El escribano
Cuarta Parte
Canción del celibato
Canto I
Qué extraño resulta estar a solas con uno mismo. Qué peligroso y qué inhumano es. Ya las Sagradas Escrituras nos advierten contra ello: «Pero ¡ay del que está solo!, porque cuando caiga no habrá otro que lo levante». Sin embargo, san Antonio de Egipto vivió veinte años en soledad, recuerdo, y san Jerónimo fue anacoreta durante cinco. El mismo Jesucristo estuvo solo en el desierto durante cuarenta días. Una vida tan solitaria ha de tener, en algunos aspectos, algo de santa, y así lo atestigua san Bernard de Clairvaux (o eso me contó una vez el padre Amiel): «Bendito el que puede decir: “Ved, he escapado muy lejos y vivo en soledad”». Pero, claro, lo dice un santo. Tal vez la existencia de eremita sea demasiado sagrada para el común de los mortales y sólo esté hecha para los santos que habitan entre nosotros.
Yo, por ejemplo, no puedo vivir solo. Nací en una estancia abarrotada de gente (como la mayoría de nosotros) y desde entonces no he parado de luchar por hacerme sitio. A veces he pensado que ojalá pudiera estar solo, pero ahora sé que Dios ha sido misericordioso conmigo al negarme tal deseo. Porque mi primera noche en el priorato fue una dura prueba y todo un desafío.
Me adjudicaron una celda y me dieron una vela y un poco de agua para beber. En la cama había dos estrechas camas con sendos jergones de paja, almohada y mantas. Cuando pregunté al padre Amiel dónde había dormido el papa Clemente a su llegada a Aviñón, me confió que la hospedería del prior era más lujosa en su mobiliario. Allí, al parecer, encontraría tapices y cueros, oro y cristal. La parte del priorato en la que me hallaba estaba reservada a visitantes de condición más humilde.
—¿Clérigos? —inquirí.
—Sí, clérigos.
—¿Y peregrinos?
—A veces.
—¿Mujeres?
—En alguna ocasión. —El padre Amiel inspeccionó la pequeña estancia de muros de piedra y preguntó si tenía todo lo necesario.
—Si necesitáis un salterio para ayudaros en los rezos, puedo mandar por él, pero creo que no deberíais leer.
Lo mismo me parecía a mí. Los ojos todavía me lagrimeaban del golpe en la nariz.
—No os preocupéis, padre —le dije—. Con esto bastará.
—Si es así, os dejo.
Antes de despedirse, y para mi asombro, el monje entonó unas cuantas frases en latín y trazó la señal de la Cruz en el aire sobre mi cabeza. Tal vez adivinó, con una perspicacia fuera de lo común, que me esperaba una noche larga y difícil. Tal vez se dio cuenta de que la soledad en un lugar desconocido era contraria a mi carácter.
Acertaba, por supuesto. Poco descanso encontré en aquel lecho angosto y entre aquellos fríos muros de piedra. En el pasillo exterior, largo y recto, resonaban toda suerte de ruidos portentosos, causados por corrientes de aire en su mayor parte, pero que semejaban voces lejanas, de timbre fantasmal, que expresaban dolor y pena. Un par de veces creí oír unos pasos, pero no corrí a abrir la puerta y saludar al que pasaba porque percibí que cualquier intento de relacionarme sería considerado una intrusión en aquel lugar sombrío. Sin duda, allí debía de haber otros visitantes que, como yo, buscaban refugio. No obstante, si era así, no llegué a verlas o a conversar con ellos. Era como si me hallara en un edificio habitado por espíritus.
Dormí con un sueño ligero, casi febril, perturbado por ensoñaciones aterradoras, por el dolor de las magulladuras y por el tañido de las campanas. Creo que en cierto momento lancé un gemido, con el que añadí mi voz a la música sobrenatural de silbidos, chirridos y quejidos que envolvía la hospedería del priorato. Y aunque sabía que bajo las campanas que me despertaban vivía un gran número de monjes, por extraño que resulte cuando lo pienso, jamás me he sentido más solo. Y es que, naturalmente, mi sensación de aislamiento se debía tanto al lugar donde estaba como a mi manera de ser. Un hombre como yo, por penitente y sumiso que se vuelva, siempre se sentirá fuera de lugar en un monasterio.
Por la mañana, ya estaba despierto cuando el padre Amiel me mandó llamar, con la salida del sol. La noche anterior habíamos acordado que me acompañaría a casa camino de la prisión, donde lo esperaría mi sustituto romano. Cuando, al encontrarnos, me propuso contratar al nuevo escribano para toda la jornada, me opuse vehementemente y le aseveré que ya estaba en condiciones de trabajar.
