El escribano
Canto III
Nunca entré en El Gallo Negro de tan mala gana. Nunca eché una ojeada al amplio interior del local con tanto temor. No tenía el menor deseo de beber con Othon bajo la mirada colérica de Gaillard. No deseaba sufrir los escarnios y reproches de unos hombres que antes me recibían con alegría y que ahora estaban convencidos de que había traicionado su amistad para intimar con un fraile de siniestra reputación. La atmósfera estaba cargada de amenaza y las jarras golpeaban las mesas con una fuerza innecesaria.
Othon, sin embargo, estaba decidido a beber conmigo. Sin duda, me habría encontrado asiento por el medio que fuese (echando a alguien de un banco a empujones, si hubiese sido necesario) y habría tomado la iniciativa de la conversación para obligar a sus compañeros a acogerme en su seno. Posando su recio brazo sobre mis hombros, desafió a los presentes con su fiera sonrisa. Sin embargo, antes de que pudiera imponer mi presencia a quienes la despreciaban, Beatrice acudió en mi rescate.
—¡Raymond! —exclamó, saliendo apresuradamente a nuestro encuentro—. Tenía la esperanza de que vendrías.
—Por consideración hacia ti, solamente —le aseguré. Para mi pesar, vi que su rostro estaba surcado de arrugas de inquietud. Con el pelo revuelto, la voz ronca y los ojos enrojecidos del humo y de la tensión, casi parecía una anciana—. Perdona, debería haber venido mucho antes. ¿Dónde está la carta?
—Arriba. Pero…
—La leeré ahora. Dile a Sybille que se encargue de servir. ¿Tienes pluma, tinta y pergamino? Voy a necesitarlos.
—¡Todavía no! —intervino Othon—. ¡Primero, un trago de vino! ¡Y después, una canción y un relato!
—No —repliqué.
—¿Por qué no? Por los clavos de Cristo, ¿qué te ocurre?
—Ya te he dicho antes que estoy dolorido. No he venido aquí para beber hasta caer en el estupor. —Escabulléndome de su lazo, tomé del brazo a Beatrice y, con un suave codazo, la encaminé hacia la estrecha escalera desvencijada—. Disculpa, Othon, pero necesito tener la cabeza despejada. He de tratar unos asuntos con Beatrice.
—¿Más tarde, pues? —apuntó él, frunciendo el entrecejo—. ¿Cuando termines esos asuntos?
—Tal vez.
Os aseguro que me batí en rápida retirada. Demasiado rápida, tal vez. Cuando llegué a la alcoba de Beatrice, estaba sudoroso y jadeante y debía de tener el rostro encendido, pues Beatrice, cuando lo vio, se apresuró a preguntar:
—¿Te encuentras bien, querido? Parece que estés ardiendo.
—¿Y crees que debería quitarme ropa? ¿Es eso lo que insinúas? —Apenas le presté atención—. No hay tiempo para coqueteos, Beatrice. ¿Dónde está la carta?
Como no recibí contestación, la miré y vi que ahora era ella quien enrojecía.
—¡Yo no decía eso! —exclamó abruptamente—. ¡Ya hablas como ese fraile!
—¡Oh! Bueno…
—Se te ve acalorado, Raymond, en serio. Vienes sofocado y tienes la frente empapada de sudor. Pareces febril. ¿Estás enfermo?
—No.
—Bien. —Beatrice se acercó a la cama y sacó un fajo de documentos de debajo del colchón—. Aquí está la carta —dijo mientras me tendía uno de ellos—. Iré a pedir pluma y tinta a mi vecino, el boticario. ¿Puedes esperar?
—Desde luego.
—Espérame, pues. Volveré enseguida.
Beatrice se marchó, y mientras estuvo ausente estudié la carta. Iba firmada por el camarero de la abadía de Saint-Ruf, la cual, como he mencionado antes, gozaba del derecho de retracto sobre la propiedad de Beatrice. Me informé de que, en virtud de esta prerrogativa, la abadía podía hacer valer ciertos privilegios con respecto a El Gallo Negro. Por la presente, comunicaban a la viuda que la abadía había decidido vender su derecho de retracto de la taberna. El comprador era un cambista de Nimes.
