El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 4 de 45

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El escribano

Canto IV

La primera parte de mi plan se desarrolló con facilidad. Acceder a mi alcoba no resultó difícil. Entré en la casa a través de la cocina y desperté a la nodriza de mi cuñada, que dormía junto a la puerta principal. Barthélemy roncaba acurrucado en una envoltura de mantas y no se movió mientras yo quitaba furtivamente su ropa de los pies de mi cama. Abrir los postigos de la ventana fue tal vez el paso más arriesgado, porque las bisagras chirriaban, lo que hizo que Barthélemy se moviera y murmurara dormido, aunque no se despertó. Conseguí sacar su túnica por la ventana, y saltar yo después a la calle, sin despertar de nuevo a la nodriza.

Y todo esto, debo recordaros, lo hice con las tres cuartas partes de mi cuerpo y de mi mente ahogadas en alcohol. Un logro impresionante, he pensado siempre, por más que su finalidad fuera absolutamente innoble.

—¿Será de tu medida? —pregunté entre jadeos cuando me reuní con mis compañeros de borrachera en la parte trasera de los establos de no sé qué casa—. Supongo que sí. Barthélemy es un hombre bastante talludo.

—No tanto como Othon —señaló Berenguer—. Además, Othon no habla latín.

—Hemos decidido que debes hacerlo tú, Raymond —anunció Gaillard—. Hablas latín, y tienes unos brazos y piernas tan larguiruchos que eres el que más se parece a un monje.

—¿Yo? ¡Oh, no!

—Sí —replicó Othon—. Lo único que tienes que hacer es entrar y abrir esa puerta, la que da a la rue de la Carreterie.

—¡No! —protesté, con la voz ahogada tras los pliegues de la túnica de la que ellos ya habían comenzado a tirar—. ¡No saldrá bien!

—Sí, ya verás. Tú puedes abandonar el convento en cuanto yo entre. Y ahora… —Othon desenfundó el cuchillo con una floritura (como correo del Papa, le permitían llevar un cuchillo para su protección)—, ahora te haremos una tonsura.

—¡No!

—Tenemos que hacerlo, Raymond —insistió Gaillard, agarrándome por espalda mientras Berenguer, sin dejar de reír, mantenía en alto nuestra antorcha—. Todos los monjes tienen tonsura.

—Espera… no… espera…

—Estate quieto. ¿O es que quieres perder una oreja?

—¡Espera, Othon! ¡Escucha! ¡Necesitas una navaja, no un cuchillo! Y tijeras… Necesitas unas tijeras… —Con un gran esfuerzo de voluntad, me solté de Gaillard y retrocedí, pero Othon me agarró de la muñeca—. ¡Ay, Othon!, esto nos llevará toda la noche. Tengo un pelo tan tupido y abundante… Espera, tengo una idea mejor.

—¿Qué? —preguntó Othon, frunciendo el entrecejo.

—Puedo fingir que soy un terciario. ¿Por qué no?

—Porque los terciarios no hacen votos —replicó Gaillard—. No son castos como los monjes.

—Sí. —Othon tiró de mí, me soltó la muñeca, me agarró por el cuello con un brazo y me obligó a agachar la cabeza—. Los monjes son más de fiar.

—¡Espera, estúpido! —Yo apenas podía respirar—. Si me tonsuras, todo el mundo lo sabrá. Mañana me mirarán y dirán: «¡Éste es el hombre que se ha hecho pasar por monje! ¡Es el hombre que se coló en el convento de las carmelitas para que su amigo pudiera dejar preñadas a todas las monjas!».

Othon aflojó el brazo y conseguí soltarme. Me erguí y me atusé los revueltos cabellos (que, como ya he dicho, formaban una abundante melena), mientras mis compañeros reflexionaban.

—Escuchad —dije—, vamos a hacer lo siguiente: tenemos que matar un perro o un pájaro y utilizar la sangre como disfraz. Me empaparé en ella y fingiré que estoy herido. ¡Puedo simular incluso que me han cortado el instrumento! Un convento de monjas no se negará a atender a un agonizante con túnica de terciario, sobre todo si le falta el pene.

