El escribano

Catherine Jinks · Capítulo 14 de 45

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El escribano

Canto IX

—Mañana —dijo el padre Amiel—, tendré que ocuparme de ciertos asuntos que reclaman mi atención en el priorato, por lo que vos podéis dedicar el día al redactado final de las declaraciones.

Caminábamos hacia la casa de mi madre, porque nuestra jornada de trabajo ya había terminado y empezaba a anochecer. Unas sombras alargadas descendían sobre las calles. Cargado con un grueso rollo de pergaminos, cansado y dolorido del arduo esfuerzo de la tarde, apenas me fijé en las personas con las que nos cruzábamos. Iba pendiente de la inmundicia que enfangaba el suelo, intentando evitarla.

—Tal vez tenga la oportunidad de hablar con algún librero acerca de este códice maligno —prosiguió el padre Amiel—. A ver si averiguo su origen, aunque quizá sea mejor que hable primero con el hermano bibliotecario… Es un hombre erudito, muy entendido en libros y encuadernaciones.

Sospecho que el monje estaba bastante orgulloso de sí mismo. Su paso vigoroso y su locuacidad jovial me llevaron a preguntarme si se sentiría satisfecho de sus logros de aquel día. A decir verdad, había recurrido a unos ardides muy ingeniosos y se había enterado de muchas cosas, pero me pregunté si aquella noche, acostado en su cama, pediría perdón por ciertos actos que, si bien no habían sido impíos ni deshonestos, tal vez no eran propios de alguien de su profesión.

Al fin y al cabo, pensé, ¿debía un fraile dominico agarrar la verga de otro hombre? ¿Debía recitar descripciones de actos obscenos? ¿Debía, ya puestos, fingir que leía, convirtiéndose por tanto en un agente de la falsedad? Seguramente, no, pero, por otro lado, ¿era el padre Amiel un mal monje? Me hice esta pregunta y la respuesta también fue negativa. No se trataba de un hombre profano, irreverente o lascivo. No era cruel ni violento, ni siquiera indolente. De hecho, había llegado a inspirarme un profundo respeto y me halagaba que hubiese decidido departir conmigo con tanta familiaridad, pese a ser yo un pecador probado.

Y, sin embargo, me asombraba. Era un buen monje, pero me intrigaba. No conseguía comprenderle.

—Maese Raymond —dijo—. Ahí está el hombre de Valence.

—¿Qué?

—Jean Mignard os espera. ¿No lo veis?

Levanté los ojos y me detuve, puesto que era cierto. El padre deshonrado se hallaba apostado a la puerta de la casa de mi madre, acompañado de un individuo de aspecto humilde que debía de ser su criado. Tuve un instante de duda, sin saber si retroceder o avanzar, pero en aquel preciso instante se volvieron, me vieron y Jean Mignard alzó la mano.

—El cardenal Orsini ha confirmado vuestra declaración —me dijo el padre Amiel en voz baja.

—¿Eso creéis?

—Si no fuese así, Jean Mignard os habría atacado; en cambio, os está saludando, ¿lo veis? —De pronto, el padre Amiel dejó de contemplar con indiferencia a aquel hombre y me miró a la cara—. Mañana por la mañana no pasaré por aquí —dijo con especial énfasis—, pero tal vez pueda haceros una visita por la tarde. ¿Estaréis en casa?

—Oh… Esto… sí. Sí, padre. —Estaba decidido a no fallarle por segunda vez—. Estaré en casa todo el día.

—Bien. Entonces, os dejo ya —dijo. Era evidente que no le apetecía conversar con Jean Mignard, que se acercaba apresuradamente—. La paz sea con vos, hijo. Hasta mañana.

—Gracias, padre.

El monje se alejó entre un revuelo de tela blanca y yo quedé a merced de un hombre tan frustrado en su intención que las venas de la frente le sobresalían. Pobre Jean Mignard: la fría razón y mi indiscutible inocencia le impedían zarandearme y, sin embargo, capté que le habría gustado sacudir a alguien. Si lo hubiera hecho, tal vez la cabeza se le habría despejado un poco.

