El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 22 de 45

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El escribano

Canto IV

Tras haber extraído la verdad a Gilles Arasse, el padre Amiel decidió que había que presentar dicha verdad al abad de los agustinos descalzos sin más dilación. A mí, sin embargo, me dio asueto y pude encaminarme a casa, pues mi patrono quería acompañar a Gilles y a su maestro de noviciado en su regreso al monasterio. Estoy seguro de que lo animaba, sobre todo, la perspectiva de humillar al padre Cornelius, cuyo carácter y principios estaban (a juzgar por el brillo de los ojos del padre Amiel) a punto de recibir una seria derrota. Por fortuna, se me libró de la necesidad de asistir a aquella pelea de gallos monástica. Dispensado de mis tareas, me arrastré hasta la casa de mi madre, exhausto, preguntándome con aprensión si tendría las fuerzas necesarias para soportar las comparecencias del día siguiente. Al parecer, mi recuperación no había sido tan completa como yo esperaba.

Pero, ay de mí, ¿y la paz de espíritu? Cuando llegué a la casa de mi madre, una desavenencia ocasionada por dos de los visitantes más indeseados me impidió retirarme a mi alcoba. En el umbral había estallado una feroz discusión: mi cuñada se enfrentaba verbalmente a tres personas, la menos encendida de las cuales parecía ser Bona Claret. Las otras dos —Jean Mignard y una joven cuya prominente barriga indicaba que podía tratarse de su hija— gritaban de tal manera que di media vuelta y me escabullí lo más deprisa que pude.

Sin embargo, Alazais fue más rápida que yo.

—¡Raymond! —gritó—. ¡Ven aquí, Raymond! ¡Raymond! Yo no me hallaba en condiciones de resistirme. Suspirando, obligué a mi reticente cuerpo a dar media vuelta y dirigirse hacia el altercado, que había hecho salir a las ventanas a todo el vecindario. Os juro que, sin los Maillot, en aquella calle nunca habría habido nada de lo que hablar.

—¡Ahí! —exclamó Jean Mignard—. ¡Ahí está!

El hombre me señalaba al tiempo que llamaba la atención de su hija, que me miró mientras me acercaba. Atisbé una cara redonda y pálida debajo de un grueso velo y vi que sacudía la cabeza en gesto de negativa.

—No —dijo entre suspiros—. No es él.

—¡Ya os lo había dicho! —espetó Alazais—. Y ahora, marchaos, por favor. ¡Aquí no sois bienvenidos!

—¿Estás segura? —preguntó el de Valence a su hija, haciendo caso omiso de mi cuñada—. Éste es Raymond Maillot, de Aviñón. No hay otro. ¿Cómo es que dudas, Marie?

Mientras Marie Mignard rompía a llorar, Alazais reconvino a su padre por haber insultado a la familia Maillot y por exponer a su hija a la condena pública.

—¡Debería estar en casa! —gritó mi cuñada—. ¡Y ahí la tenéis! ¡Paseando por las calles con la vergüenza por delante como una ramera!

—¡Callad esa boca! —aulló Jean, y si yo no le hubiese agarrado el brazo, quizás habría golpeado a Alazais. Por haberle negado la satisfacción de pegar a la mujer de mi hermano (¿y quién puede culparle por albergar esos deseos?), el ultrajado padre me dio un empujón. Me tambaleé, pero no caí, y Jean Mignard cogió a su hija por la muñeca y se alejaron deprisa bajo la atenta mirada de los espectadores, que sumaban casi una veintena.

—Y en cuanto a ti —declaró Alazais con aire de triunfo volviéndose hacia Bona Claret—, tú tampoco eres bienvenida. ¡Largo! ¡Márchate!

—Pero necesito trabajo.

—Aquí no hay trabajo.

—Raymond Bona apeló a mí, con aire aturdido—. Me han despedido. Nadie me dará trabajo. No sé dónde vaya dormir esta noche.

—¿No tienes familia? —le pregunté.

—Ni familia, ni dinero. Todos mis amigos son criados, no viven en casa propia.

—¡Raymond! —rugió Alazais—. ¡Éste no es lugar para tus mujerzuelas! ¡Dile que se marche!

—A su debido tiempo —repliqué—. Hay hostales, o casas de beneficencia donde te darán comida y alojamiento.

