sin ninguna invocación a Dios ni al diablo. Cabía, no obstante, la posibilidad de que Munda fuese investigada por el Santo Oficio, por cuanto —como yo bien sabía— la muerte no era protección frente a los inquisidores de la depravación herética. Con frecuencia, se desenterraba a herejes difuntos, se quemaban sus huesos y sus casas y se desheredaba a sus hijos. Había leído en el manual del inquisidor del padre Amiel un catálogo de sentencias recomendadas, entre ellas las que se podían imponer a los herejes ya muertos. Éste catálogo también estaba marcado con observaciones referentes a la confiscación de propiedades. Afligido por un súbito escalofrío de temor, me abalancé sobre el manual y hojeé sus recias páginas.

Allí. Leí en el pergamino amarillento la siguiente anotación, escrita con una letra tan menuda e intrincada que resultaba casi ilegible: «En obediencia de la ley romana de majestad se producirá la pérdida de la propiedad ipso facto, tan pronto como se cometa el crimen de herejía. Por lo tanto, ningún hereje puede disponer de títulos legales de propiedad, y cualquier disposición que haya hecho de ellos será nula, no importa dónde se haya otorgado».

«No importa dónde se haya otorgado la propiedad». Allí sentado, inclinado sobre el escritorio, caí en la cuenta de un hecho terrible. Se me ocurrió que si Munda terminaba condenada por hereje, Bona Claret quedaría involucrada.

Y Beatrice perdería El Gallo Negro.

«Por lo tanto, ningún hereje puede disponer de títulos legales de propiedad, y cualquier disposición que haya hecho de ellos será nula». Releí las palabras e intenté determinar si Munda había empleado su espejo mágico antes o después de vender la taberna a Beatrice. Era posible que Bona hubiese presenciado el incidente del espejo después del traspaso de El Gallo Negro. No obstante, ¿era esto garantía de que el citado espejo no se hubiera empleado en muchas ocasiones anteriores? Yo sabía cómo actuaba el Santo Oficio. Buscaría testigos que conocieran la historia de Munda. Intentaría localizar a cualquier persona que hubiera buscado la ayuda y el consejo de aquella anciana y de sus artes de campesina vieja.

Contemplando la terrible anotación del pergamino, pensé para mí que el Santo Oficio jamás debía ver aquello. No debería llegar nunca a su atención. Sin embargo, me dije, dentro de poco el propio padre Amiel sería el Santo Oficio, o parte de él. ¿Estaría obligado a perseguir un asunto tan insignificante?

Tal vez lo había olvidado por completo. Sí, era posible… pero poco probable. Yo sabía que el padre Amiel tenía una memoria prodigiosa. Además, recordé cómo había sonsacado a Bona todas aquellas historias de espejos, piedras y granos de cebada, y la meticulosidad con que me había hecho anotar cada una de ellas. ¿Por qué molestarse en hacer tal cosa, a menos que lo considerase de cierta importancia? Tal vez las había registrado con la intención de perseguirlas más adelante, si la decisión del consistorio era exigir que se investigaran.

Cerré el manual y me pregunté qué debía hacer. Tal vez desistir de plantear el asunto. Si lo llevaba a la atención del padre Amiel, quizá no haría sino empeorar las cosas. Pero ¿y si se acordaba de Munda Giraud? ¿Y si ya había dado su nombre al Santo Oficio? En este caso, todo estaba perdido. Pero si no lo había hecho, si él y yo éramos los únicos que compartíamos aquel conocimiento, entonces tal vez, apelando a su sentido de la piedad y de la compasión…

Me levanté y empecé a deambular por la celda. El padre Amiel todavía no era inquisidor de la depravación herética, me dije. Si esperaba a que el dominico asumiera el cargo y sólo entonces descubría que se proponía llevar a juicio a Munda Giraud, ¿qué posibilidades tendría de disuadirlo de tal cosa? Se vería en el deber de investigar el asunto.

En cambio, si lo abordaba ahora, quizá se compadecería. Tal vez se dejaría influir por la esperanza de que así lo acompañaría a Lazet. Al fin y al cabo, ya había mentido por mí en otra ocasión, por lo menos. Y Beatrice lo había ayudado varias veces. Además, ¿qué se sacaría de juzgar a Munda? Ya estaba muerta y su castigo quedaba en manos de Dios.

Éstos eran mis pensamientos mientras deambulaba por la estrecha celda, comido por los nervios y entre suspiros y mordiéndome a cada momento la uña del pulgar. Si consultaba con él, el padre Amiel quizá se limitara a decir que, no habiendo más pruebas que relacionaran a Munda con la invocación de demonios, el uso del espejo no era fundamento suficiente para una acusación de herejía. Quizá se limitaría a sonreír y a alabarme de nuevo por parecerme tanto al buen samaritano. Cuando el ánimo lo movía a ello, el fraile era sumamente comprensivo.

Pero ¿y si no se mostraba indulgente? ¿Y si recordar la trasgresión de Munda no hacía sino impulsado a decidir que merecía ser condenada? No sabía, ay de mí, cómo actuar. No hacía más que dudar entre depositar mi confianza en la buena voluntad del dominico, o guardar silencio y arriesgarme a que informara del asunto al Santo Oficio sin mi conocimiento.

Por último, después de darle muchas vueltas, decidí plantear la cuestión al fraile. Se me había ocurrido que cierto número de personas —el condestable, el Papa e incluso el Inquisidor de Francia— debían de contar con transcripciones de la inquisitio del padre Amiel para su estudio. ¿Y si éstos, al examinarlas, sacaban sus propias conclusiones acerca de Munda? La única manera de evitarlo sería eliminar de la declaración de Bona todas las referencias al espejo adivinatorio, y no podía hacer tal cosa —no podía rescribir ni acortar en modo alguno el protocolo definitivo— sin el permiso del padre Amiel.

Así pues, con el corazón acelerado, fui a su celda y esperé.