—¿Estáis seguro? —El padre estudió con preocupación mi figura decaída—. A mí me parece que estáis muy enfermo.
—Es la falta de sueño —respondí con una voz apagada y gangosa a causa de la hinchazón de la nariz—. Le pondré remedio esta mañana: me acostaré y, a mediodía, la cura ya habrá surtido efecto.
—¿Y qué hay de vuestro antiguo amigo, de Othon? ¿Qué haréis al respecto?
El padre Amiel me hizo esta pregunta cuando aún estábamos bajo el techo del priorato y, naturalmente, di por sentado que temía por su propia seguridad, si Othon daba con nosotros. Así pues, me apresuré a tranquilizado.
—¡Oh, padre! Othon no me andará buscando, tan temprano. Seguro que está padeciendo terriblemente los efectos de las últimas jarras de vino de anoche.
—¡Ah!
—Jamás lo veréis activo a estas horas de la mañana. A menos que tenga que partir a alguna ciudad distante.
—Me tranquiliza saberlo —comentó el fraile—. Pero no habéis respondido a mi pregunta, Raymond. ¿Vais a acusarlo de agresión? Si es así, hablaré con el condestable. Os aseguro que le caerá una condena. Las pruebas en su contra son abrumadoras.
—¡Oh! —No pude contener una carcajada—. ¡Padre, si lo llevo a juicio, entonces sí que me matará!
—Sandeces. —Su tono de voz era gélido—. Si lo deseáis, lo haré arrestar. Ésta misma mañana. El condestable no se negará si se lo pido.
Alarmado, lo miré fijamente. Estábamos en el umbral de mi minúscula celda y reinaba tal oscuridad que el padre Amiel había traído una humeante lámpara de sebo. A la luz de ésta, ofrecía un aspecto cadavérico y unas facciones duras como el pedernal. Sus ojos eran dos pozos insondables.
—Padre, yo… yo… —¿Cómo explicarle? Me pareció como si, desde la distancia que nos separaba, la mujer y los hijos de Othon me lanzaran reproches—. No puedo hacer que detengan a Othon, ni que lo acusen.
—¿Por qué no?
—Por su familia. ¿Qué sería de sus hijos?
—Si lo sancionan con una multa, no les sucederá nada.
—Pero podría perder su cargo. Es un simple correo papal y no tiene amigos poderosos. Muchos verían en este incidente una oportunidad para hacerse con su puesto. Además… —Me pasé una mano por los cabellos y di un respingo cuando me toqué una zona dolorida—. ¡Oh, padre, no puedo! Obraría mal. Si lo conozco bien, hoy mismo vendrá a pedirme perdón. Ya lo ha hecho otras veces.
El padre Amiel no dijo nada.
—Además, estará en deuda conmigo —continué—. ¡Me agradecerá tanto que lo haya librado del castigo que hará lo que le pida! Le aseguro, padre, que la mejor política es siempre poner la otra mejilla. Por lo menos, en lo que a Othon se refiere. Cualquier otra cosa sólo conducirá a más problemas.
El fraile continuó mudo. Sin embargo, deduje de su silencio que estaba disgustado. Tal vez lo leí en la mueca de sus labios, o en cómo dio media vuelta y me condujo al exterior. O quizá me lo advirtió la duración misma de su mutismo, que continuó hasta que, desesperado por ganarme su aprobación (que tan ostensiblemente me había retirado), mencioné el asunto de la disputa legal de Guillaume Monier con el caballero Etienne de Puy.
El padre Amiel me escuchó con atención mientras avanzábamos por la calle. La mañana era muy fría para la estación en la que estábamos, y el aire se hallaba tan encalmado que el humo de las chimeneas recién encendidas se extendía como un manto sobre los tejados. Como aún tenía molestias en la cadera, arrastraba un poco la pierna, lo que hacía más lento nuestro paso. Yo llevaba las manos, sin guantes, abrigadas bajo las axilas.
—Pero ¿cómo podría un caballero de…? ¿De dónde habéis dicho? ¿De no sé dónde, cerca de Saint-Gilles? ¿Cómo podría acceder al dormitorio de Guillaume Monier? —rompió por fin su silencio, cuando hube terminado—. Salvo que empleara algún medio diabólico…
—Parece improbable. Así se lo dije a Lambert.