—Sois inocente —proclamó con un evidente disgusto, mientras se plantaba ante mis narices—. He hablado con el camarero del cardenal Orsini. No sois el padre del hijo de mi hija.

—No, no lo soy.

—Pero tenéis que saber quién es.

—En absoluto.

—Debéis de tener, cuando menos, una sospecha.

—No tengo ni idea, maese Mignard. Como ya os dije antes, mi reputación es inmerecida.

—¡Entonces, traeré a mi hija! Mañana iré a buscarla. ¡Haré que examine a todos los hombres de Aviñón hasta que descubra al truhán que ha deshonrado a mi familia!

Comenté que aquél sería el mejor plan y suspiré por lo bajo cuando se marchó, con su criado siguiéndole los pasos. Había tenido un día difícil de veras y las perspectivas no indicaban que fuese a mejorar, pues, cuando entré en casa de mi madre, me vi obligado a soportar la andanada de preguntas que me formuló mi cuñada, quien se había olido que ocurría algo. Quiso saber la identidad de aquel rústico anciano que se había detenido a la puerta de casa, y si esperaba allí porque deseaba hablar conmigo. ¿Por qué se había negado a exponer qué quería? En vez de darle explicaciones (porque, cualesquiera que fuesen, ella ya había decidido que yo era, pese a todas las pruebas que indicaban lo contrario, el responsable de haber seducido a Marie Mignard), dejé los testimonios del día en mi alcoba y volví a salir a la calle.

Me dirigí, como es natural, a El Gallo Negro. Allí tendría tranquilidad y bebida aseguradas hasta que cayera la noche y Rixende Levieux me recibiese. En la taberna encontré a Othon y pude preguntarle acerca de Marie Mignard. Confesó que tal vez había utilizado mi nombre para engañarla, en la francachela que siguió a una borrachera, pero que no se acordaba de la muchacha. Rió sin cesar cuando le conté que el padre me había abordado a la puerta de casa, pero no pareció preocuparle que Marie pudiese identificarlo como el autor de su seducción.

—¿Cómo lo hará? ¿Recorriendo las calles de Aviñón? —preguntó—. No se acordará de mi cara. La nuestra fue una cópula rápida, porque la posada de La Sainte Baume está siempre muy concurrida.

—Entonces, ¿la recuerdas? —le pregunté.

—¿La posada? ¡Pues claro! Y te diré que nos conocimos en una mesa, rodeados de grandes jarras de vino, y que después me apropié de su flor, en la oscuridad, apoyados en una pared del establo. Siempre ocurre lo mismo, dondequiera que estés.

Y empezó a extenderse acerca de las peregrinas vírgenes, que tan fáciles eran de desflorar. Lejos de casa por primera vez, con unas damas de compañía viejas e inadecuadas que enferman por el camino, excitadas por las gentes y los lugares nuevos, bebiendo vino sin supervisión de nadie… En resumidas cuentas, que se lanzaban a los brazos de cualquier hombre que se tomase la molestia de pellizcarlas en las nalgas.

»Os lo aseguro —prosiguió Othon—, si pudiera, volvería a Compostela. Allí podría elegir entre las peregrinas más jóvenes y jugosas, porque hay abundancia de ellas, y la ciudad está tan llena de clérigos…

—¿Compostela? —murmuró Bernard—. ¿Quieres decir que ya has estado allí?

—¡Por supuesto! —respondió Othon—. Allí conocí a dos hermanas gemelas, tan iguales, ¿os lo podéis creer?, que nunca sabía a cuál me estaba beneficiando…

Como podéis imaginar, aquella conversación despertó mi lujuria por Rixende Levieux. En vez de reconvenir a Othon por su desconsideración para con mi buen nombre, permanecí allí sentado, entre chanzas procaces y soñando con los muslos sedosos de Rixende (y con lo que había entre ellos), hasta que Beatrice Rascas me despertó de mi ensueño. Se sentó a mi lado y, en voz baja, me cuchicheó si podía ayudarla en cierto asunto. Siendo analfabeta, no podía leer una carta que le había entregado aquella mañana un hermano lego de la abadía de Saint-Ruf y, como la abadía ostentaba el derecho de dominio eminente sobre su taberna, estaba impaciente por saber qué decía la carta.

