El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 6 de 45

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El escribano

Segunda Parte

Canción del sodomita

Canto I

Amigos míos, mirad a vuestro alrededor. ¿Qué veis? ¿Un campo de ortigas y una mina de sal? ¿El vientre del infierno? ¿Las espinas estériles de la pasión? Todo esto y más, o eso dicen los clérigos. El vino es escarnecedor; la cerveza, alborotadora: esto es lo que nos cuentan. Nos castigan porque somos unos borrachos, unos jugadores, porque disfrutamos de la compañía de mujeres desconocidas… En resumidas cuentas, nos castigan por todo lo que ofrece una taberna. ¡Oh, pecadores, todos los presentes aquí, en este acogedor salón, estamos condenados! El fuego está condenado. El vino está condenado. La comida está condenada. Y tres veces condenado está el humilde servidor que se encuentra ante vosotros y canta canciones lascivas sobre las muchas y perversas maneras en que puede utilizarse la herramienta más preciada del hombre en las artes amatorias.

Ahora, mirad otra vez. ¿Veis entre nosotros a algún monje de hábito blanco? ¿Veis alguna cabeza tonsurada en vuestra mesa? Por supuesto que no. ¿Y por qué? Porque en una taberna como ésta mora el pecado. No es lugar para un monje ni cualquier otro sirviente de Dios. El mismo san Francisco, por más que besara a leprosos, nunca habría cruzado este umbral, me temo. Hay ciertas profundidades a las que ni siquiera un santo ha de descender.

Y sin embargo, una noche, poco después del atardecer, un fraile vino a oírme cantar en El Gallo Negro de Aviñón. Acababa de concluir una animada pastorela que había hecho danzar a las mismísimas mesas y cuya floritura final había sido acogida con una tormenta de aplausos. Pero mientras alargaba la mano en busca de una jarra de vino con la que apagar mi sed, vi en una esquina a un hombre que estaba sentado muy quieto, con las manos en reposo entre las rodillas. Su hábito blanco y negro me indicó que era un fraile dominico. «¿Qué estará haciendo aquí?», me pregunté. Y poco después descubrí la razón, pues Beatrice (que, como buena mesonera, había averiguado lo que quería) se me acercó con un mensaje del insólito visitante.

—El monje quiere hablar contigo —dijo.

—¿Conmigo?

Beatrice asintió.

—¿Estás segura? —Me volví hacia el dominico y nuestras miradas se encontraron —. ¿Y qué quiere de mí?

—Pregúntaselo tú.

Y así lo hice. Crucé la estancia, rehuyendo por el camino afectuosas palmadas en la espalda y saludos, y llegué al banco en el que el monje se había sentado. Era un hombre pequeño, pálido y tonsurado; vestido de otra manera no me habría llamado la atención, porque tenía el cabello deslustrado, el rostro absolutamente corriente (en casi todos los aspectos) y un aire ratonil; pero cuando me miró, vi que sus ojos eran muy extraños, grandes y rasgados, y tan oscuros que casi parecían mates. No alcancé a leer nada en ellos, ni en aquel momento ni en ningún otro.

—¿Sois Raymond Maillot? —me preguntó en voz baja y suave.

—Sí, lo soy.

—Mi nombre es Amiel de Semur y deseo hablar con vos.

—Hablad pues.

—En privado. —Miró alrededor, a la ruidosa parroquia—. Éste no es el lugar adecuado.

—¿Deseáis contratarme? —pregunté. Si no era para esto, no me apetecía volver a casa. Él asintió—. Entonces —le dije—, iremos a mi habitación.

El monje accedió y salimos de la taberna. Camino de la casa de mi madre nos cruzamos con varias personas a las que conocía (entre las que se contaba una dama de vida alegre), pero se abstuvieron de saludarme al reparar en la tonsura de mi acompañante. Éste guardó silencio en todo instante, a excepción de un par de comentarios, uno sobre la climatología y otro acerca del poco tiempo que llevaba en Aviñón. En los dos casos, habló respondiendo a una pregunta mía.

Cuando mi madre abrió la puerta y se lo encontró de frente, casi se postró ante él. Los demás miembros de la familia, al verle entrar, se levantaron todos a una. Se mostraron amables en grado sumo: «padre», esto, y «padre», lo otro. El hombrecito fue cortés pero lacónico y declinó un refrigerio con una sonrisa. Al final, pude llevármelo a mi alcoba, que estudió sin pestañear y con expresión inescrutable.