—… o que sobornara a alguien de la casa del camarero para que le hiciera el trabajo. —El padre Amiel me sobresaltó con un suspiro, y continuó—: Puede que no haya hecho las preguntas adecuadas. Tal vez debería volver a interrogar a los escribanos. Aunque, ¿adónde me conduciría eso? Mi inquisitio se centra en la brujería. Si investigara a Etienne de Puy, ¿no estaría apartándome demasiado de la tarea que me ha sido encomendada?
Como no estaba suficientemente informado para responder, contuve la lengua. En cuanto al dominico, se sumió en profundos pensamientos y no cambió su expresión preocupada hasta que llegamos a casa de mi madre. Sin embargo, una vez allí me alegró comprobar que mi táctica de distracción había surtido efecto, puesto que, en lugar de despedirse con un seco monosílabo, el padre Amiel quiso demostrarme su aprecio por el regalo que acababa de hacerle y, con este propósito, salió en mi defensa.
Fue Alazais quien me abrió la puerta, y reconocí muy bien la expresión ceñuda con la que me recibió. De no estar presente el padre Amiel, me habría soltado toda la mordacidad de su lengua viperina. Sin embargo, cuando vio al monje, se quedó sin habla y retrocedió un poco. Su reacción me causó un placer infinito, aunque debo confesar que también estaba preocupado. Me extrañaba que el padre Amiel se expusiera voluntariamente a las atenciones de mi familia, pues casi siempre evitaba estar mucho rato en su compañía.
—Buenos días, hija —dijo a Alazais—. Deseo hablar con vuestro marido. ¿Está en casa?
—¡Oh! Sí. Sí que está. ¡Arnaud! ¡Arnaud!
¿Qué se proponía el fraile? Temí que fuese a revelar a Arnaud la causa de mis lesiones y a instarle a denunciar a Othon. Sin embargo, cuando por fin apareció mi hermano, legañoso y despeinado, el padre Amiel se limitó a anunciar que me habían agredido y que era digno de conmiseración.
—Tengo la certeza de que vuestro hermano es una víctima inocente —declaró—. Como sabéis, ha pasado la noche en el priorato y ya se ha recobrado bastante de su terrible trance. No obstante, todavía necesita tranquilidad y buenas atenciones. Confío en que si lo dejo en vuestras manos fraternales, tendrá ambas cosas.
La expresión de Arnaud era absolutamente cómica: la de un hombre que acaba de descubrir una vaca en su cama. Su rostro denotó asombro, alarma y perplejidad, en rápida sucesión.
—Volveré hacia el mediodía —continuó el padre Amiel— con la esperanza de que, bien descansado y recuperado, Raymond ya esté en condiciones de reemprender el trabajo. Es un ayudante muy valioso, maese Arnaud. Lamentaría que vos no supieseis reconocerlo.
¡Pobre Arnaud! Casi me dio lástima. Farfullando murmullos incomprensibles, se frotó los ojos para despejarse y buscó ayuda con la mirada. Sin embargo, el fraile ya había cesado su ataque. Con una sonrisa y un gesto de cabeza, se marchó repentinamente, y allí quedó el clan Maillot, mirándose unos a otros con incomodidad y consternación.
—Bien… —dijo Alazais, finalmente.
—Hum —añadió su marido.
Yo no abrí la boca. Al cabo de un momento, me dejaron pasar y pude cruzar la puerta. En la cocina me recibió mi madre, recién levantada también, y me ofreció pan y queso. Nadie me dirigió la palabra mientras me disponía a comer, con precaución. (Aliviado, comprobé que el diente que me bailaba había recuperado la firmeza y se mantenía perfectamente clavado en la encía). Alazais avivó el fuego, mi madre dijo a la criada que sacara los desperdicios y trajera leña, y Arnaud se mondó los dientes.
—¿Quién te ha hecho eso? —me preguntó, por último, y señaló mi nariz hinchada.
Sonrojado, le dije que no conseguía acordarme.
—Pues si sucede por tercera vez —gruñó—, puedes buscarte otro sitio para dormir. Porque si alguien intenta matarte, Raymond, no quiero que vierta tu sangre cerca de esta casa.
Y ésta fue toda la simpatía que recibí de mi hermano. ¡Eso entendía él por tranquilidad y buenas atenciones! Con todo, tuve que agradecerle al padre Amiel que Arnaud, por lo menos, se abstuviera de ponerme la mano encima.