—Mañana —la interrumpí—. Aquí no podemos discutir tus asuntos privados. Mañana hablaremos.

—¿Por qué no esta noche, más tarde? —preguntó ella con una mirada llena de suspicacia—. Arriba, en mi alcoba. No nos oirá nadie.

—Cierto. —Mientras asentía, sin embargo, mi conciencia batallaba con el deseo. Debéis comprender que Rixende no me gustaba, aunque la deseaba apasionadamente. En cambio, Beatrice Rascas me gustaba mucho. Corroído por la vergüenza, me dije que era un hombre libre, que Rixende necesitaba consuelo y que era probable que Beatrice hubiese catado el instrumento de otros hombres desde la muerte de su marido. (Aquélla posibilidad había cruzado mi mente en más de una ocasión y no había dejado de inquietarme cada vez que me acosaba).

—Es cierto —dije— que nadie nos molestará en tu alcoba, pero esta noche no puedo quedarme mucho tiempo. He de volver a casa a trabajar y estar preparado para cuando el padre Amiel venga a buscarme mañana. —Avergonzado de mis mentiras, sabedor de que la luna había salido, me puse en pie y me despedí de mi amiga—. Ven mañana por la tarde —le indiqué— y trae la carta. La leeré y te aconsejaré.

Después, la besé como un Judas y me escabullí en la noche.

¡Oh, amigas y amigos! ¡Qué rata fui! ¡Una rata de hocico largo de las que se arrastran por las alcantarillas! La luna, como he dicho, había salido ya —era noche de luna llena— y me guió hasta la casa de Rixende Levieux. Como casi todos los aviñonenses, su esposo se había visto obligado por los taxatores domorum a residir en una casa impropia de su rango; vivía en la planta superior de un almacén, en estancias que incluso habrían resultado aceptables, tal vez, si no las hubieran dividido entre su familia y las de un mercader de harina. Sin embargo, lo que para maese Levieux era un inconveniente, para mí representaba una ventaja. Las curiosas alteraciones requeridas para convertir una vivienda en dos permitían que Rixende pudiese salir de su alcoba y de la casa, incluso, sin pasar por la cocina, en la que dormían los criados. En resumen, que cuando se quedaba sola de noche, su libertad era absoluta.

Y con esto no quiero decir que, en tales ocasiones, se arriesgase a toda suerte de peligros vagando por las calles de Aviñón. No, Rixende no era tan tonta, pero a veces aprovechaba su buena fortuna y se escabullía al almacén de los bajos, que pertenecía a su marido (aunque éste lo tenía alquilado al mercader de harina) y que estaba abierto a todo el mundo que tuviera la llave. Allí me reunía yo con ella: allí la encontraba, recostada en unos sacos y desnuda como Dios la trajo al mundo, o cubierta parcialmente en ocasiones, si era durante los meses de invierno, y acariciando el vello de entre sus muslos como si fuera una piel de armiño. A veces llevaba consigo mantas; otras, incluso comida. Y, siempre, una candela a cuya luz vacilante nos entregábamos al placer entre las ratas y los ratones que correteaban por el suelo blanco de harina.

Era una amante dócil en grado sumo. Aunque de carácter petulante y quisquilloso, estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa que yo le sugiriese en la búsqueda de una culminación placentera. Podía hacerla rodar por el suelo y manosearla como si fuera una masa de harina. Al recordado, abrí la puerta del almacén con mano temblorosa y mi tercera pierna me precedió cuando entré en el edificio.

