El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 5 de 45

Páginas del PDF

El escribano

Canto V

Mi madre declaró irrecuperable el hábito de Barthélemy. Aunque lo tuviera a remojo con especias durante una semana, dijo, seguiría oliendo a estiércol y manchado como el suelo de una carnicería. Además, durante mi aventura nocturna (de la que mi madre no sabía nada, salvo que debía de haber hecho algo vergonzoso) había sufrido desgarrones en varias partes, que serían difíciles de remendar. Aquello, anunció mi madre, ya no era un hábito: era un harapo y había que deshacerse de él.

Por desgracia, también era lo único que tenía Barthélemy para cubrirse, además de la capa. Por lo tanto, me vi obligado a ofrecerle ropa mía, y, tal era mi mortificación por lo ocurrido, que escogí para él una de mis prendas más valiosas: no mi indumentaria de las festividades, he de reconocerlo, pero sí una túnica de fina lana flamenca, teñida de escarlata y forrada de seda. Aunque le quedaba un poco justa de hombros y algo corta de falda, lo favorecía enormemente. Con todo, Barthélemy puso reparos.

—Es demasiado rica —protestó—. No soy un caballero, ni un obispo. Soy un hombre humilde.

—Os aseguro, Barthélemy, que un noble o un obispo despreciarían una prenda como ésta. Ésa seda es barata. Y eso es tafetán, no brocado.

—Yo jamás he llevado seda.

—Pues va siendo hora de que empecéis.

—Pero san Francisco no llevaba ropas ricas. Y Cristo, tampoco.

—¿Desde cuándo sois vos san Francisco?

—No puedo ponerme esto —insistió, terco—. ¿No tenéis otra cosa?

Derrotado, busqué otra prenda más a su gusto, un sayo pardo, deshilachado y muy sencillo. Cuando se lo hubo puesto, nos dirigimos a la oficina de la Penitenciaría Apostólica. Caminamos en silencio, pues temía que mi cliente estuviese desencantado conmigo (¿quién podría reprochárselo?). Sin duda, él también encontraba ofensivo mi olor, pues, a pesar de haberme bañado en caros aceites perfumados, seguía despidiendo un leve hedor a excrementos. De hecho, mientras esperaba a que me recibiera el Dispensador, pude disfrutar de todo un banco para mí solo. Ni siquiera el tufo a orines de gato que allí reinaba podía disimular la desgraciada consecuencia de una noche pasada en un muladar.

Con respecto a la apelación de Isoard Calverie, no esperaba un resultado favorable. Ganar al Santo Oficio… Eso era pedir un imposible, bien lo sabía. Desde luego, había hecho cuanto estaba en mi mano. Desafiaría a cualquiera a que escribiese una petición de forma más competente, dadas las circunstancias. Pero donde muchos hombres ricos e incluso la realeza habían fracasado, pocas esperanzas podía albergar yo de tener éxito. O eso creía.

Imaginad, pues, mi asombro, mi incredulidad, cuando allí mismo recibí del religioso una carta que concedía a Isoard Calverie la exoneración del resto de su sentencia. (Naturalmente, la medida iba acompañada de ciertas importantes provisiones relativas a la casa del primo). Os aseguro que casi me desmayo. Apenas fui capaz de balbucir una palabra de gratitud.

Tal fue mi sorpresa, que no dirigí un comentario a Barthélemy hasta que el Dispensador nos puso en la calle. Sólo entonces miré a mi acompañante, con los ojos como platos.

—¡Lo hemos conseguido! —le dije.

—¿Estáis seguro?

—Creo que sí. Aquí dice…

Eché un breve vistazo al documento que tenía en las manos y leí en voz alta (en la lengua del vulgo) varias frases inequívocas: «Con piadosa intención…», «en reconocimiento de su acendrada piedad…», «por la presente absuelvo de las cadenas del ejercicio penitencial…».

—La carta va dirigida a Pierre-Julien Fauré —señalé—. Es una instancia para que se exonere a Isoard Calverie de nuevas peregrinaciones.

—Dejadme ver.

No se me ocurre por qué habría de querer verla, ya que Barthélemy era iletrado, pero dado que la carta era más suya que mía, se la entregué y lo vi estudiar con admiración y reverencia la firma del Gran Penitenciario. Alrededor de nosotros discurría el tráfico matinal de carretillas de mano y mulas de carga, clérigos y buhoneros, hombres y mujeres, que nos empujaban con impaciencia cuando nos resistíamos a apartamos. Para la atención que les prestábamos, aquellas multitudes apresuradas bien podrían haber sido hojas caídas que arrastraba el viento.

—¡Loado sea Dios! —exclamó Barthélemy finalmente, y levantó la mirada—. ¡Es un milagro!

—Sí que lo es.

—Nunca pensé que… ¡Loado sea Dios! ¡Sois un agente del Señor!