Le ofrecí asiento en mi silla del escritorio.

—Gracias —dijo. A continuación, sacó de una bolsa que llevaba a la cintura un pliego de pergamino doblado—. Antes de que comencemos, tal vez deberíais leer esto. Como veréis, vengo a vos en nombre de la más alta autoridad.

El documento era una bula papal. Con creciente asombro, leí que el hermano Amiel de Semur había sido designado para realizar una investigación sobre las acusaciones de brujería presentadas por Lothaire Lagarrigue contra Masseo di Vico.

—¿Di Vico? —pregunté—. ¿Está emparentado con…?

—¿Con el cardenal? Sí, son hermanos. Masseo di Vico es también el médico del cardenal. —Tras recuperar a suaves tirones el documento que yo tenía en las manos, el padre Amiel lo dobló cuidadosamente y volvió a introducirlo en la bolsa. Fue entonces cuando advertí que sus manos eran muy hermosas, de finos contornos y movimientos ágiles y precisos—. Habréis observado, maese Raymond, que se me ha ordenado proceder sumariamente: «summariae et de plano strepitu et figura judicii ac omni apellatione cesante». En otras palabras, se me ha ordenado que emplee el procedimiento legal de inquisitio, el cual requiere un cierto número de interrogatorios e investigaciones. Es preciso entrevistar a los testigos. Hay que interrogar a los sospechosos y transcribir sus confesiones. Por lo tanto, he recibido unos fondos para que contrate a un escribano, que debe dedicar todo su tiempo a este asunto. —El monje me traspasó con su mirada oscura e impenetrable—. ¿Podéis dedicar todo vuestro tiempo a este asunto, maese Raymond?

Como no tenía otro trabajo ni perspectivas de hallarlo, le respondí que sí, ante lo cual, el padre Amiel asintió.

—No espero menos —dijo—. Para ser franco con vos, no erais mi opción preferida, pero todos los demás escribanos eficientes que me habían recomendado estaban ocupados o no podían dedicarme todo su tiempo. El cardenal Orsini os calificó de experimentado pero poco fiable. Dijo que sabéis escribir con las dos manos. ¿Es eso cierto?

—Sí —respondí.

—¿Sin emborronar de tinta con la zurda?

—Si la mantengo en determinada postura, no.

—Admirable —el monje asintió de nuevo—. El cardenal Orsini también dijo que no siempre sois puntual y que, en ocasiones, os habéis presentado en su tribunal medio borracho. ¿Es eso cierto?

Por extraño que parezca, el dominico hablaba con cierto desapego, sin el más leve asomo de desaprobación. Sin embargo, me revolví en la banqueta porque siempre había dedicado mi vida a las juergas y a las borracheras, y la había culminado con un incidente tan poco edificante como el acaecido hacía poco más de dos semanas, el del cuello cortado de pollo y el convento de las carmelitas.

—Sí —murmuré.

—Lamentable. Sin embargo, trabajasteis para el cardenal Orsini hace un año y ahora sois algo mayor. ¿Cuántos años tenéis?

—Veintiséis.

—Entonces, debéis de haber abandonado las locuras juveniles hace ya tiempo. — Aunque el padre Amiel no dijo nada más sobre al asunto, en cierto modo noté que, si desde aquel momento en adelante exhibía cualquier debilidad, me quedaría sin empleo antes de que los vapores del vino desaparecieran de mi aliento—. Y ahora, en lo que a mi historia se refiere, fui prior de una casa en Pamiers…

—¿De veras?

—… antes de ser nombrado inquisidor de la depravación herética en Beziers. Abandoné ese cargo hace algún tiempo debido a problemas de salud y desde entonces me he dedicado a escribir la historia de la Orden de los Dominicos. Pero, al parecer, el Santo Padre necesita un servidor con mis aptitudes y conocimientos, por humildes que éstos sean. —Aquí, el monje hizo una pausa como si ordenase algunos datos en la mente y sus ojos recorrieron las columnas de registros que se apilaban en el suelo antes de volver a mirarme—. Tal vez debería explicar lo que piensa el Santo Padre de esto —prosiguió—. Como probablemente sepáis, los inquisidores de la depravación herética sólo están facultados para investigar, por medio de la inquisitio, casos de herejía o supuesta herejía. ¿Lo entendéis, verdad?

Al ver que esperaba algún tipo de respuesta, asentí.