Todo el mundo alabó el cambio de plan. Entre carcajadas, Othon acercó a mi entrepierna el cuchillo e hizo una oferta que nos habría librado de la necesidad de un perro muerto; pero yo rechacé su proposición, señalando que podrían inculparlo del asesinato de Guillaume Monier.

Entonces, nos fuimos a su casa y matamos uno de sus pollos.

¡Oh, qué vergüenza! ¡Oh, qué ignominia! Amigas mías, esta canción es una confesión de pecado. No me siento orgulloso de lo que hice aquella noche. Me llené de falsedades, como un mercader deshonesto; promoví la confusión y un reguero de perversidades. Y el más mortificante de todos mis recuerdos (que son incompletos y embrollados, habida cuenta de mi intemperancia), el más deshonroso de todos los actos por mí instigados fue nuestra visita a la casa de Othon. ¿Por qué? Porque no se puede matar un pollo en silencio, sobre todo si lo hacen cuatro borrachos, y sucedió que la mujer y las hijas de Othon despertaron. ¡Que Dios me perdone! Se apiñaron entre las sombras mientras Othon cortaba de un tajo el cuello del pollo elegido, dejando la marca del cuchillo en la mesa de la cocina. Cuando la sangre salpicó las paredes no dijeron nada, pero la más pequeña ocultó la cara en las faldas de su madre y la mayor se estremeció, como cada vez que alzábamos la voz.

El padre no les dio explicación alguna. Era el dueño y señor indiscutido de la casa. Sólo cuando me hubo pringado con la sangre pareció advertir la presencia de su mujer, y le arrojó el animal pidiéndole que lo pelase, lo destripase y lo cocinase para la cena de la noche siguiente.

Al cabo de poco nos marchamos y nunca más he vuelto por allí. ¿Cómo tendría la osadía de volver a mirar a la cara a esas niñas? ¿Sabéis que vacié mi vejiga contra el muro del corral? Soy un pecador, que Dios me perdone. Mi alma es un estercolero y mi moral es como broza al viento.

En aquel momento, sin embargo, no sentí vergüenza. El vino me daba una falsa valentía. Mientras me acercaba al convento de las carmelitas, no podía contener la risa, porque Othon me había dado el cuello y el buche del pollo pelados para que los agitara ante las monjas; parecía creer que aquellos restos ensangrentados podían pasar por unos genitales cortados. Tambaleándome por el peso de los largos faldones empapados en sangre y el efecto de tanta bebida, todavía me debilitaban más los espasmos de risa incontenible que me llenaban los ojos de lágrimas y me impulsaban a buscar el apoyo de cuanta pared encontraba. Entonces, ya cerca del pórtico del convento, me abandonaron mis amigos, que se llevaron la antorcha.

Así pues, me vi obligado a caminar a tientas como un ciego, sacudido por ataques de hilaridad.

—¡Auxilio! —grité al llegar al portón de madera—. ¡Socorro! ¡Un asesinato! ¡Acogedme, dejadme entrar!

¿Me preocupaba la gente que dormía en las casas vecinas? Ni un ápice. ¿Se me ocurrió pensar que los oficiales del orden podían aparecer en cualquier momento tras la esquina? En absoluto. Grité y aporreé la puerta sin miedo ni compunción. Si mi voz sonaba insegura, no se debía a la alarma, sino a la risa reprimida; pero cuando mis súplicas fueron escuchadas, se me quebró una carcajada en la garganta. El sonido de un ronco, «¿qué sucede?», al otro lado de la puerta, me llenó de una intensa aprensión. «Esto es una locura», pensé y recuperé la sobriedad como si me hubieran caído encima grandes cantidades de agua fría desde una altura considerable.

Pero ya no había lugar para la retirada. Tenía que continuar.

