El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 1 de 45

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El escribano

Canto I

Mis damas, yo os pregunto: ¿qué hace hombre a un hombre? El Señor, me diréis, y con razón, pues varón y mujer Él los creó, pero ¿en qué se distingue el hombre de los peces del mar y de las aves del cielo, del ganado y de las demás criaturas? ¿Qué lo caracteriza como tal? Su fuerza, podríais decir, si no fuese más fuerte el buey. Su ingenio, podríais apuntar, si no fuera el vuestro (mis dulces compañeras) infinitamente más agudo. Su belleza, en fin, si la de los ángeles no fuese superior en todo punto.

Amigas mías, yo os diré qué es lo que hace especial a un hombre. ¡Se trata, ni más ni menos, de ese cuerno con el que proclamamos nuestras pasiones más profanas! ¡De ese rabel que emite tan dulces melodías al contacto con vuestros dedos, bellas damas! Perder este preciado instrumento (más precioso para mí, os lo aseguro, que la viela que canta tan armoniosamente bajo mi arco), perder este tesoro es perder toda hombría. Por eso os digo que Guillaume Monier estaba mejor muerto.

Lo encontraron en su lecho, pero le faltaban sus partes viriles. Se las habían quitado, junto con la vida (este último robo, os alegrará saberlo, fue el primero en producirse: la asfixia precedió a la castración). Lo encontraron en su lecho, en su casa, en la ciudad de Aviñón, cuando yo mismo residía allí y vivía a la propia sombra del palacio del Santo Padre. ¿Cómo, diréis, Raymond Maillot, ciudadano de la corte de Roma? ¿Que se le permitía mancillar ese inmaculado santuario, jugar con las llaves de San Pedro? ¿Que era tolerada su borrachina figura? Sí, lo era, pero como la presencia de los gusanos en un montón de estiércol, inoportuna e inevitable, pues, os sorprenderá saberlo, soy natural de Aviñón. Nací allí, no me llevaron, como a tantos que llegaron en el equipaje papal. Conocía el Rocher des Doms, el gran acantilado que se alza en el centro de la ciudad, desde mucho antes de que se convirtiera en la nueva piedra sobre la que el Señor edificaría Su Iglesia. Fui testigo presencial de la primera entrada del difunto papa Clemente, un hombrecillo enfermo montado en un asno gris, y escuché en mi infancia las habladurías sobre sus deposiciones, que, se decía, eran de un amarillo brillante y objeto de inspección minuciosa por parte de médicos que llegaban de todos los rincones del mundo.

Oh, sí, fueron muchos los que vinieron a la ciudad. Acudían al pontífice de Roma como las moscas a un cadáver: panaderos y carniceros, orfebres y peleteros, juristas y pintores, religiosos sin cuento. A oleadas llenaron las calles y, como los invitados a una boda, había que acomodarlos. ¿Sabéis, mis queridísimos amigos y amigas, que en la casa de mi padre se aloja un cardenal? Una casa grande, muy bonita, con el alero de tejas, patio, tres alcobas, un salón y cocina, cuadra, corral y almacén, y toda ella perfumada de especias (pues mi padre, Dios le dé descanso, comerciaba con ellas). ¡Tan acogedora, tan placentera! Y en este mismo momento la tiene alquilada el cardenal por cinco florines mensuales, aunque poca compensación es ésta para mi familia. ¿Qué provecho significan unos ingresos extra cuando se debe soportar la ocupación de habitaciones y cocina? Los actuales aposentos de mi familia fueron antaño el taller de un guantero, pero hoy se consideran aceptables para quienes no están bendecidos con una capa magna y una mitra, es decir, para quienes no tienen entrada en el Sacro Colegio Cardenalicio. No existe, ay, apelación posible frente a ese tribunal conocido como los taxatores domorum, que distribuye a su albedrío alojamiento en Aviñón —desahuciando como si fuera el propietario, asignando como si fuera el rey— y no admite reclamaciones. Al fin y al cabo, un cardenal no debe vivir igual que un humilde cerero.

¡Evitad Aviñón, amigos míos! Aunque llenarais de oro una alcoba, vuestro dinero no os alcanzaría para alquilar esa misma estancia más allá de una semana.

