El escribano
Canto VIII
Que el padre Amiel de Semur era un hombre de gran perspicacia está fuera de toda duda. Tal como había predicho, aquel mismo día Girolamo di Vico volvió a hablar con él. Sin embargo, antes de que tuviera lugar este nuevo diálogo, acontecieron tres incidentes más, merecedores de ser aquí contados.
Para empezar, cuando nos marchábamos de la prisión, fuimos informados de que el amanuense del brazo deforme, Renaud Lizier, había fallecido. La vida carcelaria había resultado demasiado dura para él. Cuando tuvo noticia del hecho, el padre Amiel frunció el entrecejo, pero no dijo nada. En realidad, guardó silencio durante todo el camino de regreso al priorato y supuse que era presa del remordimiento. Desde luego, la desagradable novedad había ensombrecido aún más mi estado de ánimo, ya melancólico. En palabras de Job, «antes que mi pan, llega mi suspiro».
No obstante, cuando llegamos al priorato, el padre Amiel comentó en tono exasperado que la muerte de Renaud Lizier era un gran inconveniente, y de ello deduje que el corazón de mi compañero no sentía pena ni estaba contrito.
El segundo incidente aconteció poco después de las palabras del fraile, cuando el portero del priorato, al abrimos la puerta, me entregó otra carta de Marguerite de Pasquières. Todos convendréis conmigo, creo, en que un pene tumescente habría resultado de lo más maleducado en un lugar donde los monjes dominicos se sientan a comer; fue una suerte, pues, que no pudiera leer la carta en el refectorio, ya que de ese modo me libré de un tremendo azoramiento. En resumidas cuentas, la carta era (no encuentro otra palabra para describirla) libidinosa. Francamente lasciva. Sentado en mi celda, su contenido me produjo una gran turbación, aunque no podía por menos que admirar a la vez; el ingenio de la dama y sus juegos de palabras. Hablaba de terminar un ágape con vi fort que, si bien puede significar «vino fuerte», también se traduce como «pene robusto». Marguerite escribía que «la vera nobleza ven a hom de cor franc, gentil et debonaire», y aunque podía estar expresando su opinión acerca de que la verdadera nobleza de un hombre reside en que tenga un corazón generoso, gentil y alegre, hay que recordar asimismo que un cor franc, además de significar «corazón generoso», quiere decir también «cuerno suelto».
La carta glosaba mi belleza, hablaba con anhelo de mis atributos ocultos me presentaba la tentadora perspectiva de una «noche de amor:». «Venid y refugiaos en mi castillo, Raymond —escribía—. Es muy cálido por dentro».
La mujer concluía la misiva con las palabras siguientes: «Creo que poseéis un hermoso gallo que os despierta con su canto cada mañana, mi sensual amigo. Me gustaría admirar su cresta roja, su cola negra y su ojo como el cristal. ¿No lo traeréis a Saint-Martin-les-Bains? Yo lo mimaría muchísimo y lo dejaría dormir cada noche en mi habitación.
»Si os complace saber cómo me encuentro, no me siento bien ni de cuerpo ni de corazón, y así seguirá siendo hasta que sepa de vos. M. P. Agosto de 1320».
Os confiaré, amigas y amigos, que si bien estaba asombrado por aquella apasionada declaración, mis sentidos también se hallaban inflamados. ¿Y a quién no le ocurriría lo mismo? Marguerite no me habría dejado más claras sus intenciones si se hubiera colado en mi habitación y me hubiera lamido de cabo a rabo la tercera pierna. Por lo que a mí respecta, era un hombre joven, atormentado por toda suerte de deseos carnales. Además, no me había entregado a la cópula desde hacía… Oh, desde hacía mucho tiempo.
No es de extrañar, pues, que me sintiera impulsado a extraer un poco de semilla de mi cetro. A decir verdad, apenas tuve que tocarlo, pues el pobre estaba a punto de reventar, como una vaca a la que se ha dejado sin ordeñar demasiado tiempo. Para mi horror, de repente me encontré sentado en la celda con las manos ocupadas y los calzones bajados hasta las rodillas.