—Las acusaciones de hechicería, por lo tanto, no son de su jurisdicción… a menos que el caso claramente huela a herejía manifiesta. No obstante, el Santo Padre cree que ha de definirse de forma más estricta la relación entre magia y herejía, y por ello ha convocado en Aviñón a cinco obispos, tres maestros de teología y unos cuantos clérigos eruditos a fin de discutir la cuestión. Hasta que este consistorio entregue su decisión sobre el papel del Santo Oficio, una acusación como la que se ha presentado contra Masseo di Vico deberá investigarse por medios distintos de los que ofrecen los inquisidores de la depravación herética.

Una vez más, el padre Amiel hizo una pausa, durante la cual me esforcé en parecer inteligente. Tal vez lo conseguí —a pesar de mi completa confusión—, porque prosiguió, con más confianza:

—Quizá recordéis que, dos años atrás, el papa Juan ordenó una investigación de los crímenes de un hombre llamado Tomás el Germano. Tomás fue acusado de adivinación, de invocar a los espíritus y de otras perversidades monstruosas. En este caso, se encargó de realizar las averiguaciones una comisión que formaban el obispo de Fréjus, un prior y un preboste. En la presente ocasión, sin embargo, el Papa cree que es necesaria cierta experiencia en el campo de la herética para que el caso sea estudiado adecuadamente.

—Y por eso os ha elegido a vos —me aventuré a decir.

—Por eso me ha elegido a mí, pero debéis comprender, maese Raymond, que no estoy dotado de facultades para actuar como un inquisidor de la depravación herética. Yo no tengo… ¿cómo decirlo?, la libertad sin cortapisas que posee el Santo Oficio. En lo referente al procedimiento, existen ciertas limitaciones. En casos de herejía, el acusado no puede acogerse a ciertos derechos que se permiten en el ordo juris usual. La brujería es otro asunto. De momento, la brujería ha de tratarse como casi todos los demás delitos.

Nervioso, me pregunté de qué estaba hablando.

—¿Y esto qué significa? —pregunté—. ¿Que no hay tortura?

Parpadeó y esbozó una plácida sonrisa. (Tenía los dientes muy estropeados).

—Oh, hijo mío —dijo—, yo nunca he recurrido a nada por el estilo.

—¿En serio? —Me alegraba oído—. Bien.

—Me refiero simplemente a esos derechos relacionados con la difamación, la mención de testigos, la comunicación de las pruebas… Pero estas cosas no son de vuestro interés. —Hizo un ademán con la mano y yo me distraje con la delicadeza del movimiento. Cuando uno habla por primera vez con una mujer guapa de verdad, resulta difícil concentrarse en sus palabras porque el rostro absorbe todo el interés, y era esto lo que me sucedía cuando el padre Amiel movía las manos. Atraían la mirada como una torre en una viña—. Permitid que os explique los pormenores de este asunto —prosiguió—. Tal vez recordéis que hace dos semanas, aproximadamente, fue asesinado el camarero del cardenal Di Vico.

—¡Sí! —Sorprendido, di un respingo en el asiento—. Lo asfixiaron y le cortaron los genitales. Lo recuerdo muy bien. Y alguien me contó que el condestable había detenido a toda su casa.

—A sus sirvientes, sí —convino el dominico—. Se arrestó a todos los que dormían en la casa, pues la única puerta estaba cerrada por dentro, como siempre, y ninguna de las ventanas tiene el tamaño suficiente para que quepa por ellas ni siquiera un chiquillo. Por lo tanto, parecía que el culpable tenía que haber sido alguien de dentro.

»Bien, eran seis las personas que compartían la vivienda con el muerto, y una de ellas era su escribano personal. Los otros cinco estaban al servicio del cardenal: tres amanuenses, un portero y otro escribano. Al ser interrogado, este último, cuyo nombre es Lothaire Lagarrigue, acusó a Masseo de haber echado una maldición al muerto. Así, el condestable, sabedor de cuánto preocupaban al papa Juan los actos de presunta hechicería…

—… tuvo demasiado miedo para investigado por su parte —concluí la frase, lo cual hizo que mi acompañante me lanzara una intensa mirada de curiosidad.

—Más o menos —dijo al cabo.

—Y ahora, vos debéis descubrir si a Guillaume Monier lo mató la brujería.

—Exactamente —replicó.

—¿Ha sido arrestado el hermano del cardenal?

—Todavía no.

—El condestable estaba demasiado asustado como para hacerlo él mismo, supongo.

—Muy posiblemente.