¡Imaginad mi decepción cuando vi que no estaba desnuda! En vez de esperarme recostada en los sacos, acariciando el tupido felpudo de entre sus muslos, se hallaba de pie, vestida con la camisa de dormir y la expresión tan asustada y afligida como la de Eva después de la Caída.

—¡Oh, Raymond! —gimió—. ¡Raymond!

—¿Qué?

—¡Chitón! ¡Que no te oiga! ¡Vas a despertarlo!

—¿A quién? —Me acerqué a ella y puse las manos en sus brazos—. ¿Sucede algo? ¿Estás enferma?

—Necesito dinero. ¿Tienes dinero?

—¿Dinero?

Y de pronto se echó a llorar. Como lloraba a menudo y por las decepciones más insignificantes, sus lágrimas no me alarmaron demasiado y empecé a acariciada hasta que me apartó de un empujón.

—¡Para! —susurró—. ¡Escúchame! ¡Necesito dinero! ¡Guiraud quiere dinero o se lo contará a mi marido!

—¿El… el qué? —farfullé—. ¿Qué quieres decir? ¿Quién es Guiraud?

—¡Ya lo conoces! ¡Nuestro portero! —Me dio una palmada en el brazo como solía hacer en momentos de profunda irritación—. Ésta mañana te lo he enviado para que te diera mi mensaje.

—¡Oh! —El chico de la cara manchada, pensé, pero me distrajo el encaje de la camisa de Rixende, que era muy poco tupido y dejaba entrever su piel blanca y tersa —. ¿Dónde está, pues? El portero, quiero decir…

—Arriba. Duerme. El muy cobarde, tiene miedo de enfrentarse a ti.

—Entonces, ¿por qué te preocupas? Ven aquí y…

—¡Suéltame! —El receptor del segundo cachete, que resultó mucho más efectivo que el anterior, fue mi erecto instrumento—. ¿Quieres dejarte de estupideces? ¡Sabe lo nuestro, Raymond! ¡Ha cogido mi anillo! ¡Dice que quiere que le des dinero, ahora!

—¡Ay!

—¿Me estás escuchando?

Cuando el dolor remitió por fin, pude escucharla. Y me enteré de que Guiraud, después de oír de mis propios labios que yo era un «reputado libertino», había comprendido de repente (mientras escuchaba las acusaciones de Jean Mignard) por qué su ama informaba a un escribano muy joven y de dientes muy blancos de que su marido estaba ausente de casa. Y para colmo del infortunio, aquel mismo Guiraud, siendo mozo de la casa, era el responsable de entregar las citaciones y las convocatorias a maese Levieux y, a diferencia de la doncella de la familia —a quien Rixende habría confiado el mensaje si no hubiera estado enferma—, Guiraud sabía que su amo no tenía tratos con un tal Raymond Maillot y que éste jamás había hablado con él.

Por lo tanto, y aunque no era un joven de gran inteligencia, se había formado su propia opinión. Y, en este caso, su opinión era la correcta.

—¿Qué vamos a hacer? —gimió Rixende—. Me ha dicho: «Contadle a vuestro esposo que habéis perdido el anillo. Quizás os pegue, pero no os matará». ¡Oh, Raymond, mi marido regresa mañana! ¿Qué vamos a hacer?

—Dile que Guiraud ha robado el anillo —respondí malhumorado, porque un golpe en el instrumento no contribuye a mejorar el ánimo—. ¿Por qué va a creer a Guiraud? No existen pruebas de que tú hayas hecho algo malo.

—¡Sí, las hay, Raymond! ¡Guiraud te llevó mi mensaje y tú respondiste! ¡Hubo gente que te oyó! —Rixende lloraba de nuevo—. Guiraud me ha dicho: «Ésta noche, cuando veáis al amor de vuestro corazón, decidle que debe pagar, porque sé quiénes son sus tres amigos, y ellos me proporcionarán las pruebas que necesito».