El olor que llenó mis fosas nasales me resultó tan familiar como inconfundible.
—¡Oh, maldita sea! —exclamé, porque estaba en un apuro. Considerad mi situación. No tenía nada con que secarme las manos salvo mi ropa o las mantas, y mancharlas era inconcebible. Pero ¿dónde podía deshacerme de la prueba? En el claustro había una pileta para uso de los monjes, pero el mero pensamiento de ensuciarla con mis lascivas emisiones me provocó una efusión de sudor. Además, ¿y si me encontraba con alguien por el camino? ¿Qué iba a hacer yo si ocurría tal cosa? ¿Tendría que quedarme allí plantado con las manos a la espalda, mientras el olor de mi vergüenza se convertía en objeto de aguda suspicacia?
Entonces reparé en que debería limpiarme las manos para no mancharme la ropa cuando me la pusiera. Así pues, me vi obligado a borrar la prueba de mi pecado con mi segundo mejor sayo, que oculté después en el fondo del baúl que contenía mis prendas de vestir. Por desgracia, el olor todavía flotaba en el aire. Incluso después de escribir mi respuesta a Marguerite de Pasquières (en la que rehusaba su invitación con la mayor elegancia posible), un tufo inconfundible me marcaba todavía como sirviente del pecado.
Tuve que lavarme las manos con un aceite esencial, un acto que me trajo vergüenza e ignominia, porque, cuando me acerqué a la celda del padre Amiel para preguntarle si alguien podía entregar mi carta al mensajero de Marguerite, el monje frunció la nariz y dijo:
—¿Qué es este olor? Huele a lavanda. —Entonces husmeó la correspondencia sellada que acababa de darle y decidió—: Es lavanda. ¿Ahora os dedicáis a perfumar vuestras cartas, Raymond?
—No, padre.
—¿No?
—Son mis manos.
—¿Vuestras manos?
—Sí, me he puesto aceite esencial.
El padre Amiel arqueó una ceja y alzó la cabeza para mirarme de frente.
—¿Guarda esto alguna relación con el hecho de que os he pedido que esta tarde vayáis a visitar a vuestra amiga Beatrice Rascas? —inquirió en tono seco.
—No, padre. Ninguna.
—¿De veras? Bien, pues me alegro de que así sea.
Tal vez me creyera, pues no dio ninguna muestra de lo contrario, pero la idea de que pudiera haber albergado una sospecha, por fugaz que fuera, se me antojó terrible. En aquel momento, sentí que debía preservar su confianza en mi honor a toda costa. Tenía que hacerle creer que no era mi intención cortejar a Beatrice con olores fragantes ni con palabras melosas. Así pues, cuando se disponía a dejar la celda para ir a depositar mi carta en las manos (impolutas) de un hermano lego, lo detuve con una tartamudeante confesión.
—Padre, he pecado —le dije.
—¿Qué?
—He utilizado el aceite para disimular otro olor.
El dominico me miró con perplejidad, ante lo cual le expliqué que la misiva que me había entregado el portero la había escrito una mujer. Una viuda hambrienta de amor.
—Ha relatado sus pasiones con tanta claridad que yo…
—¿Que habéis derramado vuestra semilla? —terminó por mí el padre Amiel.
—Sí.
—En la celda.
—Perdonadme.
—Lleváis el pecado en la cabeza —dijo, y quitó relevancia a su afirmación con un gesto de la mano. Al parecer, no lo consideraba importante. Le pregunté qué debía hacer y me respondió que, de haber sido yo monje, me habría impuesto algunas penitencias. Quise saber cuáles. Respondió que si un monje cometía el pecado de Onán, debía rezar varias oraciones, someterse a una disciplina de azotes y pasar diez días a pan yagua.
—¡Oh! —dije.
—Como no soy sacerdote seglar —prosiguió—, no puedo deciros cuál es la penitencia para un lego.
—Pero debe de ser severa —dije con humildad—, porque mancillar un claustro casto y sagrado…
—Posiblemente.
—Padre, ¿qué debo hacer? Imponedme una penitencia. No deseo llevar este pecado en el alma. Quiero que me tengáis en buena consideración.