—Pero ¿por qué ese tal Masseo iba a querer matar a Guillaume Monier? ¿Había mala sangre entre ellos?

—Sí, la había.

Y el padre Amiel, en tono reposado, explicó lo que había relatado Lothaire Lagarrigue sobre las desavenencias que habían surgido entre Monier, camarero del cardenal Di Vico, y Masseo —hermano y médico de éste—, por causa de la dote de Emilia, la hija de Masseo. El cardenal (un anciano enfermo que estaba a merced de sus asistentes) había prometido donar a su sobrina la parte principal de la dote requerida para un matrimonio distinguido; sin embargo, Guillaume Monier, que administraba las finanzas y el patrimonio del purpurado, había puesto objeciones a la cantidad ofrecida en un principio. En cualquier caso, Masseo di Vico y él eran unos implacables oponentes, porque Masseo estaba quejoso de la influencia que el camarero ejercía sobre su hermano. En la opinión del médico, la familia siempre ha de ser lo primero.

—Debéis comprender —dijo el dominico— que el cardenal Di Vico está muy debilitado, hasta el punto de que prácticamente carece de autoridad. El suyo es un caso que he presenciado numerosas veces, en muchos tribunales. Cuando un dirigente enferma, en su entorno siempre se da una lucha de poder, en este caso entre su familia y su principal consejero. La familia del cardenal Di Vico ha debido de tomarse muy mal la influencia de Guillaume Monier, cuyos poderes, que siempre fueron considerables, se han visto reforzados por la debilidad del anciano. La dote de Emilia no fue más que una batalla en la guerra, o eso he sabido a través de los rumores que circulan por palacio. No se enfrentaron por el dinero, sino por la mente del propio cardenal. Era una guerra, además, que Masseo parecía estar perdiendo.

—Y por eso decidió echar una maldición a Guillaume —comenté.

—Tal vez.

—¿Y hacer que lo matasen?

—Tal vez.

—Pero ¿por qué la mutilación? ¿Estaría relacionada con la brujería?

El padre Amiel extendió las manos.

—Los actos diabólicos de un nigromante —dijo— están más allá de la comprensión de los hombres píos. Tal vez los genitales cortados fuesen necesarios para otros ritos inicuos.

Sopesé sus opiniones con escepticismo. Todo aquello costaba de imaginar.

—Si me lo preguntáis, os diré que tal vez se los arrancara de un mordisco uno de sus sodomitas —comenté. Entonces, mientras el dominico arqueaba las cejas, lo puse al corriente de las habladurías que circulaban sobre Guillaume Monier.

Era obvio que no había oído nada acerca de las costumbres lascivas del camarero.

—¿Quién os ha contado eso? —preguntó cuando hube concluido mi relato.

—Oh, uno de los escuderos del cardenal Di Vico. Un joven llamado Gaillard.

—¿Y lo creéis?

—¿Por qué no?

—Es extraño que nadie se lo haya mencionado al condestable —dijo el padre Amiel, pensativo, dándose unos golpecitos en el mentón.

—Aparte de a Lagarrigue, ¿el condestable ha interrogado a alguien más?

—Sí.

—Bien… Si los amanuenses se han levantado los faldones para satisfacer a Guillaume Monier, no creo que vayan a reconocerlo. Y por lo que respecta a los demás, tal vez los hayan convencido de que hagan la vista gorda a cualquier cosa que se salga de lo corriente. O tal vez nunca hayan notado nada.

—Hum. —El monje se sumió en el silencio. Lo observé un buen rato y luego me dediqué a estudiar la bolsa de piel que había dejado a sus pies. Había cargado con ella desde la taberna y parecía contener documentos o tal vez un libro completo. Me pregunté si aquello tendría relevancia para mí.

—Creo que os reclaman —dijo el padre Amiel de repente.

—¿Qué?

Ladeó la cabeza y alzó un dedo. Sólo entonces advertí que el ruido procedente de fuera, del que hasta entonces había hecho caso omiso, lo ocasionaba alguna suerte de desacuerdo entre mi hermano y dos de mis amigos. Reconocí la voz de Othon, que pedía que me fueran a buscar.

—Mi hermano está con un cliente —gruñó Arnaud por toda respuesta.

—¿Y a mí qué me importa? —espetó Othon.

—Está ocupado.

—¡Y yo me estoy impacientando!

