La espada y el bisturí
El Proceso
1
Larry Kirk encontraba dificultades en su tarea. Por vez primera en muchos años, el mejor comentarista de la televisión enfrentaba su máquina de escribir con un cerebro tan vacío como una caverna en la que incluso los murciélagos han desaparecido.
Durante la última hora había intentado todo lo posible; hasta había recurrido a escribir automáticamente, como saldo de su último análisis. («Reconócelo, Kirk: quienquiera que te haya enseñado a escribir a máquina, debería ser ahogado o descuartizado; y tú, pusilánime esclavo del tiempo, ¿por qué no haces algo útil con esas blancas y regordetas manos, además de componer verdades a medias con estas teclas demasiado dóciles?») El destello de auto desprecio había sido fácilmente dominado. Diez minutos antes había utilizado el más viejo de sus métodos para empezar un trabajo: el sumario, la reducción a su esencia de una pregunta sin respuesta.
Ahora leyó el resumen, mientras el reloj de pared de su oficina en Radio City le recordaba con su tictac que sólo faltaban treinta y cinco minutos para salir al aire libre de la calle. El resumen escrito a máquina ocupaba el centro de una página casi en blanco.
Mañana, en el Presidio de San Francisco, el capitán Paul Scott, del
Cuerpo Médico del Ejército, recién liberado después de haber permanecido dos años en un campamento de prisioneros de Corea, comparecerá ante un consejo de guerra para ser juzgado por traición. Cómo sucedió es una pregunta demasiado fácil de responder: todo el mundo está familiarizado con las técnicas empleadas por el enemigo para hacer hablar» a los prisioneros. La pregunta candente es por qué.
¿Por qué ese otoño de 1953, cuando miles de prisioneros norteamericanos habían regresado de Corea del Norte indemnes ante el mal comunista, el capitán Paul Scott se rindió? ¿Por qué, después de lo que parecía solamente una persuasión de rutina, firmó otra de aquellas grotescas declaraciones acusando a las fuerzas de las Naciones Unidas de utilizar bacterias en la guerra? Una copia de la declaración, con la firma de Scott, estaba en posesión del juez. ¿Por qué, entonces, Scott había rehusado reconocerse culpable y hacer una declaración coherente para la Prensa… aunque no hubiera sido sino para lograr un poco de ambiente en su favor?
Los quién, qué, cuándo, dónde, reflexionó Larry, habían sido siempre fáciles de manejar; la vida se mostraba bastante menos exigente cuando él era sólo un simple periodista. El porqué era una nuez más dura de quebrar. Esta noche (aun manteniendo la apariencia de imparcialidad por la cual su programa era famoso) resultaba esencial dar alguna causa válida para la deserción de Scott e igualmente era fundamental hacer algún pronóstico sobre la decisión que tomaría el consejo de guerra. Su público esperaría, por lo menos, eso.
Larry no dudaba ni por un momento de que ese quijotesco y joven médico uniformado sería considerado culpable… ni de que el consejo de guerra le impondría la pena máxima. El porqué persistía de un modo irritante en la superficie de su cerebro. Larry sabía que, hasta que no hubiera eliminado esa irritación, un talento bien disciplinado (como el suyo, que se manifestaba con facilidad en aquellas diarias audiciones de televisión) continuaría debatiéndose en las sombras.
Arrancó de su máquina de escribir el resumen y lo copió en una hoja limpia. En la pared el reloj marcaba un ritmo al unísono con su agitado corazón. ¿Qué sucedería si esta noche se presentaba sin un escrito ante las cámaras de la red televisora y ante un auditorio calculado en cuarenta millones de americanos?
«Por una vez —se dijo a sí mismo— eres víctima de tu propio orgullo, de tu insistencia en que todos los días de la semana se te diera una audición a las nueve.» «El programa que ustedes escucharán a continuación es inédito y no ha sido ensayado. Las opiniones de este agudo periodista internacional que es Larry Kirk, son suyas propias, tal como han surgido de su vieja y aporreada máquina portátil.» Durante el último año, gracias a su gastada Trendex, lo que decían los admiradores de Larry había sido casi literalmente cierto. Por supuesto, no había manera de impedir las ocasionales llamadas telefónicas de sus adictos.
