El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 28 de 45

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El escribano

Canto IV

Aquélla noche dormí muy mal por culpa del dolor y de unas terribles pesadillas. Me desperté sobresaltado poco después del amanecer y, mientras tropezaba con todo intentando vestirme a la exigua luz de las ascuas encendidas, desperté a Sybille (que dormía en la cocina) con mis maldiciones. Cuando la muchacha terminó de encender otro fuego con las brasas calientes del hogar, utilizando ramitas crujientes y un par de fuelles enormes, yo ya estaba listo para salir. Bebí el vino que me ofreció, pero me guardé el pan en la bolsa.

Aquélla mañana, deseaba fervientemente interceptar al padre Amiel antes de que llegara a casa de mi madre.

Pero ¡ay de mí! Me había demorado demasiado tiempo en la cama. El cielo tenía un tono lechoso, teñido por el humo de las hogueras nuevas; la gente vaciaba los orinales por las ventanas y pasé junto a un pozo en torno al cual ya se apiñaban las mujeres, entre bostezos, con los cubos en la mano. Un hombre que cargaba leña a la espalda me adelantó y entró en el patio de una herrería.

Cerca ya de la encomienda de San Juan de Jerusalén me encontré con el padre Amiel. Era evidente que se dirigía a El Gallo Negro.

—Pa… padre —tartamudeé antes de que pudiera hablar—. ¡Arnaud me ha echado de casa!

—Eso me ha dicho.

—He tenido que dormir en El Gallo Negro, padre, pero no ha sucedido nada. ¡Os lo juro! ¡He dormido solo! ¡No la he tocado!

—Pues claro que no —respondió en tono apacible—. Tranquilizaos.

—¡No me quedó más remedio! Había una carta de la abadía de Saint-Ruf, y fui a consultar con cierto escribano y, al regresar, Arnaud estaba allí… —Mis explicaciones fueron confusas, pero debió de entender parte de ellas. En cualquier caso, asintió y levantó la mano para detener mi torrente de palabras.

—Imagino que vuestro hermano se ha equivocado —dijo con dulzura—. Sé que no habéis hecho nada que merezca un reproche.

—¿Cuándo habéis hablado con él?

—Ésta mañana. Me dijo dónde encontraros.

—Entonces, ¿todavía está enojado conmigo?

El padre Amiel me tocó el hombro con muchísima suavidad. Era una acción tan desacostumbrada en él que me llenó de espanto.

—Debéis venir al priorato y quedaros allí —declaró.

—Pero…

—En Aviñón no encontraréis habitación enseguida. Y mientras no la tengáis, para vos siempre habrá una cama bajo techo en el priorato.

Estaba tan asustado que le agarré del brazo y no me di cuenta de que lo había hecho hasta que él, infructuosamente, intentó soltarse.

—¿Qué ha dicho mi hermano? —le pregunté.

—Maese Raymond, si tuvierais la bondad de…

—¡Oh, cuánto lo siento, padre! —Solté su brazo como si fuera un carbón ardiendo—. Pero ¿qué os ha dicho?

—Nada que merezca la pena repetir —respondió el dominico con firmeza—. Se mostró muy intransigente y excesivo en su condena, pero no debéis permitir que eso os agobie.

—Pero ¿y mis cosas? ¿Y mis libros? ¿Y la viela?

—Lo mandaré a buscar.

—¿Qué? —se me quebró la voz y creo que incluso me tambaleé, porque mi compañero alzó la mano como si quisiera frenarme—. ¡Pero ésa es mi habitación! ¡Vivo allí! No tiene ningún derecho a hacerme esto. ¡Soy su hermano!

—Escuchadme. ¿Raymond? Escuchad. —De repente, su voz sonaba cortante. Callé—. No es necesario que perdáis los nervios por un asunto tan insignificante. Sin lugar a dudas, vuestro hermano cambiará de opinión y, hasta que lo haga, podéis quedaros en el priorato…

—¡Pero detesto ese lugar! —Demasiado enojado y alterado para andarme con cortesías, dejé que el comentario escapara de mis labios antes de darme cuenta de lo que decía. Al ver que el padre Amiel me miraba con los ojos muy abiertos, intenté retractarme de aquella insultante declaración—. La hospedería, quiero decir… La hospedería no me gusta nada. Estuve muy incómodo allí. Es tan lóbrega, padre. Nadie habla y toda la noche se oyen ruidos extraños, como gemidos de almas en pena.