Cuando regresó, expliqué a Beatrice que, si alguna vez quería vender su propiedad, el cambista estaría autorizado a intervenir en la transacción y adquirir la taberna.
—¿Por qué?
—Porque ostenta el derecho de retracto.
—¿Lo ha comprado?
—Y puede venderlo.
Tuve que explicarle con mucho detalle lo que significaba todo aquello. Después le pregunté qué escribano había redactado la escritura y el reconocimiento de deuda cuando había comprado la taberna. Sería conveniente, dije, pedirle que consultara sus registros para tener completa seguridad de que la abadía de Saint-Ruf estaba, efectivamente, en posesión de lo que había decidido vender.
—A veces se producen irregularidades —apunté—. El escribano puede cometer un error cuando redacta los títulos, y cosas así.
—¡Oh, Raymond! Ojalá hubiera podido recurrir a ti, pero entonces todavía no eras escribano público.
—Errores los cometemos todos, pero no tengo ningún motivo para pensar que quien te tramitó la escritura sea menos eficiente de lo que pueda serlo yo. De todos modos, querría cerciorarme de que todo está como debe ser.
—¿Ahora?
—¿Por qué no? Todavía falta para que anochezca.
Y así, Beatrice y yo fuimos a consultar los registros notariales de un hombre cuyo nombre no recuerdo bien (¿Gui…? ¿Guibert?) y que nos recibió sin protestas. No os cansaré con la descripción del escribano, de sus costumbres o de su modo de hablar: no es, al fin y al cabo, de vital importancia para mi relato. Sólo os comentaré que su competencia era incontestable. Sus registros estaban archivados con orden, titulados y guardados en armarios cerrados. En ninguno de los textos que examiné vi erratas. La redacción era impecable. Aparecían todas las firmas de los signatarios y todas las salvedades estaban debidamente anotadas. Cuando abandonamos la casa (una vivienda humilde pero que, por su impecable limpieza, daba testimonio del talante preciso y cuidadoso de la familia que la habitaba), comenté a Beatrice que no habría podido escoger un profesional mejor.
—Un hombre muy capaz —añadí—. Deberías volver a tratar con él, más adelante.
—Pero ¿y tú, Raymond? —protestó ella—. ¿No deseas ayudarme?
—Desde luego, si tú quieres. Y tendrás que pagar mucho menos. Nada, de hecho. Pero yo no tengo los registros archivados como es debido: se apilan en el suelo, desordenados. Y me veo obligado a emplear tinta de baja calidad y pergamino áspero, a menos que el cliente pague un material mejor. Soy desaseado y olvidadizo y no tengo la menor capacidad de organización.
—Aun así, me vales. —Beatrice se colgó de mi brazo—. ¿Debo responder a la carta de la abadía? ¿Los monjes necesitan mi permiso para la transacción?
—No —respondí—. Pero deberías demostrarles que estás atenta a lo que sucede, para que no te minusvaloren por ser mujer y lega. Tendrías que pedir más información acerca de ese cambista: debemos saber dónde encontrarlo y quién es su escribano. No te inquietes. Redactaré un escrito y nadie conculcará tus derechos.
—Gracias, queridísimo —dijo ella y, poniéndose de puntillas, depositó un beso en mi mejilla—. Eres un amigo sin par.
—¿Qué haces, Beatrice? ¡En la calle, no!
—¿Por qué? ¿Te preocupa que nos vaya a ver ese monje tuyo?
—No lo llames mío. Creo que deberías tener en más estima tu propia reputación.
—Raymond —respondió ella, mientras me miraba con una expresión de absoluto desconcierto—, te tengo en más estima a ti que a mi propia reputación.