—¡Auxilio! —dije con voz entrecortada—. ¡Por favor! ¡Criminales, asesinos! ¡Socorro!

Se abrió una cancela y por el hueco se coló luz. Yo me había arrodillado y sin lugar a dudas, mi rostro había palidecido debajo de las manchas de sangre que lo desfiguraban. Además, sudaba profusamente.

—¿Quién sois? —preguntó una mujer entrada en años—. ¿Qué queréis? —No veía bien sus rasgos, pero sí lo suficiente para advertir que era fea como un sapo muerto y más vieja que Matusalén. Las porteras de los conventos de monjas son siempre muy deslucidas y ha de ser de este modo, puesto que son las que deben conversar con los hombres.

—Por favor —supliqué con voz trémula—. Abrid la puerta. Soy un sirviente de Dios. Un hermano lego. ¡Me estoy muriendo! ¡Me han castrado!

—¿Qué? ¿Quién? —preguntó la mujer tartamudeando. Yo me dejé caer hacia delante y, ya tumbado, permanecí absolutamente inmóvil. Mejor fingirme inconsciente, pensé, que arriesgarme a despertar sospechas, ya que no confiaba en mi capacidad de hablar y comportarme como si estuviera agonizando.

Que la sangre hable por sí misma, decidí.

Debo confesar que recé a Dios, mientras esperaba. Recé, no para que me admitieran en el convento, sino para todo lo contrario; recé para que me dejaran abandonado en la calle. Si Othon miraba, escondido en la oscuridad, vería que nuestro plan había fallado, pero no por culpa mía. Vería que yo no era un cobarde. Y, mientras pasaba el tiempo, incluso empecé a albergar esperanzas de que mis plegarias hubiesen sido escuchadas. La puerta permaneció cerrada y la portera se quedó callada. Estaba a punto de levantarme y marcharme a hurtadillas cuando oí pasos, sonidos metálicos y chirridos. Luego, oí voces de mujer.

—Ahí, está ahí.

—¡Oh, cielo santo!

—¿Podéis levantarlo? ¿Volverlo boca arriba?

—Creo que deberíamos llevarlo dentro.

Las olía y notaba sus manos suaves, pero no me atrevía a abrir los ojos. Eran tres en total, y una de ellas era la anciana portera. Las voces de las otras dos indicaban que eran más jóvenes. El susto las hacía torpes y la prisa, negligentes, por lo que me dejaron caer varias veces y, en uno de los tirones y sacudidas, se me soltó el cuello del pollo, que cayó al suelo.

Un penetrante chillido casi me ensordeció.

—¡Silencio, hermana!

—¡Mirad, mirad eso!

—¡Que el señor se apiade de nuestra alma!

—¿Es un… un…?

—Recogedlo, deprisa.

—Oh, no…

—¡Utilizad el pañuelo! ¿Dónde tenéis el pañuelo?

—Se ha quedado en… se ha quedado en…

—Bien, dejadme a mí.

Noté una carne suave en las plantas de los pies y en la coronilla. Unos dedos ahusados me agarraron por las axilas. Entre jadeos y gruñidos, las mujeres me llevaron al interior del convento, que olía a humo, a cloaca y a piedra húmeda. El recorrido fue breve y acabó cuando me dejaron caer sobre un banco bajo que crujió bajo mi peso.

—Id a buscar a la abadesa. Hay que decírselo.

—Id vos. Nosotras nos quedaremos con él. Ninguna de nosotras debe quedarse sola.

—¿Está vivo? ¿Respira?

—Por supuesto que sí. Y llevaos consigo esa… esa cosa.

—¡Oh, no!

—Sí. Lleváosla. No la quiero en mi habitación.

Así que ésta era la habitación de la vieja, pensé. Debía de ocupar una pequeña celda cerca de la entrada principal. A aquellas alturas, los latidos de mi corazón me ensordecían y quería marcharme de allí desesperadamente. Mi valentía había huido como los ciervos que no encuentran pastos. ¿Por qué había sido tan estúpido? ¿Qué me había poseído? Deseaba abrir al menos un ojo, un poco apenas, a fin de ver lo que me rodeaba (¿había cerca alguna vía de escape?), pero temía llamar la atención porque creía que mi mejor esperanza, la única posibilidad de eludir la captura, sería recurrir al elemento sorpresa.