—Comprendo —dijo el monje con sequedad—. Bien, tal vez podamos disponer otro acomodo. Hablaré con el prior.

Comenzó a caminar de nuevo y yo lo seguí casi llorando de vergüenza, pasmo y decepción. Después de haber ofendido a todos mis conocidos, no soportaba la idea de haber ofendido también al padre Amiel.

—Perdonadme —supliqué.

—No tiene importancia —respondió acompañando sus palabras con un gesto de la mano.

—Os estoy muy agradecido, realmente agradecido.

—Y yo lamento profundamente lo ocurrido.

Me explicó en voz baja e inexpresiva que la noche anterior, Arnaud se había presentado en el priorato preguntando por mi paradero e hizo llegar un mensaje al padre Amiel, que estaba en su celda, por medio del portero. La respuesta que le dio el fraile fue que lo último que sabía de mí era que había acudido a la taberna de Beatrice.

—Si hubiese visto con mis propios ojos lo alterado que estaba —concluyó el dominico—, tal vez me habría abstenido de decirle dónde encontraros. Pero el daño ya está hecho.

—En casa de mi madre había gente esperando —le conté sin entusiasmo—. Mi futura esposa. Por eso Arnaud no puede perdonarme.

—¿Vuestra futura esposa? —El monje se detuvo sobre sus pasos—. ¿Vais a contraer matrimonio, maese Raymond?

—No, si puedo evitarlo.

Mientras seguíamos caminando, declaré que no estaba preparado para el matrimonio. Algún día tendría una esposa, de eso no me cabía la menor duda, pero, de momento, me creía incapaz de mantenerla.

—Por lo tanto, lo haría mi familia y me cargaría con alguien como Alazais —me lamenté—. Una sermoneadora impenitente y una arpía. Una carcelera. Y entre Alazais, Jeanne y ella formarían una barrera impenetrable para evitar que me descarriara. ¡Puaj!

Sólo de pensarlo…

El padre Amiel no dijo nada.

—Pero acaso vos opinéis que el matrimonio me sentaría bien —proseguí, acongojado—. Tal vez creáis que me salvaría del pecado.

—En absoluto —replicó el monje—. San Pablo nos dice que es mejor casarse que andar fornicando. Sin embargo, también nos añade: «Digo, pues, a los solteros y las viudas que bueno les fuera quedarse como yo». Y san Ambrosio nos da el mismo consejo. El matrimonio, hijo, sólo es un medio para contener los deseos carnales.

—Pero pueden contenerse sin el matrimonio.

—Eso parece.

—Mi familia, sin embargo, jamás me creerá capaz de tal control —comenté, abatido—. No me tienen ninguna confianza y siempre piensan lo peor de mí.

—Entonces, tal vez sea mejor que abandonéis su compañía —replicó el padre Amiel—. Un hombre no puede alcanzar la virtud si los que le rodean no paran de decirle que es un pecador irredento. Si moráis en la oscuridad, ¿cómo aprenderéis a reflejar la luz? Pues «toda alma que está enferma en esta vida busca un lugar donde reposar». Entre altercados y tribulaciones no hay sitio en el que hallar ese respiro. En esas circunstancias, uno no puede encontrar a Dios, porque sin reposo no puede haber paz, y Dios no obra la confusión, sino la paz, como nos dicen las Sagradas Escrituras.

Mientras reflexionaba sobre aquello, llegamos a la prisión.

—Es cierto —dije al cabo—. Mi familia me considera un pecador, y por ello peco. Sin embargo, parece que vos, padre, esperáis mucho de mí. Confiáis en que haré las cosas bien y por eso me esfuerzo en complaceros, porque me estimáis. —Al mirarlo, vi que sonreía—. O al menos, así me lo parece.

—Por supuesto que os estimo —fue su comentario—. No juzguéis y no seréis juzgados.

—He mantenido mi voto, padre.

—No esperaba menos de vos.

—Si me quedo a vivir en el priorato, ¿tendré que aprender a hablar con las manos, como vos?

El dominico sonrió de nuevo.

—Hijo —respondió—, siempre seréis nuestro invitado y honramos a todos nuestros huéspedes. No se os pedirá nunca nada que no estéis dispuestos a dar de buen grado.