Cuando a primeras horas de esa tarde Larry había hablado por la línea de larga distancia con el viejo Hermán Bowerg (presidente de la cervecería Bowers), su patrocinador había echado espuma tan laboriosamente como su producto.
—¿Qué va a decir usted sobre Scott?
—Todavía no lo he decidido, H. B.
—Castigue a ese comunista, Larry. Denígrelo. Debería ir a la cámara de gas.
—No puedo condenarlo antes del juicio.
—¿Por qué no? Los hombres como Scott son la amenaza número uno de América; exterminarlos es nuestro problema número uno. Ayude a sus oyentes a comprender esto. Siempre lo ha hecho.
—H. B., todo el país está clamando por su cabeza. ¿Sugiere usted que yo lo haga también?
—Larry, cuando usted dice que un hombre está muerto, muerto está. Y yo quiero que usted entierre a ese traidor.
—Lo lamento, H. B., pero no tengo la menor idea de lo que diré en dicho momento. Le prometo que diré algo.
—Será mejor que lo haga así. ¿Por qué otra razón cree que lo enviamos mañana a San Francisco?
Larry Kirk había colgado entonces. Todavía seguía felicitándose por su propio coraje.
Echando una nueva ojeada al reloj de pared, extendió sus notas. No había razón alguna para sentir pánico. Después de todo (como hombre que había viajado por el mundo) tenía del capitán Paul Scott una imagen personal para ofrecerla a su público. Ya al encontrárselo por vez primera en Corea, advirtió algo extraño en aquel individuo: una cualidad de contención, una innata determinación que desafiaba las humillantes opiniones que le atribuían estar harto de la guerra. A su manera, el joven médico con ojos de obseso, parecía tan iluminado como el capellán de su batallón, el místico a quien los soldados llamaban Padre Tim. En aquel entonces, Larry se dio cuenta de que los dos hombres compartían un credo que nunca revelarían a los mortales comunes… y menos que a nadie a una famosa figura del mundo de la televisión.
Hace dos años entrevisté al doctor Paul Scott en su puesto de primeros
auxilios establecido en el frente coreano. Esto ocurrió poco antes de que fuera hecho prisionero. Lo encontré brillante, sobreexcitado… y profundamente indeciso sobre su propio futuro o el destino de la humanidad. También visité al Padre Timothy O'Fallon, el capellán del batallón., quien dijo poco para ilustrarme sobre la causa de la excitación mental de Scott.
Más tarde, en Seúl, conversé con Kay Storey, la «animadora» de la USO[1] que tenía el propósito de casarse con él. Para ella, Paul Scott era un enigma… y de acuerdo con sus propias palabras, era un enigma incluso para sí mismo.
Hoy el enigma subsiste. ¿Por qué un alumno del Johns Hopkins, un
cirujano con notables antecedentes y un magnífico porvenir, prefirió ser hecho prisionero por las fuerzas norcoreanas a luchar por la libertad, dada su propia capacidad? ¿Por qué casi desde el primer momento comenzó a colaborar con el enemigo? ¿Cómo, en fin, pudo cometer ese ultraje contra su conciencia, su patria y su Dios?
Los hechos, tal como los relata el coronel Jasper Hardin, comandante del
batallón, aparentemente son simples.
La deserción del capitán Scott comenzó cuando prefirió permanecer en el
refugio médico situado en la Colina 1049, una posición que el coronel Hardin se vio obligado a evacuar bajo la presión enemiga. El coronel ordenó al capitán Scott que se uniera a la retirada, y el oficial del Cuerpo Médico rehusó obedecer. Otros que se negaron a obedecer la orden fueron dos sanitarios que se hallaban bajo el mando de Scott; Kay Storey, la
anteriormente mencionada «animadora» de la USO (que fue sorprendida allí mientras hacía un jira por las líneas de fuego), y el capellán O'Fallon.