—Pero soy joven y fuerte. Necesito trabajar. ¿Me encerrarán en la cárcel, Raymond? Desde que hablé con ese monje, la gente no se atreve a acercárseme. Creen que soy una bruja o una hereje.

—Raymond… —intervino mi cuñada.

—Déjame en paz, ¿quieres? —le dije a Alazais—. ¡Ésta mujer es cliente mía! Y ahora, entra y cuídate de tus hijos.

—¿Cliente tuya? —espetó Alazais—. Pero si no tiene dinero, ella misma lo ha dicho. Es tu ramera. ¡Y tú eres una desgracia para esta familia!

¿Qué puede uno decirle a una mujer así? Nada es bastante. Así que le di un empujón para que entrara en la casa y cerré la puerta; tenía demasiado aprecio a su dignidad para enzarzarse en una pelea física. Entonces le pregunté a Bona por qué la habían despedido y supe que Masseo di Vico, al enterarse de lo que la muchacha había revelado al padre Amiel, la había puesto de patitas en la calle.

—¡Qué estúpido! —comenté—. ¿Y qué va a impedir que quieras vengarte? Un hombre en su situación no debería crearse enemigos.

—¿Qué voy a hacer, Raymond? Ya sabes que no soy mala. ¿No habrá nadie que me dé trabajo?

Me maravilló que hubiese acudido a mí con sus desgracias porque, al fin y al cabo, yo era poco más que un desconocido para ella, pero quizás, al verme con el padre Amiel, me había considerado una persona dotada de autoridad y bien dispuesta. Y en realidad, me sentí tan débil que no pude rechazarla.

Por ello, la envié a Beatrice Rascas, quien tal vez, pensé, necesitaría una ayudante de cocina. Le di permiso para utilizar mi nombre y para que le contase con toda sinceridad de qué nos conocíamos. Se me ocurrió, incluso, que debía acompañarla a El Gallo Negro.

Como podéis imaginar, no me apetecía en absoluto enfrentarme a mis acalorados familiares, que aguardaban mi entrada al otro lado de la puerta que tenía a la espalda. Sólo de pensarlo, me dolían los huesos. Sin embargo, enseguida advertí que cuanto más retrasara el encuentro, más cansado estaría cuando, por fin, me viera obligado a encarar la ira de mi familia. Tras despedir a Bona, erguí los hombros, respiré hondo y entré en la casa, donde fui atacado como un cordero en la guarida de un león. ¡Qué tumulto!, y yo estaba demasiado agotado para defenderme, aparte de fingir que tenía trabajo pendiente. Le dije a Alazais que me habían confiado la redacción de varios documentos. ¿Quería mi cuñada que el padre Amiel no tuviera listos los escritos? Aquello sirvió, de momento, para quitármela de encima. Utilizando el nombre del padre Amiel como escudo, pude retirarme a mi alcoba, dejando que las mujeres de mi familia discutieran y chismorrearan sobre mis flaquezas como lobos alrededor de un animal muerto. El alboroto de sus voces me llegaba de vez en cuando como transportado por un viento caprichoso: «vergonzoso… mujeres… alcahuete… ayuda… paliza…». Mientras resumía los testimonios del día, pugné por no escucharlas.

Prodigué un cuidado extremo en aquella tarea, pero fue insuficiente para mantenerme ocupado el resto de la velada. Por ello, cuando Arnaud volvió a casa e irrumpió en mi habitación, me sorprendió cortándome las uñas de los pies, una circunstancia que pareció encenderle el ánimo. Me llevó a rastras a la cocina y me lanzó contra una pared. Luego me gritó en la cara hasta que me vi obligado a darle una patada en la rodilla y, después de una breve escaramuza (que concluyó cuando mi madre nos separó), convocó un consejo de familia. En este consejo se discutió con todo lujo de detalles mi conducta disoluta. Arnaud reconoció que me habían acusado erróneamente de seducir a Marie Mignard. A cambio, yo me vi obligado a admitir que, si mi reputación no hubiese sido tan negra, no me habrían acusado de ello para empezar. Todos convinieron, unánimemente, en que mi debilidad por las mujeres era lamentable. ¿Qué iban a hacer conmigo? La solución parecía ser el matrimonio: si estuviese casado, no tendría motivos para frecuentar la mitad de las camas de Aviñón. Ésta era, al menos, la opinión de mi hermano.