Con esta promesa tuve que darme por satisfecho, porque, después de cruzar las puertas de la prisión, uno de los centinelas reclamó enseguida la atención del monje. Al parecer, poco antes que nosotros había llegado una carta dirigida al padre Amiel. El monje me la entregó enseguida, habida cuenta de que su vista no le permitía leerla, y advertí que el sello era grande y magnífico, tanto, que lamenté tener que romperlo. Leyendo el texto escrito en su interior, anuncié que el cardenal Di Vico quería hablar con el padre Amiel aquella misma mañana en la residencia de Su Eminencia.

Cuando le informé de esta petición, el dominico entrecerró los ojos. Preguntó al centinela si se había presentado Masseo di Vico, y el hombre le contestó que nadie con tal nombre había acudido a la prisión. Con los labios apretados, el monje me hizo una seña para que lo siguiera y subimos las escaleras hasta la celda que nos habían asignado. Una vez allí, seleccionó unas cuantas transcripciones.

Su actitud mientras llevaba a cabo la operación fue fría y ominosa.

—Vos llevaréis estos —dijo, pasándome unos pliegos—. Necesito más de los que puedo cargar cómodamente.

—Pero, padre, por favor, ¿adónde los llevamos?

—A la casa del cardenal Di Vico.

—¿Ahora?

—Sí, ahora, ya que parece que Masseo se ha refugiado en su domicilio. — Cargado con las transcripciones, el padre Amiel se vio obligado a cerrar la puerta a nuestra espalda de un puntapié. Y aunque lo hizo, diría yo, con una fuerza innecesaria, su expresión siguió siendo insondable y su voz, calmada—. Quizás el volumen de testimonios que hemos recogido haga que el cardenal cambie de parecer —dijo—. A pesar de su senilidad, creo que es un hombre sincero, si bien un tanto influenciable.

—¿Sabéis dónde vive?

—Sí, lo sé.

En realidad, vivía muy cerca del antiguo palacio episcopal, una casa que antaño perteneció al deán de Notre-Dame-des-Doms. Como podéis imaginar, era una casa hermosa, con la planta inferior de piedra labrada y decorada con esculturas. A la planta superior se llegaba por una escalera interna cuyo pasamanos se sostenía en unos balaustres de madera, cada uno de ellos en forma de una bestia horripilante. Observé que alguien se había ocupado de adornar con pintura roja los ojos, los dientes y las garras de las mencionadas bestias, y se lo hice notar al padre Amiel mientras subíamos.

—Id con cuidado —le dije, dirigiéndome a él en voz baja al tiempo que señalaba los dientes rojos de los monstruos—. Han probado la sangre. ¿Veis?

El monje se sonrió, pero guardó silencio. Nos acompañaba a la planta superior ni más ni menos que mi viejo amigo Gaillard, quien, como tal vez recordaréis, dormía en la casa del cardenal, aunque no era él quien nos había franqueado el paso. La puerta principal la había abierto un portero que, como no sabía leer, había hecho llegar nuestra carta de invitación al capellán, el cual había mandado llamar a Gaillard. Mentiría si dijese que el escudero se alegraba de vernos. En realidad, parecía bastante asustado hasta que se le explicó que nos encontrábamos allí a instancias del cardenal. Sin lugar a dudas, había temido por un instante que hubiéramos ido a arrestarle o, al menos, que quisiéramos poner en conocimiento de Su Eminencia las acusaciones que había vertido en contra de Guillaume Monier.

Debo señalar aquí que el capellán que nos recibió respondía por el nombre de padre Rinaldo. No era, pues, el padre Antonio acusado por Tibaldo Canigiano de cometer actos de brujería. Por ello, no despertó el interés del padre Amiel y, enseguida que Gaillard compareció y nos invitó a seguirle, el dominico se alejó del capellán sin decirle una palabra.

Nadie se ofreció a ayudarnos a llevar nuestros pesados pliegos de pergamino.

Gaillard caminaba tan deprisa que me apenas pude hacerme una vaga impresión de la planta baja, que olía a comida suculenta y a especias. El trazado del primer piso era elegante, con un pasillo que discurría por la parte delantera de la casa, y estancias, muchas estancias, que se abrían al corredor. Entre las puertas de las habitaciones había bancos, pensados para que uno pudiera sentarse y mirar por las ventanas que tenía enfrente. Diversas lámparas colgaban de soportes en las paredes, y un tapiz reproducía la entrada de Jesús en Jerusalén.