Ved, si no, las penurias que yo mismo tuve que sufrir: un escribano público viviendo en un armario, una auténtica caja de madera, os lo aseguro. Una dependencia anexa a la cocina de mi madre, en absoluto espaciosa. Aunque debo confesar que el alquiler no se abonaba con la puntualidad más escrupulosa.

Claro que todo yo era una penosa decepción. Deslustrado mi brillo prometedor, dilapidadas mis dotes (o así lo declaraba mi hermano), corrompido, libidinoso y convertido en deshonra de la familia, había desperdiciado mis estudios gramaticales, tres años de instrucción completamente estériles. Esto último, este esfuerzo infructuoso como un huerto arrasado por un incendio, bastaba para hacer llorar a un santo.

Debéis imaginarme, pues, sumido en un sopor embotado de alcohol, a medio vestir y maloliente. Imaginad mis cabellos revueltos, mi aliento pestilente, mi mal color (pues así como se hace verdín sobre el cobre si se vierten posos de vino, echar repetidos y generosos tragos por el gaznate provoca un tinte verdoso en la piel). En este estado despertaba cuatro días de cada cinco, y a menudo me sacaba de la cama por la fuerza mi desconsiderado hermano, que se llama, por cierto, Arnaud.

Y así, la mañana del descubrimiento del cadáver de Guillaume Monier, me encontraba en un estado especialmente lamentable, emponzoñado por una juerga etílica que sólo puede clasificarse de titánica. Sin embargo, ¿qué queréis? Si un hombre no es capaz de beber lo que le echen, ¿puede llamarse tal, realmente? La noche anterior me había juntado con un caballero, un tal Etienne Nosecuántos, un noble rural dotado de una capacidad para el vino que resultaba dionisíaca, por decir poco. Habíamos conversado sobre los derechos inmobiliarios de los eclesiásticos (¡sí, os lo juro!) hasta que el caballero, cuyo carácter —que al parecer no atemperaba el menor asomo de caridad, compasión o comedimiento— tenía la pacífica benevolencia de un temblor de tierra, se sintió compelido a prometer que, si alguna vez lo desafiaba un clérigo, le metería una espada llameante por el recto.

En tales circunstancias, no es de extrañar que me sintiera obligado a demostrar mi propia hombría recia engullendo tanto vino como fui capaz de ingerir sin reventar.

Como consecuencia, estaba en unas condiciones atroces cuando, a la mañana siguiente, me despertó mi joven sobrino, un chiquillo que era la viva estampa de su padre.

—¡Raymond! —me gritó, a una cuarta de la oreja.

Habréis notado la omisión de tratamiento; mi hermano había imbuido en su retoño una actitud de desprecio hacia su tío.

—¡Raymond, despierta!

—¿Qué…? —murmuré. Mi cabeza era un saco de tormento.

—¡Levanta, Raymond! ¡Ha venido un clérigo!

«¿Un clérigo? ¿Qué clérigo?». Me di la vuelta.

—¡Raymond! ¡Quiere hablar contigo!

Os ahorraré la angustia, el horror y la infelicidad del momento. No haré mención del dolor y la náusea, del regusto en la boca ni de los demás presentes infernales con los que un despertar semejante regala a la carne mortal. ¡Ah, qué débil receptáculo es el cuerpo!

Me arreglé lo mejor que pude y salí de la habitación casi a ciegas, arrastrando los pies y usando las paredes para sostener mi armazón tambaleante. En la cocina esperaba el clérigo. Vestía un hábito gris, corto y muy sencillo, cuyo origen me resultaba oscuro; no alcanzaba a reconocer a qué orden pertenecía.

—Éste es el padre Barthélemy —anunció mi madre, apoyada en la escoba, pero el visitante replicó:

—No. No soy padre, señora. No he hecho los votos.

—¿Sois hermano lego? —inquirí yo, con cierta dificultad.

—Sí, lo soy. Pertenezco a la tercera regla de san Francisco.

—¡Ah! —Un terciario, pues. A los terciarios aviñonenses, que se dedican a cualquier oficio y con frecuencia engendran familias numerosas, rara vez se los distingue por una indumentaria especial. Éste, sin embargo, a duras penas hablaba el provenzal y tenía aspecto de llegar de un viaje—. ¿De dónde procedéis?