Creedme si os digo que estas palabras me llegaron al corazón. Beatrice no era dada a declaraciones elegantes y hermosas como la que acababa de pronunciar; era evidente que intentaba complacerme. Y lo había conseguido, sin duda. Siempre me había complacido de innumerables maneras (algunas de ellas, inenarrables). Sin embargo, yo sabía que si me ablandaba y le respondía del mismo modo, pronto nos encontraríamos juntos en la cama, haciendo cosas de las que luego me lamentaría.
Así pues, mostré frialdad y desinterés y, mientras subíamos la escalera hacia la alcoba —haciendo caso omiso de los gritos incoherentes de Othon, que insistía en que me uniera a él—, repetí a Beatrice que necesitaría estar un rato a solas para redactar la carta. Ella, algo abatida, respondió que me facilitaría todo lo que necesitara. ¿Un refrigerio, tal vez? ¿Vino? ¿Carne?
—Agua —dije, apartando con decisión la mirada de sus tentadores pechos—. Y algo sobre lo que poder escribir. Una superficie lisa.
Con aire humilde, Beatrice me suministró lo que pedía. Después, volvió con los parroquianos mientras yo luchaba con una tinta viscosa y una pluma torpe. Omitiré aquí un discurso largo y prolijo sobre el contenido de la misiva, redactado en términos bastante directos, aunque serviría bastante bien a nuestros propósitos. Baste decir que el primer borrador fue también el texto definitivo: lo leí cuatro veces, corregí un error gramatical, sequé la tinta aireando el pergamino y volví a llamar a Beatrice para que escuchara el contenido y estampara su marca especial en el espacio al final de la conclusio.
Apenas había tomado la pluma cuando el estrépito procedente del piso inferior, donde siempre reinaba el bullicio, aumentó hasta convertirse en un clamor ensordecedor. Llegaron a nuestros oídos gritos y protestas.
Beatrice garabateó la firma al lado de su nombre con un profundo suspiro.
—Más problemas —murmuró—. Siempre igual.
—Las bebidas fuertes traen violencia —comenté y recibí en respuesta una mirada impaciente. Sin una palabra más, Beatrice se encaminó con gesto resuelto a enfrentarse a los problemas que la aguardaban abajo, y yo salí tras ella, dejando la carta en la habitación. Debería haberla sellado, eso sí, pero caí en la cuenta de que tenía el sello en casa de mi madre.
Quien no estaba en casa era mi hermano, Arnaud. Imaginaos mi sorpresa cuando lo vi en la taberna.
—¡Arnaud! —exclamé mientras bajaba por la escalera. Mi hermano estaba plantado a un palmo de las narices de Othon, que profería unas voces estruendosas, por decirlo de un modo suave. Cuando oyó pronunciar su nombre, se volvió y, al verme, su rostro se contrajo en una mueca terrible.
—¡Ah! —exclamó—. ¡Sorprendido bajo sus mismas faldas!
—¿Qué? —balbucí.
—¡Aquí, con tu ramera! ¡Mientras toda la familia espera en casa con tu futura esposa!
—¿Mi qué?
—¿Quieres que lo eche a patadas, Raymond? —intervino Othon, con la lengua gruesa y pastosa—. Dame una señal y…
—¡Ya lo sabías! —gritó Arnaud, lanzándose sobre mí como un gran halcón negro que cayera sobre un ratón de campo—. ¡Alazais te lo dijo!
—¿Me dijo qué?
—¡Que volvieras directamente a casa! —Me agarró por el cuello de la túnica con ambas manos y me agitó—. ¡Miserable montón de estiércol!
—¡Alazais no me dijo nada! —protesté.
—¡Claro que sí! ¡Antes de marcharte!
—¡Pero no me dijo nada de ninguna futura esposa! ¿Qué esposa?
Hurgando en la memoria, sólo alcancé a recordar las habituales admoniciones de Alazais a mi espalda, cuando abandonaba la casa aquel mismo día: «Ésta noche no bebas… Vuelve a casa directamente… Deberías seguir el ejemplo de tu hermano… Ocuparte de tu propia familia…».
Hacía tiempo que había dejado de escuchar la tediosa retahíla de instrucciones que me llovía encima cada vez que pasaba cerca de mi cuñada.