Quedé impresionadísimo, os lo aseguro.

—Decidme —murmuró el padre Amiel al tiempo que detenía a Gaillard tocándole suavemente el brazo—, el padre Antonio, ¿ocupa una de estas habitaciones?

—¿El padre Antonio? —Gaillard parecía asombrado—. Sí, ése es su dormitorio, pero en este momento no se halla en la casa.

—Comprendo. Gracias.

—El cardenal espera. Está allí, en su alcoba.

—Sí, lo sé. Proceded.

Debo reconocer que estaba anhelante por ver cómo amuebla y decora sus aposentos privados un cardenal. Imaginé orinales de oro y colchas de armiño, pero ¡ay de mí!, no se me concedió permiso para ver las posesiones más íntimas de Su Eminencia. Al llegar a la puerta de su alcoba, el padre Amiel hizo una pausa y me descargó de los documentos que acarreaba.

—Aguardad aquí —dijo.

—Oh.

—El cardenal sólo me espera a mí, maese Raymond. No puedo imponerle vuestra presencia sin su permiso.

—No, por supuesto.

—Pero no os vayáis muy lejos, por favor. Tal vez os necesite enseguida.

Con una señal, el monje indicó a Gaillard que ya estaba listo, y éste abrió la puerta del dormitorio y anunció al padre Amiel. Vislumbré unos cuantos tapices y un cojín con bordados de oro, pero la puerta se cerró de inmediato tras la espalda menuda y erguida del dominico, y Gaillard y yo nos quedamos a solas.

Mi amigo me miró con el ceño fruncido.

—¿Para qué ha venido el monje? —preguntó entre dientes.

—¿Quién lo sabe? —respondí, extendiendo las manos—. El padre Amiel no confía en nadie.

—¿Le hablará de mí al cardenal? ¿Le contará lo que le dije? ¡Si lo hace, me despedirán!

—¿Por decir la verdad? Gaillard, ¿cómo va a ser culpa tuya que el padre Guillaume anduviera tras los novicios jovencitos?

—Uf. —Impaciente ante la falta de comprensión que denotaba mi comentario, el escudero me dio un empujón y se marchó a toda prisa, así que me quedé sin otra cosa que hacer que volver a la contemplación de la entrada de Jesús en Jerusalén. Sentado en uno de los bancos que, sin lugar a dudas, habría acomodado posaderas ilustres de todo tipo, estudié el tapiz con cierto interés, ya que era la primera vez que veía uno. Representaba a Cristo montado en su asno, rodeado de una multitud que lo adoraba. Perros y gallinas habían acudido también a darle la bienvenida, y había un niño con una gorra verde. Vi a un panadero con una bandeja de panes y a un viejo jorobado, y a una dama de pechos exuberantes. Vi las murallas de Jerusalén, las nubes teñidas de oro, lirios blancos, brazos extendidos, túnicas vaporosas y armaduras exóticas. Al mirarlo más de cerca, descubrí que los colores estaban entretejidos, de forma que producían unos efectos milagrosos. Luego conté las personas representadas (sumaban veintisiete) y reflexioné sobre la vestimenta de Cristo, cuyas cenefas de oro habrían indignado a mi amigo Barthélemy.

Me entretuve lo mejor que pude y durante todo el tiempo que pude, pero al final el tapiz dejó de interesarme. En el pasillo no había otras distracciones: las voces que retumbaban detrás de la puerta del dormitorio del cardenal sonaban confusas, debido al grosor de la madera. Me puse en pie y estiré las piernas y los brazos. Crucé el corredor para acercarme a una de las ventanas y, asomándome, contemplé los tejados de las casas de enfrente y me pregunté quién debía vivir bajo sus techos. Alargué el cuello y vislumbré Notre-Dame-des-Doms. Oí campanas y el llanto de una criatura. Vi palomas fornicando. Entonces, alguien entró en el pasillo y me retiré bruscamente de la ventana como si me hubiesen sorprendido haciendo algo indebido.