—De Lazet.

—¿Sí? —Cada palabra que decía me causaba una punzada de dolor en el cráneo. Me froté la frente y reparé en la expresión indecisa de Barthélemy. Sin duda, mi aspecto resultaba: un espectáculo deprimente.

—Lazet es una bella ciudad.

—Sí.

—Nunca la he visitado, pero dicen que es muy bonita.

¿Un comentario estúpido? Sin duda. Recordad, sin embargo, que no estaba muy lúcido. Y en un intento, tal vez, de anticiparse a más cortesías desangeladas, mi visitante decidió abordar el asunto que lo había llevado allí.

—Un guardia de palacio os recomendó —me dijo, y pestañeé. Mal dotado en cuanto a bienes mundanos, a muy pocos porteros pontificios podía untar. Por una feliz casualidad, aquel terciario parecía haber topado con uno de ellos.

—El guardia me dijo que si deseo apelar al Santo Padre, debo presentar una petición —continuó Barthélemy.

—Entiendo.

—Me habló de que las peticiones deben presentarse escritas con la caligrafía adecuada, por mano de un escribano, y me dio vuestro nombre.

—¡Ah!

—¿Podéis ayudarme?

—Desde luego. Por favor, entrad ahí.

Aunque mi cámara era apenas habitable, resultaba más adecuada para hablar de temas importantes que la cocina, atestada de jamones colgados, perros que hurgaban en los desperdicios, niños ruidosos y adultos entrometidos. Con sensación de alivio, di con la puerta en las narices a mi madre, a mi cuñada, a su primo y al ama de cría.

Acto seguido, busqué un asiento en medio del desorden.

¿Cómo describir a aquel peticionario que venía del sur? ¿Cómo traéroslo a la vida? Su aspecto era tan insulso que, más que con una canción, una fiera o un héroe, debería compararlo con algún utensilio doméstico corriente, como una banqueta o una mantequera. Era alto, de hombros robustos, casi calvo y con un rostro largo, cetrino y melancólico, marcado de viruelas. Sus gestos eran discretos y sinceros, y su discurso, vacilante; llevaba las uñas bien cortadas y unas ropas remendadas con esmero. Los montones de ropa sucia de mi estancia, los archivos polvorientos y los rollos de pergamino desordenados le causaron la más profunda incomodidad y observé su agitación, escrita claramente en su rostro.

No obstante, aunque molesto, no se apartó de la cuestión que lo había conducido hasta allí. Después de su largo trayecto desde los pies de los Pirineos, no estaba dispuesto a permitir que la confusión reinante en mi aposento lo distrajera.

—Vengo a veros en nombre de otra persona —empezó por exponer, y a continuación procedió a resumir la triste historia de su primo, Isoard Calverie. Éste, al parecer, estaba viejo y enfermo. La muerte sería piadosa con él, quizás, y no tardaría en llevárselo. Pero, si lo hacía, Isoard no completaría las peregrinaciones a las que lo habían sentenciado los inquisidores de la depravación herética.

—Lo condenaron a nueve peregrinaciones —explicó Barthélemy mientras yo me sentaba a su lado en la cama, intentando concentrarme—. Hasta este momento ha realizado siete, pero si se ve obligado a viajar de nuevo, morirá, no cabe duda de ello. He apelado al inquisidor de Lazet, le he solicitado que le conmutara la sentencia, pero se ha negado a mostrar misericordia. No me queda, pues, sino recurrir al Santo Padre.

Pobre hombre. ¡Vaya tarea! Frotándome los ojos (que me dolían como muelas del juicio), lo interrumpí:

—No.

—¿No?

—No debéis recurrir al Santo Padre. Debéis presentar la apelación al Gran Penitenciario.

—¿Al Gran Penitenciario?

—Si deseáis que se levante una sentencia, debéis acudir a la oficina de la Penitenciaría Apostólica, a cuyo cargo está un cardenal obispo, el mencionado Gran Penitenciario, que tiene el poder para conceder dispensas, incluso a los heréticos.

—¡Oh!