Y, si os he de ser sincero, yo ya estaba harto de oponerme a la familia. Que hagan sus planes, me dije. Cuando llegue el día, no podrán obligarme a consumar un matrimonio. Y mientras tanto, tal vez me dejen en paz. Tal vez me permitan dormir una noche, antes de que me hagan desfilar por las calles como un toro en una feria.

Así pues, dije que me casaría y permitieron que me retirase a mi alcoba. ¿Qué habríais hecho, de estar en mi lugar? Un hombre tiene que dormir, si ha de trabajar como un hombre. A fin de cuentas, incluso Dios descansó al séptimo día.

A la mañana siguiente, como podéis suponer, recibí al padre Amiel como a mi salvador, porque, en su compañía, podía escapar de mis familiares sin tener que afrontar sus críticas. Consideraban al fraile una suerte de guardián que cuidaba de que pasara los días realizando acciones virtuosas y que me protegía de las añagazas de las mujeres lascivas. En realidad, me daba miedo que quisieran involucrarlo en nuestras disputas familiares: temía que le pidieran que me «convenciese» de las ventajas que se derivaban de un matrimonio bien meditado. Por ello, lo intercepté en el umbral y lo alejé de la casa antes de que mi madre lo invitara.

Mi sufrimiento, que llevaba escrito en unas oscuras líneas de la cara, me había robado también la fuerza de la voz. O tal vez mi porte dejaba translucir pensamientos sombríos y falta de descanso nocturno. En cualquier caso, la situación familiar debía de haber afectado a mi actitud, porque el dominico —que, como debéis recordar, no veía bien— me saludó con estas palabras:

—¿Estáis bien, maese Raymond?

—Oh, sí, padre. Bastante bien.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Porque si no os sentís fuerte…

—Por favor, padre. No os fallaré. Lo que ocurre es que estoy un poco cansado.

El monje agachó la cabeza. Se me ocurrió pensar que quizá mi tono lo había ofendido, pues, cuando nos pusimos de camino hacia la prisión, no habló, lo que permitió que el silencio entre los dos se volviera más denso. Al final, en un intento de disipar mi propia incomodidad, le pregunté si el abad de los agustinos descalzos lo había recibido de manera favorable el día anterior.

—Pues sí —fue la cortés respuesta del dominico.

—¿Y qué le dijisteis?

—La verdad, desde luego.

—¿Sobre Gilles Arasse?

—Sobre Cornelius —esbozó una leve sonrisa—. El padre Cornelius ya no es el maestro de novicios del monasterio de los Agustinos Descalzos.

—¡Oh! —Debo confesar que no me sorprendió. De hecho, en aquel momento, ni siquiera me interesaba la historia—. Así, no había ningún súcubo.

—No, ninguno.

—Entonces, Gilles Arasse no os ha ayudado en absoluto.

—En lo que respecta a la muerte de Guillaume Monier, no —dijo el monje al tiempo que entrecerraba los ojos para otear algo a lo lejos—. O estoy confundido o ésa es la mujer de cuyos favores disfrutasteis de joven…

Debo situaros: al doblar una esquina, nos habíamos encontrado de repente con el alto muro oriental de la prisión, que se extiende un buen tramo a lo largo de una de las calles más angostas de Aviñón. Atestada de puestos de distintas mercancías, oscurecida por los tejados en voladizo de las casas, esta calleja no es más que un pasaje, un túnel, y no una calle. Uno casi tiene que caminar de lado, con los hombros por delante, para llegar a las grandes fauces de la entrada de la cárcel unas fauces que, absorbiendo unos vapores pestilentes como un basilisco, parecen a punto de devorar la pequeña tahona que hay enfrente. La congestión empeora aún más debido a los peticionarios de todas las edades que llevan consigo comida, dinero, misivas, criaturas y cartas de amor, y que se han habituado a arracimarse alrededor de los centinelas de la prisión, esperando que los admitan. El humo queda suspendido como una niebla en el aire oscurecido y al pisar la harina y la broza se levantan formando remolinos que anegan los ojos y la garganta.

Sin embargo, pese a todos aquellos estorbos, distinguí a Bona entre los suplicantes que se congregaban en el portal de la prisión.