De una de las puertas que tenía delante salió un hombrecito con un hábito canónico blanco. Llevaba un códice encuadernado y observó mi vestimenta de seglar con clara suspicacia. El hombre desapareció escaleras abajo: oí el sonido de sus suelas de cuero mientras las bajaba. Para tratarse de una casa ocupada por tantas personas, resultaba extrañamente silenciosa, pero es que los muros de piedra contribuyen al silencio mucho más que los de adobe o de madera.

Entre bostezos, empecé a medir la longitud del corredor con mis pasos. El tiempo transcurría con una lentitud exasperante. Me pregunté si el padre Amiel habría procedido ya contra Pierre-Julien Fauré. Me pregunté si tendría la fuerza necesaria para vivir en el priorato y qué sería de mí cuando el monje concluyera la inquisitio.

Había empezado a tocar una melodía en mi viela imaginaria, pese a que la mano izquierda aún me dolía, cuando un chillido repentino me asustó tanto que el corazón casi se me detuvo. El chillido procedía la habitación del cardenal y tras él llegó a mis oídos un barboteo de palabras asustadas que culminó con un grito, una petición de auxilio. Entonces, la puerta se abrió de golpe y varias personas salieron apresuradamente al pasillo. Una de ellas, un escudero, pasó a la carrera ante mí, seguido de alguien con una fuerte voz que le decía: «¡Trae dos! ¡Dos palanganas!». Otro, un clérigo, casi tropezó con el hábito en su prisa por entrar en la estancia contigua a la del cardenal y reapareció después con una estola, un frasco y otros objetos de malos auspicios que me hicieron pensar que alguien se estaba muriendo.

En medio del desconcierto, pude asomar la cabeza un momento en el dormitorio del cardenal y vi a un grupo de hombres, unos de pie, otros agachados, alrededor de un cuerpo tendido en el suelo. Enseguida, el clérigo al que había visto poco antes me apartó de la puerta con brusquedad y, mientras entraba en la estancia, me ordenó que me marchara.

—El padre Amiel… —dije con el corazón desbocado. Nadie me escuchaba.

Oí ruido de pasos que subían por la escalera. Al cabo de un momento, el pasillo se llenó de escuderos, clérigos y hombres de humilde condición —criados, mozos, cocineros—, todos temblando de agitación y peleando por un sitio en la puerta del dormitorio de Su Eminencia. Por sus preguntas apremiantes deduje que el cardenal estaba enfermo. Muy enfermo. Su médico había pedido las palanganas.

Aquello, pensé, indicaba vómito o hemorragia.

Con la tranquilidad de saber que al padre Amiel no le había ocurrido nada, renuncié a aquel lugar privilegiado y me retiré a una zona menos concurrida del pasillo. Allí esperé, junto a los miembros de la casa del cardenal. Algunos rezaban, otros hablaban entre susurros. Aunque en la calle el sol estaba alto y brillaba con fuerza, una profunda oscuridad parecía haberse posado sobre la casa. Me descubrí conteniendo la respiración. El corazón se me había desbocado de nuevo y noté los labios resecos.

Entonces, de repente, llegó a mis oídos un grito contraído, un grito que ya había oído antes y que me heló el corazón. Era el estertor que casi siempre acompaña a la muerte.

—¡Oh, oh! ¡Piedad, Señor! ¡Piedad!

—¡El cardenal ha muerto!

—¡El cardenal Di Vico ha muerto!

Enseguida, uno de los escuderos comenzó a proclamar a gritos la noticia desde la ventana a la gente que se congregaba en la calle. Una hermosa voz se elevó en una afligida canción de duelo. El hombre que tenía a mi lado rompió a llorar. Era un monje, un cisterciense, y me pregunté qué haría allí.

De pronto, oí la voz del padre Amiel.

—Maese Raymond…

Bajé la mirada y vi al fraile a mi lado. Tenía los brazos llenos de documentos. Más tarde, llegaría a maravillarme de aquel hecho: en presencia de un acto de Dios tan terrible y que causaba tanta conmoción, había encontrado la serenidad de ánimo necesaria para recoger todas las transcripciones que había llevado consigo a la casa.

En aquel momento, sin embargo, lo único que pensé fue que me alegraba de verlo.

—El cardenal ha muerto —anunció, y yo me santigüé.

—Que descanse en el amor de Cristo —dije—. Pero ¿cómo…? ¿Qué…?

Los ojos del padre Amiel se veían muy grandes y oscuros. Flexionando un dedo, me indicó que me agachara para poder hablarme al oído.