—Yo os puedo redactar una petición e indicaros adónde ir, pero, si estuviera en vuestro lugar, contrataría a un abogado. —No había en la estancia más líquidos que el contenido de cierto receptáculo escatológico, guardado bajo la cama, que llevaba algún tiempo sin vaciarse. Para ofrecer a mi visitante algún refrigerio, tendría que volver primero a la cocina—. Por lo que respecta a la Inquisición, Santo Oficio o como queráis llamarlo, cuando se trata de cuestiones de herejía, uno siempre necesita toda la ayuda que pueda reunir —le aconsejé—. Ahora, disculpadme un momento, ¿queréis? Volveré en un instante.

Mi ausencia fue más larga de lo que preveía, pues encontré resistencia a mi petición (perfectamente razonable) de un poco de vino caliente. Aunque insistí en que lo pedía para mi invitado, recibí una larga invectiva respecto a mis hábitos bebedores, mi estado de indigencia y mi aspecto desaliñado. Si quería vino, debía pagarlo como cualquier buen hijo.

Así pues, volví a Barthélemy con las manos vacías.

—Los abogados son caros de contratar —me dijo, sin dar tiempo a que abriera la boca—. Demasiado caros para mi bolsillo. Tengo poco dinero.

—Entonces, deberíais dar media vuelta y regresar a vuestra casa. —Sin duda, fui demasiado brusco en las palabras que empleé, pero la verdad es la verdad, al fin y al cabo—. El Santo Oficio jamás muestra clemencia, a menos que medie dinero. Dinero en abundancia —insistí—. Y este dinero debe ir al Papa, no a los inquisidores. A una de las capillas papales, por ejemplo, o a las guerras pontificias. Luego, el Papa tendrá unas palabras con el Gran Peticionario, y éste, con los inquisidores. Es así como se debe apelar a la misericordia del Santo Oficio.

Bien, ya he dicho que Barthélemy era hombre de ademanes pausados. La impresión que producía, no infrecuente entre los iletrados que aspiran a una vida sagrada, era la de alguien más dispuesto a poner la otra mejilla que a dejarse dominar por la cólera. ¡Imaginad, pues, mi sorpresa ante la explosión que ocasionó mi inocente comentario! Agotado por sus viajes, frustrado en sus intentos de presentar su caso al Pontífice, irritado y escandalizado por las tasas, peajes y cánones que se le exigían en Aviñón (donde uno tiene que pagar hasta por una noche en el muladar, ahora que tiene al papa Juan XXII por vecino), Barthélemy empezó a despotricar de «esos comerciantes que se llaman a sí mismos clérigos». Farfullando y escupiendo, los acusó de tener por Dios al lucro y de vender absoluciones para llenar la bolsa. Me recordó que Cristo había expulsado a los mercaderes del templo y comentó, con frases a medias y voz áspera, que el aire de Aviñón, en lugar de cantos de salmos, estaba lleno del tintineo de la plata. «Aviñón es una morada del pecado», me dijo.

Todo lo cual es cierto y seré el primero en reconocerlo. Mucho puede el dinero, capaz de crear obispos y abades, de conferir dignidad al ignorante, de hacer caballero al campesino, de salvar almas y condenarlas, de dar órdenes a reyes y comprar la libertad, de edificar grandes muros y derribarlos a continuación. Hay quien dice que se puede comprar el propio Paraíso, hoy día, igual que la salvación. Y no cabe duda que Aviñón es un sumidero de avaricia y que, allí, más distinción se otorga al oro que al ingenio, al saber o a la nobleza de sangre. ¡Pero, ay, qué harto estaba de oírlo!

Todo visitante de Aviñón, todo pretendiente esperanzado y todo demandante irritado, condenará sin paliativos la codicia de quienes le ponen trabas. Hombres que acuden allí en busca de riqueza y posición se enfurecen porque otros, a base de sacarles dinero, pretenden alcanzar el mismo premio. ¿Cuántas veces me he visto obligado a recordarle a alguien que todos, incluso los escribanos, debemos comer para vivir? Es verdad que algunos parecen excesivamente amantes del dulce, en lugar de conformarse con el pan, sencillo y sabroso, pero ¿quién no lo preferiría, si se le diera a escoger?