Y tuve que contener la maldición que se formaba en mis labios.

—¿La veis? —preguntó el padre Amiel—. Es la criada del médico, ¿verdad?

—No —respondí—. Ya no lo es. Quiero decir que la ha despedido y la mujer ha acudido a mí… ¡Oh, por las barbas de san José!

—¡Raymond! —Al vemos, Bona abandonó su puesto y salió a nuestro encuentro —. Raymond, la viuda no tiene trabajo para mí.

—Bona…

—Me ha ofrecido una cama, pero sólo por una noche. ¿Adónde debo ir, Raymond? Oh, padre, ¿qué será de mí?

—Masseo di Vico la ha despedido —le expliqué al monje—. Cuando supo lo que ella os había contado, se enfureció y la echó.

—¡Tenéis que ayudarme! —insistió la mujer—. No soy una hereje, soy una buena cristiana y una buena trabajadora.

—No tiene familia —proseguí—, ni amigos que puedan ofrecerle un techo.

—Pues que vaya al hospital de San Juan de Jerusalén —dijo el padre Amiel hablando con indiferencia, como si Bona no estuviera presente. El monje empezó a caminar para dejarla atrás, una tarea difícil en aquel espacio tan limitado—. Allí, los hermanos dan de comer a los pobres y ofrecen techo a los indigentes —añadió—. Puede decir que va de mi parte.

—¡Pero si yo quiero trabajar! —gritó Bona—. ¡No estoy enferma, padre! ¡Puedo cocinar o lavar ropa! ¡Y sé coser!

—Padre, tal vez sepáis de algún convento de monjas donde necesiten una lavandera…

—¿Yo? —El dominico me miraba casi divertido—. ¿Cómo iba a saber yo tal cosa? Decidle que vaya al hospital.

Acto seguido, desapareció entre la multitud, esperando que yo lo siguiera y, como es natural, lo hice no sin antes despedirme de Bona con unas palabras de aliento.

—Espérame —murmuré—. Ésta noche iré a verte.

—¿Y me ayudarás?

—Te ayudaré. Conozco otras casas… Tal vez en alguna de ellas… Pero, de momento, ve al hospital, Bona.

Y así fue como me comprometí a ayudarla. ¿Por qué? No lo sé. Tal vez porque estaba acostumbrado a ayudar a todo el mundo: al fin y al cabo, un escribano público tiene por costumbre ofrecer consejo y asistencia a quien se los pide. Además, debéis saber que nunca puedo rechazar a una mujer. En lo que a mis amigos se refiere, os dirán que soy constante y leal y que haré cualquier cosa que se me pida (al menos dentro de los límites de lo razonable…).

Oh, ¿por qué fingir? Soy débil, ésa es la verdad. Cedo a los deseos de mi familia, de mis amigos y de mi propia carne pecadora. Mi espíritu es como el junco. Por intentar complacer a todo el mundo, no complazco a nadie. Ansío obtener aprobación.

Por lo tanto, cuando el padre Amiel y yo llegamos a la estancia que nos habían asignado y me aconsejó que me distanciara de Bona, lo halagué dándole la razón. Estaba en lo cierto. Aunque su situación de apuro era muy lamentable, no era responsabilidad mía. Además, como escribano suyo, debía distanciarme de los testigos del caso. Debía recordar que, aunque el amor es sufrido y es benigno, no ha de convertirse en la oportunidad de pecar, porque si me relacionaba con Bona, sería presa de la tentación. El padre Amiel, aunque no trató minuciosamente el asunto, dejó clara su opinión, hablándome en todo instante en un tono paternal, tan dulce como áspero resulta siempre el de Arnaud.

Así, aunque estaba preocupado porque se me antojaba cruel abandonar a Bona de aquella manera, me mostré sumiso. Le recordé al dominico que su declaración todavía tenía que ser confirmada y me aseguró que no lo había olvidado (¿cuándo olvidaba él algo?), pero que aquel detalle tenía muy poca importancia y que ya nos ocuparíamos de ello en el momento oportuno.

—Me resultará muy fácil encontrarla —dijo—. Por lo que a mí se refiere, no os preocupéis. Olvidadla. Y además, saldrá adelante sin vuestro socorro.