—Que Dios nos asista. Othon —murmuré con una maldición silenciosa. Ningún visitante habría sido menos bienvenido en aquel momento. Me puse en pie, me acerqué a la ventana de la alcoba y me asomé al exterior. Pese a la luz crepuscular, distinguí a Othon y a Gaillard delante de la puerta principal.

—¿Qué queréis? —les pregunté—. ¿Qué sucede?

Othon se volvió. Empezó a aproximarse a la ventana apoyándose en la pared de la casa. Estaba un poco bebido.

—¡Raymond! —gritó—. ¡Te necesito! ¡Tenemos que hablar!

—Mañana.

—Ahora.

—Tengo una visita.

—¿No será ese monje de la taberna? —exclamó, incrédulo—. Échalo a la calle, por el amor de Dios.

—¡Othon! —Terriblemente avergonzado, me volví al padre Amiel, que observaba en silencio. Parecía impertérrito.

—Deberías mantenerte alejado de los monjes —prosiguió Othon, a voz en grito. Debo explicar que, si bien desdeñaba a toda la clerecía (a excepción del Papa), Othon despreciaba especialmente a los monjes y sólo acudía a la iglesia los días festivos. No obstante, solía ser capaz de contener sus sentimientos, a menos que el vino le hubiera aflojado la lengua—. Los monjes traen muerte y destrucción —afirmó—. Sal y escucha lo que tiene que decirte Gaillard. Necesitamos tu ayuda, Raymond.

—Mañana —espeté. ¡Imaginad mi desespero, queridas damas! ¡Tenía en mi alcoba a alguien que había sido inquisidor de la depravación herética y Othon insistía en denostar la vida monástica!

—Ya hablaremos mañana, cuando se te haya pasado la borrachera.

—¿Qué? —rugió—. ¿Es antes un monje que tus amigos? ¿Qué estás haciendo ahí dentro? ¿Lo estás montando?

—¡Cierra la boca!

—Permíteme que diga unas palabras, Raymond —intervino Gaillard—. Sobre las monjas, ya sabes… —Hizo un gesto obsceno.

—Raymond, di a tus amigos que se marchen de aquí —intervino mi hermano—. No son bien recibidos.

—Es importante, Raymond. Gaillard tiene un plan estupendo…

—¡Ahora no! —grité—. ¡Ya me lo diréis mañana! ¡Y ahora, marchaos!

Tal vez lo mejor habría sido no hablar a Othon con aquella dureza. Tal vez habría tenido que pensármelo dos veces, porque se abalanzó sobre la ventana y me echó mano. Luchamos unos instantes y yo me resistí como pude a sus intentos de sacarme a la calle, pero mi fuerza no era como la suya y poco a poco me levantó del suelo.

Entonces, el padre Amiel me agarró por detrás. Fue un acto inesperado de valentía y se lo agradecí muchísimo. Aunque no sirvió de nada, porque, con una enorme contracción de sus poderosos músculos, Othon nos elevó a ambos por encima del alféizar.

De pronto, el monje y yo nos encontramos abrazados en el suelo.

Arnaud fue el primero en romper el horrorizado silencio que siguió.

—¡Que Dios nos asista! —exclamó con la voz entrecortada—. ¡Mira lo que has hecho! ¿Os habéis lastimado, padre?

—No —respondió el monje. Tras unos primeros instantes de aturdimiento, comenzaba a recuperarse. Se puso en pie y se sacudió el hábito con una actitud de absoluta calma.

Allí nadie más estaba tranquilo.

—¡Eres un papanatas, Othon! —farfullé—. ¿Estás loco? ¿Quieres que te encierren?

—¡Sí, deberían encerrado! —gritó mi hermano. Llegado este punto, los demás miembros de la familia se habían congregado detrás de él, boquiabiertos—. ¡Deberían exiliarlo! ¡Es un peligro para todos nosotros!

—Ha sido un accidente, padre —intervino Gaillard, nervioso—. Está enfadado con Raymond, no con vos…

—¡Oh, malditos seáis todos! ¡Si el monje quiere llevarme a juicio, que lo haga! ¡Ved cuánto me importa! —seguía rugiendo Othon mientras se alejaba y desaparecía al doblar la esquina del primer callejón, a lo cual siguió una calma pasajera.

Los que nos quedamos allí nos dedicamos a carraspear y cruzar miradas avergonzadas, salvo el dominico, que no parecía estar molesto en absoluto. Antes bien, era como si ya le hubiese borrado del pensamiento todo el incidente, porque tocó en el hombro a Gaillard levemente y le dijo:

—¿Os llamáis Gaillard?