Por último, me levanté de la mesa y me retiré a mi habitación sin que nadie protestara. Pese al desorden reinante en mi estancia, después de haber pasado por la hospedería del priorato ningún otro lugar podía resultarme más acogedor. Contemplé con enorme satisfacción el tintero de piedra de mi padre, mi desordenada colección de libros, la ropa desordenada de la cama, mis botas de los festivos y el escritorio. Cada uno de los objetos me tranquilizó infinitamente. Y detrás de la puerta cerrada estaba mi familia, que no hacía ruidos fantasmagóricos por la noche y que, cuando asomaba la cabeza, siempre me decía algo, aunque sólo fuera para maldecir mi irresponsabilidad.
Con un suspiro de contento, me dispuse a dormir.
Sin embargo, no se me iba a permitir tal satisfacción. Apenas había cerrado los ojos cuando alguien llamó con los nudillos a los postigos de la ventana. Era un sonido subrepticio que presagiaba problemas. Por un instante, estuve tentado de no responder, pero se me ocurrió que el intruso, fuera quien fuese, tal vez decidiera llamar a la puerta si no abría la ventana, Y que sería mejor que Arnaud no se percatara de su presencia.
Así pues, me levanté y fui a atender la llamada.
—¡Raymond! —Era Bona Claret—. ¡Estaba esperándote!
—¿Bona? Pero ¿qué diablos…?
La ventana enmarcaba su cabeza y le resaltaba los mofletes y la punta de la nariz, enrojecidos por efecto del frío. Con los dedos cortos y rechonchos de sus manos regordetas, se agarraba del alféizar como si temiese que fuera a arrastrarla la fuerza de un poderoso torrente.
—Te esperaba —repitió en un susurro—. Me envió Beatrice. Quería saber si anoche regresaste sano y salvo. Pero has vuelto esta mañana.
—Sí.
—He llamado a la ventana hace un rato, pero no ha respondido nadie. Entonces, he decidido esperar.
—¿Has pasado aquí toda la noche?
—No, no. He vuelto un poco antes de que lo hicieras tú. Me he escondido cerca de aquí, al doblar la esquina.
—Oh. —Pensé, inquieto, qué sucedería si Arnaud la oía. Nada bueno, sin duda—. Bien —me apresuré a murmurar—, puedes informar a Beatrice de que sigo vivo, y de que he pasado la noche en el priorato. Pero ahora debes marcharte, Bona, o conseguirás que mi hermano termine lo que empezó mi amigo.
—Así pues, ¿tu amigo te encontró? —dijo ella, mirándome la nariz—. Beatrice temía que fuera a matarte.
—Por poco lo hace.
—Estaba muy inquieta. Siempre anda preocupada por ti.
—Oh.
—Y creo que tiene celos de mí. No quiere que me quede. ¿Adónde iré ahora, Raymond? ¿No sabes de nadie más que pueda ayudarme?
¡Ay, amigos míos, qué abrumadora puede ser la carga incluso de un peso liviano cuando uno está cansado y enfermo! En aquel momento, la llorosa petición de Bona caía sobre mis hombros como el peso de una catedral. Con un suspiro, estuve a punto de llevarme una mano a la cara, pero recordé a tiempo que mi pobre rostro estaba demasiado delicado para tal tratamiento.
—Bona —murmuré, con voz casi inaudible—, estás pidiéndome mucho. Mi círculo de conocidos no es muy amplio. No se me ocurre nadie en la ciudad que…
—¿Y fuera? —Las yemas de los dedos se le habían puesto blancas de la fuerza con la que se agarraba al alféizar—. ¿Conoces a alguien que pueda necesitarme más allá de las murallas? ¿En los alrededores o… donde sea?
Curiosamente, se me ocurrió que sí. Aún no había terminado de hablar Bona, cuando me vino a la cabeza una idea: ¿y Bernard y Marguerite de Pasquières? Bernard, caballero y châtelain de la corte provenzal, vivía en un pequeño castillo que dominaba la villa de Saint-Martin-les-Bains. Amigo íntimo de Lambert Galand, quien cierta vez le había conseguido una importante victoria legal, siempre me había acogido calurosamente cuando le llevaba una carta o un presente de mi maestro. En total, mis visitas a Saint-Martin-les-Bains habían ascendido a tres, cada una de ellas distinguida con cacerías, música y opíparos banquetes.
Sin duda, me dije, en aquella casa tan grande y rica habría espacio para una lavandera más.
—Bona —susurré, tras echar una cauta mirada a mi espalda—, conozco a alguien, pero vive en Saint-Martin-les-Bains. ¿Sabes dónde está?
Me miró desconcertada.