Me maravillé, una vez más, ante los extraños afectos del padre Amiel. Podía ser más frío que el hielo, más impenetrable que una roca, en situaciones en las que los demás obrarían dejándose llevar por la piedad o la compunción y, sin embargo, guiaba mis pasos con la ternura de una madre y me reprobaba con una condescendencia que ciertamente no merecía. ¿Por qué me tenía en tanta estima? ¿Qué me distinguía de otros más dignos de su comprensión? Aunque su benevolencia me intrigaba, sentía hacia él una gratitud auténtica y profunda, que quizás influyese en mi opinión acerca de su conducta.

No quiero decir que se mostrara violento, profano o vengativo durante los interrogatorios del día, pero mintió, como era su costumbre, y aquellas mentiras habían dejado de preocuparme. Creía que estaban justificadas. Creía que eran perdonables. Me descubrí tolerante con las estratagemas que urdió, con la confusión que causó mientras interrogaba a los dos compañeros de cama de Gaillard y a otra criada de Masseo di Vico. Ésta última testigo, de nombre Fabrissa, no reveló nada de interés. Afirmó que Bona no había hecho gala de animadversión hacia la familia Di Vico antes de que la despidieran. No recordaba que en su presencia se hubiera llevado a cabo en la casa ningún acto impío, aunque no se enteraba mucho de lo que se decía porque la familia no hablaba en provenzal. Por lo que ella sabía, entre los visitantes asiduos que recibía Masseo di Vico se contaban el padre Antonio, capellán del cardenal; el boticario de Su Eminencia, llamado Rinaldo Costa, y otro médico, maese Vezia. Nunca había visto a ningún miembro de la casa del camarero en la residencia de los Di Vico, a excepción de Lothaire Lagarrigue, que siempre manoseaba a Bona Claret por debajo de la falda. Bona, dijo la testigo, era una ramera. Ella, Fabrissa, en cambio, rezaba cada mañana y cada noche a la Virgen María y se negaba a aceptar las proposiciones de los hombres lascivos.

Se me ocurrió pensar que Fabrissa no debía de recibir tales proposiciones con demasiada frecuencia, ya que no se trataba precisamente de la más hermosa de las mujeres. Era grande y lenta, y tenía el cabello canoso, los hombros de un buey y la nariz como el hocico de un cerdo. Sin embargo, cuando se le acusó de mentir para proteger a su amo, por miedo de que la despidieran como a Bona, Fabrissa respondió que, en cualquier caso, pronto dejaría de servir en casa de Masseo. Al cabo de un mes, se casaría con su primo, cuya mujer había fallecido hacía poco, y así, con las bendiciones de la Iglesia se consumaría una vieja historia de amor. Después de la boda, Fabrissa se marcharía a vivir a una casa fuera de las murallas de Aviñón. Se había ganado la dote con sus propias manos y, a partir de entonces, disfrutaría de los frutos de su trabajo. No tenía ninguna razón para mentir y proteger a Masseo di Vico.

—Además —añadió—, yo no os mentiría, padre. He jurado sobre las Sagradas Escrituras. Soy una buena cristiana y no romperé el juramento, porque, si lo hiciera, iría al infierno con los herejes y los fornicadores.

Los dos amigos de Gaillard tampoco relataron nada útil. Confirmaron que Gaillard había dormido a su lado la noche del asesinato del padre Guillaume. Negaron que el muchacho les hubiera contado una palabra acerca de las proposiciones lascivas del camarero. Y en lo que se refería al trato de Gaillard con Masseo di Vico, éste había sido tan superficial y poco frecuente como él mismo había sostenido.

Al terminar los interrogatorios, el padre Amiel se volvió hacia mí y dijo:

—Parece que vuestro amigo Gaillard ha dicho la verdad.

—Sí, claro —respondí—. Él no habría matado al padre Guillaume.

—Nada parece indicado. Me siento aliviado. —El monje suspiró y se frotó la cara con las manos. De repente, lo noté muy cansado—. Hasta ahora, los interrogatorio s a las personas que están al servicio de Masseo di Vico han servido de tan poco como los realizados a los empleados del camarero. Si pudiera encontrar otro testigo en su contra… Se precisan dos testigos.