—¡Tonterías! —le espeté—. Si quiere testigos, no los encontrará. Jean Mignard ha abandonado la ciudad, Gaillard es un amigo que hará lo que yo le pida y el padre Amiel…

Callé de golpe. ¿Qué haría el padre Amiel si alguien lo abordaba para que confirmase un incidente que él mismo había presenciado? ¿Mentiría?

Me acongojé.

—¿Me estás diciendo que había un sacerdote contigo? —exclamó Rixende, y enseguida bajó la voz mientras retorcía las manos, desesperada—. ¡Dios Misericordioso, un sacerdote! —dijo entre sollozos—. ¡Mi marido me matará!

—Calla.

—Y cuando ya no me queden anillos, Guiraud querrá que le pague en la cama. ¡Eso me ha dicho, el monstruo!

—¡Calla! —Los pensamientos se arremolinaban en mi mente—. ¿Cuándo está previsto que regrese tu marido? ¿A primera hora de la mañana?

—No, un poco antes del mediodía.

—Entonces, hay esperanzas —dije, decidido a granjearme la condescendencia del padre Amiel a cualquier coste—. Tengo que hablar con mis amigos. Lo negarán todo.

—¿Estás seguro? —preguntó, mirándome con sus grandes ojos llorosos—. ¿Estás seguro de veras?

—Creo que sí. —Aunque el corazón se me encogía ante la perspectiva de tener que presentarme ante el padre Amiel con aquella petición, me esforcé en parecer convincente—. Pero tú deberás poner de tu parte. Cuando vuelva tu marido, habla con él antes de que lo haga Guiraud. Acusa a Guiraud de haber robado el anillo. Si ese canalla no tiene pruebas, lo que diga de ti sonará falso. Parecerá el ladrón que intenta defenderse.

—¡Oh! ¿Por qué ha tenido que sucedemos esto? —Rixende no me escuchaba—. ¿Cómo he podido ser tan majadera?

—¡Rixende! ¿Me escuchas?

—Sí, sí, pero el sacerdote…

—Es un monje, no es un sacerdote. Y es asunto mío.

Después reinó el silencio. Nos miramos, desesperados, afectados de una suerte de extraño cansancio. Se me antojó imposible que unos minutos antes la hubiese mirado con lascivia. Las noticias que acababa de recibir me habían dejado conmocionado y en un estado de fría templanza. Su piel me parecía mate y la languidez de su boca repelía el deseo.

Quizás el mero pensamiento del padre Amiel era un antídoto a todos los apetitos carnales.

—Debo irme —dije a continuación—, no vaya a ser que Guiraud nos descubra juntos.

—¿Y qué hay del dinero?

—Dile que no tengo.

—Pero…

—Dile que espere. Dile que se fastidie. Dile lo que quieras. Nadie podrá hacerte ningún daño, Rixende, porque no hay pruebas en tu contra.

Y con esto concluyó nuestra cita. No hubo besos ni caricias ni miradas de esas que se prolongan. Nos despedimos con brusquedad, como si fuéramos unos conocidos distantes, y salí del almacén lo más silenciosamente que pude. En realidad, me escabullí arrastrándome como un roedor, deslizándome de una sombra a la siguiente, y no apresuré la marcha hasta que hube dejado la casa muy atrás. Por una feliz casualidad, mis pisadas no destacaron tanto como habría cabido esperar, porque, en una noche cálida y despejada como aquélla, bajo la luna plateada, las calles no estaban tan vacías como era habitual y me crucé con un buen número de ciudadanos en mi camino a la residencia de Gaillard. Algunos formaban grupos y portaban antorchas; otros caminaban solos, cada uno con su linterna. A mí, y a otros dos o tres, nos guió el claro de luna: nos miramos con cautela de un lado a otro de los relucientes canales de desagüe, siempre con nerviosismo, no fuera a ser que nos robaran la bolsa o nos destrozaran la cabeza.