—¡Te hemos encontrado un buen partido! —exclamó Arnaud—. Una prima tercera de tu madre. Acordamos con la familia que la chica nos visitaría con su padre y con su tío…
—¡Pero yo no sabía nada!
—… y mientras todos te esperamos, ¡tú apareces aquí! ¡Eres la vergüenza de la casa! Aquí, revolcándote con tu furcia en esta casa de mala nota…
—¡No es ninguna furcia! —Lo aparté de mí de un empujón—. ¡Es mi cliente!
—¡Tu furcia!
—¡Cierra el pico!
—¡Y tú, un chulo!
—¡Y tú, Arnaud, un hipócrita! ¿O crees que no sé qué mujeres de vida alegre son tus favoritas? ¡Si ellas mismas me lo han contado!
Como imaginaréis, tras este intercambio de insultos empezaron los golpes. Arnaud intentó darme manotazos en las orejas, mientras yo me protegía el rostro y le atizaba un puntapié. Al momento, Othon agarró a mi hermano y, sin dame tiempo a impedirlo, lo lanzó al otro extremo de la estancia.
—¡No! —exclamé—. ¡Othon!
—¿Lo echo a la calle?
—¡No!
—¡Ingrato! —clamó Arnaud, casi lloroso de dolor y de rabia, mientras se incorporaba con esfuerzo, tropezando con los bancos volcados y las jarras esparcidas por el suelo—. ¡Bastardo despreciable! ¡Vete al infierno!
—¡Oh, cierra el pico! —volví a decir, consciente de que teníamos público—. ¡Y deja de insultar a nuestra madre!
—¡El insulto eres tú! ¡Tú eres la lacra para nuestra familia! ¡Eres una deshonra y una vergüenza para todos!
—¿Yo? ¿Y qué me dices de ti? ¡Aquí el espectáculo lo estás dando tú!
—¡Ya no eres mi hermano! ¡Te repudio!
—¡Bien!
—¡Ya puedes largarte de casa! ¡No seguirás manchándola! Vete a vivir con tu furcia…
—¡Que no es ninguna furcia!
—… y date a la bebida hasta que te mate. ¡A mí me da lo mismo! ¿Me oyes bien? ¡No quiero volver a verte nunca más!
No bien hubo dado rienda suelta a aquella bilis, mi hermano dio media vuelta y se marchó, esquivando por poco el puño levantado de Othon.
Sé que mi amigo siempre ha albergado intensos deseos de sacudir a Arnaud, y sin duda los habría satisfecho allí, en aquel momento, si mi hermano no hubiese tenido la prudencia de esfumarse. Finalmente, aunque frustrada su intención de lanzarse sobre su presa, Othon se volvió a mirarme con una sonrisa taimada bajo los ojos vidriosos y murmuró, arrastrando las palabras:
—Siempre he tenido ganas de atizarle. Le convendría una buena patada en el culo…
Se produjo un largo silencio. Nadie miraba a Beatrice.
—¿Vas a casarte, Raymond? —preguntó Berenguer finalmente, con sincera curiosidad.
—No. Es decir… No. —Noté que me flaqueaban las rodillas y me apresuré a tomar asiento.
—Eso de echarte de casa, ¿lo hace a menudo? —Fue Gaillard quien lo preguntó —. Tu hermano, me refiero. ¿Lo ha hecho otras veces?
—No.
—¿Qué mujeres de vida alegre prefiere? —quiso saber Bernard, y unas risas contenidas se extendieron por el local. Othon se acercó a mí, ensayó una profunda reverencia y estuvo a punto de caer de costado.
—¿Quieres que sacuda a ese hermano tuyo? —se ofreció otra vez.
—No.
—Cuando tú ordenes, Raymond.
—¡Que no!
—Puedes quedarte a dormir aquí, esta noche —me ofreció Beatrice con voz clara y firme. Cuando levanté la cabeza, observé que recorría con la mirada a sus acobardados clientes, casi desafiándolos a hacer algún comentario. Plantada en mitad del local, con los brazos en jarras y el mentón en alto, añadió—: Mi hija dormirá conmigo.