Yo apunté que, si el médico confesara, entonces los testigos no serían necesarios. ¿No sería mejor que citase a maese Di Vico? Un experto inquisidor como él podría, a buen seguro, extraerle la verdad.

—No, no, no —replicó el dominico en tono impaciente, al tiempo que sacudía la cabeza—. No puedo interrogarlo hasta que obre en mi poder una justificación para ello, hasta que dos testigos declaren que es el autor de la infamia. Como ya os he dicho, esto es una inquisitio, no una accusatio. Además, el cardenal lo protege. Ya ha habido objeciones y se han enviado cartas. A mí, al Santo Padre…

—¿Al Santo Padre?

—Sí, las ha firmado el cardenal Di Vico, pero no me sorprendería que las hubiese escrito su hermano —dijo el padre Amiel como si pensase en voz alta—. Se me acusa de persecución, de procedimientos ilegales y de abuso de autoridad. Tal como están las cosas en este momento, si decidiera interrogar a algún miembro de la corte del cardenal sólo encontraría obstáculos en el camino. Quizá llegase incluso a predisponer al Papa contra mí. Tal vez me vería delante de un tribunal o asesinado en la calle.

Pasmado, lo miré boquiabierto. Nunca me habría pasado por la imaginación que el dominico tuviera que enfrentarse a unas fuerzas tan poderosas.

—Y ya me están poniendo trabas —prosiguió el monje—. He citado a Tibaldo, el otro criado del médico. El escribano que os sustituyó redactó las citaciones para que comparezca ante mí esta tarde y ayer al atardecer me informaron de que, como ciudadano de Roma, no está obligado a responder ante un tribunal francés. Esto es absurdo, desde luego. Así lo hice constar, pero esta mañana me han comunicado que está muy enfermo y no puede presentarse. Mañana tendré que enviar al condestable con unos oficiales del orden para que lo traigan. —Habiendo hecho aquellos comentarios a la pared vacía, de la forma distante en que habla alguien que no está pendiente de si le escuchan, el dominico se volvió hacia mí con los ojos entrecerrados y dijo—: Pero soy optimista. Los presagios son buenos. No se empecinarían tanto en impedirme hablar con un mero criado si éste no tuviera algo que revelar. Quizás este Tibaldo sea mi segundo testigo.

Convine en que tal vez fuera así.

—Lo único que necesito es una mínima evidencia —prosiguió el monje, pellizcando el aire con el índice y el pulgar—, una excusa para arrestar a Masseo di Vico, para registrar su casa, para obligarlo a sentarse en esa banqueta e interrogarlo. Entonces sabré la verdad.

—¿Sobre la muerte del padre Guillaume? —inquirí, ante lo cual extendió sus manos.

—Tal vez no —admitió—, pero debo deciros, hijo, que este Tibaldo sólo habla el dialecto romano, y ocurre que tengo conocimientos amplios de esa lengua, pero necesitaré un escribano que también esté familiarizado con ella. Ya he encontrado uno y he contratado sus servicios para mañana por la mañana.

—Entonces, ¿no me necesitaréis?

—No, mañana por la mañana no os necesitaré. En cuanto a la tarde… Bueno, veamos primero si el testigo se presenta.

De repente bostezó y se desperezó como un gato.

—Mientras tanto… —añadió.

—Mientras tanto, deberé escribir los protocolos —lo interrumpí.

—Exactamente —dijo con una sonrisa—. El trabajo de Dios es una carga muy pesada, hijo.

—Ya lo sé, padre. Lo veo sólo con miraros.

—¿Porque se me ve muy cansado?

—Porque sois muy menudo.

Aquél era un comentario atrevido y podía haberse ofendido en grado sumo, pero, en vez de fruncir el entrecejo, sonrió hasta mostrar los dientes y emitió un extraño sonido semejante a la tos que, a menos que me equivoque, tenía todos los visos de ser una carcajada reprimida.

—Una proposición interesante —dijo—. Y de ella, supongo, podemos extraer deducciones sobre vuestra elevada estatura.

La suya podía ser una compañía de lo más agradable, os lo juro. En ocasiones, podríamos haber estado hablando en una taberna, tomando una jarra de vino. Sin embargo, era un monje, y a menudo su jovialidad era la de un trozo de madera. No es de extrañar, pues, que me resultara difícil comprenderle.