—Me parece —susurró— que lo he matado yo.

Retrocedí sobresaltado.

—¿Qué?

—Venid —murmuró—, deprisa.

Se abrió paso a codazos entre la multitud y entró en el dormitorio del padre Antonio. Yo como es natural, lo seguí.

Para mi sorpresa, la alcoba estaba escasamente amueblada. Aunque era amplia, en ella sólo había una cama sencilla, dos arquetas y un escritorio. Los postigos de las ventanas estaban entornados y tras cerrar la puerta a su espalda, el padre Amiel los abrió, de modo que todos los rincones quedaran inundados de luz.

—Padre —dije—, ¿qué estáis haciendo?

—¡Chist! —Se acercó a la primera arqueta, que no estaba cerrada con llave. Contenía libros y prendas de vestir—. Venid, echad un vistazo a estos volúmenes. Quiero saber si alguno de ellos es de nigromancia.

Absolutamente pasmado, hice lo que me ordenó mientras él, tras haberse desembarazado de los documentos que cargaba, se arrodilló junto a la cama y miró debajo.

—Éste es Las Etimologías, de Isidoro —le indiqué—; éste, el Decretum, de Graciano, y este otro el Liber introductorius, de Miguel Escoto…

—¿El qué?

—El Liber introductorius —farfullé—. El autor es Miguel Escoto.

—¡Excelente! —Nunca había notado tanto énfasis en la voz del padre Amiel. Me arrancó el libro de las manos y lo abrazó contra el pecho como si fuese su amor reencontrado—. Deprisa, cerrad la arqueta y coged las transcripciones.

—Pero ¿y éstos? —pregunté, señalando las Etimologías y el Decretum, que ya llevaba bajo el brazo—. ¿Y los demás? Me habéis pedido que…

—Olvidadlos —dijo, despreciándolos con un gesto—. Lo único que necesito es esto. Venid, marchémonos antes de que nos descubran.

Cuando salimos, la multitud del pasillo había aumentado aún más y nadie reparó en nosotros. Yo iba tan cargado que apenas podía ver por encima de los documentos y al bajar las escaleras, faltó poco para que me cayera de cabeza. Cuando llegamos a la calle, me sorprendió una ráfaga de viento que hizo volar tres o cuatro hojas antes de que pudiera agarrarlas. El padre Amiel se hizo con ellas; luego, me desembarazó de varios documentos y nos pusimos en camino hacia la prisión.

Nos seguían gritos de horror y de pena, y hasta que no disminuyeron y parecieron voces distantes de aves, no me atrevía preguntarle a mi compañero qué había querido decir.

—Padre —pregunté en voz baja—, ¿cómo… cómo pudisteis matar al cardenal?

El dominico me miró de hito en hito.

—Presentándole los hechos —respondió—. Informándole del testimonio de Tibaldo, demostrándole que el padre Guillaume era un sodomita y Masseo di Vico, un hechicero. —El monje se quedó pensativo unos instantes—. Creo que el cardenal murió de un exceso de conmoción y repulsión —concluyó—. Y acaso también de pena. Su salud era muy delicada.

—Oh.

Aunque comprendí el razonamiento del padre Amiel, su carencia de emociones se me escapaba. Si yo hubiera presenciado la muerte de un hombre al que hubiesen matado mis revelaciones creo que me habría alterado o al menos conmovido. El padre Amiel, en cambio, parecía impertérrito.

—Masseo di Vico acaba de perder a su protector —prosiguió el monje— y voy a ordenar su arresto de inmediato.

—¿Arresto?

—Por supuesto. Ahora que el cardenal ha muerto, ¿cuánto tiempo creéis que Masseo se quedará en Aviñón, si lo dejo en libertad? Su hijo también tiene que ser arrestado… Y la mujer y la hija. —Cambiándose los bultos en los brazos, el padre Amiel consiguió liberar una mano, con la que extrajo del montón el Liber introductorius de Miguel Escota—. Y en cuanto al padre Antonio —dijo en tono sosegado mientras daba vueltas al volumen y lo estudiaba con su mirada impenetrable—, ya me encargaré de él cuando llegue el momento oportuno. Y lamentará haber despertado mi atención.

Sin lugar a dudas, pensé. Que Dios no permita que yo no sea nunca objeto de la desaprobación de ese hombre. Es capaz de matar con la lengua.