—¿Deberíamos intentar contenerle la hemorragia? —susurró una voz llena de ansiedad muy cerca de mi cabeza.

—No —reconocí la expresión arisca de la portera—. Dejadlo.

—Pero…

—Los padres sabrán lo que hay que hacer. No sería propio, con esa herida, en ese lugar…

—¿Se lo dirá la abadesa a los padres? —preguntó la joven y, en aquel momento, advertí que se referían a los monjes de la Orden de los Agustinos Descalzos, cuyo monasterio estaba en las inmediaciones del convento—. ¿Llamará al hermano enfermero?

—Quizá.

—Espero que sí. Espero que se lo lleven. ¿Creéis que morirá?

—Eso sólo Dios lo sabe.

—No debe de ser un monje, ¿verdad? No está tonsurado.

—Ha dicho que era un hermano lego.

—¿Un hermano lego? ¿De cuáles?

—No lo sé.

—Ahora tal vez se haga monje, como Abelardo.

—Callad, hermana. No deberíamos hablar, sino rezar por su alma inmortal.

El tiempo pasaba y yo ya no podía esperar más. Cuando la paz descendió sobre mí, tensé brazos y piernas, me moví imperceptiblemente y respiré hondo. Abrí los ojos y…

—¡¡¡Aaaug!!!

Estuve a punto de matar a aquellas pobres mujeres, os lo juro. Que Dios me perdone, casi se murieron del susto. Aullando como un dragón, me levanté de un salto y salí corriendo, y ellas se quedaron tan pasmadas que no pudieron evitar mi huida. Salí por la puerta, que estaba abierta, y me lancé a la carrera por el pasillo. Crucé a ciegas el jardín de un claustro y advertí que me había perdido en el interior del convento. Estaba absolutamente desorientado. ¿Adónde había ido la calle? ¿Dónde estaba la entrada? Parecía alejarse de mí cada vez más. En efecto, me estaba moviendo en dirección contraria.

Vi muchas puertas, pero no la que deseaba. Atisbé ventanas y lámparas de luz vacilante; vi columnas labradas, vi una cara asombrada y oí un grito. Di media vuelta y choqué con el pie de una lámpara que cayó al suelo de piedra con el estruendo de una campana. Mi propia respiración me silbaba en los oídos. Perseguido por voces airadas y pasos apresurados, huí más deprisa que un conejo acosado, pero no había armarios ni baúles en los que esconderme y las camas que vi estaban todas ocupadas. Las mujeres me chillaban desde las sombras. Las paredes retrocedían ante mí y las escaleras casi me hacían caer. La luz era tan escasa en algunos lugares, que me golpeé con frontones, esquinas y jambas de puertas.

Al final, como por milagro, llegué a la cocina. Allí había una arqueta lo suficientemente grande para mi cuerpo delgado, pero no tenía tapa. El hogar era enorme, construido en la pared en forma de chimenea, y me habría servido para ocultarme si no fuera porque contenía un buen montón de ascuas al rojo vivo. Había barriles y cestos y un horno de pan, pero también una criada, que dormía sobre la mesa y se movió cuando la rocé al pasar.

Al otro lado de la mesa, sin embargo, vi una puerta y más allá de ésta, una huerta de verduras. Distinguí formas vagas al claro de luna: hileras de matas oscuras y filamentosas de un par de palmos de altura, elevados muros de piedra y herramientas abandonadas. No era una huerta muy grande y los árboles frutales plantados en su contorno eran todavía demasiado jóvenes para poderme esconder en ellos, pero contenía también un estercolero, y aquello fue mi salvación. Me arrojé a él y me enterré en sus fétidas entrañas como un gusano.