A pesar de sus propósitos de luchar para abrirse camino hacia la
libertad, el coronel Hardin y todos sus hombres que sobrevivieron fueron hechos prisioneros en las laderas de la Colina 1049 y obligados a emprender la marcha con otros prisioneros hacia la retaguardia norcoreana. Su destino era un campo de concentración establecido cerca de Pyongyang. En él camino, según declara el coronel, se encontró con Scott y su grupo en el patio de una granja enclavada en las afueras de la ciudad de Sinmak. Aun cuando el doctor Scott y su grupo se hallaban en situación de prisioneros, el coronel Hardin observó que estaban bien alimentados y especialmente atendidos. Esa noche, el grupo de Scott durmió en camas instaladas en el granero. El coronel y sus oficiales tuvieron que pernoctar al aire libre bajo una implacable lluvia.
Larry se detuvo lo necesario para consultar la hora en el reloj de pared. En aquel momento el maligno artefacto parecía alejar su ritmo. Sus dedos reemprendieron su danza sobre el teclado de la máquina de escribir.
En la prisión de Pyongyang, según relata el coronel Hardin, el doctor
Scott tomó a su cargo la dirección del hospital, donde curaba por igual a los guardianes y prisioneros y se le daba la misma comida que a los médicos chinos, los cuales pronto comenzaron a recibir órdenes de él. Más tarde, cuando acabó con una epidemia de meningitis, sus privilegios aumentaron. Durante los últimos meses de la guerra le volvió la vida al comandante del campo de concentración en una audaz operación. La firma del doctor Scott puesta al pie de la confesión (no transcrita) de que su país había utilizado bacterias en la guerra de Corea, ha dicho el coronel Hardin, fue la culminación lógica de una larga colaboración.
Eso, reflexionó Larry, era sólo la mitad de la envoltura. El tribunal militar que iba a juzgar a Scott estaría al día siguiente en la primera página de todos los diarios y ahí seguiría durante toda su actuación. Su emisora necesitaba algo más que los hechos aparentes —uno o dos siniestros acordes—, algo que constituyera un conducto natural para su próxima aparición en la televisión de San Francisco, después de la apertura del juicio.
El papel que el Padre Timothy O'Fallon, capellán del batallón,
desempeñó en la rendición del doctor Scott al mal que denominamos mundo
comunista», permanecerá siempre como un insondable misterio. El Padre Tim yace en un cementerio de las afueras de Pyongyang; y mañana no podrá comparecer como testigo en él Presidio.
Una vez más, los hechos se presentan simples. Cuando en el pasado mes
de julio terminó la guerra, el Padre Tim estaba enfermo en el hospital del campo de concentración. Cuando el coronel Hardin se disponía a repatriar a los demás, el capitán Scott insistió en quedarse junto al lecho del capellán. Semanas más tarde, mucho después de la muerte del Padre O'Fallon, ese solitario y discutido médico fue finalmente enviado a un punto de intercambio situado en la zona neutral.
Subsiste un último misterio: el papel desempeñado por la animadora de la
USO Kay Storey, famosa como. La muchacha de al lado, canción que interpretó en todos los campamentos del Ejército en Corea del Sur. Como ya hemos dicho, la señorita Storey fue hecha prisionera en la Colina 1049 y llevada junto con los otros a Pyongyang. Allí estuvo confinada hasta que en julio partió bajo la protección del coronel Hardin.
Hasta entonces se había rumoreado que ella y Scott se casarían al
terminar la guerra; hoy nadie confirmará esa historia. La señorita Storey pronto comenzará a trabajar en una película, una producción de Eric Lindman, protagonizando sus propias aventuras como prisionera y como "La muchacha de al lado" Considerando que, según hemos sabido esta noche, no será llamada como testigo de su presunto prometido, parece obligado suponer que su noviazgo, si alguna vez existió, es ahora cosa del pasado.
Cuando mañana comience a actuar el consejo de guerra, el coronel
Hardin será el principal testigo de la acusación. Los técnicos, ayudantes y soldados que fueron compañeros de prisión, también prestarán testimonio. Hilary Saunders, el conocido abogado de Hollywood, tendrá a su cargo la defensa del doctor Scott. El señor Saunders se propone no llamar a ningún testigo, dado que no hay ninguno disponible.
Larry Kirk apartó sus dedos de las teclas. «Tal vez el paquete esté demasiado envuelto —pensó—. Es muy probable que hayas estirado hasta un punto extremo tu reputación de hombre honesto. Esta noche les dirás a cuarenta millones de patriotas lo que desean oír.»