Con un suspiro, me abstuve de comentarlo mientras Barthélemy continuaba su diatriba:

—¡Mi primo es pobre, igual que yo! —se lamentó—. He tenido que venir hasta aquí andando y he dormido en cunetas del camino, pues, ¿quién puede permitirse el coste de una cama y comida en una posada? ¿Y qué será de mi primo? Está demasiado enfermo para viajar, y mucho más para dormir en una zanja. ¡Morirá en el camino, sin completar la sentencia, y habrá que vender la casa de mi hermano para pagar su última peregrinación y mi familia se verá en la calle…!

—Esperad. —Del légamo fermentado que era mi cerebro acababa de surgir una idea nítida y brillante—. ¿Hay una casa?

—La de mi hermano. Cuando sentenciaron por hereje a Isoard, sus propiedades fueron confiscadas y sus hijos, desheredados; entonces, mi hermano los acogió…

—Si existe una casa, creo que podré ayudaros.

Me ofrecí a redactar, por una pequeña suma, un escrito de apelación al Gran Penitenciario. También propuse a Barthélemy alquilarle mi propia cama por una noche. Cualquier hospicio le cobraría el doble por un simple jergón de paja en el patio, le dije. Sí, los hermanos llamarían donativo o limosna para los pobres a este estipendio, pero, de un modo u otro, conseguirían echar mano de algunas monedas, aunque tuvieran que robarlas. Y, en este caso, no dudarían en acusar del hurto a los demás huéspedes.

—No encontraréis nada mejor en ninguna parte —le aseguré—. Mis servicios son los más económicos.

El terciario reflexionó unos momentos, mientras se mordía el labio inferior.

—Me habéis dicho que necesitaría dinero —dijo por fin—. Mucho dinero.

—Tal vez no. Si podemos prometerle la finca de un difunto, quizá no haga falta.

—¿A qué os referís?

Bien, observad mi perspicacia: me pareció que, en lugar de asistir a cómo la rapacidad de posaderos y recaudadores de impuestos daba cuenta de una casa en perfectas condiciones, el papa Juan tal vez prefiriese verla adjudicada a la Iglesia. Naturalmente, esto último no podría producirse si Isoard era obligado a completar su sentencia. Para entonces, la casa ya habría sido vendida para afrontar los gastos de una peregrinación cuyo lento progreso se comería rápidamente los fondos.

—¿Qué edad tiene vuestro hermano, el propietario de la casa? —pregunté a mi visitante.

—Oh, tiene dos años más que yo.

—¿Es un hombre fuerte? ¿Está sano?

—Sí, bastante…

—¿Le quedan muchos años de vida, Dios mediante?

—Ruego que así sea.

—¡Bien, entonces tenemos una solución! —exclamé, antes de que una punzada de dolor en las sienes me obligara a bajar la voz de nuevo—. Decidle a vuestro hermano que debe legar la casa en testamento a los canónigos del lugar. O al propio Santo Padre, tal vez —añadí en un susurro—. Y yo me ocuparé de lo demás.

Se produjo un largo silencio. Barthélemy parecía dubitativo y confuso. Por fin, murmuró:

—Pero los niños, los hijos de mi hermano y de mi primo… Si pierden la casa, ¿dónde vivirán?

—La casa tendrán que perderla, amigo mío. Vos mismo lo habéis dicho. Pero pensad en esto: ¿preferís que sea ahora, o dentro de diez años?

La fuerza del argumento lo convenció. Barthélemy era lento, pero no tonto, y comprendió que no había otra salida para sus dificultades.

Así pues, con un gesto de asentimiento y un suspiro, aceptó. Después volvió la vista al tintero vacío, las plumas gastadas, la cera y la cuchilla y la piedra pómez.

—¿Escribiréis todo eso? —inquirió—. ¿Con la caligrafía adecuada?

—Lo redactaré de tal manera que hará llorar a los funcionarios —fue mi respuesta, un tanto jactanciosa—. Les romperé el corazón y ablandaré su ánimo.

—Pero…

—Tened fe. Dadme tiempo. No lamentaréis haber acudido a mí, Barthélemy.