—Gracias —respondí, y noté que la sangre se me agolpaba en las mejillas—. Eres… eres muy amable.
Se oyó una risilla entre dientes. Conocedor de los pensamientos libidinosos que debían de ocupar a los parroquianos que nos observaban, tuve ganas de coger la puerta y salir corriendo, pero ¿adónde? Al priorato, no. No me habían invitado y, además, no me entusiasmaba la idea de volver por aquella hospedería.
Así pues, me puse en pie:
—Si me indicas dónde puedo lavarme la cara, Beatrice…
—Sí, claro. Ven por aquí.
—Me duele la cabeza, ¿sabes?
—No me extraña.
—Una noche entera de descanso y me repondré.
—Sin duda.
—Espero que tu hija no se moleste…
Beatrice me condujo a la habitación de ésta, un cuchitril pequeño y oscuro junto a la cocina que contenía una cama y un arcón y que olía a la tierna Madeleine, que nos espiaba incómoda junto al fuego de la cocina.
Confuso, avergonzado y absolutamente agotado, me dejé caer en la camita de la chiquilla.
—Discúlpame —murmuré.
—¿Por qué? —preguntó Beatrice.
—Por mi hermano.
—No eres su guardián.
—Hablas como el padre Amiel.
—¡Espero que no! —Beatrice posó la mano en mi hombro—. Mi pobre Raymond, pareces muy enfermo…
—Tienes que despertarme temprano —fue mi respuesta—. Muy temprano.
—¿Para que el monje no sepa dónde has pasado la noche?
—Por favor… —Estaba cansado de defenderlos, el uno ante el otro—. El padre Amiel es un buen hombre y tú, una buena mujer. ¿Por qué te molesta tanto mi amistad con él?
—Porque yo le molesto a él —dijo Beatrice—. Pero no hablemos más de ese fraile. ¿Puedo traerte algo, querido mío? ¿Un poco de leche, tal vez? ¿Leche caliente?
—No, nada.
—¿Quieres col aliñada con aceite?
—Un poco de agua, nada más. Para lavarme la cara.
—Raymond, ¿es cierto que te has comprometido para casarte?
La miré a los ojos. Aunque no pude leer su expresión, perdida en las sombras, su tono de voz era sospechosamente neutro.
—Tenía que suceder algún día —dije con cierto embarazo.
—Ya…
—Es decisión de mi familia.
—¿Aunque tu hermano te haya puesto de patitas en la calle? —Se inclinó sobre mí y, casi rozándome, continuó—: ¿Y si ya no tienes familia?
Asustado, empleé ambas manos para apartar de mí la tentación.
—No, no —repliqué—. Arnaud reflexionará. Mi madre no me volvería la espalda, nunca lo haría. No; sigo teniendo familia.
—Y si no es así, siempre puedes formar un hogar con nosotras. —Na Beatrice pronunció aquellas palabras de forma bastante atropellada y confusa—. No somos de tu sangre, lo sé muy bien, pero aquí estarías cómodo, en esta habitación o… o donde fuese. Donde tú quisieras.
Aun bajo la escasa luz de la estancia, la vi sonrojarse. Yo también me había ruborizado. Su oferta era generosa, pero también temeraria: sin duda, significaría el deshonor para los dos. Por muy castos que nos mantuviéramos, la gente siempre murmuraría acerca de una cohabitación irregular como sería la nuestra.
—Gracias, pero no —dije. No había otra respuesta posible.
—¿No hay nada que…? ¿No…?
—No, Beatrice.
—Podrías pagarme el alojamiento…
—Eres muy buena y amable, pero sólo abusaré de tu hospitalidad una noche. Por lo general, Arnaud se arrepiente de sus arrebatos al cabo de un par de días.
Eso, al menos, fue lo que me dije. Me negaba a aceptar la posibilidad de que fuese a cumplir su amenaza.
Es evidente que no conocía su corazón ni su cólera tan bien como suponía.