El monje me miró un momento, con la cabeza inclinada hacia un lado. Su expresión era insondable.
—Cincuenta Padrenuestros —dijo al fin, y yo me sobresalté.
—¿Eso es todo? —le pregunté.
—¿No os parece suficiente? Entonces, decidid vos el número que creáis oportuno. No pondré ninguna objeción.
—Pero ¿Dios quedará satisfecho?
Con una peculiar y leve sonrisa, el padre Amiel me preguntó si había terminado de leer las Confesiones de san Agustín. Le respondí que todavía no.
—¿Habéis llegado al libro décimo?
—No, padre.
—Entonces permitidme que lo cite. San Agustín escribe: «Pero aún viven en mi memoria (de la cual he hablado tan largamente) las imágenes de aquellas cosas torpes que mi mala costumbre dejó estampadas en ella, las cuales se me presentan, ya cuando estoy despierto, ya cuando dormido; cuando despierto, se me ofrecen como flacas y sin fuerzas, pero entre sueños llegan no sólo a causar deleite, sino también una especie de consentimiento y obra, que son muy semejantes a la obra y consentimiento verdaderos. Puede tanto en mi alma y en mi cuerpo aquella ilusión y engaño causado por las dichas imágenes, que me persuaden e inducen dormido aquellas visiones falsas a lo que no me indujeran ni persuadieran despierto los mismos objetos reales y verdaderos. ¿Por ventura, Dios y Señor, no soy yo el mismo entonces que cuando estoy despierto?».
En la pausa que siguió, se me ocurrió pensar que san Agustín estaba hablando de las poluciones nocturnas. Me quedé pasmado.
—¿Veis? —concluyó el padre Amiel—. Si el propio san Agustín, entrado ya en años, se veía turbado por incitaciones lascivas, ¿cómo podéis esperar vos escapar a sus tormentos y no sucumbir cuando atacan? Sería esperar demasiado de vos, Raymond. Dios nunca lo esperaría, estoy seguro de ello.
Éste fue entonces, el razonamiento del padre Amiel, y, aunque me confortó también me sentí un tanto agraviado por su suposición de que no estaba demasiado dotado con la bendición del control de mí mismo. Tal vez el diablo me azuzaba con sus espuelas, porque aunque incliné la cabeza y le aseguré al dominico que me había resistido a las concupiscentes sugerencias de Marguerite, una chispa pequeña y ardiente me instó a preguntarle si él había profanado alguna vez la santidad del claustro o había sido turbado como san Agustín.
Él dominico me traspasó con una mirada fría e inflexible.
—Os dejare que saquéis vuestras propias conclusiones al respecto —fue su respuesta. Después, me mandó a El Gallo Negro con la petición de que solicitara permiso a Beatrice para utilizar su dormitorio a fin de tender una trampa a un sospechoso.
Y éste, como ya habréis imaginado, fue el tercer incidente del que antes os he hablado.
Abordé a Beatrice en un estado de melancolía y desazón considerables, oliendo intensamente a lavanda y con pensamientos casi incoherentes debido a la mortificación que sentía. Ella, no obstante, me recibió con una sonrisa. Era una sonrisa preocupada: quizás, al no haberme peinado aquella mañana ni afeitado en varios días, mi aspecto era de lo más descuidado y abatido. Fuera lo que fuese, la noté preocupada. Cuando la saludé entre murmullos, posó la mano en mi brazo y dijo:
—Raymond, ¿estás bien?
Le respondí que me encontraba bastante bien. Sin embargo, había ido a pedirle un favor y no me sentía cómodo en el papel que me tocaba representar.
—¿Necesitas una cama? —preguntó en voz baja—. Aquí siempre hay una para ti, amigo mío.
—No —respondí—. Una cama, no. Un dormitorio —murmuré—. ¿Puedo hablar contigo a solas?