Sí, amigos, tenéis ante vosotros un hombre que una vez pasó la noche en un muladar.

¿Es preciso que diga que fue la noche más larga de mi vida? ¿:Es preciso que diga que tal vez habría sido preferible la muerte? Yací acurrucado en un pestilente amasijo de gusanos, estiércol y restos de comida, mientras unas voces apremiantes y unos pasos apresurados me indicaban que la persecución proseguía. Oí hablar a unas mujeres, luego a unos hombres, y deduje que éstos debían de ser los agustinos descalzos. Allí tumbado, tapándome la nariz, recé para que, si empleaban perros, la pestilencia del estercolero les impidiera descubrir mi rastro. En una ocasión, los que me daban caza se acercaron tanto que los oí con toda claridad. Un hombre de voz profunda dijo:

—Debe de haber saltado por encima del muro. No es demasiado difícil.

—¿Cómo? —inquirió una voz de mujer, y su compañero le explicó que en el peral más alto había un punto de apoyo para el pie desde el cual uno podía agarrarse a una piedra que sobresalía en la esquina, lo cual permitiría a su vez impulsarse hacia arriba y saltar al otro lado de la tapia.

—Pero ¿así, tan oscuro? —dijo la mujer, dubitativa.

—Hay luna —replicó la voz profunda, y se alejaron, por lo que no oí nada más, aunque tampoco me hizo falta.

Durante un buen rato, el huerto permaneció silencioso y empecé a albergar la esperanza de que las monjas hubieran desistido en su empeño. ¿Podía intentar una fuga? Cuando me llegaron los tañidos de las campanas y los cantos de los pájaros, comprendí que no me quedaba otra opción. El amanecer se acercaba: las hermanas despertarían y comenzaría la actividad. No podía aguardar más.

Por fortuna, había oído instrucciones minuciosas sobre cómo se podía conseguir una rápida retirada. Después de salir a rastras de mi refugio, me encaramé al peral más alto, encontré la piedra que sobresalía en el muro y casi me lisié cuando me dejé caer para dar con mis huesos en la rue de la Carreterie. (Fue, os lo aseguro, una caída muy larga). Nadie presenció mi torpe ascenso, ni el descenso más torpe aún que lo siguió: tuve la suerte de pasar inadvertido. Clareaba ya y se oía un ruido metálico de cacerolas y llantos de niño detrás de los postigos cerrados de las ventanas. Mientras regresaba a casa renqueante, cubierto de una capa de porquería, adelanté en la calle a un hombre de ojos turbios que se afanaba con lo que parecía ser un saco de harina.

Me miró como si tuviera ante sí una visión milagrosa.

¿Y qué aconteció cuando llegué a la casa de mi madre? No más de lo que cabía esperar. Para empezar, me abrió la nodriza de mi cuñada, que ya se había levantado y estaba encendiendo el hogar. Alazais también estaba despierta, acunando a su hijo, y su asco ante mi apariencia… Bien, dejadme que os diga que lo expresó con intensidad, tanta que despertó a mi madre y también a Barthélemy.

Cuando me acerqué a él, lo encontré sentado en la cama, todavía medio dormido.

—¿Barthélemy?

—¡Buf! —profirió con voz ronca—. Por el amor de Dios, ¿que… que…?

—¡Fuera! —gritó mi madre desde la cocina—. ¡Raymond, por favor, sal de aquí! ¡Esto huele como una curtiduría! ¡Ve a lavarte!

—¡Que los santos del Cielo nos protejan! —exclamó Barthélemy, tapándose la nariz al tiempo que me miraba con unos ojos como platos—. ¿Qué habéis hecho? ¿Qué os ha sucedido? ¿De quién es esa sangre? ¿Estáis herido?

—Barthélemy —empecé a decir. Respiré hondo—. Disculpadme, pero yo… hum… Ya sé que es imperdonable pero…

—¿Qué?

—Barthélemy, si me observáis de cerca, veréis que… bueno, que tomé vuestra ropa prestada.