—Tienes que ir hasta el puente de Saint-Benezet, pasada-Villeneuve-les-Avignons, y allí tomar la carretera que lleva a las montañas. Pero al cabo de poco… Espera. —Se me ocurrió que la dirección tenía que ser el último paso, no el primero —. Escúchame, Bona. Voy a escribir una carta que entregarás a mi amigo. Luego te explicaré cómo llegar hasta él. Pero debes saber que tendrás que caminar dos días enteros, tal vez, para llegar a tu destino. ¿Estás dispuesta a ir tan lejos?
—Sí. Si tengo que comer…
—Te daré dinero. —Era un pequeño precio a pagar, pensé, a cambio de librarme de un lastre indeseado—. Ahora, regresa a tu escondite y, cuando termine la carta, volveré a abrir los postigos. ¿Has entendido?
Bona dijo que sí. Y así fue cómo, cuando la hube despachado, tuve que sentarme ante el escritorio, con los ojos llorosos y un zumbido en la cabeza, a redactar una petición a un hombre con el que no había tenido relación desde hacía casi tres años. No fue, os lo aseguro, una tarea sencilla. Sabía que debía halagar y lisonjear, con frases elegantes, y tratar siempre de agradar, pero un cerebro perezoso y unos ánimos alicaídos me hacían absolutamente reacio a aplicarme en tal esfuerzo. Pero lo hice, ayudado por el hecho de que estaba obligado a escribir en la lengua vulgar. La finura en el uso del latín habría estado fuera de mi alcance en aquel momento, por lo que fue una suerte que Bernard de Pasquières sólo alcanzara a leer el provenzal.
Redacté un borrador de la misiva y, a continuación, la copia definitiva. Para sellarla, tuve que salir a la cocina a calentar la cera, y lo hice con la inquietud de que me preguntaran por qué estaba trabajando, si el padre Amiel me había ordenado descansar. Sin embargo, nadie hizo comentarios. Era como si existiese un pacto por el que debía dejárseme en paz, fuera cual fuese mi comportamiento, hasta que el padre Amiel viniera a buscarme. O tal vez se había llegado al acuerdo de que no merecía que me dirigieran la palabra.
No importa la razón: el caso es que pude sellar mi carta y guardarla en una bolsa de piel sin ninguna interferencia. Un registro a fondo de mi habitación tuvo como recompensa el hallazgo de una libra tornesa; dos monedas Nemausenses, acuñadas en Nimes, y una antigua moneda de cobre conocida como «pougeoise», que es rara de ver hoy en día y que es de tan escaso valor que apenas se puede comprar nada con ella. Guardé las piezas en la bolsa de la carta: bastarían, pensé, para proveer de comida y agua a Bona durante el trayecto.
A continuación, abrí los postigos y esperé. En un abrir y cerrar de ojos, Bona apareció ante mí y procedí a darle la bolsa y a facilitarle el nombre y el cargo de Bernard de Pasquières, además de indicarle de nuevo la manera de llegar al castillo. Llevé a cabo la operación de un modo un tanto frenético, pues no olvidaba lo cerca que estaba mi hermano. Después de repetirle una vez más el camino, le insistí en que, si olvidaba todo lo demás, debía recordar el nombre de Saint-Martin-les-Bains. Con aquel nombre, le susurré que podría encontrar el camino preguntando.
—Ahora, vete —le dije—. Vete antes de que a mi hermano se le ocurra salir, o me arrancará la cabeza.
—Te devolveré el dinero —me aseguró Bona, pero yo rechacé la oferta.
—Te lo regalo —susurré—. Pero vete de una vez.
—Pero…
—¡Vamos! Vete, ¿quieres?
Bona se marchó. Y sólo un rato después, cuando ya me había retirado una vez más a la cama, me acordé de su declaración. Por lo que yo recordaba, no se le había leído y la sirvienta no había estampado su marca en ella para confirmar la veracidad de cuanto se había trascrito.
El padre Amiel no estaría demasiado contento, pensé, cuando se enterara de que había despachado a una importante testigo a Saint-Martin-les-Bains.
Aunque el pueblo sólo estaba a una jornada a caballo y en aquella época del año era fácil llegar a él. Y, en cualquier caso, todo llevaba a pensar que Bona estaría de regreso antes de que acabara la semana. Como hasta aquel momento había fracasado en mis esfuerzos por encontrarle empleo, no me hacía muchas ilusiones de sus perspectivas en Saint-Martin-les-Bains. Mientras me dormía, pensé medio en sueños que aquella mujer era una especie de sombra, pegada a mis talones. O como la lepra: inextirpable, una vez contraída.
Pero, al menos durante unos días, disfrutaría de cierto alivio.