Nos habíamos detenido en la sala principal de la taberna, que estaba atestada de clientes, pero Sybille y Madeleine se ocupaban de ellos, entrando y saliendo. Así pues, Beatrice me tomó de la mano y me llevó al piso de arriba, donde me rogó que tomara asiento. Su hospitalidad nerviosa me llenó de azoramiento, pues creía que no merecía tanta solicitud. Sentí, de una manera extraña y totalmente infundada (porque, al fin y al cabo, no nos unía ninguna promesa ni vínculo de parentesco), que la había abandonado.
—Beatrice —le expuse—, he de reunirme con un hombre en un lugar privado, donde no nos vea ni nos oiga nadie. No será por mucho rato. ¿Me dejarías citarle aquí, en esta habitación?
Advertí, de repente, que ella tampoco estaba en su mejor momento. Como ya os he dicho, no se trataba de una mujer hermosa: la edad, las penurias y las largas jornadas de trabajo habían ajado sus rasgos. Además, no era de las que dedicaban mucho tiempo a componerse, y llevaba los cabellos algo alborotados, la ropa un poco descuidada y la piel algo manchada, pero siempre me había parecido tan saludable y vigorosa que no notaba esos defectos. Sólo veía sus bellos ojos, su sonrisa encantadora y su esbelta figura.
La figura no había cambiado, pero una cierta pátina grisácea y una expresión de cansancio realzaban las arrugas del cuello y los hoyuelos de la cara. Los hermosos ojos estaban enrojecidos de fatiga y su sonrisa era vacilante.
—¿Quién es ese hombre con el que quieres citarte, Raymond? —quiso saber—. ¿No te hará daño, verdad?
—Oh, no. No tiene nada que ver conmigo. —Le expliqué que todo el asunto lo había preparado el padre Amiel, el cual también estaría presente, aunque escondido debajo de la cama—. Es un encuentro muy secreto —suspiré—. Una parte del trabajo difícil y delicada, pero tú no sufrirás por ello, te lo juro.
—¿Y tú?
—¿Yo?
—¿Sufrirás tú? Estás tan callado, tan serio…
—Bueno… Un priorato no es el sitio más alegre para vivir, ¿sabes? —dije con una sonrisa—. No es como las tabernas. Tal vez soy como un paño, como un trozo de tela que adquiere el color del tinte en el que se lo sumerge.
—Pero si no tienes nada de color —protestó Beatrice—. Estás palidísimo.
—¿Me ayudarás, Beatrice? ¿Me darás permiso para utilizar tu dormitorio?
Al final, aunque llena de aprensión, aceptó. Era evidente que no confiaba en el padre Amiel, pese a la bondad con que la que él me trataba… o tal vez debido a ello.
—¿Y cuándo la necesitaréis? —inquirió.
—Ésta noche, quizás. O mañana. Ya te informaré. —Me levanté de la cama, la besé en la mejilla y me recompensó con un prolongado abrazo. Beatrice olía a ajo y a romero. Me pregunté qué andaría cocinando.
—Raymond —susurró—, si necesitas ayuda, siempre estoy aquí.
—Lo sé.
—Echo de menos tus canciones.
—Yo también.
—¿Qué? —exclamó, soltándome—. ¿No te permiten cantar en el priorato?
—Por lo que yo sé, no.
—Pues ése no es lugar para ti, querido mío —dijo, inquieta—. Deberías venir aquí.
—No puedo.
—Pero…
—Beatrice, ya sabes que eso estaría fuera de lugar. —La aparté de mí con suavidad—. Perdóname. He de regresar. Quizá me necesiten.
Y éste ha sitio el relato completo de mi encuentro con Beatrice. Un encuentro no demasiado desgarrador, diréis acaso, que no debería haberme hundido en la aflicción y en la confusión; sin embargo, así sucedió, y regresé al priorato preguntándome qué le había sucedido a mi vida. Me sentía tan acongojado, tan fatigado… Habían pasado cinco días desde mi última conversación con Arnaud. ¿Cuánto más tendría que transcurrir para que cediese?