En un cruce de calles encontré incluso a un clérigo y me pregunté por qué pasearía acompañado de un chiquillo, hasta que se me pasó por las mientes que tal vez lo habían llamado a algún lecho de muerte.

Cuando llegué a la casa del cardenal Di Vico, rodeé sus macizos muros de piedra hasta que, recorriendo a tientas un callejón, encontré una ventanita cerrada con postigos y el alféizar tallado. Detrás de aquella ventana, sabía que se alojaban los tres escuderos del cardenal. Dormían juntos en una gran cama adoselada de madera carcomida que otros de rango más elevado habían considerado inadecuada para ellos. Por ser el más joven y el de posición más baja, Gaillard se veía obligado a dormir entre sus dos compañeros; en consecuencia, se le recriminaba ruidosamente que volviera tarde a casa. Si por casualidad se quedaba demasiado tiempo en El Gallo Negro, había de afrontar golpes e insultos cuando intentaba pasar por encima de los cuerpos de sus compañeros de cama.

Por ello, rasqué los postigos con confianza, en la absoluta seguridad de que mi amigo se encontraba allí dentro.

—¡Gaillard! —dije en voz baja—. ¡Gaillard! —repetí antes de volver a rascar los postigos.

Un gruñido de descontento me informó de que alguien se había despertado en la cama adoselada. Entonces, sin previo aviso, los postigos se abrieron de par en par, tan deprisa que casi me decapitaron.

—¡Por los clavos de Cristo! —se quejó una voz—. ¿Quién sois? ¿Qué queréis?

—¿Gaillard?

—¿Raymond?

—Perdóname —dije—, pero tengo una petición urgente…

—¿Qué hace esa ventana abierta? —preguntó una voz apagada que emanó de la oscuridad sofocante al otro lado del alféizar—. ¿Gaillard? ¡A la cama, villano!

—Ésta mañana —dije a toda prisa—, un muchacho vino a mi encuentro con un mensaje. ¿Te acuerdas? Estabas allí. Dijo que Rixende Levieux quería comunicarme que su marido estaba fuera de la ciudad.

—Raymond, ¿estás loco? —Los rizos desgreñados de Gaillard brillaron a la luz de la luna—. ¿Sabes lo tarde que es?

—¡Gaillard! —exclamó alguien entre una sarta de maldiciones guturales—. ¡Calla y acuéstate ahora mismo!

—¡Sí, sí, ya voy! Raymond…

—Escucha. —Le expliqué, lo más sucintamente que pude, lo apurado de mi situación, haciendo hincapié en la belleza de Rixende y en mi gratitud eterna si negaba haber visto, oído o encontrado al portero del marido. Aunque se lo rogué entre susurros, mi petición estaba imbuida de toda la fuerza de que disponía.

Tal vez por esta razón, aunque a regañadientes, capituló.

—Me pagarás a cambio, espero.

—Desde luego.

—¿Me invitarás a vino durante un mes, Raymond?

—Lo haré, y te prometo que tu contento será para mí de suma importancia.

—¡Gaillard! ¡Cierra esa ventana o perderás un ojo!

—Oh, deja ya de protestar —gruñó Gaillard y se retiró rápidamente, cerrando los postigos.

Nuestro coloquio finalizó allí. Me quedé solo en un oscuro y hediondo callejón, lejos de casa, cansado hasta lo indecible, con mi lujuria insatisfecha y mi honor en peligro. «Esto —pensé— es lo que ocurre por desparramar tu semilla aquí y allá como un perro. Esto es lo que sucede cuando permites que te domine la calentura». ¿Qué diría el padre Amiel cuando se enterase de lo acontecido?

Pensándolo bien, me resultó imposible predecir la respuesta del monje a mi triste incidente. Siempre era muy difícil prever sus juicios pero, mientras caminaba con paso can sino de regreso a la casa de mi madre, advertí melancólicamente que si el dominico me hacía un favor, tendría que pagar un alto precio por su bondad, sin lugar a dudas.

Y, como veréis, mis suposiciones fueron ciertas.