—Pues sí.

—¿Sois el escudero del cardenal Di Vico?

Gaillard asintió en silencio y un tanto asustado.

—Me lo imaginaba —dijo el padre Amiel y, aunque no volvió a dirigirle la palabra en toda la noche, capté que el escudero había sido registrado, examinado e insertado en una suerte de catálogo privado, y creo que Gaillard también se dio cuenta. Cuando se escabulló furtivamente de la casa, parecía muy incómodo.

—Es un zoquete —dijo Arnaud al ver que se marchaba—, un patán. ¡Oh, padre! ¿Cómo podría pedirle disculpas? No son amigos míos…

—No tiene ninguna importancia.

—Deberían excomulgarlos —comentó Jeanne—. Ningún buen cristiano sacaría a rastras a un monje por la ventana.

—No tiene importancia —repitió el padre Amiel con firmeza. Cuando entró de nuevo en la casa, todo el mundo se hizo a un lado. En la cocina, hasta los perros parecían avergonzados. Alicaído y arrepentido, lo seguí hasta mi alcoba, donde farfullé unas confusas palabras de disculpa, pero él se había puesto a hurgar en su bolsa y parecía no haberse dado cuenta de que le estaba hablando.

—Esto tal vez os ayude —dijo sin preámbulos, al tiempo que sacaba de la bolsa una especie de libro—. Es un manual para inquisidores de la depravación herética. Aunque, como ya he señalado, no estoy autorizado para seguir estas directrices, el apartado dedicado a la práctica y al procedimiento quizás os resulte útil. Como es natural, prefiero que mis auxiliares, mis familiares, comprendan la estructura de mis interrogatorios.

—¡Oh! —dije, agarrando el códice cuidadosamente. Aunque no tenía tapas, pesaba muchísimo. Las manos de pliegos de pergamino estaban mal cosidas—. Gracias.

—El condestable ha dispuesto para mi uso una habitación de la cárcel — prosiguió el padre Amiel, desentendiéndose del libro como si nunca hubiese existido —. Haré las entrevistas allí. Mañana por la mañana pasaré a buscaros temprano. De aquí iremos a la casa del camarero, y de allí, a la prisión. ¿Hay alguna otra cosa que deseéis saber?

—Sólo cuánto pensáis pagarme.

—¡Oh! Desde luego…

Acordamos la cantidad sin conflicto alguno. Mis honorarios, aunque no espléndidos, serían suficientes. Por último, después de prometerle que no comentaría con nadie lo que presenciara durante el transcurso de la inquisitio, salimos a: la cocina, donde le ofrecí al padre Amiel una lámpara y mi compañía, porque fuera ya estaba anocheciendo. Aceptó la lámpara, pero declinó mi oferta de que lo escoltara hasta el priorato. No quedaba lejos, dijo, y las calles del barrio eran bastante seguras.

Mi hermano protestó. Señaló que Othon podía andar todavía por las inmediaciones. Mi madre le ofreció pan, queso, sopa de ajo y una cama para pasar la noche. Jeanne le dijo, con brusquedad, que no fuera estúpida, que un monje no debía dormir en una casa llena de mujeres. Mientras discutían de todo aquello, el padre Amiel se escabulló en silencio, no sin antes cruzar una breve mirada conmigo.

—Ha habido un asesinato y un acto de hechicería, o eso se sospecha —comentó cuando los dos llegamos a la calle—. Tal vez las dos cosas no guarden ninguna relación, aparte de ser actos malévolos que glorifican al Enemigo inveterado de la humanidad. Sólo investigando la hechicería podremos saber si está relacionada con el asesinato.

—¿Y si no?

—Nuestro trabajo será arduo. No obstante, ya veremos adónde nos lleva el camino. —Levantó la lámpara—. Buenas noches, maese Raymond. Nos veremos por la mañana.

—Buenas noches, padre. Id con cuidado.

El monje asintió. Mientras observaba cómo se alejaba, deseé haber podido acompañarlo, aunque no porque temiera por su seguridad. A decir verdad, no me apetecía en absoluto reunirme de nuevo con mi familia. A veces, la actitud pendenciera de mi hermano era más de lo que yo podía soportar, pero pensé que, ahora que un fraile dominico me había contratado, tal vez se contendría un poco.

Así pues, cuando volví a entrar en la cocina de mi madre, lo hice con la esperanza en el corazón.