Había comenzado a llover y mi celda, cuando llegué a ella, me pareció descorazonadoramente fría. Las demás celdas estaban vacías. Al advertir que los monjes habían acudido al oficio de nonas, salí al claustro y me senté a ver cómo crecían los charcos. Nadie me molestó. Me llegaba el calmado y melodioso sonido de las voces de los frailes, ora cantando, ora haciendo una pausa, ora cantando de nuevo a lo largo de toda la ceremonia. Sus voces podían haber sido una sola, y los ascensos y descensos de sus cánticos eran perfectos. A un salmo le seguía un himno, y a éste, otros dos salmos con antífonas; luego un versículo, otro salmo, un responso, una letanía. La música era apacible como un estanque quieto, perfecta como la senda divina, suave como la caída de un pétalo de rosa y, poco a poco, me atrajo hacia la iglesia.
Una de las puertas, la que daba al coro, estaba abierta. Entré a hurtadillas, me escondí detrás de una columna y dejé que el eco de aquel sonido admirable se tragara mis miedos y mis recelos. Apoyé la cabeza en la fría piedra y escuché la serena cascada de notas hasta perderme en ellas. Domine labia mea aperies, et os meum annuntiabit laudem tuam. Las plegarias del cierre del oficio se me echaron encima antes de que me diera cuenta de dónde estaba; saliendo de mi trance, me encaminé hacia el claustro justo antes de que lo hicieran los monjes.
Resulta casi innecesario decir que el padre Amiel notó mi presencia. No era hombre al que se le pasaran cosas por alto, pese a lo mal que veía, y no bien hube cerrado la puerta de mi celda cuando unos golpes suaves en ella me hicieron volver a abrirla. Allí estaba el padre Amiel saludándome con una de sus más cálidas y cautivadoras sonrisas.
—¿Queréis hablar conmigo? —preguntó—. Os he visto en la iglesia.
—Yo… Estaba escuchando la música. —Me rasqué la barba, sintiéndome estúpido—. Me hace sentir mejor.
—En ese caso, tendríais que venir más a menudo. Sois nuestro invitado y nadie se opondrá a vuestra presencia, estoy seguro de ello. —El padre Amiel se volvió de repente y agarró por la manga a un monje que pasaba a su lado. Los dos conversaron en silencio, moviendo las manos. Entonces, el padre Amiel me presentó a «nuestro solista, el padre Damien». El padre Damien, me contó, era el responsable de la música con la que tanto había disfrutado. También dirigía los cánticos y había compilado una hermosa colección de música escrita que se conservaba en la biblioteca.
—Raymond también es músico —comentó el padre Amiel—. Toca la viela y tiene muy buena voz.
—¡Ah! —asintió el padre Damien. Se trababa de un hombre viejo, con el pelo blanco y la piel frágil como un pergamino mojado—. La viela, un instrumento encantador. Muy libre.
—Sí.
—Mañana celebramos la festividad de santo Domingo —siguió el solista—. Por lo general, este día nos deleitamos con unas cuantas danzas sagradas, cantinelas a dos voces y demás. ¿Os gustaría quizás acompañar al salterio y a la vihuela?
—Tal vez —murmuré, sintiéndome algo incómodo ante la mirada benevolente de aquellos dos pálidos frailes—. Sin embargo, como últimamente no he podido practicar mi arte, tal vez mis habilidades no estén a la altura de las circunstancias.
—¡Seguro que sí! —exclamó el padre Damien.
—Aquí podéis tocar libremente vuestro instrumento, hijo, cuando el cabildo está en la iglesia —intervino el padre Amiel.
—Yo mismo practico el salterio en el jardín —explicó el padre Damien—. Podéis uniros a mí cuando queráis. «Cantad alabanzas al Señor con el timbal y con el arpa». Adorar a Dios de esta manera es una de nuestras mayores bendiciones.
—Por supuesto —convino el padre Amiel—. «Cantadle, entonad salmos a Él; load todas sus obras maravillosas».
«Amén», pensé. Poned dos monjes juntos y tendréis una letanía. Me preguntaba cómo responder, intentando recordar otra cita de las Sagradas Escrituras relacionada con la música, cuando llegó jadeante un hermano lego en busca del padre Amiel.
Al parecer, Girolamo había solicitado hablar con él de nuevo.