—Bueno, no creo yo que…

—Es un milagro —repitió, tocando el documento con dedos reverentes—. Raymond, esto es prueba del amor de Dios. No debemos perder jamás la fe en Su misericordia.

—Pero, sobre todo, nunca debemos perderla en la codicia del Papa —repliqué. Sin embargo, a pesar de mi corrosivo comentario, sentía mi corazón triunfante. Dándole unas palmaditas en la espalda, sugerí que había llegado el momento de celebrarlo.

—¿Hace una copa en El Gallo Negro? Una jarra y un bocado, ¿qué os parece?

Cuando oyó la propuesta, me lanzó una mirada de reproche.

—¡Oh, Raymond! —me dijo—. ¿Dónde tenéis la conciencia? Deberíais estar encendiendo un cirio en la iglesia en vez de pensar en darle al vino en la taberna.

—Pero…

—Dios nos ha concedido un milagro en este día. ¿Es así cómo se lo agradecéis, gastando vuestro dinero en vino barato?

—En absoluto. Si convidara a Dios a tomar una jarra, la pediría de la mejor añada.

—¡Oh, Raymond!

—Además, amigo, en este milagro ha participado más gente. No ha sido Dios el único que lo ha obrado. Yo, por ejemplo, he tenido algo que ver, ¿recordáis? Y merezco una recompensa por mis cuitas.

Barthélemy movió la cabeza con un suspiro.

—Debéis procurar por vuestra salvación —dijo—. ¿Qué sacaréis de tanta francachela, sino infelicidad? ¡Infelicidad eterna!

—El sino del hombre es sufrir —fue mi réplica—. ¿Por qué no divertirse mientras uno puede?

—Porque es pecado. Porque os llevará a la condenación.

—¿Una jarra de vino y me condenaré?

—Por ahí se empieza.

—A esta hora tan temprana, no, amigo mío.

—Venid conmigo —me instó Barthélemy—. Venid y encended una vela.

—Sólo si antes venís vos a El Gallo Negro.

A regañadientes, aceptó. Tal vez pensó que me debía un pequeño trago, al menos. Pero cuando llegamos a nuestro destino, nos recibió Beatrice, que nos dijo con asombro contenido:

—¿Os habéis enterado?

—Enterado, ¿de qué? —inquirí, temiendo que fuera a embarcarse en un relato de mi propia y lamentable irreverencia en el convento de las carmelitas.

—Sybille acaba de contármelo. —Na Beatrice se secó las manos en la falda y señaló a su sirvienta, que andaba pasando la escoba—. Se lo ha contado su hermano esta mañana, en el mercado, y a él se lo ha dicho alguien que lo oyó de uno de los frailes agustinos…

—¿Qué? —exclamé con un nudo en la garganta—. ¿De qué te has enterado? ¿Qué sucede?

Beatrice arqueó una ceja y me miró con curiosidad.

—¡Pues que ha habido otra mutilación de genitales! —anunció—. Anoche.

Dios nos asiste, pensé.

—Aunque esta vez —continuó Beatrice—, el hombre no ha muerto. Todavía.

Peor que peor.

—En este momento —terminó de explicar—, yace a las puertas de la muerte en su abadía, el pobre.

—¿Eh? —Me quedé algo perplejo—. ¿Qué significa eso?

¿Quién es?

—Un monje, dicen. —Na Beatrice debía de haberse percatado de mi agitación, porque me dirigió una mirada inquisitiva, cruzando los brazos—. Un novicio, apenas un muchacho. Lo han encontrado en su celda esta mañana. Naturalmente, puede que todo sean habladurías. Sólo te cuento lo que me han dicho.

Barthélemy perdió los estribos.

—¡Ésta ciudad es la morada del pecado! —murmuró—. ¡Que Dios tenga misericordia de ella!

—¿Y te han contado algo más? —pregunté a nuestra mesonera, casi ebrio de alivio al observar que no parecía haber corrido una sola palabra de mi aventura—. ¿De lo sucedido, de anoche?

—No, nada. Muy extraño, ¿no es verdad?

—Mucho. —Y muy oportuno, además, pues la aparición de un novicio castrado se consideraría, indiscutiblemente, más importante que la de un intruso castrado… cuya existencia, en cualquier caso, los frailes y monjas tendrían buen cuidado en ocultar, sabedores de que los intrusos siempre daban mala fama a los conventos.

—¡La ciudad está dejada de la mano de Nuestro Señor! —proclamó Barthélemy, y giró en redondo. Cuando le pregunté adónde iba, me respondió que a poner una vela. Ningún argumento logró convencerlo de que abandonara la idea.

Supongo que cada cual tiene su manera de afrontar los sucesos desagradables o las sorpresas repentinas. La de Barthélemy consistía en retirarse a rezar; la mía, en ahogar la sensación de incomodidad en entornos sociables, entre buenos amigos.

En este aspecto, por lo menos, apenas he cambiado desde mis tiempos de Aviñón.